Archivo mensual: marzo 2016

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (III).

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (III). OBLIGADOS TEMAS DE NUESTROS DÍAS QUE GARANTICEN EL FUTURO DE ESTE ESPECTÁCULO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   La profunda revisión que pretendo en 500 años de tauromaquia en México, no puede quedar exenta de una serie de aspectos que son, a su vez, ejes torales de las reflexiones o discusiones a que se somete este legado en nuestros tiempos y lo que podría ser de esto en el futuro inmediato. Por ahora, varios son los asuntos que, desde mi punto de vista, deben someterse a una rigurosa revisión.

1.-Sobre la necesaria puesta al día, adaptación y adecuación de la corrida de toros de conformidad con el ritmo de nuestros días.

   He observado, a lo largo de varios años, que la “puesta en escena” del espectáculo taurino, al margen de su anacronismo y de que convive o cohabita con la modernidad, requiere unos cambios que permitan cambiar la forma, no el fondo, con lo que corregir diversos episodios que ocurren en el curso del festejo, podrían dar una mejor visión del ya de por sí cuestionado efecto que producen esas deficiencias. Recientemente Francis Wolff quien estuvo en México, notaba el hecho de lo atemporal en el espectáculo taurino, cosa bastante importante si entendemos que por dicha condición es necesario que se permita consolidar tal especificidad para que consiga su auténtica realidad como espectáculo, lo que por otro lado es posible por la sola razón de que en algunos años, alcanzará los 500 de permanecer entre nosotros, justo cuando se integró como consecuencia de esa compleja amalgama cultural, inmediatamente después de la conquista. Lamentablemente tal “amalgama” no ha llegado a ser del todo asimilada. Justo en 2021 cuando se cumplan cinco siglos de aquel episodio, será necesario un ejercicio serio y profundo sobre los significados que trajo consigo la conquista como un proceso bélico. Esperemos suceda, sobre todo porque es un asunto que deberemos discutir al margen de cegadoras pasiones. Es bueno pensar que un pueblo madura precisamente a partir de ejercicios como los que atrevidamente se proponen desde estas líneas.

2.-Entender y contener el “fundamentalismo evolucionista” que detentan, sostienen y defienden los contrarios. De hecho, entre sus acciones ya han logrado suprimir las funciones de circo y el “Sea World” aduciendo que la presencia de animales fue motivo de maltrato. Sin embargo, sus siguientes objetivos son o pueden ser los espectáculos taurinos, las peleas de gallos y no dudo que la charrería y hasta los jaripeos, que todas estas formas de expresión contenidas en el ámbito del patrimonio inmaterial se encuentran en su “lista de espera”. En conjunto, todas estas representaciones son consecuencia de un largo proceso de adaptación sumado al complejo sincretismo y al hecho de que dos grandes culturas se asimilaron entre sí, dando por resultado un mestizaje variopinto, dueño de múltiples contrastes. Así, perviven hasta hoy, luego de casi cinco siglos de aceptación y rechazo.

3.-Derivado de lo anterior, se encuentra otra línea que sea capaz de iluminar el viejo trauma que Miguel León Portilla entendió a la perfección, hasta convertirlo en un libro. Me refiero a la Visión de los vencidos, junto a otros títulos que han logrado comprender aspectos de nuestro pueblo. Allí están las Enfermedades políticas de la Nueva España, de Hipólito Villarroel, o Los mexicanos pintados por sí mismos, en el siglo XIX, junto con obras esenciales del XX, tales como: El perfil del hombre y la cultura en México de Samuel Ramos, México. El trauma de su historia de Edmundo O´Gorman o Las trampas de la fe, de Octavio Paz, entre otras muchas.

4.-Cómo conciben la fiesta de toros aficionados, neoaficionados y aquellas personas con actitud tolerante (e incluso intolerante) en nuestros días. Con ello, tendremos por separado cada opinión, pero con objeto de integrarlas en una gran estructura o superestructura, capaz de alternar las miradas y conseguir así la realidad misma.

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La obra de Miguel León Portilla que la U.N.A.M. ha publicado en numerosas ocasiones.

5.-Abordar el polémico territorio en el que la infancia en los toros es sujeto de cuestionamiento. Hace relativamente poco tiempo, reseñaba una obra infantil pensada para dar un panorama sobre los posibles escenarios que se construyen en la mente del niño a partir de la vida de un toro, tanto en el campo como en la plaza. El resultado no puede ser más que evidente. Lo comparto con ustedes.

KERU. La historia de un torito.

   Cada nuevo libro que aparece es como un aliento que se agradece. En este caso, acabo de adquirir uno que, dedicado a los niños se ocupa del tema taurino, aunque con algunas obligadas observaciones por hacer. KERU posee en su contenido el discurso destinado a dar una idea que lamentablemente no se corresponde con el contexto de la crianza y lidia del toro. Su autor, en cambio lo humaniza al grado de construir sentimientos y no sensaciones que en su significado animal o humano pueden o podrían tener notorias diferencias. Simón Potl que no siendo un hacedor con obligación de conocer el modus vivendi del campo o la plaza, pero sí con la idea de comunicar sus realidades, hace de esta obra un trabajo deliberadamente pensado para que los niños construyan o conciban una idea –por demás equivocada-, de los aspectos que rodean al toro de lidia en lo particular y de la fiesta en lo general. En KERU hay un conjunto de mensajes subliminales metidos allí para construir notorias y diversas razones que, una vez más, representan más sentimientos humanos que los propios códigos animales, sujetos en este caso a la necesaria domesticación.

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Simón Potl: KERU. La historia de un torito. Ilustraciones: Antonio Castellanos. México, BBM Ediciones, S.A. de C.V. 54 p. Ils.

   De parir la vaca a separar la cría pasados 9 o 10 meses (operación denominada “destete”) es tener un primer y necesario paso que los ganaderos aplican para integrar al potencial añojo a la manada. Por otro lado, se refiere intermitentemente la ausencia de un “padre”, integrante del que se tiene presencia y no, puesto que son los machos, con la edad apropiada que luego de una rigurosa y paciente selección, los que son enviados a la plaza. Sin embargo KERU lamenta esto y anhela encontrar algún día a quien lo procreó. Desde luego, y al paso de la lectura, se encuentra a un protagonista en edad apropiada para ser enviado a la plaza. Eso, a los ojos del autor sucede en una circunstancias que tampoco corresponden con la realidad, como también no lo es cuando plantea la presencia de diversos maltratos a que se somete a un toro previa su salida al ruedo. Nos consta a muchos aficionados que si bien, existen sospechas en la aplicación de métodos flagrantes y atentatorios en contra de la integridad del toro; no tenemos por otro lado, evidencias que así nos lo hagan confirmar. Y si como desliza el autor existen esos casos de tortura, esa será la visión que se concibe desde la especulación misma; distante y ajena del conjunto de significados que la tauromaquia ha acumulado en siglos de expresión. Por lo tanto KERU es un libro con el cual el niño debería concebir una visión general, pero no equivocada sobre la tauromaquia y sus diversos matices, si para ello depende una confirmación honesta y equilibrada de los padres.

   En el fondo, si la idea es manipular la conciencia infantil para que los niños construyan falsos escenarios, esa me parece una mala labor, pero también un empeño didáctico sesgado que insisto, no es afín al universo que se ha concebido desde hace siglos en torno al espectáculos de los toros y que en este aquí y ahora, pretenden alterar desde visiones totalmente equivocadas, mismas que serían en el fondo, detonantes fundamentales de esa deliberada campaña que hoy fabrican personas e instituciones para argumentar que los toros generan un mal en la mentalidad infantil, dando ejemplos como aquel en que con la sola presencia del niño en la plaza se tiene a potenciales asesinos en potencia y otras aberraciones que debemos derribar en ese pleno ejercicio de la libertad primero. De la justificación de la tauromaquia después.

CONTINUARÁ.

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PUBLICIDAD TAURINA DE HACE POCO MÁS DE 100 AÑOS EN MÉXICO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   La inserción que viene incluida aquí, forma parte de una interesante forma de publicitar el festejo que se desarrolló la tarde del 26 de enero de 1908.

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El Imparcial, del 25 de enero de 1908, p. 7.

Puede observarse el cuidadoso empeño que la “empresa” puso en aquel momento para presentar –o presumir-, la adquisición de ganado tan especial para festejo también… muy especial. Al margen de que se tuviese un toro, uno nada más de San Nicolás Peralta, cinco fueron los “cromos” de Felipe Pablo Romero que complementaron el requisito de material prima, tal cual pueden apreciarse en esa imagen, con todos sus defectos, resultado de la muy reciente incorporación de la fotomecánica a la prensa escrita. Alguna película se exhibió en el transcurso de abril siguiente gracias a las gestiones de Camilo Santillán empresario, pero no hay certeza que se trate de un registro que diera cuenta precisamente de aquella jornada. Si algún aficionado mostraba duda de lo que estaban viendo sus ojos, podía acudir directamente a los aparadores que la empresa misma tenía para mostrar con la notoria frecuencia del caso, sus carteles y otros elementos de publicidad. En dicho “aparadores” se encontraba a la vista el contrato “entre Felipe Pablo Romero y esta Empresa…” Seguramente algún hecho inmediato pudo poner en un predicamento a la propia empresa, lo que fue motivo para comprar media página, entre otros periódicos como El Imparcial, para anunciar “con bombo y platillo” el suculento plato que pronto se pondría al alcance de la afición.

   Poco más de un siglo y ya en nuestros días, habiendo toda una serie de avances ciertas empresas todavía no entienden que la publicidad, bien manejada, puede funcionar a las mil maravillas. Aquí les dejamos este ejemplo para ver si se atreven a copiarlo.

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LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO… (VI).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Va a ser importante referir las maneras en que los novohispanos de fines del XVIII reciben y aplican las alternativas de la “reacción castiza” propia del pueblo español, reacción que aquí se incrementó junto a otra de similares condiciones. Me refiero a la reacción criollista,[1] dada como resultado a los ataques de parte de ilustrados europeos entre algunos de los cuales opera un cambio de mentalidad irracional basado en la absurda idea sobre lo ínfimo en América. Buffon, Raynal, de Pauw se encargan de despreciar dicha capacidad a partir de puras muestras de inferioridad, de degeneración. Todo es nada en el Nuevo Mundo. Ese conjunto de diatribas sirve para mover al criollo a su natural malestar y a preparar respuestas que comprueben no solo igualdad sino un hondo deseo de mostrar toda su superioridad, lo cual le permite descubrirse a sí mismo.

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Este biombo, fruto de manos anónimas, representa las fiestas con que se celebró la recepción del virrey don Francisco Fernández de la Cueva Enríquez, Duque de Alburquerque en 1702 en el fantástico bosque de Chapultepec.

   Tríptico anónimo que representa diversas vistas del recibimiento que hizo la ciudad de México a su virrey don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, en el Alcázar de Chapultepec, en 1702. Perteneció a los duques de Castro-Terreño. Fuente: Banco Nacional de México. Colección de arte.

   Ese modo de comportarse da al mexicano sellos originales de nacionalismo criollo, un nacionalismo que no se significará en cuanto tal para el toreo, aunque este va a asumir una propia y natural expresión. Y si natural llamamos al estado de cosas que se anunciaba, es decir, la independencia, ésta se enriqueció a partir de factores en los que

A pesar de encontrar oposición, España continuó con la extensa reorganización de su imperio durante los últimos años del siglo XVIII, proceso al que comúnmente se le conoce como las Reformas Borbónicas.[2] Estableció un ejército colonial, reorganizó las fronteras administrativas y territoriales, introdujo el sistema de intendencias, restringió los privilegios del clero, reestructuró comercios, aumentó los impuestos y abolió la venta de oficios. Estos cambios alteraron antiguos acuerdos socioeconómicos y políticos en detrimento de muchos americanos.[3]

   Luego, con el relajamiento van de la mano el regalismo y un centralismo, aspectos estos importantísimos para la corona y su política en América desde el siglo XVI, de los cuales se cuestiona si favorecieron o contrariaron el carácter americano. Ello es posible de confirmar en las apreciaciones hechas por Hipólito Villarroel en su obra de 1769, “Enfermedades políticas…” donde se acusa una total sociedad desintegrada, tal y como podemos palparlo a continuación:

El desorden de todas las instituciones era responsable de la despoblación y destrucción de los habitantes y el gobierno debía remediarlo mediante una nueva legislación para todo. Las grandes ciudades como la de México, se cargaban de maleantes y de lupanares y todo sucedía a la vista de las autoridades, porque también representaban otra carga de personas varias, ostentosas e insoportables. Todos vivían como se les antojaba y llegaban a perturbar hasta el reposo, de día y de noche, y no se atendía a los reglamentos que existían para uno de los corregidores.[4]

   De nuevo, frente a nosotros, el relajamiento, respuesta dispersora de la sociedad,[5] misma que encuentra oposición de parte de los ilustrados, quienes definen al toreo como

un entretenimiento tan cruel y sangriento como éste, [que] era indigno de una nación culta. ¿Qué podía pensarse, decían ellos, de un pueblo que gozaba viendo cómo se sacrificaba a un animal que no hacía más que defenderse y cómo un hombre arriesgaba su vida, y a veces la perdía, sin razón alguna?[6]

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“El palo ensebado”, “cucaña”, o “monte parnaso” fue una representación novohispana que durante el siglo XIX adquirió fuerte protagonismo en las corridas, sobre todo durante la hegemonía de Bernardo Gaviño.

Fuente: Antonio Navarrete. TAUROMAQUIA MEXICANA, Lám. Nº 13. “La cucaña taurina”.

   Ellos mismos se encargaron de encontrarle muchos males sociales. Así, con sus observaciones detectan oficinas de gobierno vacías; padres que gastan sumas elevadas para ir a ellas (a las corridas), privando de necesidades vitales a sus familias lo cual en suma ocasionaba el empobrecimiento de la población. Y en otros términos caían en la tentación del dispendio.

   Los ilustrados encabezados por Feijoo, Clavijo y Cadalso, se oponen. Para Campomanes el toreo es la ruina y en Jovellanos es la negativa de popularidad total sin embargo, a todos ellos, se contrapone Francisco de Goya y toda su fuerza representativa, misma que dejó testimonio vivo de lo que fueron y significaron aquellas fiestas bajo el dominio de Carlos IV. Y es que Goya deja de padecer la guerra y sobre todo la reacción inmediata a ella, refugiándose en la sugerencia que Nicolás Fernández de Moratín le ofrece en su Carta Histórica.[7] Es decir, ese recrear la influencia de los moros y que a su vez quedó impresa en el toreo, es el resultado directo de la TAUROMAQUIA de Goya.

   Por su parte Gaspar Melchor de Jovellanos propone luego de concienzudo análisis, que la estatura del conocimiento permite ver en los pensadores un concepto del toreo entendido como diversión sangrienta y bárbara. Ya Gonzalo Fernández de Oviedo

pondera el horror con que la piadosa y magnífica Isabel la Católica vio una de estas fiestas, no se si en Medina del Campo [escribe Jovellanos]. Como pensase esta buena señora en proscribir tan feroz espectáculo, el deseo de conservarla sugirió a algunos cortesanos un arbitrio para aplacar su disgusto. Dijéronle que envainadas las astas de los toros en otras más grandes, para que vueltas las puntas adentro se templase el golpe, no podría resultar herida penetrante. El medio fue aplaudido y abrazado en aquel tiempo; pero pues ningún testimonio nos asegura la continuación de su uso, de creer en que los cortesanos, divertida aquella buena señora del propósito de desterrar tan arriesgada diversión, volvieron a disfrutarla con toda su fiereza.[8]

   Jovellanos plantea en su obra PAN Y TOROS el estado de la sociedad española en el arranque del siglo XIX. Es una imagen de descomposición y relajamiento al mismo tiempo y al verter sus opiniones sobre los toros es para satirizarlos diciendo que estas fiestas “ilustran nuestros entendimientos delicados, dulcifican nuestra inclinación a la humanidad, divierten nuestra aplicación laboriosa, y nos prepara a las acciones guerreras y magnánimas”. Pero por otro lado su posición es subrayar el fomento hacia las malas costumbres cotejando para ello a culturas como la griega con el mundo español que hace suyo el espectáculo, llevándolo por terrenos de la anarquía y la barbarie, sin educación también que no tienen los españoles -a su juicio- frente a ingleses o franceses ilustrados. Y así se distingue para Jovellanos España de todas las naciones del mundo. Pero: “Haya pan y toros y más que no haya otra cosa. Gobierno ilustrado, pan y toros pide el pueblo, y pan y toros es la comidilla de España y pan y toros debe proporcionársele para hacer en los demás cuanto se te antoje”.

   Hago aquí reflexión del papel monárquico frente a las propuestas de Jovellanos. Cuanto ocurrió bajo los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III se puede definir como etapa esplendorosa, que facilitó la transición del toreo, de a caballo al de a pie, permitiendo asimismo que la fiesta pasara de un estado primitivo, a otro que alcanzó aspectos de orden a partir de la redacción de tauromaquias como Noche fantástica, ideático divertimento (…) y la de José Delgado que sigue siendo un sustento por las muchas implicaciones que emanan de ella y aun son vigentes. La llegada al poder de Carlos IV significó la llegada también de los ideales ilustrados ocasionando esta coincidencia un férreo objetivo por desestabilizar al pueblo y su fiesta. En alguna medida los ilustrados lo lograron, pero ello no fue en detrimento del curso del espectáculo. La crítica jovellaniana recae en opiniones casadas con la civilización y el progreso, tal y como fue vertida por Carlos Monsivais a propósito de la representación de la ópera “Carmen” efectuada el 22 de abril de 1994 en la plaza de toros “México” (véase La Jornada N° 3454, del 21 de abril de 1994, p. 59: “Sobre las corridas de toros”). Sin duda, existen personajes públicos en suma bien preparados que lo mismo aceptan o rechazan los toros como espectáculo o como fiesta. Esto siempre ha ocurrido, aunque no ha sido así cuando pretenden ir más allá y atentar contra la fiesta de toros. Pocas iniciativas han prosperado (en el caso de esta tesis, un conjunto de factores sociales, económicos e históricos son motivo de profundo análisis para entender el porqué de la prohibición de 1867). En algunos países latinoamericanos, luego de definirse sus respectivas formas de gobierno -casi siempre militarista, centralista, dictatorial-, fueron liquidadas las demostraciones taurinas.

img411Col. del autor.

CONTINUARÁ.


[1] Edmundo O’ Gorman. Meditaciones sobre el criollismo. Discurso de ingreso en la Academia Mexicana correspondiente de la Española. Respuesta del académico de número y Cronista de la Ciudad, señor don Salvador Novo. México, Centro de Estudios de Historia de México, CONDUMEX, S.A., 1970. 45 pp., p. 24. El criollismo es, pues, el hecho concreto en que encarna nuestra idea del ser de la Nueva España y de su historia; pero no ya entendido como mera categoría racial o de arraigo domiciliario, ni tampoco como un “tema” más entre otros de la historia colonial, sino como la forma visible de su interior dialéctica y la clave del ritmo de su desenlace.

[2] Las Reformas Borbónicas en México son los cambios propiciados por el gobierno español y las medidas que  se  tomaron  para  llevarlos a cabo.

[3] Universidad de México. Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México. Septiembre, 1991. “El proceso político de la Independencia Hispanoamericana” por Jaime E. Rodríguez O., p. 10.

[4] Carlos Bosch García. La polarización regalista de la Nueva España. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1990 (Serie Historia Novohispana, 41). 186 pp., p. 155.

[5] Viqueira, Op. cit., p. 16. No está de más señalar que esta idea de un “relajamiento” generalizado de las costumbres forma parte de una caracterización más bien positiva de la situación económica, social y cultural de la Nueva España en ese siglo: penetración del pensamiento ilustrado, de la filosofía y de las ciencias modernas, múltiples reformas con el “fin de promover el progreso espiritual y material del reino novohispano” (reformas administrativas, medidas estatales filantrópicas y de beneficencia social), todo eso acompañado y sostenido por un “auge de la riqueza” debido al enorme aumento de la producción minera.

[6] Ibidem., p. 43.

[7] Nicolás Fernández de Moratín. Las fiestas de toros en España Vid. Delgado, José: La Tauromaquia. (Véase bibliografía).

[8] Gaspar Melchor de Jovellanos. Espectáculos y diversiones públicas. Informe sobre la ley agraria. Edición de José Lagé. 4a. edición. Madrid, Cátedra, S.A. 1983 (Letras Hispánicas, 61). 332 pp., p. 95-6.

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SOBRE LA SUERTE DE PONER BANDERILLAS DESDE EL CABALLO.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hemos visto en estos últimos tiempos a Pablo Hermoso de Mendoza colocar banderillas a dos manos, suerte que además se realiza como sabemos, montado en briosos corceles. La misma alcanza dimensiones espectaculares y arranca sinceras ovaciones, pues el público aprecia un momento en el que jinete y caballo se enfilan al hilo de las tablas. En terreno tan comprometido el toro acomete, aprieta el paso hasta que el conjunto permite que se logre un momento de auténtica brillantez. Ese mismo alarde lo llevó a la práctica hace cosa de unos 20 o 30 años el rejoneador capitalino Ramón Serrano, también con bastante éxito.

   La historia por fortuna nos proporciona datos en los que esa suerte ha tenido otros exponentes, y de ellos me ocuparé a continuación.

IGNACIO GADEA POR LUIS G. INCLÁN...

PONER BANDERILLAS. Algunos sujetos saben parear, y esto se ejecuta a la media vuelta y caso de estar, el toro aplomado, al sesgo, corriendo, o al trascuerno, como lo ejecutan los toreros, y ya sea para parear o solo poner una, este es el modo común de ejecutarlo; algunos también prenden una banderilla al alcance, es decir, cuando el toro va embrocado en el mismo viaje que lleva el caballo, el jinete se echa para atrás y se la pone al toro cuando llega al alcance de su brazo. Probablemente el personaje que aparece en la ilustración que elaboró el autor de Astucia sea el propio Ignacio Gadea. En Luis G. Inclán: ESPLICACIÓN DE LAS SUERTES DE TAUROMAQUIA QUE EJECUTAN LOS DIESTROS EN LAS CORRIDAS DE TOROS, SACADA DEL ARTE DE TOREAR ESCRITA POR EL DISTINGUIDO MAESTRO FRANCISCO MONTES. México, Imprenta de Inclán, San José el Real Núm. 7. 1862. Edición facsimilar presentada por la Unión de Bibliófilos Taurinos de España. Madrid, 1995.

   Se sabe que tan arriesgada como emocionante composición tuvo, a lo largo del siglo XIX a intérpretes como un criado del virrey D. José Iturrigaray, de apellido Aguilera si mal no recuerdo. Al mediar ese siglo, Ignacio Gadea no solo la practicó sino que se anunciaba como el inventor de la misma. Su presentación ocurrió el 23 de enero de 1853 en la plaza de toros del “Paseo Nuevo” con el siguiente cartel: Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

   “Se presentará por primera vez en esta capital una notabilidad en el ARTE para BANDERILLEAR A CABALLO, el famoso IGNACIO GADEA, quien desempeñará esa suerte con el caballo ensillado, poniendo también algunas flores en la frente, y después en pelo, arrojando atrevidamente la silla, sin apearse, colocará otros pares de banderillas. Teniendo además la habilidad de COLEAR de una manera enteramente nueva y desconocida en esta capital, dará también una prueba de ella”. A Gadea, poblano de nacimiento, siguieron otros ejecutantes, como Felipe Hernández, Lino Zamora, Pedro Nolasco Acosta, Arcadio Reyes “El Zarco”, María Aguirre “La Charrita Mexicana” pero principalmente Ponciano Díaz que llegó a sublimar dicha notoriedad desde el caballo, lo mismo montado en silla que a “pelo”. Dicha suerte la presentó infinidad de ocasiones, destacando las que ejecutó en su campaña por ruedos españoles, entre el verano y el otoño de 1889. En aquellas jornadas, acompañado de Vicente Oropeza y Celso González, los tres charros mexicanos asombraron a la afición hispana que les tributó grandes ovaciones, a cambio de una serie de demostraciones como jaripeo, lazar y colear.

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Arcadio Reyes “El Zarco”, uno más de los compañeros de andanzas de Ponciano Díaz, llegó a picar toros y a dominar la suerte de banderillas a caballo como su contemporáneo, el espada de Atenco. Brilló “El Zarco” entre los últimos tres lustros del XIX y los dos primeros del XX. LA FIESTA Nº 192, del 25 de noviembre de 1948

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Un par de banderillas a caballo colocado por “La Charrita mexicana”. Grabado en relieve de plomo, por José Guadalupe Posada. Ambas imágenes en Carlos Haces y Marco Antonio Pulido: “LOS TOROS de José Guadalupe Posada”. México, Ediciones Ermitaño, 1985. s/n. Ils. grabs. (Ediciones del Ermitaño).

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La estatura más bien regular de Ponciano Díaz se ve rebasada por la figura propia de la personalidad y popularidad que llegó, incluso a grados de idolatría mayor. Compararlo con los curados de Apam y con la virgen de Guadalupe…, eso no le decimos nosotros, lo dijo el pueblo en su tiempo.

Fernando Claramunt. HISTORIA ILUSTRADA DE LA TAUROMAQUIA. Madrid, Espasa-Calpe 1989, T. I., p. 407.

   Diversos poemas, versos y corridos recuerdan tal momento, como estos de 1887:

Banderilleaba a caballo…

 

Banderilleaba a caballo

a cualquier bicho rejego,

y esto lo subía de fama

y aquilataba su precio.

 

No hubo plaza en que no fuera

de todo mundo apreciado.

Luego que se presentaba

gritaban, ¡Ahora, Ponciano!

 

¡Ahora, Ponciano!, le dicen

le dicen con entusiasmo,

mata bien a ese torito,

en descanso ponle el alma.

 

¡Que viva Ponciano Díaz!

¡Viva Bernardo Gaviño!

¡Vivan todos sus toreros!

 

¡Ahora Ponciano!, le gritan:

Entre todos sus amigos,

hoy te vendremos a ver

en el siguiente domingo (sic.)

   Ya en el siglo XX, un charro de apellido Velázquez no quiso quedarse atrás en estos menesteres, lo mismo que ocurrió con los Aparicio varios lustros más tarde. Ellos fueron quienes dieron continuidad a una suerte que hoy, por fortuna, sigue presente no solo en el imaginario colectivo, sino en el repertorio de varias de las celebridades en el toreo de a caballo de mayor realce, así como de otros principiantes en quienes se tiene asegurada su continuidad, la de una suerte que es eminentemente de manufactura mexicana.

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LOS “TORITOS” PIROTÉCNICOS Y SU “BRAVA y ARDIENTE” EMBESTIDA.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Desde la entrada de ciertos virreyes para gobernar –en tanto representantes de la monarquía- a la otrora Nueva España, hubo para su recepción diversas celebraciones que incluían festejos taurinos. En ellos estaba integrada al final de las mismas una pequeña escena denominada “toros de pólvora”. En la recepción del marqués de Villena, en agosto de 1640 hubo ya este tipo de representaciones. Y para que no quedara duda de sus riesgos, pero tampoco de su articulación, por parte de los artesanos dedicados a este riesgoso oficio, en 1780 se solicitó permiso a la autoridad, misma que lo autorizó bajo este principio: “Se promueve el uso de fuegos artificiales en las funciones que se celebren”.

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Fiestas jesuitas en Puebla. Ilustraciones de Fernando Ramírez Osorio.

Fuente: “Fiestas jesuitas en Puebla. 1623”. Anónimo. Gobierno del Estado de Puebla. Secretaría de Cultura, Puebla, 1989. 46 pp. Ils. (Lecturas Históricas de Puebla, 20).

   Ya en el siglo XIX, hubo un personaje llamado Severino Jiménez, cuyos diversos trabajos lo recuerdan –entre otros documentos- este cartel, que da cuenta de un festejo taurino celebrado el domingo 2 de diciembre de 1866:

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Col. del autor.

Del mismo documento, se desprenden varios detalles que me gustaría compartir, y así continuar con esta reseña, que tiene un doble e interesante motivo.

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Detalle N° 1

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Detalle N° 2

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Detalle N° 3

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Detalle N° 4

Años más tarde, José Guadalupe Posada trabajó este hermoso grabado:

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Grabado de José Guadalupe Posada: “Julio” en Decimocuarto almanaque crítico-burlesco de El Padre Cobos, para el año de 1888. Colección particular.

   Todos estos datos, necesarios como antecedentes, nos llevan a tener mejor idea sobre las imágenes que ahora son motivo de esta nueva entrega. Y me refiero, en primera instancia, a la extraordinaria fotografía que tomó Mario Antonio Núñez López, quien registró el momento en que un “bravo” torito no solo embiste, sino que los valientes que se proponen darle cara, tienen que pasar entre las luces lo que genera quemaduras. Dicha tradición se conserva en Tultepec, población del estado de México donde se ha mantenido la expresión de la pirotecnia, por lo que muchos son los artesanos, pero también los riesgos que allí perviven. Para ese hombre que “pasó entre las luces” debe haberle quedado, seguramente un conjunto de tatuajes fruto de aquel detonar de pólvora, fuego, ruido, aquelarre que en celebración de San Juan de Dios, patrono de los artesanos de fuegos artificiales decidieron llevar a cabo los habitantes de Tultepec, justo el 8 de marzo de cada año. Dice la crónica de Juan Manuel Barrera: “¡Fuego, fuego!” pide, exige la multitud recién el “toro” entra a la plaza. Alguien enciende la mecha y el silbido de los buscapiés estalla en el aire. Las chispas dibujan en la oscuridad y el bullicio crece. Los jóvenes brincan para esquivar los proyectiles.[1]

LA JORNADA_10.03.2016 p. 32

La Jornada, 10 de marzo de 2016, p. 32.

   Y sigue la crónica:

   Al mediodía del 8 de marzo inició en el barrio La Piedad el paseo de los “toros”, muchos de ellos monumentales. En el camino se suman más astados de cartón y madera, hasta llegar a unos 250 de diversos tamaños, todos cargados con cohetes.

   De lo anterior, parece que hay una fuerte necesidad de conservar una tradición con este valor agregado: los toros, donde el riesgo se encuentra lo mismo, frente al burel que soportando el fuego.

   Nos sigue diciendo Juan Manuel Barrera:

   “Durante el recorrido la gente se vuelca en las calles, el colorido de los toros, la música y el entusiasmo crean un ambiente festivo que culmina con la quema horas más tarde; también se pueden apreciar las tradicionales mojigangas, cuyas luces son encendidas cuando inician las notas musicales que acompañan la danza”, relata Juana Antonieta Zúñiga Urbán, cronista de Tultepec.

   “Los toros pirotécnicos se elaboran de diferentes tamaños, desde aquellos que, a la manera tradicional, son portados en hombros por los niños, como las grandes estructuras que en las últimas dos décadas se construyen y que oscilan entre los tres metros de altura y de cinco a seis metros de largo, que para ser movidas requieren de la fuerza de 15 a 20 personas o bien de implementarlas con llantas que faciliten su traslado”.

   “Cachetes”, “El Soñador”, “Trompis”, “Bulldog”, “Tauro”, “Chimbón”, “Diablos”, “La Fiesta”, “Luisitos”, “Gusano”, “Comandante sin cenar” y “Cordobés Jaguar” son los nombres de algunos “toritos”.

   A las 19:00 horas del 8 de marzo comenzó el desafío al fuego de los habitantes de Tultepec. Uno a uno entraron los “toros” a la plaza, también uno a uno fueron quemados.

   En el paseo participaron miles de personas, pero sólo unas 500 ingresan al ruedo para provocar a los “toros”, en la llamada “Pamplonada Pirotécnica”.

   Entra el “toro” y da vuelta a la plaza. Los jóvenes gritan “¡fuego, fuego!” y se retan entre sí: “puto el que se abra”. Los buscapiés salen disparados a todos lados, suben, bajan, golpean cuerpos, rebotan en paredes, se pierden en la noche. Entonces los muchachos brincan para esquivarlos, también eluden al “toro” que los embiste. Algunos osados llevan el torso desnudo, dicen que así no entra ningún cohete en su ropa.

   La fiesta termina la madrugada del 9 de marzo, entre música y bebidas de todo tipo.

   Alrededor de 500 personas resultaron lesionadas por quemaduras y golpes leves, que fueron atendidas en el lugar. Sólo cuatro requirieron traslado a hospitales para atención especializada.

   La cosa no terminó ahí. Días más tarde, y con motivo de la conmemoración de “Semana Santa”, ya para concluir esta, es costumbre inveterada la “Quema de los Judas”, esos personajes non gratos que el pueblo decide destruir en pleno Sábado de Gloria. Entre los sentenciados, el que se llevó todos los honores del repudio y la degradación fue el precandidato a la presidencia de Estados Unidos Donald Trump, quien se ha ganado el rechazo y animadversión de los mexicanos, como ese señor lo tiene de nosotros. Rocío González Alvarado, en la reseña que publicó La Jornada dice que, con

“La salida de dos toritos –armazones e carrizo cargados de cohetes con la forma de los astados- manipulados por jóvenes, que corrieron detrás de la multitud, haciendo estallar la pólvora y los gritos de los mirones, prosiguió el ritual…”

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Fotografía: Francisco Olvera. La Jornada. 27 de marzo de 2016, p. 23.

   Desde luego, nadie quiso quedarse con las ganas de ver consumido en su propia efigie al susodicho millonario y político “gringo” que ha venido ofendiendo y degradando al pueblo mexicano, sin que haya autoridad –política o diplomática- que le pongan un alto a sus desmedidas actitudes. Si en algo puede servir la quema del “traidor de Jesús”, he aquí lo que quedó de sus arriesgadas declaraciones:

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¡¡¡Pum!!! ¡¡¡Trash!!!… ¡¡¡Trump!!!

Fotografía: Francisco Olvera. La Jornada. 27 de marzo de 2016, p. 23.

   Mientras tanto, en la tranquilidad de otros tiempos, aparece aquí la representación de otra imagen entrañable, la que concibió José Jara (atribuida) a principios de siglo XX… que no todo es fuego.

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“Fiesta de pueblo”. Catálogo de la galería López Morton.


[1] Disponible en internet, marzo 28, 016 en: http://www.eluniversaledomex.mx/home/nota36171.html

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KERU. La historia de un torito.

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Cada nuevo libro que aparece es como un aliento que se agradece. En este caso, acabo de adquirir uno que, dedicado a los niños se ocupa del tema taurino, aunque con algunas obligadas observaciones por hacer. KERU posee en su contenido el discurso destinado a dar una idea que lamentablemente no se corresponde con el contexto de la crianza y lidia del toro. Su autor, en cambio lo humaniza al grado de construir sentimientos y no sensaciones que en su significado animal o humano pueden o podrían tener notorias diferencias. Simón Potl que no siendo un hacedor con obligación de conocer el modus vivendi del campo o la plaza, pero sí con la idea de comunicar sus realidades, hace de esta obra un trabajo deliberadamente pensado para que los niños construyan o conciban una idea –por demás equivocada-, de los aspectos que rodean al toro de lidia y de la fiesta en lo general. En KERU hay un conjunto de mensajes subliminales metidos allí para construir notorias y diversas razones que, una vez más, representan más sentimientos humanos que los propios códigos animales, sujetos en este caso a la necesaria domesticación.

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Simón Potl: KERU. La historia de un torito. Ilustraciones: Antonio Castellanos. México, BBM Ediciones, S.A. de C.V. 54 p. Ils.

   De parir la vaca a separar la cría pasados 9 o 10 meses (operación denominada “destete”) es tener un primer y necesario paso que los ganaderos aplican para integrar al potencial añojo a la manada. Por otro lado, se refiere intermitentemente la ausencia de un “padre”, integrante del que se tiene presencia y no, puesto que son los machos, con la edad apropiada que luego de una rigurosa y paciente selección, los que son enviados a la plaza. Sin embargo KERU lamenta esto y anhela encontrar algún día a quien lo procreó. Desde luego, y al paso de la lectura, se encuentra a un protagonista en edad apropiada para ser enviado a la plaza. Eso, a los ojos del autor sucede en una circunstancias que tampoco corresponden con la realidad, como también no lo es cuando plantea la presencia de diversos maltratos a que se somete a un toro previa su salida al ruedo. Nos consta a muchos aficionados que si bien, existen sospechas en la aplicación de métodos flagrantes y atentatorios en contra de la integridad del toro; no tenemos por otro lado, evidencias que así nos lo hagan confirmar. Y si como desliza el autor existen esos casos de tortura, esa será la visión que se concibe desde la especulación misma; distante y ajena del conjunto de significados que la tauromaquia ha acumulado en siglos de expresión. Por lo tanto KERU es un libro con el cual el niño debería concebir una visión general, pero no equivocada sobre la tauromaquia y sus diversos matices, si para ello depende una confirmación honesta y equilibrada de los padres.

   En el fondo, si la idea es manipular la conciencia infantil para que los niños construyan falsos escenarios, esa me parece una mala labor, pero también un empeño didáctico sesgado que insisto, no es afín al universo que se ha concebido desde hace siglos en torno al espectáculos de los toros y que en este aquí y ahora, pretenden alterar desde visiones totalmente equivocadas, mismas que serían en el fondo, detonantes fundamentales de esa deliberada campaña que hoy fabrican personas e instituciones para argumentar que los toros generan un mal en la mentalidad infantil, dando ejemplos como aquel en que con la sola presencia del niño en la plaza se tiene a potenciales asesinos en potencia y otras aberraciones que debemos derribar en ese pleno ejercicio de la libertad primero. De la justificación de la tauromaquia después.

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FRAY GARCÍA GUERRA, UN VIRREY TAURINO… HASTA LA MÉDULA.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   En tiempos de Felipe III, en la entonces Nueva España su alter ego, gobernó don Fray García Guerra, Arzobispo de México de 1611 a 1612 en que murió. En aquellos pocos meses, este religioso dio muestras de tener inclinaciones por la vida relajada. Ahora que transcurre la “semana santa”, comparto con ustedes el siguiente recuento, mismo que proviene de uno de los célebres libros de don Artemio de Valle-Arizpe, cronista de la ciudad de México y que en esa basta obra que nos legó, no escaparon a sus intenciones, abordar aspectos eminentemente taurinos, de donde resulta que este señor Arzobispo fue importante protagonista.

LA NEGRA DEL SEÑOR ARZOBISPO.

   Son los tiempos en que estaba en la Nueva España el muy peculiar Arzobispo Fray Pedro o Francisco García Guerra. Peculiar, porque presidió siempre la vida de don Fray García Guerra un oculto maleficio. De un mal iba a otro mal mayor y así hasta que llegó a la muerte, supremo descanso… Ya desde su viaje emprendido para ocupar el cargo de virrey en este reino, estuvo plagado de tribulaciones de todo tipo. Pues bien, llegó al puerto de Veracruz el afligido señor acompañado de su cohorte. Luego de rumbosa recepción en la que hubo preciosos arcos de flores y de verdura, a tiro de arcabuz unos de otros; a cada paso salía multitud de indios con altos y brilladores penachos de plumas de colores, tocando trompetas, sacabuches, chirimías, dulzainas, albogues y roncos tamborinos… En cierto momento, uno de los muchos cohetes que se soltaron para festejar, fue a posarse a los pies de la mula frisona montada por el arzobispo. Ya imaginarán ustedes la consecuencia: un brazo roto, el brazo con el que bendecía tan amorosamente, ¡qué lástima!, y dio, además, un formidable cabezazo, y, como era natural se le rajó el cráneo al pobre señor, pero el pedrusco, menos mal, sí quedó intacto todo él y hasta decorado con unas sinuosas chorreaduras de sangre, que le hacían bien, armonizando con su color gris.

   Siguió su camino rumbo a Zumpango, luego a Huehuetoca lugar donde sufrió otro accidente. ¡Válgame Dios! Tras el nuevo susto, y algo repuesto, llegó a Guadalupe, donde tomando precauciones ante el aviso de que montaría otra mula, prefirió una carroza, en la que por fin arribó a la gran ciudad de México. Pasando por la calle de Santo Domingo, y dispuesto a subir un templete, este se hundió estruendosamente cayendo todo lo que fueron suntuosos adornos.

   A Su Señoría Ilustrísima don Fray García Guerra no le pasó casi nada, si nada grave es la torcedura de una pierna, que se le volvió al revés, con el talón novedosamente hacia delante, por la sencilla cosa de que le cayó encima una gruesa tabla (…)

   Camino a la Catedral, un nuevo accidente se sumó a esa marcha que se antoja colmada de una desgracia y otra también. Y así pasaron los días, en que ya no hubo –al parecer- más sustos, hasta que otro igual de inusitado lo llevó, después de severo golpe cayendo del carruaje arrastrado por unas mulas desbocadas, a pasar varios días reponiéndose del susto y los dolores intensos que padeció.

   Con lo que en aquellos tiempos escandalizaba un eclipse, pues miren que vino a ocurrir en los días en que ya el Arzobispo solo pensaba en las fiestas para hacer su entrada pública como virrey. Y eso no podía ser sino un pésimo agüero de su fatal presencia en estos dominios. Las calamidades no terminaron ahí. En tanto, se efectuó la recepción, tal y como estaban establecidos los usos y costumbres de tan singular acontecimiento, -¡claro!- sin que faltara otra desgracia. Y es que

Unos juglares, para agasajar al nuevo virrey, había preparado un artificio para hacer volatines desde lo alto de un pino en la plaza de Santiago Tlatelolco, y al llegar Su Excelencia le hicieron algunas suertes muy vistosas, pero se descompuso el armadijo que tenían y vinieron al suelo, estrellándose casi a los pies del flamante Virrey: un jeme escaso faltó para que le cayeran encima y lo dejaran desmenuzado y deshecho, y como compensación sólo le salpicaron irrespetuosamente de sangre y de sesos las manos y las suntuosas vestiduras; pero con unos lienzos y un poco de agua quedó remediado el mal, y esos trapos inmundos se los disputaba la gente para guardarlos como reliquias veneradas.[1]

   Seguramente por estas, y otras razones, fue que Artemio de Valle-Arizpe denominó a presente pasaje como La negra del señor arzobispo. No se piense en ninguna mulata. Menos, en una mujer de intenso y oscuro color que le acompañara en el austero séquito. No. Era su desgraciada suerte que tuvo, como lo cuenta Mateo Alemán,[2] el cronista de estos sucedidos, en infortunios uno seguido del otro. Incluso –y como lo veremos más adelante-, hasta en sus honras fúnebres.

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Arzobispo-virrey Fray Pedro García Guerra.

   Y como don Pedro o Francisco era harto entusiasta para las fiestas que se le organizaron en su recepción, no excluyó las taurinas. Fue por eso de que

(…) a los pocos días de su toma de mando iba a celebrar el Ayuntamiento las fiestas anuales que estaban ordenadas que se hicieran solemnemente el día del glorioso Señor San Hipólito, en recordación de la toma de la ciudad azteca por Hernán Cortés y los suyos, y ya no se pudieron hacer otras especiales para honrar al nuevo mandatario, sino que se acordó que las del 13 de agosto fuesen también dedicadas para agasajarlo. Así es que se quedó sin festejos don Fray García Guerra; pero la madre tierra se esmeró en proporcionarle uno muy soberano en los primeros días de su gobierno, poniéndose a temblar más que potranca ante un león.[3]

Salvándose de que le cayera encima un alto estante lleno de libros, aunque más de alguno de aquellos volúmenes le vino a causar los golpes de rigor, esto que no le impidió pensar, ¿en qué creen ustedes?

Pero mandó celebrar unas corridas de toros; ¿cómo iba a ponerse a mandar tranquilamente como virrey don Fray García Guerra, sin haber tenido antes aunque fuese una mala festividad? No, eso no era posible; equivaldría a subvertir el orden de las leyes naturales. Hubo dos corridas, y mandó, además, el uncioso prelado que se jugaran alcancías, pero todo ello se interrumpió por otro temblor de tierra inoportuno, que llenó a todo el mundo de pánico, pues por todas partes llovían piedras y vigas de las casas de los alrededores del coso, que se venían abajo estrepitosamente y entre espesas polvaredas. Hubo heridos numerosos, y también hubo muchos muertos; de los toros se fueron a ver, beatíficamente, a los serafines y arcángeles o a los diablos en los apretados infiernos, según fuere su limpieza de alma o el sucio caudal de sus pecados.[4]

   Se sabe que dicho festejo se celebró “en un cortinal de palacio” y, a lo que parece, no fue precisamente en el palacio virreinal, sino en el arzobispal, a donde tenía sus aposentos el desgraciado fraile, quien a partir de ese otro susto mayúsculo, comenzó a estar muy enfermo. Como quedara en manos de unos médicos que diagnosticaron todo, pero no lo más acertado, hasta llegaron al extremo de

Que lo partieron casi en canal, pues que aseguraron estos majaderos hombres de ciencia que se había corrompido por el interior, “porque las materias hicieron grandísima eminencia en la parte de las costillas que llaman mendozas, siendo muy necesario que viniesen cirujanos a abrirlo”, y luego que lo destazaron vieron “que salió poca materia, por haber corroído ya el diafragma y subido arriba”, y que “las costillas mendozas estaban tan podridas que se deshacían entre los dedos”. Con grandes, incesantes dolores, que lo tenían en un perenne grito, más por la destazada que por lo de las materias que le habían “subido arriba” y que por lo deleznable de las costillas mendozas, murió don Fray García Guerra el 22 de febrero del año de 1612.[5]

   Y hasta aquí con este pasaje de don fray García Guerra, taurino hasta la médula.


[1] Valle-Arizpe: Del tiempo pasado. 3ª ed. México, Editorial Patria, S.A., 1958. 251 p. (Tradiciones, leyendas y sucedidos del México Virreinal, XIV)., p. 121.

[2] Mateo Alemán: Sucesos de D. Frai García Guerra, Arzobispo de México, a cuyo cargo estuvo el gobierno de la Nueva España. A Antonio de Salazar Canónigo de la Santa Iglesia de México, mayordomo y administrador general de los diezmos y rentas de ella: Por el Contador Mateo Alemán, criado del rey nuestro señor. Con licencia en México. En la imprenta de la Viuda de Pedro Balli. Por C. Adriano César. Año de 1613.

[3] Valle-Arizpe: Del tiempo…, op. cit., p. 121-122.

[4] Ibidem., p. 122-123.

[5] Ibid., p. 123.

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