LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO… (VII).  

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   De regreso con los borbones, quienes al igual que la católica Isabel, dispusieron un cambio de fisonomía para la fiesta de toros. Sin embargo, como hemos visto, la continuidad se garantiza gracias a la forma en que el pueblo la acepta y se apropia, proporcionándole -conforme a cada época- un sello propio. Y tanto la “buena señora… (volvió) a disfrutarla con toda su fiereza”, así también los borbones apoyan inclusive la promoción de la fiesta en diversos sentidos, que ni la “Pragmática-sanción” con la cual se “prohibían las fiestas de toros de muerte en los pueblos del Reino” de 1785 provocó daño alguno y las cosas siguieron un curso normal.

   Que hubiera en Nueva España algunos virreyes poco afectos a los toros es natural, pero una prohibición de gran alcance no se dejó notar. En 1801 el virrey Marquina, el de la “famosa fuente en que se orina” prohibió una corrida ya celebrada con mucha pompa, a pesar de la gota del simpático personaje.

   En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte”. En el fondo se pretendía

Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[1]

   Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

   No hay mucho que decir. El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más,

En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[2]

   Toros y teatro parecían opuesto, pero comunes, a los ojos del obispo Palafox en 1644.[3] Hasta antes y durante el movimiento de independencia, pocos son los festejos celebrados en tiempos que ya son turbulentos. Pero la guerra dio paso al ocio y entre batalla y batalla, los más importantes caudillos encabezaban este o aquel espectáculo, siguiendo la lógica del Fiscal de la Real Hacienda quien, en noviembre de 1813 estaba de acuerdo con los espectáculos públicos, por la razón “política de llamar la atención del pueblo a objetos indiferentes, que ocurran en su consternación e impidan que su imaginación se corrompa”.

   Con la salida de los ejércitos invasores de España y la asunción al trono de Fernando VI en 1814 fue motivo para que una vez más se lidiaran toros, a pesar de que el virrey Félix Ma. Calleja no muy afecto a tales divertimentos los autorizara, encargando al cabildo del ayuntamiento la organización de los mismos. Dicha orden iba en sentido contrario a la costumbre del Ayuntamiento que se encargaba de esto. Pero el hecho es que, al darse la orden era una forma de humillar a quienes habían apoyado las reformas liberales. Todos ellos -criollos liberales- formaban el cuerpo oficial y representativo del corazón político de una Nueva España sumergida en la transición por la independencia. Aunque tal fue la pugna entre esto y aquel, que Calleja pronto decretó la desaparición del ayuntamiento electo (criollos liberales), para reinstalar al anterior Con toda seguridad un grupo más nutrido de españoles), por lo que les evitó la carga molesta a que se enfrentaban.

   Todo lo anterior es el soporte en el que las corridas de toros y sus aderezos se celebrarán durante el siglo XIX.

   A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Vale la pena detenernos un momento para explicar que el hecho de acudir continuamente a la expresión “anarquía”, es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es más bien, una manera de explicar la condición del toreo cuando este asume unas características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada  de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más  representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró). Prevalecía también aquel ambiente antihispano, que tomó la cruel decisión (cruel y no, ya que no fueron en realidad tantos) de la expulsión de españoles -justo en el régimen de Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó-. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabizbaja de un México en  reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad.

   Con la de nuestros antepasados era posible sostener un espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas ya relatadas atrás con amplitud. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.

   Para terminar con esta visión o revisión que me he propuesto, deseo incluir a continuación un documento que parece reunir el todo de las expresiones hasta aquí desarrolladas. Se trata de un cartel en el cual se da cuenta de la actuación que Bernardo Gaviño protagonizó en 1855. Veamos.

Plaza de toros en el Paseo Nuevo.

Función de beneficio de las haciendas de Atenco y el Cazadero.

Magníficos fuegos de artificio.

Iluminación general de la plaza.

Domingo 4 de febrero de 1855.

SOBRESALIENTE Y EXTRAORDINARIA FUNCIÓN.

Que los dueños de las haciendas de Atenco y el Cazadero, dedican a S.A.S. el general presidente de la República, D. Antonio López de Santa-Anna, general de división, benemérito de la patria, Gran Maestre de la nacional y distinguida orden mexicana de Guadalupe, caballero gran cruz de la real y distinguida orden española de Carlos III; y a su muy digna esposa la serenísima Sra. D.a Dolores Tosta de Santa-Anna.

   Teniendo los propietarios de dichas haciendas por su contrata el derecho de elegir el día de su beneficio, se han apresurado a verificarlo en el presente, con el objeto de dedicarlo a SS. AA. SS., y deseando que la función sea digna de la alta categoría de las personas que la honran, y de la respetable concurrencia que tanto gusto ha demostrado por esta diversión en la presente temporada, han marchado los dueños de Atenco y el Cazadero a sus respectivas fincas, para escoger personalmente los toros que se han de lidiar en su beneficio, de más bravura y valentía entre sus ganaderías; así lo han hecho en efecto, probándolos a su satisfacción antes de traerlos a México, y pueden asegurar que nada dejarán que desear a los espectadores. Deseando igualmente que la función tenga algo de extraordinario, se lidiarán, sin matarse, una o dos vacas de la raza de Atenco, para que los señores concurrentes conozcan la bravura de ellas, proporcionando por primera vez este arriesgado espectáculo en México. Además, después de la corrida se iluminarán las lumbreras y corredores de la plaza, y se quemarán unos magníficos fuegos de artificio, hechos y dirigidos por el aplicado mexicano que dispuso los de las funciones anteriores, habiéndose esmerado para los presentes, que serán más variados y vistosos.

   La plaza estará completamente adornada.

El orden de la función es el siguiente:

Tan luego como se presenten en la plaza SS. AA. SS., la tropa designada de uno de los cuerpos de preferencia hará los honores debidos y despejo de la plaza, como siempre se ha verificado. En seguida la acreditada cuadrilla de Bernardo Gaviño lidiará hasta

OCHO TOROS,

 si la tarde alcanzare, alternándose de las mencionadas casas, y distinguidas como lo ha hecho siempre la empresa, con divisas encarnadas los de Atenco y amarillas los del Cazadero.

   En uno de los intermedios se presentarán, como se ha indicado ya,

UNA O DOS VACAS

 de la referida raza de Atenco, que serán lidiadas de una manera conveniente sin darles muerte, cuyo espectáculo por ser la primera vez que se verifica, ha de sorprender sin duda a la concurrencia.

   Para mas amenizar la función, y por ser diversión que siempre agrada, se ha elegido uno de los mejores toros de Atenco para ser lidiado por

LA CUADRILLA EN ZANCOS,

 con la valentía y destreza que lo ha hecho siempre que la empresa lo ha determinado, concluyendo la corrida con el

Toro embolado

de costumbre.

   En seguida se iluminará el interior de la plaza de una manera muy agradable, y tendrán lugar los magníficos

FUEGOS DE ARTIFICIO

 que como se ha dicho, ejecutará el empeñoso pirotécnico mexicano, que con tanto gusto y vistosas transformaciones ha desempeñado otros en la misma plaza a satisfacción de todos los espectadores.

   Esto han dispuesto los interesados en la función, y los señores concurrentes conocerán que, más que su interés particular, han consultado el deseo de agradar y de manifestar su gratitud, por la predilección con que siempre se han recibido sus ganados. Si esto han conseguido, estarán cumplidas sus aspiraciones.

PRECIOS DE LAS LOCALIDADES.

 

Lumbreras por entero con 8 boletos                          10 ps.

Entrada general de sombra, sea en grada,

            Tendido o lumbrera no arrendada                 10 rs.

Entrada general de sol                                                3 rs.

NOTA.-Los boletos se expenderán en la librería del Portal de Agustinos número 3, Tercena del tabaco frente a la Profesa, nueva sedería de la Sirena en el Empedradillo, cerería del Hospital Real número 7.-Estanquillo del Puente de San Francisco.-Los sobrantes se expenderán el día de la función en las casillas de la plaza.

   La corrida comenzará tan luego como se presente SS. AA. SS.

CARTEL_04.02.1855_PASEO NUEVO_BGyR_ATENCO y CAZADERO

   De tal ocasión, destaca esta nota:

EL ÓMNIBUS_06.02.1855_p. 3

El Ómnibus, del 6 de febrero de 1855, p. 3.

   Bernardo Gaviño, no conforme con ser figura destacadísima para esos momentos, todavía tuvo la gracia de poner banderillas a caballo, lo que lleva a convertirlo en réplica de las demostraciones que, dos años antes había desempeñado Ignacio Gadea en la misma plaza justo en su presentación, ocurrida el 23 de enero de 1853 con el siguiente cartel: Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

   “Se presentará por primera vez en esta capital una notabilidad en el ARTE para BANDERILLEAR A CABALLO, el famoso IGNACIO GADEA, quien desempeñará esa suerte con el caballo ensillado, poniendo también algunas flores en la frente, y después en pelo, arrojando atrevidamente la silla, sin apearse, colocará otros pares de banderillas. Teniendo además la habilidad de COLEAR de una manera enteramente nueva y desconocida en esta capital, dará también una prueba de ella”.

   Como puede observarse, el conjunto de elementos colaterales o parataurinos que se desarrollaron en buena parte del siglo XIX mexicano, nos dejan ver la jubilosa puesta en escena que discurrió en forma por demás excesiva, caótica pero también distintiva de un espectáculo que adquirió intensidad en sus representaciones, muchas de las cuales fueron fruto de improvisación, espontaneidad y una natural capacidad de asombro que sorprendió a propios y extraños.

   Ya lo decía Madame Calderón de la Barca, allá por 1840: “Los toros son como el pulque. Al principios les tuerce uno el gesto… después les toma una el gusto”.

CONTINUARÁ.


[1] Flores Hernández, “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces…”, op. Cit., p. 263.

[2] Benjamín Flores Hernández. La ciudad y la fiesta, p. 111.

[3] Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos?… Op. cit., p. 47.

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