500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (VIII). SOBRE EL “ROMANCE DE LOS REJONEADORES”, POR ALONSO RAMÍREZ DE VARGAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Y bien, llegamos a lo que se puede considerar el primer gran ejercicio literario que dedica buena parte de la obra al asunto taurino. Se trata del Romance de los Rejoneadores que es parte de la Sencilla Narración… de las Fiestas Grandes… de haber entrado… D. Carlos II, q. D. G., en el Gobierno, México, Vda. De Calderón, 1677. Dicha obra celebra las Fiestas por la mayoridad de D. Carlos II, 1677. El Capitán D. Alonso Ramírez de Vargas ofrece una delectación indigenista en esta Sencilla Narración… y refulgen los romances para los rejoneadores -una de las más garbosas relaciones taurinas al gusto de Calderón-…

SENZILLA NARRACIÓN..._1677

Carátula de la obra. Cortesía de la Biblioteca del INAH. Fondo Reservado.

Carlos II, el postrer Habsburgo de España, había tenido un bello rasgo de piedad Eucarística, cediendo su carroza a un Sacerdote que a pie llevaba el Viático a una choza, etc.; tal lo narró en una Copia de Carta escrita de Madrid (México, 1685), realizada con varios sonetos de ingenios de esta Corte. Así, en el Anfiteatro de Felipe el Grande, de Pellicer (Madrid, 1631), una bala certera de Felipe IV, fulminando a un Toro, había hermanado -cada uno con su soneto- a Lope y Calderón, Quevedo y Montalván, Rioja y nuestro Alarcón, Valdivieso y Jáuregui, Esquilache y Bocángel…; y estotra gallardía de Carlos II, -regia humildad católica, y con el oro viejo de la tradición de la Casa de Austria-, merecía, más que el tiro de Felipe, el lírico aplauso.

   Del Capitán Alonso Ramírez de Vargas (1662-1696), quien a decir de Octavio Paz “fue poeta de festejo y celebración pública”, entre los que hubo en la Nueva España “mediano… pero digno”. Autor “de varios centones con versos de Góngora, fue sobre todo un epígono del poeta cordobés, aunque también siguió a Calderón, a Quevedo y, en lo festivo, al brillante y desdichado Anastasio Pantaleón de Ribera, muerto a los 29 años de sífilis”. Ramírez de Vargas –sigue diciendo el autor de Las trampas de la fe-,[1] tenía buena dicción y mejor oído…” Pues bien, de tan loado autor es su famoso Romance de los Rejoneadores, parte también de la Sencilla Narración..., bella pieza que deja evidencia de la actuación de dos nobles caballeros, Francisco Goñi de Peralta y don Diego Madrazo a los que les

 Salió un feroz Bruto, josco

dos veces, en ira y pelo,

el lomo encerado, y

de Icaro el atrevimiento.

La testa, tan retorcida

en el greñudo embeleco,

que de Cometa crinito

juró, amenazando el cerco.

 Y Francisco Goñi de Peralta

 Quebró veinte y seis rejones,

y según iba, de fresnos

dejara la selva libre,

quedara el bosque desierto,

y -a ser la piel de Cartago-

en cada animal horrendo

Reino la hiciera de puntos

con Repúblicas de abetos.

 A continuación, incluyo una selección del larguísimo “Romance”.

 Romance de los Rejoneadores

 

Llegó el esperado día

de aquel planeta ligero,

que con la lira y las plumas

azota y halaga el cierzo,[2]

 

Cuando (al despeñarse el Sol

-faetón menos indiscreto,

Eridano más glorioso-[3]

hacia el húmedo reïno)

 

Salió (como siempre) el Conde,

y con novedad, supuesto

que salir como ninguno

era lucir como él mesmo,

 

en una viviente nube,

que preñada de su aliento

relámpagos fulminaba

en pies, en menos y en cuello;

 

Obediente al grave impulso,

templaba los ardimientos

y en sus mismas inquietudes

iba buscando el sosiego

 

Con el natural instinto;

sintiendo el garboso imperio,

(aun bulliciosa) aprendía

la gravedad de su dueño.

 

La copia de los lacayos

mendigo al número hicieron

y a cuantas fecundas minas

metales conciben tersos.

 

Entró a despejar la plaza;

pero fue un ocioso intento,

pues cuanto iba despejando

embarazaban sus siervos.

 

Y llevándose de todos

los ojos y los afectos

en sus atenciones propias,

quedaban con vista y ciegos.

 

Salióse, quedando el circo

tan regado y tan compuesto,

que juró obediente el polvo,

desde allí, de ser aseo.

 

La Palestra quedó sola,

donde entraron al momento

dos Garzones tan bizarros

en la gana y el denuedo,

que los envidiara Jove

para el dulce ministerio

mejor que al arrebatado

del Frigio monte soberbio.

Por hacer su mesa noble

escogió para copero.[4]

    Esta es parte apenas de una gran pieza poética que, en muchas ocasiones de fiesta quedó como testimonio de importantes conmemoraciones, conservada en la memoria del siglo XVII, mismo que comienza a mostrar pequeñas pero definitivas modificaciones en el curso de un espectáculo que durante el siglo que nos congrega, vivirá cambios telúricos definitivos.

   Finalmente, debo apuntar el hecho de que el muestrario en términos poéticos es abundante. Pero si lo es en ese sentido, mayor es aquel que reúne la importante cantidad de relaciones y descripciones de fiestas, que, para el cometido de un trabajo como este, me parece más oportuno dejarlo para otra ocasión.

   No me queda sino mencionar el hecho de que durante el virreinato, fueron muchas las evidencias que ahora nos dan un panorama mejor sobre el papel que jugaron los nobles, pero también los criollos, y los plebeyos, al margen de ciertas medidas restrictivas, así como por el hecho de no pertenecer a una elite específica, se anteponía una limitación, que solo fue notoria en el ámbito urbano. En aquel otro espacio, el rural, las cosas fueron diferentes y allí pudo ser posible la construcción de otro fuerte sustento cuyo discurso luego se pudo conocer en las grandes ciudades, por vía de una silenciosa comunicación que devino riqueza ornamental, bastedad arquitectónica; elementos ambos que dieron la más importante de las expresiones caballeresco-taurinas en aquel período histórico, lleno, como se ve, de abundante noticias. Por hoy, sólo han quedado integradas las que me permiten un primer alcance, que no será, ni el primero ni tampoco el último.

   Volviendo a José María de Cossío, este apunta que la lanzada parece la más vieja suerte caballeresca practicada con los toros, y puede corresponder a la tradición de la monta a la brida. Para el rejoneo es indispensable la monta a la jineta.[5]

   Es importante precisar que ya, entre los primeros tratados que se ocuparon de dichos ejercicios ecuestres, es, el de Gonzalo Argote de Molina “Libro de la Montería”, publicado en Sevilla en 1582 a encargo de Alfonso XI, que en su capítulo XXXIX cite que la lanzada a los toros también “se hace con toros cimarrones en las Indias occidentales, o con bisontes y uros en Polonia…”, lo que indica lo abonado que encontraba dicha práctica no solo en España. También es en otros sitios de suyo distantes, aunque no tanto si para ello tuviese como informante directo al propio Juan Suárez de Peralta que dos años antes publica su Tratado de la jineta y la brida…, cuyo basamento es la experiencia que, como criollo novohispano tiene, entre por lo menos los años de 1560 a 1575. José Álvarez del Villar dice que, como tratado de equitación, nos revela los métodos y procedimientos que usaron los jinetes mexicanos (en por lo menos el último tercio del siglo XVI. N. del A.), cuando aquellos hombres a caballo alcanzaron fama de ser los mejores del mundo (según lo afirmaba el propio Suárez de Peralta), y si las técnicas han de justificar por sus resultados, ningún elogio mejor puédese hacer de ellas.[6]

   Lo interesante, hasta aquí, es que un personaje de la talla de Gonzalo Argote de Molina se haya ocupado de circunstancias que en aquel momento dimensionaban las capacidades no solo del imperio. También de sus hombres. Sin embargo, lo que se hace con toros cimarrones en las Indias occidentales, es fruto y obra de novohispanos que, como Suárez de Peralta y muchos otros están desarrollando en un espacio y un ambiente en el que surte efecto un anhelo de emancipación.

CONTINUARÁ.


[1] Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz, o Las Trampas de la Fe. 3ª. Ed. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 673 p. Ils., retrs., fots. (Sección de obras de lengua y estudios literarios)., p. 82, 327, 407-408.

[2] Cierzo: viento del norte frío y seco.

[3] Faetón: …Eridano, hijo de Océano y Tetis e identificado con el río Po, recogió a Faetón –hijo de Apolo que condujo el carro del Sol- después de que Júpiter lo fulminara.

[4] Al que arrebatado…: alusión a Ganimedes, joven que fue raptado en el monte Frigio por Júpiter y que en el Olimpo se desempeñaba como copero de los dioses. Los dos últimos versos de esta estrofa fueron suprimidos por Méndez Plancarte, quizás para formar dos cuartetas propias del romance.

[5] Cossío: Los toros. Tratado técnico… op. Cit., V. 2, p. 4.

[6] Juan Suárez de Peralta: Tractado de la Cavallería jineta y de la brida: en el qual se contiene muchos primores, así en las señales de los cavallos, como en las condiciones: colores y talles: y como se ha de hazer un hombre de á caballo (…) En Sevilla, año de 1580. México, La Afición, 1950. 149 p. Ils., p. 5.

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