MUERE UN 24 DE AGOSTO DE 1955 D. ANTONIO BARBABOSA SALDAÑA.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Antonio Barbabosa en Atenco, 1921.

    Antonio Barbabosa Saldaña (ca. 1866-1955) tuvo a bien convertirse en todo un personaje, integrante de aquella emblemática familia, los Barbabosa Saldaña, quienes heredaron a la muerte de Rafael Barbabosa Arzate (en 1887) un sinfín de propiedades. Para ello se creó la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, entre cuyos acuerdos se determinó repartir años más tarde dos haciendas ganaderas: Atenco y San Diego de los Padres, mismas que estaban enlazadas con otra, de menor tamaño denominada Molino de los Caballeros, la cual se encontraba ubicada en el actual Municipio de Epitacio Huerta (en el Estado de Michoacán de Ocampo). También administraron la entonces famosa hacienda maderera de Chincua, la que sigue siendo refugio de la mariposa “Monarca”.

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Los señores Rafael, Juan, Antonio y Manuel Barbabosa, dueños de Atenco y San Diego de los Padres.

   Todos y cada uno de los integrantes de esta familia, construyeron a lo largo de su vida un conjunto de circunstancias que hoy día y en buena medida, quedaron concentradas en mi tesis doctoral: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia” (UNAM, FFyL, candidatura, 2006).

   Por ejemplo, hacia mayo de 1903, Atenco quedó adjudicada a Herlinda, Juan, Antonio, Rafael y Manuel Barbabosa en fracciones que superaban cada una las 500 hectáreas. Sin embargo, Antonio, personaje que hoy recordamos, gozó de buena estima dados sus conocimientos con el ganado así como su peculiar forma de ser. De él hay una anécdota que les cuento como me la contaron.

   Don Antonio Barbabosa Saldaña, interesante personaje del campo taurino mexicano, entre finales del siglo XIX y los primeros 50 años del XX, tenía en su incontable anecdotario, diversas ocurrencias. Me contaban que en cierta ocasión, salió de una de las habitaciones de la hacienda de Atenco dando órdenes precisas a su caballerango…

DON ANTONIO BARBABOSA...

   ¡Prepárenme el caballo, que voy a salir!

   Su mujer –a la sazón, doña Laura Aguirre García de Quevedo de Barbabosa, esposa en segundas nupcias-, alarmadísima, cuestionaba a su marido quien, a esa edad, era un hombre mayor y con problemas en la vista. De ahí que utilizara unos binoculares incluso para ir a misa, porque así podía apreciar a la distancia a la que se encontrara al padre que estuviese oficiando en esos momentos, lo que no le hacía perder detalle de la homilía.

   Pues bien, ya preparado el hermoso jamelgo, con la silla bien firme, se impulsa en el estribo, Antonio da un salto que le cuesta un poco de trabajo, pero de pronto, y en menos que me lo cuentan, ya estaba sentado, con las riendas bien firmes en las manos, calándose el sombrero de ala ancha, acicalándose el bigote a la káiser y oteando el panorama a su alrededor, con un aire de suficiencia que no le cabía en el cuerpo.

   ¿Pero Antonio qué vas a hacer?, le decía doña Laura toda ella hecha un manojo de nervios.

   ¿Qué vas a hacer, si ya no ves?

   La respuesta más que rotunda, se dejó escuchar en el patio de Atenco de la siguiente manera:

   Mujer, no te preocupes… ¡No voy a ver. Voy a que me vean!

   Y el hombre, muy galán, y algo torero salió airoso, tras el chirriar de los goznes de las dos hojas del portón de Atenco a emprender su cometido, vaya usted a saber dónde.

DOROTEO VELÁZQUEZ DÍAZ1

La presente fotografía, fue un obsequio de Don Doroteo Velázquez Díaz (qepd), sobrino nieto de Ponciano Díaz Salinas. De izquierda a derecha aparecen los siguientes personajes: Carlos Barbabosa (hijo de Agustín Cruz Barbabosa), Antonio Barbabosa, doña Laura Aguirre García de Quevedo de Barbabosa, segunda esposa de Antonio Barbabosa (la primera fue María de Jesús Lechuga), don Agustín Cruz Barbabosa, ganadero de Santín y Doroteo Velázquez Díaz. (Santín, edo. de Méx., ca. 1940).

   Además, superadas una serie de circunstancias, pero sobre todo por diferencias habidas entre José Julio Barbabosa y el propio Antonio, el Ing. Agustín Cruz Barbabosa invitaba permanentemente a Antonio a las tientas. De ese modo, dichas actividades debieron tener un peso de certeza importante.

   Como podrán observar, en efecto, Antonio Barbabosa portaba en esos momentos los binoculares. Hasta donde he podido apreciar en las imágenes que conozco sobre él, no lleva lentes en ninguna, con lo que seguramente el apoyo de los catalejos se convirtió en algo cotidiano.

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