Archivo mensual: abril 2016

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (VII). MOCTEZUMA Y ATAHUALPA EN LA CORTE DE LAS ESPAÑAS.

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. TRATADOS Y TAUROMAQUIAS ENTRE MÉXICO Y ESPAÑA. SIGLO XVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

MOCTEZUMA Y ATAHUALPA EN LA CORTE DE LAS ESPAÑAS.[1]

    El sucedido que viene a continuación es, a mi parecer, una auténtica joya. Y lo sustento luego de haber revisado diversas fuentes, sin encontrar siquiera alguna insinuación, por sesgada que esta fuera de un acontecimiento que se relaciona con la visita de importantes personajes americanos a la corte de Felipe II en 1572. Revisadas las obras de Nicolás Rangel, José de Jesús Núñez y Domínguez, José Álvarez del Villar, Heriberto Lanfranchi, Benjamín Flores Hernández, Ángel López Cantos, e incluso la del propio José María de Cossío entre otras más,[2] ninguna menciona lo que a continuación podrán leer.

Gran alfombra, de Bujara o de Flandes, cubre toda la anchurosa estancia. Entre los bufetillos, los contadores, los sillones, las silletas de caderas, hay mullidos almadraques de seda en los que se sientan las damas. Sus basquiñas y sus justillos, rojos, azules, amarillos, violetas, verdes, tienen un grato resalte en la penumbra, brillan sus guarniciones de oro, albean sus encajes. Los caballeros van y vienen por la estancia; están de pie ante las damas, sonríen y dicen cosas agradables. La conversación tiene un rumor cálido. La tarde unta sus tenues luces en los cristales de los balcones, y a través de ellos deja ver sus celajes, de un femenino tornasol de rosa. Entran en la cuerda doncellas y pajes; presentan ante las damas y los señores, poniendo la rodilla en tierra, anchas bandejas de plata cincelada, en las que hay frágil repostería conventual, confituras gloriosas o finas copas, en las que muestran sus colores la aloja, el rosoli y la clarea. Se ven las manos blancas y delicadas que, con leve ademán, alzan los sutiles cristales, en los que se posan con delicia las bocas, o levantan los quebradizos hojaldes, los encanelados, gaznates y los canutillos de suplicaciones con que se entretiene el refresco.

   Después de hablar de unos brocados, de unos tabíes, de unas capicholas, de unos jametes y de unos terciopelos de tres altos, que le llegaron en el último galeón al mercader Lesama, se pondera mucho el sermón que Fray Alonso de Alcalá oró en San Francisco, con gran despejo y elegancia, y se dice luego de una monja iluminada y extática, que cuando está en oración dizque se eleva ocho palmos sobre el suelo. Después pasa gentilmente la plática a comentar la lucida fiesta, en que los principales señores de la ciudad hicieron escaramuzas, jugaron alcancías, pandorgas y estafermos, arrojaron bohordos y corrieron la sortija en la Plaza Mayor, rigiendo sus corceles con gran destreza y donaire.

   Ya que viene la conversación a este punto, dice el fastuoso minero don Gil Dorantes de Almanza, he de leeros en esta tarde la carta que me ha mandado desde Madrid mi primo el conde. Con esta carta yo me he puesto vano al saber lo bien que lo han hecho mis paisanos en la Corte de las Españas. Aquí está la carta. Después de la cruz y del cordial tratamiento que me da mi primo el conde, me dice que recibió el chocolate que le envié para los padres jerónimos, y que él se dejó, claro, unos olorosos tablillones; que su hija, doña Sol, ha entrado monja en las Descalzas Reales; y que con el padre jesuita Pedro Sánchez, que manda a estas Indias a fundar colegios el padre Francisco de Borja, que en el siglo se llamó el marqués de Bombay, que con ese padre me remite una arqueta con reliquias y un libro famoso que anda allá de mano en mano, y que se rotula Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, y a seguida me dice que en Madrid no se habla de otra cosa sino de lo muy jinetes que son los de México, con motivo de la brillante fiesta con que obsequiaron al rey nuestro señor don Felipe II el día de su santo, el 23 de enero de este año de gracia de 1572, varios caballeros mexicanos y peruanos, que se encuentran en la Corte[3] negociando varios asuntos, y que allí todo el mundo se hace lenguas ponderando su agilidad y maestría, porque son los de esta tierra los mejores hombres de a caballo que han visto. Oigan lo que a ese respecto dice la carta que me ha mandado mi primo el conde:

   “La plaza que está delante de Palacio se atajó con tablados, señalados a los Consejos y a los grandes y otras personas, dejando un gran cuadro para la fiesta, muy bien aderezado el suelo y tenía dos puertas, la una junto a San Gil y la otra arrimada al muro fronterizo de las caballerizas, y toda la gente, procuró ir muy temprano, porque se creía que había de haber gran apretura, por tenerse concedido gran opinión de que había de ser muy buena fiesta.

Moctezuma-1520

Disponible en internet, abril 16, 2016 en: Moctezuma Xocoyotzin (Moctezuma II), Huey Tlatoani de la gran Tenochtitlan a la llegada de los españoles. Fuente: By Basilio – Own work, CC BY-SA 3.0,https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12520640, que a su vez, se retomó en: http://www.espejel.com/?p=1294

Además, dice Ricardo Espejel Cruz:

Esta escultura se encuentra en el Palacio Real de Madrid, en la cara que da a la Catedral de la Almudena. Escultura realizada hacia 1754 bajo la dirección de los escultores de la Corte, Domenico Olivieri y Felipe de Castro. La idea era crear esculturas de todos los monarcas, incluyendo a los de los territorios fuera de España, junto a Moctezuma se encuentra Atahualpa, gobernador de los Inca.

   “Sus Majestades el rey y la reina, nuestro señores, se pusieron en la reja grande que está sobre la segunda puerta de Palacio, donde estuvieron la serenísima princesa de Portugal y los príncipes de Bohemia y las damas en sus lugares, y todo lo demás de Palacio y de la plaza lleno de gente esperando los jugadores, los cuales, casi a las cuatro de la tarde, llegaron con gran música de trompetas y atabales y menestrales, y vinieron hechos dos alas, cada una de veinte caballeros y cada ala dividida en cuatro cuadrillas. Entraron todos con sus lanzas y adargas. Los de la una ala eran veinte caballeros de la Nueva España, y los de la otra eran veinte caballeros del Perú.

   “Los del Perú venían vestidos a modo de indios de cierta provincia que hay en aquel reino, con camisetas de terciopelo amarillo y mantas de raso amarillo con ciertas bordaduras muy anchas de plata, que casi tomaban todos los campos, y en las cabezas los tocados que suelen traer aquellos indios, que son como albaneses, de terciopelo negro, y una media luna y una saeta de chapería de plata muy grandes, sobre los capeletes y muchas plumas en ellos. Delante de los pechos traían una plancha de plata bruñida y en los brazos brazaletes de la misma plata, y sus máscaras, hechas al natural, como de indios, con sus perlas o piedras en las barbas y gregüescos de terciopelo amarillo y borceguíes colorados con lazos grandes, todos de una misma hechura.

   “Los de Nueva España también venían vestidos al modo de aquella provincia, con camisetas de raso encarnado y mantas de terciopelo verde aforrado en raso blanco. Las camisetas venían guarnecidas con ciertos bastones y follajes romanos, hechos de chapería de plata, con sus largos de la mesma chapería, que los tomaban todos. Las mantas también estaban guarnecidas con otra chapería de plata, que tomaban desde los codos hasta los hombros, donde se ponían muy grandes plumajes y lo mesmo en las cabezas. Traían todos caballeras de una mesma manera y máscaras con sus esmeraldas en las barbas, y gregüescos de terciopelo verde y los borceguíes como los del otro puesto.

   “Ninguno de todos cuarenta obo que no llevase cuatro o cinco caballos, con muy buenos jaeces, y los más comprados de nuevo para la fiesta. En medio destas dos alas de los cuarenta caballeros venían unas andas, en que se traían dos hombres muy ricamente vestidos, a modo de indios, que representaban a Moctezuma, rey de México y Nueva España, y Atahualpa, rey del Perú. Traían las andas ciertos indios y alrededor dellas venían ciento y veinte indios a pie, la mitad vestidos al modo de México, con flechas y saetas en las manos y la otra mitad del Perú, con sus máscaras y plumas, tan al natural los unos y los otros, que quien conoce los que allá viven afirmara ser estos dellos. Todos venían gritando como suelen hacer los indios en sus regocijos.

   “Con esta orden parecieron estos dos reyes ante Su Majestad; diciéndose que habían sabido el próspero nacimiento del príncipe don Fernando, nuestro señor, y que venían de sus tierras con aquellos sus vasallos a regocijar tan buena nueva. Su Majestad los mandó subir a un tablado que estaba hecho para aquel efecto, donde estuvieron con sus sombras de plumaje y sus mascadores grandes, en la forma que solían andar los que representaban, y habiéndolos puesto en su tablado, los cuarenta caballeros, habiendo hecho su acatamiento, se volvieron a salir por la mesma puerta de hacia San Gil, por donde habían entrado.

   “Fuéronse los cuarenta caballeros por detrás de los tablados hasta la otra parte que esta junto al muro frontero de las caballerizas, y de allí, con toda su música delante, hicieron su entrada de juego de cañas, tan concertadamente y tan como hombres de a caballo, que pocas se han visto en este reino más dignas de ser vistas, porque todos los caballos que llevaban eran escogidos y ellos muy usados en aquel ejercicio.

   “Después corrieron de dos en dos por toda la plaza, hasta que se les cansaron los caballos y se tornaron a salir por la mesma puerta y tomaron otros, y con sus adargas y varas tornaron a entrar, también corriendo, hasta que vinieron a quedar en los puestos donde habían de jugar.

   “Comenzaron, desde luego, el juego, el cual duró tres cuartos de hora, con grandísimo concierto y orden, porque los cinco que salían cada vez no volvían a donde salieron, sino al lugar más bajo en aquella hilera, y en partiendo ellos se llegaban otros cinco a ocupar aquel puesto de donde habían de partir, y los contrarios nunca partían de su puesto hasta que los que venían habían desembarazado y tenían vueltos los rostros de los caballos para retirarse, y desta manera nunca obo desconcierto, ni caballos rezagados, y fue mucho no haber algún caballo desbocado que no parase hasta meterse por el puesto contrario, y aunque traían determinación y alientos para jugar una hora entera, como lo suelen hacer en las Indias, pareciéndole a Su Majestad que los caballeros andaban muy cansados, mandó que los menestrales los despartiesen, y ansí se salieron todos en buen orden, sin turbar los puestos, ni aun sin dejar los compañeros, y tomando otros caballos frescos, con sus lanzas y adargas, volvieron a entrar al galope por la puerta y comenzaron entre sí una escaramuza cuan bien ordenada se puede imaginar y tan semejante a la verdadera, que no faltaba sino alancearse. En la cual se mostraron todos hombres muy diestros a caballo, porque, con andar tan mezclados que apenas se conocían, en un punto se tornaban a dividir los puestos, saliendo unos de otros como si nunca se obieran juntado, y desta manera duró buen rato la escaramuza, que a todos pareció cosa muy nueva y muy señalada.

   “Sintiendo ya cansados los caballos, se volvieron a salir de la plaza, y tomando otros con varas en las manos, tornaron a entrar en ella y corrieron muchas carreras de dos en dos y de cinco en cinco, y después de veinte en veinte, lo cual duró hasta que les faltó la luz y entonces volvieron a tomar a sus reyes como los habían traído y haciendo acatamiento a Sus Majestades, se salieron de la plaza, y tomando hachas encendidas anduvieron de la mesma manera por las calles de Madrid, con gran regocijo y contento de los que no habían visto la fiesta.

   “A su Majestad don Felipe II le pareció tan bien la fiesta, que les envió agradecer cuán bien lo habían hecho y la obligación que se quedaba de hacelles por ello merced; y en un billete que sobre ello escribió al presidente del Consejo de Indias, decía tres veces que la fiesta había sido muy buena, y es cosa bien de considerar que de solos los negociantes de aquellas provincias que aquí se hallaron, se haya podido ordenar una tan lucida y señalada fiesta, que no hay quien haya visto en Castilla otra más concertada: que cuanto a la riqueza bien se entenderá que tal fue pues se cree que les ha costado más de diez mil ducados”.

   Aquí da fin a la carta de mi primo el conde, con la data de 12 de febrero de 1572. ¿No es esto para alegrarse y para que esté complacido nuestro orgullo? Sabemos bien que todo lo que se diga de nuestros paisanos en lo tocante a vaquear y al manejo del caballo, ninguna hipérbole es encomio, ninguna exageración arrojo. Así es que a mí no me extraña que hayan tenido tantos panegiristas como lenguas hay en la Corte.

   Damas y caballeros van a decir ya con alborozo, comentando esa carta vivaz y colorida, encarecidos loores de los caballeros mexicanos que llevaron su destreza hípica y el esplendor de su lujo a la villa de Madrid; damas y caballeros van a decir esas cosas y otras más, cuando un criado, alzando la gran cortina de la puerta, anuncia solemne:

   ¿El señor inquisidor mayor!

   Lo cual abrió un vasto y anhelante silencio en la tertulia.

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Representación de Atahualpa gracias al apunte de Guamán Poma de Ayala, cronista indígena de la conquista española.

   La presente tradición, leyenda y sucedido del México Virreinal, posee una serie de matices, entre los que llaman la atención varios aspectos, a saber:

1.-¿Quiénes eran los dichos “caballeros mexicanos y peruanos”, y que asuntos los llevaron a la Corte en una ocasión tan especial y que coincide al celebrarse el día de su santo del monarca?

2.-Es curioso el hecho de que, justo en aquel año se expidió una real cédula, determinando la agrupación de los caballeros en cofradía,[4] bajo la advocación de algún santo, para celebrar justas, torneos y otros ejercicios militares, siendo los caballeros de dicha localidad los primeros que, en junta de 3 de agosto de 1573 acordaron la creación de la maestranza rondeña. ¿Tales señores convinieron o participaron en dicha creación, con el nombre de Cofradía del Espíritu Santo?

3.-¿Se trata de alguna posición específica de aquellos 40 caballeros para confirmarle al monarca su lealtad, pero también su desacuerdo en cuanto a no intervenir ni aceptar levantamientos como los ocurridos con los hermanos Ávila y Martín Cortés en 1566 o el muy desagradable de Lope de Aguirre, luego de sus iniciales declaraciones de rebeldía y/o de independencia, hecho ocurrido en los momentos de realizarse la búsqueda y conquista de el Dorado, que fue provincia y jurisdicción de la audiencia de Santo Domingo en 1542?

4.-¿Cómo se explica que esa presencia se justificara trayendo dos hombres muy ricamente vestidos, a modo de indios, que representaban a Moctezuma, rey de México y Nueva España, y Atahualpa, rey del Perú?

5.-¿Cómo entender esta fastuosa puesta en escena, donde además de los cuarenta nobles o miembros de la elite aquí citados, se sumaron al festejo otros 120 indios, lo que implica, en términos teatrales, una compañía de gran calado?

6.-No perdamos de vista que justo, en aquel año, arribó a la Nueva España la orden de los jesuitas.

7.-Algo que no puede escapar a todas estas observaciones, es el hecho de que para fecha tan temprana, esos caballeros deben haber tenido algún conocimiento de los primeros tratados de caballería, libros de ejercicios de la jineta, advertencias o preceptos para el uso del rejón, la lanza y la espada, entre otros. Esto nos permite suponer que conocieran la literatura que sobre los “libros de caballería” y todo su sentido de épica, misma que circulaba en diversas ediciones y que los estimulaba a seguir diversos modelos, como se estilaba en aquel siglo XVI.

8.-Y lo que puede ser el planteamiento más importante: este grupo compacto hace un viaje a España ocho años antes de la publicación del ya conocido Tratado de la Caballería, jineta y la brida… de Juan Suárez de Peralta,[5] personaje que habiendo vivido largo tiempo en Nueva España, aparece en la península en 1580 con su obra bajo el brazo, como compendio de sus experiencias acumuladas en este lado del mar. Es decir, tanto los nobles novohispanos como los del virreinato del Perú, ya cuentan con una sólida experiencia en el dominio del caballo y las dos sillas: jineta y brida, que ponen en práctica nada menos que frente al monarca en turno. De lo anterior puede deducirse que los americanos, al margen de conocer o no las reglas o tratados de caballería, demostraron sus capacidades como fruto de la acumulación de experiencias por estas tierras.

   Por una parte, Miguel Luque Talaván,[6] en “La nobleza indiana de origen prehispánico” plantea la condición establecida a partir del linaje procedente de dos culturas indígenas, de las que derivaron ramas de poder como el establecido por Moctezuma y Atahualpa. Por otro, encuentro en una obra de Juan de Torres los siguientes versos:

 Juego de Cañas nocturno en Madrid en 1572

 Llegada que fue la noche

ante el palacio venían

numerosos caballeros

con libreas y divisas

y alumbre de muchas hachas

lanzas rompen y corrían

y después de haberlas roto

juegan a las alcancías.

Domingo treinta del mes

grandes torneos se hacían

y luego justa real

en las cuales mantenían

don Rodrigo de Mendoza

caballero de valía,

también don Diego de Acuña

que en la cámara servían

a su Real Majestad,

los cuales muy bien lo hacían.[7]

    Los dos hombres muy ricamente vestidos, a modo de indios, que representaban a Moctezuma, rey de México y Nueva España, y Atahualpa, rey del Perú, ¿no serán acaso, tanto Rodrigo de Mendoza como Diego de Acuña?

   Tómese en cuenta que el dicho Juego de Cañas ocurrió en otra fecha, pero sí en el mismo año, lo que indica la enorme posibilidad de que tal contingente de personajes referidos en este pasaje pudiesen haber protagonizado este otro festejo.

   Poco, muy poco se ha encontrado al respecto, que no sean insinuaciones sobre aquella extraña pero colectiva presencia de personajes perfectamente ubicados en un rango social preeminente de uno y otro virreinato. Los intensos movimientos con trasfondo político derivaban en circunstancias tan específicas como la reseñada aquí por Artemio de Valle-Arizpe, por lo que, no es muy clara la fuente de donde toma estos datos y más aún, el motivo que orilló a los cuarenta personajes que, en acción conjunta se presentaron ante el monarca no sólo para realizar las muy armónicas escaramuzas. Sino para enterarnos a qué fueron en momento tan particular a Madrid, y realizar gestiones, además de “escaramuzas” muy en el estilo de lo que establecían los “Tratados de Caballería”, como el del Capitán Pedro de Aguilar que, casualmente circulaba ya en ese 1572, impreso salido de la casa de Hernando Díaz.[8]

   Formuladas en principio esas preguntas, por ahora sin respuesta concreta, me parece que es momento de continuar, a reserva de que en su momento se cuente con elementos precisos, aclarando así la tan notable y curiosa anotación de nuestro autor.

   Pues bien, fue luego de leer casualmente una obra de José Álvarez del Villar[9] como me enteré de la fuente, remitiendo al autor también de forma por demás vaga a las Crónicas de Amado Nervo.

   Localizado el volumen XXV de sus Obras Completas, apareció la mencionada Crónica, bajo el título: UNA FIESTA DE CABALLEROS MEXICANOS,[10] la cual me parece digna de ser reproducida en su totalidad para darnos una idea cabal del asunto, y así terminar con este ir y venir de inconsistencias.

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Códice de Tlatelolco (1733). Col. Marco Antonio Ramírez. Imagen tomada del libro: El toreo en Morelia. Hechos y circunstancias. Sus autores: Luis Uriel Soto Pérez, Marco Antonio Ramírez Villalón y Salvador García Bolio. Morelia, Mich., Centro Cultural y de Convenciones Tres Marías, 2014. 223 p. Ils., fots., facs., cuadros., p. 46.

No, amigos míos, no vamos a hablar de una de esas fiestas de señorones americanos seudoeuropeizados que viven la mayor parte de su vida en los Parises, y en cuyos salones (le monde oú l´on s´ennuie), veinte o treinta snobs aburridos juegan al bridge… o hablan mal del dueño de la casa!

   Se trata de una espléndida, de una suntuosísima fiesta organizada en Madrid por caballeros mexicanos y caballeros peruanos, en honor de los reyes de España.

   De esta fiesta no ha hablado ningún diario de la Corte. Ningún Montecristo, ningún Madrizy, ningún Rubryck ha escrito melífluas crónicas, no obstante que lo visto ha superado en pompa y riqueza a cuanto suele hacerse.

   No culpemos, sin embargo, a los suaves cronistas de salones. Por lo que ustedes llerán después, no estaban ellos en aptitud de reseñar la diversión…

   Yo sí lo estoy, por dos razones: la primera, porque se efectuó al aire libre, en la calle de Bailén, donde se yergue, como ustedes saben, el Real Alcázar, y donde vive también este afable amigo de ustedes; la segunda, porque se me han dado todos los datos, los pormenores todos.

   Si los periódicos nada mencionan, débese a que esta fiesta se celebró… hace ya algún tiempo, el día de San Ildefonso, Patrón de España y Santo del nombre del Rey, el 23 de Enero… del año de mil y quinientos y setenta y dos!

   El rey de España se llamaba entonces Felipe II, y los caballeros mexicanos y peruanos que lo obsequiaron encontrábanse en la Corte negociando varios asuntos.

   La relación de la fiesta se halla entre los papeles del Conde-Duque de Olivares, maltratados por el fuego; mas no tanto que no haya podido leerse lo que dicen. Estos papeles se encuentran en el precioso archivo de mi distinguido amigo el duque de Alba. Están en las “Relaciones de Ultramar” y acaso no sea inoportuno reproducir siquiera parte de lo que cuentan, por lo curioso y porque acercándonos a la celebración del centenario, viene a pelo toda conmemoración de nuestra bella historia, tratándose sobre todo de desfiles y cabalgatas, que pueden sugerir nuevas ideas a los organizadores nuestros.

   Sólo, sí, con perdón del Conde-Duque, modernizaré la ortografía, para no hacer muy ardua la labor de las linotipias, máquinas ultramodernas, que no gustan de antiguallas tipográficas.

   He aquí, pues, la relación, con su sabrosísimo estilo peculiar:

   “La plaza que está delante de Palacio se atajó con tablados señalados a los consejos y grandes y otras personas, dejando un gran cuadro para las fiestas muy bien aderezado el suelo, y tenía dos puertas, la una junto a San Gil y la otra arrimada al muro fronterizo de las Caballerizas, y toda la gente procuró de ir muy temprano, porque se creía que había de haber gran apertura, por tenerse concedido gran opinión de que había de ser muy buena fiesta.

   “Sus majestades el rey y la reina, nuestros señores, se pusieron en la reja grande que está sobre la segunda puerta de palacio, donde estuvieron la serenísima princesa de Portugal y los príncipes de Bohemia y las damas en sus lugares, y todo lo demás de palacio y de la plaza lleno de gente esperando los jugadores, los cuales casi a las cuatro de la tarde llegaron con gran música de trompetas y atabales y menestrales, y vinieron hechos dos alas, cada uno de veinte caballeros y cada ala dividida en cuatro cuadrillas. Entraron todos con sus lanzas y adargas. Los de la una ala eran veinte caballeros de la Nueva España, y los de la otra eran veinte caballeros del Perú.

   “Los del Perú venían vestidos a modo de indios de cierta provincia que hay en aquel reino, con camisetas de terciopelo amarillo y mantas de raso amarillo, con ciertas bordaduras muy anchas de plata, que casi tomaban todos los campos, y en las cabezas los tocados que suelen traer aquellos indios, que son como albaneses, de terciopelo negro, y una medialuna y una saeta de chapería de plata muy grandes, sobre los capeletes, y muchas plumas en ellos. Delante de los pechos traían una plancha de plata bruñida, y en los brazos brazaletes de la misma plata, y sus máscaras, hechas al natural, como de indios, con sus perlas o piedras en las barbas y gregüescos de terciopelo amarillo y borceguíes colorados con lazos grandes, todos de una misma hechura.

   “Los de Nueva España también venían vestidos al modo de aquella provincia, con camisetas de raso encarnado y mantas de terciopelo verde aforrado en raso blanco.[11] Las camisetas venían guarnecidas con ciertos bastones y follajes romanos, hechos de chapería de plata, con sus largos de la mesma chapería, que los tomaban todos. Las mantas también estaban guarnecidas con otra chapería de plata, que tomaban desde los codos hasta los hombros, y allí avi…,[12] donde se ponían muy grandes plumajes y lo mesmo en las cabezas. Traían todos c(abe)lleras[13] de una mesma manera y máscaras “con sus esmeraldas” en las barbas y gregüescos de terciopelo verde y los borceguíes como los de otro puesto.

   “Ninguno de todos cuarenta ovo que no llevase cuatro o cinco caballos con muy buenos jaeses, y los más comprados de nuevo para la fiesta.

   “En medio destas dos alas de los cuarenta caballeros venían unas andas, en que traían dos hombres muy ricamente vestidos a modo de indios, que representaban a Moctezuma, rey de México y Nueva España, y al Atabaliba, rey del Perú. Traían las andas ciertos indios, y alrededor dellas venían ciento y veinte indios a pie, la mitad vestidos al modo de México, con flechas y saetas en las manos, y la otra mitad del Perú, con sus máscaras y plumas, tan al natural los unos y los otros, que quien conocen los que allá viven, afirmara ser estos dellos. Todos venían gritando como suelen hacer los indios en sus regocijos.

   “Con esta orden parecieron estos dos reyes ante Su Majestad, diciéndose que habían sabido el próspero nacimiento del príncipe don Fernando, nuestro señor, y que venían de sus tierras con aquellos sus vasallos a regocijar tan buena nueva. Su Majestad los mandó subir a un tablado que estaba hecho para aquel efecto, donde estuvieron con sus sombras de plumaje y sus mascadores grandes, en la forma que solían andar los que representaban, y habiéndolos puesto en sus tablado, los cuarenta caballeros, habiendo hecho su acatamiento, se volvieron a salir por la mesma puerta de hacia San Gil, por donde habían entrado.

   “Fuéronse los cuarenta caballeros por detrás de los tablados hasta la otra parte que estaba junto al muro frontero de las caballerizas, y de allí, con toda su música delante, hicieron su entrada de juegos de cañas, tan concertadamente y tan como hombres de a caballo, que pocas se han visto en este Reino más dignas de ser vistas, porque todos los caballos que llevaban eran escogidos y ellos muy usados en aquel ejercicio.

   “Después corrieron de dos en dos por toda la plaza, hasta que se les cansaron los caballos y se tornaron a salir por la mesma puerta y tomaron otros, y con sus adargas por la mesma puerta y tomaron otros, y con sus adargas y varas tornaron a entrar, también corriendo, hasta que vinieron a quedar en los puestos donde habían de jugar.

   “Comenzaron, desde luego, el juego, el cual duró tres cuartos de hora, con grandísimo concierto y orden, porque los cinco que salían cada vez no volvían adonde salieron, sino al lugar más bajo en aquella hileras, y en partiendo ellos se llegaban otros cinco a ocupar aquel puesto de donde habían de partir, y los contrarios nunca partían de su puesto hasta que los que venían habiendo desembarazado y tenían vueltos los rostros de los caballos para retirarse, y desta manera nunca obo desconcierto ni caballos rezagados, y fue mucho no haber algún caballo desbocado que no parase hasta meterse por el puesto contrario, y aunque traían determinación y alientos para jugar una hora entera, como lo suelen hacer en las Indias, pareciéndole a Su Majestad que los caballos andaban muy cansados, mandó que los menestrales los despartiesen, y ansí se salieron todos en buen orden, sin turbar los puestos ni aun sin dejar los compañeros, y tomando otros caballos frescos, con sus lanzas y adargas, volvieron a entrar al galope por la puerta y comenzaron entre sí una escaramuza cuan bien ordenada se puede imaginar, y tan semejante a la verdadera, se puede imaginar, que no faltaba sino alancearse. En la cual se mostraron todos hombres muy diestros a caballo, porque con andar tan mezclados que apenas se conocían, en un punto se tornaban a dividir los puestos, saliendo unos de otros como si nunca se hobieran juntado, y desta manera duró buen rato la escaramuza, que a todos pareció cosa muy nueva y muy señalada.

   “Sintiendo ya cansados los caballos, se volvieron a salir de la plaza, y tomando otros con varas en las manos, tornaron a entrar en ella y corrieron muchas carreras de dos en dos y de cinco en cinco, y después de veinte en veinte, lo cual duró hasta que les faltó la luz y entonces volvieron a tomar sus Reyes como los habían traído, y haciendo acatamiento a Sus Majestades, se salieron de la plaza, y tomando hachas, anduvieron de la mesma manera por las más calles de Madrid, con gran regocijo y contento de los que no habían visto la fiesta.

   “A Su Majestad le pareció tan bien la fiesta, que les envió a agradecer cuán bien lo habían hecho y la obligación que se quedaba de hacelles por ello merced, y en un billete que sobre ello escribió al Presidente del Consejo de Indias, decía tres veces que la fiesta había sido muy buena, y es cosa bien de considerar que de solos los negociantes de aquellas provincias que aquí se hallaron, se haya podido ordenar una tan lucida y señalada fiesta, que no hay quien haya visto en Castilla otra más concertada: que cuanto a la riqueza bien se entenderá que tal fue, pues se cree que les ha costado más de diez mil ducados”.

   ¿Verdad que la relación no puede ser más fresca, ágil y vivaz?

   ¿No veis, merced a ella, las lucidas cabalgatas, como yo las veo desde mis balcones de la calle de Bailén… cerrando, por supuesto, los ojos?

   Del relato se desprende que los mexicanos de hace trescientos treinta y ocho años eran ya de los mejores jinetes del mundo.

   Sirva esto para que se huelgue, como es debido, el natural orgullo hereditario de nuestros charros de ahora, tan entusiastas devotos de Santiago como los españoles rancios que hicieron ese enorme poema de la Reconquista.

   Uno y otro documento, tanto el de Artemio de Valle-Arizpe como el de Amado Nervo se complementan, lo cual nos permite observar una rica demostración de aquellos señores de la Nueva España y del virreinato del Perú, quienes, en compañía de otros tantos naturales de una y otra región, se desplazaron hasta Madrid para celebrar el onomástico de Su Majestad, el Rey Felipe II, así como “diciéndose que habían sabido el próspero nacimiento del príncipe don Fernando, nuestro señor, y que venían de sus tierras con aquellos sus vasallos a regocijar tan buena nueva”.[14]

   Puesta en claro aquella cara voluntad de acudir por el sólo pretexto de celebrar no uno, sino dos acontecimientos, pero sin dejar de apuntarse el hecho de que también lo hicieron por motivo de que, estando ya en la Corte, aprovecharon para negociar varios asuntos, el presente caso va tomando mejor claridad, al margen de las diversas circunstancias planteadas bajo los ocho apartados que quedaron expuestos párrafos atrás.

   Considero que con todo lo anterior, y en aras de cubrir las aristas más complicadas del presente caso, es pertinente entonces dar por terminado con el asunto, no sin antes referir que una vez más, la presencia americana en el desarrollo de los torneos y demás justas caballerescas, logró enriquecer aquella imponente puesta en escena que, como se descubre, ya no es privativa de los nobles hispanos. También los novohispanos, y del virreinato del Perú tuvieron aquí una participación y un protagonismo que, a los ojos del monarca en turno, Felipe II, termina por ser profundamente celebrado. Una noticia poco conocida descubre que ambas expresiones, se complementaron en perfecta armonía y equilibrio.

CONTINUARÁ.


[1] Artemio de Valle-Arizpe: Libro de estampas. México, Editorial Patria, S.A., 1959. 231 p. (Tradiciones, leyendas y sucedidos del México Virreinal, XIII)., p. 45-51.

[2] Véase bibliografía.

[3] Conviene apuntar que en 1561, Felipe II trasladó la Corte de la imperial Toledo a Madrid.

[4] Benjamín Flores Hernández: La Real Maestranza de Caballería de México: una institución frustrada. Universidad Autónoma de Aguascalientes / Departamento de Historia. XI Reunión de Historiadores Mexicanos, Estadounidenses y Canadienses. Mesa 2. Instituciones educativas y culturales. 2.5 Educación y cultura, siglos XVIII y XIX (no. 55). Monterrey, N. L., 3 de octubre de 2003. 13 p., p. 8. Véase ANEXOS.

[5] Juan Suárez de Peralta: Tractado de la Cavallería jineta y de la brida… op. Cit.

[6] Miguel Luque Talaván: Análisis histórico-jurídico de la nobleza indiana de origen prehispánico. Véase ANEXOS.

[7] El deporte en el siglo de oro. Antología (Realizada por José Hesse). Madrid, Taurus Ediciones, S.A., 1967. 180 p. (Temas de España, 58)., p. 135-136. El verso recogido proviene de la obra de Juan de Torres: Relación del nacimiento y cristianismo del serenísimo Príncipe don Fernando, Medina del Campo, 1572.

[8] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1997. 12 v., T. I., p. 452.

[9] José Álvarez del Villar: HISTORIA DE LA CHARRERÍA. México, Imprenta Londres, 1941. 387 p. Ils., fots., p. 104.

[10] Amado Nervo: CRÓNICAS. Obras completas de (…) Volumen XXV. Texto al cuidado de Alfonso Reyes. Ilustraciones de Marco. Madrid, imprenta de Juan Pueyo, 1921. Ils., p. 104-111.

[11] Los tres colores nacionales de después…

[12] Quemado el papel.

[13] Idem.

[14] Teresa Ferrer Valls, “Las fiestas públicas en la monarquía de Felipe II y Felipe III”.

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LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO… (VIII).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

INTERPRETACIONES DIVERSAS SOBRE UN CURIOSO CARTEL DE FEBRERO DE 1860.

   Andrés Chávez o Cháves [1] siendo oriundo del estado de Puebla, gozó del favor del público de aquel rincón provinciano, además de contar con el privilegio de poderse mover a sus anchas en su propio “feudo” taurino. Favorito de la afición angelopolitana durante un buen número de años, también remontó el propio terreno de dominio y sumó más de alguna actuación en la Real Plaza de toros de san Pablo, en la ciudad de México hacia 1851 y 1852. Es evidente que cierta campaña publicitaria es aprovechada para plasmar en los carteles respectivos un conjunto de hazañas y prodigios, pero también para congraciarse y darse algunos baños de pureza que persiguen, finalmente sentirse solapados, “chiqueados” por todos aquellos taurinos que pudieron atestiguar una escenificación como la que se mostrará más adelante.

   Funcionaba en Puebla una plaza que era réplica en nombre a la que entonces daba corridas en la capital del país: Plaza de toros del Paseo Nuevo.[2] Metiéndonos en materia diré que cuento con copia de un cartel que anunciaba la corrida celebrada el domingo 11 de febrero de 1860. El “capitán de la compañía”, a la sazón Andrés Chávez, además de Vicente Guzmán, a caballo y el sobresaliente banderillero Félix Carrillo, junto con toda la compañía de picadores y banderilleros, así como de la trouppe que haría las delicias con la mojiganga LA POLKA INFERNAL, intervinieron en aquel festejo seductor. Andrés elogia al “apreciable maestro cuanto inteligente Capitán D. Bernardo Gaviño” con quien actuó anteriormente, en calidad de “chulillo”, seña de que el gaditano se presentaba frecuentemente por aquellos rumbos y se le tenía en alta estima, porque era, además de todo, quien tenía buena parte del control en el centro del país, y moverse sin estar bajo la égida del español, seguramente no garantizaba gran cosa. El torero Chávez se enfrentó a seis toros de la hacienda de Rabozo, mismos que fueron distribuidos entre la compañía quien ejecutó distintas suertes anotadas en el cartel a nuestro alcance. En su contenido saltan una y otra vez a la vista las fascinantes invenciones que fueron capaces de recrear todos aquellos quienes intervinieron en el festejo, al cual asistió como invitado de honor el Exmo. Sr. Presidente de la República don Miguel Miramón,[3] quien los honró con su presencia, presencia de tan alta investidura que fue común en buena cantidad de festejos, recordando que hicieron lo mismo el propio Lic. Benito Juárez -reconocido antitaurino que para bien, o para mal asistió a algunos festejos-,[4] el emperador de México Maximiliano, sin olvidar a Zuloaga, Bustamante o al mismísimo Santa Anna.

   Si bien, el anuncio del festejo de siempre me ha parecido un adelanto de las maravillas que habrían de darse a partir de la hora señalada para el comienzo, quiero pensar que la improvisación con que efectuaban dichas demostraciones enriquecía aún mas el contenido de las notas previas de aquellos espectáculos alucinantes en sí mismos.

   Eran formas de expresión que tuvieron sus mejores momentos precisamente durante el auge de Bernardo Gaviño, pero también de otras figuras como el propio Andrés Chávez. Conocemos evidencias palpables de formas de expresión tan sintomáticas ya, desde fines del siglo XVIII, que alcanzaron a desarrollarse hasta la siguiente culminación secular, la del XIX, bajo el imperio y la decadencia de Ponciano Díaz con el que todavía se alcanzó a dar aquella turbulencia expresiva,[5] digna del mejor de los teatros, porque el sustento principal fue la invención, la creación efímera que hizo de todos y cada uno de aquellos espectáculos una manifestación auténtica de libertad, en primera instancia; de caos en un segundo término. Libertad fue el propósito político por emanciparse del control español; caos, la forma que marcó el rumbo de ese propósito, tantas veces alterado por la ambición del poder.[6] Pero ambos conceptos: libertad y caos los hizo suyos el toreo del México decimonónico y ya vemos qué tanto se enriqueció en medio de aquel ambiente.

   Así que, no es casualidad que demostraciones tales como: colocación de moñas de color por parte de los picadores en cada “piquete”; la suerte de varas no desde el caballo sino el picador montado desde otro toro; el aderezo con rosas en la frente. El matar un toro a caballo, banderillas con la boca, la suerte suprema, teniendo como punto de referencia una silla, al viejo estilo de Martincho que vio Goya en Zaragoza. Y desde luego el ya común toro embolado, “de costumbre”, que encohetado serviría para efectuar la mojiganga respectiva. Todo esto no era más que un pequeño repertorio de las mil y un recreaciones de que fueron capaces aquellos inventores de la autenticidad taurómaca mexicana en el siglo que nos antecede.

   Y bien, demos paso a la función para conocer un perfil más de esta libertad y caos al mismo tiempo que gozó, muy en lo particular la afición de Puebla, aquel 11 de febrero de 1860.

He aquí el cartel original y detalles del mismo:

CARTEL_11.02.1860_ANDRÉS CHÁVES

Col. del autor.

REPRODUCCIÓN DEL CARTEL EN PUEBLA

   Sobre Andrés Cháves ya no se supo más.

CONTINUARÁ.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España. 1519-1969. México, Editorial Siqueo, 1969-1978. 2 V. Vol. 2, p. 656.

ANDRES CHAVEZ. Nació en Puebla, Pue., y actuó con regularidad a mediados del siglo XIX. estuvo con Bernardo Gaviño en 1844, y en 1851 ya era muy conocido, siendo contratado para torear en la ciudad de México, en la plaza de «San Pablo». El 9 de noviembre de ese año, los programas anunciaban que debía matar un toro estando hincado en el suelo, y el 1o. de febrero de 1852, en la misma plaza debía matar otro toro estando sentado en una silla tras haberle clavado varios pares de banderillas de 3 pulgadas de largo. Luego estuvo varios años con Mariano González «La Monja» y Pablo Mendoza, hasta que en 1860 formó su propia cuadrilla y empezó a actuar de primera espada, sobre todo en Puebla, durante algún tiempo.

   Antes de continuar, sólo deseo aclarar que la plaza del Paseo Nuevo se inauguró el 23 de noviembre de 1851.

[2] Lanfranchi: La fiesta brava en…, op. cit., p. 762. Plaza del Paseo Nuevo. Construida de piedra y madera, con cupo para ocho mil personas, fue estrenada por Bernardo Gaviño el domingo de Pascua de 1840. Duró casi 100 años teniendo que ser reedificada casi totalmente varias veces en este lapso de tiempo, pues en más de una ocasión, ya fuera por incendios en épocas de guerra (1847, 1863 y 1911), o por derrumbes ocasionales (1849), o por violencia de los espectadores descontentos (1895, 1901, 1902 y 1936), sufrió muy serios desperfectos en su estructura, hasta que en el mes de junio de 1937 fue definitivamente demolida.

[3] En realidad el General Miguel Miramón, fue uno más de los que ocuparon el poder de modo efímero en momentos en que el país se debatía en aquella guerra de los tres años, que tuvo su último capítulo el 25 de diciembre de 1860, cuando por la mañana de aquel día entraron en la capital del país las primeras tropas de González Ortega, y el 1º de enero de 1861 hizo su entrada triunfal el ejército liberal. La causa constitucionalista había conseguido la victoria después de tres años de lucha. Fue así como en 1861 se inició con el triunfo de la revolución de Reforma y con éste el establecimiento en la capital del imperio de la constitución.

   Otros presidentes que asistieron a los toros:

General don Antonio López de Santa Anna

General don Anastasio Bustamante

General don Nicolás Bravo

General don José Joaquín Herrera

General don Ignacio Comonfort

Don Félix Zuloaga.

[4] En la plaza de toros.-

   Imaginemos de pronto, el ingreso a la plaza de toros del Lic. Benito Juárez acompañado de su Sra. Esposa Da. Margarita Maza de Juárez. En la plaza vemos a los más insignes personajes, como los más desagradables individuos quienes han hecho de nuestra nación la viva imagen de su circunstancia.

   Antes de hacer comentarios generales, quisiera presentar una pequeña relación de festejos  donde vemos presente al oaxaqueño en corridas de toros.

-27 de enero de 1861. Plaza de toros del Paseo Nuevo. Gran Función extraordinaria dedicada al Exmo. Sr. Presidente interino de la República D. Benito Juárez quien la honrará con su presencia. Toros de Atenco. Bernardo Gaviño y su cuadrilla. Graciosa mojiganga y magníficos juegos artificiales dirigidos por el afamado pirotécnico D. Severino Jiménez.

-9 de noviembre de 1862. Plaza de toros del Paseo Nuevo. Corrida a beneficio de los Héroes de Puebla. Cinco toros escogidos de Atenco para la cuadrilla de Pablo Mendoza. Dos para el coleadero y el embolado de costumbre.

-22 de febrero de 1863. Plaza de toros del Paseo Nuevo. Gran corrida de toros a beneficio de los hospitales militares de la Santísima y de las Vizcaínas. Cuadrilla de Pablo Mendoza.

-3 de noviembre de 1867. Plaza de toros del Paseo Nuevo. Beneficio de los damnificados del huracán en Matamoros. Cuadrilla de Bernardo Gaviño, toros de Atenco. Toro embolado, mojiganga y toros para el coleadero.

Como se ve, quienes iban a mostrarse tan contradictorios de la fiesta no desdeñaban entonces usarla como instrumento para agenciarse recursos financieros con los cuales sostener su lucha (Benjamín Flores Hernández).

   Ya metidos en considerar qué tan sincero haya sido Juárez o no con la fiesta, vayamos a conocer algunos testimonios que lo califican como antitaurómaco.

   Tal consideración la encontramos expuesta por un periodista, pero uno de la fuente taurina, el Dr. Carlos Cuesta Baquero cuyo anagrama lo identifica como «Roque Solares Tacubac«. Refiriéndose a Julio Bonilla, otro periodista -creador del «Arte de la Lidia» en 1884- comenta:

Era (J. Bonilla) asiduo concurrente a las corridas que desde el año de 1867 en adelante eran efectuadas en los pueblos inmediatos, relativamente, a la ciudad de México. Eran en Cuautitlán, Tlalnepantla, Texcoco, Amecameca, Zumpango y otros. También en la ciudad de Toluca, capital del Estado de México. No las había en la metrópoli y en la jurisdicción del Distrito Federal, POR TENERLAS PROHIBIDAS EL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA, LICENCIADO DON BENITO JUAREZ, QUIEN FUE ANTITAUROMAQUICO, A PESAR DE QUE A VECES RECURRIO A «LOS TOROS» para arbitrarse dinero destinado al sostenimiento de hospitales militares, cuando el heroico asedio que sostuvo la ciudad de Puebla en el año de 1863.

   La contradicción a la que he orientado esta tesis puede tener dos causas básicas:

1.-Que de verdad Juárez haya sido  antitaurino y sólo se prestara para consolidar con su presencia una serie de festejos benéficos.

2.-Que resultara ser uno de los adoctrinados, bien por los liberales, bien por la prensa (o condicionado por ésta).

   Con todo esto:

¿Qué pudo ver Juárez en todo aquel colorido espectáculo?

¿Repugnancia, aberración, barbarie o la oportunidad de fortalecer la ideología más recomendable por entonces a los ambiciosos proyectos de tener un México metido a trabajar en el progreso?

   Entre sus puntos más importantes, ¿qué dice la Ley de dotación del Fondo Municipal de México?

Benito Juárez, presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, a todos sus habitantes, sabed:

Que en uso de las amplias facultades de que me hallo investido, he tenido a bien decretar la siguiente

LEY DE DOTACION

DEL FONDO MUNICIPAL DE MEXICO

Art.1.- El ayuntamiento de México, además de sus propios, queda dotado con los arbitrios que establece esta ley, conforme a la cual se cobrarán desde 1o. de Enero de 1868, cobrándose entretanto   los establecidos en las leyes anteriores.

   Entendemos por «arbitrios» y su dotación el hecho de contemplar impuestos o contribuciones cuyo destino era controlado por la secretaría de Hacienda de aquel entonces.

   En distintos apartados se van comprendiendo Mercados, Fiel Contraste, Licencias para obras, Aguas. Derechos municipales sobre los frutos y efectos que se introduzcan a la capital, contribución predial, derecho de patente, expendio al menudeo de licores, cafés y fondas. Incluidas van las pulquerías, panaderías, casas de empeño, fábrica y expendios de tabaco, carruajes de particulares; carruajes de alquiler, vacas de ordeña hasta que llegamos a las Diversiones públicas.

Art. 82: Si el espectáculo se daba es porque debió ser controlado con las licencias respectivas.

Art. 83: El público pagaba las «altas cifras» que luego tanto recriminó la prensa aduciendo que «agrava la miseria de las familias pobres, que por acudir al espectáculo, se quedan sin el sustento de varios días». He allí la forma en que congenian estos argumentos con el decreto que prohibe las loterías o rifas públicas del 28 de junio de 1867.

Art. 86: El 17 de noviembre dio inicio la «primera función de toros de la temporada». Temporada es sinónimo de abono y es muy probable que el empresario que bien pudo ser el propio hermano de Bernardo Gaviño, Manuel, haya cumplido con los requisitos de este artículo.

Art. 87:  En el fondo, dos son los resortes que mueve a tal decisión:

i)Un sentido que estrictamente nace de la razón «impuesto» ó gabelas, y

ii)Dispendio que causaban las funciones taurómacas entre las clases bajas fundamentalmente.

   El art. 100 dice a la letra:

 

Se aplican a los fondos municipales, los productos del derecho creado por decreto de 13 de Febrero de 1854, sobre las licencias que expedirá la autoridad política o municipal,  conforme  a  sus respectivas atribuciones, con arreglo a dicho decreto y esta ley. Las licencias se extenderán en papel común, con solo el sello de la oficina; no se expedirán, sin que los interesados acrediten haber pagado previamente el derecho en la recaudación municipal; y continuará sin efecto lo dispuesto en aquel decreto, acerca de los letreros y de las diversiones públicas.

   Las notas nos sugieren que el 13 de febrero de 1854 hubo unas disposiciones similares a la de noviembre de 1867.

[5] Véase: APÉNDICE DOCUMENTAL. DESMENUZAMIENTO DE LA CARTELERÍA Y MUESTRARIO COMENTADO en este mismo trabajo.

[6] Mario Moya Palencia: El México de Egerton. 1831-1842. Novela. 1a. reimpr. México, Miguel Angel Porrúa, 1991. 730 pp. Ils., retrs., maps., pp. 198-199. Así tiene usted que el primer vicepresidente, don Nicolás Bravo, se rebeló, aunque sin buen éxito, contra el presidente Victoria; que el segundo presidente don Vicente Guerrero, llegó al poder gracias a una revuelta iniciada por Santa Anna, pues había perdido las elecciones; que el vicepresidente Anastasio Bustamante depuso poco después por las armas a Guerrero; contra el tirano Bustamante se rebeló Santa Anna y consiguió el poder, que dejó ejercer temporalmente al vicepresidente Gómez Farías sólo para derrocarlo después y regresar a la silla; y ya no sigo hasta el día de hoy, pues aunque la Constitución Federal fue sustituida por las Siete Leyes centralistas en 1836, los pronunciamientos no se detuvieron, porque ya el ejército y los políticos estaban acostumbrados a que la fuerza se había convertido en el poder electoral. ¡Todo, en gran parte, a causa de un sistema representativo vicioso e inadecuado!

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (VI). SOBRE JUAN SUÁREZ DE PERALTA.

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. TRATADOS Y TAUROMAQUIAS ENTRE MÉXICO Y ESPAÑA. SIGLO XVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Finalmente, intentaré una aproximación a la persona y hechos de Juan Suárez de Peralta.

   Juan Suárez de Peralta nace hacia el año de 1537 en la ciudad de México y muere, según los últimos datos recogidos por algunos de sus biógrafos, en la provincia de Trujillo, España en 1596. Fue hijo de uno de los mejores amigos de Hernán Cortés, Suárez nos dejó uno de los pocos relatos sobre la Nueva España y sus antecedentes históricos escritos bajo su óptica especial de criollo. Su obra, Tratado del descubrimiento de las Yndias y su conquista, está dividida en 44 capítulos y nos describe el origen de los indios y el encuentro con el continente americano para narrar después la llegada de Cortés a México y los hechos bélicos que llevaron al avasallamiento de las civilizaciones autóctonas. Una de las partes más trascendentales se refiere a los sucesos mexicanos de los cuales el autor fue testigo y actor. Aquí, la narración se eleva cuando trata temas netamente criollos: la vida cotidiana, las costumbres y convivencia con los indios, los acontecimientos políticos que vivió y la formación del carácter hispano-mexicano. Escribió entre 1575 y 1580 el primer tratado de veterinaria en América: El libro de la albeitería, que trata de lo que es curar cavallos, y todas las bestias de pata entera por pulso y orina… El manuscrito original, se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid, fue paleografiado por el Dr. Nicanor Almarza, llegando hasta nuestros días gracias a la edición que realizara el Dr. Guillermo Quesada Bravo en 1953.[1]

A LOS TOROS...

¡¡¡A los toros!!! Disponible en internet, abril 16, 2016 en:

http://lasmeninasnovohispanas.blogspot.mx/2014/09/las-leyendas-de-las-meninas-novohispanas.html

   Durante el siglo XVI, criollos, plebeyos y gente del campo enfrentaban o encaraban ciertas leyes que les impedían montar a caballo.[2] Aunque impedidos, se dieron a ejecutar las suertes del toreo ecuestre de modo rebelde, sobre todo en las haciendas.

   Varios son los autores que se ocupan de este personaje. El ya conocido Artemio de Valle-Arizpe lo hace en forma exhaustiva en una de sus obras,[3] sobre todo cuando refiere en detalle los acontecimientos en que se vieron envueltos los hermanos Ávila, durante la conjura que encabezó Martín Cortés.

   Por su parte Federico Gómez de Orozco en las notas preliminares al Tratado del descubrimiento de las Indias hace un completo análisis sobre las condiciones que enfrentó Suárez de Peralta durante aquel complicadísimo proceso en que, si bien, no salió implicado, las sospechas levantadas en torno a su participación, se entretejieron de otra manera. Veamos.

Varios otros procesos en donde se reclamaban bienes, fueron los que enfrentó Suárez de Peralta. Pero, entre las diversas fases que tuvo uno de esos procesos, la más grave contra los acusados Juan y Luis su hermano fue que los Gómez acusaron a su vez a la familia Suárez de Peralta de ser recién convertidos del Alcorán y secta mahomética, opinión que por otra parte no era la primera vez que se les imputaba, pues era de tiempo atrás compartida por muchas personas de Nueva España.

   La terminación de todo este lío fue que el Santo Oficio recogió los papeles, de donde se desprende que no había habido oportunidad de negociar con ellos, y Luis y Juan, así como Leonardo su primo, fueron severamente amonestados por su proceder.

   Si tanta prisa tenía Juan de irse a España (la denuncia fue hecha el 1º de marzo de 1572 ante el Tribunal de la Inquisición), ya sea por el proceso u otra causa que nos es desconocida, lo cierto es que demoró su viaje hasta el año de 1579 en que se ausentó de México. Como hemos visto por la información de don Jerónimo Cortés, en 1590 residía en la ciudad de Trujillo, España, y allá sin duda falleció, pues nunca más se encuentran noticias suyas en México.[4]

   El principal mérito de nuestro ilustre y remoto compatriota consiste en que no sólo quiso dejarnos amenos relatos de sucedidos e historias, sino también en su afán de emplear su pluma en consignar el fruto de sus conocimientos y experiencia en asunto de aplicación práctica y útil, como lo es sin duda el Tratado de la Caballería de la Gineta y Brida, impreso en Sevilla el año de 1580, a raíz de su llegada a España, y dedicado a su pariente el Duque de Medina Sidonia.

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Los señores de a caballo se van trotando, trotando hasta desaparecer. En medio de una nube de polvo el toreo se hace pueblo. Fuente: Archivo General de la Nación (A.G.N.)

   El motivo por el que escribió este tratado, fue, según dice el autor en el prólogo de su obra, a causa de ser el exercicio della (la caballería) tan útil y necesario a los caballeros y seguirse a su Majestad muy gran servicio y fortaleza en sus Reinos, especialmente en las Indias, rezones que le moverían también a escribir el Libro de Alveitería, que sin duda merece ser impreso, ya que todavía permanece inédito y olvidado entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid.

   En el fondo, también resulta interesante conocer un testimonio del propio Suárez de Peralta, quien afirma

(…) ninguna cosa fue tan temida de los contrarios, ni más efecto hizo en ellos, que los caballos, mediante los cuales (con el auxilio divino) y el buen celo y deseo de los que en ellos iban, de servir a Dios y a su Rey, consiguieron tan alta victoria.[5]

   Entre los capítulos que integran su Tratado… resalta lo dicho en el proemio al lector:

(…) es desde el tiempo de los griegos hasta el día de hoy, especialmente el arte de la Brida, que este crece grandemente en Italia y particularmente en el Reino de Nápoles, en el que antiguamente hubo una ciudad famosísima llamada Sibaria donde tenían gran ejercicio de a caballo y era de suerte que en toda ella no se entendía sino de en ejercicios muy deleitables, no sólo en éste, mas en todos los demás. /p. 16: (…) del caballo nace el nombre y valor de los caballeros. Por tanto, los Nobles tienen la obligación más que los otros, a seguir esta virtud y así no solo los nobles, mas os viles hombres y bajos, con la fuerza y valor de este animal, se hacen cada día grandes y muy ilustres. No hay fiesta cumplida, ni juego valeroso, ni batalla grande donde él no se halle. Con ellos los Reyes, Príncipes y grandes Señores, defienden sus tierras y conquistan las ajenas”.[6]

   Y luego, su pluma y su experiencia dan un despliegue importante de aspectos que entrañan con la práctica y ejercicio de caballeros, pero sobre todo en el uso de las sillas y las lanzas con que el desempeño de los mismos se encontraba listo para celebrar impresionantes puestas en escena en la plaza. Entre los datos relevantes encontrados en la lectura de dicho trabajo hay anotaciones como las que siguen:

CAPÍTULO I. EN QUE SE CONTIENE LO QUE HA DE TENER UN CABALLO PARA SER BUENO DE LA JINETA Y FALTÁNDOLE ESTO NO SE LE PUEDE LLAMAR TAL.

   Ha de tener mediano el cuerpo y bien hecho, no cargado en la delantera, ni muy descargado, bien bajo, no demasiado, buena cola y crín, buenos bajos, corto de brazos, las cernejas largas y de allí para arriba lampiño, buen rostro y ojo, buen huello reposado, buena boca, que pare trocados los brazos, el correr menudo, sobre los pies levantado, no gacho, el rostro bien puesto, la boca cerrada, claro, que no se detenga corriendo la carrera, que vaya a ella manso y vuelva sobre los pies, que sea concertado en los galopes, que vuelva a una mano y a otra corriendo sin saltos, que juegue las cañas y esté quieto en el puesto, esto ha de tener un caballo para que se llame bueno de la Jineta, que tener de estas cosas alguna buena, en particular sola esta se puede loar y no llamar al caballo que tuviere especialmente buen talle, correr y parar como está dicho, huello y sosiego, bueno y al que esto tuviere, solo se le puede llamar con muy justa causa. Porque corriendo bien el caballo, teniendo buena boca y siendo sosegado, se le puede fácilmente mostrar lo demás.[7]

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO II. DE LA MANERA QUE SE HA DE TENER PARA PONER LOS PIES Y EL CUERPO, UN HOMBRE DE A CABALLO BIEN PUESTO, Y CORRIENDO LO QUE HA DE HACER.

(…) el caballero que quisiere ser buen hombre de a caballo perfecto, ha de tener tres cosas que cualquiera de ellas en particular no es nada. La primera, tener gran afición a los caballos, curarlos y regalarlos y la otra, no cansarse ni enfadarse de correrlos, que si fuese necesario todo el día correr (de ello) no reciba pesadumbre alguna, porque mientras más carreras, más aprenderá y se soltará en la silla y tomará desenvoltura, con que después venga a hacer lo que quisiere muy fácilmente. La tercera es, que siempre entiende que no sabe nada y que ha menester documentos y se huelgue de tomarlos de cualquier caballero que algo entendiere, porque en todas las cosas del mundo es esta parte buena y muy virtuosa, tomar siempre consejos y parecer de todos y huir de la afectación en lo que hiciere porque con ella dará fastidio y no parecerá bien nada de su desenvoltura, ni es posible tenerla con la afectación y los efectos que de ella salen, paran en los extremos y dejan el medio, que es el que se ha de procurar, pues da a todas las cosas gracia y perfección, y al que esto hiciere le aprovechará su trabajo.[8]

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Antonio Navarrete recreó con bastante acierto, una serie de suertes practicadas entre los siglos virreinales y el XIX mexicanos. Aquí podemos apreciar la suerte de “la lanzada” cuya práctica fue común denominador en el siglo XVI.

Antonio Navarrete Tejero: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs.

CAPÍTULO VI. DE CÓMO SE HA DE CORRER LA CARRERA CON LA LANZA, Y LAS MANERAS DE CÓMO SE CORRE.

   Hase de correr en un buen caballo que corra claro, menudo y derecho y lo primero que se ha de hacer, es poner los cascabeles al caballo y luego ponerse el caballero la capa. De esta manera alzarla hasta el hombro izquierdo y la punta meterla debajo del mismo brazo y la otra media capa bajarla por el brazo derecho, y a esto el caballo ha de estar parado a toda la compostura del caballero. Y después de hecho esto, se ha de sacar el caballo adelante tres o cuatro pasos y ponerle el rostro derecho de la carrera por donde ha de ir, y pararle, y tomar la lanza y medirla de suerte que haya de un cabo tanto como de otro y ponerla sobre el muslo derecho, el brazo un poco hueco y el hierro para adelante y sacar el caballo lo más poco a poco que pudiere ser y llevarle por la carrera hasta donde ha de volver. Y se ha de advertir que después de tomada la lanza para ir a la carrera, aun que el Rey esté presente no se ha de destocar el caballero, sino bajar la cabeza y hacerle su cortesía, la cabeza cubierta y no soltar la lanza porque no se sufra otra cosa. Y si quisiere quitarse el bonete, no tome la lanza hasta que haya pasado delante del señor y luego la tomará por la orden que he dicho, hasta que llegare donde ha de volver y luego que haya llegado, ponerse sobre los estribos y volver el caballo sobre mano izquierda con el cuerpo muy derecho y no se ha de volver al caballo de golpe, sino siempre recogiéndole y ajustándole de suerte que no se fuerza ni desbarate.[9]

   En la parte que corresponde al Tratado… de la brida, advierte sobre los muchos primores y avisos para hacer un caballo de la brida, doctrinarle y saberle enfrenar con otros muchos documentos para (un caballero) ser hombre de la brida y con las posturas que ha de tener y otras cosas tocantes a este ejercicio. Lo mismo hace en el capítulo XLI cuando trata de

 COMO SE HAN DE CORRER LANZAS EN LA BRIDA Y DE LAS POSTURAS Y COMO SE HAN DE SACAR Y CUALES SON LAS MEJORES, A LEY DE HOMBRES DE ARMAS.

   Pues hemos tratado de cómo se han de hacer los caballos y el enfrenarlos en ambas sillas y de la postura que han de tener los caballeros, me pareció ser justo tratar de cómo se han de correr lanzas a la Brida, porque este ejercicio es necesarísimo a causa de que por él se desenvuelven los caballeros y se hacen diestros para justar; y de la justa se siguen los efectos que todos sabemos, así en burlas como en veras. Y por no ser pesado ni enfadoso, no trato de cómo se ha de justar y correr las lanzas armado, mas yo entiendo (y es así) que el caballero que fuere ejercitado en correr desarmado (y tiene desenvoltura) fácil le será correr con las armas, porque lo más dificultoso es saber sacar las lanzas y darles el aire necesario y tomar desenvoltura y facilidad en el brazo y mano, porque habiendo esto, es llano lo demás. Hay muchas maneras de correr lanzas y de cada una hay sus aficionados, según como se dan la maña en aquella especie de correr: sustentando cada uno lo que sabe. Y para esto soy de parecer que el caballero se ejercite en todo y aprenda todos los géneros de correr. Y que en ellos se desenvuelva y sabidos, podrá después ser buen juez porque conocerá lo mejor. En toda Italia y España, se corre a lo cierto, aunque no tan galán, como en la Nueva España, a causa de que se han ejercitado muy muchos los caballeros de allá, añadiendo nuevas maneras de sacar la lanza, dándoles extremadísimo aire. Y es tanta la curiosidad de ellos, que para perfeccionarse en este arte mancan los caballos en que han de correr lanzas desjarretándolos de un pie y el que viene a ser manco de esparavanes le estiman mucho y diré la manera de mancar el caballo. Tómanle y córtanle el nervio principal con que sustenta el pie y queda cojo que casi arrastra el pie y como corriendo hace la fuerza con los tres sanos y el manco no llega a la mano hace un admirable son y corre muy menudo y muy llano y así se corre extremadamente y se sacan liadísimas lanzas; así por esto como ejercitarse mucho en correr lanzas de las cuales se tratará. Aunque me parece que no se les podrá dar en escritura el aire que tienen puestas por obra, pero darse han a entender lo mejor que se pudiere.[10]

   Finalmente, debo agregar algunas notas sobre un interesante trabajo que elaboró al respecto Benjamín Flores Hernández.[11] Dice nuestro autor:

(…) la entusiasta forma de estudiar la materia, el fervor patriótico con que los escritores españoles se lanzaron al análisis de los modos tradicionales de cabalgar propios de su tierra y el particular énfasis que dentro de sus páginas dieron a los enfrentamientos de los caballeros con los toros bravos, sí constituyen una particularidad típicamente hispana de la manera de abordar el asunto.

   Primeramente, en Italia y más adelante en Francia, desde los iniciales años del siglo XVI empezaron a divulgarse los principios de una novedosa escuela de equitación de origen napolitano que postulaba el triunfo de una caballería ligera, rápida, sobre la típica de los últimos tiempos de la Edad Media, la propia de los desafíos y de los torneos, caracterizada por la pesadez de unos equinos abrumados por el fardo de la armadura que protegía tanto a ellos como a quienes los montaban.[12]

   Así que reafirmando cada vez más el papel protagónico que jugó Juan Suárez de Peralta como un conocedor en las prácticas caballerescas que fueron común denominador desde el siglo XVI y hasta el XVIII en la Nueva España. Si bien, su Tratado de la Caballería, la jineta y la brida… se publicó en Sevilla allá por 1580, y aún no contamos con referencias posteriores de su conocimiento en estas latitudes americanas, el hecho es que la mencionada teoría, junto con otras, pero sumada a la experiencia que seguía influyendo en la práctica, permitieron continuidad entre caballeros hispanos y novohispanos. En España, y para 1568

Antonio Flores de Benavides tradujo a Grissone,[13] bien que para entonces ya debía ser archiconocida la técnica de la brida así en la península cuanto en los dominios castellanos de allende la mar, puesto que daba la continua presencia hispana en Italia no puede suponerse otra cosa. Sin embargo, los tratadistas españoles de aquel tiempo dedicados a estudiar el caballo, su monta, modo de combatir en él y demás temas afines, no sólo hicieron referencia a dicha caballería, sino que también trataron, mostrando una clara preferencia hacia ella, de la de la jineta, que gozaba de gran prestigio en todos los territorios dependientes del rey católico.

   Según parece, el primero de los muchos libros aparecidos sobre la enseñanza de la caballería en las imprentas de España y de Portugal a partir de la segunda mitad del siglo XVI y hasta bien entrado el XVIII, fue uno impreso en el año de 1551 en la oficina tipográfica que Cristóbal Álvarez tenía en la ciudad de Sevilla: el Tractado de la cavallería de la gineta de don Fernando Chacón, caballero calatravo. A continuación, y por espacio de más de ciento cincuenta años, no pararon los talleres de todas las ciudades de la península de tirar textos y más textos con esta temática, varios de los cuales alcanzaron la segunda y aun la tercera impresión.[14]

   Al finalizar el siglo XV habían desaparecido aquellas formas ya poco apropiadas de caballería, lo mismo vestimentas de enormes y pesadas armaduras como aquellas expresiones que fueron de uso común durante la guerra, pero también durante los recesos de ésta, considerando el proceso de la de los “ocho siglos” entre moros y cristianos en territorio español. Lo bélico se tornó estético, lo pesado en la ligera movilidad de los combatientes que tenían ante sí los conceptos de la brida y la jineta como expresión no del campo de batalla. Sí de la plaza pública.

   En realidad, la técnica tradicionalmente española de montar sobre los corceles era la conocida como de la jineta, y fue ella, precisamente, la que al aparecer en los campos napolitanos en las luchas allí emprendidas por el rey de Aragón a lo largo del siglo que corre entre 1420 y 1520, trastornó todo el sentido del enfrentamiento caballeril propio de la Edad Media y del primer Renacimiento. Según Cesáreo Sanz Egaña, el origen y la peculiaridad de esa forma de cabalgar debe buscarse, antes que en detalles de longitud de estribos o de formas de la silla, en la anatomía típica de los equinos peninsulares, de menor tamaño y mayor nerviosidad que los nativos de otras latitudes del continente europeo.[15]

   Brida y jineta tienen orígenes y explicaciones totalmente distintas. La primera de ellas parece estar localizada al sur de Italia, cuando en algún momento llegaron a la península un grupo de jinetes españoles que se empeñaron en adaptarse a caballos de mejor alzada, en oposición a aquellos arabigoandaluces, mas bien bajos. El nombre más antiguo de este tipo de monta fue el de a la estradiota,[16] voz derivada de los stradiotti, caballeros mercenarios de nacionalidad albanesa que servían en el ejército veneciano, los cuales debieron haber sido los primeros en tratar de aplicar los principios de la caballería ligera en el uso de equinos centroeuropeos. En cuanto a la connotación de a la brida, encontramos en el Diccionario de la academia lo siguiente: Brida es el “freno del caballo con las riendas y todo el correaje, que sirve para sujetarlo a la cabeza del animal”.

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”Pelea de toros”, fragmento de la obra de Stradanus y Philip Galle que se incluye en la colección de grabados MANUEL ÁLVAREZ BRAVO, que alberga el Museo Soumaya, en la ciudad de México.

   De la jineta se entiende como un género de caballería africana, con frenos o bocados recogidos y estribos anchos y cortas aciones, a éstos llaman jinetes y a esotros bridones, los cuales llevan los estribos largos y la pierna tendida, propia caballería para hombres de armas”. Es el propio Benjamín Flores Hernández quien apoya lo hasta aquí analizado al apuntar que

   El más hondo sentido que tenía la multitud de obras y opúsculos editados por aquella época para la explicación de las diversas técnicas de andar a caballo era el de enseñar cómo, sobre ese animal (el caballo), habrían de continuar los españoles la realización de sus gloriosas acciones militares a todo lo ancho y largo del mundo. Tal cosa la indicaba claramente, por ejemplo, Juan Suárez de Peralta en su Tractado…, cuando se refería a los valiosos servicios bélicos prestados a los caudillos de su patria por los corceles puesto que, argumentaba allí:

   No hay fiesta cumplida, ni juego valeroso, ni batalla grande donde él no se halle. Con ellos los reyes, príncipes y grandes señores defienden sus tierras y conquistan las ajenas”.

   Aparte de su utilización en las campañas militares, la principal actividad en la cual habían de practicarse las reglas y disposiciones de la caballería expuestas en los tratados fue, en España, durante las centurias décimoquinta y décimosexta, la de las corridas de toros. El punto culminante, la acción más emocionante, de más riesgo, belleza y significación de las realizadas entre los tablados de una plaza pública en tiempos de la monarquía de los Austrias, resultaba la de liquidar un bravo bovino con lanza.

   El caballo pasó a Indias junto con las primeras empresas conquistadoras, en las cuales enseguida mostró su indiscutible utilidad. Son continuas las referencias de comentaristas e historiadores acerca de los servicios prestados a los castellanos por este animal en las entradas expedicionarias en demanda de la expansión de los dominios de su soberano a través de toda la geografía del nuevo continente. Recuérdese cómo, en múltiples sitios, tardaron los indios un buen rato en salir de su asombrada creencia en que hombre y bestia conjuntaban una sola unidad.

(…) entre los indígenas, debido a la obra consumada por él mismo y por sus compañeros, para el tiempo en que (Bernal Díaz del Castillo) escribía, principios del último tercio del siglo XVI

todos los más caciques tienen caballo y son ricos, traen jaeces con buenas sillas y se pasean por la ciudad y villas y lugares donde se van a holgar y son naturales, y llevan sus indios y pajes que les acompañan, y aun en algunos pueblos juegan cañas y corren toros y ponen sortija, especial es día de Corpus Christi, o de Señor San Juan, o Señor Santiago, o de Nuestra Señora de Agosto, o la advocación de la iglesia del santo de su pueblo; y hay muchos que aguardan los toros aunque sean bravos y muchos de ellos son jinetes, y en especial en un pueblo que se dice Chiapa de los indios.[17]

   Por otro lado, el papel protagónico que tuvieron los caballeros americanos no fue una casualidad. Ya lo vimos con los hechos de enero de 1572. Del mismo modo, es el mismo Suárez de Peralta en acentuar ese orgullo, tal y como lo vimos al referir en el capítulo XLI de su Tratado…

en toda Italia y España se corre a lo cierto, aunque no tan galán, como en la Nueva España, a causa de que se han ejercitado muy mucho los caballeros de allá, añadiendo nuevas maneras de sacar la lanza, dándole extremadísimo aire. Y es tanta la curiosidad de ellos, que para perfeccionarse en este arte mancan los caballos en que han de correr lanzas desjarretándolos de un pie y el que viene a ser manco de esparavanes de estiman mucho […]

   También fue el propio Miguel de Cervantes Saavedra, en palabras de Sancho Panza, quien exclamó cuando fue a contar a su señor lo sucedido en su encuentro con la hermosísima Dulcinea del Toboso, transformada en zafía labradora por artes de encantamiento:

“-Vive Roque, que es la señora nuestra ama más ligera que un alcotán, y que puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mexicano”.

   Finalmente, para tratar aquí de la manera específica que tuvo de practicarse la equitación en Indias se analiza particularmente el Tractado de la caballería de la gineta y brida, del inquieto criollo mexicano Juan Suárez de Peralta, así como los tres sucesivos libros compuestos sobre ese tema por el simanquino Bernardo de Vargas Machuca. Asimismo, se utilizan también unas cuantas de las expresiones del Discurso para estar a la jineta con gracia y hermosura –Madrid, 1590-, de Juan Arias Dávila Puertocarrero, conde de Puñonrostro, de quien se dijo que “en muchas cosas sigue la jineta de las Indias”, y del Modo de pelear a la jineta –Valladolid, 1605-, de Simón de Villalobos, tal vez mexicano como su hermano Diego, que fue quien llevó este escrito a la imprenta.

   En las campañas americanas, cuando se entró a caballo sobre los indígenas, fue el estilo de montar a la jineta el utilizado, y así aseguraba el Inca Garcilazo cómo esa tierra “se ganó a la jineta”. Vargas Machuca continuamente repite en su Milicia el consejo de que en las conquistas americanas sólo se utilicen las

sillas jinetas y no se consienta brida, porque con menos riesgo se vadea un río a la jineta y son más prestos al ensillar y se hacen hombres de a caballo.

VARGAS MACHUCA

Bernardo de Vargas Machuca. Disponible en internet, abril 16, 2016 en:

http://jcb.lunaimaging.com/luna/servlet/detail/JCB~1~1~1399~1860001:A-la-Espada-y-el-compas-Mas-y-mas-y

   Según Bernardo de Vargas Machuca, comenta en el prólogo al Libro de ejercicios de la jineta, fue durante sus años americanos cuando “cursó y aprendió” los secretos de la equitación. Mas, a lo que dice, fue ya de vuelta en España y a instancias de varias personas, muy particularmente de don Alberto Fúcar, que se dedicó a poner en el papel lo que tenía aprendido sobre la materia, y pasó enseguida a publicar sus apuntes, mismos que salieron a la luz durante 1600 en la misma imprenta madrileña que un año antes su libro de la Milicia. La portada del tratado entonces aparecido lleva el siguiente enunciado: Libro de Ejercicios de la Jineta, compuesto por el Capitán D. Bernardo de Vargas Machuca, Indiano, natural de Simancas en Castilla la Vieja. Dirigido al Conde Alberto Fúcar [escudo de Fúcar] En Madrid, Por Pedro Madrigal, [filete] Año MDC.[18]

CONTINUARÁ.


[1] Juan Suárez de Peralta: Libro de Albeitería. (Primer libro de ciencia veterinaria escrito en América por los años de 1575-1580). Paleografía de Nicanor Almarza Herranz. Prólogo de Guillermo Quesada Bravo. México, Editorial Albeitería, 1953. XXIII + 310 p. Ils., facs.

[2] Fue así como el Rey instruyó a la Primera Audiencia, el 24 de diciembre de 1528, para que no vendieran o entregaran a los indios, caballos ni yeguas, por el inconveniente que de ello podría suceder en “hazerse los indios diestros de andar a caballo, so pena de muerte y perdimiento de bienes… así mesmo provereis, que no haya mulas, porque todos tengan caballos…”. Esta misma orden fue reiterada por la Reina doña Juana a la Segunda Audiencia, en Cédula del 12 de julio de 1530. De hecho, las disposiciones tuvieron excepción con los indígenas principales, indios caciques.

[3] Artemio de Valle-Arizpe: La casa de los Ávila. Por (…) Cronista de la Ciudad de México. México, José Porrúa e Hijos, Sucesores 1940. 64 p. Ils.

[4] Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento…, op. cit., p. IX-XV.

[5] Juan Suárez de Peralta: Tractado de la Cavallería jineta y de la brida… op. Cit., p. 13.

[6] Ibidem., p. 15.

[7] Ibid., p. 23.

[8] Ib., p. 43-44.

[9] Ib., p. 52.

[10] Ib., p. 141-142.

[11] Benjamín Flores Hernández: “La jineta indiana en los textos de Juan Suárez de Peralta y Bernardo de Vargas Machuca”. Sevilla, en: Anuario de Estudios Americanos, T. LIV, 2, 1997. Separatas del tomo LIV-2 (julio-diciembre) del Anuario de Estudios Americanos (pp. 639-664).

[12] Op. Cit., p. 640.

[13] “Reglas de la caballería de la brida, y para conocer la complesión y naturaleza de los caballos, y doctrinarios para la guerra, y servicio de los hombres. Con diversas suertes de frenos. Compuestas por el S. Federico Grisson, gentilhombre napolitano, y ahora traducidas por el S. Antonio Florez de Benavides, Baeza, Juan Baptista de Montoya, MDLXVIII, en 4º, 145 f, 4 h”. Ver Sanz Egaña: “Introducción a la Sociedad de Bibliófilos Taurinos” a la obra: “Tres libros de jineta de los siglos XVI y XVII. Intr.. de (…), Madrid, 1951, XLVII, 270 p., ils., facs. (Sociedad de Bibliófilos Españoles, Segunda época, XXVI)., p. XXXV.

[14] Flores Hernández: “La jineta indiana…”, op. Cit., p. 641-642.

[15] Ibidem., p. 644.

[16] Estradiota: “un género de caballería, de que usan en la guerra los hombres de armas, los cuales llevan los estribos largos, tendidas las piernas, las sillas con borrenes, de encajan los muslos y los frenos de los caballos con las camas largas; todo lo cual es al revés en la jineta.

[17] Flores Hernández: Op. Cit., p. 648-650.

[18] Bernardo de Vargas Machuca: Teorica y exercicios de la Gineta: primores, secretos y aduertencias della, con las señales y enfrentamientos de los Guallos, su curacion y beneficio / por… don Bernardo de Vargas Machuca….. – En Madrid: por Diego Flamenco, 1619, [14], 200 h., [10] h. de grab.; 8º Marca tip. en colofón. Sign.: [ ]8, [calderón]8, A-C8, E-Z8, 2A2C8. Grab. xil. en h. [156]. Las h. de grab. xil. incluidas en signaturación, son dos heráldicas y el resto de la representación gráfica de los diversos tipos de freno para los caballos M-PR 89912: Enc. pasta; Anot. ms. en port. y colofón; En h. de guarda, autor y tit. mss. en vertical; Procede de Francisco de Bruna. M-AH 2/3305: Enc. hol.. M-BHM V/564: Enc. perg.

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Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

LA ILUSTRACIÓN MEXICANA DEDICÓ ESPACIO A LA ÓPERA y TOROS EN 1852. (II).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Siendo esta una visión que se publica a principios de 1852, deja notar el balance en el que seguramente festejos taurinos y funciones de ópera en los sitios ya conocidos, fueron bastante numerosos, de ahí que llamara la atención de Zarco para atender tan extraordinaria circunstancia. No es casual que en los siguientes párrafos volviese a dejar sentado un cuestionamiento que estaba animado por las reacciones populares en uno y otro espectáculo. Procuraré de aquí en adelante, poner más énfasis en la cosa taurina.

   “Al ver colmadas de gente las lumbreras y las gradas de la plaza, injusto sería decir: Hé aquí un pueblo de instintos feroces que se recrea en ver padecer a sus semejantes y martirizar a los animales. Inexacto sería también suponer que se conserva ese espectáculo como una tradición nacional, como un ejercicio, en que se admira el valor y la destreza del torero. Si tal cosa pudiera decirse en España para disculpar en parte las corridas de toros, en México esa suposición sería un desatino”.

   Mexicanos de avanzada como Zarco están viendo un país emancipado de toda influencia española, por lo que para 1852 era impensable que siguiesen perviviendo efectos o defectos de un coloniaje que, durante tres siglos, se impuso inmediatamente después de la conquista. Dominada aquella sociedad bajo principios que ya no se correspondían con aquel efecto traumático, fue necesaria la independencia, lo que de manera contundente marcaba el corte con aquel “cordón umbilical” que surgió de manera forzosa; e incluso me atrevería a decir que indeseable. Esto se dio bajo circunstancias de una guerra, de un enfrentamiento bélico que trajo consigo victoria y derrota. Superada aquella etapa, vino un periodo de profunda asimilación entre dos culturas cuyos antepasados enfrentaron a sangre y fuego. Y los novohispanos, considerando que remontaban aquellos conflictos, pudieron conducirse por la senda del equilibrio para dar el toque de madurez que merecían, lo cual puede apreciarse en diversos aspectos de la política, la religión, la economía; incluso en lo social. Sin embargo, nunca dejó de estar presente un anhelo de libertad, por lo que esto fue posible apenas comenzado el siglo XIX, aún y cuando hubo en otras épocas intentos que no prosperaron. Obtenida la nueva figura de estado-nación, surge el dilema de un incierto destino al que habría que encarar, con objeto de colocar a México en el concierto de las naciones. Y esto no fue del todo obtenido, pues surgieron una serie de inestabilidades de todo orden, mismas que fueron el impedimento real que no permitió concretar aquellas aspiraciones. Quizá por esa razón, una entre muchas, es que planteado el nuevo horizonte en forma muy clara, este seguía mostrando la firmeza, al menos de tres grandes columnas: el burocratismo –surgido desde la época de Felipe II-, la religión católica… y las corridas de toros.

   Difícil comprender porque pervivieron, y aún perviven a poco más de dos siglos de aquel proceso de independencia, pero es de entenderse la profunda condición con que enraizaron en una compleja amalgama cultural que unía dos líneas provenientes de otras tantas, a lo largo de los siglos llevando tras de sí una fuerte carga de traumas y conflictos existenciales, pero también de riqueza y aporte. Lamentablemente el rechazo hacia las corridas de toros, tal y como lo plantea Zarco era ya, desde su época y de muchos años atrás, un imperativo con necesidades de depuración a profundidad. Quizá por esas razones fue tan crítico, aunque tan equilibrado como puede percibirse en el texto bajo análisis.

   Viene ahora esta otra apreciación:

   “No pretendemos pronunciar un fallo sobre las corridas de toros: ellas están ya juzgadas por el mundo entero, y por la mayoría de los españoles ilustrados, que si en su país están lejos del poder material, tienen sin embargo el de la razón y el de la inteligencia. En la misma España se combate hoy este espectáculo y se pintan con vivos colores los perniciosos efectos que pueden producir en la índole de la nación.

   “En México, por un extraño trastorno de ideas, hay gentes que se empeñan en mantener y conservar cosas que destruyen los mismos españoles.

   “Hacía algunos años que los toros habían caído en desuso. Se veían con desdén y como una diversión digna solo del populacho. Entre las gentes del buen tono era de rigor mostrar repugnancia a este espectáculo, y nosotros mismos éramos de los que creían que era imposible restablecer esa clase de entretenimiento. Nos engañábamos. De repente la cosa cambia: se restaura la antigua plaza de San Pablo, y poco tiempo después se erige la nueva del Paseo. La novedad atrae al público. La gente no tiene en qué entretenerse, y acude a las corridas de toros. Hay periodistas que consagran parte de sus columnas a hablar de los bichos, de las púas y de los sacametes. Ha habido periódico consagrado exclusivamente a la tauromaquia, y la multitud se ha entusiasmado con las proezas de [Bernardo] Gaviño y de sus compañeros; y por fin las autoridades, que debieran ser más respetables, han animado con su presencia las corridas y han arrojado galas a los banderilleros mientras la miseria honrada de nadie merece compasión.

   “El entusiasmo crece, los caballos muertos, los hombres heridos, toda clase de accidentes desgraciados, son las circunstancias que recomiendan una función. Los extranjeros adquieren el gusto por los toros, es elegante ir al toro, y las señoritas más delicadas van a ostentar sus encantos donde un público ebrio de barbarie hace más caso de una banderilla que de una mujer. Se aparentan los modales y el acento andaluz, y todos los concurrentes a las gradas se imponen el deber de estar en pie. ¿Si esto pasa entre las gentes que se dicen ilustradas, que será entre el pueblo, entre esas familias para las que no hay paseos ni entretenimientos? Incurriríamos en repeticiones si viniéramos ahora a demostrar la influencia que tan bárbaras escenas tienen en el carácter del pueblo. No inspiran dolor. Al principio repugnan, pero después extinguen la sensibilidad y crían una completa indiferencia hacia toda clase de sufrimientos.

   “Allí también se aprende a condenar la desgracia y se silba al desdichado que se mira herido por el asta de un toro, y burlas e insultos son el funeral que un pueblo entero consagra al pobre hombre que expira en la arena.

   “¿Cómo, pues, conciliar esta afición, esta pasión del público por los toros, con el entusiasmo que en las mismas gentes inspira la ópera?”

   Opinión muy valiosa, venida de uno de los intelectuales más brillantes del XIX mexicano, quien con su visión universal cuestionaba el ambiente taurino, mismo que se intensificaba notablemente entre los años de 1851 y 1852. Habían pasado los duros momentos en que la invasión norteamericana hizo mella en la sociedad toda del país, y en particular de la ciudad de México, con lo que la baja de los espectáculos en lo general, y del taurino en lo particular fueron señal clarísima del poco ambiente y entusiasmo que privaba. Sin embargo, y a pesar de que entre 1848, 1849, y parte de 1850, las corridas de toros prácticamente dejaron de darse en la capital del país pero no en otras partes del mismo, donde se seguían principios relacionados con la honda tradición religiosa, en cuyas conmemoraciones estaban incluidos los festejos taurinos. Algunos festejos se celebraron en una plaza que se construyó en Tacubaya, y casi al finalizar ese año reanudó sus actividades la de San Pablo. Para 1851, las cosas mejoraron, por lo que este escenario fue lugar para buena cantidad de festejos, y donde lamentablemente la buena cantidad de carteles que han sido ubicados, no precisan nombres específicos de los espadas o “gladiadores”, denominación que entonces se daba a los toreros. Entre esos personajes se encuentran José Sánchez El Niño, Soledad Gómez, Mariano González La Monja, Dolores Baños, Victoriana Sánchez, e incluso el “acreditado picador CARALAMPIO ACOSTA”. Mientras tanto, Bernardo Gaviño, también reanudaba sus actividades, por lo que solo entre 1851 y 1852, los registros nos dan el siguiente balance, centrado en la ciudad de México:

1851

 PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 20 de abril. Toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 27 de abril. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 4 de mayo. Nueva representación del CARRO DEL SOL. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Jueves 19 de junio. Para la tarde de este día está dispuesta una función mixta-jocosa, que deberá causar la más completa distracción a los dignos concurrentes.

   Con tan lisonjero fin, se presentará en forma de circo, la Gran Caravana, ó llámese mojiganga, acompañando á las FILIS CON SUS TARASCAS (…).

   Cuadrilla de Bernardo Gaviño. La denodada compañía de gladiadores trabajará a porfía con los valientes toros de pica, banderilla y muerte que les corresponda, manifestado en ello su hábil destreza.

   El ágil banderillero Victoriano Guevara, nombrado Chapalangar, ofrece hacer algunas suertes de difícil ejecución, con las cuales se presume agradar más al respetable público.

   Para amenizar más la presente fiesta, se han escogido a satisfacción los toros del coleadero.

PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 27 de julio. 7 toros de Molinos de Caballero (fraccion de Atenco). Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Corrida en celebridad del cumpleaños del Exmo. Sr. Presidente de la República, general de división D. Mariano Arista.  

CABECERA CARTEL TAURINO SIGLO XIX

Cabecera de un cartel taurino de mediados del siglo XIX, publicado en la ciudad de México.

Fuente: Colección particular.

 PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 24 de agosto. Toros de Xajay. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros para el coleadero. Simulacro del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha, acompañado de su escudero Sancho, acometerá con lanza en ristre a otro arrogante toro embolado.

PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 7 de septiembre. Toros de Molino de Caballeros. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 21 de septiembre. Toros de Atenco, Molinos de Caballero (fraccion de Atenco) y Xajay. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 19 de octubre. 6 toros de Molinos de Caballero (fraccion de Atenco). Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 9 de noviembre. Toros de Molinos de Caballero (fraccion de Atenco) y la Huaracha. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. Domingo 16 de noviembre. Seis arrogantes toros de muerte: dos descendientes del bravísimo toro León, que salió del cercado de Atenco, dos de la acreditada raza de Guatimapé, y dos de la Estancia del Capulín. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Estreno de la plaza. Domingo 23 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño y Mariano González “La Monja”. 5 toros de El Cazadero.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 30 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Siete toros de El Cazadero. Asiste el presidente Mariano Arista.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 7 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Siete o más toros de la acreditada raza de El Cazadero.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 14 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros del Cazadero.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 21 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros del Cazadero.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 28 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 1852

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Jueves 1° de enero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Siete o más toros de las mejores razas. Que en esencia, pudieron ser de El Cazadero.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 4 de enero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Siete o más toros (de Cazadero y alguna otra no puntualizada), según la tarde lo permita de las más escogidas razas que tanto agradaron la tarde anterior.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 11 de enero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 18 de enero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 25 de enero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 1º de febrero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 8 de febrero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 15 de febrero. Función a beneficio de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 22 de febrero. Función de Carnaval. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Martes 24 de febrero. Última función de carnaval. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 11 de abril. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 18 de abril. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 25 de abril. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 2 de mayo. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 9 de mayo. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros del cercado de Atenco, de los puntos de La Isleta y el Rincón de San Gaspar, que tanto éxito tuvieron el domingo pasado. Dos toros para el coleadero.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 16 de mayo. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 23 de mayo. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco. Espectáculo extraordinario de Venados y Perros.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 30 de mayo. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 6 de junio. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Jueves 10 de junio. Día de Corpus Christi. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 13 de junio. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 20 de junio. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 27 de junio. Última corrida de la temporada. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco. Además: Toro de once y diversión de la Tarasca.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Jueves 23 de septiembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 26 de septiembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 3 de octubre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. DOMINGO 10 DE OCTUBRE DE 1852. CUADRILLA DE BERNARDO GAVIÑO (lidiando) TOROS DE ATENCO.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 17 de octubre. Beneficio de don José Juan Cervantes. Siete toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 24 de octubre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 Toros de Atenco. En los intermedios manganeo. Toro embolado.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 31 de octubre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. “Se jugarán seis toros de lo mejor del cercado de Atenco”.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 7 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 Toros de Atenco. Sorteo de 300 pesos, consistente en monedas de oro.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 14 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco. “Nueva diversión de monos, mulitas y perros”.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 21 de noviembre de 1852. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis arrogantes toros de Atenco. Beneficio del propietario de la hacienda.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 28 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 5 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 12 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 19 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco. La comparsa de los hombres gordos, enanos y figurones en burros.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Sábado 25 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 26 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco. Vistosos fuegos de artificio.

Unos datos más, balance final de actividades taurinas en 1852:

FESTEJOS CELEBRADOS EN EL PASEO NUEVO: 42.

TEATRO “SANTA ANA”: 1.

FESTEJOS CELEBRADOS EN LA PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO: 31, y

RANCHO DE SAN PEDRO: 1.

CONTINUARÁ.

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MEXICAN CURIOSITIES!

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Allá por 1894, entre la multitud de periódicos impresos que circulaban en la ciudad de México, estaba uno, The two Republics, que se dio a conocer entre 1868 y 1900. Publicación predominantemente en el idioma inglés, que de vez en cuando incluía publicidad en español y que con los años se tornó bilingüe. No hay mucha información al respecto de su influencia o su presencia en el ámbito noticioso, a no ser porque diese razón de hechos que relacionaran a ambas naciones. Quizá de ahí su nombre.

   “Hojeando” este diario, encontré una inserción que de inmediato atrajo mi interés. Se trata de un elemento publicitario que daba cuenta de cierto negocio ubicado en la céntrica calle de Gante N° 10. Para llamar la atención, sus propietarios, y seguramente el editor de esta publicación decidieron incluir un grabado de Manuel Manilla -¡y no puede ser otro que Manilla!-, el cual posee características de un detalle tauromáquico tal cual se practicaba por entonces:

THE TWO REPUBLICS_26.06.1894_p. 4

The Two Republics, ciudad de México, 26 de junio de 1894 p. 4.

Es un par de banderillas donde el ejecutante incurre en el detalle de colocarlas desigualmente. El movimiento, la embestida, o aquella colocación desacertada no restan valor a este apunte que resulta novedoso, en el entendido de que poco a poco hemos ido conociendo la Tauromaquia ilustrada que nos legara este notable artista, contemporáneo de José Guadalupe Posada y donde ambos se dieron a la tarea de recrear el rico legado de aquellas expresiones, todavía muy mexicanas en términos de la legitimidad que conservaba el espectáculo, con una fuerte carga de nacionalismo.

   Mientras tanto, Bullfight, Antiquities, Toltec Idols…

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LA ILUSTRACIÓN MEXICANA DEDICÓ ESPACIO A LA ÓPERA y TOROS EN 1852. (I).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Una gozosa navegación por estas nuevas latitudes de la modernidad, permiten encontrar los caminos que también ese pasado desplegó en forma caudalosa. Y se hizo para que nuestra mirada quedase bajo el encanto de esa capacidad de asombro que produce acercarnos a las pretéritas circunstancias que constituyeron aquellas sociedades, decimonónicas en este caso. Tal navegación fue posible gracias al hecho de estar a nuestro alcance la “Hemeroteca Nacional Digital de México” (http://www.hndm.unam.mx/consulta/busqueda/buscarPalabrashttp://www.hndm.unam.mx/consulta/busqueda/buscarPalabras).[1]

   Y hete aquí que hubo oportunidad de cruzarme con una lectura proveniente de La Ilustración Mexicana cuyo austero título –Óperas y Toros- no se corresponde con lo que Fortún desarrolló en un amplio texto que pongo a la consideración de todos ustedes. Inmediatamente después, me permitiré realizar una serie de anotaciones que bien lo merece la siguiente lectura.

ÓPERAS Y TOROS1

ÓPERAS Y TOROS2

   Es La Ilustración Mexicana una de las publicaciones cuyo valor reúne elementos intelectuales de primer nivel. Según notas proporcionadas por la propia página consultada, se tiene una primera idea sobre su importante presencia.[2]

   y Fortún es ni más ni menos que Francisco Zarco, uno de los periodistas más emblemáticos del XIX que aplicó en sentido práctico la consigna planteada por todos los colaboradores: “…en La Ilustración verán la luz producciones satíricas y estudios de costumbres que siempre atacarán defectos generales, sin dirigirse jamás a persona determinada”.

   En Óperas y Toros Francisco Zarco pone en valor lo que cada uno de estos espectáculos públicos significaba, sobre todo justo en el “Ecuador” del siglo XIX. Casualmente Óperas y Toros pudo conocerse apenas unas semanas después de que fue inaugurada la plaza de toros del Paseo Nuevo, hecho que ocurrió el domingo 23 de noviembre con el siguiente cartel: Cuadrilla de Bernardo Gaviño y Mariano González “La Monja”. 5 toros de El Cazadero.

CARTEL_23.11.1851_PASEO NUEVO_SIETE TOROS_SIN DATOS

Así apareció en varios periódicos esta inserción…

   Seguramente lo que debe llamar la atención en Zarco es un conjunto de posibles desmanes ocurridos de manera reciente, lo mismo en este nuevo escenario o en la Real Plaza de toros de San Pablo y que movieron a las autoridades a publicar el siguiente “Aviso”:

FOTO Nº 194

Col. del autor.

   Ahora bien, ¿qué pretende decirnos Fortún en estas puntuales apreciaciones?

   Así como se remonta a un pasado distante donde es posible apreciar el registro de sociedades que, como la ateniense forjaron elementos para el entretenimiento, de pronto le asalta la primer gran pregunta: “¿cómo nos explicamos en México el estado de cultura de la buena sociedad, al ver a un tiempo su pasión por la ópera y por los toros?” para seguir con otra más: “¿Cómo, pues, los mismos que se afanan en ir a la ópera, se complacen tanto en ir a los toros a admirar la furia indomable de la raza de Atenco, la destreza y los peligros de Bernardo [Gaviño] y su cuadrilla, el martirio de las banderillas, la agonía de un noble y valiente animal, la puñalada pérfida y traidora del cobarde carnicero, que aun tiembla de miedo al herir por detrás a un moribundo, los destrozos de los caballos, y el manganeo de las mulas?”

   En fin, que lo apuntado hasta aquí nos deja entender que entonces, la asistencia para uno y otro espectáculo correspondía a un mismo núcleo de entusiastas interesados. Ello es posible en la medida en que la ópera y los toros eran, por aquel entonces, dos diversiones públicas de elevada popularidad. Evidentemente hubo otras tantas manifestaciones en tanto “espectáculo”, hasta el punto de que exponer el cadáver de un niño[3] quedó considerado –por la autoridad-, como espectáculo público.[4]

   Aquí otra reflexión:

   “No podemos explicarnos la analogía que pueda haber entre uno y otro espectáculo. Si en la plaza del Paseo nos parece inmoral y bárbaro mirar sonreír a las señoritas después de una de esas catástrofes que son las peripecias de la vida del torero, no podemos menos de figurarnos que hay una especie de transformación, o una naturaleza doble, en esas mismas señoritas, que en la noche llevan el pañuelo a los ojos al oír el tiernísimo O vel´alma innamorata de Salvi (…)”

   Todo parece indicar que la curiosidad lleva a Francisco Zarco lo mismo al Paseo Nuevo que al Gran Teatro Nacional, donde ocurren festejos taurinos y funciones de ópera respectivamente, y es allí, in situ donde tiene que comprobar las reacciones populares, pero más aún las que asume un señalado sector de mujeres. Lo visto y escrito por Zarco parece socialmente incorrecto, señal de prejuicios no superados, aún a pesar de los poco más de 160 años que median aquella visión con nuestra realidad. Y no conforme, reanuda en otro párrafo sobre las encontradas reacciones de “debilidad” o “arrogancia” que las mujeres mostraban en la ópera o en los toros, con lo que quedaban señaladas per se.

   La iglesia católica permeó y formó a lo largo de varios siglos a buena parte de novohispanos y nuevos mexicanos, de tal forma que entre los elementos concientizadores lo mismo planteados desde la Biblia y afirmada esta en la misa, el sermón y demás oraciones. Justo cuando el sacerdote subía al púlpito y su presencia humilde pero ensoberbecida tuvo como propósito consolidar la grey estableciendo elementos discursivos como “tener corazón”. En ese sentido, Zarco acude a ese discurso y plantea comportamientos, sentidos y significados –retratos al fin y al cabo- de quienes por acudir a la ópera o los toros (género femenino como blanco de reproche) no se corresponden; y mucho menos se compadecen de ciertas virtudes, en medio de ciertos tintes conservadores, venidos de un liberal convencido, a saber:

“En el gran mundo no se usa tener corazón: es un adminículo que estorba, que embaraza; es un obstáculo para el brillo, para la felicidad exterior. Se siguen sin reflexión todas las manías, todas las extravagancias de la época, y si cualquier cosa está admitida, está bien recibida, tal cosa se hace sin consultar con las propias inclinaciones, con los propios sentimientos. Así, pues, vais a los toros sin ser inhumanas, sin que tengáis el gusto bárbaro de ver sangre y muertes, y vais a la ópera sin gusto artístico, sin pasión por la música: por eso conversáis tanto, por eso hacéis tan sonoro vuestro abanico. Vais porque otros van, vais porque es la moda, vais como máquinas que ceden a un impulso extraño”.

MUJERES EN LOS TOROS y EN LA ÓPERA

CONTINUARÁ.


[1] Anteriormente, hubo oportunidad de publicar y comentar otras notas ubicadas en la misma edición (véase: ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. PARTE XXIV. “LA ILUSTRACIÓN MEXICANA” ARTÍCULO INÉDITO DE LA “ILUSTRACIÓN MEXICANA” DE 1851 QUE NOS DESCRIBE PERFILES DE LA SOCIEDAD QUE ASISTE A UNA CAMBIANTE FIESTA TAURINA. https://ahtm.wordpress.com/2013/01/20/la-ilustracion-mexicana-1851/).

[2] Disponible en internet, abril 11, 2016 en:

http://www.hndm.unam.mx/consulta/publicacion/visualizarDescripcion/558ff9347d1e32523086147b?unaLetra=I&tipoBusqueda=4&numDocs=20&palabrasBuscar=&ide=558ff9347d1e32523086147b

La Ilustración mexicana

México: Ignacio Cumplido, 1851-1855.

1ª época

  1. 1 (1851); 603 p.
  2. 2 (1851 – 1852); 683 p.
  3. 3 (1852); 696 p.

2a. época

  1. 4 (1853 – 1854); 724 p.
  2. 5 (1855); 574 p.

(Imp. por Ignacio Cumplido). Ils.; 27 x 17 cm. Litografías, grabados, viñetas, planos e índices.

   La publicación apareció semanalmente, pero se desconoce el día de su salida, pues carece de fechas que lo indiquen. Al parecer el primer tomo termino a finales de octubre de 1851, ya que en su despedida se anunció la suspensión de la publicación durante dos semanas, después de las cuales aparecería el primer número del segundo tomo, que «se distribuirá sin falta a nuestros suscritores, el sábado 15 del próximo noviembre». Por otra parte, en la introducción del tomo 4 se menciona que la publicación fue suspendida y se han reiniciado labores, pero no se consignan fechas. Gracias a una serie de constantes la numeración ha podido ser establecida: el tomo 1° tuvo 26 entregas o números; el 2, 28; el 3, 28; el 4, 26 y del 5 no fue posible numerarlos con claridad. El número de páginas por entrega varió, en los primeros tres tomos era de 24 páginas, en el cuarto de 32 y en el quinto cambió en varias ocasiones: primero fue de 24 y luego disminuyó a 8. Como material complementario, en cada número se introdujeron una o dos litografías a color o en blanco y negro; los tomos iban acompañados de índices y algunos números incluyeron un “Boletín bibliográfico» La dirección del impresor y editor era calle de los Rebeldes número 2.

   El editor de La Ilustración mexicana fue Ignacio Cumplido; según el Diccionario Porrúa la periódica fue dirigida por Francisco Zarco, quien de acuerdo con Jefferson Rea Spell, aparece como editor responsable en 1854. Entre los colaboradores se encuentran Fernando Orozco y Berra, Francisco Zarco (“Fortún»), Vicente Calero Quintana, Marcos Arróniz, José Tomás de Cuéllar, Luis G. Ortiz, Manuel Carpio, José Sebastián Segura, José María Esteva, José María Villanueva, Félix María Escalante, Francisco Manuel Sánchez de Tagle, Andrés Quintana Roo, José María Lafragua, Francisco Granados Maldonado, José Joaquín Pesado, Emilio Rey, Guillermo Prieto, José María Vigil, Tomás Ruiseco, Justo Sierra, Joaquín Téllez, Epitacio J. de los Ríos, Juan Mateos, Mariano de Lara, Francisco J. de Orellana, Pantaleón Tovar, José González de la Torre, Francisco González Bocanegra y Manuel Orozco y Berra. También publicó reproducciones de José María Heredia, José de Espronceda, José Zorrilla, Ramón de Campoamor y Gertrudis Gómez de Avellaneda. Publicación destinada primordialmente a difundir la literatura como un saber importante para el adelanto social. Los redactores anotaron en la introducción al tomo 1°, que se esforzarían para que La Ilustración tuviese un carácter nacional hasta donde fuera posible. «El estudio de las bellezas naturales de nuestro suelo, de los elementos de riqueza que él encierra, merecerá nuestra atención “dicen los redactores- y las poblaciones más importantes, las minas, los productos agrícolas de más interés serán descritos y representados en hermosas láminas; para que el país sea conocido, y se adelante en la reunión de datos estadísticos, sin la aridez que tienen esta clase de trabajos». Agregaron, además, que en La Ilustración verían la luz producciones satíricas y estudios de costumbres que siempre atacarán defectos generales, sin dirigirse jamás a persona determinada». En las introducciones a los demás tomos refrendaron estos objetivos y se comprometieron a mejorarlos cada día. Los redactores aprovecharon que el país poco a poco dejaba de sufrir los levantamientos políticos y la problemática que caracterizo a esos años de enfrentamientos entre liberales y conservadores para difundir las bellas letras. La Ilustración mexicana fue órgano de difusión del Liceo Hidalgo: introdujo artículos de historia,- geografía, minas, agricultura, biografías de hombres ilustres, mensajes morales y ciencias. La publicación se acompañaba de bellas litografías que mostraban la moda parisiense y formaban parte de la sección titulada Revista de modas, posteriormente últimas modas de Paris; se insertaban consejos útiles para el «bello sexo» sobre química doméstica, así como sentencias de carácter moral. Por otra parte, Maria del Carmen Ruiz Castañeda sostiene, en su estudio sobre revistas literarias, que «La Ilustración mexicana tiene una marcada tendencia dogmática, a pesar de publicarse en una etapa de represión del pensamiento». Según Jesús Castañón, el tomo 5 de la publicación fue escrito casi en su totalidad por Francisco Zarco y, en su opinión, La Ilustración mexicana es en todo creación de «Fortún», «independientemente de quien haya concebido la idea». Aunque se desconoce la fecha exacta de aparición, probablemente inició a mediados de abril de 1851. El Catálogo de la Colección Lafragua menciona que la primera época de la publicación abarcó de 1851 a 1852 y la segunda de 1854 a 1855. En la miscelánea 24 se encuentra el número 11 del primer tomo.

And Noticia, p. 47.

Bib Mex, p. 1.

Bravo Periodistas, p. 55-56.

Car Hem, 207, 219.

Castañón Rodríguez, Jesús. «Zarco, crítico social y escritor de costumbres». En México en la cultura. Suplemento de Novedades, N° 547 (6 sept. 1959), p 3-4.

González Zarco, p. 10.

Hist Salvat, t. 9, p. 1923.

La Ilustración mexicana. En El Siglo diez y Nueve, 4ª época, año 15, t. 9, N° 1959 (7 mayo 1854), p. 4.

McLean Prieto, p. 145.

Moreno CatLaf, 6005.

Novo 450, p. 162.

Porrúa Dic, t. 2, p. 1486; t. 3, p. 3228.

Ruiz CientLite, p. 46.

Ruiz RevLite, p. 9, 27.

Spell Lite, p. 280-282, 301.

Velasco Periodismo, p. 72.

Villaseñor Cumplido, p. 6.

Zarco Obras, t. 1, v.p.

[3] Con objeto de que los padres consiguiesen recursos económicos para realizar un digno entierro. Posiblemente dicha “exhibición” devino, con el tiempo en la representación de la “muerte niña” o se intensificó a partir de la inestable condición económica de quienes le habían concebido.

[4] Raquel Alfonseca Arredondo: Catálogo del Archivo Histórico del Distrito Federal: Ramo “Diversiones públicas en general” las diversiones públicas en la ciudad de México durante la primera mitad del siglo XIX, un espejo de la sociedad. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 1999. 125 + 403 p.

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AYER, APENAS AYER. 91 AÑOS DE LA DESPEDIDA DE RODOLFO GAONA.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Efectivamente, ayer, apenas ayer se cumplieron nueve décadas y un año en que Rodolfo Gaona dijo adiós a los toros. Y esto fue definitivo. No hubo ningún intento que pretendiera disuadirlo de aquella decisión, con lo que el 12 de abril de 1925, Rodolfo se iba de los ruedos, dejando una estela cuyo aroma, a 91 años vista sigue produciendo efectos que no ha tenido ningún otro torero mexicano, a pesar de que Fermín Espinosa Armillita o Manolo Martínez sigan muy de cerca al leonés.

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El joven Rodolfo Gaona recién llegado a España en 1908. Comenzaba el ascenso.

Imagen incluida en Mis veinte años de torero.

   Tan luego los aficionados pudieron asimilar aquel acontecimiento, vinieron elogiosas despedidas, sentidos versos y afiligranados poemas que alentaban la nostalgia. Por aquellos días, muchos aficionados tenían clara idea de quién era Gaona, gracias a que se publicaba en un amplio tiraje en tres ediciones casi seguidas Mis veinte años de torero,[1] esa popular biografía a la que dio forma Carlos Quiroz Monosabio en amplia interviú. También, sobre el “indio grande”, daban cuenta una serie de publicaciones como The-Kila, Gaoneras o El Universal Taurino. Eran los días en que los estridentistas, encabezados por Manuel Maples Arce ya habían desplegado su famoso “Manifiesto” aquel que culminaba con la sentencia “¡Que viva el mole de Guajolote”.

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Carátula del libro cuyo autor fue Carlos Quiroz.

Ya las miradas fijas de mil espectadores / esperan hidrofóbicas la fiera astada y brava. / Por fin se abre una puerta; / salta a la arena el toro / y nótase voltaico mover / de seda y oro.

Le presenta una capa a manera de pauta / y la burla sangrienta toma sus tintes trágicos. / Mas luego estridentista se siente el indio grave / y arrodíllase impúdico ante la fiera ingrávida.

   Y esa corriente artística e intelectual, contestataria en sí misma, atrapaba a Rafael López quien escribió, en larga Oda funambulesca un elogioso testimonio a Gaona.

   Bajo ese ambiente, Rodolfo Gaona culminó su largo andar como figura del toreo con Azucarero, ejemplar que perteneció al hierro de San Diego de los Padres, prestigiada ganadería de entonces y que fundara la familia Barbabosa en 1863. Este toro se marcó con el número 20 y por el pelaje fue berrendo en cárdeno. Su trapío era de respeto, por lo que pudo decirse que se trató de un astado con arrobas, pero fino. Brillante de testuz y los ojos vivos. Recogido de pitones, bien colocados. El dorso afilado y la cola larga. Contaba con cinco años y un mes al ser lidiado.

   Su nota de tienta fue superior y la dirigieron Antonio, Rafael y Manuel Barbabosa. Lo “tentó” como picador el caporal Gumaro Recillas, quien lo condujo desde la ganadería situada en el Valle de Toluca hasta la plaza de toros.

   La reata de este burel, o sea su árbol genealógico, fue el siguiente: “Azucarero” nació del semental “Lucero” del Excelentísimo Marqués de Saltillo que en las mismas dehesas de San Diego de los Padres estaba marcado con el número 34. Era negro, morcillo, lucero, bragado, coletero y bien armado de pitones. Este magnífico ejemplar dio descendencia a toros de alcurnia y murió en 1930 a consecuencia de una infección pulmonar. Su defunción causó tristeza al ganadero, pues se le consideraba como una joya.

  Su madre fue Navarrita, negra entrepelada. Resultaron hermanos de Azucarero, algunos bureles famosos.

   En el ruedo de El Toreo, Azucarero hizo salida natural y resultó de bandera. Rodolfo Gaona así lo comprendió y lo toreo hasta empalagarse como si fuera de miel. El toro acudió con valor a los montados sobre los que recargó con gran poder. Logró tumbar a Adolfo Aguirre Conejo Grande y luego a Guadalupe Rodríguez El Güero. El quite de Gaona resultó estupendo y lo remató con una bellísima larga cordobesa. El Güero Guadalupe encorajinado montó en su cabalgadura para producir un puyazo archimonumental en lo alto del morrillo. Sin embargo, Azucarero recargó por largo tiempo, no sabiendo el público a quién aplaudir más, si al excelente varilarguero o al bravísimo astado.

   A continuación Gaona le colocó cuatro pares de banderillas que fueron de menos a más. Uno de ellos “de poder a poder” y el último un superior cuarteo.

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Era apenas la primera de muchas vueltas al ruedo en aquella tarde del 12 de abril de 1925. Fotografía: Luis Reynoso, publicada en el número extraordinario de Gaoneras. Semanario Taurino. El defensor de la afición, N° 20 del 16 de abril de 1925. Col. del autor.

   La faena de muleta resultó artística y se inició por alto. Siguieron naturales imponentes y todo tipo de adornos. Gaona se hartó de torear, terminó cogiéndole los pitones al de San Diego. Azucarero llegó aplomado a su muerte, lo que contribuyó a que Rodolfo pinchara en tres ocasiones antes de lograr la estocada en todo lo alto; a consecuencia de la misma dobló este extraordinario animal, al que debemos considerar como histórico.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Por lo tanto, Rodolfo Gaona, es y debe ser considerado como el primero gran torero universal, a decir de José Alameda. Rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Y Gaona ya no solo es centro, es eje y trayectoria del toreo. Su quehacer se convirtió en modelo a seguir. Todos querían ser como él. Las grandes faenas que acumuló en México y el extranjero son clara evidencia del poderío gaonista que ganó seguidores, pero también enemigos.

   Por eso fueron claves sus auténticas declaraciones de guerra ante José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Ocho días después de tan anunciada despedida, el niño Fermín Espinosa Saucedo actuaba en la plaza de toros CHAPULTEPEC, obteniendo -como becerrista- un triunfo mayor, al cortar las orejas y el rabo de un ejemplar de la ganadería de El Lobo. Uno se va el otro se queda. Sin embargo, la afición no asimila el acontecimiento y cree que al irse el “indio grande” ya nada será igual, todo habrá cambiado. Ese panorama “pesimista”, se diluyó en pocos años, justo cuando Armillita chico también se convertía en gran figura, con lo que senda y continuidad del toreo en México estaban garantizadas.

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Pase ayudado por bajo, instante cargado de estética y cuyo hacedor no podía ser otro que Rodolfo Gaona. Recreado en este estupendo óleo por “Pancho” Flores.


[1] Carlos Quiroz (Monosabio): Mis veinte años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona. México, 2ª ed. México, Talleres Linotipográficos de “El Universal”, 1924. 279 p. Ils. Fots.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (V). LINDO HOMBRE DE A CABALLO…

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. TRATADOS Y TAUROMAQUIAS ENTRE MÉXICO Y ESPAÑA. SIGLO XVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

LINDO HOMBRE DE A CABALLO. 

   El apunte inicial de la presente obra, nos lleva hasta la segunda mitad del siglo XVI con un personaje ya conocido: el virrey don Luis de Velasco. Artemio de Valle-Arizpe refiere sobre Velasco

Un modelo de los buenos, de perfectos gobernantes… Siempre estuvo inclinado a la suave tolerancia, a la misericordia. No se excedía jamás de lo dispuesto por las leyes, no iba más allá de ellas su rigor. Era afable, era humano, estaba lleno de piedad para todos; pero dentro de los mandatos legales era severo, inexorable, inflexible. Jamás quebrantaba su decisión para hacer cumplir todo lo mandado en favor de los indios, con lo cual se suscitó muchas malas voluntades, no solo de los encomenderos, sino que también de los oidores y oficiales reales, a quienes no permitía tener granjerías ni tener repartimientos.

LINDO HOMBRE DE A CABALLO1

   Y ya, en lo relativo a sus habilidades como lindo hombre de a caballo, según el dicho de Juan Suárez de Peralta, encontramos la amplia descripción de nuestro autor, como sigue:

Don Luis de Velasco era un gran caballista, muy diestro y afamado en las artes de la brida y de la jineta. Fuerza y gracia tenía para regir el caballo. Con certera puntería disparaba pedreñales, el arcabuz y la ballesta, y de modo gentil, admirable, corría la sortija, tiraba bohordos y estafermos y quebraba cañas con donaire. ¿Quién como él en acosar y alancear reses bravas? Don Luis pertenecía a la noble e ilustre casa del condestable de Castilla, y por su alta alcurnia era de los caballeros del séquito del emperador Carlos V, quien tenía señalada predilección a los deportes hípicos y a garrochar toros a usanza morisca: los cargaba, con habilidad, de hierros y varas, los desjarretaba y matábalos a lanzadas, pues que la montería y los torneos eran, a la vez que un entretenimiento, un ejercicio indispensable para estar con el cuerpo resistente y avezado a los trances y contingencias de guerras inesperadas.

   Con incomparable maestría y elegancia el Virrey ejecutaba suertes con un labrado garrochón de colores; aguardaba al toro cara a cara y clavábale sobre la frente una banderola o gallardete, o metía lindamente el caballo entre los cuernos de la fiera, que acudía a él con tanta fuerza y derecha como una jara, y de ellos salía diestramente, moviendo apenas las riendas del ágil corcel, que se iba caracoleando, muy gallardo, entre los aplausos, vítores y músicas con que le celebraban la suerte.

   Dadas sus aficiones hípicas, impulsó mucho en la Nueva España el ganado caballar y mejoró razas con cruzas de potros andaluces y con los bellos, finos, elegantes, de Arabia. Él reformó la silla de montar que trajeron a México los españoles conquistadores y que era la de uso corriente en España. Creó no solo la silla vaquera, sino el freno mexicano, con el que tan bien se rigen y dominan las caballerías más indómitas, haciéndolas dóciles a cualquier leve llamado de la rienda que les transmite la voluntad del jinete. A esa silla y a ese freno se les dio su nombre ilustre: se les decía “de los llamados Luis de Velasco”; así se expresa claro en una merced dada en tiempos del virrey don Martín Enríquez de Almanza a dos caciques indios, para que pudiesen, como gracia muy señalada, andar a caballo, pues los indios tenían terminantemente prohibido el cabalgar, cosa que solo se permitía a los naturales de España o a los criollos.

   No sólo tenía don Luis de Velasco delicado gusto por las funciones tauromáquicas y por la equitación, sino también por la cinegética, ya de montería, ya de cetería; era su recreo y solaz (…) El era muy lindo hombre de a caballo (…)

LINDO HOMBRE DE A CABALLO2

   Como se trató en la parte correspondiente al libro Historia de la ciudad de México según los relatos de sus cronistas, y con afán de no repetir el pasaje, es conveniente retomar la lectura luego de que en Virreyes y virreinas… se ha apuntado lo relativo sobre la forma en como Luis de Velasco jugaba a las cañas, sus virtudes sobre los muchos regocijos en que participó junto a otros sobresalientes caballeros. También se encuentra el apunte sobre el ganado de los “chichimecas escogidos, bravísimos…, más de alguno con veinte años y no ha visto hombre” y las jornadas que se desarrollaron en el bosque de Chapultepec.

   Quienes estaban cerca de don Luis de Velasco

Vivían todos contentos con él, que no se trataba de otra cosa que de regocijos y fiestas, y las que lo eran de guardar salía él en su caballo a la jineta, a la carrera, y allí la corrían los caballeros; y era de manera que el caballo que la corría delante de él aquellos días, solo y la pasaba, claro, era de gran precio; y así, todos no trataban de otra cosa, sino de criar sus caballos y regalallos para el domingo en que el virrey les viese correr y tener sus aderezos muy limpios. El los vía pasar su carrera, y eran tantos que con ir temprano faltaba tiempo; y era la prisa de ir a la carrera que llegaban cinco o seis al puesto, uno tras de otro; y pretales de cascabeles todos los llevaban de sus casas, los mozos por la prisa; en verdad que creo de ordinario los que la corrían paseada eran más de cincuenta. Tanta era la gente que iba que no dejaban correr los caballos, ni aun pasar, si no era atropellándola, ni bastaban alguaciles que iban con el virrey a apartalla. De allí se iba el virrey a su casa, llenas las calles de hombres de a caballo, y él, en las que parecía, llamaba a su caballerizo y corría con él un par de parejas, y esto hacía por no engendrar envidia en los caballeros si era su compañero uno y otro no, y usaba de este término por no agraviar a nadie. Con esto los tenía a todos muy contentos y no pensaban en más que en sus caballos y halcones y en cómo dar gusto al virrey y ellos en honrar su ciudad con estas fiestas y regocijos.

   Todos sus exquisitos conocimientos en toros y caballos los lució con gallardía y destreza en las fiestas que mandó celebrar –mayo de 1555- con motivo del fausto suceso de la derrota de Francisco Hernández Girón, que en Lima se había rebelado contra la majestad cesárea del emperador. Mandó don Luis que hubiese grandes corridas de toros y juegos de cañas. Él tomó el mando de una cuadrilla, a la que regaló los preciosos trajes del torneo, y, además, dio de su peculio las boyantes reses para la lidia. También el Ayuntamiento sacó cuadrilla; en estos juegos y regocijos “se aderezaron cuarenta y cinco libreas de mantas de la tierra, pintadas con los colores acostumbrados y con la cenefa de debajo de los colores de la ciudad, que eran el verde y el colorado. Se mandó traer competente número de varas para el juego de cañas y se aderezaron mil con púas para los toros”, que se escogieron en las dehesas los más bravos y gallardos.

   El virrey Velasco y los de su galana cuadrilla de caballeros nobles salieron a la plaza, toda claridad y colores, y compitieron lucidamente en lujo, destreza y preseas con los de la cuadrilla del Ayuntamiento. Todos demostraron su exquisita donosura, haciendo primero vistosos giros en sus bridones, con lo que se entusiasmaba el gentío, y luego rompieron lanzas en los encuentros, en que contendían con mucha gentileza, y después con las suertes que ejecutaron burlando las embestidas de los toros, con cuya furia desenfrenada se encontraban. Todos salieron de la plaza muy bizarros, con mil parabienes.

LINDO HOMBRE DE A CABALLO3

   Este abundante texto descriptivo sobre tan peculiar personaje, nos permite acercarnos no sólo a la identificación más aproximada sobre el que fue el segundo virrey de la Nueva España. También se encuentran esas otras condiciones entre las que se desenvolvió el protagonista en medio de ciertos quehaceres extrovertidos que pasan a formar parte de la manera en cómo se movió en escena y además, la forma en cómo lo hizo y quedan huellas que perviven cuando se justifica la permanencia de determinadas actividades, en este caso tanto en el entorno rural como en el urbano. En algunos casos sobresale la enorme posibilidad de conocer las amplias descripciones de vestimenta o el desempeño que no nada más queda en Luis de Velasco. También vamos a encontrarla –demasiado documentada- tanto con Valle-Arizpe como con las fuentes de otros tantos autores que consulta el propio Artemio…, perdón por este trato más entrañable.

   Así que el provecho resultante de esta nueva lectura, nos produce la posibilidad del encuentro con aspectos sobre la rutina de prácticas caballerescas que trascendieron en la persona de Velasco.

   La narración del saltillense es harto completa, enriquecida por los apuntes de Juan Suárez de Peralta que por ello no precisan una detenida revisión más que en aquellos escenarios en los que una primer élite novohispana ya estaba compartiendo quehaceres caballerescos con altos personajes de la política, cuyo papel no estaba reducido al solo desempeño de tareas de alta responsabilidad. También les era permitido –lícito para mejor entenderlo-, el hecho de participar directamente en divertimentos como el que ocurrió en el bosque Chapultepec, allá por 1551, y luego los de cuatro años más tarde, cuando el mismo virrey celebró la derrota de Francisco Hernández de Girón, protagonizando con su dirección a la cabeza de una cuadrilla, el torneo y los juegos de cañas, donde además hubo toros. Como iba haciéndose costumbre, el Ayuntamiento también participó enviando sus cuadrillas, para las cuales hubo “aderezo de cuarenta y cinco libreas de mantas de la tierra, pintadas con los colores acostumbrados y con la cenefa de debajo de los colores de la ciudad…” Por supuesto, fueron escogidos un buen número de toros, “los más bravos y gallardos” que por entonces podía haber.

   Esos acontecimientos deben haber tenido una dimensión de suyo especial, debido a la detenida elaboración en la que se involucraban autoridades y particulares, con tal de conseguir notorio efecto y resultado, lo que generó una línea ascendente respecto a las cada vez más elaboradas y por tanto, complicadas fiestas que fueron organizándose durante el virreinato.

LINDO HOMBRE DE A CABALLO4

   No existiendo evidencia gráfica sobre sus desempeños donde sobresalía ejecutando “suertes con un labrado garrochón de colores”, aguardando al toro para clavarle luego sobre “la frente una banderola o gallardete”; es posible verlo o imaginarlo metiendo lindamente el caballo entre los cuernos de la fiera, que acudía a él con tanta fuerza y derecha como una jara, y de ellos salía diestramente, caracoleando muy gallardo, entre los aplausos, vítores y músicas con que le celebraban la suerte, como apunta el propio A de V-A.

   Una de las más importantes contribuciones que Luis de Velasco hizo no sólo al torneo caballeresco en cuanto tal. No sólo a la consolidación de la jineta como modo de expresión técnica representada desde el caballo, fue la silla vaquera y el freno mexicano, instrumento del que se valieron ciertos indios para poder andar a caballo, porque entonces se les tenía prohibido cabalgar, en abierta muestra de rechazo al control establecido, tanto por los conquistadores como por parte de aquella nueva población ya asentada que temía algún levantamiento, alguna rebelión de los naturales que perfectamente enterados –entre otras cosas-, del fácil manejo y control de las riendas y del caballo, hubiesen podido despertar sospechas.

   Y aún sin terminar de decir alguna cosa más al respecto de la silla vaquera, que, como apunta A de V-A

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Las imágenes aquí incluidas recrean escenas ocurridas en la Plaza Mayor de Madrid durante la celebración de las brillantes Fiestas Medievales organizadas por el Círculo de Bellas Artes. MUNDO HISPÁNICO Nº 269. Agosto 1970.

N. del A.: En esta y la siguiente entrega me he permitido omitir la mayoría de las notas a pie de página pues su contenido representaba similar número de palabras que el texto aquí ofrecido.

CONTINUARÁ.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (V).

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (V). 

TRATADOS Y TAUROMAQUIAS ENTRE MÉXICO Y ESPAÑA. SIGLO XVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   De mi trabajo Artemio de Valle-Arizpe y los toros,[1] traigo los siguientes dos pasajes que refieren vida y obra de Juan Suárez de Peralta.

CIUDAD COLONIAL.

   Artemio de Valle-Arizpe se ocupa de Juan Suárez de Peralta, dando de dicho autor la siguiente apreciación:

Suárez de Peralta declara ser “vecino y natural de la ciudad de México” y que “no tenía sino un poco de gramática, aunque mucha afición de leer historias y tratar con personas doctas. Por lo que él cuenta se saca en claro que nació después de 1535, pero antes de 1540 (…)

   Antes del año de 1878 en que fue impresa en Madrid “Noticias Históricas de la Nueva España”, sólo era conocido Suárez de Peralta por su hoy rarísimo “Tractado de la Caballería de la Gineta y de la Brida”, y por el “Libro de Alveitería” que aún está inédito. Muestra siempre su pericia y conocimiento en todo cuanto se relaciona a la caballería y no omite en ninguna de sus obra detalle o circunstancia importante, ni aun olvida los nombres de los jinetes que más se distinguieron por su gentileza y maestría en el manejo de los corceles. Era gran sabedor de las cosas.[2]

   Como recordamos, la obra del autor saltillense fue publicada en primera edición el año de 1918 y la segunda en 1924. Fue en 1950, que José Álvarez del Villar, logró reeditar la de Suárez de Peralta,[3] gracias a la generosidad de Luis Álvarez y Álvarez, hermano del padre de Álvarez del Villar, poseedor de un ejemplar del citado libro, probablemente el único que se encontraba en México, por lo menos a mitad del siglo pasado.[4]

   Es Diego de Córdova quien justifica en 1579 dicha obra como sigue:

Siéndome ordenado por los Señores del Consejo Real de su Majestad y cometido la examinación de este libro, escrito por Don Juan Suárez de Peralta, vecino y natural de la ciudad de México en las Indias. Intitulado Tratado de la Caballería de la Jineta y de la Brida. Habiéndole visto, hallo que todo lo que en él se contiene es bueno y de provecho para los que holgaren y quieran ejercitarse en la dicha caballería y que por el provecho que cada uno, de él podrá sacar, se debe imprimir. Y por parecerme esto así, lo firmé de mi nombre. En Madrid, día de San Felipe y Santiago, primero de mayo de 1579 años.[5]

   Casualmente, es el propio Juan Suárez del que se ocupa Valle-Arizpe, páginas más adelante, precisamente al detectar en dicha obra asuntos del tema que nos congrega.

   Uno de los primeros españoles admirados del fabuloso portento que es en sí mismo el bosque de Chapultepec, fue Juan Suárez de Peralta, quien en el capítulo XII de su libro Tratado del descubrimiento de las Indias o Noticias históricas de la Nueva España,[6] donde describe el bosque de Chapultepec, así:

Chapultepec, que es un bosque que está de México media legüechela, que entiendo, si en España su Majestad le tuviera, fuera de mucho regalo y contento, porque es un cerro muy gragoso, de mucha piedra y muy alto, redondo que parece que se hizo a mano, con mucho monte, y en medio de un llano, que fuera del cerro no hallarán una piedra ni árbol. Tiene dos fuentes lindísimas de agua, y están hechas sus albercas y hay en él mucha caza de venados, liebres, conejos y volatería la quisieren. Verdad es que a mano suelen echar muchos venados los virreyes, que tienen gran cuenta con él, y tienen su alcaide, que no es mala plaza. Es muy de ver; encima del cerro, en la punta de él, estaba un cu donde Moctezuma subía y los señores de México, a sacrificar, ahora está una iglesia, que en ella se suele decir misa.[7]

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Antigua postal (Ca. 1920) que nos permite observar algún rincón de este emblemático bosque, ubicado poco más al sur del centro de la ciudad de México. Cortesía de Vicente Villanueva Rosales.

   Nos cuenta Suárez de Peralta que don Luis de Velasco, segundo virrey de la Nueva España, entre otras cosas se aficionó a la caza de volatería. Pero también, don Luis era

“muy lindo hombre de a caballo”, jugaba a las cañas, con que honraba la ciudad, que yo conocí caballeros andar, cuando sabían que el virrey había de jugar las cañas, echando mil terceros para que los metiesen en el regocijo; y el que entraba, le parecía tener un hábito en los pechos según quedaba honrado (…) Hacían de estas fiestas de ochenta de a caballo, ya digo, de lo mejor de la tierra, diez en cada cuadrilla. Jaeces y bozales de plata no hay en el mundo como allí hay otro día.[8]

   Estos entretenimientos caballerescos de la primera etapa del toreo en México, representan una viva expresión que pronto se aclimató entre los naturales de nuestras tierras quienes fueron dándole un sentido más americano al quehacer taurino que iba permeando en el gusto que fue no sólo privativo de los señores de rancio abolengo.

   El torneo y la fiesta caballeresca primero se los apropiaron conquistadores y después de esos señores de “rancio abolengo”. Personajes de otra escala social, españoles nacidos en América, mestizos, criollos o indios, estaban limitados a participar en la fiesta taurina novohispana; aunque también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones estuvieron abanderadas por la rebeldía. Dicha experiencia tomaría forma durante buena parte del siglo XVI, pero alcanzaría su  dimensión profesional durante el XVIII.

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Plato. Cerámica (hacia siglo XVIII). Colección: Museo Franz Mayer.

   El padre Motolinía señala que “ya muchos indios usaran caballos y sugiere al rey que no se les diese licencia para tener animales de silla sino a los principales señores, porque si se hacen los indios a los caballos, muchos se van haciendo jinetes, y querranse igualar por tiempo a los españoles”.[9]

   Lo anterior no fue impedimento para que naturales y criollos saciaran su curiosidad. Así, enfrentaron la hostilidad básicamente en las ciudades, pero en el campo aprendieron a esquivar embestidas de todo tipo, obteniendo con tal experiencia, la posibilidad de una preparación que se depuró al cabo de los años. Esto debe haber ocurrido gracias a que comenzó a darse un inusual crecimiento del ganado vacuno en gran parte de nuestro territorio, el cual necesitaba del control no sólo del propietario, sino de sus empleados, entre los cuales había gente de a pie y de a caballo. Ejemplo evidente de estas representaciones, son los relieves de la fuente de Acámbaro (Guanajuato), que nos presentan tres pasajes. Uno de ellos muestra el empeño de a pie,[10] común en aquella época, esta forma típica, consistía en un enfrentamiento donde el caballero se apeaba de su caballo para, en el momento más adecuado, descargar su espada en el cuerpo del toro ayudándose de su capa, misma que arrojaba al toro con objeto de “engañarlo”. Dicha suerte se tornaba distinta a la que frecuentaba la plebe que echaba mano de puñales. Sin embargo esto ya es señal de que el toreo de a pie comenzaría a tomar fuerza. Otra escena de la fuente de Acámbaro nos presenta el uso de la «desjarretadera», instrumento de corte dirigido a los tendones de los toros. En el “desjarrete” se lucían principalmente los toreros cimarrones, que habían aprendido tal ejercicio de los conquistadores españoles. Otra escena nos representa el momento en que un infortunado diestro es auxiliado por otro quien lleva una capa, dispuesto a hacer el «quite».[11]

   En la continuación de la reseña de Suárez de Peralta se encuentra este pasaje:

   Toros no se encerraban (en Chapultepec) menos de setenta y ochenta toros, que los traían de los chichimecas, escogidos, bravísimos que lo son a causa de que debe haber toro que tiene veinte años y no ha visto hombre, que son de los cimarrones, pues costaban mucho estos toros y tenían cuidado de los volver a sus querencias, de donde los traían, si no eran muertos aquel día u otros; en el campo no había más, pues la carne a los perros. Hoy día se hace así, creo yo, porque es tanto el ganado que hay, que no se mira en pagarlo; y yo he visto, los días de fiesta, como son domingos y de guardar, tener muchos oficiales, alanos, que los hay en cantidad, por su pasatiempo salir a los ejidos a perrear toros, y no saber cuyos son ni procurarlo, sino el primero que ven a aquél le echan los perros hasta hacerle pedazos, y así le dejan sin pagarle ni aún saber cuyo es, ni se lo piden; y esto es muy ordinario en la ciudad de México y aún en toda la tierra.

Y es que don Luis de Velasco, contaba

con la más principal casa que señor la tuvo, y gastó mucho en honrar la tierra. Tenía de costumbre, todos los sábados ir al campo, a Chapultepec, y allí tenía de ordinario media docena de toros bravísimos; hizo donde se corriesen (un toril muy lindo); íbase allí acompañado de todos los principales de la ciudad, que irían con él cien hombres de a caballo, y a todos y a criados daba de comer, y el plato que hacían aquel día, era banquete; y esto hasta que murió.[12]

   Complementa la cita A de V-A haciendo eco de lo anotado por Suárez de Peralta:

Vivían todos contentos con él, que no se trataba de otra cosa sino de regocijos y fiestas, y las que lo eran de guardar, salía él en su caballo a la jineta, a la carrera, y allí la corrían los caballeros; y era de manera, que el caballo que la corría delante de él aquellos días, sólo, y la pasaba, claro, era de precio; y así todos no trataban de otra cosa sino de criar sus caballos y regalarlos para el domingo, que el Virrey le viese correr, y tener sus aderezos muy limpios. El los veía pasar su carrera; y eran tantos, que con ir temprano faltaba tiempo; y era la prisa de ir a la carrera, que llegaban cinco o seis al puesto, uno tras de otro; y pretales de cascabeles todos los llevaban de su casa, los mozos por la prisa: en verdad que creo, de ordinario los que la corrían paseada eran más de cincuenta. Tanta era la gente que iba, que no dejaban correr los caballos, ni aun pasar, si no era atropellándola; ni bastaban alguaciles, que iban con el Virrey, a apartarla. De allí se iba el Virrey a su casa, llenas las calles de hombres de a caballo, y él, en las que le parecía, llamaba a su caballerizo y corría con él un par de parejas; y esto hacía por no engendrar envidia en los caballeros, si era su compañero uno y otro no; y usaba de este término para no agraviar a nadie. Con esto los tenía a todos muy contentos y no pensaban en más de sus caballos y halcones, y en cómo dar gusto al Virrey y ellos en honrar su ciudad con estas fiestas y regocijos.[13]

   Al referirse Juan Suárez de Peralta a los “toros de los chichimecas”, nos está dando elementos para comprobar que en aquel tiempo era común traerlos desde aquellas regiones que hoy ocupan los estados de Coahuila y hasta el norte de Guanajuato. Dicho ganado no es sino el bisonte, búfalo ó cíbolo, como se le conoce al mamífero, animal cuadrúpedo, del orden de los rumiantes, llamado en Europa toro de México o mexicano, por parecerse a un toro ordinario, con la diferencia de que sus astas están echadas hacia atrás, y el pelo largo y parecido a la lana de un perro de aguas ordinario: es montaraz, poco domesticable, y andan en manadas en las espesuras de los bosques, especialmente en la provincia de Texas.[14]

FIRMA VIRREY LUIS DE VELASCO...

Disponible en internet marzo 7, 2016 en: http://www.esteticas.unam.mx/revista_imagenes/dearchivos/dearch_romero01.html

   Este tipo de ganado se “lidió” en la segunda semana de fiestas organizada en 1734 para celebrar la recepción del arzobispo-virrey Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, ocurrido en el mes de junio de aquel año. El dato que nos habla sobre aquella presencia se encuentra registrado en la “cuenta de gastos” que da fe de todo lo invertido en las mencionadas celebraciones.[15] En la foja 59 aparece el siguiente dato: “Ytt. por siete pessos que se pagaron a los Baqueros que hizieron el encierro de los Sibolos, que se traxeron del R.l Alcázar de Chapultepeque, para lidiarse en la plaza, el último día de la Segunda Semana de la lidia de Toros”.

CONTINUARÁ.


[1] José Francisco Coello Ugalde: “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”. México, 2009. 599 p. Ils., fots., grabs. (Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas, 62).

[2] Artemio de Valle-Arizpe: Historia de la ciudad de México según los relatos de sus cronistas. México, 5ª ed., Editorial Jus, 1977. 531 p., p. 124.

[3] Juan Suárez de Peralta: Tractado de la Cavallería jineta y de la brida… op. Cit.

[4] Ibidem., p. 5. Dice José Álvarez del Villar que, como tratado de equitación, nos revela los métodos y procedimientos que usaron los jinetes mexicanos a fines del siglo XVI, cuando aquellos hombres de a caballo alcanzaron fama de ser los mejores del mundo, y si las técnicas han de justificarse por sus resultados, ningún elogio mejor puédese hacer de ellas.

[5] Ibid., p. 10.

[6] Juan Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento de las Indias… op. Cit.

[7] Ibidem., p. 54.

[8] Ibid., p. 100.

[9] José Álvarez del Villar: Orígenes del charro mexicano. México, Librería A. Pola, 1968. 173 p., p. 18.

[10] Empeño de a pie. Obligación que, según el antiguo arte de rejonear, tenía el caballero rejoneador de echar pie a tierra y estoquear al toro frente a frente, siempre que perdía alguna prenda o que la fiera maltrataba al chulo.

[11] Quite. Suerte que ejecuta un torero, generalmente con el capote, para librar a otro del peligro en que se halla por la acometida del toro.

   Se conoce como suerte e impropiamente tercio de quites a la suerte que los diestros realizan por turno con el capote entre puyazo y puyazo.

[12] Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento…, op. cit.

[13] Valle-Arizpe: Historia de la ciudad de México… op. Cit., p. 154.

[14] Salvador García Bolio: “Plaza de Toros que se formó en la del Volador de esta Nobilísima Ciudad: 1734. [Cuenta de gastos para el repartimiento de los cuartones de la plaza de toros, en celebridad del ascenso al virreynato de esta Nueva España del el Exmo. Sor. Don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta]”. México, Bibliófilos Taurinos de México, 1986. XX + 67 p. Ils., facs., p. XIV: “Dies y Ocho pesos que tubo de Costo el armar Vn toril, para las Cibolas, que Se trajeron a lidiar…”, “…Síbolos, que se traxeron del R.l Alcazar de Chapultepeque, para lidiarse en la plaza, el último día dela Segunda Semana de la lidia de Toros (justo el jueves 10 de junio).

[15] Archivo Histórico del Distrito Federal (AHDF). Ramo: Diversiones Públicas, Leg. 855, exp. 6: “Repartimiento de los quartones de la plaza de toros.-Formada en la deel Bolador de esta ciudad, en zelebridad deel asçenco al Virreynato de estta Nueva España de el Exmo. Sor. Dr. Don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, Digníssimo Arcp. de México. Y la Qventa General de Todos los Gastos Erogados, el Tiempo de estas Fiestas. Siendo Comissarios de ellas, Dn. Juan de Baeza, y Bueno, y Dn. Phelipe Cayetano de Medina, y Saravia, Regidores de esta Novilís.ma Ciudad de México”. Año de 1734.

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LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO… (VII).  

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   De regreso con los borbones, quienes al igual que la católica Isabel, dispusieron un cambio de fisonomía para la fiesta de toros. Sin embargo, como hemos visto, la continuidad se garantiza gracias a la forma en que el pueblo la acepta y se apropia, proporcionándole -conforme a cada época- un sello propio. Y tanto la «buena señora… (volvió) a disfrutarla con toda su fiereza», así también los borbones apoyan inclusive la promoción de la fiesta en diversos sentidos, que ni la «Pragmática-sanción» con la cual se «prohibían las fiestas de toros de muerte en los pueblos del Reino» de 1785 provocó daño alguno y las cosas siguieron un curso normal.

   Que hubiera en Nueva España algunos virreyes poco afectos a los toros es natural, pero una prohibición de gran alcance no se dejó notar. En 1801 el virrey Marquina, el de la «famosa fuente en que se orina» prohibió una corrida ya celebrada con mucha pompa, a pesar de la gota del simpático personaje.

   En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición «absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte». En el fondo se pretendía

Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[1]

   Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

   No hay mucho que decir. El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más,

En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[2]

   Toros y teatro parecían opuesto, pero comunes, a los ojos del obispo Palafox en 1644.[3] Hasta antes y durante el movimiento de independencia, pocos son los festejos celebrados en tiempos que ya son turbulentos. Pero la guerra dio paso al ocio y entre batalla y batalla, los más importantes caudillos encabezaban este o aquel espectáculo, siguiendo la lógica del Fiscal de la Real Hacienda quien, en noviembre de 1813 estaba de acuerdo con los espectáculos públicos, por la razón “política de llamar la atención del pueblo a objetos indiferentes, que ocurran en su consternación e impidan que su imaginación se corrompa”.

   Con la salida de los ejércitos invasores de España y la asunción al trono de Fernando VI en 1814 fue motivo para que una vez más se lidiaran toros, a pesar de que el virrey Félix Ma. Calleja no muy afecto a tales divertimentos los autorizara, encargando al cabildo del ayuntamiento la organización de los mismos. Dicha orden iba en sentido contrario a la costumbre del Ayuntamiento que se encargaba de esto. Pero el hecho es que, al darse la orden era una forma de humillar a quienes habían apoyado las reformas liberales. Todos ellos -criollos liberales- formaban el cuerpo oficial y representativo del corazón político de una Nueva España sumergida en la transición por la independencia. Aunque tal fue la pugna entre esto y aquel, que Calleja pronto decretó la desaparición del ayuntamiento electo (criollos liberales), para reinstalar al anterior Con toda seguridad un grupo más nutrido de españoles), por lo que les evitó la carga molesta a que se enfrentaban.

   Todo lo anterior es el soporte en el que las corridas de toros y sus aderezos se celebrarán durante el siglo XIX.

   A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito «desorden», resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Vale la pena detenernos un momento para explicar que el hecho de acudir continuamente a la expresión «anarquía», es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es más bien, una manera de explicar la condición del toreo cuando este asume unas características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada  de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más  representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró). Prevalecía también aquel ambiente antihispano, que tomó la cruel decisión (cruel y no, ya que no fueron en realidad tantos) de la expulsión de españoles -justo en el régimen de Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó-. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabizbaja de un México en  reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad.

   Con la de nuestros antepasados era posible sostener un espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas ya relatadas atrás con amplitud. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.

   Para terminar con esta visión o revisión que me he propuesto, deseo incluir a continuación un documento que parece reunir el todo de las expresiones hasta aquí desarrolladas. Se trata de un cartel en el cual se da cuenta de la actuación que Bernardo Gaviño protagonizó en 1855. Veamos.

Plaza de toros en el Paseo Nuevo.

Función de beneficio de las haciendas de Atenco y el Cazadero.

Magníficos fuegos de artificio.

Iluminación general de la plaza.

Domingo 4 de febrero de 1855.

SOBRESALIENTE Y EXTRAORDINARIA FUNCIÓN.

Que los dueños de las haciendas de Atenco y el Cazadero, dedican a S.A.S. el general presidente de la República, D. Antonio López de Santa-Anna, general de división, benemérito de la patria, Gran Maestre de la nacional y distinguida orden mexicana de Guadalupe, caballero gran cruz de la real y distinguida orden española de Carlos III; y a su muy digna esposa la serenísima Sra. D.a Dolores Tosta de Santa-Anna.

   Teniendo los propietarios de dichas haciendas por su contrata el derecho de elegir el día de su beneficio, se han apresurado a verificarlo en el presente, con el objeto de dedicarlo a SS. AA. SS., y deseando que la función sea digna de la alta categoría de las personas que la honran, y de la respetable concurrencia que tanto gusto ha demostrado por esta diversión en la presente temporada, han marchado los dueños de Atenco y el Cazadero a sus respectivas fincas, para escoger personalmente los toros que se han de lidiar en su beneficio, de más bravura y valentía entre sus ganaderías; así lo han hecho en efecto, probándolos a su satisfacción antes de traerlos a México, y pueden asegurar que nada dejarán que desear a los espectadores. Deseando igualmente que la función tenga algo de extraordinario, se lidiarán, sin matarse, una o dos vacas de la raza de Atenco, para que los señores concurrentes conozcan la bravura de ellas, proporcionando por primera vez este arriesgado espectáculo en México. Además, después de la corrida se iluminarán las lumbreras y corredores de la plaza, y se quemarán unos magníficos fuegos de artificio, hechos y dirigidos por el aplicado mexicano que dispuso los de las funciones anteriores, habiéndose esmerado para los presentes, que serán más variados y vistosos.

   La plaza estará completamente adornada.

El orden de la función es el siguiente:

Tan luego como se presenten en la plaza SS. AA. SS., la tropa designada de uno de los cuerpos de preferencia hará los honores debidos y despejo de la plaza, como siempre se ha verificado. En seguida la acreditada cuadrilla de Bernardo Gaviño lidiará hasta

OCHO TOROS,

 si la tarde alcanzare, alternándose de las mencionadas casas, y distinguidas como lo ha hecho siempre la empresa, con divisas encarnadas los de Atenco y amarillas los del Cazadero.

   En uno de los intermedios se presentarán, como se ha indicado ya,

UNA O DOS VACAS

 de la referida raza de Atenco, que serán lidiadas de una manera conveniente sin darles muerte, cuyo espectáculo por ser la primera vez que se verifica, ha de sorprender sin duda a la concurrencia.

   Para mas amenizar la función, y por ser diversión que siempre agrada, se ha elegido uno de los mejores toros de Atenco para ser lidiado por

LA CUADRILLA EN ZANCOS,

 con la valentía y destreza que lo ha hecho siempre que la empresa lo ha determinado, concluyendo la corrida con el

Toro embolado

de costumbre.

   En seguida se iluminará el interior de la plaza de una manera muy agradable, y tendrán lugar los magníficos

FUEGOS DE ARTIFICIO

 que como se ha dicho, ejecutará el empeñoso pirotécnico mexicano, que con tanto gusto y vistosas transformaciones ha desempeñado otros en la misma plaza a satisfacción de todos los espectadores.

   Esto han dispuesto los interesados en la función, y los señores concurrentes conocerán que, más que su interés particular, han consultado el deseo de agradar y de manifestar su gratitud, por la predilección con que siempre se han recibido sus ganados. Si esto han conseguido, estarán cumplidas sus aspiraciones.

PRECIOS DE LAS LOCALIDADES.

 

Lumbreras por entero con 8 boletos                          10 ps.

Entrada general de sombra, sea en grada,

            Tendido o lumbrera no arrendada                 10 rs.

Entrada general de sol                                                3 rs.

NOTA.-Los boletos se expenderán en la librería del Portal de Agustinos número 3, Tercena del tabaco frente a la Profesa, nueva sedería de la Sirena en el Empedradillo, cerería del Hospital Real número 7.-Estanquillo del Puente de San Francisco.-Los sobrantes se expenderán el día de la función en las casillas de la plaza.

   La corrida comenzará tan luego como se presente SS. AA. SS.

CARTEL_04.02.1855_PASEO NUEVO_BGyR_ATENCO y CAZADERO

   De tal ocasión, destaca esta nota:

EL ÓMNIBUS_06.02.1855_p. 3

El Ómnibus, del 6 de febrero de 1855, p. 3.

   Bernardo Gaviño, no conforme con ser figura destacadísima para esos momentos, todavía tuvo la gracia de poner banderillas a caballo, lo que lleva a convertirlo en réplica de las demostraciones que, dos años antes había desempeñado Ignacio Gadea en la misma plaza justo en su presentación, ocurrida el 23 de enero de 1853 con el siguiente cartel: Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

   “Se presentará por primera vez en esta capital una notabilidad en el ARTE para BANDERILLEAR A CABALLO, el famoso IGNACIO GADEA, quien desempeñará esa suerte con el caballo ensillado, poniendo también algunas flores en la frente, y después en pelo, arrojando atrevidamente la silla, sin apearse, colocará otros pares de banderillas. Teniendo además la habilidad de COLEAR de una manera enteramente nueva y desconocida en esta capital, dará también una prueba de ella”.

   Como puede observarse, el conjunto de elementos colaterales o parataurinos que se desarrollaron en buena parte del siglo XIX mexicano, nos dejan ver la jubilosa puesta en escena que discurrió en forma por demás excesiva, caótica pero también distintiva de un espectáculo que adquirió intensidad en sus representaciones, muchas de las cuales fueron fruto de improvisación, espontaneidad y una natural capacidad de asombro que sorprendió a propios y extraños.

   Ya lo decía Madame Calderón de la Barca, allá por 1840: “Los toros son como el pulque. Al principios les tuerce uno el gesto… después les toma una el gusto”.

CONTINUARÁ.


[1] Flores Hernández, “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces…”, op. Cit., p. 263.

[2] Benjamín Flores Hernández. La ciudad y la fiesta, p. 111.

[3] Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos?… Op. cit., p. 47.

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