DE BRONCAS E INCENDIOS EN PLAZAS DE TOROS.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XXI. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Motivo de las notas que hoy ofrezco a ustedes, es el de la siguiente noticia:

EL COLISEO CENTENARIO SUFRE UN INCENDIO_27.02.2016

Disponible en internet, febrero 29 de 2016 en:

http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=25118

   Hace unos días y en medio de circunstancias accidentadas, el moderno “Coliseo Centenario”, ubicado en la ciudad de Torreón, Coahuila, fue blanco de fuerte incendio, resultado de un espectáculo de rodeo cuya puesta en escena si bien fue autorizada para uso de pirotecnia en frío, terminaron empleando fuegos artificiales. Alguna mecha, algún candente trozo de aquella pólvora ardiendo llegó hasta el toldo, siendo suficiente para que en cosa de segundos las brasas se extendieran peligrosas y fuera de control. Por fortuna, y hasta donde se sabe, el desalojo de unas 800 personas ocurrió en forma rápida y ordenada, por lo que no hubo reporte de lesionados.

   Este pasaje de inmediato nos lleva a recordar algunos episodios donde ocurrieron hechos muy parecidos. El primer caso del que se tiene noticia se remonta al año de 1821, en que se sabe que ocurrió un incendio en la Real Plaza de Toros de San Pablo, la que luego en 1823 fue desmantelada. En ese lapso, se puso en funcionamiento otra plaza también conocida como Plaza Nacional de Toros, quizá porque se ubicaba en el centro de la entonces recientemente nombrada Plaza de la Constitución. Ambas, como era costumbre, fueron armadas con madera. De ahí su condición de “efímeras”. [1] Son escasos los datos sobre la segunda, aunque hay un cartel, que nos remite a la corrida efectuada el domingo 15 de agosto de 1824.[2] Sin embargo, casi un año atrás, el jueves 3 de Julio de 1823, según nos cuenta Carlos María de Bustamante:

   (…) Se está echando abajo la plaza de Toros, de orden del Gobierno, porque se denunció una conspiración, en cuyas operaciones horribles entraba como la primera a incendiar esa enorme montaña de madera.[3]

   Respecto a algunos datos de la Real Plaza de toros de San Pablo me encuentro con un dilema: en 1815 se reconstruyó -en una de sus permanentes rehabilitaciones-, a partir del maderamen que dejó disponible el desmantelamiento de la plaza del Volador, ocurrido un año atrás. Fue durante el mes de abril de 1821 y luego el 9 de mayo de 1825 cuando la plaza sufrió sendos incendios, y no se tiene más noticia que la de su reinauguración, ocurrida en 1833. Bustamante aporta un dato interesante:

Domingo 4 de enero de 1824 (Bello tiempo).

Esta tarde ha habido una excelente corrida de Toros en la Plazuela de S. Pablo, cuios productos serán aplicados al reparo de la Plaza mayor. La función ha estado muy concurrida.[4]

Es decir, tanto el Ayuntamiento interesado en la continuidad del espectáculo y también el asentista, que en aquella ocasión era el coronel Manuel de la Barrera, se propusieron remozar el coso y así dar continuidad a las fiestas, para permitir con ello el arreglo de la Plaza mayor misma que, seguramente, presentaba un panorama de descuido.

Se ubicaba la plaza de toros en la manzana formada al norte, por la Iglesia de San Pablo el Nuevo, al oriente, callejón del Topacio, hoy tercera calle del Topacio, y por el poniente, con la segunda calle de Cuevas, hoy novena de Jesús María.[5]

Sin embargo, la Plaza Nacional de toros y la de San Pablo tuvieron un mismo destino aunque en distinto momento: se quemaron. Fue el 9 de mayo de 1825, día de horrible calor, según Bustamante, que se incendió la Plaza de Toros (de San Pablo) “que la ha reducido a pavezas”. Un día después el mismo autor del Cuadro Histórico apunta:

Mucho da que decir y pensar el incendio de la Plaza de Toros: a lo que parece se le prendió fuego por varias partes, pues ardió con simultaneidad y rapidez. ¿Quién puede haver causado esta catástrofe? He aquí una duda suscitada con generalidad, y atribuida con la misma a los Gachupines para hacerlos odiosos y que cayga sobre ellos el peso de la odiosidad y persecución, opinión a que no defiero, no por que no los crea yo muy capaces hasta de freirnos en aceyte, sino por que ellos obran en sus intentonas con el objeto de sacar la utilidad posible, y de éste ninguna sacarían. Otros creen que algún enemigo del asentista Coronel Barrera fué el autor de este atentado, y aún él mismo ministra fuertes presunciones para creerlo; en la postura a la Plaza se la disputó un Poblano tenido por hombre caviloso y enredador, y tanto como encargado por el Ayuntamiento de esta Capital de plantear la Plaza de Toros para la proclamación de Yturbide fué necesario quitarle la encomienda por díscolo: en el calor de la disputa dixo con énfasis a Barrera… Bien, de V. es la Plaza, pero yo aseguro a V. que la gozará por poco tiempo -expresiones harto significantes y que las hace valer mucho el cumplimiento extraordinario de este vaticinio. Se asegura que fueron aprendidos dos hombres con candiles de cebo: veremos lo que resulta de la averiguación (Encuadernado aquí el Impreso Poderoso caballero es don dinero. México, Oficina de D. Mariano Ontiveros, 1825, 4 p., firmado El tocayo de clarita) judicial que se está haciendo; por desgracia no tenemos luces generalmente de Letras sino de letras muy gordas y incapaces de llevar la averiguación acompañada de aquella astucia compatible con el candor de los juicios, ni hay un escribano como aquel Don Rafael Luaro que supo purificar el robo de Dongo en los primeros días de la administración del Virey Revillagigedo de un modo que asombró a los más diestros curiales.

En el acto del Yncendio ocurrió la compañía de granaderos del número Primero de Ynfantería la que oportunamente cortó la consumación del fuego con la Pulquería inmediata de los Pelos el que pudo haverse comunicado al barrio de Curtidores: esta tropa al mando del Teniente Coronel Borja trabajó tanto que dexó inutilizadas sus herramientas. Del edificio no ha quedado más que el Palo de en medio donde estaba la asta bandera, e incendiado en la puerta, lo demás es un cerco de ceniza que aun no pierde la figura de la plaza. Desde el día anterior se notó que en la tarde procuraron apagar con el cántaro de agua de un vendedor de dulces el fuego que aparecía en un punto de la Plaza. Dentro de ella había quatro toros vivos, y tres mulas de tyro; todas perecieron, y ni aún sus huesos aparecen. De los pueblos inmediatos ocurrieron muchas gentes a dar socorro, pues creyeron que México perecía; tal era la grandeza de la flama que se elevaba a los cielos. El daño para el asentista es gravísimo, pues a lo que parece en la escritura de arrendamiento estipuló que respondía la Plaza si pereciese por incendio u otro caso fortuito. ¡Cosa dura vive Dios! que pugna con los principios de equidad y justicia. Además tenía contratada una gruesa partida de toros para lidiar al precio de 50 pesos al administrador del Condado de Santiago Calimaya de los famosos toros de Atengo. Todo esto nos hace sentir esta desgracia, y pedir fervorosamente al cielo no queden impunes los autores de un crimen de tanta trascendencia, y que envalentonará con su impunidad a los malvados a cometer otros de la misma especie.[6]

   Por otro lado me amparo en Enrique de Olavarría y Ferrari quien nos dice:

En cambio las lides de toros sufrieron un rudo golpe con la completa destrucción de la Plaza Nacional taurina, que en la madrugada del 9 de Mayo (de 1825) comenzó a incendiarse, cebándose las llamas en aquella enorme construcción de apolillada madera, con tal actividad, que en poco tiempo quedó reducida a cenizas.[7]

   La confusión a que se expone el presente material es que se dice que estaba en servicio la plaza de San Pablo en 1824 (justo el 4 de enero, a pesar de que menciona a la de San Pablo), cuando sólo sabemos que era la Plaza Nacional de Toros (1821-1825), junto a las de don Toribio y Necatitlán, las que funcionaban por aquel entonces, a pesar de que como dice nuestro autor “Del edificio no ha quedado más que el palo de en medio donde estaba el asta bandera”, lo que complica nuestras perspectivas, pues solo la de San Pablo poseía tal ornato y no la “Plaza Nacional de Toros”, dato que se confirma del notable óleo sobre cartón que logró del escenario John Moritz Rugendas en 1833, donde aparece dicha columna rematada por la mencionada asta bandera. Asi que, ¿de cual plaza se trataba: de la de San Pablo o de la Plaza Nacional de Toros la que definitivamente se quemó?

PLAZA SAN PABLO

Desde la cúpula de la iglesia de San Pablo la corrida podía apreciarse en toda su magnitud. Litografía de Ignacio Cumplido, México, 1840.

Fuente: Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 133.

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Corrida de toros en la Plaza de San Pablo, John Moritz Rugendas, 1833. Óleo sobre cartón.

Colección del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, México.

   Además, muy cerca de ahí se encontraba la famosa pulquería de “Los Pelos” y el barrio de Curtidores, que estaban inmediatos a la plaza de San Pablo, pues en ningún momento refiere que se tratara de la plaza ubicada en plena plaza mayor o de la “Constitución”.

   Independientemente de todo esto, las plazas de toros de San Pablo,[8] junto a la Plaza Nacional de toros, don Toribio y Necatitlán dieran corridas en aquellas fechas, lo cual significa que la ciudad de México y su población, gozaban del espectáculo de manera por demás bastante frecuente.

   Así que la plaza incendiada resulta ser nuevamente la de San Pablo, inmueble que seguramente movió a fuertes disputas por su regencia, como se aprecia a la hora en que Otros creen que algún enemigo del asentista Coronel Barrera fué el autor de este atentado, y aún él mismo ministra fuertes presunciones para creerlo; en la postura a la Plaza se la disputó un Poblano tenido por hombre caviloso y enredador, y tanto como encargado por el Ayuntamiento de esta Capital de plantear la Plaza de Toros para la proclamación de Yturbide fué necesario quitarle la encomienda por díscolo: en el calor de la disputa dixo con énfasis a Barrera… Bien, de V. es la Plaza, pero y aseguro a V. que la gozará por poco tiempo -expresiones harto significantes y que las hace valer mucho el cumplimiento extraordinario de este vaticinio-.

   La Plaza Nacional de Toros también de madera, seguramente cumplió el ciclo de su vida en ese mismo 1825, fecha que como ya vimos, nos facilita de pasada para información de su perecedera existencia; pues muchas de las plazas levantadas para celebrar corridas tenían una vida efímera al quedar inservible el material con que se construían y ambas plazas -ya desaparecidas en el mismo año- fueron sustituidas por otra que se levantó a un costado de la Alameda (en los rumbos de la Mariscala). Recordemos que en tiempos coloniales hubo alguna plaza que colindaba también con la Alameda y estaba a un lado del “quemadero” de san Diego (actualmente la Pinacoteca Virreinal). Años después, de nuevo funciona la de San Pablo (a partir de 1833), cuya vida se extenderá hasta 1864, año definitivo en que desaparece, no sin faltar otras interrupciones, como aquella de 1847, cuando la ciudad de México sufrió la invasión del ejército norteamericano y hubo necesidad de utilizar gran parte de tablas y tablones colocados en el coso para la defensa de dicha invasión, siendo formadas las trincheras por parte de los miembros del ejército nacional. Creo que el propósito por aclarar estos datos alcanza alguna luz, luego de separar la historia de cada plaza, que, por consecuencia se juntan en un momento muy cercano.

 PLAZA NACIONAL DE TOROS1

La Plaza Nacional de Toros, en una curiosa representación, hacia 1823. Vista general.

PLAZA NACIONAL DE TOROS2

Detalle de la anterior. Fuente: “México y los grabadores europeos”. México, Artes de México, Nº 166, año XX, 1975. 92 pp. Ils., grabs., retrs., p. 60-61.

   De la exposición VIAJEROS EUROPEOS DEL SIGLO XIX EN MÉXICO, que fue montada en el Palacio de Iturbide en 1998, retomo unos apuntes personales que dicen:

   Esta es la Plaza de “la Constitución”, nombre que adquirió a partir de la constitución de Cádiz de 1812. Comparémosla ahora con esta magnífica recreación, para una plaza de toros que sí existió en este mismo sitio, visión realizada por Dante Escalante a partir de una retrospectiva de los ingleses William Bullock y Robert Burford, y que se remonta a un día cualquiera entre los años de 1822 a 1825. Para ver mejor el espectáculo nos colocamos desde un buen sitio, digamos Catedral, al pie de una de sus monumentales torres.

   Luego de admirar el imponente espectáculo, tenemos en primer término la Plaza Nacional de Toros, inaugurada hacia 1822, que sucedió temporalmente a la Real Plaza de toros de san Pablo, que se incendió como ahora se sabe, en abril de 1821.

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   En esta plaza se realizó un festejo el 15 de agosto de 1824 (y otro más el 25 de febrero de 1821, según consta la reproducción del cartel que me permitió retratar el Sr. Manuel Barbosa, en Guadalajara, Jalisco) en el que participaron tanto en uno como en otro, muy probablemente los hermanos Luis, Sóstenes y José María Avila, figuras que por aquel entonces destacaban en la fiesta, entendiéndoselas con toros , tanto de aquellos venidos de la Nueva Vizcaya como de Atenco. Este otro cartel, señala que la corrida fue en honor de Nicolás Bravo.

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Curioso cartel de la PLAZA NACIONAL DE TOROS, enclavada en lo que hoy es la “Plaza de la Constitución”, o “Zócalo” de la Ciudad de México.

Fuente: Archivo Histórico del Distrito Federal [A.H.D.F.] Ramo: Diversiones Públicas, Vol. 856, exp. 71: Se convocan postores para la formación de la plaza en que han de hacerse las corridas en celebridad de la Jura del Emperador Agustín 1º. Año de 1823. Sobre reconocimiento de la plaza para las corridas por la coronación de Agustín 1º.-Fojas 10.

   Conviene recordar de nueva cuenta que infinidad de plazas levantadas durante todo el siglo XIX eran de madera, por tanto vulnerables, a pesar de que su armado fuese seguro y de que se contara con los permisos de la autoridad para la celebración de buen número de festejos. Pero al paso de semanas o meses, aquellos recintos estaban sujetos a las inclemencias del tiempo, con lo que la madera se tornaba sensible y hasta peligrosa. Hasta ahora, puedo apuntar en una primera conclusión que lo ocurrido con la plaza de San Pablo se entiende a la luz de alguna venganza, debido al hecho de que el asentista o empresario de la misma, el coronel Manuel de la Barrera, personaje influyente, detentaba unos poderes en los que incluso contaba con la amistad y la anuencia de altas autoridades, incluyendo al propio presidente de la república en turno.

    Ya en la parte final del siglo XIX, hubo otras tantas plazas de toros en la ciudad de México, algunas de las cuales fueron escenario de escándalos y broncas, hasta el punto que se convirtieron en motivo de “desquite” por parte de aficionados que manifestaron su indignación ya por el mal ganado o por la pésima actuación de los espadas. Allí están casos como los siguientes:

20 de diciembre de 1885: Plaza del Huisachal. Ejemplares de Santín para Francisco Gómez Chiclanero y Juan Moreno El Americano.

16 de marzo de 1887: Plaza de toros San Rafael. Luis Mazzantini y Diego Prieto con “toros” de Santa Ana la Presa.

1° de diciembre de 1889: Plaza de toros El Paseo. Manuel Hermosilla con 6 ejemplares de Nopalapam, ocasión en que el público destruyó la plaza.

2 de noviembre de 1890, en la de Colón: Carlos Borrego “Zocato” y Vicente Ferrer, con “toros” de Guanamé que salieron malísimos.

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La misma plaza, por dentro y por fuera luego de la descomunal bronca que se desató aquella jornada.

Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 215 y 216.

   A lo largo del siglo XX, también quedaron registros de diversos escándalos, que en ocasiones concluyeron en circunstancias bastante lamentables. Allí están casos como el de la tarde del 28 de agosto de 1910…

BRONCA EN EL TOREO

   Célebre fue la bronca del 12 de julio de 1925. Toreaban en festejo mixto y en el Toreo de la Condesa, Rafael Gómez Ortega El Gallo y José Gómez Joseíto de Málaga junto al novillero José González Carnicerito de México, con ejemplares de Piedras Negras.

   Del mismo modo, volvió a presentarse caso similar como en la de San Pablo, ahora con la entrañable plaza de toros de Vista Alegre, ubicada en San Antonio Abad y Claudio Bernard. La tarde del 7 de noviembre de 1937

CARTEL VISTA ALEGRE_07.11.1937

Revista de Revistas. El semanario nacional. Año XXVII, Núm. 1439 del 19 de diciembre de 1937. Número monográfico dedicado al tema taurino.

Tras el engaño de rigor habido para con los aficionados, este fue el balance:

MÁS DE VISTA ALEGRE...

Revista de Revistas. El semanario nacional. Año XXVII, Núm. 1439 del 19 de diciembre de 1937. Número monográfico dedicado al tema taurino.

   De nuevo, y en “El Toreo”, no puede uno dejar de contemplar remembranzas como la del 11 de enero de 1942 cuando Luis Castro El Soldado pretendió finiquitar a Corvejón de San Diego de los Padres, sólo que desde el burladero, o la tarde del 1° de agosto de 1943. En esa ocasión se lidiaba una novillada de El Rodeo, propiedad del General Maximino Ávila Camacho. ¡Cómo estarían las cosas que al doblar el quinto, de nombre Sevillano…! una buena cantidad de asistentes se lanzó al ruedo, y aprovechando la forma en que había doblado aquel buey de carreta, pronto acomodaron los más cojines que pudieron. Aquello terminó convertido en una pira, quemándose los restos del novillo. Con ello, la afición descargaba su ira no en aquel pésimo astado, sino en el hecho de que el mismo, procedía de las dehesas administradas por el mismísimo “hermano incómodo” a quien seguramente se le destino en semejante mensaje, el desacuerdo popular habido con tan polémico personaje, hermano del entonces Presidente de la República, Gral. Manuel Ávila Camacho.

LA LIDIA_06.08.1943

   Finalmente menciono dos broncas que fueron célebres en la plaza de toros México. Una la del 19 de enero de 1947, donde enfurecidos asistentes arrancaron anuncios comerciales, en medio de tremenda cojiniza y quemazones por aquí y por allá, en tanto Lorenzo Garza era detenido y enviado a la cárcel…

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Era el comienzo de aquel tremendo escándalo. Col. del autor.

…y la del 11 de marzo de 1956. Toreaban en aquella ocasión Alfonso Ramírez Calesero, Luis Miguel Dominguín y Alfredo Leal, con 6 de Jesús Cabrera. 

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El Ruedo. Semanario gráfico de los toros. Año XIII, Madrid 22 de marzo de 1956 N° 613, p. 3.

   En uno de los pies de foto se indica: “Y como los mejicanos –como por “acá”- tienen la sangre caliente, la bronca que podemos ver ahora más de cerca tuvo actores de apoteosis, con hogueras y todo en los tendidos y no en el ruedo, si nos atenemos a las informaciones. Disponible en internet, febrero 29 de 2016 en:

http://bibliotecadigital.jcyl.es/bdtau/i18n/publicaciones/listar_numeros.cmd?submit=Buscar&busq_idPublicacion=352&busq_anyo=1956&posicion=26

   De entonces para acá, no han faltado ocasiones como estas. Sin embargo, el comportamiento de los aficionados ha sido más prudente, por lo que las plazas ya no son ese hervidero, próximo a destrucciones o quemazones que las hubo, y ¡vaya en qué forma!

   Finalmente debo agregar que entre las referencias bibliográficas para elaborar estas notas se encuentra la obra de Luis Ruiz Quiroz: Efemérides taurinas mexicanas. México, Bibliófilos Taurinos de México, A.C. 2006. 441 p. Se trata de una fuente primaria muy apreciada, misma que elaboró bajo el rigor que siempre caracterizó a tan reconocido bibliófilo taurino.


[1] Puede hablarse de un cambio de concepciones en cuanto a la posibilidad de hacer permanente el espectáculo en plazas que no guardan el síntoma de la permanencia-, debido a que se construyeron sus edificios a partir del apoyo de madera y nunca como posible escenario definitivo, sea este de mampostería, piedra u otros materiales.

Se trata, en todo caso, de algo que puede ser calificado como de arquitectura efímera. Véase de Guillermo Tovar de Teresa: “Arquitectura efímera y fiestas reales. La jura de Carlos IV en la ciudad de México, 1789”. Artes de México, nueva época, Nº 1, otoño de 1988, p. 42-55.

Otras plazas.-Sin afán de profundizar con detalles y minucias en plazas efímeras, dedicaré un poco de atención a aquellas que prestaron sus servicios de manera provisional.

 PLAZAS DE TOROS EN LA CD. DE MÉXICO

Datos tomados del trabajo de Benjamín Flores Hernández: “Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, vol. 7. (México, 1981). pp. 99-160, fots. (Pág. 158-160).

 [2] PLAZA NACIONAL DE TOROS Domingo 15 de agosto de 1824 (Si el tiempo lo permite)

La empresa, deseando tomar parte en los justos regocijos por los felices acontecimientos de Guadalajara, no menos que en la debida celebridad del EXMO. SR. D. NICOLAS BRAVO, á cuya política y acierto se han debido, determina en la tarde de este día una sobresaliente corrida, en la que se lidiarán ocho escogidos toros de la acreditada raza de Atenco, incluso el embolado, con que dará fin.

Con tan plausible objeto las cuadrillas de á pie y á caballo ofrecen llenar el gusto de los espectadores en cuanto les sea posible, esforzando sus habilidades.

ENTRADAS

Sombra: Con boletines que se espenderán á cuatro reales en la primera casilla

Sol: Con boletines que se espenderán á 2 reales en las casillas 7ª y 8ª, y se entregaran en la puerta.

Las lumbreras por entero se arrendarán a cuatro pesos cada una con boletines de ocho personas en la alacena de D. Anacleto González en el portal de Mercaderes, desde el día anterior hasta la una de este, y de esta hora en adelante en la puerta principal de la misma plaza.

[3] Carlos María de Bustamante: DIARIO HISTORICO DE MEXICO. DICIEMBRE 1822-JUNIO 1823. Nota previa y notas al texto Manuel Calvillo. Edición al cuidado de Mtra. Rina Ortiz. México, SEP-INAH, 1980. 251 p. Tomo I, vol. 1. Además, entre 2001 y 2003 se publicaron dos discos compactos que reúnen la misma obra, sólo que de manera conjunta, abarcando los años de 1822 a 1834; y de 1835 a 1848 respectivamente. Diario Histórico de México. 1822-1834 (disco 1); Diario Histórico de México. 1835-1848 (disco 2). México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, El Colegio de México, 2011 y 2003. 2 CD-ROM. Tomo I, Vol. 2. Julio-Diciembre de1823, p. 8.

[4] Op. cit., T. I., Vol. 2, enero-diciembre 1824, p. 11.

[5] Lauro E. Rosell: Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la Capital desde 1521 hasta 1936. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1945. 192 pp. ils., fots. (pág. 18).

[6] Bustamante: Diario Histórico de…, op. cit. Tomo III, Vol. 1. Enero-Diciembre de 1825, p. 72-73.

Lunes 9 de Mayo de 1825 (Horrible calor)

Esta mañana a las 3 se anunció por la campana mayor de catedral el horrible fuego que apareció en la Plaza de Toros que la ha reducido a pavezas; mañana referiré las circunstancias de este suceso muy doloroso de que me estoy refiriendo.

Además:

 PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO

    Bien sabido es, que por el dinero, y con el dinero se ha plagado el mundo de delitos, miserias y desgracias: por él se han suscitado las guerras, y con él se han emprendido, dándose al saqueo las ciudades, y a la destrucción los imperios: por el dinero se matan los hombres, y con el dinero viven y se engrandecen los oscuros y despreciables: por el dinero se levantan las más negras calumnias, y con el dinero se cubren y quedan sin castigo los crímenes más horrorosos: por el dinero se pierde la quietud, y con el dinero se corrompe el corazón. Esto, y muchísimo más, puede el dinero en grande; veamos como obra, respectivamente, en chico.

   El déspota particular con mucho dinero, de nada carece y cuanto quiere alcanza: acostumbrado a hacer su gusto en todo, se felicita y complace en la ejecución de sus más vergonzosas pasiones y soberbios caprichos, pues cuenta siempre con la ciega obediencia de los seres degradados que lo adulan.

   Así el hombre venal, orgulloso y dominador, si es rico, aunque se vea lanzado del alto asiento que usurpaba, y destituido del poder absoluto que ejercía sobre los demás, conserva una superioridad tan altanera, que casi se identifica con el mismo absoluto poder que ha perdido. De aquí pueden hacerse aplicaciones muy exactas con referencia a los casos que han acontecido y están aconteciendo desde nuestra emancipación política: hágalas, si gusta, el juicioso lector, y luego encárguese del objeto a que se dirige este papel para fallar imparcialmente, llevando por delante aquel refrán que asienta: por lo poco, se pasa al conocimiento de lo mucho.

   Después que por motivos bastante notorios estuvo sin ejercicio el coliseo de esta corte una porción de tiempo, los cómicos proyectaron y consiguieron su apertura, quedando responsables de mancomún al arrendamiento de la finca, y cuando habían dado muchas funciones, que el público vió con aprecio, regresó de la Habana en junio de 824 el gran cantador Andrés del Castillo, convencido de que no podía lograr colocación ventajosa fuera de este suelo que le dio tantos miles de pesos.

   Admitido nuevamente al teatro por la generosidad de sus arrendatarios, tuvo la desvergüenza de decirnos por medio de un manifiesto (tratando cohonestar su punible fuga) que se ausentó con el fin de ilustrarse y volver á servirnos con nuevas y selectas operas que había adquirido. Nos dio tres o cuatro en cansadas repeticiones de doble paga, y cátese agotado todo el tesoro de sus piezas cantables; bien, que cubrió esta falta con el trágico galán Diego María Garay, que vino en su compañía a probar fortuna.

   Nosotros estábamos bien hallados con nuestros antiguos y hábiles empleados en el teatro, recibiendo por uno de ellos, desde las tablas según costumbre, el aviso de la función que debía hacerse en la noche siguiente, cuando extendida la noticia de la llegada del hombre trágico, unos pocos de la luneta, no permitiendo que se diese la cita, pidieron a gritos por más de tres noches al señor Garay que al fin se colocó en el modo y términos que están en conocimiento del público (No se habla aquí de Fernández y Patiño, protegidos por Garay, porque éstos, sin plaza efectiva, solo nos atormentaban con sus bramidos declamatorios las noches en que trabajó el padrino).

   Concluida la temporada del año próximo anterior, y puesto el teatro en pregón para la del corriente, se presentaron Castillo y Garay, haciendo postura después de que recibieron el amargo desengaño de que no podían quedarse con la finca a la sordina; y se dice (no sé si con fundamento) que estos dos amigos, sostenidos por algunos de sus paisanos pudientes, llevaban la idea de tolerar a los cómicos del país solo el primer año, y al segundo dejarlos en la calle, pues entonces ya tendrían surtido el teatro de extranjeros, tanto para las plazas principales de representado, canto y baile, como para las de mites ó domésticos.

   Presentóse en la palestra el digno mexicano coronel Manuel Barrera (dueño hoy de la empresa) que adivinando los fines de ambición y parcialidad que impulsaban esta negociación, celebró su remate por cinco años en cantidad que no tiene ejemplar, y deshizo los planes.

   Aquí entra el título de este papel como el dedo al anillo: poderoso caballero es don dinero:  ¡quien lo creyera!… Castillo y Garay, contando con el fuerte apoyo de sus protectores, revolucionaron en términos, que habiendo introducido la desunión en las compañías, arrancaron del teatro a algunas de sus primeras habilidades, y estas siguiendo indiscretamente la suerte de los cabecillas, andan ahora fuera de la capital separadas de sus familias: ya sentirán las resultas, y quizá cuando no haya remedio; pues aunque la construcción de un segundo coliseo en México les asegure un por venir lisonjero, podrá suceder… ¡quien sabe!

   Por lo poco se pasa al conocimiento de lo mucho: esta es una verdad bien acreditada. Si para el solo negocio teatral se han interpuesto tantos miles de pesos… ¿cuántos más se derramarían para volvernos a uncir al carro español si esto estuviera al arbitrio del que lo ocupa y bajo las fuerzas de sus agentes?… ¡Cuidado, compatriotas, que las trepidaciones políticas no se han acabado!

   (…)

   Por parte del dueño de la empresa, hay un grande y decidido empeño en servir a este público respetables, pues sin contar con las habilidades que lo abandonaron, está haciendo muchísimo más de lo que debía esperarse; y pagando sueldos de alto peso, e invitando a cuantos sean aptos para los ramos de que se compone el teatro, ha probado de una manera nada equívoca su deseo de agradar. Este lo llevó, ciertamente, a la (al parecer) temeraria empresa de ofrecer la operita del tío y la tía, y ya se vio que fue más que regularmente desempeñada: en la función que dio el sábado 23 de abril en honor de Jorge IV, rey de la Gran Bretaña, echó el resto, pues hizo adornar el teatro con todo el buen gusto y lujo que jamás se había visto. Diríase que soy un mercenario apologista; mas esto no será verdad, pues nunca he tenido, ni tengo, ni espero tener relaciones de confianza con el empresario. Oigo hablar mil despropósitos que distan muchísimo de los hechos, y he aquí el único motivo que tuve para publicar este papel: si lo dicho no basta, tírense pedradas, pero entiéndase que las rechazará con la rodela del desprecio.

El tocayo de Clarita.

[7] Enrique de Olavarría y Ferrari: Reseña histórica del Teatro en México por (…). 2ª. edición, México, Imprenta, Encuadernación y papelería “La Europea”, 1895. Tomo I. 383 pp. (pág. 222).

[8] Bustamante: Diario Histórico de …, op. cit.,p. 74.

Viernes 13 de Mayo de 1825 (Verano activísimo)

(…) Parece que unos negociantes ingleses ofrecen reponer la Plaza de Toros de cal y canto, y que hacen proposiciones equitativas.

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