500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (VII). MOCTEZUMA Y ATAHUALPA EN LA CORTE DE LAS ESPAÑAS.

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. TRATADOS Y TAUROMAQUIAS ENTRE MÉXICO Y ESPAÑA. SIGLO XVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

MOCTEZUMA Y ATAHUALPA EN LA CORTE DE LAS ESPAÑAS.[1]

    El sucedido que viene a continuación es, a mi parecer, una auténtica joya. Y lo sustento luego de haber revisado diversas fuentes, sin encontrar siquiera alguna insinuación, por sesgada que esta fuera de un acontecimiento que se relaciona con la visita de importantes personajes americanos a la corte de Felipe II en 1572. Revisadas las obras de Nicolás Rangel, José de Jesús Núñez y Domínguez, José Álvarez del Villar, Heriberto Lanfranchi, Benjamín Flores Hernández, Ángel López Cantos, e incluso la del propio José María de Cossío entre otras más,[2] ninguna menciona lo que a continuación podrán leer.

Gran alfombra, de Bujara o de Flandes, cubre toda la anchurosa estancia. Entre los bufetillos, los contadores, los sillones, las silletas de caderas, hay mullidos almadraques de seda en los que se sientan las damas. Sus basquiñas y sus justillos, rojos, azules, amarillos, violetas, verdes, tienen un grato resalte en la penumbra, brillan sus guarniciones de oro, albean sus encajes. Los caballeros van y vienen por la estancia; están de pie ante las damas, sonríen y dicen cosas agradables. La conversación tiene un rumor cálido. La tarde unta sus tenues luces en los cristales de los balcones, y a través de ellos deja ver sus celajes, de un femenino tornasol de rosa. Entran en la cuerda doncellas y pajes; presentan ante las damas y los señores, poniendo la rodilla en tierra, anchas bandejas de plata cincelada, en las que hay frágil repostería conventual, confituras gloriosas o finas copas, en las que muestran sus colores la aloja, el rosoli y la clarea. Se ven las manos blancas y delicadas que, con leve ademán, alzan los sutiles cristales, en los que se posan con delicia las bocas, o levantan los quebradizos hojaldes, los encanelados, gaznates y los canutillos de suplicaciones con que se entretiene el refresco.

   Después de hablar de unos brocados, de unos tabíes, de unas capicholas, de unos jametes y de unos terciopelos de tres altos, que le llegaron en el último galeón al mercader Lesama, se pondera mucho el sermón que Fray Alonso de Alcalá oró en San Francisco, con gran despejo y elegancia, y se dice luego de una monja iluminada y extática, que cuando está en oración dizque se eleva ocho palmos sobre el suelo. Después pasa gentilmente la plática a comentar la lucida fiesta, en que los principales señores de la ciudad hicieron escaramuzas, jugaron alcancías, pandorgas y estafermos, arrojaron bohordos y corrieron la sortija en la Plaza Mayor, rigiendo sus corceles con gran destreza y donaire.

   Ya que viene la conversación a este punto, dice el fastuoso minero don Gil Dorantes de Almanza, he de leeros en esta tarde la carta que me ha mandado desde Madrid mi primo el conde. Con esta carta yo me he puesto vano al saber lo bien que lo han hecho mis paisanos en la Corte de las Españas. Aquí está la carta. Después de la cruz y del cordial tratamiento que me da mi primo el conde, me dice que recibió el chocolate que le envié para los padres jerónimos, y que él se dejó, claro, unos olorosos tablillones; que su hija, doña Sol, ha entrado monja en las Descalzas Reales; y que con el padre jesuita Pedro Sánchez, que manda a estas Indias a fundar colegios el padre Francisco de Borja, que en el siglo se llamó el marqués de Bombay, que con ese padre me remite una arqueta con reliquias y un libro famoso que anda allá de mano en mano, y que se rotula Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, y a seguida me dice que en Madrid no se habla de otra cosa sino de lo muy jinetes que son los de México, con motivo de la brillante fiesta con que obsequiaron al rey nuestro señor don Felipe II el día de su santo, el 23 de enero de este año de gracia de 1572, varios caballeros mexicanos y peruanos, que se encuentran en la Corte[3] negociando varios asuntos, y que allí todo el mundo se hace lenguas ponderando su agilidad y maestría, porque son los de esta tierra los mejores hombres de a caballo que han visto. Oigan lo que a ese respecto dice la carta que me ha mandado mi primo el conde:

   “La plaza que está delante de Palacio se atajó con tablados, señalados a los Consejos y a los grandes y otras personas, dejando un gran cuadro para la fiesta, muy bien aderezado el suelo y tenía dos puertas, la una junto a San Gil y la otra arrimada al muro fronterizo de las caballerizas, y toda la gente, procuró ir muy temprano, porque se creía que había de haber gran apretura, por tenerse concedido gran opinión de que había de ser muy buena fiesta.

Moctezuma-1520

Disponible en internet, abril 16, 2016 en: Moctezuma Xocoyotzin (Moctezuma II), Huey Tlatoani de la gran Tenochtitlan a la llegada de los españoles. Fuente: By Basilio – Own work, CC BY-SA 3.0,https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12520640, que a su vez, se retomó en: http://www.espejel.com/?p=1294

Además, dice Ricardo Espejel Cruz:

Esta escultura se encuentra en el Palacio Real de Madrid, en la cara que da a la Catedral de la Almudena. Escultura realizada hacia 1754 bajo la dirección de los escultores de la Corte, Domenico Olivieri y Felipe de Castro. La idea era crear esculturas de todos los monarcas, incluyendo a los de los territorios fuera de España, junto a Moctezuma se encuentra Atahualpa, gobernador de los Inca.

   “Sus Majestades el rey y la reina, nuestro señores, se pusieron en la reja grande que está sobre la segunda puerta de Palacio, donde estuvieron la serenísima princesa de Portugal y los príncipes de Bohemia y las damas en sus lugares, y todo lo demás de Palacio y de la plaza lleno de gente esperando los jugadores, los cuales, casi a las cuatro de la tarde, llegaron con gran música de trompetas y atabales y menestrales, y vinieron hechos dos alas, cada una de veinte caballeros y cada ala dividida en cuatro cuadrillas. Entraron todos con sus lanzas y adargas. Los de la una ala eran veinte caballeros de la Nueva España, y los de la otra eran veinte caballeros del Perú.

   “Los del Perú venían vestidos a modo de indios de cierta provincia que hay en aquel reino, con camisetas de terciopelo amarillo y mantas de raso amarillo con ciertas bordaduras muy anchas de plata, que casi tomaban todos los campos, y en las cabezas los tocados que suelen traer aquellos indios, que son como albaneses, de terciopelo negro, y una media luna y una saeta de chapería de plata muy grandes, sobre los capeletes y muchas plumas en ellos. Delante de los pechos traían una plancha de plata bruñida y en los brazos brazaletes de la misma plata, y sus máscaras, hechas al natural, como de indios, con sus perlas o piedras en las barbas y gregüescos de terciopelo amarillo y borceguíes colorados con lazos grandes, todos de una misma hechura.

   “Los de Nueva España también venían vestidos al modo de aquella provincia, con camisetas de raso encarnado y mantas de terciopelo verde aforrado en raso blanco. Las camisetas venían guarnecidas con ciertos bastones y follajes romanos, hechos de chapería de plata, con sus largos de la mesma chapería, que los tomaban todos. Las mantas también estaban guarnecidas con otra chapería de plata, que tomaban desde los codos hasta los hombros, donde se ponían muy grandes plumajes y lo mesmo en las cabezas. Traían todos caballeras de una mesma manera y máscaras con sus esmeraldas en las barbas, y gregüescos de terciopelo verde y los borceguíes como los del otro puesto.

   “Ninguno de todos cuarenta obo que no llevase cuatro o cinco caballos, con muy buenos jaeces, y los más comprados de nuevo para la fiesta. En medio destas dos alas de los cuarenta caballeros venían unas andas, en que se traían dos hombres muy ricamente vestidos, a modo de indios, que representaban a Moctezuma, rey de México y Nueva España, y Atahualpa, rey del Perú. Traían las andas ciertos indios y alrededor dellas venían ciento y veinte indios a pie, la mitad vestidos al modo de México, con flechas y saetas en las manos y la otra mitad del Perú, con sus máscaras y plumas, tan al natural los unos y los otros, que quien conoce los que allá viven afirmara ser estos dellos. Todos venían gritando como suelen hacer los indios en sus regocijos.

   “Con esta orden parecieron estos dos reyes ante Su Majestad; diciéndose que habían sabido el próspero nacimiento del príncipe don Fernando, nuestro señor, y que venían de sus tierras con aquellos sus vasallos a regocijar tan buena nueva. Su Majestad los mandó subir a un tablado que estaba hecho para aquel efecto, donde estuvieron con sus sombras de plumaje y sus mascadores grandes, en la forma que solían andar los que representaban, y habiéndolos puesto en su tablado, los cuarenta caballeros, habiendo hecho su acatamiento, se volvieron a salir por la mesma puerta de hacia San Gil, por donde habían entrado.

   “Fuéronse los cuarenta caballeros por detrás de los tablados hasta la otra parte que esta junto al muro frontero de las caballerizas, y de allí, con toda su música delante, hicieron su entrada de juego de cañas, tan concertadamente y tan como hombres de a caballo, que pocas se han visto en este reino más dignas de ser vistas, porque todos los caballos que llevaban eran escogidos y ellos muy usados en aquel ejercicio.

   “Después corrieron de dos en dos por toda la plaza, hasta que se les cansaron los caballos y se tornaron a salir por la mesma puerta y tomaron otros, y con sus adargas y varas tornaron a entrar, también corriendo, hasta que vinieron a quedar en los puestos donde habían de jugar.

   “Comenzaron, desde luego, el juego, el cual duró tres cuartos de hora, con grandísimo concierto y orden, porque los cinco que salían cada vez no volvían a donde salieron, sino al lugar más bajo en aquella hilera, y en partiendo ellos se llegaban otros cinco a ocupar aquel puesto de donde habían de partir, y los contrarios nunca partían de su puesto hasta que los que venían habían desembarazado y tenían vueltos los rostros de los caballos para retirarse, y desta manera nunca obo desconcierto, ni caballos rezagados, y fue mucho no haber algún caballo desbocado que no parase hasta meterse por el puesto contrario, y aunque traían determinación y alientos para jugar una hora entera, como lo suelen hacer en las Indias, pareciéndole a Su Majestad que los caballeros andaban muy cansados, mandó que los menestrales los despartiesen, y ansí se salieron todos en buen orden, sin turbar los puestos, ni aun sin dejar los compañeros, y tomando otros caballos frescos, con sus lanzas y adargas, volvieron a entrar al galope por la puerta y comenzaron entre sí una escaramuza cuan bien ordenada se puede imaginar y tan semejante a la verdadera, que no faltaba sino alancearse. En la cual se mostraron todos hombres muy diestros a caballo, porque, con andar tan mezclados que apenas se conocían, en un punto se tornaban a dividir los puestos, saliendo unos de otros como si nunca se obieran juntado, y desta manera duró buen rato la escaramuza, que a todos pareció cosa muy nueva y muy señalada.

   “Sintiendo ya cansados los caballos, se volvieron a salir de la plaza, y tomando otros con varas en las manos, tornaron a entrar en ella y corrieron muchas carreras de dos en dos y de cinco en cinco, y después de veinte en veinte, lo cual duró hasta que les faltó la luz y entonces volvieron a tomar a sus reyes como los habían traído y haciendo acatamiento a Sus Majestades, se salieron de la plaza, y tomando hachas encendidas anduvieron de la mesma manera por las calles de Madrid, con gran regocijo y contento de los que no habían visto la fiesta.

   “A su Majestad don Felipe II le pareció tan bien la fiesta, que les envió agradecer cuán bien lo habían hecho y la obligación que se quedaba de hacelles por ello merced; y en un billete que sobre ello escribió al presidente del Consejo de Indias, decía tres veces que la fiesta había sido muy buena, y es cosa bien de considerar que de solos los negociantes de aquellas provincias que aquí se hallaron, se haya podido ordenar una tan lucida y señalada fiesta, que no hay quien haya visto en Castilla otra más concertada: que cuanto a la riqueza bien se entenderá que tal fue pues se cree que les ha costado más de diez mil ducados”.

   Aquí da fin a la carta de mi primo el conde, con la data de 12 de febrero de 1572. ¿No es esto para alegrarse y para que esté complacido nuestro orgullo? Sabemos bien que todo lo que se diga de nuestros paisanos en lo tocante a vaquear y al manejo del caballo, ninguna hipérbole es encomio, ninguna exageración arrojo. Así es que a mí no me extraña que hayan tenido tantos panegiristas como lenguas hay en la Corte.

   Damas y caballeros van a decir ya con alborozo, comentando esa carta vivaz y colorida, encarecidos loores de los caballeros mexicanos que llevaron su destreza hípica y el esplendor de su lujo a la villa de Madrid; damas y caballeros van a decir esas cosas y otras más, cuando un criado, alzando la gran cortina de la puerta, anuncia solemne:

   ¿El señor inquisidor mayor!

   Lo cual abrió un vasto y anhelante silencio en la tertulia.

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Representación de Atahualpa gracias al apunte de Guamán Poma de Ayala, cronista indígena de la conquista española.

   La presente tradición, leyenda y sucedido del México Virreinal, posee una serie de matices, entre los que llaman la atención varios aspectos, a saber:

1.-¿Quiénes eran los dichos “caballeros mexicanos y peruanos”, y que asuntos los llevaron a la Corte en una ocasión tan especial y que coincide al celebrarse el día de su santo del monarca?

2.-Es curioso el hecho de que, justo en aquel año se expidió una real cédula, determinando la agrupación de los caballeros en cofradía,[4] bajo la advocación de algún santo, para celebrar justas, torneos y otros ejercicios militares, siendo los caballeros de dicha localidad los primeros que, en junta de 3 de agosto de 1573 acordaron la creación de la maestranza rondeña. ¿Tales señores convinieron o participaron en dicha creación, con el nombre de Cofradía del Espíritu Santo?

3.-¿Se trata de alguna posición específica de aquellos 40 caballeros para confirmarle al monarca su lealtad, pero también su desacuerdo en cuanto a no intervenir ni aceptar levantamientos como los ocurridos con los hermanos Ávila y Martín Cortés en 1566 o el muy desagradable de Lope de Aguirre, luego de sus iniciales declaraciones de rebeldía y/o de independencia, hecho ocurrido en los momentos de realizarse la búsqueda y conquista de el Dorado, que fue provincia y jurisdicción de la audiencia de Santo Domingo en 1542?

4.-¿Cómo se explica que esa presencia se justificara trayendo dos hombres muy ricamente vestidos, a modo de indios, que representaban a Moctezuma, rey de México y Nueva España, y Atahualpa, rey del Perú?

5.-¿Cómo entender esta fastuosa puesta en escena, donde además de los cuarenta nobles o miembros de la elite aquí citados, se sumaron al festejo otros 120 indios, lo que implica, en términos teatrales, una compañía de gran calado?

6.-No perdamos de vista que justo, en aquel año, arribó a la Nueva España la orden de los jesuitas.

7.-Algo que no puede escapar a todas estas observaciones, es el hecho de que para fecha tan temprana, esos caballeros deben haber tenido algún conocimiento de los primeros tratados de caballería, libros de ejercicios de la jineta, advertencias o preceptos para el uso del rejón, la lanza y la espada, entre otros. Esto nos permite suponer que conocieran la literatura que sobre los “libros de caballería” y todo su sentido de épica, misma que circulaba en diversas ediciones y que los estimulaba a seguir diversos modelos, como se estilaba en aquel siglo XVI.

8.-Y lo que puede ser el planteamiento más importante: este grupo compacto hace un viaje a España ocho años antes de la publicación del ya conocido Tratado de la Caballería, jineta y la brida… de Juan Suárez de Peralta,[5] personaje que habiendo vivido largo tiempo en Nueva España, aparece en la península en 1580 con su obra bajo el brazo, como compendio de sus experiencias acumuladas en este lado del mar. Es decir, tanto los nobles novohispanos como los del virreinato del Perú, ya cuentan con una sólida experiencia en el dominio del caballo y las dos sillas: jineta y brida, que ponen en práctica nada menos que frente al monarca en turno. De lo anterior puede deducirse que los americanos, al margen de conocer o no las reglas o tratados de caballería, demostraron sus capacidades como fruto de la acumulación de experiencias por estas tierras.

   Por una parte, Miguel Luque Talaván,[6] en “La nobleza indiana de origen prehispánico” plantea la condición establecida a partir del linaje procedente de dos culturas indígenas, de las que derivaron ramas de poder como el establecido por Moctezuma y Atahualpa. Por otro, encuentro en una obra de Juan de Torres los siguientes versos:

 Juego de Cañas nocturno en Madrid en 1572

 Llegada que fue la noche

ante el palacio venían

numerosos caballeros

con libreas y divisas

y alumbre de muchas hachas

lanzas rompen y corrían

y después de haberlas roto

juegan a las alcancías.

Domingo treinta del mes

grandes torneos se hacían

y luego justa real

en las cuales mantenían

don Rodrigo de Mendoza

caballero de valía,

también don Diego de Acuña

que en la cámara servían

a su Real Majestad,

los cuales muy bien lo hacían.[7]

    Los dos hombres muy ricamente vestidos, a modo de indios, que representaban a Moctezuma, rey de México y Nueva España, y Atahualpa, rey del Perú, ¿no serán acaso, tanto Rodrigo de Mendoza como Diego de Acuña?

   Tómese en cuenta que el dicho Juego de Cañas ocurrió en otra fecha, pero sí en el mismo año, lo que indica la enorme posibilidad de que tal contingente de personajes referidos en este pasaje pudiesen haber protagonizado este otro festejo.

   Poco, muy poco se ha encontrado al respecto, que no sean insinuaciones sobre aquella extraña pero colectiva presencia de personajes perfectamente ubicados en un rango social preeminente de uno y otro virreinato. Los intensos movimientos con trasfondo político derivaban en circunstancias tan específicas como la reseñada aquí por Artemio de Valle-Arizpe, por lo que, no es muy clara la fuente de donde toma estos datos y más aún, el motivo que orilló a los cuarenta personajes que, en acción conjunta se presentaron ante el monarca no sólo para realizar las muy armónicas escaramuzas. Sino para enterarnos a qué fueron en momento tan particular a Madrid, y realizar gestiones, además de “escaramuzas” muy en el estilo de lo que establecían los “Tratados de Caballería”, como el del Capitán Pedro de Aguilar que, casualmente circulaba ya en ese 1572, impreso salido de la casa de Hernando Díaz.[8]

   Formuladas en principio esas preguntas, por ahora sin respuesta concreta, me parece que es momento de continuar, a reserva de que en su momento se cuente con elementos precisos, aclarando así la tan notable y curiosa anotación de nuestro autor.

   Pues bien, fue luego de leer casualmente una obra de José Álvarez del Villar[9] como me enteré de la fuente, remitiendo al autor también de forma por demás vaga a las Crónicas de Amado Nervo.

   Localizado el volumen XXV de sus Obras Completas, apareció la mencionada Crónica, bajo el título: UNA FIESTA DE CABALLEROS MEXICANOS,[10] la cual me parece digna de ser reproducida en su totalidad para darnos una idea cabal del asunto, y así terminar con este ir y venir de inconsistencias.

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Códice de Tlatelolco (1733). Col. Marco Antonio Ramírez. Imagen tomada del libro: El toreo en Morelia. Hechos y circunstancias. Sus autores: Luis Uriel Soto Pérez, Marco Antonio Ramírez Villalón y Salvador García Bolio. Morelia, Mich., Centro Cultural y de Convenciones Tres Marías, 2014. 223 p. Ils., fots., facs., cuadros., p. 46.

No, amigos míos, no vamos a hablar de una de esas fiestas de señorones americanos seudoeuropeizados que viven la mayor parte de su vida en los Parises, y en cuyos salones (le monde oú l´on s´ennuie), veinte o treinta snobs aburridos juegan al bridge… o hablan mal del dueño de la casa!

   Se trata de una espléndida, de una suntuosísima fiesta organizada en Madrid por caballeros mexicanos y caballeros peruanos, en honor de los reyes de España.

   De esta fiesta no ha hablado ningún diario de la Corte. Ningún Montecristo, ningún Madrizy, ningún Rubryck ha escrito melífluas crónicas, no obstante que lo visto ha superado en pompa y riqueza a cuanto suele hacerse.

   No culpemos, sin embargo, a los suaves cronistas de salones. Por lo que ustedes llerán después, no estaban ellos en aptitud de reseñar la diversión…

   Yo sí lo estoy, por dos razones: la primera, porque se efectuó al aire libre, en la calle de Bailén, donde se yergue, como ustedes saben, el Real Alcázar, y donde vive también este afable amigo de ustedes; la segunda, porque se me han dado todos los datos, los pormenores todos.

   Si los periódicos nada mencionan, débese a que esta fiesta se celebró… hace ya algún tiempo, el día de San Ildefonso, Patrón de España y Santo del nombre del Rey, el 23 de Enero… del año de mil y quinientos y setenta y dos!

   El rey de España se llamaba entonces Felipe II, y los caballeros mexicanos y peruanos que lo obsequiaron encontrábanse en la Corte negociando varios asuntos.

   La relación de la fiesta se halla entre los papeles del Conde-Duque de Olivares, maltratados por el fuego; mas no tanto que no haya podido leerse lo que dicen. Estos papeles se encuentran en el precioso archivo de mi distinguido amigo el duque de Alba. Están en las “Relaciones de Ultramar” y acaso no sea inoportuno reproducir siquiera parte de lo que cuentan, por lo curioso y porque acercándonos a la celebración del centenario, viene a pelo toda conmemoración de nuestra bella historia, tratándose sobre todo de desfiles y cabalgatas, que pueden sugerir nuevas ideas a los organizadores nuestros.

   Sólo, sí, con perdón del Conde-Duque, modernizaré la ortografía, para no hacer muy ardua la labor de las linotipias, máquinas ultramodernas, que no gustan de antiguallas tipográficas.

   He aquí, pues, la relación, con su sabrosísimo estilo peculiar:

   “La plaza que está delante de Palacio se atajó con tablados señalados a los consejos y grandes y otras personas, dejando un gran cuadro para las fiestas muy bien aderezado el suelo, y tenía dos puertas, la una junto a San Gil y la otra arrimada al muro fronterizo de las Caballerizas, y toda la gente procuró de ir muy temprano, porque se creía que había de haber gran apertura, por tenerse concedido gran opinión de que había de ser muy buena fiesta.

   “Sus majestades el rey y la reina, nuestros señores, se pusieron en la reja grande que está sobre la segunda puerta de palacio, donde estuvieron la serenísima princesa de Portugal y los príncipes de Bohemia y las damas en sus lugares, y todo lo demás de palacio y de la plaza lleno de gente esperando los jugadores, los cuales casi a las cuatro de la tarde llegaron con gran música de trompetas y atabales y menestrales, y vinieron hechos dos alas, cada uno de veinte caballeros y cada ala dividida en cuatro cuadrillas. Entraron todos con sus lanzas y adargas. Los de la una ala eran veinte caballeros de la Nueva España, y los de la otra eran veinte caballeros del Perú.

   “Los del Perú venían vestidos a modo de indios de cierta provincia que hay en aquel reino, con camisetas de terciopelo amarillo y mantas de raso amarillo, con ciertas bordaduras muy anchas de plata, que casi tomaban todos los campos, y en las cabezas los tocados que suelen traer aquellos indios, que son como albaneses, de terciopelo negro, y una medialuna y una saeta de chapería de plata muy grandes, sobre los capeletes, y muchas plumas en ellos. Delante de los pechos traían una plancha de plata bruñida, y en los brazos brazaletes de la misma plata, y sus máscaras, hechas al natural, como de indios, con sus perlas o piedras en las barbas y gregüescos de terciopelo amarillo y borceguíes colorados con lazos grandes, todos de una misma hechura.

   “Los de Nueva España también venían vestidos al modo de aquella provincia, con camisetas de raso encarnado y mantas de terciopelo verde aforrado en raso blanco.[11] Las camisetas venían guarnecidas con ciertos bastones y follajes romanos, hechos de chapería de plata, con sus largos de la mesma chapería, que los tomaban todos. Las mantas también estaban guarnecidas con otra chapería de plata, que tomaban desde los codos hasta los hombros, y allí avi…,[12] donde se ponían muy grandes plumajes y lo mesmo en las cabezas. Traían todos c(abe)lleras[13] de una mesma manera y máscaras “con sus esmeraldas” en las barbas y gregüescos de terciopelo verde y los borceguíes como los de otro puesto.

   “Ninguno de todos cuarenta ovo que no llevase cuatro o cinco caballos con muy buenos jaeses, y los más comprados de nuevo para la fiesta.

   “En medio destas dos alas de los cuarenta caballeros venían unas andas, en que traían dos hombres muy ricamente vestidos a modo de indios, que representaban a Moctezuma, rey de México y Nueva España, y al Atabaliba, rey del Perú. Traían las andas ciertos indios, y alrededor dellas venían ciento y veinte indios a pie, la mitad vestidos al modo de México, con flechas y saetas en las manos, y la otra mitad del Perú, con sus máscaras y plumas, tan al natural los unos y los otros, que quien conocen los que allá viven, afirmara ser estos dellos. Todos venían gritando como suelen hacer los indios en sus regocijos.

   “Con esta orden parecieron estos dos reyes ante Su Majestad, diciéndose que habían sabido el próspero nacimiento del príncipe don Fernando, nuestro señor, y que venían de sus tierras con aquellos sus vasallos a regocijar tan buena nueva. Su Majestad los mandó subir a un tablado que estaba hecho para aquel efecto, donde estuvieron con sus sombras de plumaje y sus mascadores grandes, en la forma que solían andar los que representaban, y habiéndolos puesto en sus tablado, los cuarenta caballeros, habiendo hecho su acatamiento, se volvieron a salir por la mesma puerta de hacia San Gil, por donde habían entrado.

   “Fuéronse los cuarenta caballeros por detrás de los tablados hasta la otra parte que estaba junto al muro frontero de las caballerizas, y de allí, con toda su música delante, hicieron su entrada de juegos de cañas, tan concertadamente y tan como hombres de a caballo, que pocas se han visto en este Reino más dignas de ser vistas, porque todos los caballos que llevaban eran escogidos y ellos muy usados en aquel ejercicio.

   “Después corrieron de dos en dos por toda la plaza, hasta que se les cansaron los caballos y se tornaron a salir por la mesma puerta y tomaron otros, y con sus adargas por la mesma puerta y tomaron otros, y con sus adargas y varas tornaron a entrar, también corriendo, hasta que vinieron a quedar en los puestos donde habían de jugar.

   “Comenzaron, desde luego, el juego, el cual duró tres cuartos de hora, con grandísimo concierto y orden, porque los cinco que salían cada vez no volvían adonde salieron, sino al lugar más bajo en aquella hileras, y en partiendo ellos se llegaban otros cinco a ocupar aquel puesto de donde habían de partir, y los contrarios nunca partían de su puesto hasta que los que venían habiendo desembarazado y tenían vueltos los rostros de los caballos para retirarse, y desta manera nunca obo desconcierto ni caballos rezagados, y fue mucho no haber algún caballo desbocado que no parase hasta meterse por el puesto contrario, y aunque traían determinación y alientos para jugar una hora entera, como lo suelen hacer en las Indias, pareciéndole a Su Majestad que los caballos andaban muy cansados, mandó que los menestrales los despartiesen, y ansí se salieron todos en buen orden, sin turbar los puestos ni aun sin dejar los compañeros, y tomando otros caballos frescos, con sus lanzas y adargas, volvieron a entrar al galope por la puerta y comenzaron entre sí una escaramuza cuan bien ordenada se puede imaginar, y tan semejante a la verdadera, se puede imaginar, que no faltaba sino alancearse. En la cual se mostraron todos hombres muy diestros a caballo, porque con andar tan mezclados que apenas se conocían, en un punto se tornaban a dividir los puestos, saliendo unos de otros como si nunca se hobieran juntado, y desta manera duró buen rato la escaramuza, que a todos pareció cosa muy nueva y muy señalada.

   “Sintiendo ya cansados los caballos, se volvieron a salir de la plaza, y tomando otros con varas en las manos, tornaron a entrar en ella y corrieron muchas carreras de dos en dos y de cinco en cinco, y después de veinte en veinte, lo cual duró hasta que les faltó la luz y entonces volvieron a tomar sus Reyes como los habían traído, y haciendo acatamiento a Sus Majestades, se salieron de la plaza, y tomando hachas, anduvieron de la mesma manera por las más calles de Madrid, con gran regocijo y contento de los que no habían visto la fiesta.

   “A Su Majestad le pareció tan bien la fiesta, que les envió a agradecer cuán bien lo habían hecho y la obligación que se quedaba de hacelles por ello merced, y en un billete que sobre ello escribió al Presidente del Consejo de Indias, decía tres veces que la fiesta había sido muy buena, y es cosa bien de considerar que de solos los negociantes de aquellas provincias que aquí se hallaron, se haya podido ordenar una tan lucida y señalada fiesta, que no hay quien haya visto en Castilla otra más concertada: que cuanto a la riqueza bien se entenderá que tal fue, pues se cree que les ha costado más de diez mil ducados”.

   ¿Verdad que la relación no puede ser más fresca, ágil y vivaz?

   ¿No veis, merced a ella, las lucidas cabalgatas, como yo las veo desde mis balcones de la calle de Bailén… cerrando, por supuesto, los ojos?

   Del relato se desprende que los mexicanos de hace trescientos treinta y ocho años eran ya de los mejores jinetes del mundo.

   Sirva esto para que se huelgue, como es debido, el natural orgullo hereditario de nuestros charros de ahora, tan entusiastas devotos de Santiago como los españoles rancios que hicieron ese enorme poema de la Reconquista.

   Uno y otro documento, tanto el de Artemio de Valle-Arizpe como el de Amado Nervo se complementan, lo cual nos permite observar una rica demostración de aquellos señores de la Nueva España y del virreinato del Perú, quienes, en compañía de otros tantos naturales de una y otra región, se desplazaron hasta Madrid para celebrar el onomástico de Su Majestad, el Rey Felipe II, así como “diciéndose que habían sabido el próspero nacimiento del príncipe don Fernando, nuestro señor, y que venían de sus tierras con aquellos sus vasallos a regocijar tan buena nueva”.[14]

   Puesta en claro aquella cara voluntad de acudir por el sólo pretexto de celebrar no uno, sino dos acontecimientos, pero sin dejar de apuntarse el hecho de que también lo hicieron por motivo de que, estando ya en la Corte, aprovecharon para negociar varios asuntos, el presente caso va tomando mejor claridad, al margen de las diversas circunstancias planteadas bajo los ocho apartados que quedaron expuestos párrafos atrás.

   Considero que con todo lo anterior, y en aras de cubrir las aristas más complicadas del presente caso, es pertinente entonces dar por terminado con el asunto, no sin antes referir que una vez más, la presencia americana en el desarrollo de los torneos y demás justas caballerescas, logró enriquecer aquella imponente puesta en escena que, como se descubre, ya no es privativa de los nobles hispanos. También los novohispanos, y del virreinato del Perú tuvieron aquí una participación y un protagonismo que, a los ojos del monarca en turno, Felipe II, termina por ser profundamente celebrado. Una noticia poco conocida descubre que ambas expresiones, se complementaron en perfecta armonía y equilibrio.

CONTINUARÁ.


[1] Artemio de Valle-Arizpe: Libro de estampas. México, Editorial Patria, S.A., 1959. 231 p. (Tradiciones, leyendas y sucedidos del México Virreinal, XIII)., p. 45-51.

[2] Véase bibliografía.

[3] Conviene apuntar que en 1561, Felipe II trasladó la Corte de la imperial Toledo a Madrid.

[4] Benjamín Flores Hernández: La Real Maestranza de Caballería de México: una institución frustrada. Universidad Autónoma de Aguascalientes / Departamento de Historia. XI Reunión de Historiadores Mexicanos, Estadounidenses y Canadienses. Mesa 2. Instituciones educativas y culturales. 2.5 Educación y cultura, siglos XVIII y XIX (no. 55). Monterrey, N. L., 3 de octubre de 2003. 13 p., p. 8. Véase ANEXOS.

[5] Juan Suárez de Peralta: Tractado de la Cavallería jineta y de la brida… op. Cit.

[6] Miguel Luque Talaván: Análisis histórico-jurídico de la nobleza indiana de origen prehispánico. Véase ANEXOS.

[7] El deporte en el siglo de oro. Antología (Realizada por José Hesse). Madrid, Taurus Ediciones, S.A., 1967. 180 p. (Temas de España, 58)., p. 135-136. El verso recogido proviene de la obra de Juan de Torres: Relación del nacimiento y cristianismo del serenísimo Príncipe don Fernando, Medina del Campo, 1572.

[8] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1997. 12 v., T. I., p. 452.

[9] José Álvarez del Villar: HISTORIA DE LA CHARRERÍA. México, Imprenta Londres, 1941. 387 p. Ils., fots., p. 104.

[10] Amado Nervo: CRÓNICAS. Obras completas de (…) Volumen XXV. Texto al cuidado de Alfonso Reyes. Ilustraciones de Marco. Madrid, imprenta de Juan Pueyo, 1921. Ils., p. 104-111.

[11] Los tres colores nacionales de después…

[12] Quemado el papel.

[13] Idem.

[14] Teresa Ferrer Valls, “Las fiestas públicas en la monarquía de Felipe II y Felipe III”.

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Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

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