UN BALANCE DE “LA TEMPORADA DE ORO”: MOTIVO PARA RECORDAR.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

UN BALANCE DE “LA TEMPORADA DE ORO”: MOTIVO PARA RECORDAR. (I).

    Estas notas, entresacadas de viejos apuntes, fueron escritas entre 1995 y 1996. La primera, como verán en su mismo título, recupera la que fue temporada de conmemoración –otoño e invierno- entre 1995 y 1996. La segunda procuró emitir una opinión al respecto de las novilladas que se celebraron entre el verano y otoño de 1996.

   A los 50 años de construida la monumental plaza de toros “México”, la ya histórica “Temporada de oro” conmemoró el magno acontecimiento. Hoy la sensatez, por encima de la emoción, nos ayudará a explicarnos la suma de experiencias y resultados propios de las “festivas celebraciones”.

   22 festejos más uno extraordinario -el de la “oreja de oro”- dieron lustre a un conjunto de actividades programadas por el empresario, Rafael Herrerías que, a no dudar, puso todo su esfuerzo y empeño. Sin embargo un factor impredecible se dejó notar a lo largo del serial: no se registraron llenos absolutos mas que en contadas tardes, cuyos atrayentes carteles garantizaban el “no hay billetes”. El costo de los boletos -a pesar de la situación económica actual- es aceptable en todas las localidades de la plaza, aunque el bolsillo de muchos aficionados no debe haber aguantado el ritmo, inherente a la crisis misma.

   En cuanto al ganado, encontramos un común denominador, que es la nueva pero sospechosa forma de mostrarnos el mes y año de nacencia de todos los toros. En unos, era más que evidente la edad, por su forma comprobable en los anillos de la cepa del pitón, además de su estampa, debemos agregar su real apariencia de toro, por encima de pesos generalmente engañosos, y generalmente el sustento de una “verdad a medias”. En otros “toros”, francamente nos tomaron la medida dándonos, como quien dice “gato por liebre” y pocas fueron las protestas que se registraron en el termómetro de los tendidos.

   Dos factores complementarios en torno al toro fueron: uno, los excesos en las cuadrillas al provocar la embestida, yendo los de a pie corriendo hacia el burladero, o citando desde el mismo, por lo que arremetían con toda su fuerza varios toros que salieron despitorrados. Otro, los “toros de regalo”, asunto este que aunque cuestionado por la prensa es una forma por medio de la cual el público demanda a un torero que no se acomodó en su lote, el obsequio consiguiente. Así, varios diestros obtuvieron sendos triunfos. Y algo más: el asunto está tan arraigado y tan deformado a la vez, que no puede evitarse, por más que los tradicionalistas a ultranza así lo vean. Es preciso entender el caos por el que transita una corrida y todo lo que de ella se desprende. Fiesta al fin y al cabo.

   En cuanto al resultado artístico: debo destacar sin ismos de ninguna especie, y considerando al toreo como expresión universal, y no nacional o local, ya que no faltaron aquellos que sacaron a flote su rechazo por otros toreros que no fueran los nuestros. Así, descollaron César Rincón, Enrique Ponce, “Joselito” como extranjeros, y desde luego Eloy Cavazos, Jorge Gutiérrez, Manolo Mejía, con sendos triunfos de resonancia que aún deja escuchar su eco. En otros niveles se considera el quehacer de Eulalio López “El Zotoluco”, José Tomás, Rafael Ortega, Mario del Olmo o “El Conde” quienes forman parte de la generación más inmediata y que ya se colocan en mejores posiciones, mismas que deben afianzar a fuerza de pelea, de tesón y de garra, para evitar enfrentamientos con la mediocridad. O lo que es peor: el olvido y la indiferencia de la afición. Recordemos el caso palpable de Rafael Guerra “Guerrita”, quien declaraba después de una tarde aciaga: “No me voy. Me echan”.

   Quedaron grabadas en nuestra memoria faenas de bella, bellísima manufactura, dignas  para el álbum del jubileo que recoge en sus páginas lo mejor de lo mejor. Desde luego Enrique Ponce se convierte en favorito de la afición capitalina, tras emprender varias hazañas cuyo valor estético lo ponen, de golpe y porrazo en el sitio de los privilegiados. Sus faenas alcanzan el grado de “sublimes” por el sentido de lo hermoso, lo bello y lo perfecto. Nuestras palabras no alcanzan a explicar la delicia y el placer con que el arte se manifestó en las manos del valenciano. Caben ya en el lenguaje con que entendemos y explicamos el toreo, nuevos adjetivos que den idea de un quehacer tan refinado y casi celestial con que se prodigó el torero en cuestión. Otra gran tarde la dio César Rincón, la primera de la temporada y la única donde actuó pero que terminó convenciendo dado su alto grado de profesionalismo. Y qué decir de José Miguel Arroyo la tarde del 25 de febrero. Si con el primero abrevió, en el segundo trastocó los sentidos en todas sus manifestaciones, y hasta me atrevería a decir que la suya fue la mejor faena de la temporada.

   Eloy Cavazos luego del percance en la tarde de su reaparición, retorna demostrando que la madurez del torero no se ve en los años de andanza, sino en el constante ritmo de triunfos y en la fructífera razón de ser, de superarse a sí mismo y dejar constancia de su quehacer, cosa que ya logró con creces.

   En cuanto a Jorge Gutiérrez y Manolo Mejía, ambos se encuentran en el dilema mayor de su carrera: la consagración absoluta. Si bien han tenido tardes triunfales, la constante se ha mostrado contraria, por lo que si para Manolo, la temporada anterior lo coloca como el triunfador, en esta la afición se mostró paciente y aguardó hasta que se dieron las circunstancias de triunfo, igual que con Jorge, quien se ha empeñado en consagrar absolutamente ante la afición de la capital.

   La “temporada de oro” culminó con “la oreja de oro”, obtenida por Rafael Ortega luego de una faena matizada de técnica y valor, así como de una aventajada concepción de arte que debe apresurarse a depurar. Los años en un torero se vienen encima más rápido que de costumbre.

   El toreo como gozo y como espectáculo alcanzó con esta temporada niveles que la harán recordar. Ya es un motivo más para el recuerdo.

MEXICO 05 FEB 1996 (1)

Disponible en internet agosto 26, 2015 en:

http://laaldeadetauro.blogspot.mx/2010/02/la-corrida-del-5-de-febrero-una_05.html

VISION CRÍTICA Y SENSATA A LA TEMPORADA DE NOVILLADAS 1996. (II).

   El toreo como espectáculo tiende a mostrar altibajos, signo de crisis o de decadencia. Y sin embargo, se mueve (como sentenciara alguna vez Galileo Galilei); allí está, adaptándose a cada nueva época.

   Esta reflexión cabe aquí luego de haber culminado una temporada de novilladas más, la de 1996, en la plaza de toros “México”. Con el concurso de buen número de prospectos la empresa capitalina organizó 19 festejos más el de la “oreja de plata” donde los resultados no fueron los esperados. En realidad el corte de apéndices y de tardes triunfales apenas alcanza a calificarla de modesta, para unos, y mediocre para otros.

   Destacaron César Castañeda, Enrique “El cuate” Espinosa, Alfredo Gutiérrez, Alberto Huerta, Domingo Sánchez “El Mingo”, José Sánchez “El Miura”, Tomás Gutiérrez (todos ellos participantes en la disputa de la “oreja de plata”) y el español José Antonio Iniesta. En lo particular, el quehacer de Alberto Huerta -hijo y sobrino de toreros-, así como el de José Antonio Iniesta representan una importante alternativa de apertura a un capítulo del toreo contemporáneo, pues ambos manifiestan avances en la técnica y también la estética de sus personales interpretaciones de la tauromaquia. Evidentemente, Huerta debe practicar hasta el cansancio la suerte suprema ya que ha perdido oportunidades muy valiosas por encaramarse en sitios de privilegio. En Iniesta se ve a un gran torero en puerta.

   Como se ve, surgieron varias posibilidades y acaso, por lograr un mejor lugar en la torería nacional deben foguearse en provincia, demostrar con orgullo la escuela de su procedencia y tener mucha vergüenza torera para regresar a consagrarse como Dios manda en la próxima temporada.

   Sería un riesgo mayor que alguno de ellos decidiera dar el “espaldarazo” pues tal postura los podría arrojar a un destino incierto, al montón en una palabra.

   Los encierros en términos generales fueron justos en presentación y dominó la nobleza que rayaba muchas veces en bondad, característica que para muchos jóvenes pasó por alto. Por supuesto que hubo de todo. Una temporada de novilladas debe ser vista con otros ojos, los muchachos van empezando y no se les puede exigir como a las “figuras consagradas”. Cada tarde representa para ellos una prueba de fuego, pero sobre todo, el superarse a sí mismos ante los errores cometidos y las incertidumbres manifiestas en sus actuaciones pasadas.

   La afición -desde luego- espera a un nuevo “Mesías”, a la nueva figura del toreo que pueda darnos una temporada como la que reseñamos. Y sin embargo, no llegó. Ellos, los novilleros deben ser los primeros en darse cuenta de si funcionan o no en esta difícil profesión, vigilada estrictamente por aficionados que exigen o hacen suyo a algún muchacho con los sellos de privilegiado para el quehacer taurino. Por cierto, la asistencia a la plaza durante todos los festejos fue apenas regular, síntoma quizá del poco interés, o del escaso atractivo en los carteles.

   La ciudad de México y zona metropolitana juntas, con más de 20 millones de habitantes, los medios de comunicación provistos de un despliegue de difusión tremendo no alcanzaron a satisfacer los resultados que empresa y afición esperaban al ver colmados los tendidos de aficionados pendientes de una temporada sometida a uno más de los altibajos que padece el espectáculo, expuesto a todo menos a desaparecer.

   ¿Vivimos en medio de una crisis de valores? Probablemente, pero no olvidemos que para los novilleros existe un margen distinto de interpretación a sus actuaciones que, por otro lado, siempre deben ir en ascenso, pues de ahí que ellos demuestren sus intenciones por superarse un día sí, y otro también. La de toros es una profesión llena de sacrificios y es de las pocas que pueden decir si la vocación de aquel que aspira a convertirse en figura es o no una realidad al principio de su trayectoria.

   Las novilladas de 1996 que ya forman parte del testimonio histórico mexicano dejan evidencia clara de una baja que no debe ser vista más que como síntoma de la trayectoria con que se define el toreo en esta época. Para mejor entenderlo, pasó por un mal momento que deseamos supere en la temporada venidera.

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