LUIS G. INCLÁN NO SOLO ES “ASTUCIA”.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

PONCIANO DÍAZ SALINAS

Ponciano Díaz dio a la charrería un sello propio desde la tauromaquia. Fotografía colección del autor.

    Conforme avanza el programa con el que se recuerda la vida y obra de Luis G. Inclán, en el bicentenario de su nacimiento, los asistentes al mismo nos vamos dando cuenta de que Inclán está más allá de solo quedar etiquetado como el autor de la célebre novela “Astucia”, obra que por lo demás posee un valor inestimable.

   Inclán, como ya lo sabemos, fue empresario en las plazas de toros del Paseo Nuevo tanto en la ciudad de México, como en la de Puebla, donde ambos cosos llevaban el mismo nombre. Si bien su nombre nunca figuró en carteles, se sabe que actuaba en la parte correspondiente al jaripeo y coleadero, de ahí que obtuviera una fama sin igual. Inclán además fue un impresor caudaloso. En estos días, donde ya contamos con un conocimiento acerca de Astucia, El Capadero en la hacienda de Ayala, las Reglas con que un colegial debe colear y lazar, o su célebre Recuerdos del Chamberín, este inquieto personaje llegó a imprimir obras tales como: Apuntes biográficos de los trece religiosos dominicos que en estado de momias, se hallaron en el osario de su Convento de Santo Domingo (1861); El Jarabe. Obra de costumbres mejicanas, jocosa, simpática, burlesca, satírica y de carcajadas (…), escrita por Niceto de Zamacois y publicada por Inclán en 1861. En la relación de obras también se encuentra la Defensa hecha por la Cuchara del ciudadano Lic. Ignacio Ramírez, o el Jesucristo en presencia del siglo, Imprenta de Inclán, 1856…, y otras más donde es inevitable no dejar de recordar la particular edición que logró de la Tauromaquia de Francisco Montes en 1862.

   Se sabe que de aquella primera edición (la de 1836 en Madrid) referida al tratado técnico y estético que llevó el célebre nombre del torero nacido en Chiclana de la Frontera, Cádiz en 1805, uno de aquellos ejemplares llegó a integrarse a la biblioteca del conocido personaje José Justo Gómez de la Cortina, el Conde de la Cortina quien a su vez realizó una interesante reseña de dicha obra, la que apareció en El Mosaico Mexicano en 1842. Pues bien, 20 años después, Inclán la hizo suya y no solo la reeditó, sino que la ilustró de propia mano con 30 escenas que recuerdan otras tantas suertes allí referidas de origen, pero también de otras tantas que representaban el legado definitivo con que la tauromaquia mexicana está contribuyendo a enriquecer el bagaje de aquel despliegue de inventiva que fue en sí mismo el toreo en nuestro país hace dos siglos cabales. En ese sentido, así lo entendió nuestro autor y por tanto dicha edición puede ser considerada un claro antecedente que explica las suertes tauromáquicas desde una interpretación que entraña el tipo de toreo rural y urbano que permanentemente se está encontrando y renovando en el campo o en la plaza, de tal forma que aparecen descritas algunas suertes que realizaban charros consumados.

   De acuerdo a las crónicas y descripciones de la época, se sabe que uno de los primeros en realizar esas suertes (montar y colocar banderillas desde el caballo), fue Ignacio Gadea. Sin embargo Bernardo Gaviño, Lino Zamora, Pedro Nolasco Acosta también lucieron sus habilidades como las del famoso poblano Ignacio Gadea, con lo que se adelantaban al capítulo extraordinario en el que Ponciano Díaz fue la cúspide de todas aquellas aspiraciones.

   Precisamente Ponciano parece ser la consecuencia de aquellas lecturas que Luis G. Inclán despliega en “Astucia”, complementa en las “Reglas con que un colegial debe colear y lazar” y culmina con la propia versión de la “Tauromaquia” de Paquiro. Ese largo proceso se materializa bajo el “poncianismo”, que va de 1879 a 1890, aproximadamente, tiempo en el que el “torero con bigotes” construye y mantiene su propio “imperio”, del que se verá gracia y desgracia pues también fueron años de recomposición en el toreo nacional, etapa en la que contribuyeron en forma definitiva los diestros españoles que vinieron a concretar la que llamo “reconquista vestida de luces”, y cuya tarea fundamental fue imponer el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, esto a partir de 1887.

   Al morir el diestro de Atenco, el 15 de abril de 1899 desaparecen aquellas representaciones que todavía iba a protagonizar Arcadio Reyes El Zarco en los primeros años del siglo XX. Tal condición la revivirían momentáneamente algunos charros, donde destacaba uno de apellido Becerril primero, en 1910, justo cuando se celebraba el primer centenario del comienzo de la independencia nacional, y luego Paco Aparicio en la tercera década del XX. Charrería y tauromaquia tan identificadas, se distancian en una especie de “pacto amistoso” y cada una seguirá su camino, hasta el punto de que hoy en día toreo y charrería se representan por separado. Sin embargo, ya se habían producido los mejores capítulos de aquellas puestas en escena en las que nadie mejor que Inclán describen en forma inconmensurable y Ponciano las protagoniza hasta llevarlas a lo más alto de su interpretación.

   Hoy, en un apoyo solidario, tauromaquia y charrería vuelven a darse la mano y lo hacen justamente con objeto de enaltecer la memoria del autor de esa célebre novela que vuelve a ocupar un lugar de privilegio. Así como se ha recordado en este año a Miguel de Cervantes Saavedra y su Quijote, del mismo modo se pone en valor a Luis Gonzaga Inclán Goicoechea y Astucia.

   Aprovecho antes de concluir estas notas, que el próximo viernes 8 de julio a las 18 horas, y en el marco de dicha celebración en la que Inclán es motivo de homenaje, que en la misma, se ha incluido un ciclo de cine en el que se pretende contextualizar no solo al autor nacido en la Hacienda de Carrasco, sino todo un conjunto de situaciones que privan en su novela, y que fueron un común denominador en buena parte del siglo XIX mexicano. Por tal motivo, una película que viene a darle sentido a este propósito es la de Los bandidos de Río Frío, inspirada en la novela del mismo nombre escrita por un contemporáneo suyo: Manuel Payno. La producción de 1956, será presentada y comentada por el Doctor en Historia Álvaro Vázquez Mantecón. Esto sucederá en la casa de la cultura Frisaac, ubicada en las calles de Madero y Moneda, en el centro de Tlalpan. La entrada es gratuita.

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