¡ORA PONCIANO! SIGUE CAUSANDO FUROR.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Colección Cinema N° 48. Edit. Marisal, 1940. 64 p.

   El 8 de enero de 1937 y no 1936 como se ha hecho creer, y en el famoso cine “Alameda” ocurrió la “premiere” de la película que hoy se reseña. En ella se recreaba vida y hazañas del célebre torero Ponciano Díaz Salinas (1856-1899) recuperado en la figura de Jesús Solórzano Dávalos. Tras la presentación del reparto, “Producciones Soria” advertía:

Sobre la vida real de un célebre torero la fantasía forjó la trama imaginaria que sirve de argumento a esta película.

   Para no lastimar el sentido artístico de los aficionados, se empleó la técnica del toreo actual como propia del último cuarto del siglo XIX; esperando que este anacronismo no desvirtúe el estilo de esa época a que esta producción corresponde.

   Pues bien, durante los casi 80 años que ya tiene dicho largometraje, varias generaciones han disfrutado escenas de esta comedia rural donde Jesús Solórzano El Rey del temple se encumbró con las imágenes de la que pudo ser otra gran tarde, que no corresponde con la ya muy famosa realizada con el toro Redactor de La Laguna, pues dicha gesta sucedió el 7 de febrero siguiente, lo cual pudo representar un conflicto técnico el solo montaje de aquellas inolvidables escenas, contando para ello a una todavía empresa cinematográfica en plena evolución y desarrollo.

   Tenemos aquí una primer incógnita, pues los registros de época, tanto las imágenes fijas como en movimiento nos permiten apreciar a un Jesús Solórzano vistiendo un traje poco más oscuro que el que llevaba la tarde del todavía invernal mes de febrero del 37´.

PORTADILLA_ORA PONCIANO

Portadilla de la publicación que ha servido para consultar el argumento. Agradezco al Dr. Marco Antonio Ramírez haberme permitido consultar este ejemplar.

   Entre chanzas y cuchufletas de dos excelentes cómicos como Leopoldo Ortín y Carlos López se fue configurando el largometraje, mismo que recae en ese guión todavía en ese misterioso personaje que se anuncia como Pepe Ortiz. ¿Se trata del famoso Pepe Ortiz, el orfebre tapatío o es un homónimo?

   De igual forma, las canciones e interpretaciones de Lorenzo Barcelata valen un “potosí” por el tono de curiosidad con que colaboró interpretando “La Palomita, que la Atenqueña. De igual forma la jocosa Tu ya no soplas, sin faltar la célebre canción El toro Coquito que hasta el día de hoy es un referente entre los taurinos pues el solo escucharla nos remite directamente con ¡Ora Ponciano!, película en la que Jesús Solórzano se inmortalizó quizá no por obra y gracia de la famosa faena de Redactor, sino por una anterior, igual de maravillosa. Sin embargo, y para no desatar polémica alguna, dejemos por ahora y sin alterar la historia que nos es de todos conocida.

   Recuerdo además, las palabras contundentes que me confesó un día el sobrino nieto de Ponciano, Doroteo Velázquez Díaz, quien llegó a decirme de viva voz:

 El argumento de la película “¡Ora Ponciano!” no era verdadero. Ponciano Díaz nunca se casó con la hija del ganadero don Rafael Barbabosa. Ella era Herlinda Barbabosa Saldaña (…)

   Si Ponciano –como señala el argumento-, hubiese conservado la fidelidad del amor, aquel que se muestra en forma juguetona e infantil, la de sus primeros años de vida conviviendo con la hija del hacendado, tendríamos como consecuencia un vínculo con quien pudo haber sido hija de José Juan Cervantes Ayestarán, a la sazón propietario de Atenco cuando el futuro “diestro con bigotes” tendría 6 u 8 años de edad (esto entre 1862 y 1864). Es bueno apuntar que se desconoce si don José Juan tuvo hijos o no, pero también es bueno recordar que Cervantes Ayestarán vendió la hacienda a don Rafael Barbabosa Arzate hasta 1878, con lo que entonces no tenemos al final sino un enredo que solo la ficción lograda por el cine pudo resolver en esos términos.

   Por lo demás, hay un registro que rememora la alternativa que Ponciano fue a refrendar en Madrid el 17 de octubre de 1889. Y digo “refrendar”, pues fue el propio atenqueño quien en un cartel del año 1879 advertía a sus “paisanos”:

Habiendo terminado la temporada en la ciudad de Puebla, en donde fui elevado al difícil rango de primer espada, por la benevolencia de tan ilustrado público, me he propuesto antes de disolver mi cuadrilla dedicar una función, que tenga por objeto, pagar un justo tributo a mis paisanos ofreciéndoles mis humildes trabajos; si estos son acogidos con agrado quedará altamente agradecido S.S.

Ponciano Díaz.

   Y tal ocurrió el domingo 8 de junio de 1879, lidiando “soberbio ganado de la Hacienda de Atenco”. Esa tarde en Toluca, Ponciano encabezaba la siguiente cuadrilla:

Joaquín Rodríguez, Antonio Mercado, Juan L. Resillas y Cándido Morones, picadores. Ramón Pérez, Francisco Salazar, Emeterio Garnica y Rafael Albarrán, banderilleros. Guadalupe y José Díaz, lazadores, así como Félix Barrón y Tranquilino Fonseca quienes hicieron las veces de “locos”.

   Por lo demás, se aprovecharon al máximo las locaciones naturales que la hacienda de Atenco ofreció en días que hicieron lucir el paisaje de un valle de Toluca espléndido que parece remontarnos a aquellos días de un México que, en lo taurino se encuentra verdaderamente conmocionado, pues Ponciano estaba convertido en un ídolo popular sin parangón. Quizá se trate del primer torero que haya alcanzado tal celebridad, de ahí que la expresión “¡Ora Ponciano!” se convirtió en ese grito de batalla de miles de nacionales que admiraron con orgullo, al punto de que ese impacto se concentra en la siguiente anécdota.

   En los días de mayor auge del lidiador aborigen, el sabio doctor don Porfirio Parra decía a Luis G. Urbina, el poeta, entonces mozo, que se asomaba al balcón de la poesía con un opusculito de “Versos” que le prologaba Justo Sierra:

Convéncete, hay en México dos Porfirios extraordinarios: el Presidente y yo. Al presidente le hacen más caso que a mí. Es natural. Pero tengo mi desquite. Y es que también hay dos estupendos Díaz -Ponciano y don Porfirio-: nuestro pueblo aplaude, admira más a Ponciano que a don Porfirio.[1]

   Y aquí otra curiosa interpretación:

En aquellos felices tiempos, comenta Manuel Leal, con esa socarronería monástica que le conocemos, había tres cosas indiscutibles: La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apam…[2]

   Su figura fue colocada en todos los sitios, aun en bufetes, oficinas de negocios, consultorios de médicos; en fotografías, o en litografías en colores y a una sola tinta, publicados en periódicos mexicanos o españoles como LA MULETA, EL MONOSABIO, LA LIDA, EL TOREO CÓMICO que ilustró sus páginas -este último- con un retrato del torero mexicano del mismo tamaño que los que había publicado de Lagartijo, Frascuelo, El Gallo, Mazzantini y Guerrita.[3]

   En la calle se le tributaban verdaderas ovaciones, lo mismo en Plateros que en El Hospicio que en La Acordada; al pie de la estatua de Carlos IV que al pasar junto a la tabaquería llamada “La Lidia”, lugar de reunión de los toreros españoles, que recibían sendas rechiflas.

   Realmente, esos eran los grados de ilusión obsesiva adoptada por el pueblo, vertiente de una sociedad limitada a una superficialidad y a un todo que no les era negado, pero que asimilaron de muy distinta manera, justo como lo harían esas otras vertientes intelectuales y burguesas; o simplemente ilustradas de la época.

   Fruto de la idolatría, que, como ya vemos, es basta en ejemplos, como el modismo aplicado cuando se saludaban los amigos en la calle, alguno de ellos expresaba:

   ¡Ni que fuera usted Ponciano!…

   A la epidemia de gripe de 1888, se le llamó “el abrazo de Ponciano”.

   Don Quintín Gutiérrez socio de Ponciano Díaz y abarrotero importante, distribuyó una manzanilla importada de España con la viñeta Ponciano Díaz.

   En las posadas, fiesta tradicional que acompaña al festejo mayor de la navidad, al rezar la letanía contestaban irreverentemente en coro: “¡Ahora, Ponciano!” sustituyendo con la taurómaca exclamación al religioso: “Ora pro nobis”

  1. José María González Pavón y el Gral. Miguel Negrete obsequiaron al diestro mexicano los caballos “El Avión” y “El General” y es el mismo Ponciano quien se encarga de entrenarlos para presentarse con ellos en España.

   La misma poesía popular se dedica a exaltarlo, al grado mismo de ponerlo por encima de los toreros españoles.

Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a “Cuatro Dedos”,

al que quiero es a Ponciano

que es el padre de los toreros

¡Maten al toro! ¡Maten al toro!

   El “padre de los toreros”, cómo no lo iba a ser si en él se fijaban todos los ojos con admiración.

   Su vida artística o popular se vio matizada de las más diversas formas. Le cantó la lírica popular, lo retrataron con su admirable estilo artístico Manuel Manilla y José Guadalupe Posada en los cientos de grabados que salieron, sobre todo del taller de Antonio Vanegas Arroyo, circulando por aquel México con marcadas huellas de lo urbano y lo rural.

   La “sanción de la idolatría”, a más de entenderse como aplauso, como anuencia, como beneplácito; es también castigo, pena o condena. Y es que del sentir popular tan entregado en su primera época, que va de 1876 a 1889 se torna todo en paulatino declive a partir de 1890 y hasta su fin, nueve años después.

FICHA TÉCNICA

¡ORA PONCIANO!

Producción: Producciones Soria, México; 1936.

Dirección: Gabriel Soria

Guión: Pepe Ortiz y Elvira de la Mora.

Fotografía en Blanco y Negro: Alex Phillips.

Música: Lorenzo Barcelata.

Edición: Fernando A. Rivero.

Con: Jesús Solórzano (Ponciano), Consuelo Frank (Rosario), Leopoldo Ortín (Juanón), Carlos López “Chaflán” (Lolo), Carlos Villarías (don Luis).

   Pues bien, todo lo anterior viene al caso, porque este viernes, en la Casa de la Cultura “Frissac” (Madero y Moneda, en el centro de Tlalpan), se presentará a las 18 horas este material cinematográfico, con lo que espero haber despertado el interés de los aficionados que quieran acudir a dicha exhibición. Esto como resultado del homenaje que se viene tributando a Luis G. Inclán, con motivo del bicentenario de su nacimiento. Y en efecto, Ponciano Díaz es o parece ser una consecuencia de las hazañas de aquel toreo a pie y a caballo que se perciben tras la gozosa lectura de su célebre novela Astucia.

   La entrada es gratuita… la salida también.


[1] Armando de María y Campos: Ponciano el torero con bigotes. México, ediciones Xóchitl, 1943 (Vidas mexicanas, 7). fots., facs., p. 162-3.

[2] Manuel Horta: Ponciano Díaz silueta de un torero de ayer. México, Imp. Aldina. ils., p. 153.

[3] María y Campos: op. cit., p. 176-7.

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