PONCIANO DÍAZ ÍNTIMO. (1 de 2).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   La recomendación que comparto en esta ocasión forma parte de mis “Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas”, en cuyo N° 31: “Nuevos compendios para el Tratado sobre la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI” (anexo 8) quedó registrada dicha obra con el título “Ponciano Díaz íntimo. (73 poemas y corridos dedicados a Ponciano Díaz)”. 144 p. Ils. (inédito).

 PONCIANO DÍAZ ÍNTIMO

 PONCIANO DÍAZ ÍNTIMO. (73 POEMAS y CORRIDOS DEDICADOS A PONCIANO DÍAZ).

   Siguiendo la línea de José Luis Blasio y su MAXIMILIANO ÍNTIMO (libro que escribió movido por la ira que le causó la discusión sobre las traiciones de Leonardo Márquez y de Miguel López, de las que dice tener la absoluta seguridad), recordemos hoy a Ponciano Díaz Salinas a poco más de 100 años de su desaparición. De aquí en adelante, podrá entenderse qué ha significado para la tauromaquia mexicana la presencia de este diestro, “mitad charro y mitad torero”.

   Que fue un gran ídolo, es indiscutible pues el pueblo, lo aclamó hasta el punto en que un “¡ORA PONCIANO!” se convertía más que en glorificación, en exaltación y se generaliza como grito de batalla en cuanta plaza presenta su espectáculo: toreo a caballo y suertes campiranas, combinadas con el ejercicio del toreo de a pie en su forma intuitiva, que se enfrentó con la expresión que vino a instituirse definitivamente en la reconquista de 1887, año en que se establece en nuestro país el toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna.

   Ponciano nació en Atenco el 19 de noviembre de 1856. Hijo de Guadalupe Albino Díaz y de María de Jesús Salinas. A Guadalupe Albino le decían “el Caudillo”, calificativo de uso común en aquellas épocas, con el que se conocía al jefe de los caporales. Apenas cumplió Ponciano los siete años, lo mandaron sus padres a Santiago Tianguistenco para que aprendiera las primeras letras, en la escuela de don Mariano Urrieste, pasando después a la de don Eulalio Serrano. A los trece años se dedicó al oficio de sastre, y cada ocho días, los sábados por la tarde, iba a ver a sus papás a la hacienda de Atenco. Allí, pasaba el tiempo toreando vacas y toros bravos para ejercitarse, y, además, en el rastro del pueblo mataba toros casi a diario. La hacienda de Atenco tiene un historial impresionante cuyo papel protagónico en el espectáculo decide buena parte de jornadas taurinas durante varios siglos, siendo el decimonónico, el más intenso debido a la cantidad tan elevada de toros que se enviaron a diferentes plazas del centro del país.

   Ponciano Díaz es heredero de ricas tradiciones que se intensifican al materializarlas en el campo y en la plaza. Como charro fue consumado en la reata, manejando las riendas diestramente, además de ostentar el traje con gallardía. Aprende de forma imaginaria las reglas con que un colegial pueda colear y lazar que Luis G. Inclán hereda a los charros de México en 1860. Y precisamente en Atenco, entre aquellos toros, adquiere dominio y mando en estos menesteres, con lo cual “se cocía aparte”. Sin embargo, su avanzado aprendizaje le inspira un deseo que capitalizará en 1877, cuando se presenta por primera vez, vistiendo el traje de luces, ante la afición de Santiago Tianguistenco. Esto ocurrió el 1º de enero de aquel año.

   Ponciano, además de recibir lecciones del torero español Bernardo Gaviño, también estuvo a la vera de José María y Felipe Hernández, hijos de don Tomás “El Brujo”, compañero de jornadas camperas de “El Caudillo”. Por cierto, José María Hernández “El Toluqueño” fue segundo espada de Manuel Hermosilla quien toreó en Veracruz, allá por 1869. Junto a ellos no descuidó el ser caballista y “charro”, consumando con perfecta ejecución de suertes tales como: echar “piales”, “manganas” y “colas”, toreando también a caballo, pero en lo que más se distinguía era poniendo banderillas con las dos manos, soltando las riendas de su magnífico penco. Esta suerte mexicana, causó enorme alboroto en España, cuando Ponciano fue a ese país a tomar la alternativa de matador de toros que le dio Salvador Sánchez “Frascuelo”, en la plaza de Madrid el jueves 17 de octubre de 1889.

   En 1879 Bernardo Gaviño vuelve a los ruedos mexicanos, luego de varios años de ausencia. En esa ocasión se presenta en Puebla como empresario y como torero también. La más recordada tarde de aquel año se va a dar el 13 de abril, cuando Gaviño concede la “alternativa” a Ponciano Díaz, quizás, su alumno más adelantado. Sin embargo, el tema nos exige una revisión más minuciosa, en virtud de que se ha calificado de “apócrifa” dicha elevación al rango de “doctor en tauromaquia”, puesto que Gaviño no ostentaba el grado otorgado como ya lo marcaba la costumbre. Incluso, Francisco Montes “Paquiro”, contemporáneo suyo, obtuvo la borla el 18 de abril de 1831. Además, su TAUROMAQUIA (1836) es el mejor modelo del ejercicio del “arte de torear en plaza”, tal y como se practicaba en una época de la que muchas cosas hizo suyas el de Puerto Real. Nos dice Carlos Cuesta Baquero:

“Hay algunos aficionados antiguos y todos los modernos, que suponen y dicen que Ponciano fue discípulo de Gaviño y que de sus manos tomó “alternativa”, en la mencionada fecha.

   “El periódico tauromáquico LA MULETA, publicado ocho años después, también así lo afirma. Y el escritor español José Sánchez de Neira en la segunda edición de su libro titulado Diccionario de Tauromaquia, da igual fecha; aunque dice “Se presentó como jefe de cuadrilla”, no afirmando haya recibido “alternativa”. El escritor español copió la fecha, ya tantas ocasiones citada, del periódico La Muleta, publicado en 1887, siendo el libro de Sánchez de Neira publicado -en la edición mencionada- en el año de 1896 o sea nueve años después que el periódico.

   “Puedo asegurar que no hubo tal “alternativa”. Puedo afirmar que Ponciano no recibió de parte del Patriarca Gaviño esa autorización tauromáquica. Puedo asegurar que no hubo tal “espaldarazo” para “armarle caballero tauromáquico”. He preocupádome por averiguar tal hecho. No he conseguido un cartel de aquella corrida sino solamente de las que hubo en fechas cercanas, pero ya posteriores (algunos carteles correspondientes a corridas efectuadas en el mes de mayo. Anunciando al “VALIENTE ESPADA PONCIANO DÍAZ, que además de estoquear BANDERILLARÁ A CABALLO. “TOROS DE ATENCO” EN LA ÚLTIMA PARTIDA DE TREINTA QUE FUE ENVIADA A ESTA CIUDAD”).

   “Pero, desde hace años cuando di comienzo a tal investigación procuré platicar con aficionados poblanos, que en aquella época hayan asistido asiduamente a las corridas y por lo mismo hayan presenciado la que hubo en la indicada fecha. Corrida que por la novedad que ofrecía, ha de haber resultado un suceso taurino. Además, que tales aficionados hayan sido sabedores, conscientes, de lo que es el “dar la alternativa”.

   “Entre las personas que tenían estos requisitos estuvo el Señor Don Juan Trasloheros, años después radicado en la ciudad de México. Siendo primeramente empleado de categoría en la sedería “EL PAJE” y después estableciéndose con una fábrica de sombreros de paja “Jollinver y Cía” establecida en la tercera o cuarta de las calles de “Cuauthemozin”.

   “El referido señor Trasloheros comentó a Cuesta Baquero lo siguiente:

   “El viejo Don Bernardo Gaviño no dio “la alternativa a Ponciano”. Eso son visiones, cuentos después forjados. Cuando Don Bernardo supo que Ponciano iba a torear en Puebla, expresó que lo conocía por haberlo visto en Atenco, en ocasiones cuando había ido a comprar toros. Es un muchacho valiente y como joven ha de estar ágil”. Esa fue la opinión que dio el TATA, según llamaban a Gaviño los toreros que formaban su cuadrilla. Pero fue lo único que Gaviño hizo en relación con Ponciano. Y el testimonio del Señor Trasloheros tiene gran valimiento porque llevó amistad con Gaviño y sus familiares, concurriendo en compañía de ellos a las corridas.

   “EN LA REPÚBLICA MEXICANA, A PONCIANO DÍAZ NADIE LE DIO “ALTERNATIVA”. En aquellas épocas el ceremonial para el oficio de torero no tenía la seriedad y rigidez ahora acostumbradas. Ningún espada alegaba derechos de “antigüedad”, por ser más anterior que otros estoqueando toros. Cuando dos “ASES” estaban reunidos en una corrida, si era la primera vez que eso acontecía el “AS” feudal cualquiera que fuese la fecha que tenía de ser matador de toros, cedía el primero al “AS” forastero. Pero, en las siguientes corridas, el “AS” feudal ya recobraba su puesto de primer espada, estoqueando antes que el otro. O dejaba que éste en algunas ocasiones lo hiciera antes que él, si así convenía a los dos. No había el rigorismo de la “antigüedad”. Por consiguiente no existía el acto de la “alternativa”.

   “Por la carencia de esa pauta para normar el orden en que habían de estoquear, en ocasiones los “ASES” tenían discusiones y aún forcejeos pretendiendo arrebatarse muleta y estoque, porque uno iba a estoquear al toro que el otro deseaba. Cuando Gaviño era el acompañante de algún “AS”, el Patriarca tomaba para él, los dos o tres primeros toros y dejaba al acompañante los restantes, uno o dos porque ya dije que las corridas eran solamente de cuatro o cinco toros, no de seis como después y actualmente lo son”.

   Hasta aquí Carlos Cuesta Baquero.

   Para la época que nos ocupa, sólo Cuesta Baquero aporta datos que, a la sazón, vienen a convertirse como de “primera mano” en razón de que otras fuentes apenas si se ocupan del acontecimiento, y si lo hacen, mencionan el hecho sin darnos una explicación razonada.

   Gaviño con todo un prestigio a cuestas tuvo las garantías de convertirse en “maestro” y, sin haber obtenido el ascenso correspondiente en la España que deja a temprana edad, pudo lograr en nuestro país el valor que lo señalaba como indicado para proveer a Ponciano de una “alternativa” que, concedida o no para los registros taurinos, era una señal de estatura que se incluye en el largo “curriculum vitae” que acumuló en 51 años de actividad taurómaca. De siempre han existido personajes que, sin haber cursado estudios superiores cuentan con una amplia cultura que ostentan orgullosos. Por eso, el caso específico del torero de Puerto Real viene a unirse a esta larga lista de quienes se han formado de manera “lírica”.

   Al respecto de su actuación principal en ruedos españoles, cuando se le concedió el grado de “matador de toros” en la desaparecida plaza de toros de la Carretera de Aragón, en el otoño de 1889, José Sánchez de Neira escribe: “…El toro de la alternativa de Ponciano fue un veragüeño, berrendo en colorado, con cinco años largos, de muchas arrobas y muy bien puesto de cuerna. Lo mató Ponciano con una estocada superiorísima, entrando recto, marcando perfectamente la salida e hiriendo en todo lo alto, hasta la guarnición del estoque, al volapié, en las tablas, y en un terreno a donde muy pocos entran…”

   Cuando Ponciano al regreso de España, ya no despotricaba en contra de los “gachupines” sino que se le declaró “agachupinado” y sus últimos partidarios le volvieron la espalda. Así terminó el “nacionalismo taurino”, cuyo sustento era el odio ancestral al “gachupín” y el “estilo de torear mexicano”.

   Ponciano Díaz fue representativo absoluto del “nacionalismo taurino” que no sólo impuso, sino que impulsó como resultado de las manifestaciones de otros diestros pretéritos que, como él, enaltecieron esa bandera, fruto de total independencia, extensión de la propia emancipación que logró la nueva nación desde 1821. Pero será el propio torero de Atenco quien también dé el golpe de gracia al “estilo de torear mexicano”, al modificar en su modo de ser artístico lo único que podía modificar: el modo de estoquear. Era su costumbre esperar a los toros. No practicaba el volapié, la estocada “arrancando”, ni la de “a paso de banderillas” porque él, igual que otros espadas mexicanos, no sabían estoquear “haciendo por el toro” (lo que es lo mismo, yéndose hacia el toro) sino que esperaban a que “el toro hiciera por ellos” (a que el toro embistiera a la muleta y viniera toreado), pero modificó su modo de herir, haciéndolo en todo lo alto y dejando el estoque sin echar mano de la suerte del mete y saca que entonces desquiciaba a los públicos asistentes a las plazas y que lo exaltaban con el “¡ORA PONCIANO!” que se escuchó durante muchas tardes.

   El fanatismo en pro de Ponciano era extremo. Se dice que, cuando Mazzantini llegó a la Puebla de los Ángeles allá por febrero de 1887, su recepción fue apoteósica. Pero la de Ponciano -que fue a recibirlo- es de una rendición absoluta pues todo fue llegar a la angelópolis y al enterarse un sector del público de su arribo, acudió éste a la estación del tren, de la que salió un carruaje que conducía al atenqueño. De repente fue tomado por una turba exaltada que desenganchó a las bestias y tirando de la misma, la gente enloquecida, lo condujo hasta el hotel.

   Era tanta la popularidad del diestro de Atenco que incluso tenía su club: la “Sociedad Espada Ponciano Díaz” que presidía el general Miguel Negrete, héroe de la batalla del 5 de mayo en Puebla y que más de una vez, recibió sendas llamadas de atención por salir enarbolando el pendón de la sociedad, enfundado en su mismísimo traje militar.

   En las conversaciones de aquella época hubo frases usuales para denotar admiración, relacionándola con la que promovía el espada aborigen. Así fue aquel decir, aquel modismo: ¡Ni que fuera usted Ponciano!…

   En los festejos familiares que nombramos “las posadas”, era recordado el espada porque los festejos al rezar la letanía contestaban en coro y de manera irreverente: “¡Ahora, Ponciano!”, sustituyendo con la taurómaca exclamación al religioso: “Ora pro nobis”.

   A la epidemia de gripe de 1888, se le llamó “el abrazo de Ponciano”.

   Don Quintín Gutiérrez socio de Ponciano Díaz y abarrotero importante, distribuye una manzanilla importada de España con la “viñeta Ponciano Díaz”. Por su parte, José María González Pavón y el General. Miguel Negrete le obsequia al diestro mexicano los caballos “El Avión” y “El General” y es el mismo Ponciano quien se encarga de entrenarlos.

   La misma poesía popular se dedica a exaltarlo, al grado mismo de ponerlo por encima de los toreros españoles.

Yo no quiero a Mazzantini

 Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a “Cuatro Dedos”,

al que quiero es a Ponciano

que es el padre de los toreros

¡Maten al toro! ¡Maten al toro!

    El “padre de los toreros”, cómo no lo iba a ser si en él se fijaban todos los ojos con admiración.

   A Ponciano tributaban aplausos en lugares lejanos y sin ocasión de la fiesta de toros. Cuando el espada recorría las principales calles de la ciudad de México, los transeúntes le aplaudían y victoreaban.

   Su vida artística o popular se vio matizada de las más diversas formas. Le cantó la lírica popular, lo retrataron con su admirable estilo artístico Manilla y Posada en los cientos de grabados que circularon por las calles de aquel México y de aquella provincia. He aquí otro caso.

   En los días de mayor auge del lidiador aborigen, el sabio doctor don Porfirio Parra decía a Luis G. Urbina, el poeta, entonces mozo, que se asomaba al balcón de la poesía con un opusculito de “Versos” que le prologaba Justo Sierra:

-Convéncete, hay en México dos Porfirios extraordinarios: el Presidente y yo. Al presidente le hacen más caso que a mí. Es natural. Pero tengo mi desquite. Y es que también hay dos estupendos Díaz -Ponciano y don Porfirio-: nuestro pueblo aplaude, admira más a Ponciano que a don Porfirio.

Y aquí una curiosa interpretación:

En aquellos felices tiempos, comenta Manuel Leal, con esa socarronería monástica que le conocemos, había tres cosas indiscutibles: La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apam…

CONTINUARÁ.

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