Archivo mensual: agosto 2016

DE LA FORMA EN CÓMO SE DESCUBRIERON LOS “TESOROS DE LA FILMOTECA U.N.A.M. SERIE: TAUROMAQUIA. I.-DANIEL VELA: 1941-1946”. (IV).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

SOBRE LA COLECCIÓN TESOROS TAURINOS DE LA FILMOTECA DE LA U.N.A.M. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Así como el quehacer de los antropólogos ha sido rastrear, recuperar, identificar y ubicar todos aquellos documentos conocidos como códices, que recuerdan no solo la gloria de determinados personajes, sino las guerras, así como los diferentes sistemas políticos de un pueblo o su religión. También no dejan de inscribirse valores de vida cotidiana, con lo que nos acercamos a una idea más precisa de cómo se desarrollaron determinados momentos, tiempos o épocas de un pasado que parecían irrecuperables, aunque por fortuna tan inmediatos gracias a su rescate, resguardo e interpretación precisos.

   Del mismo modo, existen otra serie de testimonios que fortalecen en esa medida la circunstancia del pasado, con lo que nos es más inmediato, de ahí que lo podamos conocer un poco más, pero también un poco mejor.

   Los archivos fílmicos vienen a convertirse en invaluables acervos, colecciones y reuniones de “códices de la imagen” los cuales reúnen y recogen todos aquellos síntomas en los que se movió determinada sociedad, documentos conocidos en nuestro país desde 1896.

   Desde hace 56 años, la Universidad Nacional Autónoma de México consciente del significado del cine como un instrumento de divulgación histórica, formó la FILMOTECA (1960), como principal repositorio donde habrían de rescatarse, cuidarse, mantenerse y clasificarse -siguiendo el modelo de los antropólogos respecto a los códices- todos aquellos materiales que, en sí mismos encierran el valor de hechos y testimonios relacionados con acontecimientos históricos, sociales, artísticos, sin faltar los que comprenden aspectos de vida cotidiana. En este último apartado quedan incorporadas las corridas de toros, con imágenes que se remontan a 1895; llegan a 1975, momento en que la generación del cine es desplazada por el video, pero que no por ello deja de registrarse en ese nuevo formato que cada vez evoluciona y que incluso sirve para resguardar los viejos materiales sometidos al riesgo del paso del tiempo.

   Ahora bien, entre otros fines concretos de la FILMOTECA de la U.N.A.M. se encuentran los del rescate de películas de ficción. Gracias a otros documentos como los ya indicados, y que no solo provienen del trabajo de, por ejemplo: los hermanos Alva, Jesús H. Abitia, Salvador Toscano y otros plenamente reconocidos. También están los materiales logrados por diversos anónimos y personas que tuvieron, además de los recursos para realizar dicha actividad, la pasión y un sentido por el rescate de la memoria.

   Lo verdaderamente notable es que estos documentos recogen a los héroes populares, esos que se pensaban perdidos hasta que al volverse a destapar viejas latas y colocarlas en enormes proyectores retornan en el tiempo hasta nosotros, con lo que nos damos cuenta del significado que tuvieron y que tienen. Esas imágenes nos permiten entender la forma en cómo evolucionó la selección y gusto de la sociedad por diversiones como la de toros. De ahí que volvamos a fijarnos en una más de las herramientas de la antropología, unidas también al quehacer histórico y sociológico que acude para enriquecer el soporte interpretativo necesario para entender mejor el contexto resguardado en viejos nitratos.

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Aquí tienen ustedes a Diego Prieto, a través de una tarjeta de visita, cuyo registro data de 1887 aproximadamente. “Cuatro Dedos” vino a México en ese año y pasadas dos décadas se despidió en la plaza de Puebla el 27 de octubre de 1907. luego fue empresario, asesor taurino con una voz absolutamente autorizada por vía de su experiencia. Me adelanto a comentar que precisamente el cine recoge unos momentos, apenas unos cuantos, en los que aparece este sevillano colocando un par de banderillas, vestido de civil, justo la tarde del 20 de abril de 1913 y en “El Toreo” de la Colonia Condesa. Al admirar por primera vez a un diestro decimonónico que tuvo enorme influencia en la reconstrucción de la tauromaquia mexicana, el cine se configura como un elemento arqueológico cuya utilidad será invaluable justo a la hora de repensar el toreo de entresiglos. Lo anterior puedo afirmarlo y confirmarlo pues realizo por estos días una actividad en la Filmoteca de la U.N.A.M. que consiste en la revisión de un fondo muy especial, del que espero dar más adelante más datos al respecto.

La imagen proviene de la obra de Lauro E. Rosell: Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la capital desde 1521 hasta 1936. Por (…) de la Sociedad Mexicana y Estadística, y del Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1935. 192 p., fots., retrs. ils., p. 49.

   Por razones que se desconocen, pero que pueden ser simple y llanamente indiferencia o desinterés, muchos historiadores, intelectuales y gente de la cultura ligada al cine manifiestan su rechazo por la fiesta brava, misma que pasa a ser excluida de la historia como registro documental, lo cual mueve a concientizar a quienes se ven involucrados para que, dejando a un lado ciertos prejuicios, valoren la calidad de muchos materiales hoy sujetos al riesgo de que desaparezcan si no se atienden a tiempo y con un criterio común, tal y como se aplica para otros materiales que ya vemos no deben ser nada más las películas de ficción. Allí están -entre otros- los documentales. Probablemente sean mucho más importantes aquellas imágenes sin argumento específico, pero que poseen uno propio inmensamente rico. Y no nos referimos exclusivamente al asunto taurino -del que se hace énfasis-, sino también de otros géneros y ámbitos cotidianos que no pueden quedar excluidos por ningún motivo.

   Recientemente el valioso rescate de la producción silente “¡Viva Madrid que es mi pueblo!” –como uno más de los importantes esfuerzos de la FILMOTECA de la U.N.A.M-,. logró sacudir conciencias, porque al llegar la copia a la Filmoteca Nacional de España y ser exhibida por aquellos rumbos, causó verdadera conmoción. “Sacudir conciencias” porque la respuesta fue más contundente en España que entre nosotros, lo cual habla de que debe intensificarse la capacidad de importancia y ser equiparables al mismo entusiasmo que se proyecta en otras latitudes.

   Así como en el ámbito taurino los libros, viejos carteles, litografías, fotografías son sumamente codiciados (no se diga de la obra pictórica que llega a ser en algunos casos inaccesible), el cine parece ir en sentido contrario, pues hoy día se conservan relativamente pocos testimonios, a pesar de que la modernidad, con todos los avances tecnológicos volcados en una infraestructura que ha evolucionado en estos 107 años de historia cinematográfica en México, no ha ofrecido -al parecer- los suficientes motivos para ser rescatado como cualquier otro gran tema de nuestra historia en el último siglo que ha transcurrido.

   La fascinación del cine entra por la senda de las nuevas tecnologías, y consciente de esto, la Filmoteca de la U.N.A.M. ha hecho suyo este compromiso gracias, entre otras cosas, a la generosa donación que los familiares de Daniel Vela Aguirre hicieron de diversos materiales filmados entre 1941 y 1946. Dicha colección reúne en su totalidad, escenas de un buen número de festejos taurinos –entre novilladas y corridas de toros-, que ocurrieron en ese periodo preciso. El prominente industrial zacatecano adquirió una cámara marca Bell & howell de 16 mm, con la cual recogió en cintas de color o blanco y negro diversos festejos que hoy, a 60 años vista, nos permite redescubrir acontecimientos de lo que solo teníamos la impresión tanto de la prensa, como de los viejos aficionados de la época que presenciaron aquellas jornadas, muchas veces sumidas en el encanto de la emoción que produce el arte del toreo.

   Luego del traslado de su formato original a video, comenzó una minuciosa labor de identificación, clasificación, a las que posteriormente se unió la selección de todo aquel conjunto de imágenes elegidas para trasladarlas a lo que fue finalmente  el disco DVD.

   En medio de aquella producción, quienes estuvimos a cargo de proyecto, nos enfrentamos a diversos dilemas. Uno de ellos era como valorar imágenes aparentemente frías, distantes de la emoción que produce el momento presente y efímero, el cual para muchos aficionados es insustituible. Un manejo inconsciente aseguraba dejarnos llevar por ese mismo estado de ánimo, para lo cual se aplicó un criterio de pertinencia histórica, aconsejados por aquel postulado de Jacob Burckhart que dice: “No regañemos a los muertos. Entendámoslos”, pero dejando en absoluta libertad a los observadores para permitirles una desmitificación plena, la cual garantiza apreciar esos hechos tal y como ocurrieron, sin que esto sea una deliberada condición, al modo de cómo Leopold von Ranke supone desde sus obras de teoría histórica que deben entenderse los hechos del pasado, simplemente por la razón de que esos hechos son imágenes evidentes y no hay nada y ni hubo algún medio o intención de alterarlas. No era el propósito. De ahí que se tomara la decisión de mostrarlas –eso sí-, tal y como quedaron filmadas. Es decir, se trata de una auténtica joya en bruto, con el pulimento apenas suficiente para eliminar aquellos cuadros fuera de foco, con perforaciones o manchas.

   Con las imágenes seleccionadas, fue posible la confirmación de diversos factores. Primero, de cómo se divertían en los toros nuestros abuelos; en algunos casos nuestros padres y, en la razón excepcional, algunos de aquellos que siendo niños, hoy todavía nos acompañan y comparten con nosotros aquellas añoranzas. También es posible entender que ni los toros son lo grandes que dicen que fueron los recuerdos imaginarios. Ni tampoco los toreros son todo lo heroicos que nos cuentan quien sabe qué extrañas e inciertas historias las cuales son divulgadas por coros que exigen creer todo esto a pie juntillas.

   Allí está un grupo de faenas y momentos de suyo importantes en manos de Fermín Espinosa “Armillita”, Silverio Pérez, Lorenzo Garza, David Liceaga, Ricardo Torres, Jesús Solórzano, Luis Castro “El Soldado”, José Ortiz, Carlos Arruza o Manuel Rodríguez “Manolete”. De igual forma, podemos ver las hazañas novilleriles que protagonizaron Carlos Vera “Cañitas”, Luis Procuna, Luis Briones, Gregorio García, Antonio Velázquez o las tremendas escenas donde Félix Guzmán se convierte en una figura camino del sacrificio.

   Por cierto, el tipo de ganado que podrá verse con reposo, es, en su mayoría el toro que se lidiaba en aquellas épocas: ni muy grande, pero tampoco pequeño, aunque los hay de repente más chicos para una época y una afición acostumbrada a exigir, a pesar de que el reglamento entonces vigente (del 26 de marzo de 1941), indicara cuatro años de edad y no pasar de los cinco y medio, por ser esta la época de su vida en que el animal alcanza sus mayores facultades para la lidia.

   Destaca una de ellas, la faena a “Mañico”, que con ese nombre fue bautizado un novillo de Matancillas, inmortalizado por Rafael Osorno, la tarde del 30 de agosto de 1942, en la vieja plaza del “Toreo” de la colonia Condesa. Osorno fue un novillero que surgió de una generación integrada entre otros, por Luis Procuna, Carlos Vera “Cañitas”, “El Espartero” y Félix Guzmán. Cada quien con un estilo peculiar, trascendió la tauromaquia, contando para ello la enseñanza de notables maestros a los que se sujetaron con vehemencia, por lo que esos novilleros notables deseaban convertirse un día en matadores de toros. Así lo lograron Procuna, “Cañitas” y “El Espartero”. El capítulo trágico lo cubrió Félix Guzmán y el sueño, lo que solo fue un sueño pero no realidad, le correspondió a Rafael Osorno, quien a pesar de convertirse en un héroe celebrado, no fue el héroe consagrado.

   “Mañico” es aquella derivación afectiva del “maño”. “Maño”, cuya raíz latina magnus, se refiere a alguna cosa grande, es también la forma cariñosa que en su gentilicio tienen los aragoneses, y la manera en que algunos españoles asignan como una circunstancia de trato cordial hacia los mexicanos. La faena de la que hablamos trascendió tanto, al grado de que a 60 años de haber sucedido, sigue siendo uno de los grandes paradigmas, junto a otros capítulos protagonizados por jóvenes promesas o las figuras ya consagradas, en diferentes épocas del siglo XX.

   Entre otras, se encuentran las imágenes en las que aparecen juntos Luis Castro “El Soldado”, Manuel Rodríguez “Manolete” y Luis Procuna, quienes inauguran el 5 de febrero de 1946 la monumental plaza de toros “México”, escenas que por cierto, cierran el periplo de recuerdos reunidos en este trabajo, a los que se sumó –no podía ser la excepción-, un repertorio musical de época, que incluyó diversos pasodobles como: “Armillita”, “Tarde de toros”, “Novillero”, “Lorenzo Garza”, “La Virgen de la Macarena”, “Cañita”, “Maravilla del toreo”, “Arruza”…, y dos canciones representativas del momento: “Humanidad” y “Perfidia”, proporcionadas generosamente por la Asociación Mexicana de Estudios Fonográficos, A.C.

   ¿En qué consiste la tecnología del disco DVD?

   Digital Versátil Disc, es un disco óptico con pistas microscópicas para almacenar video, audio y datos. Sus aplicaciones son múltiples, pues abarcan: música y audio, videos, videos musicales, películas, animaciones, entretenimiento y capacitación, educación, software, multimedia, video juegos, publicaciones periódicas, mercadotecnia y medios de comunicación. Pasa luego por una codificación, edición y programación de los datos sujetos a una interfase de control, con lo que los diferentes elementos allí reunidos formarán parte del producto final en formato DVD. Los formatos aceptados son en video (Betacam, DV, SBHS); audio (DA-88-, ADAT, CD y DAT). En lo relativo al concepto de arte considera los archivos gráficos. Las fases del proceso se someten a las siguientes etapas: planeación del proyecto, administración de espacio, captura de elementos, authoring y formato.

   La planeación del proyecto comprende el alcance y estructura, complejidad e interactividad, un diagrama de flujo y el aspecto general de la obra.

   La administración de espacio se refiere fundamentalmente a definir prioridades, capacidad vs. calidad en audio y video. La captura de elementos codifica el audio, el video que incluye, desde luego arte gráfico., la composición del video y los subtítulos.

   El Authoring o integración y arreglo de elementos, procesa los archivos de audio y video, subtítulos, menús y botones, capítulos, multi-historia, multi-ángulo, multi-lenguaje así como la protección contra copia y regionalización. Por último el formato concentra toda la información en un disco duro que se traslada a un DVD-R como copia para el cliente y se concluye con el DLT, replicación o multicopiado.

   La versatilidad del DVD en su parte puramente técnica, nos permitió diseñar un trabajo que no solo se atuviera al principio de ese gran material. Era necesario echar una mirada a los acontecimientos políticos, económicos o sociales que cimbraban al país y al mundo en esos años. De esa manera, el marco histórico garantizó tales alcances, en los que fue posible tener una dimensión del México bajo el régimen del General Manuel Ávila Camacho, así como de otros personajes entrañables que surgieron precisamente del cine o el teatro. Algunos de ellos eran, además, excelentes intérpretes de la canción vernácula, de los boleros y otros ritmos musicales que escucharon nuestros padres o nuestros abuelos a través de la radio, vehículo de la comunicación que se consolidaba con gran fuerza. También fueron los años de la segunda guerra mundial que conmovieron a la humanidad. De igual forma, también se consideró la necesidad de incluir un “trailer” que anunciara la salida del siguiente material, considerando que el tema LOS ORÍGENES: 1895-1930, posee, en sí mismo una dimensión extraordinaria, puesto que encierra todo aquel material taurino localizado en los repositorios de la Filmoteca de la Universidad, dueño además de una peculiaridad sin igual, de la que sabemos ya con toda certeza la siguiente historia:

    Desde el viernes 18 de enero de 1895 ocurrió la primera exhibición de cine realizada en México, por los señores Maguire, Bacus y John D. Roslyn, representantes de Thomas Alva Edison, usando para tal ocasión un kinetoscopio. Entre las películas que fueron presentadas en el salón de la 3ª calle de San Francisco Nº 6 fueron incluidas dos cintas de asuntos mexicanos: Lasso Thrower y Mexican Knife Duel, filmadas en algún estado de la nación norteamericana –y a finales de 1894-, cuando pasaba por aquellos lugares una compañía circense. Las imágenes de Lasso Thrower recogen la actuación de Vicente Oropeza, quien fue, a la sazón, miembro de la cuadrilla de Ponciano Díaz. Oropeza, además de ser un hábil picador de toros, también se convirtió en el mejor charro mexicano de finales del siglo XIX. Es decir, que sin ser escenas de carácter eminentemente taurino, se convierten en las primeras que recogen a un protagonista de esta diversión popular.

   Un año más tarde, se presenta en la ciudad de México un kinetófono junto a un fonógrafo, invenciones ambas de Edison, con las que se tuvo la idea de unir imagen y sonido al mismo tiempo, sueño que con el tiempo se volvería realidad. Para el 6 de agosto de aquel 1896, los señores Ferdinand Von Bernard y Gabriel Veyre, representantes de la casa Lumière, ofrecieron la premiere de diversos materiales filmados por otros mensajeros de aquella firma al General Porfirio Díaz en el Castillo de Chapultepec, residencia del Presidente de la República. Aquellos acontecimientos ocurridos en un tiempo relativamente corto, representaron un importante capítulo que vino a dar un vuelco definitivo, tanto en las costumbres como en la asimilación de una nueva forma de ver el mundo, partiendo de condiciones absolutamente ingenuas, por lo mismo incapaces de aceptar un agresivo desplazamiento de lo que para entonces era el terreno dominado por la fotografía. De igual forma, el hecho de tenerse que adecuar a un nuevo lenguaje “cinematográfico”, obligó a las sociedades a buscar rápidamente las expresiones adecuadas para definir y entender al cine. Porfirio Díaz vio en aquello, un instrumento publicitario del que se sirvió para incrementar su imagen. Sin embargo, nunca imaginó que a pesar de aquella buena oportunidad, se vería rebasado por el número de filmaciones con tema taurino que se presentaron desde enero de 1895 hasta la fecha en que tuvo que renunciar, en mayo de 1911, fecha en la que se obtuvo un importante triunfo de la Revolución Mexicana. En una relación preparada ex profeso para este trabajo, se han encontrado arriba de cien diferentes materiales con tema taurino que abarcan ese periodo, en el que se incluyen filmaciones logradas en México, España y Francia por camarógrafos tales como: los representantes de Thomas Alva Edison, los señores Von Bernard y Veyre, representantes de la casa Lumière. Se suman a esta relación a Albert Promio, Enoch C. Rector, Otway Latham, Louis Currich y Enrique Moulinié. Fred Blechynden, quien trabajó junto al productor James White, sin faltar los trabajos de Salvador Toscano, los hermanos Becerril, los hermanos Alva, Carlos Mongrand, Julio Kennedy, Enrique Echaniz Brust, Juan C. Aguilar, Enrique Rosas Priego y José Cava, por mencionar a todos aquellos que trabajaron en la primera época del cine en su formato más primitivo.

   Puede decirse con toda seguridad, que después de “Corrida de toros”, trabajo de Enoch C. Rector, escenas logradas en febrero de 1896 en la plaza de toros de San Pablo, Chihuahua; y “Una corrida de toros” filmada por Otway Latham en nuestro país entre finales de 1895 y comienzos de 1896, la que tiene una resonancia que incluso llega hasta nuestros días es “Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz”, filmada en Puebla, el 2 de agosto de 1897 por los señores Currich y Moulinié, con lo cual se convierten en el primer trabajo fílmico logrado en México. Lamentablemente estas tres producciones se encuentran perdidas.

   Mientras tanto, el cine, expresión que fue adquiriendo una relevancia sin par en nuestro país entrado ya el siglo XX, logra que sean llevadas a la pantalla las producciones con tema taurino que se incrementaron notablemente, lo cual generó un mercado sujeto a las competencias leales y desleales, pues tanto camarógrafos como productores y distribuidores se peleaban las novedades que fueron expuestas en los teatros más sobresalientes, tanto de la capital como de la provincia. Más tarde, las necesidades de consumo obligaron a los productores y camarógrafos a “emplazar sus cámaras” por otros senderos: los de la producción de cine con argumento, del que “Santa”, dirigida en 1918 por Luis G. Peredo, y producida por Germán Camus viene a convertirse en el primer gran trabajo con esos alcances. Después vendrían “La puñalada” de 1922, en la que uno de los protagonistas es Antonio Fuentes, “Susana” de United Artist (1921), “Oro, sangre y sol” de Miguel Contreras Torres, con Rodolfo Gaona (1923), “Último día de un torero o la despedida de Rodolfo Gaona” de Rafael Trujillo y Rafael Necoechea (1925), “La sirena de Sevilla”, “El Relicario” de Miguel Contreras Torres (1926), “El tren fantasma” de Gabriel García Moreno (1927), “los amores de Gaona” de María Luisa Garza “Loreley” (1928), hasta llegar a la primer gran super-producción: “¡Que viva México!” del director soviético Sergei M. Eisenstein, filmada y producida en nuestro país en 1931.

   Tal conjunto de situaciones no escapó a dicha revisión, integrada al corpus de este primer disco, dentro de la colección “Tesoros de la Filmoteca U.N.A.M. Desde aquí, un sincero agradecimiento a las autoridades universitarias, al maestro Ignacio Solares, quien al frente de la Coordinación de Difusión Cultural de la U.N.A.M., proclama su afición a los toros y apoya este proyecto. Del biólogo Iván Trujillo, encargado de la Filmoteca de la U.N.A.M., el cual nos abrió las puertas de este importante depósito de la memoria para acercarnos a un pasado donde -curiosamente- las máquinas allí utilizadas, vuelven a darle vida una y otra vez a todo aquello que no necesariamente se convierte en material archivado; o lo que es peor, olvidado. Puedo confesarles que la oportunidad que, como investigador tengo en estos momentos de acercarme a semejantes tesoros, es de privilegio, única e inolvidable.

   Así que todo aquel aficionado a los toros, dispuesto a conocer una parte del notable recorrido del siglo XX, tiene en LOS TESOROS DE LA FILMOTECA DE LA UNAM, y con este, su primer disco dedicado a la colección “Daniel Vela”, la enorme oportunidad de acercarse a lo que fueron y significaron aquellos momentos de particular significado para el toreo en nuestro país, agregando al gozo de su observación, una calidad insuperable en el acabado de las imágenes, de la fidelidad de los sonidos; o de lo preciso y puntual de sus diálogos que terminan convirtiéndolo en pieza y documento insustituibles. Trabajo sin precedentes, útil e indispensable para entender cual ha sido la expresión de arte y técnica, pero sobre todo la forma de ser de un espectáculo en los últimos 100 años, fundamental y particularmente en México, y que hoy se encuentra a su alcance.

   No quiero dejar de mencionar aquí el trabajo de conjunto que realicé con mi amigo y colega el Lic. en Historia Ángel Martínez Juárez, Jefe del Departamento de Catalogación (Filmoteca de la U.N.A.M.). De igual forma con Francisco Ohem, Subdirector de Cinematografía (Filmoteca de la U.N.A.M.). Jesús Brito, Jefe del Departamento de Producción (Filmoteca de la U.N.A.M.), Enrique Ojeda Castol, editor en la Filmoteca de la U.N.A.M. La locución corrió a cargo tanto de Alejandra Montalvo, como de quien esto escribe. De la colaboración especial del Lic. Julio Téllez García, a quien agradezco sus opiniones y recomendaciones, lo mismo que de las invaluables sugerencias de Juan Felipe Leal, Eduardo Barraza y Carlos Arturo Flores Villela.

   Mi última recomendación: ¡Disfruten este maravilloso trabajo!

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APUNTES SOBRE EL PERIODISMO TAURINO MEXICANO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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He aquí el ejemplar N° 1 de El Arte de la Lidia, publicado en noviembre de 1884. Con esta publicación, comienza el registro de la prensa taurina en el México moderno.

   Cronistas para menesteres taurinos, los ha habido desde tiempo inmemorial. Buenos y malos, regulares y peores. Recordamos aquí, a vuelo de pluma al mismísimo Capitán General Hernán Cortés, quien le envió recado a su majestad Carlos V, en la Quinta Carta-Relación en 1526 de un suceso taurino ocurrido el día de San Juan… Y luego, las ocurrencias descritas por el soldado Bernal Díaz del Castillo (hoy día a punto de perder su jetatura o su condición de señor feudal en lo literario, que ya de eso se ha ocupado Christian Duverger, quien hace algunos años entregó conclusiones contundentes al respecto en Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España? México, 2ª reimpr. Tauris, Santillana Ediciones Generales, S.A. de C.V., 2013. 335+XI p. Ils.) justo cuando se firmaron las paces de Aguas Muertas, en 1536. Ya en el siglo XVII, Bernardo de Balbuena nos legó en su Grandeza Mexicana un portento poético, descripción precisa de aquella ciudad que crecía, se hundía y volvía a crecer con su gente y sus bondades y su todo.

   Por fortuna, ciertos impresos virreinales dados por perdidos hoy día aparecen y el de María de Estrada Medinilla, escrito en 1640, curioso a cual más… es uno de ellos. Se trata de una joya, y me refiero a la descripción de las Fiestas de toros, juego de cañas y alcancías, que celebró la Nobilísima Ciudad de México, a 27 de noviembre de 1640, en celebración de la venida a este Reino, el Excmo. Señor Don Diego López Pacheco, Marqués de Villena, Duque de Escalona, Virrey y Capitán General de esta Nueva España. Y luego, las cosas que escribió el capitán Alonso Ramírez de Vargas, sobre todo su Romance de los rejoneadores… en 1677. Y entre las obras ya mencionadas, no podemos olvidar lo que publicaron Gregorio Martín de Guijo y Antonio de Robles, quienes hicieron del Diario de sucesos notables (1648–1664 y 1665–1703, respectivamente) la delicia de unos cuantos lectores, si para ello recordamos que los índices de legos eran bajos, como hoy día lo sigue siendo en el índice de lectores. Aquí también cabe la posibilidad de agregar la Gazeta de México, cuyo responsable fue Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche entre los años de 1722, 1728 y 1742 respectivamente.

   Y luego, ya en pleno siglo XVIII obras como las de Francisco José de Isla: BUELOS de la Imperial Aguila Tetzcucana, A las radiantes Luzes, de el Luminar mayor de dos Efpheras. Nuestro Ínclito Monarca, el Catholico Rey N. Sr. D. Phelippe Qvinto [Que Dios guarde] (…) Tetzcuco, el día 26 de Junio de efte año de 1701, o la de Cayetano Cabrera y Quintero, con su Himeneo Celebrado, que dio a la luz en 1723, en ocasión de las Nupcias del Serenísimo Señor DON LUIS FERNANDO, Príncipe de las Asturias, con la Serenísima Señora Princesa de Orleáns. En 1732, entregaban a la imprenta, tanto Joseph Bernardo de Hogal como el propio Cabrera y Quintero y el bachiller Bernardino de Salvatierra y Garnica sendas obras que recordaban el buen suceso de la empresa contra los otomanos en la restauración de la plaza de Orán. Ya casi para terminar ese siglo, considerado como “el de las luces”, quien deja testimonio poético de otro suceso taurino es el misterioso Manuel Quiros y Campo Sagrado y sus Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General, de 1786.

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José Francisco Coello Ugalde: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas, 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. facs. (Separata del Boletín de Investigaciones Bibliográficas, segunda época, 2).

   Para el siglo XIX, plumas célebres como las de José Joaquín Fernández de Lizardi, Guillermo Prieto, Luis G. Inclán dedican parte de su obra al tema taurino. Afortunadamente comenzaron a aparecer en forma más periódica ciertas crónicas, como la que, para Heriberto Lanfranchi es la primera en términos más formales. Data de la corrida efectuada el jueves 23 de septiembre de 1852, y que apareció en El Orden Nº 50 del martes 28 de septiembre siguiente. Ello es una evidencia clara de que ya interesaba el toreo como espectáculo más organizado o más atractivo en cuanto forma de su representación.

   Surge, casi al finalizar ese siglo apasionante un capítulo que, dadas sus características de formación e integración es difícil sintetizar en estos momentos, pero trataré de hacer apretado informe.

   Es a partir de 1884 en que aparece el primer periódico taurino en México: El Arte de la Lidia, dirigido primero por Catarino Chávez y poco más adelante por Julio Bonilla, quien toma partido por el toreo “nacionalista”, puesto que Bonilla se convirtió en el representante del torero mexicano Ponciano Díaz, ídolo de la afición entre los años de 1880 y hasta 1895 aproximadamente. Dicha publicación ejemplifica una crítica al toreo español que en esos momentos están abanderando diestros como José Machío; pero también por Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos.

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Colección del autor.

   La participación directa de una tribuna periodística diferente y a partir de 1887, fue la encabezada por Eduardo Noriega quien estaba decidido a “fomentar el buen gusto por el toreo”. La Muleta planteó una línea peculiar, sustentada en promover y exaltar la expresión taurina recién instalada en México, convencida de que era el mejor procedimiento técnico y estético, por encima de la anarquía sostenida por todos los diestros mexicanos, la mayoría de los cuales entendió que seguir por ese camino era imposible; por lo tanto procuraron asimilar y hacer suyos todos los novedosos esquemas. Eso les tomó algún tiempo. Sin embargo pocos fueron los que se pudieron adaptar al nuevo orden de ideas, en tanto que el resto tuvo que dispersarse, dejando lugar a los convenientes reacomodos. Solo hubo uno que asumió la rebeldía: Ponciano Díaz Salinas, torero híbrido, lo mismo a pie que a caballo, cuya declaración de principios no se vio alterada, porque no lo permitió ni se permitió tampoco la valiosa oportunidad de incorporarse a ese nuevo panorama. Y La Muleta, al percibir en él esa actitud lo combatió ferozmente. Y si ya no fue La Muleta, periódico de vida muy corta (1887-1889), siguieron esa línea El Toreo Ilustrado, El Noticioso y algunos otros por nuevos senderos los que, totalizan un número cercano a los 120 títulos, entre 1884 y 1911.

   A todo este conjunto de datos, no puede faltar una pieza importante, alma fundamental de aquel movimiento, que se concentró en un solo núcleo: el centro taurino “Espada Pedro Romero”, consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el Sánchez de Neira,[1] o la de Leopoldo Vázquez.[2] Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con el arribo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.


[1] José Sánchez de Neira: El toreo. Gran diccionario tauromáquico. Comprende todas las voces técnicas conocidas en el arte; origen, historia, influencia en las costumbres, defensa y utilidad de las corridas de toros; explicación detallada del modo de ejecutar cuantas suertes antiguas y modernas se conocen, lo cual constituye el más extenso arte de torear tanto a pie como a caballo, que se ha escrito hasta el día: Biografías, semblanzas, bocetos y reseñas de escritores, artistas, lidiadores y otras personas que con sus talentos, influencias o de cualquiera manera han contribuido al fomento de nuestra fiesta nacional; ganaderías, hierros, divisas, plazas, instrumentos del toreo, etc., etc., Por (…). Madrid, Imprenta y Librería de Miguel Guijarro, Editor, 1879. 2 V. Ils.

[2] Leopoldo Vázquez y Rodríguez: Anales del toreo. Reseña histórica de la lidia de reses bravas. Galería biográfica de los principales lidiadores: razón de las primeras ganaderías españolas, sus condiciones y divisas. Obra escrita por (…) e ilustrada por reputados artistas. Madrid, Librería de Escribano y Echevarría, 1889. 317 p. Ils.

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UN BALANCE DE “LA TEMPORADA DE ORO”: MOTIVO PARA RECORDAR.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

UN BALANCE DE “LA TEMPORADA DE ORO”: MOTIVO PARA RECORDAR. (I).

    Estas notas, entresacadas de viejos apuntes, fueron escritas entre 1995 y 1996. La primera, como verán en su mismo título, recupera la que fue temporada de conmemoración –otoño e invierno- entre 1995 y 1996. La segunda procuró emitir una opinión al respecto de las novilladas que se celebraron entre el verano y otoño de 1996.

   A los 50 años de construida la monumental plaza de toros “México”, la ya histórica “Temporada de oro” conmemoró el magno acontecimiento. Hoy la sensatez, por encima de la emoción, nos ayudará a explicarnos la suma de experiencias y resultados propios de las “festivas celebraciones”.

   22 festejos más uno extraordinario -el de la “oreja de oro”- dieron lustre a un conjunto de actividades programadas por el empresario, Rafael Herrerías que, a no dudar, puso todo su esfuerzo y empeño. Sin embargo un factor impredecible se dejó notar a lo largo del serial: no se registraron llenos absolutos mas que en contadas tardes, cuyos atrayentes carteles garantizaban el “no hay billetes”. El costo de los boletos -a pesar de la situación económica actual- es aceptable en todas las localidades de la plaza, aunque el bolsillo de muchos aficionados no debe haber aguantado el ritmo, inherente a la crisis misma.

   En cuanto al ganado, encontramos un común denominador, que es la nueva pero sospechosa forma de mostrarnos el mes y año de nacencia de todos los toros. En unos, era más que evidente la edad, por su forma comprobable en los anillos de la cepa del pitón, además de su estampa, debemos agregar su real apariencia de toro, por encima de pesos generalmente engañosos, y generalmente el sustento de una “verdad a medias”. En otros “toros”, francamente nos tomaron la medida dándonos, como quien dice “gato por liebre” y pocas fueron las protestas que se registraron en el termómetro de los tendidos.

   Dos factores complementarios en torno al toro fueron: uno, los excesos en las cuadrillas al provocar la embestida, yendo los de a pie corriendo hacia el burladero, o citando desde el mismo, por lo que arremetían con toda su fuerza varios toros que salieron despitorrados. Otro, los “toros de regalo”, asunto este que aunque cuestionado por la prensa es una forma por medio de la cual el público demanda a un torero que no se acomodó en su lote, el obsequio consiguiente. Así, varios diestros obtuvieron sendos triunfos. Y algo más: el asunto está tan arraigado y tan deformado a la vez, que no puede evitarse, por más que los tradicionalistas a ultranza así lo vean. Es preciso entender el caos por el que transita una corrida y todo lo que de ella se desprende. Fiesta al fin y al cabo.

   En cuanto al resultado artístico: debo destacar sin ismos de ninguna especie, y considerando al toreo como expresión universal, y no nacional o local, ya que no faltaron aquellos que sacaron a flote su rechazo por otros toreros que no fueran los nuestros. Así, descollaron César Rincón, Enrique Ponce, “Joselito” como extranjeros, y desde luego Eloy Cavazos, Jorge Gutiérrez, Manolo Mejía, con sendos triunfos de resonancia que aún deja escuchar su eco. En otros niveles se considera el quehacer de Eulalio López “El Zotoluco”, José Tomás, Rafael Ortega, Mario del Olmo o “El Conde” quienes forman parte de la generación más inmediata y que ya se colocan en mejores posiciones, mismas que deben afianzar a fuerza de pelea, de tesón y de garra, para evitar enfrentamientos con la mediocridad. O lo que es peor: el olvido y la indiferencia de la afición. Recordemos el caso palpable de Rafael Guerra “Guerrita”, quien declaraba después de una tarde aciaga: “No me voy. Me echan”.

   Quedaron grabadas en nuestra memoria faenas de bella, bellísima manufactura, dignas  para el álbum del jubileo que recoge en sus páginas lo mejor de lo mejor. Desde luego Enrique Ponce se convierte en favorito de la afición capitalina, tras emprender varias hazañas cuyo valor estético lo ponen, de golpe y porrazo en el sitio de los privilegiados. Sus faenas alcanzan el grado de “sublimes” por el sentido de lo hermoso, lo bello y lo perfecto. Nuestras palabras no alcanzan a explicar la delicia y el placer con que el arte se manifestó en las manos del valenciano. Caben ya en el lenguaje con que entendemos y explicamos el toreo, nuevos adjetivos que den idea de un quehacer tan refinado y casi celestial con que se prodigó el torero en cuestión. Otra gran tarde la dio César Rincón, la primera de la temporada y la única donde actuó pero que terminó convenciendo dado su alto grado de profesionalismo. Y qué decir de José Miguel Arroyo la tarde del 25 de febrero. Si con el primero abrevió, en el segundo trastocó los sentidos en todas sus manifestaciones, y hasta me atrevería a decir que la suya fue la mejor faena de la temporada.

   Eloy Cavazos luego del percance en la tarde de su reaparición, retorna demostrando que la madurez del torero no se ve en los años de andanza, sino en el constante ritmo de triunfos y en la fructífera razón de ser, de superarse a sí mismo y dejar constancia de su quehacer, cosa que ya logró con creces.

   En cuanto a Jorge Gutiérrez y Manolo Mejía, ambos se encuentran en el dilema mayor de su carrera: la consagración absoluta. Si bien han tenido tardes triunfales, la constante se ha mostrado contraria, por lo que si para Manolo, la temporada anterior lo coloca como el triunfador, en esta la afición se mostró paciente y aguardó hasta que se dieron las circunstancias de triunfo, igual que con Jorge, quien se ha empeñado en consagrar absolutamente ante la afición de la capital.

   La “temporada de oro” culminó con “la oreja de oro”, obtenida por Rafael Ortega luego de una faena matizada de técnica y valor, así como de una aventajada concepción de arte que debe apresurarse a depurar. Los años en un torero se vienen encima más rápido que de costumbre.

   El toreo como gozo y como espectáculo alcanzó con esta temporada niveles que la harán recordar. Ya es un motivo más para el recuerdo.

MEXICO 05 FEB 1996 (1)

Disponible en internet agosto 26, 2015 en:

http://laaldeadetauro.blogspot.mx/2010/02/la-corrida-del-5-de-febrero-una_05.html

VISION CRÍTICA Y SENSATA A LA TEMPORADA DE NOVILLADAS 1996. (II).

   El toreo como espectáculo tiende a mostrar altibajos, signo de crisis o de decadencia. Y sin embargo, se mueve (como sentenciara alguna vez Galileo Galilei); allí está, adaptándose a cada nueva época.

   Esta reflexión cabe aquí luego de haber culminado una temporada de novilladas más, la de 1996, en la plaza de toros “México”. Con el concurso de buen número de prospectos la empresa capitalina organizó 19 festejos más el de la “oreja de plata” donde los resultados no fueron los esperados. En realidad el corte de apéndices y de tardes triunfales apenas alcanza a calificarla de modesta, para unos, y mediocre para otros.

   Destacaron César Castañeda, Enrique “El cuate” Espinosa, Alfredo Gutiérrez, Alberto Huerta, Domingo Sánchez “El Mingo”, José Sánchez “El Miura”, Tomás Gutiérrez (todos ellos participantes en la disputa de la “oreja de plata”) y el español José Antonio Iniesta. En lo particular, el quehacer de Alberto Huerta -hijo y sobrino de toreros-, así como el de José Antonio Iniesta representan una importante alternativa de apertura a un capítulo del toreo contemporáneo, pues ambos manifiestan avances en la técnica y también la estética de sus personales interpretaciones de la tauromaquia. Evidentemente, Huerta debe practicar hasta el cansancio la suerte suprema ya que ha perdido oportunidades muy valiosas por encaramarse en sitios de privilegio. En Iniesta se ve a un gran torero en puerta.

   Como se ve, surgieron varias posibilidades y acaso, por lograr un mejor lugar en la torería nacional deben foguearse en provincia, demostrar con orgullo la escuela de su procedencia y tener mucha vergüenza torera para regresar a consagrarse como Dios manda en la próxima temporada.

   Sería un riesgo mayor que alguno de ellos decidiera dar el “espaldarazo” pues tal postura los podría arrojar a un destino incierto, al montón en una palabra.

   Los encierros en términos generales fueron justos en presentación y dominó la nobleza que rayaba muchas veces en bondad, característica que para muchos jóvenes pasó por alto. Por supuesto que hubo de todo. Una temporada de novilladas debe ser vista con otros ojos, los muchachos van empezando y no se les puede exigir como a las “figuras consagradas”. Cada tarde representa para ellos una prueba de fuego, pero sobre todo, el superarse a sí mismos ante los errores cometidos y las incertidumbres manifiestas en sus actuaciones pasadas.

   La afición -desde luego- espera a un nuevo “Mesías”, a la nueva figura del toreo que pueda darnos una temporada como la que reseñamos. Y sin embargo, no llegó. Ellos, los novilleros deben ser los primeros en darse cuenta de si funcionan o no en esta difícil profesión, vigilada estrictamente por aficionados que exigen o hacen suyo a algún muchacho con los sellos de privilegiado para el quehacer taurino. Por cierto, la asistencia a la plaza durante todos los festejos fue apenas regular, síntoma quizá del poco interés, o del escaso atractivo en los carteles.

   La ciudad de México y zona metropolitana juntas, con más de 20 millones de habitantes, los medios de comunicación provistos de un despliegue de difusión tremendo no alcanzaron a satisfacer los resultados que empresa y afición esperaban al ver colmados los tendidos de aficionados pendientes de una temporada sometida a uno más de los altibajos que padece el espectáculo, expuesto a todo menos a desaparecer.

   ¿Vivimos en medio de una crisis de valores? Probablemente, pero no olvidemos que para los novilleros existe un margen distinto de interpretación a sus actuaciones que, por otro lado, siempre deben ir en ascenso, pues de ahí que ellos demuestren sus intenciones por superarse un día sí, y otro también. La de toros es una profesión llena de sacrificios y es de las pocas que pueden decir si la vocación de aquel que aspira a convertirse en figura es o no una realidad al principio de su trayectoria.

   Las novilladas de 1996 que ya forman parte del testimonio histórico mexicano dejan evidencia clara de una baja que no debe ser vista más que como síntoma de la trayectoria con que se define el toreo en esta época. Para mejor entenderlo, pasó por un mal momento que deseamos supere en la temporada venidera.

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LA COLECCIÓN “DANIEL VELA” y SU INFLUENCIA EN “TESOROS TAURINOS DE LA FILMOTECA DE LA U.N.A.M. (III).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

SOBRE LA COLECCIÓN TESOROS TAURINOS DE LA FILMOTECA DE LA U.N.A.M. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   En julio de 2002 escribía estas notas, que se integraron al proyecto que se comenta en la presente serie.

   “TESOROS TAURINOS DE LA FILMOTECA DE LA U.N.A.M.: 1895-1975”, es un trabajo que reúne por vez primera una parte significativa de los acervos custodiados por la Universidad Nacional. Sabemos con toda certeza, que desde el viernes 18 de enero de 1895 ocurrió la primera exhibición de cine realizada en México, por los señores Maguire, Bacus y John D. Roslyn, representantes de Thomas Alva Edison, usando para tal ocasión un kinetoscopio. Entre las películas que fueron presentadas en el salón de la 3ª calle de San Francisco Nº 6 fueron incluidas dos cintas de asuntos mexicanos: Lasso Thrower y Mexican Knife Duel, filmadas en algún estado de la nación norteamericana –y a finales de 1894-, cuando pasaba por aquellos lugares una compañía circense. Las imágenes de Lasso Thrower recogen la actuación de Vicente Oropeza, quien fue, a la sazón, miembro de la cuadrilla de Ponciano Díaz. Oropeza, además de ser un hábil picador de toros, también se convirtió en el mejor charro mexicano de finales del siglo XIX. Es decir, que sin ser escenas de carácter eminentemente taurino, se convierten en las primeras que recogen a un protagonista de esta diversión popular.

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Esta serie de fotogramas, muestra la secuencia de actuación que representó Vicente Oropeza en “Lasso Thrower”, filmación realizada a finales de 1894 por los representantes de Thomas Alva Edison en Estados Unidos de Norteamérica. Vicente fue integrante en la cuadrilla de Ponciano Díaz, actuando como picador y lazador. Las escenas de este cortometraje fueron exhibidas el 23 de enero de 1895 en la 3ª calle de San Francisco N° 6, ciudad de México.

   Un año más tarde, se presenta en la ciudad de México un kinetófono junto a un fonógrafo, invenciones ambas de Edison, con las que se tuvo la idea de unir imagen y sonido al mismo tiempo, sueño que con el tiempo se volvería realidad. Para el 6 de agosto de aquel 1896, los señores Ferdinand Von Bernard y Gabriel Veyre, representantes de la casa Lumière, ofrecieron la premiere de diversos materiales filmados por otros mensajeros de aquella firma al General Porfirio Díaz en el Castillo de Chapultepec, residencia del Presidente de la República. Aquellos acontecimientos ocurridos en un tiempo relativamente corto, representaron un importante capítulo que vino a dar un vuelco definitivo, tanto en las costumbres como en la asimilación de una nueva forma de ver el mundo, partiendo de condiciones absolutamente ingenuas, por lo mismo incapaces de aceptar un agresivo desplazamiento de lo que para entonces era el terreno dominado por la fotografía. De igual forma, el hecho de tenerse que adecuar a un nuevo lenguaje “cinematográfico”, obligó a las sociedades a buscar rápidamente las expresiones adecuadas para definir y entender al cine. Porfirio Díaz vio en aquello, un instrumento publicitario del que se sirvió para incrementar su imagen. Sin embargo, nunca imaginó que a pesar de aquella buena oportunidad, se vería rebasado por el número de filmaciones con tema taurino que se presentaron desde enero de 1895 hasta la fecha en que tuvo que renunciar, en mayo de 1911, fecha en la que se obtuvo un importante triunfo de la Revolución Mexicana. En una relación preparada ex profeso para este trabajo, se han encontrado arriba de cien diferentes materiales con tema taurino que abarcan ese periodo, en el que se incluyen filmaciones logradas en México, España y Francia por camarógrafos tales como: los representantes de Thomas Alva Edison, los señores Von Bernard y Veyre, representantes de la casa Lumière. Se suman a esta relación a Albert Promio, Enoch C. Rector, Otway Latham, Louis Currich y Enrique Moulinié. Fred Blechynden, quien trabajó junto al productor James White, sin faltar los trabajos de Salvador Toscano, los hermanos Becerril, los hermanos Alva, Carlos Mongrand, Julio Kennedy, Enrique Echaniz Brust, Juan C. Aguilar, Enrique Rosas Priego y José Cava, por mencionar a todos aquellos que trabajaron en la primera época del cine en su formato más primitivo.

P. de T. LA VILLA DE GUADALUPE_1902

Fotograma que muestra una escena filmada la tarde del 16 de diciembre de 1902 por los Asociados de Thomas Alva Edison.

   Puede decirse con toda seguridad, que después de “Corrida de toros”, trabajo de Enoch C. Rector, escenas logradas en febrero de 1896 en la plaza de toros de San Pablo, Chihuahua; y “Una corrida de toros” filmada por Otway Latham en nuestro país entre finales de 1895 y comienzos de 1896, la que tiene una resonancia que incluso llega hasta nuestros días es “Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz”, filmada en Puebla, el 2 de agosto de 1897 por los señores Currich y Moulinié, con lo cual se convierten en el primer trabajo fílmico logrado en México. Lamentablemente estas tres producciones se encuentran perdidas.

   Mientras tanto, el cine, expresión que fue adquiriendo una relevancia sin par en nuestro país entrado ya el siglo XX, logra que sean llevadas a la pantalla las producciones con tema taurino que se incrementaron notablemente, lo cual generó un mercado sujeto a las competencias leales y desleales, pues tanto camarógrafos como productores y distribuidores se peleaban las novedades que fueron expuestas en los teatros más sobresalientes, tanto de la capital como de la provincia. Más tarde, las necesidades de consumo obligaron a los productores y camarógrafos a “emplazar sus cámaras” por otros senderos: los de la producción de cine con argumento, del que “Santa”, dirigida en 1918 por Luis G. Peredo, y producida por Germán Camus viene a convertirse en el primer gran trabajo con esos alcances. Después vendrían “La puñalada” de 1922, en la que uno de los protagonistas es Antonio Fuentes, “Susana” de United Artist (1921), “Oro, sangre y sol” de Miguel Contreras Torres, con Rodolfo Gaona (1923), “Último día de un torero o la despedida de Rodolfo Gaona” de Rafael Trujillo y Rafael Necoechea (1925), “La sirena de Sevilla”, “El Relicario” de Miguel Contreras Torres (1926), “El tren fantasma” de Gabriel García Moreno (1927), “los amores de Gaona” de María Luisa Garza “Loreley” (1928), hasta llegar a la primer gran super-producción: “¡Que viva México!” del director soviético Sergei M. Eisenstein, filmada y producida en nuestro país en 1931.

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Uno de los diestros que mayor número de registros cinematográficos se tienen sobre él, es ni más ni menos que Rodolfo Gaona. Aquí, rematando con una “larga cordobesa”, de la que hizo particular interpretación. En: La Temporada. Semanario taurino ilustrado, número del mes de marzo de 1914.

   El cine silente quedó desplazado por el cine sonoro de manera por demás satisfactoria, y el tema taurino no fue la excepción. Una nueva producción de “Santa”, aparece en 1931, dirigida por Antonio Moreno, con la adaptación a la obra de Federico Gamboa por parte de Carlos Noriega Hoppe, seguida, entre otras, por: “Soñadores de la gloria” de Miguel Contreras Torres (1932), “El tigre de Yautepec” de Fernando de Fuentes (1933), donde participó el diestro José Ortiz. Tras la gran producción de “¡Allá en el rancho grande!” (1936), donde el cine participa también en la reivindicación del nacionalismo mexicano, comienza a darse una sucesión de temas, favorables unos, recurrentes otros; trillados y sin soporte argumental algunos más. El hecho era entrar en un mercado que devino en comercialismo efímero, pero sin sustancia creativa. La aparición de “¡Ora Ponciano!” de Gabriel Soria en 1936, se sumó a ese cine que, unido al nacionalismo emergente, recreaba en buena medida, el porfiriato, espacio histórico que ofreció infinidad de aristas, incluyendo algunas de ellas un mensaje subliminal o más bien soterrado, que recuperaba los parámetros en las costumbres familiares, exaltando los principios conservadores vs. un relajamiento de la sociedad, produciéndose escenas que terminaban siendo verdaderos modelos de virtud. Fueron momentos en que diversos directores aprovecharon la vuelta a los buenos tiempos en que el teatro, o las ascensiones de Joaquín de la Cantolla y Rico dieron lustre a la “pax porfiriana” sin que necesariamente se creara un discurso que reconociera los logros de la dictadura encabezada por el “héroe de Tuxtepec”. Bastaba con que se elogiara la escenografía que se creó alrededor de este periodo. En esencia, la figura de Porfirio Díaz tuvo un trato pertinente que en ningún momento convocó a reñir con el pasado, asumiendo productores, actores y público una actitud prudente, porque quizá no era el tiempo de llamar al banquillo de los acusados a uno de los personajes más polémicos de la historia en los últimos dos siglos que hoy, junto con otros de semejantes perfiles, son distinguidos bajo la etiqueta de “héroes” o “antihéroes” de la patria.

   El cine, durante sus momentos de madurez, comenzó a incorporar en las salas de exhibición aquellos materiales que con el tiempo se convertirían en auténticos “reportajes”, mismos que dieron relevancia a las funciones durante los intermedios. Así, desde 1924, aparecen las primeras REVISTAS CINEMATOGRÁFICAS DE EL UNIVERSAL, claro antecedente de los noticieros EMA y CINE MUNDIAL (insertos algunos de ellos en esta obra monumental), que hicieron las delicias de muchos cinéfilos, quienes sin necesidad de ir a la plaza, se entusiasmaban viendo las escenas de los festejos recientes, celebrando con igual emoción que los aficionados en la plaza.

   Entre las producciones que deben calificarse como memorables o históricas, se encuentra la película “Torero” de Carlos Velo y Miguel Barbachano Ponce (1956). Este material, que se hizo acreedor a varios premios internacionales, se ha convertido en un auténtico “clásico” del cine mexicano, al punto de que pasadas varias décadas, sigue exhibiéndose en diversas salas cinematográficas y siempre con notable éxito.

   Materiales como los de Daniel Vela –incluidos en los TESOROS TAURINOS DE LA FILMOTECA DE LA U.N.A.M.-, recrean las hazañas de los principales diestros que desfilaron por ruedos mexicanos entre los años de 1941 y 1946. El disco, dedicado a este personaje reúne una antología por demás destacada, ya que pretende mostrar una selección de las mejores faenas, de los momentos claves en la trayectoria de toreros como Fermín Espinosa “Armillita”, Lorenzo Garza, Silverio Pérez, Luis Procuna, Carlos Vera “Cañitas”, Ricardo Torres, Alfonso Ramírez “Calesero”, la notable rejoneadora Conchita Cintrón. No pueden faltar aquellas imágenes donde es posible apreciar a una serie de “héroes” efímeros, como Rafael Osorno o Félix Guzmán, y hasta aquellas de la inauguración de la plaza de toros “México”, el 5 de febrero de 1946 con la presencia notable de Manuel Rodríguez “Manolete”. En su mayoría son películas tomadas a color que, para el cine de aficionados es una novedad.

   Después vinieron una serie de producciones de diversas calidades, entre las que sobresale definitivamente el trabajo dirigido por Juan Ibáñez en 1972 y que tituló “Los caprichos de la agonía”, en donde el memorable diestro neoleonés Manolo Martínez nos cuenta parte de su vida, cuyo argumento es una danza constante con las obsesiones que la muerte es capaz de producir en diversas circunstancias, por lo que un torero de semejante calibre como lo fue este “mandón”, dentro y fuera de los ruedos, fue el indicado para expresar lo que representan también los múltiples tonos que el miedo (miedo al fracaso, o miedo a la muerte) produce a lo largo de una carrera intensa como la que en vida representó la figura polémica de Manuel Martínez Ancira. Y todo ello lo entendió a la perfección Juan Ibáñez quien pudo recoger en este importante trabajo el contraste de la vida y la muerte, el temor y la absoluta confianza de sí mismo; el fracaso y la gloria apenas experimentadas en unas horas donde un hombre cotidiano y mortal, se convierte materialmente en un dios inmortal, o en el demonio eterno.

   Contiene esta obra, y de forma por demás sintetizada, una relación que pretende incluir todos los trabajos con tema taurino filmados o exhibidos en México desde 1895 y hasta 1977, época ésta última en que definitivamente se dio el cambio de generación entre el cine y el video, sin que ello signifique la desaparición de otras grandes producciones que han sido preparadas bajo el formato tradicional con el que el cine en su conjunto ha trabajado de siempre. Pocos en realidad han sido los que se han ocupado del tema de los toros en el curso de los últimos veinte años, como Latino bar, de Paul Leduc (1991), Fuera de serie, de René Cardona y Tony García (1997); Manolete, producción franco-mexicana de Emilio Maillé (1997) y Petatera, crónica de una plaza portátil que año con año es autoconstruida por los habitantes de Villa de Álvarez, Colima para celebrar a San Felipe de Jesús, documental en el que intervinieron Carlos Mendoza, el Arq. Carlos Mijares bajo la producción ejecutiva de Iván Trujillo. Como puede entenderse, el cine en su más amplia visión, no ha dejado de ocuparse del tema taurino, por lo que es posible prever futuras producciones.

   He allí pues, contenida la diversidad de materiales que han sido considerados para enriquecer los TESOROS TAURINOS DE LA FILMOTECA DE LA U.N.A.M., de los que apenas hemos abordado con datos elementales, en el entendido de que sea el valor esencial de las propias imágenes, el encargado de dar el panorama más completo que aficionados a los toros y cinéfilos, pero también todos aquellos interesados, esperan para conocer los elementos de lo que fue y ha sido el tránsito de una fiesta, hoy por hoy, cinco veces centenaria, de la que se recogen los años fundamentales en que el cine se convirtió en pieza clave para trascender su relevancia: 1895 a 1975.

 

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LA HAZAÑA DE RAFAEL OSORNO CON EL NOVILLO “MAÑICO”, LA TARDE DEL 30 DE AGOSTO DE 1942: SU MAYOR Y ÚNICA GRAN GESTA. (II).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

SOBRE LA COLECCIÓN TESOROS TAURINOS DE LA FILMOTECA DE LA U.N.A.M. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

LA COLECCIÓN “DANIEL VELA”: LA HAZAÑA DE RAFAEL OSORNO CON EL NOVILLO “MAÑICO”, LA TARDE DEL 30 DE AGOSTO DE 1942: SU MAYOR Y ÚNICA GRAN GESTA. (II).

   “Mañico” es aquella derivación afectiva del “maño”. “Maño”, cuya raíz latina magnus, se refiere a alguna cosa grande, es también la forma cariñosa que en su gentilicio tienen los aragoneses, y la manera en que algunos españoles asignan como una circunstancia de trato cordial hacia los mexicanos.

   “Mañico”, con ese nombre fue bautizado un novillo de Matancillas, inmortalizado por Rafael Osorno, la tarde del 30 de agosto de 1942, en la vieja plaza del “Toreo” de la colonia Condesa. Osorno fue un novillero que surgió de una generación integrada entre otros, por Luis Procuna, Carlos Vera “Cañitas”, “El Espartero” y Félix Guzmán. Cada quien con un estilo peculiar, trascendió la tauromaquia, contando para ello la enseñanza de notables maestros a los que se sujetaron con vehemencia, por lo que esos novilleros notables deseaban convertirse un día en matadores de toros. Así lo lograron Procuna, “Cañitas” y “El Espartero”. El capítulo trágico lo cubrió Félix Guzmán y el sueño, lo que solo fue un sueño pero no realidad, le correspondió a Rafael Osorno, quien a pesar de convertirse en un héroe celebrado, no fue el héroe consagrado.

RAFAEL OSORNO_PUBLICIDAD EN ESPAÑA_1945

Publicidad dedicada a Rafael Osorno. El Ruedo, 1945.

   Ciertas hazañas tauromáquicas, ocurridas en diferentes épocas, se convierten o forman de pronto un calendario conmemorativo que rememoran hechos del pasado y los pone al día, tan frescos, como si apenas hubieran ocurrido. Allí están –entre otros-, la tragedia de Antonio Montes el 13 de enero de 1907. La despedida de Rodolfo Gaona, el 12 de abril de 1925. Las grandes faenas de Fermín Espinosa “Armillita” a “Pardito” y de Lorenzo Garza a “Amapolo”, toros célebres de San Mateo, allá por 1936. O el percance sufrido por Manuel Capetillo, cuando “Escultor” de Zacatepec le atravesó el pecho. Y como estos, son muchos los casos, acontecimientos y fechas que recordamos en ese calendario que no cívico pero sí evocativo del toreo en México.

   En ese contexto, la gesta de Rafael Osorno, a pesar de que ya han transcurrido casi 6 décadas, forma parte entrañable que aunque única y extraordinaria, lograda por ese novillero, su capítulo no es olvidado.

   Como dato curioso, debe apuntarse que un día después de la célebre faena de Osorno a “Mañico”, entró en vigor la Ley del Servicio Militar Nacional, como medida previsora –seguramente-, a raíz de los ataques sufridos a las embarcaciones: Potrero del Llano, El Faja de Oro, El Tuxpan, Las Choapas, El Oaxaca entre el 13 de mayo y el 27 de junio de aquel 1942. Más tarde El Amatlán es hundido el 4 de septiembre del mismo año, en tanto que El Juan Casiano, se hunde misteriosamente el 19 de octubre de 1944, siendo 63 las víctimas. La respuesta del gobierno mexicano se reflejó en el heroico “Escuadrón 201”, cuyas acciones principales ocurrieron el 7 de junio de 1945 en las islas Filipinas. A su llegada a este país, el 17 de septiembre siguiente, fueron recibidos como héroes.

   México vive entonces bajo el mandato del último de los generales emanados de la Revolución: Manuel Ávila Camacho, del que Daniel Cosío Villegas apuntó:

Mi decepción llegó, no en el periodo de Cárdenas, sino en la sucesión de Cárdenas. Cuando yo me dí cuenta de que Cárdenas apoyaba a Ávila Camacho (y no a Francisco J. Múgica), que era indiscutiblemente de temperamento y de tendencia conservadora, supe que la Revolución mexicana iba a dar la vuelta… Cárdenas podía haber inventado a un hombre que hubiera proseguido su obra, no frenado. Pero el giro hacia Ávila Camacho representó un cambio de rumbo”.

   En ese contexto, y como en los casos políticos recientes, tuvo también a un hermano “incómodo” llamado Maximino, que desató su poder en todas las esferas donde supo moverse. Incluso la taurina, donde se recuerdan algunos casos de notoria influencia. Manuel por su cuenta se inclinó más por las tareas administrativas que por las armas, razón que en su sexenio comenzaban a perder fuerza. Bajo su mandato tuvo que enfrentar la dura decisión de sumarse al apoyo con los Estados Unidos, para mantener su impecable trayectoria internacional.

   Debe recordarse el gesto político que tuvo para con sus antecesores, luego de toda aquella cadena de conflictos generados fundamentalmente por Plutarco Elías Calles, y es que para el 15 de septiembre de 1942, se reunían en un templete y al pie de Palacio Nacional desde Abelardo L. Rodríguez hasta Lázaro Cárdenas

   México contaba en 1940 con una población de 19 millones 600 mil habitantes.

   Pero, ¿qué pasaba en nuestro país en ese año de 1942?

   Pasaba, además de todas las circunstancias internacionales ya anotadas, centro de la atención mundial, un importante movimiento literario encabezado por Octavio Paz, quien publicaba A la orilla del mundo. Pasaba que el cine mexicano vivía en plena expansión. María Félix era protagonista de El peñón de las ánimas al lado de Jorge Negrete, actuación que consolidaría un año después participando en Doña Bárbara, versión cinematográfica de la novela de Rómulo Gallegos. Además, el conjunto de actores era impresionante y superior: Arturo de Córdova, Pedro Armendáriz, Emilio Tuero, los hermanos Soler, Joaquín Pardavé, Cantinflas, Dolores del Río, Sara García, entre otros muchos.

   Musicalmente hablando allí estaba Agustín Lara que, con su música y sus intérpretes conmocionaba a México y los mexicanos, sin que faltaran aquellos que, escandalizados por sus arreglos, se unían para formar sociedades conservadoras y de las buenas costumbres.

   Allí están un buen número de intérpretes de la época. Por ejemplo, Rosa María Alam La Voz Cálida interpretando canciones como: Qué mas me da, Enseñar al que no sabe, La mulata rumbera, Se muere mi pájaro, Puedes irte de mí, Inspiración, Que voy a hacer sin ti, todas grabaciones de 1942.

   De ella, ha dicho Elías Nandino:

   Era aquella época de los años treintas, cuarentas y cincuentas, en la que el tiempo caminaba despacio y nos permitía soñar y paladear el amor. Era allá, no hace mucho, cuando la ciudad de México apenas rebasaba los dos millones de habitantes y aprendía a ser metrópoli y era aún dueña de un aire transparente que permitía que contempláramos los horizontes y sobre ellos, la desvergonzada y bella desnudez del Popo y el Ixtla, que como emblemas eternos apuntalaban nuestro cielo mexicano. Era ese vivir despacio porque no necesitábamos la prisa y teníamos tiempo para escuchar y deletrear las canciones sentimentales y en el que la música sabía a música y no solo a ruido con ritmo.

   Era pues en ese entonces que casi fue ayer, cuando los cálidos y sabrosos danzones, o los rítmicos y acompasados boleros llenaban el ambiente y deleitaban los sentidos y el espíritu.

   De la radio, de las disqueras públicas y de los tocadiscos de los hogares, fluía abundantemente esa música sensual y romántica tan a tono con el tiempo y nuestro temperamento, que nos hacía idealizar el amor y la esperanza.

Y seguimos como Chelo Flores, Emilio Tuero y Ramón Armengod, Lupita Alday, Néstor Mesta Chayres, Blanca Estela Pavón cantando junto a Pedro Infante, Ana María Fernández, Margarita Romero. Incluso la “Agrupación Musical Española Madrid” y Chela Campos, cuyas voces e interpretaciones se dejaron escuchar en el transcurso de aquel año de 1942.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO (I). NOTAS INTRODUCTORIAS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hace 17 años tuve oportunidad de ver publicado mi libro Novísima Grandeza de la Tauromaquia Mexicana.[1] Aquella fue una versión que intentaba poner al día diversos aspectos relacionados con esta expresión, sin que fuese necesario más que el franco propósito de dar esa nueva mirada interpretativa, que en otras épocas consiguieron Domingo Ibarra,[2] Nicolás Rangel,[3] Armando de María y Campos,[4] José de Jesús Núñez y Domínguez[5] o Heriberto Lanfranchi.[6]

   Afortunadamente surgieron los trabajos académicos de Benjamín Flores Hernández[7] que fueron referencia y modelo a seguir, con lo que me propuse continuar sus pasos en mi tesis de maestría.[8] Pasado todo ese tiempo, las miradas y propuestas han cambiado, por lo que hoy repensar la tauromaquia del siglo XIX a la luz del XXI es y será en este empeño, propósito a seguir.

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El toreo a partir de la “Independencia”.

   Sorprende -de entrada-, una afirmación hecha por Leopoldo Vázquez[9] en el sentido de que Bernardo Gaviño “el más ilustre y afamado de los lidiadores de México, era español (…)”. Lo destacado de esta cita es que lo afirma con una doble nacionalidad, más mexicana que española, que fue ganándose lentamente hasta su muerte misma. Este seguramente se pelea las palmas con dos diestros que luego fueron grandes en su patria. Me refiero a Francisco Arjona Cúchares[10] y Francisco Montes Paquiro,[11] alumnos sobresalientes de la Real Escuela de Tauromaquia en Sevilla. Asimismo, encontramos, entre otros a: Juan León, a Manuel Parra, Manuel Romero Carretero, Antonio Calzadilla, Pedro Sánchez, Roque Miranda, Jorge Monge “El Negrillo”, Antonio de los Santos, entre otros muchos.

   Durante aquellos años España sufría el embate de varias nuevas naciones americanas que logran su independencia, desligándose del control político y económico que impuso la corona en similar número de colonias durante tres siglos. Todo esto creaba en América un nuevo espíritu de libertad y pensamiento bajo un deseo de emancipación que permitió el desarrollo de destinos en sus más diversas variedades de carácter político, social y económico. México no fue la excepción.

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Heredia ilustró, Cumplido publicó. Escena fascinante de la REAL PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO. La fiesta poco a poco va mostrando signos de lo que ya es para la tercera década del siglo XIX.

Fuente: Colección del autor.

   Tuvo que morir Fernando VII (1833)

Para que el gobierno español finalmente reconociera la independencia de México. Cuando esto ocurrió, el 28 de diciembre de 1836, la actitud hacia España en los discursos conmemorativos cambió radicalmente. La península no sólo dejaba de ser una amenaza sino que pasaba a ser motivo de aflicción debido a las cruentas luchas internas por la sucesión del trono (guerras carlistas).[12]

   Por eso, una opinión que nos define el sentir de aquella nueva experiencia dejamos que nos la explique José María Lafragua, quien el 27 de septiembre de 1843 afirma

…la España de Isabel III… no es la España de Carlos V; y hartas desgracias ha sufrido y sufre esa nación heroica, en expiación tal vez de sus antiguos errores, para que nosotros, hijos de la libertad y del progreso, echemos en rostro a nuestros hermanos de hoy las faltas de nuestros padrastros.[13]

   El espíritu de aventura hizo emprender en Bernardo el proyecto de embarcarse a una América rica en posibilidades. La decisión que toma para hacer un viaje que se tornó definitivo, puesto que ya no volvería a ver nunca más su Cádiz maternal, está sustentada en dos posibilidades que a continuación se enuncian.

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“El palo ensebado”, “cucaña”, o “monte parnaso” fue una representación novohispana que durante el siglo XIX adquirió fuerte protagonismo en las corridas, sobre todo durante la hegemonía de Bernardo Gaviño.

Fuente: Antonio Navarrete. TAUROMAQUIA MEXICANA, Lám. Nº 13. “La cucaña taurina”.

   Una de ellas es la de que encontrándose dispuesto a abrazar tan difícil profesión, ésta se hallaba fuertemente disputada por otros tantos diestros que, además, alcanzaban renombre a pasos agigantados. ¿Cómo poder lograr un lugar de privilegio frente a PAQUIRO o frente a CÚCHARES, si ambos toreros gozaban del apoyo del pueblo al verlos este como parte de la REAL ESCUELA DE TAUROMAQUIA DE SEVILLA; y todavía más: como alumnos favoritos del longevo torero, Pedro Romero?

   Otra es la que se fundamenta en el espíritu de conquista que Bernardo Gaviño decide, con la certeza de que América es un “filón de oro” y en ella no abundan los toreros españoles, menos aún cuando están ocurriendo los acontecimientos que cimbran el alma toda de poblaciones en reciente estado de independencia.

   Al finalizar el siglo XVIII y despertar el XIX la fiesta de los toros está convertida en un caldo de cultivo, en el que caben todas las posibilidades de invención, mismas que acompañaron durante un buen número de años al espectáculo hasta que adquiere una personalidad propia, más profesional y venturosa frente a las nuevas generaciones que van haciendo suyo un divertimento al que matizan de un carácter propio gracias a todas esas formas de expresión que se vivieron en épocas del esplendor goyesco, pasando a manos de Bernardo Gaviño quien desde Montevideo y Cuba las transporta a México, sitio en el que compartirán la tauromaquia -con todo su dejo de relajamiento e invención- luego de su llegada, en 1835, hasta su muerte misma, en 1886. Un dato que debe quedar sentado, es que de 1829 a 1886, Bernardo Gaviño estuvo activo en América 57 años, 31 de los cuales al menos, los consagró a México.

   Un espectáculo taurino durante el siglo XIX, y como consecuencia de acontecimientos que provienen del XVIII, concentraba valores del siguiente jaez:

-Lidia de toros “a muerte”, como estructura básica, convencional o tradicional que pervivió a pesar del rompimiento con el esquema español, luego de la independencia.

-Montes parnasos,[14] cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales,[15] hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres.[16]

   Forma esto un básico. Ese gran contexto se entremezclaba bajo cierto orden, establecido en el reparto de los fascinantes carteles. La reunión popular se encargaba de deformar ese proceso en un feliz discurrir de la fiesta como tal.

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Vista de la Plaza Nacional de Toros. En: COSTELOE, Michael: “EL PANORAMA DE MÉXICO DE BULLOCK / BURFORD, 1823-1864: HISTORIA DE UNA PINTURA”. México, Colegio de México. En Historia Mexicana, 2010, Tomo LIX, N° 4 (pp. 1205-1245).

http://www.inah.gob.mx/boletines/12-restauracion/6474-restauran-foto-panoramica-mas-antigua-de-la-cd-de-mexico RESTAURAN FOTO PANORÁMICA MÁS ANTIGUA DE LA CD. DE MÉXICO

   La relación directa con Bernardo Gaviño en Cuba hace ver que sus influencias en México son de mucho poder. Bernardo debe haber sido para entonces una figura importante en Cuba y el nombre de México no fue ajeno a sus aspiraciones. Quizá vio en todo esto la posibilidad de incorporarse a un esquema de actividades taurinas, a las que el pueblo mexicano no mostraba demasiada aversión, siendo este personaje de origen español. Recordemos las razones de la expulsión de los españoles de México a finales de la segunda década del siglo XIX. Según Jesús Reyes Heroles acepta que dicha expulsión fue antieconómica y repugnante para el modo de pensar de la presente generación. México se encontraba desgarrado entre los dos polos de su realidad: el orden colonial, del cual los españoles eran un recuerdo vivo, y el nuevo orden republicano. La expulsión de los españoles, según Reyes Heroles, tuvo entonces el objetivo de impedir la consolidación de una oligarquía económica, política y hasta social.

   Pero Bernardo Gaviño no afectaba estas condiciones. España reconoce la independencia de México hasta 1836. Gaviño es, en todo caso un continuador de la escuela técnica española que comenzaba a dispersarse en México como consecuencia del movimiento independiente, pero no un elemento más de la reconquista, asunto que sí se daría en 1887, con la llegada de José Machío, Luis Mazzantini o Diego Prieto “Cuatro dedos”. Y no lo fue porque su propósito fundamental fue el de alentar –y aprovechar en consecuencia- el nacionalismo taurino que alcanzó un importante nivel de desarrollo, durante los años en que se mantuvo como eje de aquella acción.

Otras manifestaciones del espectáculo.

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Cabecera de un cartel taurino que anunciaba algún festejo en la plaza de toros de “San Pablo”. (Ca. 1857). Col. del autor.

   Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paso a paso hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo antepasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan basto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurrió durante muchas tardes- que, para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos o tres como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

   Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

   Durante el siglo XIX, y en las plazas de San Pablo o el Paseo Nuevo hubo festejos taurinos que se complementaban con representaciones de corte teatral y efímero al mismo tiempo que ya conocemos como “mojigangas”. También puede decirse: en ambas plazas hubo toda una representación teatral que se redondeaba con la corrida de toros, sin faltar “el embolado”, expresión de menores rangos, pero desenlace de todo el entramado que se orquestaba durante la multitud de tardes en que se mostraron estos panoramas. Ambos escenarios permitían que las mencionadas representaciones se complementaran felizmente, logrando así un conjunto total que demandaba su repetición, cosa que los empresarios Mariano Tagle, Manuel de la Barrera, Javier de las Heras, Vicente del Pozo y Jorge Arellano garantizaron hasta donde les era posible, con la salvedad de que entre un espectáculo y otro se representaran cosas distintas. Y aunque pudiera parecer que lo único que no cambiaba era el quehacer taurino, esto no fue así.

   El siglo XIX mexicano en especial, reúne un conjunto de situaciones que experimentaron cambios agresivos para el destino que pretende alcanzar la nueva nación. Ya sabemos que al liberarse el pueblo del dominio colonial de tres siglos, tuvo como costo la independencia, tan necesaria ya en 1810. Lograda esta iniciativa y consumada en 1821 pone a México en una condición difícil e incierta a la vez. ¿Qué quieren los mexicanos: ser independientes en absoluto poniendo los ojos en Estados Unidos que alcanza progresos de forma ascendente; o pretenden aferrarse a un pasado de influencia española, que les dejó hondas huellas en su manera de ser y de pensar?

   Este gran conflicto se desata en las esferas del poder, el cual todos pretenden. Así: liberales y conservadores, militares y hasta los centralistas pelean y lo poseen, aunque esto fuera temporal, efímeramente. Otra circunstancia fue la guerra del 47´, movimiento que enfrentó en gran medida el contrastante general Antonio López de Santa Anna, figura discutible que no sólo acumuló medallas y el cargo de presidente de la república varias veces, sino que en nuestros días es y sigue siendo tema de encontrados comentarios.

   Esa lucha por el poder y la presencia de personajes como el de Manga de Clavo fue un reflejo directo en los toros, porque a la hora en que se desarrollaba el espectáculo, las cosas se asumían si afán de ganar partido, y no se tomaban en serio lo que pasara plaza afuera, pero lo reflejaban -traducido- plaza adentro, haciendo del espectáculo un cúmulo de creaciones y recreaciones, como ya se dijo.

   Desde la antigüedad, la fiesta como entretenimiento y diversión ha sido el remedio, atenuante de crisis sociales, emocionales probablemente, y hasta existenciales (basta recordar el caso del Rey Felipe V y su encuentro con el castrato Farinelli). Respecto a ciertos estudios sobre la historia de este género, existen trabajos de Johan Huizinga,[17] Josep Pieper,[18] Jean Duvignoud[19] y otros especialistas, que lo han hecho con inusitada y sorprendente lucidez.

   El de la diversión es un género que emerge de lejanos tiempos, siempre acompañando el devenir de las culturas como una forma de escape, espejo sintomático que no se desliga de la razón de ser del pueblo, soporte cuya esencia va definiendo a cada una de esas sociedades en cuanto tal. Basta recordar la que se consolidó en el imperio romano. En la actualidad, la sociedad mexicana encuentra un abanico rico en posibilidades, donde entre sus fibras más sensibles, entretenerse pasa a ser parte vital de sus rumbos cotidianos.

   En lo que a fiesta de toros se refiere, desde el siglo XVI y hasta nuestros días se nos presenta como un gran recipiente cuyo contenido nos deja admirar multitud de expresiones, unas en desuso total; otras que en el ayer se manifestaron intensas, y que hoy, evolucionadas, perfeccionadas siguen practicándose.

   Pero más allá del contenido explícito que la fiesta de toros nos da en este depósito, vemos otras manifestaciones que en su mayoría desaparecieron y algunas más, como el toreo de a caballo y a pie pero a la mexicana, muy de vez en vez solemos verlas en alguna plaza.

   De todo aquello desaparecido, pero de gran valor son las mojigangas, representaciones con tintes de teatralidad en medio de un escenario donde lo efímero daba a estos pequeños cuadros, la posibilidad de su repetición, la cual quedaba sometida también a una renovación, a un permanente cambio de interpretaciones, sujetas muchas veces a un protagonista que no se “aprendía” el guión respectivo. Me refiero al toro, a un novillo o a un becerro que sumaban a la representación.

   ¿El teatro en los toros? Ni más ni menos. Así como alguna vez, los toros se metieron al teatro y en aquellos limitados espacios se lidiaban reses bravas, sobre todo a finales del siglo XVIII, y luego en 1859, o en 1880; así también el teatro quiso ser partícipe directo. Para el siglo XIX el desbordamiento de estas condiciones fue un caso patente de dimensiones que no conocieron límite, caso que acumuló lo nunca imaginado. Lo veo como réplica exacta de todo aquel telúrico comportamiento político y social que se desbordó desde las inquietas condiciones que se dieron en tiempos que proclamaban la independencia, hasta su relativo descanso, al conseguirse la segunda independencia, en 1867.

   Ahora bien, el sello de todas esas manifestaciones “plaza afuera” no fueron a reflejarse “plaza adentro” como ya lo hemos visto. En todo caso, era aquello que hacía comunes a la fiesta y a la pugna por el poder: lo deliberado, lo relajado, sustentos de la independencia en cuanto tal; separados, pero siguiendo cada cual su propio destino, sin yuxtaponerse.

   “Plaza adentro” el reflejo que la fiesta proyectaba para anunciar también su independencia, fue entre muchas, una de las condiciones que la enriquecieron. Fulguraba riqueza en medio de un respiro de aires frescos, siempre renovados; acaso reiterados, pero siempre consistentes.

   Así como el toreo se estableció en el siglo XVI bajo las más estrictas reglas de la caballería a la brida o a la jineta, para alancear y desjarretar toros, también debe haber habido un síntoma deseoso de participación por parte de muchos que sintiéndose aptos lo procuraron, atentando contra ciertas disposiciones que les negaban esa posibilidad. Sin embargo, el campo, las grandes extensiones de tierras que sirvieron al desarrollo de la ganadería debe haber permitido en medio de esa paz y de todo alejamiento a las restricciones, la enorme posibilidad que muchos criollos y naturales deseaban para desempeñar y ejecutar tareas con una competente habilidad que siendo parte de lo cotidiano, poco a poco fueron arribando a las plazas, quedándose definitivamente allí, como un adecuado caldo de cultivo que daba la posibilidad de recrear y enriquecer una expresión la cual adquirió un sello más propio, más nacional, a pesar de que el control político y social estuviera regido en el núcleo que resultaba ser la Nueva España, como entidad de poder, aunque vigilada desde el viejo mundo, manifestaba una serie de reacomodos, de necesarias adaptaciones a la vida cotidiana ésta América colonizada, continente cuya población conformó un carácter propio. De no ser así, la rebelión era la respuesta a ese negarse a entender el propósito del destino que se construía de este lado del mundo.

   Y si la rebelión llevada a su máxima consecuencia fue la independencia, pues es allí donde nos encontramos con la condición necesaria para el despliegue de todo aquello de que se vieron impedidos los que siendo novohispanos, además, manifestaban el orgullo del criollo y todas las derivaciones -entiéndase castas-, que surgieron para enriquecer el bagaje social y todo lo que los determinaba a partir del “ser”, por y para “nosotros”.

   El complejo pluriétnico era ya una realidad concreta en el México del siglo XIX. La fiesta novohispana fue portadora de un rico ajuar, cuyo vestido, en su uso diario y diferente daba colorido intenso a un espectáculo que se unía a multitud de pretextos para celebrar en “alegres demostraciones” el motivo político, social o religioso que convocaban a exaltar lo mediato e inmediato durante varias jornadas, en ritmo que siempre fue constante.

   De nuevo, y al analizar lo que ocurrió en el siglo XIX taurino mexicano, exige una revisión exhaustiva, reposada, de todo aquello más significativo para entender que la corrida, la tarde de toros no era el marco de referencia conocido en nuestros días. La lidia de toros se acompañaba, o las mojigangas solicitaban el acompañamiento de actuaciones y representaciones de compañías, que como ya se dijo párrafos atrás, se producía la combinación perfecta del ”teatro en los toros”, o “los toros en el teatro”, dos circunstancias parecidas, pero diferentes a la hora de darle el peso a la validez de su representación.

CONTINUARÁ.


[1] José Francisco Coello Ugalde: Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Madrid, Anex, S.A., Editorial “Campo Bravo”, 1999. 204 p. Ils, retrs., facs.

[2] Domingo Ibarra: Historia del toreo en México que contiene: El primitivo origen de las lides de toros, reminiscencias desde que en México se levantó el primer redondel, fiasco que hizo el torero español Luis Mazzantini, recuerdos de Bernardo Gaviño y reseña de las corridas habidas en las nuevas plazas de San Rafael, del Paseo y de Colón, en el mes de abril de 1887. México, 1888. Imprenta de J. Reyes Velasco. 128 p. Retrs.

[3] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. Ils., facs., fots.

[4] Armando de María y Campos: Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, Acción moderna mercantil, S.A., 1938. 112 p. ils.

–: Imagen del mexicano en los toros. México, “Al sonar el clarín”, 1953. 268 p., ils.

–: Ponciano, el torero con bigotes. México, ediciones Xóchitl, 1943. 218 p. fots., facs. (Vidas mexicanas, 7).

[5] José de Jesús Núñez y Domínguez: Historia y tauromaquia mexicanas. México, Ediciones Botas, 1944. 270 p., ils., fots.

[6] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots.

[7] Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 339 p.

–: “La vida en México a través de la fiesta de los toros, 1770. Historia de dos temporadas organizadas por el virrey marqués de Croix con el objeto de obtener fondos para obras públicas”, México, 1982 (tesis de maestro, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 262 p.

–: “Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1981 282 p. Ils., planos. (ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, 7). (p. 99-160).

–: La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. 146 p. (Colección Regiones de México).

–: La Real Maestranza de Caballería de México: una institución frustrada. Universidad Autónoma de Aguascalientes/Departamento de Historia. XI Reunión de Historiadores Mexicanos, Estadounidenses y Canadienses. Mesa 2. Instituciones educativas y culturales. 2.5 Educación y cultura, siglos XVIII y XIX (no. 55). Monterrey, N. L., 3 de octubre de 2003. 13 p.

–: “La jineta indiana en los textos de Juan Suárez de Peralta y Bernardo de Vargas Machuca”. Sevilla, en: Anuario de Estudios Americanos, T. LIV, 2, 1997. Separatas del tomo LIV-2 (julio-diciembre) del Anuario de Estudios Americanos (pp. 639-664).

–: La afición entrañable. Tauromaquia novohispana del siglo XVIII: del toreo a caballo al toreo a pie. Amigos y enemigos. Participantes y espectadores. Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2012. 420 p. Ils., retrs., fots., facs., cuadros.

[8] José Francisco Coello Ugalde: “CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, 1996 (tesis de maestría, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 238 p. Ils., retrs.

[9] Leopoldo Vázquez: América Taurina por (…) Con carta-prólogo de Luis Carmena y Millán. Madrid, Librería de Victoriano Suárez, Editor, 1898, 191 p., p, 9 y ss.

   Bernardo Gaviño, el más ilustre y afamado de los lidiadores de México, era español, pues nació á los 20 días de Agosto del año 1812, en el lindo pueblo de Puerto Real, distante dos leguas de Cádiz.

   No hay para qué decir, si este proceder enojaría al buen Arzobispo; baste consignar que para curarle de una afición, que el ilustre prelado consideraba funestísima, hubo de encerrar por quince días al incipiente lidiador; mas no bien salió éste de la prisión y fanatizado por su afición a los cuernos, fugóse de la casa de su protector e ingresó desde luego en una cuadrilla de toreros, presentándose por primera vez en público en la plaza de San Roque, con un espada llamado Benítez, conocido por el apodo del Panaderillo y toreando después en los circos de Algeciras, Vejer y Puerto Real, su pueblo.

   Enterado un tío suyo, hermano de su madre, D. Francisco de Rueda, le amenazó con meterlo en la cárcel si continuaba sus excursiones taurinas, y harto ya el mozuelo de tantas contrariedades, se embarcó para Montevideo en 1829, empezando a seguida en esta capital a ejercer la profesión de lidiador.

   Dos años después pasó Bernardo a la Habana, presentándose al público el día 30 de mayo de 1831, e inaugurándose desde aquel día una era de triunfos para él.

   Durante tres años toreó alternando con el esforzado espada Rebollo, natural de Huelva, con Bartolo Megigosa, de Cádiz, con José Díaz (a) Mosquita y con el mexicano Manuel Bravo, matadores todos que disfrutaban de merecido prestigio en la capital de la gran Antilla.

   Llevóse, no obstante, las palmas Gaviño, pues su agilidad portentosa, su vista, la holgura con que practicaba todas las suertes y su pasmosa serenidad en el peligro, cautivaron al público habanero.

   Repercutiendo su fama y hechos en otras regiones americanas, fue solicitado para pasar a México en el año 1834 y desde que pisó el territorio mexicano, puede decirse que Bernardo empezó a captarse simpatías y a entusiasmar al público, que le proclamó torero sin rival, considerándole como hijo adoptivo de aquella hermosa tierra y asociándose él de corazón a todas las alegrías y pesares del pueblo mexicano

   fue allí el amigo de todos, el maestro de cuantos se dedicaron al toreo y fuera de la órbita de su profesión, tomó parte activa en las revueltas políticas, combatió contra fuerzas formidables de indios comanches en pleno desierto y salió victorioso, si bien acribillado de heridas y con pérdidas sensibles de las fuerzas que mandaba, haciéndose acreedor a que el gobierno condecorase su pecho con la cruz del “Héroe de Palo Chino”, en recompensa a su denuedo.

[10] Francisco Arjona “Cúchares”. En: José Antonio Medrano: TOREROS. 1726-1965. Prólogo del Excmo. Sr. Conde de Colombí. Libro biográfico de todos los matadores de toros, ordenados por antigüedad de alternativa. Concebido, editado y propiedad de Antonio Carrascal Rodríguez. Madrid, Editorial Carrascal, 1965. 277 p. Ils., retrs., fots., p. 30-31.

   Hijo del banderillero Manuel Arjona, “Costuras”, y de María Herrera, hermana de “Curro Guillén”, su ascendencia torera, amplia e ilustre como pocas…

   Aunque nacido en Madrid, el 19 de mayo de 1818, se le considera sevillano, pues de Sevilla eran sus padres, sus abuelos, etc., y en Sevilla se crió y en Sevilla nació al toreo.

   A los doce años –precocidad que no debe extrañarnos, dado el ambiente en que hubo de moverse-, ingresó como alumno en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, y a los catorce ya figuraba en la cuadrilla de Juan León, quien dispensó al sobrino parecida protección a la que él recibiera años antes de su tío “Curro”.

   “Cúchares”, se presentó en Madrid, como media espada, el 27 de abril de 1840, alternando, sin cesión de trastos, con Juan Pastor, “El Barbero”; para 1842 ya estaba consagrado como primera espada y, lo que es más importante, como un torero de personalidad singular, que hacía cosas nuevas, que improvisaba, que se burlaba del toro y, a veces, hasta del toreo, en un derroche de gracia que encubría ventajas y defectos. “Cúchares” fue un torero sabio, listísimo, con “guasa”, que arriesgaba poco, pero lucía mucho, sin perjuicio de demostrar clasicismo –a la manera de entonces- cuando no había más remedio. “Cúchares”, se divertía toreando, más atento a deslumbrar al público que a impresionarle. Naturalmente, era un estoqueador mediano y, naturalmente también, la “afición pura” rechazaba su toreo, mientras el gran público lo pasaba en grande con él. Ahora bien, lo que más escandalizaba a los “puros”, hay que abonarlo en la mejor cuenta de la historia y la evolución de nuestra fiesta, pues se trataba del toreo de muleta con la mano derecha, cosa poco menos que herética a la sazón; pero que, a partir de “Cúchares”, informa y rige en buena parte todo el tercer tercio, que ganó en poderío y en variedad de suertes.

   Otro punto importante en la biografía de “Cúchares” es la competencia que sostuvo con “El Chiclanero”, y en la que, todo hay que decirlo, acabaron por imponerse la clase, la seriedad y la seguridad con la espada, de José Redondo.

   En su vida particular se distinguió por su amor a la familia, su honradez y su generosidad, tanta ésta que le impidió llegar a la madurez con el merecido desahogo económico, por lo que, en 1868, aceptó un contrato para torear en La Habana; pero, sólo llegar a Cuba, fue atacado por el vómito negro y murió el 4 de diciembre de dicho año. Sus restos mortales fueron trasladados a España en 1885.

[11] Francisco Montes “Paquiro”. Medrano, op. cit., p. 28-29.

   Es tanta la gloria de este matador de toros que la relación de fechas, puntualizando circunstancias particulares y hechos profesionales que en otros es necesaria incluso a veces para dar fe de su existencia, sobran en la ocasión, salvo en lo que se refiere a las tres que podemos llamar fundamentales, por imprescindibles en toda biografía: la de su nacimiento, el 23 de enero de 1805, en Chiclana, (Cádiz); la de su presentación y alternativa en Madrid (padrino: Juan Jiménez, “El Morenillo”), el 18 de abril de 1831, y la de su muerte, el 4 de abril de 1851, en la misma ciudad que le había visto nacer.

   Francisco Montes se justifica con el sólo enunciado de su nombre. Como, antes de él, “Costillares”, Pedro Romero y “Pepe-Illo”, y como después, “Cúchares”, “El Chiclanero”, “Lagartijo”, “Guerrita”, “Joselito”, Belmonte, Ortega, “Manolete” y… quizás algunos más…, si es que ya no nos hemos excedido.

   Su señorío en la plaza le hizo merecedor del tratamiento de don, con el que llegó a anunciársele en los carteles y a mencionársele en los periódicos de la época, y hasta es fama de que sus prendas de caballerosidad y desprendimiento, arrojo y maestría, estuvieron cerca de ganarle el título nobiliario de Conde de Chiclana.

   Mucho debe el toreo a Francisco Montes, y entre todo valga destacar la organización y disciplina de las cuadrillas tal como ahora las conocemos, lo que representó un paso definitivo hacia la madurez del toreo a pie, y también la publicación de una “Tauromaquia completa” o “El Arte de Torear”, que aún hoy es de recibo en su mayor y mejor parte.

   Por último, digamos que Francisco Montes fallaba algo como estoqueador, pues atravesaba a los toros con frecuencia, y, en otro aspecto, que en los últimos años de su vida, aquejado nadie supo por qué pesares, buscó el torpe consuelo de la bebida, perjudicando su salud y precipitando su muerte, que le llegó a los cuarenta y seis años de edad.

[12] Enrique Plasencia de la Parra: Independencia y nacionalismo a la luz del discurso conmemorativo (1825-1867). México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1991. (Regiones), p. 70

[13] Op. cit., p. 71.

[14] Flores Hernández: “Con la fiesta nacional…”, op. cit., p. 101. El llamado monte carnaval, monte parnaso o pirámide, consistente en un armatoste de vigas, a veces ensebadas, en el cual se ponían buen número de objetos de todas clases que habrían de llevarse en premio las personas del público que lograban apoderarse de ellas una vez que la autoridad que presidía el festejo diera la orden de iniciar el asalto.

[15] Armando de María y Campos: Los toros en México en el siglo XIX (1810 a 1863). Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, Acción moderna mercantil, S.A., 1938. En la mayoría del texto encontramos diversas referencias y podemos ver ejemplos como los siguientes:

Los hombres gordos de Europa;

-Los polvos de la madre Celestina;

-La Tarasca;

-El laberinto mexicano;

-El macetón variado;

-Los juegos de Sansón;

-Las Carreras de Grecia (sic);

-Sargento Marcos Bomba, todas ellas mojigangas.

[16] Flores Hernández: Op. cit., p. 47 y ss. Basto es el catálogo de “invenciones” que se instalaron en torno al toreo.

-Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762

-lidias en el matadero;

-toros que se jugaron en el palenque de gallos;

-correr astados en algunos teatros;

-junto a las comedias de Santos, peleas de gallos y corridas de novillos;

-ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”;

-otros personajes de la brega -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores;

-cuadrillas de mujeres toreras;

-picar montado en un burro;

-picar a un toro montado en otro toro;

-toros embolados;

-banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”;

-locos y maromeros;

-asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa;

-dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo);

-en los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones;

-diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos;

-la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos;

-galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo;

-persecuciones de venados acosados por perros sabuesos;

-globos aerostáticos;

-luces de artificio;

-monte carnaval, monte parnaso o pirámide;

-la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

Además encontramos hombres montados en zancos, enanos, figuras que representan sentidos extraños.

[17] Johan Huizinga: Homo ludens. Traducción Eugenio Imaz. 2a. reimpresión. Madrid, Alianza/Emecé, 1984. 271 p. (El libro de bolsillo, 412).

[18] Josef Pieper: Una teoría de la fiesta. Madrid, Rialp, S.A., 1974. 119 p. (Libros de Bolsillo Rialp, 69).

[19] Jean Duvignaud: El juego del juego. México, 1ª ed. en español, Fondo de Cultura Económica, 1982. 161 p. (Breviarios, 328)

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MUERE UN 24 DE AGOSTO DE 1955 D. ANTONIO BARBABOSA SALDAÑA.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Antonio Barbabosa en Atenco, 1921.

    Antonio Barbabosa Saldaña (ca. 1866-1955) tuvo a bien convertirse en todo un personaje, integrante de aquella emblemática familia, los Barbabosa Saldaña, quienes heredaron a la muerte de Rafael Barbabosa Arzate (en 1887) un sinfín de propiedades. Para ello se creó la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, entre cuyos acuerdos se determinó repartir años más tarde dos haciendas ganaderas: Atenco y San Diego de los Padres, mismas que estaban enlazadas con otra, de menor tamaño denominada Molino de los Caballeros, la cual se encontraba ubicada en el actual Municipio de Epitacio Huerta (en el Estado de Michoacán de Ocampo). También administraron la entonces famosa hacienda maderera de Chincua, la que sigue siendo refugio de la mariposa “Monarca”.

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Los señores Rafael, Juan, Antonio y Manuel Barbabosa, dueños de Atenco y San Diego de los Padres.

   Todos y cada uno de los integrantes de esta familia, construyeron a lo largo de su vida un conjunto de circunstancias que hoy día y en buena medida, quedaron concentradas en mi tesis doctoral: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia” (UNAM, FFyL, candidatura, 2006).

   Por ejemplo, hacia mayo de 1903, Atenco quedó adjudicada a Herlinda, Juan, Antonio, Rafael y Manuel Barbabosa en fracciones que superaban cada una las 500 hectáreas. Sin embargo, Antonio, personaje que hoy recordamos, gozó de buena estima dados sus conocimientos con el ganado así como su peculiar forma de ser. De él hay una anécdota que les cuento como me la contaron.

   Don Antonio Barbabosa Saldaña, interesante personaje del campo taurino mexicano, entre finales del siglo XIX y los primeros 50 años del XX, tenía en su incontable anecdotario, diversas ocurrencias. Me contaban que en cierta ocasión, salió de una de las habitaciones de la hacienda de Atenco dando órdenes precisas a su caballerango…

DON ANTONIO BARBABOSA...

   ¡Prepárenme el caballo, que voy a salir!

   Su mujer –a la sazón, doña Laura Aguirre García de Quevedo de Barbabosa, esposa en segundas nupcias-, alarmadísima, cuestionaba a su marido quien, a esa edad, era un hombre mayor y con problemas en la vista. De ahí que utilizara unos binoculares incluso para ir a misa, porque así podía apreciar a la distancia a la que se encontrara al padre que estuviese oficiando en esos momentos, lo que no le hacía perder detalle de la homilía.

   Pues bien, ya preparado el hermoso jamelgo, con la silla bien firme, se impulsa en el estribo, Antonio da un salto que le cuesta un poco de trabajo, pero de pronto, y en menos que me lo cuentan, ya estaba sentado, con las riendas bien firmes en las manos, calándose el sombrero de ala ancha, acicalándose el bigote a la káiser y oteando el panorama a su alrededor, con un aire de suficiencia que no le cabía en el cuerpo.

   ¿Pero Antonio qué vas a hacer?, le decía doña Laura toda ella hecha un manojo de nervios.

   ¿Qué vas a hacer, si ya no ves?

   La respuesta más que rotunda, se dejó escuchar en el patio de Atenco de la siguiente manera:

   Mujer, no te preocupes… ¡No voy a ver. Voy a que me vean!

   Y el hombre, muy galán, y algo torero salió airoso, tras el chirriar de los goznes de las dos hojas del portón de Atenco a emprender su cometido, vaya usted a saber dónde.

DOROTEO VELÁZQUEZ DÍAZ1

La presente fotografía, fue un obsequio de Don Doroteo Velázquez Díaz (qepd), sobrino nieto de Ponciano Díaz Salinas. De izquierda a derecha aparecen los siguientes personajes: Carlos Barbabosa (hijo de Agustín Cruz Barbabosa), Antonio Barbabosa, doña Laura Aguirre García de Quevedo de Barbabosa, segunda esposa de Antonio Barbabosa (la primera fue María de Jesús Lechuga), don Agustín Cruz Barbabosa, ganadero de Santín y Doroteo Velázquez Díaz. (Santín, edo. de Méx., ca. 1940).

   Además, superadas una serie de circunstancias, pero sobre todo por diferencias habidas entre José Julio Barbabosa y el propio Antonio, el Ing. Agustín Cruz Barbabosa invitaba permanentemente a Antonio a las tientas. De ese modo, dichas actividades debieron tener un peso de certeza importante.

   Como podrán observar, en efecto, Antonio Barbabosa portaba en esos momentos los binoculares. Hasta donde he podido apreciar en las imágenes que conozco sobre él, no lleva lentes en ninguna, con lo que seguramente el apoyo de los catalejos se convirtió en algo cotidiano.

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