500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XV). LOS PROTAGONISTAS, A PIE y A CABALLO. (SEGUNDA PARTE).  

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

SIGLOS XVI-XVIII.

   Como ya vimos en entregas anteriores, fue entre 1540 y 1630 aproximadamente, cuando se intensificó en forma exponencial una fuerte baja poblacional (sobre todo entre los indígenas), ocasionada por epidemias, que se reflejaron en el “siglo de la depresión”, asimismo calificado por Woodrow Borah, uno de sus estudiosos más dedicados.[1] Por consiguiente resistió un poco más el grupo de blancos, y por otro lado los ganados vacuno y ovino se sobregiraron. Para algunos historiadores, este ciclo temporal se convierte en un espacio oscuro que proporciona pocas informaciones para el desarrollo de los diversos grupos que conviven en el territorio novohispano. En lo taurino ocurren una buena cantidad de acontecimientos que dejan ver el florecimiento con que se manifestaron las fiestas.[2]

   Caben aquí un par de ejemplos relacionados con el que fue un caso de figuras grabadas en cuerpos, como resultado de creencias, magia popular o presencia demoníaca.

   El primero de ellos, y debo la información a mi buen amigo David Tuggle quien, desde los Estados Unidos me comenta lo siguiente:

   En 1691 una esclava mulata de Durango, llamada Antonia de Soto, se entregó al ministro de la Inquisición en Parral, y luego, durante un período de dos años, contó la historia de cómo se había escapado y tenido muchas aventuras que involucraban alucinógenos y hechizos mágicos, algunos de las cuales involucraban el disfrazarse de hombre, convirtiéndose en jinete y “torero.” Ya sea que sus aventuras hayan sido sólo alucinaciones y/o fabricaciones, tal vez los detalles de su historia podrían revelar mucho acerca de los toros en la región fronteriza de finales de los años 1600. Se dice que la información de una fuente de esta naturaleza proviene del Archivo General de la Nación (AGN), Ciudad de México: “denuncia que contra s í hizo Antonia de Soto, mulata, esclava de Francisco de Noriega, vecino de la Ciudad de Durango… 1691.[3]

LA MAGIA DEL TORO_A. NAVARRETE

“La magia del toro”. Antonio Navarrete Tejero: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs.

   Ahora bien, y como apunta por otro lado José Luis Uriarte Pacheco, con mucha frecuencia, la figura del demonio adoptó en la mente del hombre grabado una forma visible que era acorde con su ocupación productiva. El confesor Ambrosio Casulto lo muestra en la correspondencia que remitió a la Inquisición de México:

Díjome [la esposa del indio Sebastián] que fue muy asombrado por los enemigos que se le aparecían en figuras de toros y otros animales feroces, que le cercaban y acometían. Al amanecer le dijo el indio afligido que entendía había sucedido la visión espantosa por no haberse confesado y encubrir su culpa.

   El indio dedicado a la vaquería veía en su lecho de muerte demonios revestidos con las formas que encontraba diariamente en sus actividades productivas. El Señor del Mal estuvo presente en la mente del hombre grabado a través de formas que le eran familiares, al final de cuentas, la figura del demonio representa la forma visible de un ser invisible, un ente que tiene entre los hombres una apariencia mutable.[4]

CONFRONTACIÓN DE CABALLEROS...

Confrontación de dos noblezas: la española, o criolla, y la indígena a caballo.

   El rejoneo (torear a caballo) –sigue apuntando Uriarte Pacheco-, fue una de las modalidades que ejecutaron los novohispanos en el periodo estudiado. De más vieja tradición en la Nueva España fue el acto de enfrentar al toro a pie. Si en Europa los primeros matadores de toros a pie de los que se tiene referencia histórica datan de 1385, en México aparecen a principios del siglo XVII. Algunos novohispanos que lo ejecutaron llevaron en sus espaldas la figura del demonio. La denuncia del español Juan de Velasco nos ofrece información sobre las suertes que los vaqueros realizaban en Ayutla, Nueva Galicia, en el año de 1604:

[…] dijo que un mulato libre traía pintado el demonio en las espaldas, y que era hombre el dicho mulato, que amarrados los pies aguarda a un toro muy bravo y le mete en los cuernos dos naranjas, y a una potranca por más con fervor que de hiendo montado en ella le va quitando las correas y la silla y se queda en pelo en ella sin apearse ni caerse y que esto es lo que tiene que decir.

   Ser valiente fue una meta también perseguida por vaqueros de Michoacán y jinetes españoles de la Nueva Galicia. El hombre que pactó con el Maligno y se hizo grabar su figura esperaba contar con la valentía necesaria para desterrar el miedo y alcanzar la habilidad y destreza de todo buen jinete y toreador. Aquello fue un fin utilitario que se buscó en la magia[5] termina diciendo de este modo nuestro colega historiador.

   Pero en el XVIII se dieron las condiciones para que el toreo de a pie apareciera con todo su vigor y fuerza. Un rey como Felipe V de origen y formación francesa, comenzó a gobernar apenas despierto el también llamado “siglo de las luces”. El borbón fue contrario al espectáculo que detentaba la nobleza española y se extendía en la novohispana. En la transición, el pueblo se benefició directamente, incorporándose al espectáculo desde un punto de vista primitivo, el cual, con todo y su arcaísmo, ya contaba con un basamento que se formó desde el siglo XVI y logró madurez en los dos siguientes. Un hecho evidente es el biombo que, como auténtica relación ilustrada de las fiestas barrocas y coloniales, da fe de la recepción del duque de Alburquerque (don Francisco Fernández de la Cueva Enríquez) en 1702. Para ese año el toreo en boga, es una mezcla del dominio desde el caballo con el respaldo de pajes o lacayos que, atentos a cualquier señal de peligro, se aprestaban a cuidar la vida de sus señores, ostentosa y ricamente vestidos.

   He allí un indicio de lo que pudo haber sido el origen del toreo de a pie en México, primitivo sí, pero evidente a la hora de demostrar la capacidad de búsqueda por parte de los que lo ejecutaban, en medio de sus naturales imperfecciones.[6]

BIOMBO_DETALLE2

Detalle del Tríptico anónimo que representa diversas vistas del recibimiento que hizo la ciudad de México a su virrey don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, en el Alcázar de Chapultepec, en 1702. Perteneció a los duques de Castro-Terreño.

Fuente: Banco Nacional de México. Colección de arte.

   Otra más de las “señales” es la que se detecta en las ACTAS CAPITULARES DE MÉXICO mismas que obligaban a cabalgar en las fiestas principales como la de San Juan, de Santiago o San Hipólito a todos los propietarios como señal de su poder que permitía entender lo importantes que podían ser estos personajes contando, entre sus propiedades, con un símbolo de grandeza. Por eso

Sin duda alguna, la propiedad de los caballos era la condición necesaria para, adquiriendo nobleza y valía, poder tener acceso a las mercedes que otorgaban el rey o las autoridades locales; es más, mientras más “valía” se tuviera, más hechos de guerra, más caballos, más soldados, más indios se poseyeran, en mejor situación se estaba para alcanzar nuevas y mejores mercedes.

   Esto significaba un impedimento, un negarle al indio la posibilidad de emparejarse con la capacidad de poder por parte del español quien así lograba ser dueño de más propiedades. También, a todo esto se agregaba un dominio mostrado participando en los torneos, juegos de cañas y más aún, el ejecutar con gallardía la suerte de alancear toros lo que daba mayor jerarquía al caballero que deseaba colocarse en sitio encumbrado. Estos aspectos alcanzaron en nuestras tierras unas condiciones distintas, dado el carácter aún reciente de la conquista y ahora de la colonización que otorgaba posibilidades crecidas a todos aquellos que con o sin linaje estaban en derecho de engrandecerlo o adquirirlo.

   Sin embargo, aquellos inconvenientes quedaban superados con la exteriorización de la alegría. A mayor estruendo, mayor júbilo. La ceremonia taurina se convertía en fervorosa explosión que poco a poco se fue internando en la entraña del pueblo. Dichas demostraciones comenzaron a tener un símbolo de arraigo mismo que debía festejarse durante varios días los cuales siempre estaban ligados a la celebración religiosa, a la de un acontecimiento monárquico (nacimiento de infantes, proclamación al trono de los reyes de España, bodas reales, onomástica de los reyes) o, simplemente a la conmemoración -por largos años- de la que marca el parteaguas para la vida de nuestro pueblo: la fecha del 13 de agosto (día de San Hipólito) es, en suma, un símbolo de derrotas, con la capitulación de los aztecas, y de victorias para los españoles que se apoderan de un espacio territorial más en sus propósitos colonizadores. San Hipólito se convierte en patrón, junto a Santiago Apóstol para conmemorar con fiestas de toda índole el emblema de la grandeza española.

   El torneo caballeresco tuvo esplendor y pudo apreciarse en escenarios que poco a poco iban convirtiéndose en sitio preferido de muchos que encontraron en aquel ambiente semejanzas de culto. Así como el indígena cumplió con ritos en los cuales la presencia del sol o de la sangre eran significativas, así también, al celebrarse el espectáculo taurino, el culto heliolátrico al sol y la presencia de sangre vinculada a la muerte misma del toro, deben haber causado algún ambiente de afinidades y aceptaciones que por eso permitieron que dichas manifestaciones continuaran.

CONTINUARÁ.


[1] Woodrow, W. Borah: El siglo de la depresión en la Nueva España. México, ERA, 1982. 100 p. (Problemas de México).

   El autor apoya su tesis en las actividades de la economía durante la colonia para conocer los comportamientos demográficos que se dieron en forma agresiva a causa de nuevas enfermedades, la desintegración de la economía nativa y las malas condiciones de vida que siguieron a la conquista. Este fenómeno tuvo su momento más crítico desde 1540 y hasta mediados del siglo XVII, mostrando bajos índices de población, entre los indígenas y los españoles (hacia 1650 se estiman 125,000 blancos en Nueva España y unos 12,000 indígenas). La población indígena alcanzó una etapa de estabilidad, luego de los efectos señalados, a mediados del siglo XVIII “aunque siempre a un ritmo menor que el aumento de las mezclas de sangre y de los no indígenas”.

   Es interesante observar que los valores de cabezas de ganado mayor y menor son muy disparados contra un decremento sustancial de los indígenas y blancos, lo cual originó, por otro lado, un estado de cosas donde dichos ganados mostraron no sólo sobrepoblación sino que el hábitat se vulneró y se desquició lo cual no permite un aumento de la producción, pues los costos se abatieron tremendamente.

   Esta tesis ha perdido fuerza frente a otros argumentos, como por ejemplo los que plantea la sola trashumancia habida en buena parte del territorio novohispano, o aquel otro que propone Pedro Romero de Solís en su trabajo denominado “Cultura bovina y consumo de carne en los orígenes de la América Latina”. En CULTURA ALIMENTARIA ANDALUCÍA-AMERICA México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1996. 255 p. Programa universitario de alimentos. (Historia General, 17), p. 231-55.

   El estudio de Borah publicado por primera vez en México en 1975, ha perdido vigencia, entre otras cosas, por la necesidad de dar una mejor visión de aquella “integración”. Hacia 1576 se inició la gran epidemia, que se propagó con fuerza hasta 1579, y quizá hasta 1581. Se dice que produjo una mortandad de más de dos millones de indios. La fuerza de trabajo para minas y empresas de españoles escaseó entonces, y las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas para racionar la mano de obra y evitar el abuso brutal de los indígenas sobrevivientes.

   Por otra parte, la población mestiza había aumentado a tal grado que iba imponiendo un trato político y social que no se había previsto. Mestizos, mulatos, negros libres y esclavos huidos, al lado de criollos y españoles sin lugar fijo en la sociedad concebida como una organización de pueblos de indios y ciudades y lugares de españoles, alteraron el orden ideado por las autoridades españolas, en cuyo pensamiento sólo cabía una sociedad compuesta por “dos repúblicas, la de indios y la de españoles”. Véase: Andrés Lira y Luis Muro: “El siglo de la integración” (p. 307-362). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 311. Además, véanse las páginas 316 y 317 del mismo texto que abordan el tema de “La población”.

   Dicho lo anterior, no queda sino ser más que congruentes, cuidadosos con la tesis de W. Borah que tampoco puede descartarse tajantemente, pero que puede admirarse mejor con las oportunas apreciaciones que han quedado incorporadas.

[2] José Francisco Coello Ugalde: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. facs. (Separata del boletín, segunda época, 2).

[3] Archivo General de la Nación, Ramo Inquisición.

[4] José Luis Uriarte Pacheco. “Tatuajes, figuras grabadas en cuerpos novohispanos. (1604-1750). Una ventana abierta al pasado de hombres carentes de escritura”. Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras. Colegio de Historia. Tesis que, para optar por el título de Licenciado en Historia Presenta (…), 2007. 105 p., p. 12.

[5] Op. Cit., p. 30.

[6] José Francisco Coello Ugalde: Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Madrid, Anex, S.A., España-México, Editorial “Campo Bravo”, 1999. 204 p. Ils, retrs., facs., p. 19-20.

   Entre el 20 de abril de 1519 y el 13 de agosto de 1521 se desarrollaron los momentos más intensos de la conquista española sobre el poderoso Imperio Mexica, fundado en la ciudad de Tenochtitlan. Los mexicas aplicaron un control férreo sobre pueblos que terminaron siendo sometidos por la vía del tributo; no cumplirlo significaba la guerra. Los cempoaltecas, chalcas, totonacas y los tlaxcaltecas, entre otros, contribuyeron a su decadencia cuando hicieron alianza con los españoles.

   La capitulación de la gran ciudad de México-Tenochtitlan ocurrió el día de san Hipólito del año del señor de 1521, y a partir de ese momento comenzó el periodo colonial que abarcaría tres siglos de esplendor. Las fiestas y torneos caballerescos nos muestran uno de los múltiples aspectos que conforman la vida cotidiana de una sociedad, en este caso, la novohispana. “Correr toros” se decía comúnmente y es ahí donde las historias nos hablan de un primer festejo celebrado en lo que hoy día son los terrenos del convento de San Francisco, justo el 24 de junio de 1526, noticia que entre otros, registró el propio conquistador Hernán Cortés, en estos términos: “Otro día, que fue de San Juan, como despaché este mensajero, [para dar la bienvenida al visitador Luis Ponce de León] estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”; todo ello en su quinta Carta-Relación, que conoció al detalle el Rey Carlos V en España.

   Aunque nos asalta la duda sobre los “ciertos toros” que menciona el propio Cortés. ¿Acaso no serían los “extraños toros mexicanos con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos” que asimismo los describe Cortés y cuya similitud es igual al bisonte que tenía Moctezuma en su maravilloso zoológico?

   Poco a poco fueron llegando diferentes variedades de ganado no sólo de España, también de islas como La Española, las Antillas o de Cuba, al grado de que el mismo Cortés envió al valle de Toluca un buen número de ellas.

   Por cierto, era común en aquellos tiempos el juego de cañas. “Correr cañas” eran una antigua forma de destreza hípica en la que los contendientes se arrojaban mutuamente lanzas, el fin de este simulacro de guerra era derribar a los adversarios o desarmarlos.

   Torneos y justas son las primeras demostraciones deportivas de los españoles en tierras nuevas. Para ello fue necesario el elemento material que era suprema condición: el caballo. La moda caballeresca de los siglos XV y XVI estaba aquí. El español buscó defender la tradición medieval. Toros y cañas iban juntos, como espectáculos suntuosos y brillantes en la conmemoración de toda solemnidad.

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