500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XIV). LOS PROTAGONISTAS, A PIE y A CABALLO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

SIGLO XVI.

   ¿Desde cuándo el toreo de a pie se presentó como parte de una inquietud entre los hombres por dominar a una fiera y lograr con ella momentos de lucimiento técnico y estético?

   Las evidencias están plasmadas desde el contacto de estas dos fuerzas, que podemos admirar gracias al “lienzo” de cuevas que dieron cabida a la expresión del hombre primitivo.

   Ahora, trasladémonos al periodo que comprende los años 711 a 1492, en plena confrontación de moros y cristianos. Tal situación se da, entre otras cosas, gracias al apoyo del caballo. Con y sobre el caballo inició la demostración de alancear toros, desde un punto de vista de entrenamiento que sirviera para atravesar, más tarde y durante las batallas, lo mismo godos que árabes.

   Hasta aquí una visión de conjunto. Ahora ubiquémonos en México. La conquista como anejo extemporáneo de la guerra de ocho siglos también se apoya, en gran medida, en el caballo. El torneo y fiesta caballeresca fueron privativos de conquistadores primero; de señores de rancio abolengo después. Personajes de otra escala social, españoles-americanos, mestizos, criollos o indios. De lo anterior puede decirse entonces que estaban restringidos a participar en los orígenes de la fiesta española en América. Pero supongo que ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones deben haber estado secundadas por la rebeldía. El papel protagónico de estos personajes, como instancia de búsqueda y de participación que diera con la integración del mismo al espectáculo en su dimensión profesional, va a ocurrir durante el siglo XVIII.

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Graffit de torero. Es quizá la representación de uno de los primeros toreros a pie en México. Esta imagen proviene del libro Graffitis novohispanos de Tepeapulco, Siglo XVI. Sus autores: Elías Rodríguez Vázquez y Pascual Tinoco Quesnel. México, Hidalgo, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2006. 185 p. Ils., fots., facs., planos. (p. 81).

   El siglo XVI significó para México un conjunto de historias diversas, originadas por la conquista española, empresa que representó uno más de los espacios de expansión logrados por el proyecto de España que para esos momentos resultaba ser la potencia más importante del orbe. Tan luego como el almirante Cristóbal Colón revela los resultados de su “descubrimiento” comienzan a darse infinidad de circunstancias que ponen a funcionar otros tantos proyectos que ya no sólo son de carácter semejante al impuesto por el genovés, sino que buscan darle el sentido de dominio. Las connotaciones del término “dominio” son tan amplias que abarcan las de la apropiación por parte de grupos de soldados quienes se marcan el propósito de conquista, una conquista que van a ofrendar a la corona, misma que se ve beneficiada por la ampliación de nuevas tierras que serán suyas, las “dominará” y por ende, las controlará. México no fue la excepción.

   Entre aquel grupo reducido de conquistadores viene el capitán general, Hernán Cortés quien se convierte en héroe para unos, en villano para otros. Pero el hecho histórico consumado permitió que los nuevos pobladores consiguieran establecer una forma de vida semejante a la que tuvieron hasta antes de su salida.[1] Al ir destruyendo una cultura tan importante como la de Mesoamérica, empezaron a transformar lentamente aquel panorama, y para ello necesitaban el soporte de factores como los de vida cotidiana vigentes en el viejo mundo hasta entonces. Por eso tuvieron necesidad de trasladar mucho de lo que para ellos significaba ese sentido a estas tierras. Fue así como lograron tener en poco tiempo los elementos mencionados que permitieron la continuidad de un proyecto que pasaba de la conquista a la colonización, lejos ya de su terruño.

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Caballo con jinete. Deambulatorio de la Fundación Sahagún, claustro alto. Esta imagen proviene del libro Graffitis novohispanos de Tepeapulco, Siglo XVI. Sus autores: Elías Rodríguez Vázquez y Pascual Tinoco Quesnel. México, Hidalgo, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2006. 185 p. Ils., fots., facs., planos. (p. 148).

   En medio de las primeras construcciones primitivas que tuvieron que levantar, no podía faltar una de las circunstancias abandonadas por el espíritu de aventura a que se sometieron para obtener el objetivo de conquista. Ahora tenían que colonizar, tenían que establecer en medio de un ambiente tenso sus formas de vida, insisto, y una de ellas vinculada con muchas otras más será la de la diversión. Digo que vinculada, porque sin el toro no podía haber alimento, ni reproducción de cabezas de ganado, ni todo un sistema de producción que permitiera la continuidad en un sistema de labores practicadas en su España lejana. La fiesta o torneo caballeresco, donde ya está incorporado el toro, sin más, se va a dar desde el 24 de junio de 1526, fecha que, para los registros históricos es la primera en que el toreo como manifestación se lleva a cabo en nuestras tierras.

   El toro en cuanto tal es traído de España, y algunas islas americanas cuentan desde años antes de la conquista española en México con un sistema establecido y controlado, el cual permite la distribución según las necesidades y demandas que cada grupo requería para subsistir, pero también para establecer los métodos de asentamiento y reproducción inmediata en los sitios y lugares que así lo permitieran. Así en México, el valle de Toluca se convierte en el sitio pionero donde se llevó a cabo la revolución agrícola inicial en Mesoamérica.[2] Tierras aptas para la siembra y mejor espacio para pastoreo de ganado mayor y menor.

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Hoy en día se transporta el ganado de esta manera. EL PAÍS, edición México, del 15 de mayo de 2016, sección Negocios, p. 12.

   ¿Qué vio el extremeño Hernán Cortés en las prodigiosas y amplias tierras del Valle de Toluca? Seguramente el sitio de mayor privilegio para el establecimiento de todo un sistema de reproducción ganadera en todos sus géneros, que luego iría a extenderse pródigamente hasta lugares tan lejanos como Zacatecas (como lo afirma Juan de Torquemada y lo ratifica el padre Mendieta), pues no habiendo cercas, o siendo estas tan débiles que los mismos ganados terminaban derribándolas, las cantidades de hatos y de piaras llegaron en cierto momento a significar sobrepoblación como nunca antes se había registrado en la Nueva España.

   Este fenómeno ocasionó un giro muy importante para las condiciones de vida en nuestro continente, dada la agresividad con que se presentó, tomando a muchos naturales totalmente desprevenidos ante las enfermedades y/o epidemias, y peor aún, bajo el sistema de explotación con el que llegaron imponiéndose los hispanos. Como una muestra de las restricciones a las que quedó sometido el indígena es que le fue prohibido montar a caballo, gracias a ciertas disposiciones dictadas durante la primera audiencia, aunque ello no debe haber sido impedimento para saciar su curiosidad, intentando lances con los cuales aprendió a esquivar embestidas de todo tipo, obteniendo con tal experiencia, la posibilidad de una preparación que fue depurando al cabo de los años. Esto debe haberlo hecho gracias a que comenzó a darse un inusual crecimiento del ganado vacuno en gran parte del territorio novohispano, el cual necesitaba del control no sólo del propietario, sino de sus empleados, entre los cuales había gente de a pie y de a caballo. Salvo los relieves de la fuente de Acámbaro que nos presenta dos o tres pasajes de los llamados empeños de a pie, comunes en aquella época, es como conocemos algo de su participación. Dicha fuente pudo haber sido levantada por algún alarife español en 1527 a raíz de la introducción del agua potable al poblado guanajuatense, debido a las gestiones hechas por fray Antonio Bermul, lo cual mueve a pensar que por esos años se construyó la fuente taurina, misma que representa escenas de la lidia de reses “bravas”. Una de ellas da idea del uso de la “desjarretadera”, instrumento de corte dirigido a los tendones de los toros. En el desjarrete se lucían principalmente los toreros cimarrones, que habían aprendido tal ejercicio de los conquistadores españoles. Otra escena nos representa el momento en que un infortunado diestro está siendo auxiliado por otro quien lleva una capa, dispuesto a hacer el “quite”.

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Graffitis novohispanos de Tepeapulco, Siglo XVI. Sus autores: Elías Rodríguez Vázquez y Pascual Tinoco Quesnel. México, Hidalgo, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2006. 185 p. Ils., fots., facs., planos. (Portada).

   Fue así como el Rey instruyó a la Primera Audiencia, el 24 de diciembre de 1528, para que no vendieran o entregaran a los indios, caballos ni yeguas, por el inconveniente que de ello podría suceder en “hazerse los indios diestros de andar a caballo, so pena de muerte y perdimiento de bienes… así mesmo provereis, que no haya mulas, porque todos tengan caballos…”. Esta misma orden fue reiterada por la Reina doña Juana a la Segunda Audiencia, en Cédula del 12 de julio de 1530. De hecho, las disposiciones tuvieron excepción con los indígenas principales.

   Por ejemplo, Hernando de Tapia, indígena fundador de Santiago de Querétaro en 1531 y su compañero Nicolás de San Luis Montañéz, tuvieron privilegio de montar a caballo. Don Hernando, gobernador del pueblo de Tlapanaloya (hoy municipio de Tequixquiac) fue favorecido por Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, segundo virrey novohispano (1550-1564), quien a menos de un mes de gobierno, le dio licencia para tener y andar en jaca. Le siguieron tres principales de Cholula (diciembre de 1550).

   En una visita al valle matlazinca y desde Jalatlaco, el 10 de junio de 1551, el virrey concedió sendas licencias a Don Pedro, gobernador de Tenango y a Don Luis, Don Francisco y Don Pedro, principales del mismo pueblo, para montar en jaca.

   Estas licencias proliferarían con el tiempo: en 1555, son agraciados para tener jaca, en Matlazinco: Pedro Tuchtle y Pedro de San Pablo, naturales de Atlacomulco; Francisco Ruiz, Don Diego y Don Miguel, principales de Jiquipilco, Juan Vázquez, gobernador de Zinacantepec; Don Gabriel, gobernador de Jocotitlán y Don Francisco de León, principal de Tlalchichilpa.

   En 1590, se autorizó montar a caballo a Don Agustín Clemente, cacique de Jiquipilco y en 1593 a Don Gabriel de la Cruz, principal de Jocotitlán; y ese mismo año, varios indígenas de Atlacomulco pudieron cabalgar libremente.

   En Zinacantepec, los caciques Don Francisco de Sandoval y Don Rafael Nicolás obtuvieron tal privilegio en 1591.

   Al finalizar el siglo XVI, el virrey don Gaspar Núñez y Acevedo, Conde de Monterrey, ante el alud de peticiones de indígenas para montar a caballo, usar espada, vestir a la usanza hispana, entre otras costumbres reservadas a castas y españoles, acordó otorgar el 15 de enero de 1597, mayor liberalidad a las ordenanzas; permitió a los naturales montar en mula, con silla, espuelas y riendas y comerciar hasta con seis acémilas.[3]

   Como puede verse, el proceso de peticiones[4] fue de menos a más, pero siempre con señores principales, lo cual marca en principio, un privilegio destinado a una escala social indígena cuyos compromisos con la corona, primero; y con quienes la detentaban como representantes en la Nueva España, después no podían excluirse por el vasallaje (en el sistema feudal, relación entre un hombre libre con otro al que le ofrece fidelidad y servicio a cambio de protección y, en muchos casos, la concesión de un feudo).

CONTINUARÁ.


[1] Ángel López Cantos: Juegos, fiestas y diversiones en la América Española. Madrid, Editorial MAPFRE, 1992. 332 p. (Colección Relaciones entre España y América, 10)., p. 16.

   Todos los que cruzan el Atlántico, hombres de su tiempo, transportarán una cultura en la que lo lúdico, por momentos, alcanza gran importancia, nacida ésta de una política cada día más mediatizadora del individuo. Las fiestas y el juego ayudarán a romper tensiones, produciendo cierto relajamiento en sus existencias. Era aconsejable destensar la cuerda ya que la tirantez continuada podía desgarrar el orden establecido. Por ello no extraña que desde el principio organicen diversiones, reflejo de las peninsulares en aquel mundo.

   El complejo mundo de la diversión llega a las Indias a la vez que el caballo y las armas de fuego. Y es posible que antes. Cuando los descubridores, conquistadores y colonizadores preparaban la impedimenta para lanzarse a la aventura, lo hacían no por correr un peligro, cosa garantizada, sino como una diligencia inevitable para mejorar su vida. Sin manifestar sus propósitos, estaban firmemente convencidos que el riesgo traería la riqueza. La fortuna ofrece, entre otras posibilidades, tiempo libre, y la mejor manera de consumirlo es con los pasatiempos.

[2] El conquistador nos revela un quehacer que lo coloca como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca mismo. En carta de 16 de septiembre de 1526, Hernán se dirige a su padre Martín Cortés indicándole de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   Pero es hasta el 6 de julio de 1529 en que el Rey Carlos I mercedó a Hernán Cortés veintidós pueblos (como Matlazingo, Toluca, Calimaya y otros) y veintitrés mil vasallos.

   Estos mismos pueblos “…con sus aldeas e términos…”, fueron vinculados en el mayorazgo que fundó don Hernando, en escritura asignada en la Villa de Colima el 9 de enero de 1535, ante los escribanos y Juan Martínez de Espinoza, previa licencia real.

[3] Isaac Velázquez Morales: “La ganadería del Valle de Toluca en el siglo XVI”. Ponencia presentada a la Academia Nacional de Historia y Geografía el 28 de agosto de 1997.

[4] Peticiones que también deben verse como distinciones, se otorgaron a los caciques mediante la formación, en 1537 de la Orden de los Caballeros Tecles quienes fueron autorizados a montar a caballo, siempre y cuando contaran con los medios económicos para comprarlo y sostenerlo. Dicha solicitud de reconocimiento del señorío de Xilotepeque se extendió a favor de Don Gonzalo de los Santos Alfaro, en el que, entre otras cosas, solicita se le reconozca el derecho de usar capa, espada o espadín y montar a caballo, así como de ser acompañado por un séquito acorde a su rango en sus salidas a misa y otros asuntos (Archivo General de la Nación, Ramo: Indios, Vol. 10, f. 158.

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