LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO… (II).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX. 

C A P Í T U L O   Nº 2

   Un espectáculo taurino durante el siglo XIX, y como consecuencia de acontecimientos que provienen del XVIII, concentraba valores del siguiente jaez:

-Lidia de toros “a muerte”, como estructura básica, convencional o tradicional que pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia.

-Montes parnasos,[1] cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales,[2] hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres. Se conocen también otras posibilidades.[3]

   Forma esto un básico. Ese gran contexto se entremezclaba bajo cierto orden, esquemáticamente hablando. La reunión popular se encargaba de deformar ese proceso en un feliz discurrir de la fiesta como tal.

ESCENAS1

En este primer conjunto de escenas podemos contemplar la mojiganga, el toro embolado y la colocación de banderillas desde el caballo.

   Hasta aquí la brevedad de un panorama que se recuperará más tarde y que por ahora, sólo surge la intención de acudir a razones propias del siglo XVIII con el fin de entender de qué forma caminó la sociedad, la política y el caso particular aquí estudiado.

   El significado de que una casa como la de Borbón -francesa de formación- sirva para crear una reacción de choque con el pueblo español, está en entredicho. Felipe de Anjou plantea a Luis XIV[4] su tío, que si bien es francés de origen, reina un pueblo como el hispano con el que tendrá que adaptarse a su circunstancia, afrancesándose las costumbres sí, pero sin que desencadenara aquello en un disturbio de orden antinacional, por motivo de sentido monárquico.

   Con la diversión de los toros, España, que vive intensamente el espectáculo sostenido por los estamentos, va a encontrar que estos no tienen ya mayor posibilidad de seguir en escena, pues

el agotamiento que acusa el toreo barroco se vio, desde los primeros años del siglo XVIII, acentuado por el desdén con que Felipe V, el primer rey español de la dinastía francesa de los Borbones trató a la fiesta de toros.[5]

   De tal suerte que lo mencionado aquí, no fue en deterioro de dicho quehacer; más bien provocó otra consecuencia no contemplada: el retorno del tumulto, esto es, cuando el pueblo se apodera de las condiciones del terreno para experimentar en él y trascender así el ejercicio del dominio. Sin embargo “José Alameda” (Carlos Fernández Valdemoro) dice que el carácter que Felipe V tiene de enemigo con la fiesta es refutable. Refutable en la medida en que

La decadencia inevitable de la caballería y el cambio social con que la clase burguesa va desplazando a la aristocrática bajarán pronto al toreo del caballo.[6]

ESCENAS2

Las representaciones “parataurinas” no tuvieron reposo en buena parte del siglo XIX mexicano. Representación de otra mojiganga, la suerte de la “memela” y el coleo o jaripeo que también se practicaron en forma permanente en las plazas de toros.

Sobre esta transformación, Néstor Luján ofrece factores testimoniales de acentuado interés al tema. Señala

como una de las causas principales el cambio de manera de montar: pues se pasó de la ágil “a la jineta” a la lenta brida, con lo cual era difícil quebrar rejones. Con este sistema, es lógico que, refrenados los caballos se usase la vara de detener, que es la de los picadores. Sea como fuere, el caso es que las fiestas de toros a caballo empezaron a desaparecer. Con la gran fiesta de 1725 (del 30 de julio de 1725), afirma Moratín que se “acabó la raza de los caballeros”. Y entonces, como paralelamente a esta desgana de los próceres por lo español, se desarrollaba un movimiento popular totalmente contrario, empiezan a tener éxito las corridas de a pie.[7]

CONTINUARÁ.


[1] Benjamín Flores Hernández. “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces” (tesis de licenciatura), p. 101. El llamado monte carnaval, monte parnaso o pirámide, consistente en un armatoste de vigas, a veces ensebadas, en el cual se ponían buen número de objetos de todas clases que habrían de llevarse en premio las personas del público que lograban apoderarse de ellas una vez que la autoridad que presidía el festejo diera la orden de iniciar el asalto.

[2] Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX (1810 a 1863). Dicho libro está plagado de referencias y podemos ver ejemplos como los siguientes:

Los hombres gordos de Europa;

-Los polvos de la madre Celestina;

-La Tarasca;

-El laberinto mexicano;

-El macetón variado;

-Los juegos de Sansón;

-Las Carreras de Grecia (sic);

-Sargento Marcos Bomba, todas ellas mojigangas.

Por cierto esta última mojiganga era un gracioso baile pantomímico también conocida como “Los reclutas de Coimbra”, en la cual desempeñaba el papel de protagonista Sargento Marcos Bomba, el Gigante Árabe, que su tiempo bailaba UNA ALEMANDA.

[3] Flores Hernández, op. cit., p. 47 y ss. Basto es el catálogo de “invenciones” que se instalaron en torno al toreo.

-Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762

-lidias en el matadero;

-toros que se jugaron en el palenque de gallos;

-correr astados en algunos teatros;

-junto a las comedias de santos, peleas de gallos y corridas de novillos;

-ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”;

-otros personajes de la brega -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores;

-cuadrillas de mujeres toreras;

-picar montado en un burro;

-picar a un toro montado en otro toro;

-toros embolados;

-banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”;

-locos y maromeros;

-asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa;

-dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo);

-en los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones;

-diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos;

-la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos;

-galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo;

-persecuciones de venados acosados por perros sabuesos;

-globos aerostáticos;

-luces de artificio;

-monte carnaval, monte parnaso o pirámide;

-la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

Además encontramos hombres montados en zancos, enanos, figuras que representan sentidos extraños.

[4] Antonio Domínguez Ortiz. Sociedad y estado en el siglo XVIII español. Barcelona, Ariel, 1981.  532 p. (ARIEL-HISTORIA, 9)., p. 33. En 1709, la situación en Francia era demasiado crítica al grado que Luis XIV estaba ya resuelto (…) a renunciar a la lucha, sacrificando, si era preciso, a su nieto. No conformes con esto, los aliados exigían que el rey francés, con sus propias tropas, expulsara a Felipe V de España, suprema humillación a la que se negó. Por su parte, Felipe, ya por iniciativa propia, ya por impulsos de la reina y de la princesa de los Ursinos, mostró una determinación poco común en él y ofreció a sus pueblos luchar hasta el fin, con la ayuda francesa o sin ella, para mantener la Corona de España en su integridad.

[5] Pedro Romero de Solís, Antonio García-Baquero González, Ignacio Vázquez Parladé: Sevilla y la fiesta de toros. Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980 (Biblioteca de temas sevillanos, 5). 158 p. ils., p. 62.

Una idea de corte totalmente opuesto pero que es interesante considerarla, la ofrece Enrique Gil Calvo en Función de toros, p. 144.

1.-La institucionalización de las corridas es consecuencia de un hecho crucial, acaecido durante el siglo XVII, en la articulación de la estructura española de clases.

2.-Ese hecho, trascendental para todo el posterior desarrollo de la España moderna y contemporánea, supone la auténtica diferencia específica de la estructura de clases española, que así la separa y distingue del resto de estructuras de clase europeas. Y consiste en la inversión de la función de liderazgo: las clases antes dirigentes -durante el imperio de los Habsburgo- dimiten de su liderazgo social, cuya función queda así vacía y vacante. Consiguientemente, y en ausencia de élites dirigentes, el casticismo más plebeyista se impone, el liderazgo se invierte y son ahora las élites quienes imitan modos y maneras del vulgo y la plebe.

3.-En consecuencia, a resultas del casticismo de las élites, y vacante la función de liderazgo social por ausencia dimisionaria de quienes debieran desempeñarla, se produce en ensimismamiento y tibetanización de la nación española, que queda así clausurada -colapsada y bloqueada- por su desarticulación social invertebrada.

   Estos planteamientos que el autor destaca a contrapelo de la obra Goya y lo popular de José Ortega y Gasset, también se anteponen a la tradicional concepción de la permuta del toreo a caballo por el de a pie, debido a movilizaciones ideológicas de la cúpula monacal.

[6] José Alameda. El hilo del toreo. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 pp. ils., retrs. (La Tauromaquia, 23)., p. 41.

[7] Néstor Luján. Historia del toreo. 2a. edición. Barcelona, Ediciones Destino, S.L. 1967. 440 pp. ils., retrs., grabs., p. 13.

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