CÓMO VEÍA LA PRENSA UN ESPECTÁCULO TAURINO EN JUNIO DE 1830.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   En El Gladiador del 17 de junio de 1830, se publicó una interesante nota que deja ver el estado de cosas que privaba en el espectáculo taurino de aquel entonces en la ciudad de México. Por su contenido, me parece interesante compartirlo con los lectores para que se conozca un poco de aquellos acontecimientos, los de hace 186 años cabales.

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John Moritz Rugendas a tres años de las presentes notas, parece retratar en forma puntual la mirada proveniente de El Gladiador.

Corrida de toros en la Plaza de San Pablo, John Moritz Rugendas, 1833. Óleo sobre cartón. Colección del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, México.

   Apenas nos hicimos independientes y adoptó la nación el sistema republicano, cuando las personas más insignificantes e inciviles comenzaron a blasonar de republicanas, como si poseyesen en grado heroico las virtudes cívicas y la ilustración que forman el carácter de un verdadero hombre libre, despreocupado y que sabe los respetos y consideraciones que debe a cada uno de los miembros que forman la sociedad a que pertenecen. Pero si entonces había un motivo para no creerlas, y dispensarles a muchos su grosero trato, hoy a los 10 años de independientes y a los 6 de republicanos, debemos confesar que el tiempo se ha perdido, y que lo que ciertas gentes llaman ilustración, no es sino una refinada prostitución, un vivir desmoralizado que a cada paso ofende la moral pública, tanto en lo político, como en lo sagrado. La publicidad del portal de Agustinos y la de ciertas calles en que se hace de noche el más escandaloso tráfico, prueban demostrativamente el estrago lamentable de nuestras costumbres. Las concurrencias más públicas que se presentan con el fin de tener decorosas distracciones, abundan de espectáculos desagradables, y no faltan en ellas ilustrados,  que perturben  el orden e insulten a quien les da gana, desconociendo el respeto de una autoridad, la circunspección de un pueblo en su mayoría moderado, y por último la vida arriesgada de unos infelices que se ofrecen a los espectadores, y se exponen a la bravura de unas fieras, por divertir, en cambio de acudir a sus necesidades. Hablemos de los paseos públicos especialmente del de Santa Anita, y de la diversión de los toros. Pero sobre esos basta esta insinuación para despertar el celo de las autoridades, cuyos deberes están muy afectos a las ocurrencias de tales paseos, cuyas impúdicas falas, callamos por no lastimar el pudor público que deseamos conservar.

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Desde algún punto de los tendidos surgieron esos gritos insolentes…

   De la diversión de los toros diremos que el domingo último concurrimos a la plaza, cuyo numeroso concurso manifiesta la tranquilidad de un pueblo que escaseaba en la triste época de la administración pasada en la que los mexicanos solo se daban lugar para sentir los males de la patria. Hoy se divierten todos, seguros de que viven bajo la religiosidad de un gobierno que cuida de los pueblos, y antes perecía que hacerles traición en su confianza. Inalterable era la quietud de la concurrencia, sin que sonase descompasada una voz siquiera, ni aún en aquella gente infeliz que es la más abundante y la que más expuesta está al desorden por su desgraciada educación, y hábitos inveterados. Mas por la parte opuesta en la que sí debemos presumir ilustración y finura, se alteró el orden por dos o tres paisanos que blasonan de ilustrados, bien educados, y visten como caballeros, aunque sus acciones les niegan abiertamente esta cualidad, pues todo el mundo vio en este último domingo, que como locos gritaban insultando con palabras bien groseras a Simón, porque no daba los toques de clarín cuando estos malcreados (sic) y descomedidos lo mandaban. Insultaban también con apodos y palabras ofensivas a algunos toreros, porque se desgraciaban en los lances, sin advertir que no es lo mismo charlar groseramente, que ponerse al frente de los toros; que estos eran muy bravos, y malísimos los caballos que querían entrar o esperar el bote del toro, en lo cual no tiene culpa el picador que se vé precisado a sujetarse al capricho de un bruto, antes que exponerse a una desgracia con el toro, esperándolo contra todas las reglas del arte o la costumbre; que estos miserables amenazados de un gran peligro de perder la vida, se indisponen por cólera o vergüenza con esos insultos y provocaciones, y menos pueden cumplir en esos actos.

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El palco principal ocupado en aquel momento quizá por Manuel Gómez Pedraza, Valentín Gómez Farías, e incluso por el propio Antonio López de Santa Anna. Como sabemos, corría el año de 1833…

   ¿Pero quién ha autorizado a estos chachalacas si educación a faltarle a nadie por infeliz que sea? ¿El lugar? No porque allí está un público reunido que demanda respeto y consideración en cualquier parte. ¿La diversión? No, porque esta solo lleva el fin de distraer y complacer a ese público. ¿La autoridad que allí manda en jefe? No, porque esa va a sostener el orden público y a escarmentar al que lo altere. ¿Los miserables toreros? No, porque estos en su clase y condición demandan el respeto que cualquier otro en la suya, y aun con respeto a la sociedad el pacto es mutuo, y por esto deberían ser reprendidos estos pobres, que suelen descuidarse y llamar o espantar al toro con palabras que ofende la delicadeza y faltan al respeto. ¿En qué consiste pues, la conducta de los que dan lugar a nuestra crítica? En su grosería, que ve como un zoquete a aquel magistrado que allí preside; al pueblo como a cualquier cosa y a los toreros como impedidos de responderles en aquel puesto.

   Lo mismo decimos de cierto capitán de granaderos, que nombra a [Vicente] Guerrero el Dios de los pueblos, y llama en esa plaza la atención, no solo por usar de su uniforme y divisas con sombrero de petate, sino por sus descompasados gritos y descomedida conducta en una publicidad como esa, en que debía lucir la moderación militar y circunspección que tanto recomienda la ordenanza para que se haga apreciable un oficial.

   Concluiremos con observar el desorden que hay en los toreros, mezclándose los de a pie con los de a caballo, sin esperar el tiempo que corresponde a unos y otros, y que debe señalarse por el toque del clarín cuando lo mande el jefe de la plaza. Mas este regidor que de todo se desentiende, parece que solo va a divertirse, y entonces sería mejor que no ocupase el lugar que les está destinado, porque su abandono lo pone en ridículo, supuesto a todo, sea bueno o malo, se queda alabando el prodigio, y demostrando con esto su ineptitud. Los amantes de la policía.

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John Moritz Rugendas en su propia obra, ese famoso óleo sobre cartón y papel apenas un pequeño soporte que mide 27.9 x 35.5 cm y pintado en 1833, registró con enorme coincidencia los dichos de aquellos …amantes de la policía. (Museo Nacional de Historia, Chapultepec).

   Durante aquellos días, operaba un sistema político reconocido como República Federal, a cuyo frente se encontraba el General don Anastasio Bustamante, como Vicepresidente Constitucional, en un periodo comprendido entre el 31 de diciembre de 1829 al 14 de agosto de 1832.

   En cuanto a la plaza de toros, en esos momentos funcionaban dos. Tanto la de la “Alameda” localizada más o menos en el cruce del eje central Lázaro Cárdenas y Av. Hidalgo, justo a espaldas del teatro de las “Bellas Artes”. La otra probablemente se trate de Necatitlán que, para ubicarla tendríamos que dirigirnos a las calles de Isabel la Católica y Nezahualcóyotl, donde se ubica el antiguo Callejón del Risco. Esos fueron probablemente los espacios en donde se desarrollaron festejos taurinos, y en los que también es probable que actuaran los famosos hermanos Ávila (Luis, Sóstenes y José María), enfrentándose quizá a ganado de Tlahuelilpa, Atenco, Sajay o alguna otra que entonces estuviese vigente.

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