500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (IV).

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (IV). 

TRATADOS Y TAUROMAQUIAS ENTRE MÉXICO Y ESPAÑA. SIGLO XVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Pocos años después de la capitulación de la ciudad de México-Tenochtitlan (13 de agosto de 1521), fueron dándose condiciones para el comienzo de la polémica etapa colonizadora desplegada por los españoles. Habiendo pasado el proceso de conquista, se dejaba la espada para imponer la cruz, es decir, se ponía en marcha el complejo quehacer de la evangelización en que subsumir la religión católica fue una labor llena de conflictos que lo mismo ofendieron, lastimaron o nutrieron a una nueva grey de convencidos por esta creencia.

   Fue un hecho que entre las muchas tareas que se impusieron vencedores y vencidos debe haber habido aquellas de aceptación, asimilación y como se sostiene y reitera hasta aquí, de mestizaje, aspectos que pronto se reflejaron en la vida cotidiana, sin más. Españoles que decidieron permanecer en estas nuevas tierras, seguramente no olvidaron la “patria” ni la “matria”, de ahí que lograron extender por vía de un “transvase” aquella su vida a esta otra, conscientes de la presencia de una que amalgamaba el nuevo ser: mestizo, o criollo junto a la derivación heterogénea que fue la presencia de castas. Ello significó la convivencia de culturas, razas y lenguas venidas de otras partes del mundo.

   También nuestros antepasados como suma de culturas indígenas se integraron primero a una especie de maridaje forzoso que devino en formas y expresiones del mexicano, el criollo y el mestizo en cuanto tal. De ese complejo multiétnico y pluricultural, deben haber surgido infinidad de personajes que protagonizaron, entre otros aspectos, la representación de una fiesta que como la de toros, significó un punto de cohesión y afirmación para consolidar la sociedad novohispana, cuyo desarrollo y convivencia, entró lo mismo en conflictos permanentes que en acuerdos y reconciliaciones. Seguramente era imposible olvidar un episodio que, como la conquista, produjo traumas y resentimientos, pero también el propósito de superarlos.

   La autoridad política dejó señalado en forma muy temprana que la fecha del 13 de agosto se convertiría, año tras año y así hasta comenzado el siglo XIX, en referencia para conmemorar la conquista, ordenando se celebrase, entre otros con fiestas de toros. A ese ritual, vinieron a nutrir el calendario de otras tantas fiestas, un amplio despliegue de motivos religiosos, académicos, o de la innumerable razón proveniente de la monarquía misma, sin olvidar el fin de una guerra, por motivo benéfico; razones todas que alentaron la tauromaquia en sus diversas manifestaciones.

   Hace algunos años, esto en 2009, al participar en el IV Congreso Internacional del CIAL denominado Itinerarios Históricos, Culturales y Comerciales, presenté la siguiente ponencia, misma que ahora integro al presente estudio, considerando que reúne elementos de importancia para justificar 500 años de tauromaquia en México.

TRATADOS Y TAUROMAQUIAS ENTRE MÉXICO Y ESPAÑA. SIGLO XVI[1]

   Fue durante los siglos XVI y XVII en que salieron a la luz un importante número de tratados o reglas que sirvieron de asidero a diestros ejecutantes del toreo a caballo en sus dos versiones más conocidas: a la brida y a la jineta. De esto me ocuparé en su momento. Pero llama poderosamente la atención un dato que tomaré como antecedente primero: la presencia de un grupo de caballeros americanos después, los cuales realizaron vistosas evoluciones en Madrid, allá por enero de 1572, mismo año en que también se publicó un tratado, el del Capitán Pedro de Aguilar, impreso salido de la casa de Hernando Díaz.

   La segunda parte quedará integrada por un solo personaje, criollo él, y de nombre Juan Suárez de Peralta, quien no solo es recordado aquí y ahora por su directa participación como autor de uno de estos tratados, sino por el hecho de su inmediata participación en la famosa conjuración de Martín Cortés en 1566.

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Coautor en la publicación: Caminos encontrados. Itinerarios históricos, culturales y comerciales en América Latina. Joan Feliu, Vicent Ortells y Javier Soriano (eds.). Castellón de la Plana, España, Universitat Jaume I, 2009. 408 p. Ils., fots., facs., cuadros. (Col-lecció América, 16). “Los tratados sobre tauromaquia”, p. 265-292.

PRIMERA PARTE

   Los tratados son esas primeras piezas literarias, soportadas en el conocimiento de una determinada actividad que se realizaba tanto en la plaza como en el campo, a sabiendas de que la práctica constante los llevaría a tener un completo control sobre las suertes. Como apunta José María de Cossío, las preceptivas toreras bien libros de jineta y advertencias de torear, o arte de torear a pie y a caballo, es decir, de las que regulan el toreo profesional que aun hoy perdura, tiene, aparte el interés noticioso de toda historia, el de poder graduar a través de reglas y preceptos la orientación y desarrollo de lances y suertes, con tan seguro tino como si se utilizaran los datos directos del espectáculo a través del transcurso del tiempo.[2]

   Hubo sí, una época en la que los libros de la caballería de la jineta que ahora denominamos tratados, enunciaban preceptos y recomendaban reglas, fruto de experiencias anteriores, por lo que fue necesaria la redacción de este tipo de documentos los cuales reunieron disposiciones y recomendaciones precisas para su ejecución. Su más inmediato antecedente queda registrado en los libros de caballería. Para que caballeros de otras épocas terminaran protagonizando en la forma que lo hicieron, es porque forjaron un código de valores y de honores capaces de imponer un discurso con significados que adquirieron preponderancia sobre todo durante el Medioevo, que abarca el fin del Imperio Romano, o la constitución del imperio carolingio y alcanza hasta el año 1453, con la toma de Constantinopla por los turcos y el Renacimiento, período cuyo esplendor alcanza los siglos XIV y XVI. Esos códigos a que me refiero, estaban fundados en la formación del caballero cristiano medieval, que recogía los principios fundamentales y la misión de la Caballería, es decir, la defensa de la fe cristiana, la conservación de la tierra del señor y el amparo de personas desvalidas. Por tanto, estos “principios”, fueron comunes en todas las obras medievales sobre esta materia. La rica forma en el vestir y las complejas evoluciones en la plaza pública consolidaron estamentos que se convirtieron en elemento de privilegio, en favoritos de casas reinantes y de nobles. Mientras tanto, los libros de caballería fueron estandarte y modelo a seguir de todos aquellos que aspiraban colocarse en lugar envidiable, incluso cuando eran merecedores de unos atentos y enamorados ojos de mujer. Pero entre que se desgastaba esa leyenda, hubo necesidad de nutrir con reglas precisas, ya a la brida, ya a la jineta cuando los torneos, juegos de cañas, pero sobre todo el alanceo de toros se convirtieron en el nuevo lenguaje que se potenció fundamentalmente entre los siglos XV y XVIII, tanto en España, como en la Nueva España.

   De Europa se extendió a estos territorios tan luego ocurrieron toda una serie de comportamientos tales como: asimilación, sincretismo o mestizaje, hijos de aquel difícil encuentro, desencuentro, descubrimiento, encontronazo o invención que devino, más tarde, conquista.

   América hizo suya aquella experiencia en lo general, y la Nueva España en particular, superando necesariamente el trauma para convivir en un nuevo y forzoso maridaje con España. Entre múltiples aspectos, la vida cotidiana jugó un papel muy importante, ya que tuvo que llegar el momento de poner en la balanza todos los significados de una amalgama que se depositó, entre otros factores o medios de convivencia en las diversiones públicas para lo cual: torneos, escaramuzas y otros alardes a caballo primero; toreo de a pie en sus diversas etapas de constitución e integración después fueron consolidando la tauromaquia a caballo en México.

   El esplendor de los libros que reunían las reglas precisas para ese toreo o ejecución desde el caballo alcanza los siglos XVI al XVIII. Una primera denominación es la que se sustenta en la jineta, término y armazón práctico que explicaba una manera determinada de cabalgar y regir el caballo. Además, se toma a la jineta como la silla con un estribo corto y acción de las rodillas y talones del jinete, sustituido en el siglo XVIII por el de aquel que era largo, y que la casa de los Borbones impuso, causando otro de los efectos que consiguieron hacerle perder efecto a un predominio de caballeros, nobles en su mayoría, que detentaron ese protagonismo cercano a los 250 años en los cuales dicha práctica estuvo en boga.

   La plaza pública sirvió como escenario para que los caballeros, acompañados a distancia por plebeyos ejecutaran las suertes de la lanzada y el rejoneo. Si aquella era más primitiva, rústica y breve; esta se fue enriqueciendo con la incorporación de elementos que la hacían más atractiva y por ende requería de otros grados de dificultad como fueron las evoluciones, mejor conocimiento de los terrenos y una más amplia destreza de sus ejecutantes.

   Un ejemplo en la poesía novohispana, que refiere concretamente un pasaje tan aproximado como el que venimos revisando, lo encontramos en la Relación Fúnebre a la infeliz trágica muerte de dos Caballeros…,[3] aunque escrita a mediados del siglo XVII por Luis de Sandoval y Zapata tenemos la siguiente muestra:

1566

 ¡Ay, Ávilas desdichados!

 ¡Ay, Ávilas desdichados!

¿Quién os vio en la pompa excelsa

de tanta luz de diamantes,

de tanto esplendor de perlas,

ya gobernando el bridón,

ya con ley de la rienda,

con el impulso del freno

dando ley en la palestra

al más generoso bruto,

y ya en las públicas fiestas

a los soplos del clarín,

que sonora vida alienta,

blandiendo el fresno o la caña

y en escaramuzas diestras

corriendo en vivientes rayos,

volando en aladas flechas.

Y ya en un lóbrego brete

tristes os miráis, depuesta

la grandeza generosa.[4]

    Tal manuscrito se ocupa de la degollación de los hermanos Ávila, ocurrida en 1566, suceso un tanto cuanto extraño que no registra la historia con claridad,[5] y sólo se anota que los criollos subestimados por los peninsulares o gachupines, fueron considerados por éstos como enemigos virtuales. Ya a mediados del siglo XVI la rivalidad surgida entre ellos no sólo era bien clara y definida, sino que encontró su válvula de escape en la fallida conjuración del marqués del Valle, descendiente de Cortés, y los hermanos Ávila, reprimida con extremo rigor, en el año 1566.[6]

   Ya que ha salido “entreverado” el marqués del Valle, se anota que “en sus grandes convites…, eran quizás las fiestas de una semana por el bautizo de los hijos gemelos del marqués, en que hubo torneos, salvas, tocotines y un fantástico banquete público en la Plaza Mayor…” A propósito, de los juegos más señalados (encontramos los realizados durante el bautizo de) don Jerónimo Cortés en 1562.[7]

   Y es que don Martín manifestó el empeño en celebrar el nacimiento de sus hijos con grandes torneos, como el famoso de 1566, cuando, por una tormenta llegó con su mujer al puerto de Campeche y nació allí su hijo Jerónimo, fueron a “la fiesta del cristianísimo el obispo de Yucatán, don Francisco Toral, y muchos caballeros de Mérida” y “…hubo muchas fiestas y jugaron cañas”. Posteriormente, cuando llegó el marqués del Valle a México, Juan Suárez de Peralta afirmó: “gastóse dinero, que fue sin cuento, en galas y juegos y fiestas”.[8]

JUAN SUÁREZ DE PERALTA, PRIMER TRATADISTA TAURINO NOVOHISPANO.

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Juan Suárez de Peralta: Tractado de la Cavallería jineta y de la brida: en el qual se contiene muchos primores, así en las señales de los cavallos, como en las condiciones: colores y talles: y como se ha de hazer un hombre de á caballo (…) En Sevilla, año de 1580. México, La Afición, 1950. 149 p. Ils.

    Cuando nos es preciso ubicar y recordar a un personaje cuyo intenso desarrollo de vida se dio hace cuatro siglos, entramos en un espacio nebuloso e incluso se mezcla con una misteriosa dosis de fantasmas que van haciendo acto de presencia conforme se va haciendo menos posible la reconstrucción de su presencia en este mundo mortal. El que fuera hijo de un tal Juan Xuárez, cuya mayor fama fue haberse convertido en cuñado del capitán general Hernán Cortés, y de la navarra Magdalena de Peralta, la pareja, pasó a la Nueva España mientras se desarrollaba el episodio de la conquista. Fue más o menos entre 1535 y 1537 en que viene al mundo un niño que llevó el nombre de Juan Xuárez o Suárez de Peralta, mismo que tendría que esperar hasta su edad adulta para reprochar de sus padres toda aquella ambiciosa sed de poder a la que quedaron expuestos infinidad de conquistadores sin escrúpulos, como muchos otros que no siéndolo directamente, también manifestaron la misma detestable inclinación. Ese reproche se tradujo en su abierta y declarada actitud mantenida por la nueva generación de criollos que se identificó, además, con algunos intentos fallidos de emancipación, la primera que se registra en los anales de la historia de aquel naciente período virreinal.

   Solange Alberro plantea en su libro Del gachupín al criollo un aspecto que considera la aculturación de los españoles, o de cómo los de América dejaron de serlo, perfil que parece retratar el comportamiento que no solo corresponde a españoles, conquistadores, religiosos, autoridades y hasta gente llana, quienes se afanaron por observar, describir, alabar, censurar o, para ser breve, discurrir un propósito del indio durante estos tres siglos virreinales.[9] También están presentes algunos comportamientos de criollos, mucho más declarados en el siglo XVIII que se manifiestan como síntoma original en el XVI respecto a la nueva imagen que el español americano no es, o dejó de ser, un español europeo. Porque el español de América no es idéntico al de Europa. Y si bien entre las comunidades enteras experimentan las necesidad de reforzar los rituales sociales con el fin de preservar su integridad, con mayor facilidad y rapidez los individuos aislados son presa de fenómenos aculturadores y, más adelante, sincréticos.[10]

   Si se tuviera que hacer una síntesis de su vida y obra, nos remitiríamos a su célebre Tratado del descubrimiento de las Yndias y su conquista. Pero eso no es todo. Juan Suárez de Peralta, aquí y ahora, se convierte en un auténtico personaje que debemos abordar con sumo cuidado, en virtud de que, al verlo como un criollo inquieto e intenso a la vez, es, como se subraya en el título de esta conferencia: el primer tratadista taurino novohispano, por lo que la escala de ese solo aspecto nos lleva a hacer una reposada disección de su obra y su tiempo.

   En Juan Suárez de Peralta encontramos uno de los primeros criollos convencidos del significado de la emancipación, aunque su proceder en la conjura de 1566 sigue siendo un misterio. Si supo mantenerse al margen con la astucia que supone no ser uno de los protagonistas principales a quienes se castigó con rigor. Pero llama la atención, independientemente de su exhaustiva función como cronista que fue de varios hechos importantes, su mucha información en un caso en el que la justicia de aquel entonces, se reservaba datos reveladores, sobre todo porque allí intervinieron inquisidores de riguroso talante, sometidos estos a su vez a extremadas disciplinas.[11]

   Como vemos, Juan Suárez de Peralta gozó de una cuidada educación en unos momentos, (porque leer y escribir en la primera edad novohispana era un privilegio) en los que se antoja muy complicado el asunto escolar y las imprentas están sacando obras desde 1539. es un hecho que los misioneros y frailes que han llegado a la Nueva España desde 1524, tuvieron muy claro el objetivo de la evangelización; convertir a los indígenas de su sacrílega creencia directamente al cristianismo, fue propósito más que evidente entre las muchas y grandes empresas que se fijó la corona.

   Y el joven Juan, con 29 años nos relata en su Tratado del descubrimiento de las indias las diversas y oscuras jornadas ocurridas en 1566. No era nada fácil ocuparse ni de los hermanos Ávila, ni tampoco de los vástagos de Hernán Cortés, todos ellos bajo la misma condición de criollos.

   Como tratadista, debemos entenderlo en su amplia dimensión de experto en ciertas actividades, concretamente la veterinaria y en especial la alveitería, o cuidado de los caballos, así como de un libro de la jineta y la brida, de las que deja un par de obras hoy día inaccesibles, si no es por alguna reproducción o traslado que se tiene de las mismas.

   Sobre la segunda es de la que me ocuparé en detalle a continuación.

   Si bien, publicado en 1580, ese documento recoge la summa de años de permanente contacto con un medio que estaba favorecido por su orden cotidiano. El uso del caballo desde las jornadas de conquista, supuso una de las mejores herramientas como elemento de trabajo en el ámbito rural, pero también en el urbano, por lo que la reproducción de la raza ecuestre era representativa.

   El caballo fue pieza destacada en múltiples jornadas de celebración que las hubo en cantidades importantes desde 1526. Él, nos recuerda las memoriosas de 1536, 1552, 1566; por ser las de mayor renombre.

   Habiendo podido huir de sospechas generadas con el levantamiento de 1566, no lo hizo sino hasta 1589 cuando ya está en España, debido a otro asunto donde también quedó expuesto a la justicia.

CONTINUARÁ.


[1] Tratados y tauromaquias entre México y España. Siglos XVI y XIX, ponencia presentada en el IV Congreso Internacional del Centro de Investigaciones de América Latina de la Universitat Jaume I (CIAL-UJI-EEHA CSIC): Itinerarios Históricos, Culturales y Comerciales, celebrada en Castellón (España). 10 de noviembre de 2006. Sala de Prensa del Edificio de Rectorado. Itinerarios Artísticos y Culturales. Castellón de la Plana, España.

[2] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1997. 12 v., V. 2, p. 3.

[3] Niceto de Zamacois: Historia de México, t. 6, p. 745-59.

[4] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte primera. Estudio, selección y notas de (…). Universidad Nacional Autónoma de México, 1944. LXXVII-191 p.(Biblioteca del Estudiante Universitario, 43)., p. 105.

[5] Véase: Manuel Romero de Terreros: Torneos, Mascaradas y Fiestas Reales en la Nueva España. Selección y prólogo de don (…) Marqués de San Francisco. México, Cultura, Tip. Murguía, 1918. Tomo IX, Nº 4. 82 p., p. 22-26.

[6] Artemio de Valle-Arizpe: La casa de los Ávila. Por (…) Cronista de la Ciudad de México. México, José Porrúa e Hijos, Sucesores 1940. 64 p. Ils.

[7] Federico Gómez de Orozco: El mobiliario y la decoración en la Nueva España en el siglo XVI. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1983. 111 p. Ils. (Estudios y fuentes del arte en México, XLIV)., p. 82-83.

[8] Juan Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento de las Indias. (Noticias históricas de Nueva España). Compuesto en 1580 por don (…) vecino y natural de México. Nota preliminar de Federico Gómez de Orozco. México, Secretaría de Educación Pública, 1949. 246 p., facs. (Testimonios mexicanos. Historiadores, 3)., cap. XXIX, p. 111-112.

[9] Solange Alberro: Del gachupín al criollo. O de cómo los españoles de México dejaron de serlo. México, El Colegio de México, 1992. 234 p. (Jornadas, 122)., p. 15.

[10] Op. Cit., p. 58.

[11] SUAREZ DE PERALTA, Juan Suárez de Peralta: La conjuración de Martín Cortés y otros temas. Selección y prólogo de Agustín Yáñez. México, 2ª edición. Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 1994. XIV-143 p. Ils. (Biblioteca del estudiante universitario, 53)., p. XII-XIII: La llamada conjuración de Martín Cortés, hijo legítimo de don Hernando y segundo marqués del Valle, constituye uno de los más sensacionales acontecimientos de nuestra historia, bien porque perfila prematura y muy remotamente la independencia política de México; pero sobre todo por la represión en gentes distinguidas que fueron víctimas de un complot más de palabras y deseos, que de disposiciones efectivas.

   (…) Una cédula de Felipe II que limitaba las encomiendas a sólo los hijos del que las hubiera recibido, fue el ostensible motivo de la conjura, entre otros de mayor complejidad sociológica y quizá más decisivos, como las rivalidades y vanidades personales. Algunos piensan que un intento fundado en el deseo de conservar privilegios de conquista no puede tomarse como antecedente de la independencia nacional; pero ¿cuáles fueron los móviles de la conjura de la Profesa, siglos más tarde, y el interés que llevaban quienes patrocinaron la empresa de Iturbide? Hay en verdad una gran semejanza entre ambas situaciones.

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