500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XXII). DE RETORNO POR LA RUTA DEL TORO EN NUEVA ESPAÑA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

DESARROLLO Y ACTIVIDADES AL INTERIOR DE LA GANADERÍA DE TOROS BRAVOS EN ATENCO.

   De los primeros ganados establecidos, el mayor manifestó una multiplicación lenta en un principio, debido a que se trajeron pocas reses. Más tarde su aumento fue notable “pues el medio americano era particularmente favorable a la ganadería”.

   Durante el virreinato, Atenco gozó de enorme importancia debido a sus amplias extensiones, desarrollándose una gran explotación de sus recursos agrícolas y ganaderos, gracias a la mano de obra movidos por los ingresos que provenían de las propias carnicerías de la hacienda, que realizaban gran venta de carne de los propios ganados.

   En primer lugar de producción estuvo la del ganado vacuno, seguido del lanar y en menor medida de cabras y cerdos. Sus operaciones se apoyaron del ganado caballar, mular y asnal, actividades desarrolladas en los potreros ya mencionados.

   Las principales ventas de ganado vacuno de bravo se concentraban no solo en la ciudad de México. También fueron vendidos diversos encierros para las plazas de Toluca, Tenango, Tlalnepantla, Metepec, Santiago Tianguistenco, Puebla, Tenancingo, Cuernavaca, El Huisachal y Amecameca.

   Atenco como ganadería se apoyaba enviando toros a diversas plazas, sirviendo la venta de estos para su propio beneficio, dinero con el cual salvaban deudas o pagaban rayas.

   Entre el ganado la mortandad se debía a diversas causas tales como: de flaco, de enfermedad, de piojo (denominado también carbón, roncha, antrax o fiebre carbonosa, que consiste en la existencia en diversas partes del cuerpo del animal de tumores de distinto tamaño), de capazón, ahogados, porque se mataban entre sí, porque los hubiese matado un rayo, de sangre en las tripas, de torzón de sangre, etc.)

   En la contabilidad y pago del ganado se estiman algunos criterios que serán analizados en el inciso (c): Los aspectos cualitativos y cuantitativos que garantizaron la presencia de esta hacienda en el espectáculo taurino durante el siglo XIX, del capítulo III de esta tesis.

   Atenco y sus anexas estuvo arrendada hasta principios del siglo XIX de manera total o parcial, sobre todo los pastizales para dar servicio a ganados. Más tarde se manejó en sociedad[1] o mediería[2] con diversas personas. Económicamente no era positivo porque había pérdidas debido a la no explotación adecuada de sus instalaciones, cosa que sí pudo darse en 1874, al morir José Juan Cervantes, aunque les era más conveniente a los hacendados preferir el sistema mixto, administrando la zona central de su propiedad y restando las secciones restantes.

   Aunque no hay clara evidencia documental de este asunto en los archivos del condado, es un hecho que se tomaran en cuenta factores como calidad del suelo, existencia de agua, monte, etc.

   Entre quienes usufructuaron los pastos del cercado de Atenco en el siglo XIX, se encuentran las siguientes personas:

CUADRO 3

Fuente: Sánchez Arreola, Ibidem., p. 147-148.[3]

   Dicho arrendamiento pudo haberse dado a partir de 1855, debido a la existencia de alguna ley sobre baldíos, misma que obligaba a ocupar y usar los terrenos, o haberse previsto alguna seguridad para las tierras, a fin de que estuvieran ocupadas por ganados aunque fueran de arrendatarios.

   Tampoco pueden ignorarse actividades de gran importancia como la de corte de “zacate” acuático o “pastura” que

marcan un excelente desarrollo ganadero. Corte de zacate y cría de ganado se integraban perfectamente, pues, insistiendo: la pastura acuática representó la base principal del desarrollo ganadero en la zona lacustre del Alto Lerma. Entre los principales forrajes se encuentran: yerbas verdes (silvestres y propiciadas), el rastrojo de la milpa (integrado por los restos secos de la planta de maíz), y por los cultivos de cebada, alfalfa y el mismo maíz en grano y la planta verde.[4]

   Por supuesto, como gran propiedad, debió gozar de una mano de obra suficiente para trabajar según apunta Mario Ramírez Rancaño, “con eficacia y generar excedentes agrícolas colocables en el mercado interno (…)”[5] tal y como operaron las grandes haciendas. Así también, es un hecho que “aquella aventura emprendida por los hacendados tendiente a reimplantar el viejo estilo de gobierno y de dominio oligárquico, terminó con la revolución de 1910.[6]

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“…que hubo en el Valle de Toluca, después de la Conquista, en tiempos de la Cristiandad, aquella famosa cerca con dos puertas y un puente, para pastar ganado, como se ve en dos mapas grandes que están en mi Archivo (dice Lorenzo Boturini), el uno en papel indiano y el otro en lienzo de algodón, donde está marcada toda la Provincia y Valle”. Este mapa quizá sea uno de los dos mencionados por el historiador y que se remonta al año 1552.

Fuente: Cortesía, Luis Barbabosa y Olascoaga.

   Es un hecho que la ganadería como concepto profesional y funcional se dispuso con ese carácter, y en España hacia fines del siglo XVIII. México lo alcanzará hasta un siglo después. Que el ganado embestía, era la reacción normal de su defensa; y obvio, entre tanta provocación existía un auténtico y furioso ataque de su parte.

   Ganado vacuno lo había en grandes cantidades. Su destino bien podía ser para el abasto que para ocuparlo en fiestas, donde solo puede imaginarse cierta bravuconería del toro que seguramente, nada debe haber tenido de hermoso, gallardo o apuesto como le conocemos en la actualidad. Quizás eran ganados con cierta presentación, eso sí, con muchos años y posiblemente exhibiendo una cornamenta extraña y espectacular.

   Entre las primeras participaciones de ganado de Atenco, destinado a fiestas durante el siglo XVII, está la de 1652, 11 de noviembre de 1675 cuando se corrieron tres toros con motivo del cumpleaños del Rey, donde además se presentó el Conde de Santiago, auxiliado de 12 lacayos. También el 11 de mayo de 1689, fiestas en el Parque del Conde, terreno aledaño a la primitiva construcción de la casa principal de los condes en la capital (cuya casa señorial es el actual Museo de la Ciudad de México, la cual fue construida bajo dimensiones señoriales hasta el siglo XVIII, al cuidado del arquitecto Francisco de Guerrero y Torres). Otras tres corridas en junio de 1690 y en el mismo escenario. El 28 de mayo de 1691 el Conde de Santiago, don Juan Velasco, actuó junto a Francisco Goñe de Peralta, quienes se lucieron en esas fiestas.

   Y dejando estas historias, llegamos a 1824, año a partir del cual la hacienda de Atenco nutrió de ganado en forma por demás importante a las plazas de toros más cercanas a la capital del país (aunque existan informes desde 1815 donde está ocurriendo dicha situación). Es desde esa fecha en la que concretaré las principales observaciones con las que este trabajo de investigación adquirirá mayor trascendencia en los capítulos posteriores.

   El peso específico de la ganadería brava en México va a darse formalmente a partir de 1887 año en que la fiesta asume principios profesionales concretos. Mientras tanto lo ocurrido en los siglos virreinales y buena parte del XIX no puede ser visto sino como la suma de esfuerzos por quienes hicieron posible la presencia siempre viva de la diversión taurina. Mientras un toro embistiera estaba garantizado el espectáculo. Quizás, el hecho de que las fiestas en el virreinato se sustentaron con 100 toros promedio jugados durante varios días, o era por el lucimiento a alcanzar o porque un toro entre muchos corridos en un día permitiera aprovechársele. Tomemos en cuenta que se alanceaban,[7] es decir su presencia en el coso era efímera. Ya en el siglo XIX la presencia de decenas de ganaderías[8] refleja el giro que fue tomando la fiesta pero ningún personaje como ganadero es mencionado como criador en lo profesional. Es de tomarse en cuenta el hecho de que sus ganados estaban expuestos a degeneración si se les descuidaba por lo que, muy probablemente impusieron algún sistema de selección que los fue conduciendo por caminos correctos hasta lograr enviar a las plazas lo más adecuado al lucimiento en el espectáculo. Los concursos de ganaderías que se dieron con cierta frecuencia al mediar el siglo XIX, son el parámetro de los alcances que se propusieron y hasta hubo toro tan bravo “¡El Rey de los toros!” de la hacienda de Sajay (Xajay) que se ganó el indulto en tres ocasiones: el 1 y 11 de enero de 1852; y luego el 25 de julio siguiente, triple acontecimiento ocurrido en la Real plaza de toros de San Pablo.[9] La bravura, lejos de ser una simple estimación de la casta que los hace embestir en natural defensa de sus vidas, fue el nuevo concepto a dominar con mayor frecuencia. En 1887 comenzó la etapa de la exportación de ganado español a México con lo que la madurez de la ganadería de bravo se consolidó en nuestro país.

CONTINUARÁ.


[1] SOCIEDAD. Fue hasta 1868 en que la hacienda de San Agustín fue explotada en sociedad con D. José María Garduño durante 7 años. Se obligó durante ese tiempo entregar a la Principal la mitad de las semillas que cosechara, así como proporcionar aperos para labranza, caballos para la trilla y pagar la cuarta parte de raya del tiempo de cosecha y la mitad de los gastos.

[2] MEDIERÍA. Un método muy parecido al de la “sociedad”, solo que el mediero tenía la obligación de entregar la mitad de las semillas cosechadas, por lo que la Principal cumplía iguales condiciones como en el término de la Sociedad.

   La hacienda Principal también arrendó el rancho de San Agustín Aramburó entre 1833 y 1834. Más tarde en 1837, siendo el responsable del alquiler el Coronel Antonio Icaza, administrador del vínculo. Pero fue hasta el tiempo en que el propietario José Juan Cervantes se encargó de la administración, el mismo se hizo responsable de mandamiento y pago de alquiler, que se pactó en 33 pesos, 2 ½ reales por mes, cubiertos por adelantado. La mencionada propiedad era del Sr. Ignacio Cervantes, hijo de José Juan.

   Otras tierras arrendadas estuvieron ubicadas en Coatepec, Edo. de México, usadas para alimentar ovejas. Tal arrendamiento tuvo que darse quizá por el agotamiento de pastos, en tanto se recuperaban los que se usaban para dicho fin.

[3] Además:

David A. Brading: Haciendas y ranchos del bajío. León 1700-1860.  México, Grijalbo, 1988. 400 p., grafs., maps (Enlace/Historia)., p. 45: Aún cuando muchas haciendas se dedicaban a la ganadería y al cultivo de otros granos para complementar su actividad principal, la fuente más evidente de ingresos eran las rentas pagadas en efectivo por los arrendatarios. Estos ingresos o, en algunos casos, los servicios laborales, eran los que mantenían a las haciendas en operación hasta que la temporada inevitable de malas cosechas traía la debida recompensa.

[4] Albores: Tules y sirenas…, op. cit., p. 141 y 150

[5] Mario Ramírez Rancaño: El sistema de haciendas en Tlaxcala. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1990. 292 p., p. 49.

[6] Op. cit., p. 57.

[7] Alancear: Suerte del toreo a caballo consistente en matar los toros con lanza. Se usó por los caballeros españoles desde la Baja Edad Media hasta los siglos XVI-XVII, en que comenzó a ser substituido por el rejoneo. Además del valor demostrado servía a los caballeros como ejercicio físico de adiestramiento para la guerra.

[8] Véanse en el capítulo tres de esta tesis del desglose documentado, los cuadros de actuaciones de Bernardo Gaviño y Rueda (1835 y 1886) y de Ponciano Díaz Salinas (1876 y 1899), relacionados con toros y ganaderías que lidiadon en México en sus respectivos periodos.

[9] Lanfranchi: La fiesta brava en…, op. cit., T. I, p. 146.

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