LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO… (III).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX. 

C A P Í T U L O   Nº 3

Por su parte Alameda aduce que a Felipe de Anjou

se le achaca el haber puesto fin a las fiestas del toreo a la jineta por despreciables, contribuyendo a su inmediata liquidación. Indudablemente esto último es cierto. Pero ahí se detienen sus críticos, a quienes se les olvida o desdeñan el resto de la cuestión, su contrapartida.[1]

   Justifica este autor una serie de razones como el amanecer ilustrado que  fue dándose en el curso de esa centuria, la más revolucionaria en el sentido de la avanzada racional. Pero estamos en el tramo comprendido entre 1725 y 1730. Ha pasado ya un cuarto de siglo luego de la toma del poder monárquico en España por parte del quinto Felipe.

La caballería se halla en quiebra. El toreo a la jineta es un muerto en pie, que sólo necesita un empujón para derrumbarse. Pero el toro, raíz de la Fiesta, sigue ahí plantado en el plexo solar de España. Y frente a él está el pueblo. Pueblo y toro van a hacer la fiesta nueva. No el monarca(…).[2]

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La hermosa portada del libro de Nicolás Rangel parece advertirnos sobre las circunstancias que hasta aquí vienen relatándose.

Y ese pueblo comienza por estructurar el nuevo modo de torear matando los toros de un modo prehistórico, con arpones y estoques de hoja ancha, y torean al animal con capas y manteos o con sombreros de enormes alas, que promovieron, al ser prohibidos, el grotesco y sangriento motín de Esquilache.

   Benjamín Flores Hernández acierta en plantear que

El arte taurómaco se revolucionó: la relación se había invertido y ya no eran los de a pie los que servían a los jinetes sino estos a aquellos.[3]

   Todavía llegó a más el monarca francés: apoyó por decreto de 18 de junio de 1734 al torero Juan Miguel Rodríguez con pensión vitalicia de cien ducados. Apoyó asimismo  la construcción de una plaza de madera para el toreo de a pie, cerca de la Puerta de Alcalá, que se inauguró el 22 de julio de 1743.

   Y todo ello ¿con qué propósito?

(…) halagar al pueblo y mostrarle que está con él. No es permisible que Felipe realizara aquellos actos por lo que llamamos afición a los toros, por taurinismo, sino para ganarse su simpatía y su apoyo. Ello parece obvio.[4]

   Todo esto fue causando desórdenes mayores y la arena se convertía en auténtica congregación no solo de público. Se podían ver limosneros, aguadores, vendedores de frutas, dulces y pasteles, por lo que la autoridad tuvo que poner fin a los desmanes promulgando bandos como los de 1769, 1787 y 1794 respectivamente.

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Quien si no otro, el pueblo, hizo suyo el espectáculo. De una estampa de la emblemática publicación periódica de La Lidia en la España de finales del siglo XIX que así recreaba las escenas ocurridas una centurias atrás.

   Llegó momento en que las corridas, o remedo de estas solo cumplían la lógica de la ganancia y el consumo, lo cual se tradujo en protesta popular, esto a fines del siglo XVIII.

   ¿Qué trajo consigo todo esto?

   En opinión de los ministros de las cajas reales, era necesaria ya una plaza fija, capaz de servir y funcionar en cuanta corrida se organizara. Dicha realidad se daría hasta 1815, año en que la plaza de San Pablo adquirió el carácter correspondiente para cubrir con aquellas nuevas necesidades.

   Hipólito Villarreal en su libro Enfermedades políticas que padece la capital de esta Nueva España… ya manifiesta, como lo hicieron algunos funcionarios, que las fiestas de toros ocasionaban que oficinas de gobierno dejaban de trabajar en los días de corridas; el gasto familiar se veía mermado por las fuertes cantidades que se gastaban en el espectáculo; que los subalternos exigían todo a sus patrones, que les costearan la entrada a la plaza, amenazándoles con dejar el trabajo si no satisfacían sus deseos.

   Antes de entrar en materia puramente política, para establecer el panorama que vive España durante el XVIII, conoceremos una visión general del papel que Felipe V, Fernando VI y Carlos III juegan a favor o en contra del toreo. Luego con un planteamiento de Jovellanos  veremos como su fuerza influye en los valores populares.

   Anota Fernando Claramount que a partir de mediados del siglo XVIII ocurre

el triunfo de la corriente popular que partiendo del vacío de la época de los últimos Austrias, crea el marchamo de la España costumbrista: los toros en primer lugar y, en torno, el flamenquismo, la gitanería y el majismo.[5]

Abundando: “gitanería”, “majismo”, “taurinismo”, “flamenquismo” son desde el siglo que nos congrega terribles lacras de la sociedad española para ciertos críticos.

Para otras mentalidades son expresión genuina de vitalidad, de garbo y personalidad propia, con valores culturales específicos de muy honda raigambre.[6]

   Al ser revisada la obra mejor conocida como Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia[7] de Francisco María de Silva, se da en ella algo que entraña la condición de la vida popular española. Se aprecia en tal retrato la sintomática respuesta que el pueblo fue dando a un aspecto de “corrupción”, de “arrogancia” que ponen a funcionar un plebeyismo en potencia. Ello puede entenderse como una forma que presenta escalas en una España que en otros tiempos “tenía mayor dignidad” por lo cual su arrogancia devino en guapeza, y esta en majismo, respuestas de no querer perder carácter hegemónico del poderío de hazañas y alcances pasados (v.gr. el descubrimiento y conquista de América).

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Si hay que preguntarse qué es el majismo, este incluso se ha logrado mantener en puestas en escena de nuestros días. Aquí vemos a José Antonio “Morante de la Puebla” en una reciente versión de la corrida Goyesca, celebrada en la plaza de Ronda.

   Tal majismo se hace compatible con el plebeyismo y se proyecta hacia la sociedad de abajo a arriba. Lo veremos a continuación. Luján vuelve a hacernos el “quite” y dice:

(…) coexiste en tanto un movimiento popular de reacción y casticismo; el pueblo se apega hondamente a sus propios atavíos, que en el siglo XVIII adquirieron en cada región su peculiar característica.[8]

Y hay cita de cada una de esas “características”. Sin embargo

Todo se va afrancesando cuando el siglo crece. “Nuestros niños aun sabían catecismo y ya hablaban el francés”, escribe el P. Vélez. Vienen afeites del extranjero: agua de “lavanda”, agua “champarell”, agua de cerezas. Y, en medio de todo esto, la suciedad más frenética: cuando se escribió que era bueno lavarse diariamente las manos, la perplejidad fue total. Y cuando se dijo que igualmente se debía hacer con la cara, se consideró como una extravagancia de muy mal gusto, según los cronistas de entonces.[9]

CONTINUARÁ.


[1] Alameda, op. cit.

[2] Ibidem.

[3] Flores Hernández, La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. (Colección Regiones de México)., p. 31.

[4] Alameda, Ibidem., p. 43.

[5] Fernando Claramount. Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. (La Tauromaquia, 16-17) 2 v., T. I., p.156.

Apud. Vicens Vives. Aproximación a la Historia de España. (1952).

[6] Op. cit., p. 161.

[7] Julián Marías. La España posible en tiempos de Carlos III. 2a. edición. Madrid, Revista de Occidente, 1980. Obras completas, 7 v. T. No. VII (pp.293-429)., p. 371. Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia. París, 1780. Madrid Por D. Francisco María de Silve. Con licencia en Madrid: Por D. Antonio de Sancha. Año de MDCCLXXXI.

[8] Luján, op. cit., p. 31.

[9] Ibidem., p. 32.

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