LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX. (X).  

 

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

EL CIRCO EN LA PLAZA...

   Independientemente de que se realice un detenido análisis e interpretación a un seleccionado y rico conjunto de carteles decimonónicos, con objeto de entender el discurso manejado durante aquellos tiempos, haré un balance sobre algunos pasajes que manejan permanentemente ese ingreso a la fantasía, alentada por los organizadores y actores, cuyo movimiento intermitente, mantenía atentos a los espectadores de lo que ocurriera en el escenario.

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Heredia ilustró, Cumplido publicó. Escena fascinante de la REAL PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO. La fiesta poco a poco va mostrando signos de lo que ya es para la tercera década del siglo XIX. Véase al fondo a un “payaso”. Fuente: Colección del autor.

   A lo largo de este trabajo hemos visto como los carteles proporcionan elementos muy ricos que no solo matizan y dan idea de lo que fue ese tiempo. También plantean la condición con que concitaban a los espectadores y la forma en que se suscitaba el desenlace de aquel acto convocado para el gozo de multitudes siempre dispuestas a la fascinación.

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Da la impresión que acontecimientos ocurridos en el Coliseo a finales del siglo XVIII, fueran empatando poco a poco con las plazas, o que de estas, también sus actividades específicas se incorporaran al teatro, con lo que al final se tuvo también como resultado una especie de “descomposición” o nuevo discurso que devino teatro, o en el mejor de los casos, circo. Al entenderse en el diálogo que se produjo entre estos escenarios, la plaza de toros, nuevamente fue un espacio que permitió el desarrollo de aquellas funciones, quizá como una búsqueda de novedades o un desacuerdo entre lo que el esquema español seguía imponiendo, aún a pesar de las notorias debilidades políticas o religiosas que ya comenzaban a sentirse en el ambiente. Justamente en el nivel social, se declaraba abiertamente un relajamiento, el cual también pudo haber sido ingrediente para aquel curioso pero efectivo trasvase entre la plaza, el teatro y el circo.

Cartel del Coliseo -17 de marzo de 1791-, que anuncia la llegada “a esta Ciudad (de) la Famosa Compañía de los Bolantines…”Col. Del autor.

   Esta retrospectiva quiere detener en el tiempo a los itinerantes para gozar con ellos en un mismo sitio, y donde la unidad sea el fin de todos sus “números”, por un mismo boleto. Así, toros, payasos, acróbatas, fuegos de artificio, actores, charros, el “embolado” para el pueblo y los propios toreros, daban paso a la función en medio de circunstancias de suyo especiales, incomparables, pues –y como ya lo he dicho-, eran distintas las unas de las otras.

   Pero además hay una acción-reacción ante el significado de la doble presencia vital dada entre la plaza y el circo, escenarios integrados que solo necesitan la aparición, la presencia de los escenarios efímeros para dar rienda suelta a sus naturales y espontáneas expresiones. Esa acción-reacción se da cuando “el circo reafirma la escisión entre espectáculo y público que si bien ya era característica de algunas diversiones arraigadas principalmente en las ciudades, como el teatro por ejemplo, no existía aún en las fiestas de las comunidades rurales” (Juan Pedro Viqueira Albán).

   Es el exotismo, pero también el despliegue de las capacidades de dominio del hombre sobre la naturaleza lo que asombra al público fascinado por aquel conjunto de sorpresas, cuyo lindero con lo sobrenatural provoca la emoción, la mantiene al pendiente del mínimo de los detalles.

   Dentro de ese exotismo no escapaban las corridas de toros del siglo XIX, intercaladas perfectamente en esa unidad que logró con el conjunto de recreaciones circenses, ámbito, atmósfera de vientos siempre frescos, obra que, en conjunto era orquestada e interpretada por actores cuyo papel no se limitaba a la sola representación de su “parte en la obra”, fuese esta protagónica o secundaria. Pues lo mismo podían vestir de luces que de arlequines, como sucedió muchas tardes ya en la plaza, ya en el teatro que proporcionaban sus espacios para la representación cuya reciprocidad, simbiosis, sincretismo o efecto híbrido daba y garantizaba el espectáculo en todo su esplendor.

   Entre los antecedentes conocidos se tiene la fecha del 11 de diciembre de 1670 cuando hubo toros en la Plaza Mayor, fecha en la que participaron cirqueros, quienes lucieron en la maroma, actuación que volvemos a encontrar hasta 1742 cuando el circo se mete de nuevo a la plaza.[1] Fue en ocasión de la toma de posesión del Virrey Conde de Fuenclara, cuando entre noviembre (26, 27, 28 y 29) y diciembre (1º) hubo fiestas en el Volador. El último día se puso a la vista “un primoroso, ágil y diestro maromero, cuyas prestas, ingeniosas suertes le divirtieron lo más de la mañana”.

   Aunque fue hasta 1769, en tiempos del Marqués de Croix cuando el espectáculo taurino empezó a ser enriquecido con otra gama de condiciones, en un tiempo en que no parecía ordenarse todavía la fiesta. En un tiempo en que aquel espectáculo deliberadamente libre, alejado de los principios normativos elementales, que ya se estaban poniendo en marcha por aquellos mismos años. Sin embargo al estar enquistadas aquellas expresiones en el bagaje taurino, las primeras disposiciones con fin correctivo no tienen otro recurso que aceptarlas y alentarlas, como las alentó el público, lo mismo que asentistas o empresarios y actores, quienes consintieron su integración. Volviendo a lo ocurrido en 1769, las funciones taurinas vieron la participación de un torero, precursor del payaso o loco de los toros, que vestía el traje de los dementes de San Hipólito, el cual provocaba a la fiera y se metía violentamente en una pipa vacía, recibiendo esta la embestida del toro, a la manera de los dominguejos.

   Y ya fue en 1790 cuando en el Minera de Santa Fe de Guanajuato, con motivo del cumpleaños del futuro Fernando VII, una cuadrilla completa de maromeros y arlequines diestrísimos, lidiaron y mataron una corrida de toros en el Coliseo, no en la plaza como era de esperarse.

   En febrero de 1833, la plaza de “El Boliche”, ubicada en lo que hoy día es el cruce de Av. Hidalgo, Santa Veracruz y la calle 2 de abril, se presentó la Compañía de Circo y equitación, comandada por Mr. Green anunciando su espectáculo como función “hípico-mímico-acrobática”, con pantomima tales como: “El Soldado Borracho”, “Don Quijote y Sancho Panza”, sin que faltara el imprescindible payaso.

   Y así como Tomás Venegas “El Gachupín Toreador” se presentó en 1790 en la plaza de San Lucas para compartir su actuación con peleas de gallos, carreras de liebres, maromas, pantomima, etc., en pleno siglo XIX, fue el diestro Bernardo Gaviño, ídolo de la afición quien teniendo como escenarios las plazas de San Pablo o Paseo Nuevo se acompañaba de las compañías completas de circos instalados entonces en los barrios de la ciudad. También de toreros que interpretaban papeles propios de las mojigangas, charros habilidosos y diestros para ejecutar las suertes del coleadero, maestros de la iluminación o de la escenografía efímera que terminaron convirtiendo la expresión de las corridas de toros en una fiesta singular. Y aquí el concepto de “fiesta” proyecta distintas connotaciones concentradas en el fin de buscar como divertir, con qué medios y el fin mismo de la diversión.

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Cartel de la plaza de toros DEL PASEO NUEVO para el domingo 22 y martes 24 de febrero de 1857. (Detalle).

Fuente: Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, 1938.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO / FUNCIONES EXTRAORDINARIAS DE CARNAVAL, / Para el Domingo 22 y Martes 24 de Febrero de 1857 / CUADRILLA DE BERNARDO GAVIÑO / TOROS DE ATENCO. / MAGNÍFICOS FUEGOS ARTIFICIALES. / Sobresaliente Iluminación.

   Al terminarse la presente temporada de corridas, es un deber de la empresa dar las gracias al público que la ha favorecido en todas ellas, y al mismo tiempo presentarle las dos últimas funciones lo más sobresaliente posible para lo cual no ha omitido gasto ni diligencia alguna; si con ellas logra complacer a los espectadores, quedará completamente satisfecho su deseo.

   DOMINGO 22 / En esta primera función comenzará la corrida jugándose / CUATRO TOROS, / de lo más escogido que se ha encontrado en el Cercado de Atenco, que por su hermosura y valentía en nada desmerecerán de los que hasta aquí se han estado lidiando.

   Para que la cuadrilla pueda retirarse a cambiar de traje, se echarán

DOS PARA COLEADERO, / y en seguida volverá a presentarse caprichosamente / VESTIDA DE MÁSCARA / y jugará otros / DOS TOROS / de la misma Raza de Atenco, y de tan buena calidad como los primeros; ejecutándose en el que sea más a propósito la difícil suerte de  / BANDERILLAR A CABALLO / por un aficionado que también estará enmascarado. Concluyendo la corrida con el / TORO EMBOLADO de costumbre.

   En seguida aparecerá vistosísimamente iluminado el interior de la Plaza y tendrán lugar unos magníficos / FUEGOS / DE ARTIFICIO, / dispuestos con todo esmero y gusto por especial recomendación que se ha hecho al hábil pirotécnico mexicano, que ha ejecutado los que con tanto agrado ha visto el público en otras varias funciones.

   MARTES 24 / Como en la corrida anterior, se ha dispuesto que en la de este día, comience jugándose / CUATRO ARROGANTES TOROS / de la tantas veces recomendada justamente Raza de Atenco, y en seguida se presentarán los / DIABLOS EN ZANCOS / a jugar un valiente / TORETE DE ATENCO, / el que también será lidiado por la intrépida aficionada / ÁNGELA AMAYA, / que por segunda vez se presentará en esta plaza, y ejecutará las tres suertes, de / PICAR, BANDERILLAR Y MATAR, / con la serenidad y valor de que ha dado pruebas. / De nuevo aparecerá la cuadrilla toda en / TRAGE DE MÁSCARA, / y lidiará los otros / DOS TOROS / de la corrida, repitiéndose en uno de ellos, la difícil y arriesgada suerte de / BANDERILLAR A CABALLO, / por otro aficionado vestido igualmente de máscara; terminando la función con el / TORO EMBOLADO / para los aficionados.

TIP. DE M. MURGUÍA                                              Manuel Gaviño.

   Durante muchos años esa condición compartida de muchas fiestas en un solo escenario, fuese profano o político, como cuando en 1857 se realizaron festejos por el regreso del presidente sustituto Ignacio Comonfort, el cual fue invitado a acudir a diversos eventos en los teatros de moda: El Nacional, Iturbide o el Nuevo México, así como a la plaza de toros. Ocurrió lo mismo cuando ese mismo año entró el Ejército Libertador a la Ciudad de México.

   Uno de los más fascinantes -¡cuál no era fascinante!- fue el efectuado el domingo 27 de febrero de 1861 y que recoge Armando de María y Campos en las siguientes notas:

de los números de mayor éxito presentados en las funciones de circo de mediados del siglo pasado, fue el que a cargo de una “señora Elisa”, contemplaron, punto menos que asombrados, los espectadores a la función celebrada en la plaza de El Paseo Nuevo el domingo 17 de febrero de 1861. Dice un programa: “La señorita Elisa de presentará llevando consigo un cuarto de carnero, y se introducirá en el horno que está colocado en el centro de la plaza, ardiendo a satisfacción del público, y se mantendrá en él hasta que la carne quede perfectamente asada, quedando en plena libertad el público que se sirva honrar esta función para reconocer el grado de calor que encierre dicho horno”.

   Quien sabe quién estaría más “frito” durante la celebración de este acto, si la intrépida reina del fuego, señorita Elisa, o los asombrados espectadores incrédulos.[2]

Sin embargo así como hubo circos cuya procedencia extranjera era mejor aceptada que los nacionales, comenzó a darse una respuesta contraria a las maromas y a las corridas de toros, en medio de un ambiente que estaba alentado por una prensa cada vez más proclive a contrariar aquellas representaciones eminentemente mexicanas, fomentadas por el emperador Maximiliano, pero que tuvo un enorme contrapeso en la presencia de varias plumas casadas con la modernidad, dispuestas a no aceptar la barbarie y el primitivismo de espectáculos y representaciones que durante el segundo imperio comenzaron a ser blanco de críticas sistemáticas, lo cual, y en el fondo, alentó junto con otros factores las razones para prohibir las corridas de toros en 1867, año que fue escenario de acontecimientos de enorme trascendencia para los destinos de México.

   Al paso de los años aquellos espectáculos: circo y toros pervivieron. Las corridas encontraron abrigo en la provincia mientras estuvieron prohibidas en el Distrito Federal (1867-1886). Los circos, como el de Chiarini o de Buislay aprovecharon las ruinas del Paseo Nuevo. Pero con el paso de los años, uno y otro espectáculo se acomodaron en su propio espacio, y si alguna vez convivieron es porque se ha buscado que no desaparezcan. Recuerdo en la hacienda de Atenco, apenas en junio de 1999 la representación de una mojiganga, reducto de aquella grandeza que recoge varios siglos de auténtica expresión popular, que no olvidó la comunicación permanente que se tendió entre la plaza y el campo.

   Y todo esto se buscaba para cumplir la sencilla misión de reunir dos elementos semejantes con un mismo fin: la fiesta,[3] o era con objeto de compensar, de equilibrar ante un interesante cuestionamiento hecho por Juan Pedro Viqueira Albán en el siguiente sentido: “¿No es la tragedia, el enfrentamiento de los instintos “naturales” del hombre a las reglas sociales? ¿No es la comedia la sátira de los inadaptados sociales? Como si las dos preguntas representaran una auténtica tragedia venida desde la entraña del teatro, en oposición al solo significado de que el circo “presenta al hombre casi siempre solo ante el mundo natural, al que debe vencer”. Y en ese sentido, el aspecto “teatral”, rico en matices se hizo notorio desde fechas tan tempranas[4] en la Nueva España.

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Cartel de la plaza principal de SAN PABLO para el jueves 11 de junio de 1857. Fuente: Colección Julio Téllez García.

TOROS / EN LA / PLAZA PRINCIPAL / DE S. PABLO, / El jueves 11 de junio de 1857 / FUNCIÓN SORPRENDENTE, / DESEMPEÑADA POR LA CUADRILLA QUE DIRIGEN / D. SOSTENES / Y / D. LUIS ÁVILA.

   Animado el empresario por sus amigos y por infinitos aficionados a esta diversión para que en esta hermosa plaza se den corridas de toros, no ha omitido gastos ni diligencia alguna para vencer las dificultades que se le han presentado: en tal concepto, arregladas estas, tiene la satisfacción de anunciar al respetable público, que la tarde de este día tendrá lugar la primera corrida de la presente temporada.

   Siendo Don Sostenes Ávila el capitán de dicha cuadrilla, y presentándose por la vez primera en esta plaza, tiene el honor de ofrecer al bondadoso público mexicano, sus débiles servicios, suplicándole al mismo tiempo se digne disimular sus faltas; en el bien entendido, de que tanto él como sus compañeros, no aspiran más que a complacer a sus indulgentes favorecedores.

   A la referida cuadrilla está unido el arrojado y hábil lidiador FRANCISCO SORIA, conocido por / EL MORELIANO

Que tan justamente se ha granjeado el afecto de sus compatriotas, y el de todos los dignos concurrentes: viniendo también agregado a la cuadrilla

EL HOMBRE FENÓMENO,

Que faltándole los brazos desde su nacimiento, ejecuta con los pies unas cosas tan sorprendentes y admirables, que solo viéndolas se pueden creer: en cuya inteligencia, y tan luego como se haya dado muerte al tercer toro de la corrida, ofrece desempeñar las suertes siguientes:

Hará bailar a un trompo y a tres perinolitas.

2ª Jugará diestramente el florete, con el loco de la cuadrilla.

3ª Cargará y disparará una escopeta.

4ª Barajará con destreza un naipe.

5ª y última. Escribirá su nombre, el cual será manifestado al respetable público.

SEIS / FAMOSOS TOROS

Están escogidos a toda prueba para la lid anunciada; y si bien solo ellos con su ARROGANTE BRAVURA, serán bastantes a llenar el espectáculo complaciendo a los dignos asistentes. También contribuirá mucho al mimo objeto la buena reposición que se le ha hecho a la plaza, hermoseándola con una brillante pintura que le ha dado un artista mexicano.

   Antes del / TORO EMBOLADO / de costumbre, saldrán de intermedio / DOS PARA EL COLEADERO, / que tanto agrada a los aficionados.

TIP. DE M. MURGUÍA.

   Viqueira Albán apuntala esta exposición con las siguientes visiones:

(…) los números circenses, (…) presentan realidades fuera de “lo común”, que escapan a la regla, es decir “anómicas” (fuera de la norma”). Lo anómico se presenta en los espectáculos en los que los artistas muestran habilidades excepcionales; en aquellos en que animales realizan actos ajenos a su “naturaleza” (caballos que suman, tigres que no atacan al hombre, etc.); en los números de payasos, seres poco ordinarios tanto por su vestimenta y por su maquillaje que exagera rasgos humanos hasta deformarlos, como por su torpeza (en el caso del Augusto); en la presentación de “fenómenos” animales o humanos (caballos de cinco patas, hermanos siameses, mujeres barbudas, enanos, etc…).

   Esta característica resulta esencial para entender al circo, si tomamos en cuenta que la “anomia” es  el concepto más idóneo para comprender la situación social de los lugares a los que llegaba por primera vez el circo en el siglo XIX.

   Una consecuencia importante del carácter anómico del circo es que en la pista los límites entre lo humano y lo natural se diluyen en sus dos fronteras. Por un lado los animales domesticados actúan como hombres y los fenómenos humanos -los errores de la naturaleza- aparecen como empantanados, presos del mundo natural. Por el otro lado los ilusionistas se apropian de fuerzas “sobrenaturales”, normalmente ajenas al hombre. El circo parece poner en escena el momento en que el caos reinaba sobre la tierra, en el que hombre y naturaleza empezaban apenas a diferenciarse, en el que la sociedad no existía aún, en el que los hombres eran aún “naturales”

Resulta pues lógico afirmar que el circo en sus inicios, representaba para los espectadores que vivían en carne propia la destrucción de un mundo y el nacimiento de otro, un viaje al mundo originario, al paraíso perdido, constituyéndose así en un mito moderno que explicaba los orígenes del hombre.[5]

   Finalmente esto hace que volvamos los ojos a esa conmovedora obsesión del fin o “destrucción de un mundo” o comienzo y “nacimiento de otro”, que vuelven a la condición original de la diversión o escape de la realidad, sustentada por el hombre en sociedad, razón cuya dinámica ha ocupado el espacio de muchos siglos, y que nace, seguramente cuando hace inteligible el gozo donde las mojigangas son apenas entre muchas, un conjunto de expresiones que lo deleitaron. Y como vemos lo sigue deleitando en la medida de su permanencia bajo otras condiciones que el tiempo y muchas otras circunstancias han procurado, gracias al deseo humano manifestado en el solo objetivo que un título de José Deleito y Piñuela me ayuda para terminar esta visión: “El pueblo se divierte”.


[1] Solange Alberro: Del gachupín al criollo. O de cómo los españoles de México dejaron de serlo. México, El Colegio de México, 1992. 234 pp. (Jornadas, 122).

— p. 155: (…) cabe preguntarse en qué era distinta, durante la colonia, la ciudad de México, creación de sus moradores y matriz de su evolución, respecto de las ciudades ibéricas o más ampliamente europeas, y cómo pudieron estas diferencias reflejarse y modificar a los españoles que la habitaron.

   En primer lugar, el sitio en el que se levanta participa de otra dimensión, la del espacio americano en general (…)

— p. 163-4: ¿Qué vemos en México respecto a estos puntos? El arzobispo, el virrey, la Audiencia, la Universidad, las cárceles, la horca y el mercado compartían la misma plaza, en una concentración extraordinaria de poderes, funciones, símbolos y representaciones. Claro, los dioses sangrientos desaparecieron ante el Evangelio y unos sustitutos más humanos tomaron el lugar del emperador. Si bien los poderes ya no fueron absolutos ni totalmente de origen divino, lo religioso y lo temporal permanecieron, como en los tiempos antiguos, íntimamente ligados, en un sinnúmero de fiestas, ceremonias y manifestaciones aparatosas. Cualquier operación, desde la compra de la pitanza diaria hasta un Te Deum, cobraba en la gran plaza una relevancia peculiar: el escenario imponente en el que cada edificio correspondía a una autoridad trascendente y la atmósfera que allí imperaba, en que se mezclaban el boato de los funcionarios civiles y religiosos, los emblemas y los símbolos de sus poderes, el entorno sensorial -música, campanas, órganos, orquestas, cantos litúrgicos, rezos, bullicio del mercado, olores, incienso, copal, aromas y fetidez de flores y comida, etc.-, todo esto envolvía el acto más trivial con un vaho casi sagrado, un poco como en los tiempos del paganismo.

   En otras palabras, mientras en otras partes se estaban gestando divisiones y distinciones entre lo temporal y lo espiritual, lo público y lo privado, el vecino de México encontraba en su Plaza Mayor -o volvía a encontrar si se trataba de un indígena- algo que era sin duda único: una vivencia a la vez prosaica y marcada por el sello de lo sagrado, en la que los poderes eran percibidos como indisociables y familiares. Porque el virrey y el arzobispo estaban muy presentes en la plaza, condenados a encarnar constantemente la autoridad, ya que aparte de algunas modestas residencias en los arrabales de la ciudad, a las que iban de vez en cuando, no tenían vida privada que les permitiera reposo en el desempeño de sus funciones representativas. Ésta es la razón por la que presenciaban todo lo que constituía la vida de la ciudad y de sus moradores, por ser ellos quienes la gobernaban y le infundían peso y sentido.

— p. 175: El siglo XVIII, cuyos hombres mostraron mayor curiosidad hacia la vida en sociedad que sus antecesores, es el que mejor describió el espectáculo de la calle, su pueblo, los comercios existentes entre los distintos grupos y sectores que lo componían. Ahora bien, las calles capitalinas, los edificios públicos y los lugares de paseo resultaban ser el teatro de la mayor promiscuidad, no sólo social, como sucedía en las demás ciudades importantes del mundo occidental, sino étnica, puesto que los millares de españoles que allí vivían se perdían dentro de las masas de castas y los indígenas.

–: p. 190-2: Las numerosas fiestas civiles y religiosas eran acontecimientos privilegiados a los que todos los capitalinos concurrían, al intervenir cada grupo étnico y cada sector social en celebraciones que eran también espectáculos en los que las influencias e intercambios se dirigían ante todo a la vista y el oído. Debemos subrayar aquí la importancia de mecanismos y fenómenos casi siempre pasados por alto en historia pero que hoy día son ampliamente aprovechados con el auge planetario de lo audiovisual. En efecto, cuando dos culturas, dos grupos o dos individuos se enfrentan, sobre todo por primera vez, lo hacen ante todo a través de una mirada, un espectáculo siempre acompañado de impresiones, como los sonidos. Por tanto, las primeras percepciones para unos y otros se verifican por medio de la vista y el oído.

   Pero si la comunicación a través del lenguaje y el discurso siempre llamó la atención de los especialistas en ciencias sociales -desde los historiadores hasta los lingüistas, sin olvidar a los politólogos y demás sociólogos-, el caso es distinto en lo que se refiere a la percepción visual y a la auditiva, seguramente por lo pobre y precario de las fuentes y sin duda también porque se les atribuye un carácter estrictamente fisiológico. Sin embargo, participan de lo cultural en la medida que la palabra y, a diferencia del discurso que siempre es el hecho de una minoría cuando queda consignado, éstas son universales. Basta recordar los sentimientos violentos de horror y repulsión que los sacrificios humanos y el canibalismo practicados por los mexicas inspiraron a los españoles, o la admiración que en ellos suscitó su “policía”, para percibir la importancia y profundidad de este tipo de sensaciones que determinaron más adelante actitudes, representaciones y discursos que no tienen más fundamentos que ellas. Desgraciadamente, si bien conocemos el universo intelectual de los españoles y si numerosos estudios versan sobre el problema de los códigos y sistemas conceptuales a través de lo que interpretaron las nuevas realidades que se ofrecían a ellos en América, no sabemos prácticamente nada de lo que constituía su universo sensorial, -visual, auditivo, olfativo, gustativo, etc.-, de las reglas que lo regían ni de las relaciones que mantenía por ejemplo con la esfera del discurso, etcétera.

   Ahora bien, durante la dominación española, las calles de una capital como México brindaban el espectáculo permanente, de la confusión de los grupos sociales y étnicos más diversos, en medio de las ocupaciones más variadas. Allí era precisamente donde las sensibilidades confrontadas y hasta opuestas acababan por uniformarse, ya que aquella visión que acaso escandalizaba a un europeo recién llegado no tardaba en volverse familiar al presentársele con frecuencia, siendo la última etapa de este proceso su aceptación primero pasiva y luego quizás activa.

[2] Armando de María y Campos: Los payasos, poetas del pueblo. [El Circo en México] CRÓNICA. Ilustrada con reproducciones de programas de la época y viñetas de los mismos, de la colección del autor. México, Ediciones Botas, 1939. 262 pp. Grabs., ils. (p. 77-84).

[3] Jean Duvignaud: El juego del juego. México, 1ª ed. en español, Fondo de Cultura Económica, 1982. 161 pp. (Breviarios, 328).

— p. 25: Cuando menos, lo importante es reconocer, en toda vida humana colectiva, esa región lúdica que invade la existencia, empezando por la divagación, el sueño o la ensoñación, la convivialidad, la fiesta y las innumerables especulaciones de lo imaginario.

— p. 49: Se entra en el territorio del juego por diversas vías paralelas o divergentes entre sí, aunque todas permitan situar la actividad lúdica y precisar sus puntos de arraigo en la existencia colectiva. Y ello, desde luego, sin olvidar que diversas civilizaciones tratan el juego de una manera cada vez distinta, porque el juego jamás ocupa el mismo lugar en la vida común…

— p. 54-55: En cuanto a la fiesta, ésta presenta caracteres análogos, aunque agrupe a un mayor número de participantes. No hablamos aquí de las fiestas de aniversario ni de las celebraciones rituales, sino de esas manifestaciones irrepetibles atravesadas por una iluminación que pone en tela de juicio la propia estructura de la sociedad en que se encuentra. Durante ese estallido súbito y momentáneo de las relaciones humanas establecidas, se rompe el consenso, de borran los modelos culturales transmitidos de generación en generación, no por una transgresión cualquiera, sino porque el ser descubre, a veces con violencia, una plenitud o una superabundancia prohibidas a la vida cotidiana.

   Lo cual no equivale a decir que la fiesta sólo sea desbordamiento, efervescencia, licencia, estallido de los deseos reprimidos. Hay más que eso y obedece a la propia naturaleza del fenómeno. En lo que hay que fijarse es en la intencionalidad, en la orientación colectiva y no en lo que condiciona esa exaltación, condenada generalmente. Ahora bien, durante esa explosión -debería decirse, en el sentido etimológico de la palabra: ese “éxtasis”, un estallido del ser fuera del ser- el grupo alcanza ese estado de juego en el curso del cual puede hacerse toda clase de apuesta por la vida que vendrá.

   Desde luego, la fiesta no dura. Es perecedera en su propio principio, puesto que se desprende en un segundo deslumbrante de la sucesión inevitable y biológica del tiempo. Se antoja como un momento a-histórico en la historia y a-estructural en las estructuras sociales. No desemboca en nada sino en sí misma. La extrema intensidad de las sensaciones, las emociones, los sentimientos o las ideas que suscita, la poderosa concentración de energía mental e intelectual que desprende son su propia justificación.

— p. 119: (…) una fiesta, es exaltación de la vida que se fija en piedra, en color, o que se consume en un momento efímero, en un juego del hombre con lo que posee, que el hombre esparce en una apropiación vehemente y lúdica.

— p. 140: (…) el hombre del juego o el hombre de la fiesta buscan por su parte, no sin cierta torpeza, disponer del espacio: la fiesta arraiga, la actividad lúdica se despliega en un lugar con frecuencia escogido arbitrariamente.

[4] Salvador García Bolio: “Plaza de toros que se formó en la del Volador de esta Novilissima Ciudad: 1734”. México, Bibliófilos Taurinos de México, 1986. 67 h. Ils., grabs., facs. (Cuadernos Taurinos, 2).

   Desde las fiestas celebradas en 1734 para la recepción del nuevo virrey de la Nueva España Don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta (1734-1740) se efectuaron actividades que no solo fueron las lides taurinas. También se quemaron por la noche artificios y hubo invenciones de fuego. A esto se incluye el festejo de gallos, maromas y otras diversiones.

   Por ejemplo: “La Noche del Domingo veinte y tres de maio se inician las festividades. Se han mandado poner “Sesenta y dos hachas de quatro pabilos, en los Valcones del Rl. Palacio” y “luminarias de leña y Ocote, a la frente de las Cassas de la N.a Ciudad y en las azoteas de ellas para que la gente en el “Vezindario” disfrute a gusto de la quema de “Los Artificios é Ymbenciones de fuegos, que hizo y Se quemaron en la Frontera del Rl. Palacio, que se compucieron de Cinco Artificios de distintas hachas, y entre ellos Vn Castillo con quatro Navios. Vna dozena de granadas por lo Vajo. Cinco Ruedas portuguesas; quatro hombres armados con quatro toros. Veinte y Ocho dozenas de Coetes, los más que llaman de Ymbenciones” los cuales causaron gran expectación.

   Nicolás Velasques, andará con los Dominguejos, “parándolos”, que fueron once “dos p.a la primer sem.a y nuebe para la Seg.da”. los cuales llaman la atención por lo bien arregladas que van las “Cavezas de Madera adornadas con Sombreritos”. “Y otros que aiudaron a Cuidar los Galgos” y las “liebres”.

[5] Juan Pedro Viqueira Albán: ”Notas para una antropología histórica del circo moderno”, material de trabajo (inédito) para la realización del guión museográfico de la exposición sobre el circo en México que el Museo Nacional de Culturas Populares presentará en 1986.

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