PONCIANO DÍAZ ÍNTIMO. (2 de 2).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Vuelvo sobre la recomendación que comparto en esta segunda y última entrega, en espera de algún editor interesado…

PONCIANO DÍAZ ÍNTIMO

PONCIANO DÍAZ ÍNTIMO. (73 POEMAS y CORRIDOS DEDICADOS A PONCIANO DÍAZ).

   Su figura fue colocada en todos los sitios, aún en bufetes, oficinas de negocios, consultorios de médicos; en fotografías, o en litografías en colores y a una sola tinta, publicados en periódicos mexicanos o españoles como LA MULETA, EL MONOSABIO, LA LIDIA, EL TOREO CÓMICO que ilustró sus páginas -este último- con un retrato del torero mexicano del mismo tamaño que los que había publicado de “Lagartijo”, “Frascuelo”, “El Gallo”, Mazzantini y “Guerrita”.

   La “sanción de la idolatría”, a más de entenderse como aplauso, como anuencia, como beneplácito; es también castigo, pena o condena. Y es que del sentir popular tan entregado en su primera época, que va de 1876 a 1889 se torna todo en paulatino declive a partir de 1890 y hasta su fin, nueve años después.

   El mundo de la música se acerca también a Ponciano Díaz, y en el año de la reanudación del espectáculo taurino -1887-, se estrena el juguete “¡Ora Ponciano!” escrito por don Juan de Dios Peza y musicalizado por don Luis Arcaraz, donde

se aprovechaba en él la fiebre que había en la capital por las corridas de toros y se glorificaba al ídolo taurino del momento: Ponciano Díaz. La piececilla gustó mucho y se repitió innumerables veces, hasta culminar con la aparición del propio matador en la escena durante dos o tres noches.

   Por su parte Juan A. Mateos escribió en 1888 la zarzuela PONCIANO Y MAZZANTINI, con música del maestro José Austri. Debido a la gran pasión despertada por estos dos espadas. Incluso

(varias) veces hubo que se llegó a las manos por dilucidar cuál de los diestros toreaba mejor.

   Los actores vistieron trajes de luces pertenecientes a los espadas y el Teatro Arbeu fue insuficiente para dar cabida a tanto número de espectadores llegando aquello al paroxismo total.

   A Mazzantini aquella idea de verse representado en un escenario le gustó y aceptó la sugerencia de presentarse como actor en el Teatro Nacional en una función de beneficencia a la que asistió don Porfirio Díaz. El buen éxito alcanzado animó al diestro a presentarse dos veces más en diferentes obras. Y como el público le aplaudió más que a los otros actores, el matador seguramente creyó que era tan buen autor como buen torero.

   Entre el 25 y el 31 de diciembre de 1888 algunos aficionados llegaron al extremo de alquilar el Gran Teatro Nacional arreglándolo de tal modo para que pudieran darse en él algunas corridas de toros en las noches, toreando las cuadrillas de Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Hoy, esa especie provoca estruendosa carcajada, pero entonces se la acogió como verosímil y aún hubo quien hiciera proyectos de reventa de boletos. Ese notición fue publicado en el periódico taurómaco EL ARTE DE LA LIDIA.

   En Ponciano Díaz, la suerte de banderillear a caballo alcanzó un notable rango y puede decirse que si bien la afinó, viéndola practicar a Ignacio Gadea y a Lino Zamora, acabó por perfeccionarla dándole un sello distintivo que quedó impreso en dos conocidas imágenes: una caricatura que dice PONCIANO DÍAZ pareando a caballo aparecida en EL MONOSABIO Nº 5 del 14 de enero de 1888. Otra más, esto en cromolitografía, es una estampa increíble aparecida en LA LIDIA del 9 de septiembre de 1889 ilustrada por Daniel Perea con el título, Toreo mexicano. Banderillas a caballo, en pelo.

   Ponciano Díaz combinaba los dos tipos de torear, el que le aprendió a Bernardo Gaviño y a otros toreros, modelos de inspiración que poseían normas anacrónicas propias de un momento en el que la tauromaquia mexicana no está sujeta a las reglas españolas establecidas. Y ese otro toreo, el campirano que hizo suyo aprendiéndolo con perfección no sólo en Atenco sino en cuanta ganadería haya pasado alguna estancia.

   Con respecto a la plaza de toros BUCARELI, recordemos ahora una crónica de suyo importante, debido a sus características de “inédita”.

…tarde del 15 de enero de 1888, inauguración de la plaza de toros BUCARELI.

Media hora antes que hicieran el despeje del redondel, no había en las localidades sitio donde poner un alfiler. Imponente era aquella muchedumbre, aunque regocijada  y llevando por armas ramos de flores.

   Porque la inauguración de la plaza de toros BUCARELI fue un verdadero símbolo de apoteosis del espada indígena y hasta el adorno del edificio era adecuado.

   Desde los corredores exteriores hasta la azotea había bandas de listón y gallardetes y en el interior desde la barrera hasta las lumbreras grímpalas y gardenias. En la parte alta del palco presidencial, lujosamente alfombrado y con un cortinaje de terciopelo rojo, ondeaba una bandera de lienzo blanco que tenía dibujado en el centro, en color rojo, un toro. Sobre el cornisón del mismo palco estaba un trofeo taurómaco consistente en una cabeza de toro disecado y colocada entre los instrumentos que sirven para la lidia (seguramente aquel conjunto se formó con: la cabeza disecada del toro CHICHARRÓN de Ayala que mató al “Patriarca” Bernardo Gaviño, una muleta, un estoque y dos garrochas de picador, pertenecientes al anciano Juan Corona, picador que estuvo en la cuadrilla del mencionado Gaviño).

   Dos fanfarrias, una en la sombra y otra en el sol, tocaron durante la corrida, pero en la sombra había también una música de instrumentos de cuerda y tenía por misión ser acompañante en un himno que cantaron los coros de una compañía de ópera italiana que estaba en México.

   Las cuadrillas hicieron el paseo bajo una lluvia de ramos de flores y escuchando incesantes aplausos y luego continuó no una ovación, sino una verdadera apoteosis para Ponciano. Cantaron el himno, en que se ponderaba su valor y destreza, y a la vez le coronaron. Dos niños vestidos de indígenas tlaxcaltecas, le ofrecieron obsequios, entre ellos un estoque con puño de plata, dedicado por el gremio de cigarreras, al que meses antes había regalado los productos de una corrida. Además la niña María Martínez, ciñó a Ponciano una corona de laurel y una banda, que tiene grabada la leyenda: “Viva el toreo mexicano. Viva Ponciano Díaz”. A su vez se le colocó otra más que simplemente lleva las iniciales “P.D” grabadas en hilo de oro. Lorenzo Vázquez y Ángel Ordóñez también hicieron lo mismo colocándole otra banda más que lleva escritos sus nombres, acompañados de la leyenda: “padrinos de Ponciano Díaz”. (Total, Ponciano debe haber ofrecido una curiosa imagen semejante, quizá, a la de cualquier icono religioso al que el devoto se acerca pidiendo consolación. N. del A.).

   La glorificación era interminable porque sucediéndose los obsequios, sin que faltare don Joaquín de la Cantolla y Rico, el celebérrimo aeronauta y poncianista rabioso, que descendió en su globo aerostático en mitad del ruedo. El consejal que presidía, el señor don Abraham Chávez, tuvo que ponerla fin dando orden de que saliera el primer toro, después de transcurridos veinte y cinco minutos desde aquel en que fue el hecho el paseo.

   La cuadrilla era hispano mexicana, porque a los antiguos banderilleros acompañaban dos que eran españoles: Ramón Márquez y Antonio Mercadilla.

   En ésta ocasión el espada vestía con toda propiedad, pues se ataviaba con un traje, de color morado y adornos de oro, que “Cuatro Dedos” le trajo de España.

   Los toros fueron de la ganadería de “Jalpa” y de la de “Maravillas”. Reses de romana y de buena edad, pero basta y con poca sangre brava. No obstante, por el poder que tuvieron hicieron en el primer tercio pelea que dejó contentos a los concurrentes que juzgaban de la bravura de ellos por el número de batacazos que daban a los picadores. A banderillas y muerte llegaron aplomadas y dando a conocer la mansedumbre, pero exceptuando la lidia en el quinto turno que tuvo intención aviesa, las otras la adquirieron y se dejaron torear sin exceso de peligro.

   Enorme, frenética, fue la ovación que hicieron a Ponciano Díaz por la muerte del tercer toro que dobló por una estocada completa y exactamente en las péndolas, dada recibiendo al estilo anticuado, el de Pepe Illo. También fue buena la media estocada, igualmente “a la española”, con que mató al segundo toro. A los otros los despachó “a la mexicana”, lo que equivale a decir que les dio estocadas de mete y saca; que también fueron muy aplaudidas.

   Toreando con la muleta y en la brega demostró lo limitado de la anticuada escuela de toreo, aunque estuvo más aliñado que en otras ocasiones. No hizo uno solo de los quites. Esa tarea la desempeñaron Ramón Márquez y Felícitos Mejía. Banderilleó a caballo al sexto toro. En el quinto toro, en una colada que dio el bicho cuando le toreaba con la muleta, le entró pánico al espada y tirando el engaño salió huyendo, perseguido por el marrajo que le hubiera cogido, si Márquez no interviene oportunamente.

   ¿De quién es tal reseña? Ni más ni menos que del importante cronista taurino Carlos Cuesta Baquero, mejor conocido por su anagrama: Roque Solares Tacubac, testigo presencial de aquella jornada memorable y personaje cuyas interpretaciones del toreo en esas épocas permiten entender cómo era el toreo, de qué manera se manifestaba en medio de las transiciones que comenzaron a darse a partir de 1887, año en el que, además de reanudarse las corridas de toros en el D.F., luego de larga prohibición de casi 20 años, se incorpora el toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna, representada, entre otros por: José Machío, Luis Mazzantini, Diego Prieto, Manuel Mejías, Ramón López y, poco más tarde, Saturnino Frutos.

   De aquella tarde es célebre esta anécdota: Ante la expectación que causó el anuncio de la propia plaza de Ponciano Díaz, el 15 de enero de 1888 acude uno de sus más entusiastas seguidores: su propia madre. Para ella es el brindis del que abre plaza

Por mi Patria y por ti, madre mía… La providencia ha querido que preste a tu vejez, el humilde fruto de mi trabajo.

   Esos tiempos, esas formas de torear hoy en día quizás causen curiosidad -en unos-, repudio -en otros-. Pero en su época así era como se toreaba: a la mexicana, sello original de lo que el campo proyectaba hacia las plazas sin olvidar bases de la tauromaquia española, que no quedaron olvidadas gracias a la participación del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, quien actuó de 1835 a 1886 en nuestro país.

   Ponciano no sólo se concretó a ser el torero nacional (El Diario del Hogar daba noticia en su momento -1885-: “Podemos asegurar que ninguno de los toreros extranjeros que últimamente han toreado en esta capital está a la altura de Ponciano Díaz”). Sus actuaciones en el extranjero son muestra ejemplar de ser el mejor aquí y allá. Quizás sea el primer torero -en la historia de esta diversión- que tuvo oportunidad de actuar en varios países: España, Portugal, Cuba y Estados Unidos de Norteamérica. Pero a su vez, quizás sea el primer que rompe con la tradición feudal impuesta por toreros de la provincia quienes, apoderándose de un terreno donde podían moverse a sus anchas, logrando todos los beneficios posibles, no permitían la entrada a intrusos. Y la sola presencia del atenqueño aminoraba aquella influencia por lo que alternó con los señores “toreros” feudales de diversas regiones del territorio mexicano.

   Es importante destacar -por otro lado- sus habilidades como charro, siendo diestrísimo con la reata y como jinete, de lo mejor, al punto tal que fue “caballerango” (algo así como el hombre de sus confianzas) del señor Antonio Barbabosa. Esto es, gozaba de un conocimiento notable sobre toros y caballos. Era un excelente caporal y muchas de sus habilidades las puso en práctica en cuanta plaza actuara, para beneplácito y admiración de todos.

   Como punto culminante es preciso abordar su relación con la fuerza que tuvo el toreo español a partir de 1885, y del cual Ponciano opuso resistencia al principio, después terminó convenciéndose pero no aceptando del todo este género que ponía en peligro su vida profesional.

   José Machío en ese 1885 y luego su compatriota Luis Mazzantini de 1887 y hasta 1904 que actúa en México, se van a encargar junto con otro grupo de toreros hispanos de imponer por la vía de la razón algo que ya vimos: el toreo a pie, a la usanza española y en versión moderna, que no se conocía en nuestro país. A todo ello se unieron poco a poco grupos de aficionados, como el Centro taurino Espada Pedro Romero quienes encabezados por Eduardo Noriega Trespicos y de Carlos Cuesta Baquero Roque Solares Tacubac emprendieron una intensa campaña fomentando los principios de ese toreo con enfoques y análisis técnicos a la vez que estéticos. Poco a poco los públicos fueron aceptando la doctrina y rechazando el quehacer torero de figuras nacionales interpretado bajo muy particulares connotaciones.

   Ponciano, como muchos otros toreros vigentes en los últimos treinta años del siglo antepasado, lucen bigotones en contrapartida con los españoles, quienes patilludos o afeitados imponen su recia personalidad. Si se nos permite suponer diremos que unos y otros encontraron en bigotes, patillas y rostros chapeados la mejor demostración de virilidad y de señalarse asimismo como toreros, como matadores de toros, pues éstos, ya en su quehacer hacían pasar a un término secundario esos pequeños detalles, colocando, esa sí, en primerísimo orden su expresión taurómaca, fuese técnica o estética. Ponciano Díaz es el torero que de sus ganancias levantó la plaza “Bucareli” estrenada el 15 de enero de 1888, es el diestro de mayor fama en todo el siglo XIX; con situaciones como ésta pronto se vio en el dilema por decidir qué hacer con su destino. Y si bien hizo suyas algunas cosas (vistiendo a la española y matando al volapié), coqueteó con el resto. Fue algo así como no querer enfrentar la realidad, por lo que poco a poco fue relegado de la capital, buscando refugio en la provincia pero también en la bebida, destinos ambos que lo pusieron al borde del olvido total.

   Con Ponciano pues, se cierra el ciclo de toda una época que ya no tuvo continuidad, más que en el recuerdo.

Ha concluido ya su historia…

 Ha concluido ya su historia…

ya no existe aquel Ponciano;

el arte también concluye

y lloran los mexicanos.

   Como lloró el mismo Ponciano en sus propias “memorias”, apuntes de su vida que alguna vez existieron y fueron vistos por un sobrino bisnieto (el señor José Velázquez Díaz) quien comenta: “Recuerdo haber leído algunas páginas y me llamó la atención una de ellas, en la que observé rastros quizás del llanto, pero también la marca de un vaso. Ponciano acabó sus días bebiendo demasiado”.

   Otro hecho significativo es el registro fílmico donde Ponciano quedó inmortalizado en apenas unos pies de vieja película que los señores Currich y Maulinié lograron en “Corrida entera de la cuadrilla de Ponciano Díaz” presentada en Puebla en agosto de 1897. Es de lamentar la pérdida de dicho material, pero queda evidencia de un personaje que no se sustrae de los propósitos establecidos por el naciente cinematógrafo que deja otras imágenes sobresalientes, tales como paradas militares, escenas cotidianas o alguna aparición pública del general Porfirio Díaz. Por fortuna quedó una evidencia “romántica” en la película:

 ¡ORA PONCIANO!

Producción: Producciones Soria, México; 1936.

Dirección: Gabriel Soria

Guión: Pepe Ortiz y Elvira de la  Mora.

Fotografía en Blanco y Negro: Alex Phillips.

Música: Lorenzo Barcelata.

Edición: Fernando A. Rivero.

Con: Jesús Solórzano (Ponciano), Consuelo Frank (Rosario), Leopoldo Ortín (Juanón), Carlos López “Chaflán” (Lolo), Carlos Villarías (don Luis).

 El argumento de la película “¡Ora Ponciano”! no era verdadero. Ponciano Díaz nunca se casó con la hija del ganadero don Rafael Barbabosa. Ella era Herlinda Barbabosa Saldaña,

dice Doroteo Velázquez Díaz, sobrino nieto del “torero con bigotes”. Pero las escenas que se pueden gozar tienen un sello de nostalgia que ningún taurino puede dejar de ver.

   Todo tipo de poetas, mayores y menores le han escrito al amor y a la muerte; a la razón de ser feliz y a la soledad. Parecen temas de nunca acabar porque son de órdenes universales,[1] siempre presentes en todas las épocas.

   Hubo en el último tercio del siglo XIX un auténtico personaje popular al que poetas de esas dos vertientes lo cantaron y lo repudiaron; lo elevaron a niveles nunca concebidos y lo hundieron casi hasta el fango: Ponciano Díaz Salinas es su nombre. El romanticismo y el modernismo con sus distintas corrientes, amén de otro género, el lírico-musical “que el pueblo de México ha venido cultivando con amor desde hace más de un siglo: El corrido”, tal y como lo afirma Vicente T. Mendoza.

   Con excepción de Francisco Sosa en su Epístola a un amigo ausente (1888), el mayor número de las composiciones dedicadas al torero son de auténtica raigambre popular, producto de lo que les mandara su inspiración, una inspiración sincera e ingenua, o combativa y de advertencia.

   De hecho, en los tiempos del esplendor porfirista y los primeros del desorden revolucionario el modernismo comienza, evoluciona y muere entre los últimos veinticinco años del siglo antepasado y el primer cuarto del XX. Quedan, como es lógico, resquicios de un romanticismo decadente que gusta todavía en nuestro tiempo, como lo hacen esas grandes expresiones surgidas en otras épocas.

   Una cantidad respetable de composiciones emanadas de dichos estilos, se han localizado repartidas en diversas publicaciones que van desde las hojas volantes hasta lo registrado en libros, afines o no, al tema en estudio. Es por esto que vale la pena reunir ahora todo ese contexto o citar las más curiosas sin olvidar las fuentes bibliográficas que registren cada uno de esos testimonios que a continuación presento:[2]

Pieza Nº 1 (Ca. 1880)

   A cualquiera de ellos (don Guadalupe “El Caudillo” y Tomás Hernández “El Brujo”) les hubiera dedicado Gamio su verso sencillo:

 Era un charro, lo hubierois conocido!…

 Era un charro, lo hubierois conocido!…

Costábale mil pesos el vestido

al deslumbrante modo mexicano,

dos mil quinientos pesos la montura

y como mil tostones de factura

los galones de plata del jarano…

    También a Ponciano le queda perfectamente esta semblanza.[3]

Pieza Nº 2 (1884)

   De la crónica que dio cuenta sobre la actuación que Ponciano Díaz tuvo en la plaza de toros de Cuautitlán, el domingo 23 de noviembre de 1884, tomo los siguientes apuntes introductorios:

Pan y toros pide el pueblo…

 Pan y toros pide el pueblo

Dice el cantar español;

Pues que le den pay y toros

Y, agur y válgame Dios!

    Y es que

La corrida del domingo en Cuautitlán, estuvo no sólo muy concurrida, sino muy buena;

Y, cómo no, cuando el alma

De la afamada cuadrilla,

Era la flor y la nata,

El bravo Ponciano Díaz?

 (. . . . . . . . . .)

 Cucharitos.[4]

Pieza Nº 3 (1884)

Ahora de veras Ponciano…

 Ahora de veras Ponciano,

con los toros del Bajío,

vamos a verte torear

son toros de mucho brío.

 

Vámonos a Tlalnepantla

en los trenes de recreo

a ver torear a Ponciano

a los toros de Angangueo.

 

Qué bonitos son los toros

cuando los torea Ponciano,

con su capa sobre el hombro

con ellos anda jugando.

 

¡Ay, torito rechulón!,

¡Ay, torito de mi vida!

¡Viva el valiente Ponciano

con su arrojada cuadrilla!


[1] Universal no es sinónimo de clásico (griego o europeo), es la capacidad de todo grupo social de crear cultura, y la cultura se crea a partir de la conjugación cotidiana del entorno con los procesos de trabajo, el conocimiento y el dominio de materiales e instrumentos, formas organizativas, y la interpretación y la creación de símbolos, ritos, códigos estéticos y mitificaciones.

[2] Al lector: En el entendido de que esta obra tiene como propósito principal mostrar las diferentes evidencias en forma cronológica, es en el largo ensayo “Ponciano Díaz íntimo”, donde de pronto se pierde parte de este objetivo, por lo que suplico su amable consideración. Además, busco se guarde la esencia original de cómo quedó redactado. Al concluir la lectura de tal segmento, volverá a recuperarse el orden indicado. (N. del A.).

[3] Manuel Horta: Ponciano Díaz. Silueta de un torero de ayer. México, Imp. Aldina, 1943. ils. p. 38.

[4] El arte de la Lidia, año 1, Nº 4, 7 de diciembre de 1884, p. 2.

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