LA IRRUPCIÓN DE ANTITAURINOS EN LA PLAZA “MÉXICO” y UNA LECCIÓN HISTÓRICA.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Los antitaurinos tuvieron, hasta hace poco, el propósito de llevar a cabo manifestaciones a las afueras de la plaza de toros “México”. Se les veía y escuchaba con actitud respetuosa por parte de los aficionados que asistimos a dicho espacio donde es posible presenciar una representación festiva denominada tauromaquia. Sin embargo, la tarde del 25 de septiembre de 2016, su desplazamiento alcanzó los tendidos del coso capitalino.

   Dado el aviso de la autoridad para dar inicio al espectáculo, aquel grupo de más o menos 50 personas comenzó a lanzar gritos de reclamo y protesta que derivaron en la necesaria presencia de la policía, misma que se encargó de retirarlos entre la no menos importante actitud de los asistentes que se vieron impulsados a defender un territorio cada vez más cuestionado por parte de aquellos que, defendiendo una causa –que respetamos pero que no compartimos-, pretenden imponer por vía de un discurso, “su discurso”. Es decir, que me refiero al de ciertas ideas que no se corresponden con la realidad, a menos que sea necesario entrar en materia antropológica e histórica (y si cabe la posibilidad lo será en términos de la filosofía, la sociología y otras ramas del saber), como es el caso en esta colaboración. Minutos más tarde de aquel altercado, las cuadrillas partieron plaza y, a la mitad del desfile surgió un peculiar grupo de niños, acompañados por sus padres, corroborando que la presencia infantil en la plaza no es, por ningún motivo para forjar asesinos en potencia. Sería, en todo caso condicionante –de parte de los contrarios-, el hecho de afirmar que un niño en la plaza de toros es un formativo de la violencia canalizada, instrumentación perfecta en y para la ideología animalista o cosa por el estilo, pero siempre con propósitos e información que ponemos en duda.

   Sabemos que desde el momento en que el hombre dio forma a aquella condición denominada “sociedad”, se creaban también una serie de factores en los que se forjaron diversos aspectos que permitirían evolucionar ese esquema de su estadio más primitivo a otro u otros, hasta llegar al que actualmente impera en este mundo globalizado.

   Para ello, han tenido que transcurrir miles de años donde grupos más cohesionados tuvieron que dominar a otros por vía de la fuerza o de las ideas. Entre estas, hay dos expresiones que llaman poderosamente la atención. Una es la domesticación de animales, plantas y peces. La otra, tiene que ver con lo ritual, aspecto que involucra la creación de diversas creencias o religiones así como de su correspondiente cosmovisión, es decir, una manera de interpretar, de comprender el mundo.

   Veamos primero este aspecto desde una mirada antropológica.

   Aquel propósito entretejió una complicada red de fundamentos (e incluso de fundamentalismos) en los que bajo el principio en el que se entendían los ciclos agrícolas, vinculados con la presencia solar, y desde luego todo aquello que implicaba las que para nosotros son la presencia de cuatro estaciones al año. Para esos hombres y con ciertos misterios por resolver, Michel Graulich apunta que

Mary Douglas [establece en Purity and Danger. Concepts of Pollution and Taboo. Routledge, Nueva York, 1971] ha llamado [cuando se refiere a entidades como los montes, las aguas, fuentes, desfiladeros, árboles, animales salvajes y serpientes, al Sol, la Luna, las estrellas, las nubes y los aguaceros, en suma a toda la creación y a todos los dioses] a esto el pensamiento precopernicano: así como para el hombre de las sociedades tradicionales el Sol parece subjetivamente girar alrededor de la Tierra, así el universo en su totalidad parece habitado por intenciones y voluntades dirigidas a él. Desde ese momento se trata de que el hombre establezca comunicación con las cosas sobrehumanas o sobrenaturales para obtener favores, controlarlas, controlar gracias a ellas, acceder a ellas. Los medios de esta comunicación son los mismos que los de la comunicación entre los hombres y, más precisamente, de los hombres con sus superiores o sus enemigos: la palabra para rezar, saludar, alabar, halagar, implorar, preguntar, someterse, reconciliarse, consagrar, dialogar y actos como los gestos de expiación, de saludo, de postración, el don, las purificaciones (con agua, sangre, fuego…), los ascensos (de montañas naturales o artificiales, de mástiles o de postes, de escaleras) que nos acercan a la divinidad, la comida de comunión que une a hombres y dioses, la danza, el trance, que permite participar aún más en lo sobrehumano. Por otro lado, también están las privaciones (ayuno, continencia) que, como los dones, piden igualmente favores, además de facilitar e incrementar la parte espiritual e inmaterial en cada uno.[1]

En dicha panorámica parece encontrarse la génesis de aquellos propósitos en los que el hombre estableció condición, símbolo e incluso desenlace y que operaron bajo un complejo proceso que devino ritual.

   Y el ritual en la Tauromaquia, está metido hasta la entraña.

   Incluso, circunstancias bélicas como la actual guerra sostenida por el Estado Islámico o las protestas raciales en Charlotte (E.U.A.), la guerra en Alepo, desplazados y refugiados tienen de fondo implicaciones de esta naturaleza mezclada, inevitable ya, con el amargo elemento de la guerra. Sea por razones ideológicas, religiosas e incluso por aspectos raciales o de color, pero siempre habrá un dominante sobre un dominado.

CONTINUARÁ.

27 de septiembre de 2016.


[1] Michel Graulich: El sacrificio humano entre los aztecas. Trad. De Julio Camarillo. 1ª ed. en español. México, Fondo de Cultura Económica, 2016. 477 p. (Sección de Obras de Antropología), p. 36.

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