BREVES APUNTES SOBRE CRONISTAS TAURINOS MEXICANOS. JULIO BONILLA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Caricatura del periodista taurino don Julio Bonilla, hecha en España y publicada en el periódico madrileño “El Toreo Cómico”, dirigido por don Ángel Caamaño “El Barquero”. Por medio de esta caricatura fue presentado Bonilla a los aficionados españoles, preparándose así su estancia en la Madre Patria cuando fue a la Península, acompañando, con el carácter de apoderado, al espada Ponciano Díaz.

La Lidia. Revista gráfica taurina. México, D.F., 19 de febrero de 1943, Año I., Nº 13.

   Conviene recordar en estos tiempos, que hubo, como origen de todas las cosas, una serie de personajes quienes se encargaron de encauzar por el sendero más apropiado, la que con el tiempo fue labor del cronista taurino, tarea nada fácil, si para ello se requiere de un cultivo permanente, entre otros muchos aspectos, de la técnica, la estética, o la historia. Del mismo modo, cada personaje fue forjando un estilo que dejaba notar fundamentalmente ese definido perfil, garantía esencial en su impronta.

   Y esa vertiente del periodismo taurino en México surge en forma tardía con respecto a la que ya era toda una realidad en España, misma que al paso de todo el siglo XIX se consolida en expresiones tan acabadas como La Lidia, por ejemplo. Sucede que en nuestro país no se cultivó ese quehacer, sobre todo a partir de los grandes contrastes derivados de la independencia, pues no hayamos plumas que apostaran por tales quehaceres, salvo aquellos autores que, en oposición al espectáculo, encontraron condiciones para diseminar sus ideas y reflexiones. La que podría considerarse primera referencia en términos de crónica taurina, fue escrita en 1850 por un español. Me refiero a Joaquín Jiménez y que firmaba sus escritos como El Tío Nonilla. Dos años después, se publica en El Orden otra crónica, tan completa como aquella, aunque con una mayor cantidad de elementos que permiten entender la urgencia por darle a esta labor un sustento teórico rebasado en buena medida por aquellas puestas en escena que demandaban plumas que lo retrataran, que lo explicaran todo.

   Así pasaron los años, hasta que llegado el de 1884, se puso en marcha un proyecto denominado El Arte de la Lidia, cuyo primer número salió a la luz el 9 de noviembre, siendo su primer “Redactor” Catarino Chávez. Su nombre no nos dice gran cosa, pero el empeño que construía a partir de ese momento iba a ser determinante en la orientación de al menos dos generaciones de aficionados.

   Apuntaba “El Redactor en Jefe”:

Venimos a llenar un vacío en el periodismo nacional. La gente se divierte, y a todas partes a donde ella vaya, irá el cronista, el amigo, el fiel narrador con su contingente de laboriosidad, a darle cuenta de los espectáculos en donde se reúne lo más granado de nuestra sociedad, donde haciendo a un lado los pesares y contratiempos de la vida, se entrega el mortal a la alegría, a la expansión y al placer, encerrado en los límites de la decencia y de la moral.

   Nuestro programa no puede ser más claro: “Vamos a los toros, vamos al teatro, al circo, a las excursiones de recreo, al baile, en suma, a donde se goza”.

   Allí estará vuestro cronista que respetuosamente os saluda.

   Hermosa y evocadora “declaración de principios” la que se propuso quien luego firmaba esas crónicas como “Plutón”. No pasó mucho tiempo para que la estafeta quedara bajo el control de Julio Bonilla Rivera, esto a partir del 12 de abril de 1885. El papel de Bonilla fue contundente, pues además de dar continuidad a un espacio en el que por fin se dejan escuchar las voces del conocimiento taurino, logró mantener casi en forma permanente la presencia de aquel semanario. Lo interesante en la labor de quien firmaba sus apuntes como “Recortes” es que creó, alrededor de todo este medio periodístico, una “Agencia Taurina”, la primera que funcionó con ese objetivo en la ciudad de México. En efecto El Arte de la Lidia. Revista taurina y de espectáculos, también dedicaba su atención al teatro, al circo, las carreras de caballos, etc. De ahí que fue importante establecer un medio apropiado para administrar noticias (e intereses) surgidas a partir de estos entretenimientos.

   Así que Julio Bonilla y su “Agencia” transitaron desde 1885 y hasta comienzos de 1909, cuando nuestro personaje muere varios días después, luego de ser atropellado por un tranvía, en vano intento, pues ese mismo transporte lo conduciría a la plaza de toros.

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   Aquel recorrido enfrentó una serie de inconvenientes, como algunas prohibiciones a las corridas de toros en la última década del siglo XIX. Esto trajo consigo la necesidad de que el propio “Recortes” encontrara otros espacios, ya que dejaba de circular el semanario, hasta el punto de que los consiguió. En ese sentido, se pueden encontrar infinidad de columnas con la rúbrica de “Agencia Taurina” en El Chisme, El Correo Español, El Demócrata, El Diario del Hogar, El Imparcial, El Jueves y hasta en publicaciones españolas como El Enano, La Lidia… Dicha cobertura permitió que subsistiera aquel ejercicio periodístico, fundado en la columna fundamental de su propia “Agencia”, la cual y no podía ser la excepción, comenzó a tener copias, con el mismo sistema de funcionamiento, que pretendieron desplazarlo. Pero aquellos que procuraron el intento, se dieron cuenta que era en vano pues la labor de quien viera la luz en Jalapa, Veracruz, fue consistente, férrea hasta el punto de dejar un legado que fue articular a una prensa que se afirmaba como la parte responsable de la proyección de cultura taurina hacia diversos sectores de aficionados que entendieron la importancia de la tauromaquia. Para ello fue necesario que sucediera la reanudación de las corridas de toros en la ciudad de México. Fue necesario que arribaran a este país en forma masiva un conjunto importante de toreros hispanos que impusieron el toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna. Por eso, se impusieron.

   También quedó atrás una serie de representaciones del toreo híbrido –lo mismo a pie que a caballo-, detentadas en lo fundamental por Ponciano Díaz y sus huestes, quienes al tener en frente semejante “reconquista vestida de luces” reconocieron que era necesario abandonar ese toreo aborigen, nacionalista y legitimar así aquella nueva etapa que comprendió el apoyo de una difusión que sólo pudieron lograr otros tantos periódicos, además de El Arte de la Lidia.

   Y precisamente cuando por las circunstancias ya conocidas tuvo que desaparecer dicha publicación, es porque los aficionados de hace poco más de un siglo, ya tenían perfectamente asimilado el toreo en su condición más avanzada, interpretado entre otros toreros por Rodolfo Gaona, parteaguas de dos épocas, donde por un lado recibe la enseñanza del clasicismo en potencia, con “Lagartijo” y “Frascuelo” a la cabeza, gracias a Saturnino Frutos “Ojitos”, su maestro. Y por otro, con un “Indio Grande” listo ya para encabezar esa modernidad taurómaca que terminaría por remontarlo a sitio de privilegio.

   Por todas estas razones es que Julio Bonilla y El Arte de la Lidia deben ser vistos como puntales de una nueva época, misma que hoy vivimos en su condición más evolucionada.

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