DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN… HOY HACE…

A TORO PASADO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Entre los meses de abril y julio de 2001, tuve oportunidad de ver publicadas las siguientes cuatro partes de una pequeña serie que lleva el nombre que le da título. Gracias a su editor responsable, el Lic. Rafael Cué, quien hoy día sigue al frente de “Editorial Equis”, misma que dio forma a aquella aventura, y donde hubo forma de dejar sentadas una serie de ideas y testimonios que espero hoy día, sean de su agrado.

I

DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN… HOY HACE UN SIGLO.

   Para la humanidad, aparece una generación cada 25 años, lo que significa el paso de cuatro de ellas en el siglo XX, turnado recientemente a la historia, o al pasado histórico. Lógicamente este es un parámetro bastante rígido si se atiende de ese modo, pero por el solo hecho de que surjan varias sucesiones durante un periodo secular, esto significa que se presentan por cambio de actitud o por ruptura generacional. No es lo mismo la generación que nació con la radio, la televisión o las computadoras. De ahí el cambio significativo que se destaca en ese otro sentido. Durante sus cien años ocurrieron infinidad de acontecimientos que cimbraron la entraña de varias generaciones, como esas dos guerras mundiales; o recobraron con la completa exposición del mapa del genoma humano el absoluto conocimiento que como seres vivientes tenemos, apenas en el año 2000, último de ese siglo.

   En lo taurino se presentaron importantes escenarios que pretendo mostrar, bajo el criterio de reunir entre 1901, 1925, 1950 y 1975 las mejores confluencias o influencias que decidieron cada una de esas etapas en los cuatro puntos cronológicos indicados.

   Para 1901 está ocurriendo en México un clima de estabilidad, fruto de la asimilación mostrada por toreros, público, prensa, empresarios y ganaderos que percibieron el enorme significado del aposentamiento mostrado por la influencia venida allende el mar, cuyos sustentos fueron los de la incorporación del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna a partir de 1885. De igual forma, ocurrió con la llegada de toros y vacas con fines reproductivos (desde 1887) en un amplio mercado de haciendas ganaderas que de inmediato iniciaron esa labor –todavía sin los grandes alcances de 1908, 1910 y 1911, que veremos más adelante-. Desde luego todo ese nuevo espíritu permeó en la prensa que terminó difundiéndolo masivamente. En contraste de total ruptura generacional, esa nueva época repudió la concepción del toreo nacional a pie y a caballo, aderezado de otros ingeniosos entremeses –que ya habían pasado de moda también en España-, y que en esos momentos encontraron a Ponciano Díaz como el patriarca, pero también último reducto de dicho esquema que lógicamente ya no era acorde con los postulados de reciente ingreso.

   En el nuevo estado de cosas, Arcadio Ramírez “Reverte mexicano” apenas pudo hacerse a la idea pero sin culminarla, de aquella nueva experiencia, probablemente porque no fue un torero de escuela y sí –en todo caso-, empujado por sus raíces humildes, faltas probablemente de la formación básica en el toreo (esto es, sin un maestro o tutor que le enseñara los principios elementales de la tauromaquia), pero que no tuvo mayores ascensos en casi 25 años de actividad esporádica en los ruedos nacionales. Una distinta reacción ocurriría algunos años más tarde con Vicente Segura, Rodolfo Gaona y Juan Silveti, máximos representantes ya no de la transición; sí de la demostración de sus capacidades frente a fuertes, muy fuertes “enemigos”: Enrique Vargas, Antonio Reverte, Antonio Fuentes, “Bombita”, “Machaquito”, “Bienvenida”, Vicente Pastor o Rafael “el Gallo”.

   La plaza de toros “México” de la Piedad sirvió como recinto de aquellas contiendas, mismas que continuaron en la plaza “El Toreo” de la colonia Condesa. Llama la atención que un buen número de festejos celebrados en el coso de la Piedad fueron montados con diestros españoles en su mayoría, lo que seguramente creó dos climas latentes. Uno, el de aquella situación hoy ya resuelta por el art. 47 del reglamento taurino vigente que apunta:

Tratándose de actuantes extranjeros en cualquiera de las categorías de festejos que ofrezcan al público, consideradas aisladamente cada una de ellas, aquellos no podrán exceder del cincuenta por ciento de los Participantes programados. Sin excepción, todos los carteles deberán estar integrados por el cincuenta por ciento de participantes mexicanos como mínimo.

En su momento la presencia absoluta de matadores de toros de origen hispano fue una situación aceptada. Respecto al otro clima me debo referir a aquel donde aficionados, empresarios y ganaderos “españolizaron” su idea y concepto de toreo, hasta que llegaron los tres diestros nacionales a dar un auge –el primero de ese siglo-, considerado desde nuestra perspectiva como trascendente.

   Fueron los primeros 7 u 8 años del siglo XX los que de alguna manera marcaron ese perfil de gusto y aceptación, que luego se alteró y se balanceó con el justo equilibrio de las combinaciones. Inmediatamente después hubo en el rubro ganadero importantes esfuerzos que consolidaron, en contraste con las no muy gratas experiencias recientes donde varios hacendados adquirieron ganado de sospechosa procedencia, obteniendo resultados indeseables. En Zacatecas y al inicio del siglo XX se dio una importante actividad que consolidó el ya de por sí fuerte emporio agropecuario, gracias a la participación de Antonio Llaguno González el que, en combinación de experiencias y enseñanzas tanto de su padre como suyas, habrán de concederle el premio a los múltiples esfuerzos dedicados con ahínco a las labores ganaderas. Y es que hasta 1906 lo que criaba Antonio Llaguno González eran toros criollos, manejados así desde finales del siglo XIX. Tal esfuerzo demostró que el señor Llaguno era tan buen ganadero de criollo como lo fue más tarde con el ganado de bravo. El 17 de octubre de 1908 el marqués del Saltillo reseñaba seis becerras y dos becerros vendidos a Antonio Llaguno quien recibió el ganado tiempo más tarde entre los naturales sobresaltos y angustias por verles llegar con bien. De ese modo, la sangre y simiente del Saltillo se incrustan gloriosamente en el campo mexicano. Lo mismo ocurriría con San Diego de los Padres y Atenco, propiedades ambas de la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, cuando llegaron a aquélla 6 vacas y 3 toros adquiridos al Exmo. Sr. Marqués del Saltillo, con fecha del 12 de octubre de 1910. En tanto que a Atenco arribaron 2 vacas y 3 toros de Dn. Felipe de Pablo Romero, el 10 de febrero de 1911.

   No podemos olvidar que durante el movimiento revolucionario, el Gral. Venustiano Carranza tomó la decisión de prohibir las corridas de toros en 1916. El tópico que domina es la causa del dispendio a que llegaba el pueblo, gastando sumas que no tenían, así como de la notable barbarie predominante en el espectáculo. La medida fue derogada en 1920, días después de la muerte del de Cuatro Ciénegas en Tlaxcalantongo.

   Dos hechos de esa magnitud, tanto de los diestros mexicanos, como de la consolidación de la ganadería de toros bravos, marcaron destinos muy bien definidos que permiten el gran desarrollo de la tauromaquia en nuestro país, el que muy pronto habrá de ir en ascenso, cuyo momento culminante se dio cuando Gaona y San Mateo se encontraron una tarde de marzo de 1924. Esto será motivo de un nuevo espacio que aborde los principales significados del siguiente capítulo generacional.

 II

 DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN: HOY HACE SETENTA Y CINCO AÑOS.

   La faena de Rodolfo Gaona a “Quitasol” de San Mateo, el 23 de marzo de 1924, fue la escala mayor, parámetro y modelo; prototipo también que terminaba otorgándole a la tauromaquia en México la categoría de universal.

   Y es que Gaona, aunque no renunciaba a su pasado, enfrentaba a la modernidad con un tono también moderno, logrado bajo el fervor de una iniciativa que se impuso Antonio Llaguno. El ganadero zacatecano estaba conciente de la falta de un toro propicio para faenas donde el principio del arte comenzaba a jugar un papel determinante. Y lo logró con creces, probablemente en una dimensión menor a la establecida por esos años, por lo que tuvo que enfrentar a veces encontradas o inútiles polémicas ya en la plaza, ya en la prensa; ora entre los mismos criadores de reses. Fue así que el surgimiento de San Mateo trajo consigo beneficios que las dos generaciones siguientes (en este caso de ganaderos) vieron como el paradigma.

   Esta es, además, la generación de varias rupturas, ya sea porque tienen frente a sí a un México que se ha levantado apenas del amargo encuentro de la Revolución, fenómeno a gran escala que no se daba desde hacía un siglo, independientemente de otras jornadas bélicas que alteraron los alcances de una deseada paz, la cual fue posible, “hasta el triunfo de la República en que se logra la conquista de la nacionalidad”, como apunta Edmundo O´Gorman, tras haber superado los pulsos más agitados, donde las más diversas filiaciones anhelaron el poder: realistas, independentistas, federalistas, centralistas, monarquistas y finalmente la dictadura.

   México era ya otra nación que regresó en esos momentos a sus raíces esenciales, por lo cual emergió un nacionalismo depositado y manifestado en artistas mayores de las artes, las letras, la música. Un país que Sergei Einsenstein supo recoger en esa cinta majestuosa denominada “¡Que viva México!”

   Un ámbito postrevolucionario, todavía con presidentes emanados de las filas militares puso a nuestra nación a prueba. Mientras tanto el espacio taurino comenzaba a verse enriquecido con la aparición masiva de matadores (otra muestra de ruptura, en este caso contra un índice de mínimo crecimiento), la cual consolidó una presencia aquí y allá que se emparejaba con el frente español y por ende entraban en confrontación más dinámica. Entre los últimos años de la segunda década y los primeros de la tercera, México y España vivieron la experiencia compartida, solo frenada por dos motivos: el “boicot del miedo” encabezado fundamentalmente por Marcial Lalanda y la guerra civil española. De aquello se originó una ruptura de relaciones taurinas recuperadas hasta 1944. De esto, además de que tuvo que darse un margen de espera, luego vendría la solidaridad, acogiendo el gobierno y el pueblo mexicano a los españoles transterrados.

   Durante ese paréntesis hubo responsables que pusieron en uno de sus mejores esplendores al toreo en México. Fue así como surgieron entre otros: José Ortiz, Jesús Solórzano, Alberto Balderas, Fermín Espinosa, David Liceaga, Luis Castro, Lorenzo Garza, Silverio Pérez, Paco Gorráez, Fermín Rivera, José González, Alfonso Ramírez. Este conjunto compacto de toreros mexicanos supo aprovechar unas circunstancias que llevaron a consolidar la famosa “época de oro del toreo en México”, época que además debemos empezar a ver como del “Renacimiento” que, como sabemos, aquel otro Renacimiento, surgido entre los siglos XIV y XVI se dio en Europa como movimiento social, humano, artístico y cultural, de intensa vitalidad creadora, donde el hombre aparece como el centro del universo. Y ese mismo síntoma parece registrarse entre los años 30 y 50 del siglo XX, cuando la generación inmediata a Gaona aprovechó los vientos nuevos que revitalizaron en gran medida la posición de la tauromaquia mexicana, hasta ponerla en la cúspide.

   Fueron años que no pasaron en balde, no se desperdiciaron. Al contrario, la aportación proporcionada por tantos y tan buenos toreros sirvió como movimiento vindicador de la expresión mexicana, que no tuvo en esos momentos (por lo menos de 1936 a 1944) ninguna “competencia” con los españoles, adecuando su proyección al gusto de la afición, hasta que, llegado el momento de la presentación de Manuel Rodríguez “Manolete”, estuvieron en condiciones de contender con esta enorme figura que no los apabulló, sino que pudieron ponerse en pie de guerra con todo un argumento técnico y estético, rico en condiciones de la más moderna manufactura, asimilada con creces, gracias a que existía una herencia aportada por diversos personajes emanados de la escuela de Saturnino Frutos “Ojitos”. Los influjos de Alberto Cosío “Patatero” se dejaron sentir como una firme línea hereditaria que aprendieron, de generación en generación, varios de los grandes toreros citados líneas atrás.

   No es casual que Rodolfo Gaona fuese el modelo a seguir. La doctrina de “Ojitos” fue decisiva para crear todo un concepto de nueva escuela mexicana del toreo, depósito de experiencias cuyas raíces nacen con Cayetano Sanz. Luego, su sólido tronco lo sustentan “Lagartijo” y “Frascuelo” y, la armonía de su ramaje se va distribuyendo bajo la contribución generosa (no por ello rígida) desplegada por Saturnino Frutos, que encontró en México un caldo de cultivo rico en posibilidades. Los resultados, saltan a la vista.

III

DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN: HOY HACE CINCUENTA AÑOS.

   La generación 1950 (donde a propósito evité colocar la preposición “de” como aquello que indica la posesión o el modo de hacer una cosa), es depósito y concentración; portadora y transmisora también, de las principales experiencias que la humanidad está viviendo, en medio de un acelerado cambio. Ese cambio es representativo en el progreso industrial, en las ciencias, frente a un estable comportamiento de ideas, cuya confrontación es de cara a su propia evolución o al de su riesgoso anacronismo. Esto es, el odio en unos casos; el ensoberbecimiento ilegítimo en otros, llevó esto a una inmovilización en las formas de pensar que se encontraron con la actitud rebelde de los nuevos miembros que se incorporaron a la sociedad en momentos tan cruciales.

   Se vive pues una transición importante a escala mundial. En nuestro país, la gesta revolucionaria tiende a ser asimilada bajo otra perspectiva, pero sin perder la esencia del razonamiento que la modeló. Se empieza a dejar atrás la visión provinciana que no es sino el reflejo de los atrasos contraídos de mucho tiempo atrás. El jubiloso ingreso al “concierto de las naciones”, idea que el discurso oficial se empeñó en manejar, simplemente tuvo que esperar mejores condiciones en otros tiempos que no fueron precisamente esos. Sin embargo, no pueden negarse los crecimientos a los que México no escapó.

   El toreo vive un parteaguas entre quienes deciden el retiro de los ruedos, permanecer aún en ellos y el significado de la nueva generación que irrumpió con un aliento sorpresivo, impresionante.

   Del primer grupo, se alejaron de los ruedos: Paco Gorráez, Jesús Solórzano y Silverio Pérez, que dejaron a su paso infinidad de hazañas, pero sobre todo un peso testimonial que sigue trascendiendo luego de que grabaron a fuego su estilo, su personalidad absolutamente inconfundibles, al grado de que la manifestación que por ejemplo Silverio proporcionó al toreo, sigue causando recuerdo y reflexión.

   De quienes deciden permanecer, pero no la permanencia (esa la aseguraron con su rotunda traza), están: David Liceaga, Fermín Espinosa, Luis Castro y Lorenzo Garza, quienes todavía tuvieron arrestos para demostrar sus capacidades, bajo la bandera de poderíos inconfundibles, capaces de sostener su propio pasado, de cara al toreo que ya va siendo otro, más estilizado y por supuesto, sometido a los enormes esfuerzos con lo que se va haciendo cada vez más moderno.

   Por eso, 1950 fue eje de esos pronunciados acontecimientos, año al que rinden cuenta las dos primeras generaciones cuyo legado es una rica gama de experiencias, nutriente que demuestra la capacidad y madurez por la cual está pasando el toreo mexicano. El velo de tres tragedias: “Manolete”, “Carnicerito de México” y “Joselillo” sigue causando encontradas posiciones, pero sobre todo aquella donde su condición como estigma es todavía pesado trauma, atenuado con la presencia contundente de otros toreros como Carlos Arruza, Luis Procuna, Alfonso Ramírez, Fermín Rivera, que pudieron separarse de la rotunda influencia ejercida por la época de oro, para integrarse sólidos a la de plata que se impuso, ya no tan majestuosa con relación a la anterior, pero con suficiente influencia como para seguir ejerciendo notoriedad, en medio de una competencia con los extranjeros que tantas y tan buenas tardes ofrecieron. En ese sentido, “oro” devino “plata” no como pérdida de un valor, sino como cambio, con otros ropajes que siempre le vienen bien a cualquiera cuando se trata de mejorar y/o cambiar en aras de la renovación.

   No puede escapar a este empeño la aparición y su consiguiente desarrollo, de un grupo maravilloso que daba a la tauromaquia posibilidades de lo novedoso. Surgió por esos años la generación encabezada por Rafael Rodríguez, Manuel Capetillo, Jesús Córdoba, Paco Ortiz, Jorge Aguilar y Alfredo Leal, quienes brindaron su mejor voluntad dándole al toreo nuevas energías, cosa que los aficionados además de convencerse, entendieron al materializarse esa consolidación e integración generacional, cuyo legado, todavía a muchos años de distancia arroja aromas, donde la nostalgia, no necesariamente emisaria de recuerdos, cumple con una función que mantiene en pie esos mismos recuerdos. O para decirlo en otras palabras, esa presencia de toreros de hace medio siglo y sus alrededores sigue vigente, e incluso se convierte en parámetro o escala tanto de asimilación como de proyección.

   Estamos pues ante una de las transiciones más importantes que se dieron a mitad del siglo XX, momento que nos tiene detenidos en su contemplación pues, no en balde, el esfuerzo conjunto de varias generaciones nos deja mirar el curso que ahora está tomando el toreo. Independientemente de gustos y preferencias, aquí se está llegando a un estadio de madurez, mismo que ha superado en buena medida el recurso siempre efectivo de la técnica, para poner a esta por debajo de la estética, fundamento que ya puede dar razón a lo que tanto José Delgado como Francisco Montes dijeron al plantear en sus TAUROMAQUIAS o el arte de torear como la razón fundamental de este ejercicio que ya no solo es cerebral. Ahora también es espiritual.

IV

DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN: HOY HACE VEINTICINCO AÑOS.

   Hace tiempo reflexionaba estas consideraciones: Una época naciente, que nos es común, fue representada por “Manolo” Martínez, Eloy Cavazos, “Curro” Rivera, Mariano Ramos y Antonio Lomelín desarrollada en medio de peculiares circunstancias, con un nuevo toro, y también una nueva afición. Ellos aportaron esquemas modernos a la tauromaquia y, en buena medida también la dejaron exhausta. Tanta fue su influencia, su poder, su “imperio” y su mando, que todavía el trono dejado concretamente por “Manolo” sigue vacío. Estamos seguros que la llegada del nuevo “Mesías” será un hecho. En el ritmo de la continuidad que se garantiza para el toreo mexicano, entrado el siglo XXI, nuevos diestros darán vigor al espectáculo. Entre ellos vendrá el nuevo “mandón”.

   Sí, estamos ante lo que nos parece, por lo menos a la última generación que hoy intenta consolidar la modernidad, un interesante episodio donde el quehacer taurino, más al servicio del principio empresarial, e incluso como lo ha apuntado en su momento José Carlos Arévalo, ante un toreo bajo los dictados de un nivel industrial (dada la enorme cantidad de espectáculos montados, para bien o para mal, en medio de diversas circunstancias que lo mismo alientan o desalientan al espectáculo). Porque resulta un dramático síntoma parecido al que se puede percibir en el minimalismo, esa expresión sobre todo musical, donde los acordes y notas del pentagrama parecen cíclicos: pocas notas, una misma melodía en medio de un largo discurso, sin que esta apreciación pretenda demeritar trabajos tan importantes como los de Philipp Glass, representante de este movimiento de vanguardia musical. Traducido a la visión taurina, esto quiere decir que hubo una generación de toreros que por lo menos se distinguían en sus ejercicios estéticos y técnicos, con sello propio. Hoy, ese sello propio parece facsímil común en unos y otros, habiendo apenas notorias y escasas excepciones que nos dejan reconocerlos como algunas islas en medio de un enorme, inmenso mar, solo mar…

   Con Manolo, Eloy, “Curro”, Mariano y Antonio se tuvo la enorme oportunidad de experimentar la última gran época, encabezada por estos capitanes cuyas conquistas formaron a una nueva generación que se separa del estilo e influencia de tres generaciones anteriores, presente aún con sus aromas, aunque ya sin el encanto propio de conmover, porque como queda dicho, hay nuevos aficionados, surgidos de la masificación del espectáculo, que ya vieron otra corrida, otra faena, otro toro. La corrida, como resultado de la natural evolución. La faena que se elevó en lo cuantitativo, más que en lo cualitativo, con promedio de 100 o más pases. El toro que tuvieron que adecuar los ganaderos al grado de que rindiera ante el enorme esfuerzo de aquellos trasteos, pero que también se redujo en tamaño, edad y la consiguiente presencia –en la mayoría de los casos bajo sospecha-, en demérito del espectáculo en su conjunto, por lo que fueron infinidad de festejos los que se celebraron en sitios, los más inverosímiles, para lo cual el uso de plazas alternativas, conocidas en el vulgo peyorativo como “de vigas”, fue una solución perfecta. Todo esto, atrajo la atención de nueva gente, mucha de la cual simpatizó con aquellos montajes, y probablemente sirvió para alentar su nueva condición de aficionados. Pero también la hubo que solo acudió al modo en como calificó Juan Pellicer a los que solo iban de paso: como espectadores transitorios.

   Todo esto pasó como fenómeno de lo que significó la industrialización del toreo en México. Desde luego que también hubo ricas aportaciones de carácter estético que no pueden soslayarse de un plumazo. Los cinco grandes diestros citados en estas notas legaron –no podía ser la excepción- importantes pasajes. Mejoraron –así lo creemos- en medio de sus personales expresiones, la propia condición siempre dispuesta a evolucionar de la tauromaquia, pero también, y como ya quedó dicho al principio de estas notas, la dejaron exhausta, agotada, porque al detentar el control no fluyeron del modo deseado, las otras expresiones de otros tantos toreros que, o se mantuvieron al margen del “grupo de los cinco”, o tuvieron que luchar denodadamente por hacerse escuchar. Y son los casos excepcionales: Jesús Solórzano con “Fedallín” o “Fedayín? o David Silveti que estaba llamado a ser válvula de escape gracias a su peculiar estilo, malogrado por su condición física.

   De igual forma, enfrentaron a la torería hispana con notables resultados en nuestro país, pero no en el español, donde cada vez fueron replegándose más y más, por lo que las viejas campañas “modelo” de Gaona o de Arruza se convirtieron en un mero concepto del pasado. México se convirtió para ellos en un caldo de cultivo perfecto y aquí permanecieron, aquí consolidaron y reafirmaron sus características interpretaciones tauromáquicas que en nuestros días están llegando a su fase terminal. Manolo Martínez y “Curro” Rivera hoy son inmortales del toreo. Eloy Cavazos vive en medio de la sentencia amarga de Rafael Guerra: “No me voy. Me echan…” Mariano Ramos que se sostiene gracias a su imperturbable dominio que cada vez ondea menos y Antonio Lomelín que a sus 54 años anuncia su regreso. Y todo esto frente a la más reciente generación encabezada por Eulalio López “El Zotoluco”, eje y atención, diestro en quien ha caído toda la fuerza de gravedad, guerrero dispuesto a venideras hazañas en medio de un panorama distinto, que aunque viciado por los anhelos autorreguladores, también encuentra un nuevo factor: el de las primeras generaciones de toros bravos surgidos de la incorporación de aquellos pies de simiente español llegados al mediar la última década, esperanza de renovación capaz de desplazar un notorio síntoma de descaste, importante fenómeno por erradicar de parte de los ganaderos de toros bravos mexicanos.

   Finalmente, del papel que jueguen los medios masivos de comunicación depende este giro, de cara a nuestra época, y ante el surgimiento de la siguiente y nueva generación, que acertada o arbitrariamente hemos establecido con la idea de entender el comportamiento del espectáculo taurino en el último siglo mexicano.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo EDITORIALES 2016

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s