500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XVI). UN CIERRE POÉTICO DEL PRIMER SIGLO DE CONVIVENCIA TAURINA EN LA NUEVA ESPAÑA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

SIGLO XVI.

   Antes de hacer el recuento poético creado en la Nueva España, debo incorporar un análisis que elaboró José Alameda sobre un verso de Gonzalo de Berceo, y que lo hizo frente a la omisión de José María de Cossío. Berceo no fue un poeta novohispano, pero Alameda, aunque español, hizo lo mejor de su vida y de su obra en México.

   Que yo sepa –dice José Alameda-, nadie ha revelado quién es el poeta y cuál el poema en que aparece por primera vez el tema del toro en nuestra lengua. Y eso que el poeta es el primero de las letras castellanas con nombre conocido y que en el poema pertenece a una de sus obras más repasadas y estudiadas.

   El poeta es nada menos que Gonzalo de Berceo y el poema, incluido en “Los milagros de Nuestra Señora”, es el de “El Clérigo embriagado”.

   Antes que ntodo, voy a transcribir el texto del poema a que me estoy refiriendo, aunque para la mejor comprensión de los lectores, haga una cierta adaptación del castellano antiguo al actual. Frente a Berceo, y en casos similares, se utilizan dos sistemas: uno, el de dar sus versos tal como los escribiera, lo que resulta en ocasiones confuso para el lector de hoy; otro, el de ofrecer junto al original, una versión libre, que resulta explicativa, pero que no rinde en modo alguno los valores literarios de la obra, antes al contrario, los desdibuja, cuando no los anula. Cabe un tercer modo, el de cambiarle al texto lo imprescindible; ello supone, claro está, una licencia en quien transcribe el texto, pero evita complicaciones.

   Aquí está lo que el sencillo y candoroso, pero gran poeta, escribe de la Virgen y del toro:

EL CLÉRIGO EMBRIAGADO

(Fragmento)

 

Entró en una bodega un día por ventura,

bebió mucho del vino, lo hizo sin mesura,

se embriagó como un loco y fuera de cordura

se durmió hasta las vísperas sobre la tierra dura.

 

A la hora de vísperas, el sol ya enflaquecido,

recordó malamente, pues estaba aturdido,

y al volver a clausura, hablaba sin sentido,

todos se percataron que estaba bien bebido.

 

Aunque casi en los pies no se podía tener,

dirigióse a la iglesia cual lo solía hacer.

Quiso el diablo entonces zancadilla poner

a quien le parecía muy fácil de vencer.

 

En figura de toro que se encuentra excitado,

rascando con los pies, el cielo demudado,

con fiera encornadura y con saña airado,

parósele delante el traidor bien probado.

 

Le hacía gestos malos la cosa endiablada

como si al corazón lanzase la cornada,

estaba ya el buen hombre dispuesto a la espantada,

más llegó la Gloriosa, la Virgen coronada.

 

Vino Santa María con su ser ocultado

tras el hábito y nadie la hubiera sospechado,

pero se metió en medio del hombre y el pecado,

y el toro, tan soberbio, luego quedó amansado.

 

Le amenazó la dueña con la falda del manto,

haciéndole con ello sentir tan gran quebranto,

que se alejó entre gritos horrísonos de llanto.

Y quedó en paz el monje, gracias al Padre santo.

    Sorprendente es que incluso José María de Cossío, el erudito de mayor dedicación a la literatura taurina, haya pasado por alto este poema y no lo incluya en su libro antológico, Los toros en la poesía castellana. Más tarde, en su diccionario Los Toros, se refiere a él, pero brevemente y sin señalar nunca que Berceo es el primer poeta de lengua castellana en que aparece el tema del toro. En cambio, insiste en valorizar otro poema de Alfonso X el Sabio, una cantiga en galaico portugués, que por lo tanto no pertenece a la literatura de nuestra lengua, ni está probado que sea anterior a Berceo, pues la vida de éste transcurre de 1195 a 1264 y la de Alfonso el Sabio, de 1221 a 1284, (Entre paréntesis, diré que por lo que a calidad respecta, mal se podría comparar aquel importante rey aficionado a las letras con el gran poeta que por su obra toda es el sencillo y genial fraile riojano). Quizá el motivo de que Cossío no ponga de relieve la verdadera importancia histórica del poema de Berceo, sea la omisión cometida en aquel primer libro, que lo lleva después a minimizar el asunto, para no hacer más obvia la falla al subsanarla.

   Creo que es aquí, en este breve volumen que tienes entre tus manos, lector, donde por primera vez se le reconoce explícitamente al poema de Berceo su jerarquía inaugural.

   Berceo es el primer poeta de la lengua castellana con nombre conocido y es también el primero que introduce al toro en su obra.

   Este ingenuo relato del siglo XIII, ha de ser por lo tanto, el primero en cualquier antología sobre el tema taurino en la poesía castellana, pues el antólogo puede espigar y desechar, pero eso será respecto a las piezas posteriores, no respecto a la primera, que es literalmente fundamental –fundacional- puesto que abre el tema. Aquí, en rigor no cabe elección. Es una pieza “necesaria”.

   Pudiera alguien pensar que el episodio de “El Clérigo embriagado”, no cae dentro del marco que a su tema da Cossío, pues no trata del espectáculo que se desarrolla ante el público, sino que viene a ser una interferencia del tema del toro, en otro asunto. Pero la objeción queda sin base, cuando el propio Cossío afirma: “Existe una poesía de toros cuyo fin e intención son específicamente taurinos. No es esta la poesía que capitalmente me interesa, sino la hecha con desinteresada intención artística, en que, ya el tema, ya accidentes suyos, tienen relación con la fiesta de los toros”.

   “La presencia del recuerdo de la fiesta de toros en las actividades españolas aparentemente más distante de ella, es suceso comprobado y sobre el que parece superfluo insistir”.

   Y, en otro párrafo asevera José Alameda:

   “El tema eterno del toro, lejos del ámbito taurino, empieza a interferirse en los más venerables textos”.

   ¿Pues qué texto más “venerable” que “Los milagros de Nuestra Señora” como ejemplo de esa interferencia?[1]

   Los poemas autóctonos deben haberse revelado a partir del 20 de abril de 1521 (y antes, el 21 de abril de 1519, junto con un romance de Calaínos), de pronto eclipsados por la poesía castellana que llegó y se aposentó lentamente en estas tierras, y esa mañana triste:

1521

Mira Neto de Tarpeya…

Mira Neto de Tarpeya,

a Roma cómo se ardía

en Tacuba está Cortés

con su escuadrón esforzado;

triste estaba y muy penoso

una mano en la mejilla

y la otra en el costado (…)[2]

que cita Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.[3]

   Las solemnidades de gozo, fiestas o regocijos taurinos de casi cinco siglos, nos convocan a iniciar esta relación poética, para lo cual sólo advierto que se me consideren probables omisiones con tantos y tantos autores de diversas épocas que, muy seguro, habrán de escaparse, porque ni está agotado el tema y nombres han de faltar para magnificar el presente trabajo.

   De los manuscritos e impresos del siglo XVI, “poquísimos han resistido a las calamidades de que han sido víctimas, por la polilla, las inundaciones, los robos, las incurias de sus poseedores y más que todo la frecuente escasez de papel provocaban a destruir viejos libros, no menos que su emigración -creciente y dolorosa- a tierras extrañas”.[4]

   Demos pues, comienzo a la relación de los entremeses poéticos.

   Desde luego, las primeras composiciones poéticas tuvieron gran arraigo entre las festividades caballerescas, y en ellas están los motes o divisas elegidos por las cuadrillas que intervinieron en los primeros juegos de cañas o sortijas en México, esto es, en agosto 16 y 17 de 1521 (sortijas); así como de octubre de 1522 (juegos de cañas). El caballero lo usaba particularmente en obsequio a su dama o en afrenta gallarda que luego se demostraba en traveses y evoluciones vistosísimas en tales demostraciones lúdico-hípicas. Se dice también que en una de las veces en que Hernán Cortés salió a correr sortija, sacó por empresa en el escudo la rueda de la fortuna una figura de plata representando un hombre que tenía en la diestra un martillo y en la mano izquierda un clavo, con la leyenda que decía:

 1521

Clavaré cuando me vea…

 Clavaré cuando me vea

do no haya más que posea.

    La leyenda nos indica las intenciones con que venía Cortés a México.

   Juan de la Cueva y Francisco Cervantes de Salazar son los autores que, por contar en sus obras diversos pasajes de aire caballeresco, no escapan a esta revisión.

   De la Relación Fúnebre a la infeliz trágica muerte de dos Caballeros…”,[5] aunque escrita a mediados del siglo XVII por Luis de Sandoval y Zapata tenemos la siguiente muestra:

 LA CONJURACIÓN DE MARTÍN CORTÉS...

Juan Suárez de Peralta: La conjuración de Martín Cortés y otros temas. Selección y prólogo de Agustín Yánez. México, 2ª edición. Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 1994. XIV-143 p. Ils. (Biblioteca del estudiante universitario, 53). (Portada).

 1566

¡Ay, Ávilas desdichados!

 

¡Ay, Ávilas desdichados!

¿Quién os vio en la pompa excelsa

de tanta luz de diamantes,

de tanto esplendor de perlas,

ya gobernando el bridón,

ya con ley de la rienda,

con el impulso del freno

dando ley en la palestra

al más generoso bruto,

y ya en las públicas fiestas

a los soplos del clarín,

que sonora vida alienta,

blandiendo el fresno o la caña

y en escaramuzas diestras

corriendo en vivientes rayos,

volando en aladas flechas.

Y ya en un lóbrego brete

tristes os miráis, depuesta

la grandeza generosa.[6]

    Tal manuscrito se ocupa de la degollación de los hermanos Ávila, ocurrida en 1566, suceso un tanto cuanto extraño que no registra la historia con claridad,[7] y sólo se anota que los criollos subestimados por los peninsulares o gachupines, fueron considerados por éstos como enemigos virtuales. Ya a mediados del siglo XVI la rivalidad surgida entre ellos no sólo era bien clara y definida, sino que encontró su válvula de escape en la fallida conjuración del marqués del Valle, descendiente de Cortés, y los hermanos Ávila, reprimida con extremo rigor, en el año 1566.[8]

LA CASA DE LOS ÁVILA...

Artemio de Valle-Arizpe: La casa de los Ávila. Por (…) Cronista de la Ciudad de México. México, José Porrúa e Hijos, Sucesores 1940. 64 p. Ils., p. 51.

   Ya que ha salido “entreverado” el marqués del Valle, se anota que “en sus grandes convites…, eran quizás las fiestas de una semana por el bautizo de los hijos gemelos del marqués, en que hubo torneos, salvas, tocotines y un fantástico banquete público en la Plaza Mayor…” A propósito, de los juegos más señalados (encontramos los realizados durante el bautizo de) don Jerónimo Cortés en 1562.[9]

   Y es que don Martín manifestó el empeño en celebrar el nacimiento de sus hijos con grandes torneos, como el famoso de 1566, cuando, por una tormenta llegó con su mujer al puerto de Campeche y nació allí su hijo Jerónimo, fueron a “la fiesta del cristianísimo el obispo de Yucatán, don Francisco Toral, y muchos caballeros de Mérida” y “…hubo muchas fiestas y jugaron cañas”. Posteriormente, cuando llegó el marqués del Valle a México, Juan Suárez de Peralta afirmó: “gastóse dinero, que fue sin cuento, en galas y juegos y fiestas”.[10]

   Epístola al licenciado Sánchez de Obregón, primer corregidor de México (hasta 1574). Es obra de “Alto Señor”; 116 tercetos; Gallardo, I, cols. 647-8 de Juan de la Cueva:

 1574

Las comidas que no entiendo acusan…

 

Las comidas que no entiendo acusan

los cachopines[11] y aún los vaquianos[12]

y de comerlas huyen y se escusan.

 

Con todo eso, sin tener recato

voy a ver sus mitotes[13] y sus danzas,

sus juntas de más costa que aparato.

En ellas no veréis petos ni lanzas,

sino vasos de vino de Castilla

con que entonan del baile las mudanzas.[14]

    He aquí una muestra de la obra de Eugenio de Salazar (1530-1605?), sobre sus Octavas en descripción de la laguna de México:

 1585-1590

Al derredor de la laguna clara…

 

Al derredor de la laguna clara,

por todas partes sale y hermosea

el verde campo, donde se repara

y repasta el ganado y se recrea.

(. . . . . . . . . .)

El mayoral de aquesta pradería

tiene un escueto cerro por majada,

de donde otea, en asomando el día,

los prados con su fresca rociada:

Ve los ganados, ve la pastoría.

Albar el Mayoral, con su excelencia

Blanca, pastora de beldad divina.[15]

    El mayoral y su pastora son los virreyes marqueses de Villamanrique: doña Blanca Enríquez y don Álvaro (aquí “Albar”) Manrique de Zúñiga, quien fue el séptimo virrey, gobernando de 1585 a 1590.

   Y desde luego -aunque autor español-, no podían faltar aquí unos versos escritos por el mismísimo Luis de Góngora y Argote, al que llegaron noticias de los misterios y excelsitudes del nuevo mundo, traduciéndolas a su leal saber y entender en el siguiente

1585

 

ROMANCE

 XX

 Escuchadme un rato atentos,

cudiciosos noveleros,

pagadme de estas verdades

los portes en el silencio.

 

Del Nuevo Mundo os diré

las cosas que me escribieron

en las zabras, que allegaron

cuatro amigos chichumecos.

 

Dicen que es allá la tierra

lo que por acá es el suelo,

muy abundante de minas

porque lo es de conejos.

 

Que andaban los naturales

desnudos por los desiertos,

pero que ya andan vestidos,

si no es el que se anda en cueros.

 

Que comían carne cruda,

pero que ya en este tiempo

la cuecen y asan todos,

si no es el mujeriego.

 

Que no hay zorras en ayunas

y que hay monas en bebiendo

y que hay micos que preguntan:

“¿Véseme el rabo de lejos?”

 

Que hay unos gamos abades

y unos bien casados ciervos

según picos de bonetes

y garcetas de sombreros.

 

Que hay unos fieros leones,

digo fieros, por sus fieros;

que son leones de piedra

desatados en sus hechos.

 

Que hay unas hermosas grullas,

que darán por vos el sueño

si les ocupáis las manos

con un diamante de precio.

 

Que hay también unas cigüeñas

que anidan en monasterios,

largas por eso de pico

y de honrar torres de viento.

 

Que hay unas bellas picazas

vestidas de blanco y negro

cuya música es palabra

y cuyo manjar es necios.

 

Que hay unas gatas que logran

lo mejor de sus eneros

con gatos de refitorios

y con gatos de dinero.

 

Que hay unas tigres que dan

con manos de vara, y menos,

tal bofetón a una bolsa,

que escupe las muelas luego.

 

Que andan unos avestruces

que saben digerir hierros

de hijas y de mujeres:

¡Oh, qué estómagos tan buenos!

 

Que hay unas vides que abrazan

unos ricos olmos viejos

porque sustentan sus ramas

sus cudiciosos sarmientos.

 

Que hay en aquellas dehesas

un toro… Mas luego vuelvo,

y quédese mi palabra

empeñada en el silencio.[16]

 Luis de Góngora y Argote.

 NICOLÁS RANGEL3_p. 51

Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Editorial Cosmos, 1980. 374 p. Ils., facs., fots. (Edición facsimilar)., p. 51.

CONTINUARÁ.


[1] Carlos Fernández Valdemoro (Seud. José Alameda): Seguro azar del toreo. México, Salamanca ediciones, 1983. 92 p. Ils., retrs., facs., p. 65-68.

[2] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Primer siglo (1521-1621). Estudio, selección y notas de (…). 2ª ed., Universidad Nacional Autónoma de México, 1964. LXV-204 p.(Biblioteca del Estudiante Universitario, 33), p. XVI.

[3] Bernal Díaz del Castillo: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.  Introducción, catálogos, noticias bibliográficas e índices, elaborados por Federico Gómez de Orozco, de la Academia Mexicana de la Historia y catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México; Guadalupe Pérez San Vicente, profesora de Historia de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Universidad Iberoamericana de México y Carlos Sabav Bergamín, Secretario Fundador del Instituto Cultural Hispano mexicano, ciudad de México. Con estampas de José Bardasano. México, Fernández Editores, S.A., 1961. XXIV-719 p. Ils., maps., p. 372.

[4] Méndez Plancarte: Poetas…, op. Cit., p. LIX.

[5] Niceto de Zamacois: Historia de México, t. 6, p. 745-59.

[6] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte primera. Estudio, selección y notas de (…). Universidad Nacional Autónoma de México, 1944. LXXVII-191 p.(Biblioteca del Estudiante Universitario, 43)., p. 105.

[7] Véase: Manuel Romero de Terreros: Torneos, Mascaradas y Fiestas Reales en la Nueva España. Selección y prólogo de don (…) Marqués de San Francisco. México, Cultura, Tip. Murguía, 1918. Tomo IX, Nº 4. 82 p., p. 22-26.

[8] Artemio de Valle-Arizpe: La casa de los Ávila. Por (…) Cronista de la Ciudad de México. México, José Porrúa e Hijos, Sucesores 1940. 64 p. Ils.

[9] Federico Gómez de Orozco: El mobiliario y la decoración en la Nueva España en el siglo XVI. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1983.111 p. Ils. (Estudios y fuentes del arte en México, XLIV)., p. 82-83.

[10] Juan Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento de las Indias. (Noticias históricas de Nueva España). Compuesto en 1580 por don (…) vecino y natural de México. Nota preliminar de Federico Gómez de Orozco. México, Secretaría de Educación Pública, 1949. 246 p., facs. (Testimonios mexicanos. Historiadores, 3)., cap. XXIX, p. 111-112.

[11] Sobrenombre que se aplica al español que pasa a México (gachupín). Originalmente el que monta a caballo.

[12] Hombre de campo.

[13] Fiestas indígenas en las que se cantaba, recitaba, danzaba, se bebía y duraban todo el día.

[14] Méndez Plancarte: Poetas…, Primer siglo (1521-1621), ibidem., p. 21-22.

[15] Méndez Plancarte: Poetas…, Primer siglo (1521-1621), Ibid., p. 69-75.

[16] Luis de Góngora y Argote: Poesías. Romances, letrillas, redondillas, décimas, sonetos, sonetos atribuidos. Soledades, Polifemo y Galatea, Panegírico y poesías sueltas. Prólogo de Anita Arroyo. 5ª ed. México, Editorial Porrúa, 1993. XIX-351 p., p. 19-20.

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