PONCIANO DÍAZ: ABANDERADO DE AQUEL TOREO TÍPICO EN SU ÉPOCA DE ESPLENDOR Y ATÍPICO EN SU DECADENCIA.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

La presente evocación fue escrita hace 15 años. Retoma a Ponciano Díaz como personaje muy conocido por estos lares, aunque siempre con la posibilidad de encontrar renovadas contemplaciones como ser humano y como personaje público que llenaron un espacio tan importante como ese último tercio del siglo XIX mexicano. 

   El inicio de un nuevo siglo como este, trae consigo el anhelo de la mejor prosperidad en todo lo porvenir. También, permite recuentos, saldos y resultados del que apenas ha concluido.

   Hoy, a diferencia de hace un siglo, los tiempos corren a una velocidad inusitada, siendo esta condición mediática, con la Internet como otro de sus vehículos, el medio por el que llega hasta nosotros y al instante la noticia no solo local. También de índole nacional e internacional. Bajo ese ritmo, ya no nos sorprende demasiado el torrente de acontecimientos que nutre el paso agitado en el que vivimos. ¡Cuánto dista hoy el viaje de un trasbordador espacial, con el millonario norteamericano Dennis Tito a bordo, de la misión espacial APOLO 11, primera en posar el sueño de la humanidad y de Julio Verne en polvoso pero fino suelo lunático, allá por 1969!

   Sin embargo, hace un siglo, cualquier noticia, además de llegar en la esperada diligencia, o en los wagones del moderno y confortable ferrocarril, se desmenuzaba hasta el mínimo detalle, bajo el ritmo de una lectura reposada. De seguro, se creaban historias aledañas y fascinantes que desplazaban a la original y hasta se convertían en rumor, chisme, o en el propio hecho, pero corregido y aumentado.

   Como obligación de nuestra parte, y enterados del papel que jugó en su momento el ahora recordado torero atenqueño Ponciano Díaz Salinas, nos toca la parte de informar a sus paisanos, el papel que jugó este diestro durante el periodo que iba constituyéndose como la “pax porfiriana”, frase acuñada por Justo Sierra, quien con ello dio a entender que debía reelegirse a don Porfirio Díaz que por ser el héroe de la paz, e imponerla se estaba en condiciones de esa larga continuidad, una vez más.

   Hoy hace un siglo, familias tianguistecanas distinguidas como los Castro, los González del Pliego, los Ordóñez, los Ferreira, los García, los Romero, los Moreno, los Puente o los Díaz evocaban la reciente desaparición de Ponciano, ocurrida el 15 de abril de 1899, teniendo en él la figura de un charro consumado que combinó este quehacer con la tauromaquia bajo sellos nacionalistas que, aunque soportadas por una raíz técnica y estética eminentemente españolas, se impuso el carácter americano, vistiendo con matices singulares dicha expresión, que el “torero con bigotes” hizo suya, y la paseó por plazas de nuestro país y el extranjero.

   Probablemente se le reproche a Ponciano por qué no acepto afiliarse a la moda impuesta por los toreros españoles que, a partir de 1884 establecieron la expresión del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Y porque los “hubieras” no existen en la historia, o porque Ponciano haya tenido sus muy personales razones, el hecho es que se convirtió en abanderado de aquel toreo típico en su época de esplendor y atípico en su decadencia.

   Ponciano Díaz Salinas, nacido en Atenco el 19 de noviembre de 1856, en pleno esplendor tauromáquico de su maestro Bernardo Gaviño, visitante intermitente de los rumbos atenqueños, aprende al lado de su padre y sus tíos las tareas campiranas como el mejor, siempre en cotidiana convivencia con los toros bravos de la reconocida hacienda mexiquense.

   Aunque ya empieza a ser conocido desde 1876, es el 1º de enero de 1877 cuando aparece anunciado por primera vez en un cartel, para la corrida de aquel día, celebrada aquí, en Santiago Tianguistenco.

   “Su fama no desmintió…” dice uno de los muchos versos que la musa popular y poetas mayores le dedicaron durante su trayectoria, lo mismo que grabados y retratos. El 15 de enero de 1888 inaugura su propia plaza, la de “Bucareli” que se convierte en bastión del poncianismo durante varias temporadas -no muchas- e incluso, en última morada, pues allí muere. Reitero que no muchas, porque al emprender su viaje a España para obtener el grado de doctor en tauromaquia, hecho ocurrido el 17 de octubre de 1889, la afición mexicana, que estaba formándose bajo los criterios del modelo español recién establecido, acepta estas y rechaza rápidamente las que Ponciano impuso como heredero natural de todo un proceso ocurrido durante el siglo XIX. De ahí que a su regreso ya no se le viera ni se le celebrara con el mismo entusiasmo de jornadas anteriores. Sin embargo, Ponciano tuvo todavía el suficiente impacto que desplegó en la provincia mexicana, donde siguió acumulando triunfos.

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Con el capote a burlar los hachazos y de pinturerías estaba exento. Un auténtico tumbacarnes. Metisacas, golletazos tras faenas de relumbrón. En su época era común el toro de mucha edad aunque, de procedencia desconocida. Trapazos de pitón a pitón, pases por la cara y otros latigazos para de inmediato liquidar a las reses con sendas estocadas de mete y saca, en los bajos sin procedimiento técnico alguno, sólo con nociones o con intuición. Incluso, alguna vez llegó a matar de rodillas, allá en San Luis Potosí por el año de 1882.[1]

   La recreación de aquella suerte es posible apreciarla en

Antonio Navarrete Tejero: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs.

   Sus últimas actuaciones son un reflejo de tristeza y de nostalgia. Ya no es el mismo. La desaparición de su madre en 1898, probablemente su soltería, y un agravado estado de salud abren las puertas a su prematura muerte, que evocamos aquí y ahora con el solo propósito de perpetuar una vez más el perfil de un gran personaje, ídolo popular, charro y torero, el mexicano Ponciano Díaz Salinas, aquel que para celebrarlo era común hacerlo, y lo hacemos con el singular grito de batalla: “¡Ora Ponciano!”

P.D.

   Quiero sumarme a otro recuerdo. Desde el pasado mes de enero, se ha integrado a la cuadrilla celestial de Ponciano Díaz un amigo entrañable: Doroteo Velázquez Díaz, esposo, padre, y abuelo si los hubo, como pocos. A su familia, mi saludo y apoyo reconfortable, pues como sobrino-nieto del “torero con bigotes” aprendimos de él muchas de las historias no conocidas del gran personaje que, indudablemente se ganó un lugar de privilegio en ésta, la “Rotonda de los hombres ilustres de Santiago Tianguistenco”, por lo que ambos merecen un grito de batalla más: ¡Ora Ponciano! ¡Ora Doroteo…!

DOROTEO VELÁZQUEZ DÍAZ_ABRIL DE 1994

Doroteo Velázquez Díaz, al pie del nuevo sitio donde quedaron depositados los restos de Ponciano Díaz. Esto en la “Rotonda de las personas ilustres”, en el panteón de Santiago Tianguistenco, Méx. Abril de 1994. Fotografía del autor.

Muchas gracias.

Santiago Tianguistenco, México. 28 de abril de 2001.


[1] Carlos Cuesta Baquero (Roque Solares Tacubac): “Suertes del toreo a la mexicana”. En Revista de Revistas. Número monográfico. Dir. Roque Armando Sosa Ferreyro, Nº 1439, del 19 de diciembre de 1937.

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