A 30 AÑOS DE LA MEMORABLE FAENA QUE PEDRO GUTIÉRREZ MOYA REALIZÓ CON “SAMURAI” DE “BEGOÑA”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Regresemos en el tiempo 30 años. Para entonces y al cabo de 100 años, la afición de la ciudad de México, había logrado hacer suyos a una serie de toreros españoles considerados como “ídolos”. Allí estaban, entre otros: Luis Mazzantini, Antonio Montes, Manuel Jiménez Chicuelo, Joaquín Rodríguez Cagancho, Manuel Rodríguez Manolete…, Manuel Benítez El Cordobés, Diego Puerta… A ese numeroso grupo se agregó Pedro Gutiérrez Moya Niño de la Capea quien la tarde del 4 de mayo de 1986 conquistó a los taurinos gracias a la célebre faena a Samurai, de Begoña.

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Fotografía, Manuel Navarrete, publicada en El Heraldo de México.

   La plaza “México” llena hasta la bandera, quedó convertida aquella tarde en auténtico manicomio. Cada lance, cada pase de aquella prodigiosa y caudalosa labor técnica y estética producían una especie de impulso eléctrico. Recuerdo que la gran mayoría estuvimos al borde nuestros asientos que parecían tener resortes, pues casi estoy seguro, y no quiero equivocarme, al afirmar que es una de las últimas grandes obras que han conmovido de manera por demás demoníaca, como lo fue también en su momento el episodio que Rodolfo Rodríguez El Pana nos produjo la tarde de su “despedida y resurrección”: el 7 de enero de 2007. Por cierto, ¡fuerza, Rodolfo!

   Es decir que, lo apolíneo y dionisíaco se dieron la mano en aquella célebre jornada que además, trajo consigo, una brillante culminación: el indulto de aquel ejemplar de pinta colorada. De salida, brincó la barrera, luego en el tercio de varas desmontó al primer picador lanzándolo al callejón, hasta terminar recibiendo tres puyazos. Fue un toro que tenía, a decir de José Alameda, una “bravura alegre”, ingrediente que sirvió para que el salmantino planteara los cites desde largo, dándole luego a cada uno de los pases la dimensión necesaria en armonía con el impulso del toro y su indispensable respiro.

   Y sigue diciéndonos Alameda en la crónica que publicó al día siguiente en El Heraldo de México:

   “Eso fue lo bonito, la vistosidad de aquellas arrancadas y el gran recorrido del toro que el torero no sólo aprovechó sino que fomentó con gran talento, de modo que pudo prolongar las series, siempre cabalmente rematadas. Huelga decir que dio muchos muletazos en redondo con la derecha y con la izquierda. Fue de lo más original su manera de cambiarse la muleta por la espalda a favor de la larga embestida del toro. Hubo un muletazo precioso, tomando al toro de costado para hacerle describir una curva perfecta, como un derechazo al revés… En un momento dado, el tendido comenzó a cubrirse de pañuelos blancos; el público pedía el indulto del toro… Así que cuando Capea quiso perfilarse para entrar a matar, surgió la protesta… Sin embargo la autoridad no accedía… La escena se repitió varias veces… Hasta que por fin, la presión fue tal que el juez también sacó su pañuelo blanco, y el toro, perdonado, volvió a los corrales”.

   Y mientras se desarrollaban estos acontecimientos, recuerdo que desde distintas partes del tendido comenzó a surgir el grito sincero de “¡Paisano!”, ¡Paisano!”, con lo que nuestra afición abría simbólicamente las puertas de estas tierras para convertirlo en uno más de nosotros. Y es que el adjetivo “paisano” tiene, entre sus connotaciones, una muy peculiar que aplica en forma entrañable –por lo menos entre los mexicanos-, ya que es una demostración sincera de integrar a todo aquel que por alguna razón, ha trascendido. Y ese mérito lo logró con creces Pedro Gutiérrez Moya, quien desde aquel entonces y hasta estos días, en que luego se deja ver, sigue recibiendo cariñosas demostraciones de quienes rememoran aquella efeméride…, como si hubiera sido apenas ayer.

   Hay gritos estentóreos, gritos desesperados…, gritos entusiastas como este “¡Paisano!” que luego llega a oírse de nuevo desde los tendidos, quizá ya no de manera tan entusiasta. Es posible que aquella gesta se convirtiera desde entonces en cumbre conquistada, o lo que es lo mismo: en la aspiración de todos aquellos que al verla, pretenden alcanzarla.

   En 30 años ¡lo que no hemos visto! Sin embargo, se puede contemplar todavía desde esa cumbre, el estandarte que, como “una pica en Flandes”, fue a poner en ese sitio Pedro Gutiérrez Moya.

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   Un samurai, es una especie de guerrero japonés, servidor de reyes. Pues bien, al día siguiente ese toro todavía siguió siendo noticia. Antes de serle restañadas las heridas, y mientras se realizaba la operación en los corrales en el coso de Insurgentes, un movimiento inesperado; alguna señal inoportuna… el hecho es que sobrevino la tragedia. Felipe Sánchez Reyes, a sus entonces 16 años de edad, dedicado a barrer los corrales, recibió cuatro cornadas de Samurai, quien en forma vertiginosa hizo el viaje sobre una puerta, destrozando el cerrojo y botándola casi como si esta fuera de papel.

Fue el Dr. Xavier Campos Licastro quien lo atendió luego de casi hora y media de haber transcurrido el desagradable percance, ya que nada ni nadie –y mucho menos Felipe Sánchez-, esperaban sucediera un imprevisto de tamañas dimensiones.

   Treinta años ya…

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