SOBRE EMPRESARIOS TAURINOS.

A TORO PASADO. 

EL CONCEPTO EMPRESARIAL EN MÉXICO, POR Y PARA LAS CORRIDAS DE TOROS. RECORRIDO DESDE LA ÉPOCA VIRREINAL Y HASTA NUESTROS DÍAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Vuelvo a desempolvar viejo material, como en el de la presente entrega, mismo que se publicó en la revista Matador en los números de octubre, noviembre y diciembre de 2002. Su contenido, como en muchos casos anteriores, no ha perdido actualidad, de ahí que convenga recuperarlos y ponerlos a su alcance, amables lectores.

I

    El concepto empresarial en México posee antecedentes ubicados desde el momento en que, por alguna razón el Ayuntamiento de esta gran ciudad y durante el virreinato, tenía una participación directa para la celebración de diversas fiestas de toros, mismas que ya se celebraban con más o menos organización desde la segunda mitad del siglo XVI.

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   María Isabel Monroy Padilla, en su ambiciosa obra Guía de las Actas de Cabildo de la Ciudad de México (Años 1601-1610. Siglo XVII),[1] apunta que la celebración de las fiestas de la ciudad merecen atención aparte. Los preparativos de éstas ocuparon buena parte del tiempo de los regidores y no menor dispendio. Se ponía gran esmero en su planeación para que no faltase detalle.

   Al paso de sus acuciosos apuntes indica que las celebraciones de mayor importancia eran las festividades religiosas, aunque no eran menos los acontecimientos civiles.

   El esplendor de la celebración variaba de acuerdo con la importancia de la fiesta y al caudal del Cabildo. En todas las fiestas había invenciones de pólvora, luminarias, música de trompetas y chirimías; en algunas se representaban comedias y danzas; en otras se organizaban fiestas de toros y máscaras. Probablemente las más bonitas, pero las más costosas, fueron las de la sortija y el juego de cañas –escaramuzas de cuadrillas a caballo que, recíprocamente, se arrojaban las cañas y se defendían con las adargas-. A este último juego puede considerársele como el propio del Cabildo, pues la mayor parte de los regidores intervenían en él, aunque no siempre de buena gana; se celebraba por lo menos una vez al año.

   Las fiestas se llevaban a cabo en la plaza mayor de la ciudad y en la del Volador. Para ellas se mandaba construir tablados en donde se acomodaba a las principales autoridades y a las damas. Se servía colación, cuya calidad variaba de acuerdo con las posibilidades del Cabildo. Las tribulaciones económicas que surgían una vez pasada la fiesta afectaban momentáneamente el ánimo de los regidores, pues al acercarse la fecha de la siguiente festividad los preparativos se convertían en asunto importante dentro de las sesiones del Cabildo, como si el Ayuntamiento solamente existiera para dar brillo y esplendor a estas festividades.

   En la exposición anterior puede observarse que el Cabildo y sus regidores se encargaban, como auténticos empresarios, en organizar la enorme cantidad de fiestas celebradas por los motivos ya expresados, y eso ocurrió durante todo el periodo virreinal, donde además, se buscaba la parte relativa al beneficio de la obra pública, por lo que las fiestas de toros se convirtieron en importante aliento al embellecimiento de la capital de la Nueva España.

   Luego, durante el siglo XIX, aparecen en escena los primeros asentistas o empresarios que, con otra mentalidad, organizaban temporadas completas de corridas de toros.

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“Vue Genérale de México” Litografía de Dusacq et C. realizada en 1865. Vista desde el noroeste hacia el sudeste, muy similar a la elaborada por Casimiro Castro. En ella destacan notablemente las dos plazas que existían en esa época: la de San Pablo y la del Paseo Nuevo.

Fuente: Miguel Luna Parra / Federico Garibay Anaya: México se viste de luces. Un recorrido histórico por el territorio taurino de nuestro país. Guadalajara, Jalisco, El Informador, Ägata Editores, 2001.232 pp. Ils., fots., facs., maps., p. 51.

   Allá por los años de 1825 a 1845 aproximadamente surgió en la escena pública un personaje que acaparó la atención, pero también una serie de circunstancias en donde ejerció el poder, convirtiéndolo con mucha rapidez en un hombre influyente, con la capacidad de resolver sin fin de circunstancias. No sólo estaba al tanto de lo que eran las corridas de toros, espectáculo del que era asentista -o empresario, en la jerga moderna-. También lo era de los principales teatros, contrataba lo mismo navegantes aéreos, artistas que toreros; y hasta se metía en los terrenos repugnantes de la basura, desecho que también tuvo y tiene intereses de fondo.

   Me refiero al coronel primero; al general después, Manuel Barrera Dueñas. Este fue uno de esos hombres emprendedores, que, al involucrarse en asuntos de su personal interés, era capaz de llevarlo hasta sus últimas consecuencias

   Según declaraciones aparecidas en el periódico EL MOSQUITO MEXICANO (1834-1837), de la Barrera confesó más o menos en estos términos sus objetivos: “…me enriquezco porque yo soy el asentista universal”. “Todos los recursos los tengo yo”.

   Tales palabras parecen pesadas sentencias de implacable espíritu ambicioso que lo llevó a ser temido y envidiado por todos aquellos quienes osaran estar cerca de él. Mis apreciaciones las refiero en un sentido, donde analizo no solo el papel crematístico, sino también todo aquello donde su presencia significara provocación, insinuación y ambición de poder que llegó a ejercer contundentemente.

   Este señor, todo un caso que debe estudiarse con reposo, ocupó diversos cargos políticos de importancia y ejerció influencias como las que ya hemos visto líneas arriba. Para 1829, Manuel Barrera Dueñas ostentaba el rango militar de coronel. Originario de la ciudad de México, donde había nacido alrededor de 1782 y murió en 1845, según los datos aportados por Ana Lau Jaiven, en un artículo que forma parte de su tesis doctoral que abarca la vida económica y política de Manuel Barrera.[2]

Al igual que su padre se dedicó durante la Independencia a la venta de paños con lo que logró desde entonces, obtener contratas para la fabricación de vestuarios para el ejército, empresa lucrativa que mantendría hasta su muerte. En 1829 era Coronel de infantería retirado y poco después sería ascendido a General de Brigada. Empezó a acumular fortuna a raíz de los nexos que mantuvo con los personajes importantes de la política y de la economía, entre los cuales Anastasio Bustamante, su compadre, fue de los principales. Además de las contratas establecidas con el Ministerio de Guerra, fue el asentista de los teatros Provisional y del Coliseo. Ambas ocupaciones le proporcionaban ingresos suficientes para poder ofertar para adjudicarse los inmuebles y con ello extender su área de influencia hacia otras actividades mercantiles y de influencia política. Su fuero y su grado constituyeron un factor primordial que le permitió lleva a cabo los remates con amplia ganancia.[3]

II

   Se había dicho en otra parte que habría de estudiarse la forma en cómo ha evolucionado en su parte más pública el ámbito empresarial y no tanto los daños que resintió el espectáculo taurino en el pasado, sino los inminentes cambios requeridos para garantizar el futuro, a partir de lo que, aquí y ahora se sepa y se quiera definir, por lo que es preciso continuar.

   Rafael Cabrera Bonet, parece haber encontrado el mejor perfil para explicar el significado de un empresario y el entorno en que se desarrollan.

   Quizás sea la labor empresarial la que más sinsabores de todo tipo provoque en este mundo de los toros. Sinsabores propios al infeliz empresario; sinsabores a la autoridad que debe velar por el espectáculo y por los intereses del público; sinsabores al ganadero, que ve frustradas, en las más de las ocasiones, sus aspiraciones pecuniarias, siempre dice perder dinero con la crianza del toro de lidia, y que además ve como sus “preciosas” corridas de “bien cuidadas reses” son desechadas por el empresario por falta, merma, sobra o exceso de Dios sabe qué; sinsabores a los toreros que no ven reconocidos sus méritos, ni su valía profesional o económica, que han de aguantar a compañeros “indeseables” en los “peores carteles imaginables”; y sinsabores al público, que casi nunca estará de acuerdo con lo que haga el empresario de turno, sea lo que fuere, aunque a la larga habrá de reconocer que hubo quien no lo hizo tan mal antaño. Si a todo ello sumamos que como en cualquier otro aspecto de la vida hay empresarios honrados a carta cabal, fieles cumplidores para con el público que los sostiene y hábiles negociadores con ganaderos y diestros; y por el contrario los hay funestos, pícaros o verdaderos sinvergüenzas, que se permiten todo tipo de tropelías, incumplimientos de la ley, amenazas más o menos veladas, incluso representantes de los peores círculos del hampa o de la mafia más repugnante, tendremos compuesto un amplio cuadro de costumbres que abarcará a todos los que han sido, son y serán en el mundo del empresario taurino.[4]

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Aviso. PLAZA DE TOROS. Domingo 26 de Octubre de 1845. Gran función extraordinaria, en la que luchará el León africano con un toro de la acreditada raza de Queréndaro.

Imprenta de Vicente García Torres.

Fuente: colección del autor.

   Además de Manuel Barrera Dueñas, apareció años más tarde el señor Francisco Javier de Heras, quien fungió como empresario del mismo coso de San Pablo en la cuarta y quinta décadas del siglo XIX, así como en el de Necatitlán, del que era dueño, según lo expresa –para ambos casos- la siguiente cita donde, tratando de resolverse una polémica judicial en contra del señor José Juan Cervantes, este le escribe a Francisco Javier de Heras, pidiéndole justifique la negociación de Toros, y

es cierto que me ha comprado para las corridas ganado de la hacda de Atenco pagándome desde 29 hasta 407 cabezas. 2º Si así lo ha verificado no solo en corto número sino comprándome partidas hasta de 200 toros. 3º Si esta se (tran) sin dificultad a los potreros q. U. ha tenido en las inmediaciones de México y se conserban en ellas del mismo modo interin no se necesitan p.a las corridas. 4º Si por esto y por el conocimiento que las expresadas compras le han dado del ganado creo que sea de fácil realisación.

   Agradeceré a U. se sirva manifestarme sobre cada una de las anteriores preguntas mandando la que guste a su afmo. am.o q. B.S.M.

José Juan Cervantes. Noviembre 30 de 1848.

La respuesta de Heras, fechada el 1º de diciembre inmediato propone que

no solo lo gasté en la plaza de toros de mi propiedad en Necatitlán, sino también en la de San Pablo pagándole a U. pr. cada cabeza hasta el precio de 45 p.s En cuanto a la 2ª hemos contratado todo el ganado del cercado de Atengo que he necesitado para mis corridas, y espero de su amistad que me facilitare muy pronto cuanto necesite. En cuanto a la 3ª es cierta en todas sus partes. Respecto de la 4ª no solo tiene estimación preferente a otro ganado. p.a la lid, sino aun p.a el tajón por el incomparable sabor de su carne.

Queda de U. afmo. y Atto S.

Q.S.M.B.

Francisco Javier de Heras (Rúbrica).[5]

   Todo ello nos habla del enorme movimiento de ganado que se envió de la hacienda atenqueña, hasta por lo menos el año 1846, en que deja de haber corridas periódicamente, debido a la invasión norteamericana del año siguiente.

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Reproducción del cartel anunciador para el festejo celebrado en la plaza principal de San Pablo, el 14 y 15 de febrero de 1858. En tal ocasión se lidiaron toros de Atongo (que en realidad fueron de Atenco) y El Cazadero. Era una época en la que ambas haciendas estaban en auténtica competencia. Colección digital del autor.

   Posteriormente aparecieron en escena Vicente del Pozo, empresario de la plaza de toros del Paseo Nuevo, igual situación que ostentaron José Jorge Arellano, Manuel Gaviño y el propio Bernardo Gaviño que, como otros toreros, hicieron las veces de actores y empresarios no solo en las plazas capitalinas, sino en otras tantas de la provincia mexicana.

   Enterados de qué ocurrió en 1867, tan luego fue dada a conocer la “Ley de Dotación del Fondo Municipal de México”, nos trasladamos 20 años después, precisamente cuando la afición de la ciudad de México, en medio de aquella recuperación taurina, ve como se levantaron hasta 5 o 7 plazas de toros en un tiempo relativamente corto. Fueron los mismos toreros quienes, siguiendo ciertas normas de conveniencia, asumían la doble función de actores y empresarios, lo que trajo consigo amargas experiencias traducidas en escándalos sin precedentes, acompañados por la parcial o definitiva destrucción de más de alguna plaza, así como el castigo impuesto por la autoridad, quien prohibió las corridas entre 1890 y 1894, ocurriendo de igual forma durante los años finales del siglo XIX de manera intermitente. Entre otros, estaban Ponciano Díaz y Diego Prieto “Cuatro-dedos” quienes en la mayoría de los casos compraban ganado de extraña procedencia, lo que resultaba en una presentación indecorosa y un pésimo juego de las reses.

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Manuel Manilla. “La oca taurina”. Grabado.

Fuente: Colección del autor.

III

    En el siglo XX, fue posible ya la institución de una “cartera” empresarial, encabezada en primera instancia por Ramón López, banderillero español que entendió perfectamente las condiciones de la fiesta de toros en nuestro país, viendo en todo ello un caldo de cultivo que alentar y cultivar en consecuencia.

   José del Rivero tuvo también una parte destacada en el papel que, como empresario representó en los siguientes años, hasta antes de que ocurriera la prohibición impuesta a las corridas de toros por el General Venustiano Carranza entre los años 1916-1920.

   Bien, no es posible seguir mencionando a otros personajes que fungieron como empresarios taurinos a lo largo del último siglo, que para eso existe un buen libro al respecto. Se trata de Los empresarios de toros, de Jaime Rojas Palacios, editado en 1996[6] en el cual se hace amplio recorrido de quienes han conducido el destino del espectáculo en medio de infinidad de circunstancias, cuyos resultados saltan a la vista.

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Postal iluminada que presenta el exterior de la plaza de toros “El Toreo”, ubicado en la colonia Condesa de la ciudad de México. Ca. 1910.

   Pero tenemos que hablar de la actualidad. En ella estamos, en ella nos movemos, de ella percibimos los principales síntomas, las particulares patologías que causan beneficio y perjuicio a un espectáculo que sigue padeciendo crisis intermitentes, sin que hasta el momento se perciba una solución más o menos adecuada para ese estado de cosas. Independientemente de los últimos conflictos, donde se ha ventilado la necesidad empresarial de la autorregulación, donde ni la ley ni la autoridad existan. O dicho en otras palabras, la desregulación de los espectáculos taurinos, donde la cuestión legal extralimita el alcance de la Ley de Espectáculos Públicos en vigor, mueven a una reflexión en la que el aficionado, junto con la autoridad y todos quienes de una u otra forma participan en esta dinámica quieren mejores respuestas y no plazas cerradas.

   Veamos el caso de la fiesta que se celebra en España, donde una de las principales condiciones para realizar este tipo de espectáculos es convocando a los diversos postores que, en algo parecido a una licitación, presentan sus mejores ofertas. Aquel que es aceptado deberá satisfacerlas plenamente durante una temporada con los naturales beneficios económicos tanto para la empresa como para el estado (o la comunidad). La periodicidad de este emplazamiento permite que, al año siguiente, tanto el empresario vigente como otros vuelvan a proponer la celebración de la nueva temporada y así, sucesivamente, hasta generar una confiable estabilidad de lo que se convierte más en una industria que en un negocio o empresa. Hasta el momento esto no ha ocurrido en nuestro país, y ya sabemos que los empresarios permanecen durante varias temporadas, lo que provoca resultados desagradables, cuya mejor respuesta de parte del aficionado es su ausencia, señal de protesta. Pero la réplica de los empresarios es en muchos casos más incómoda: tener la plaza cerrada.

   Sin embargo, son tan grandes y lejanas las diferencias entre España y nuestro país, que no es lo mismo la industria en cuanto tal, a aquello que en nuestros días se llama, en lenguaje puramente foxiano “changarro”. Para darnos una idea de lo que significan esas dos distancias, veamos el balance arrojado en 2001:

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   Este comparativo no pretende poner en evidencia o destacar grandezas o miserias. Pero es la mejor escala que nos deja entender entre sus naturales realidades, las notables diferencias de dos países que históricamente conservan entre sus tradiciones las corridas de toros como fenómeno social e histórico con un arraigo secular importante.

   Finalmente, queda nuestra propuesta de la convocatoria a licitación entre quienes, teniendo la capacidad de proponer y afrontar una temporada lo hagan, en el entendido de ofrecer garantías de continuidad, si para ello se cuenta con toda la infraestructura: plazas, toros en las ganaderías, matadores de toros y novilleros, el apoyo mediático y la siempre fiel presencia de aficionados que, convencidos de una notable mejoría, regresen y llenen los tendidos de las plazas de toros, con lo que cualquier empresa esté plenamente correspondida.


[1] María Isabel Monroy Padilla: GUÍA DE LAS ACTAS DE CABILDO DE LA CIUDAD DE MÉXICO. SIGLO XVII. Años 1601-1610. México, Departamento del Distrito Federal, Talleres Gráficos de la Nación, 1987. 466 p.

[2] Ana Lau Jaiven: “Especulación inmobiliaria en la ciudad de México. La primera desamortización. El caso de Manuel Barrera”. En: Las ciudades y sus estructuras. Población, espacio y cultura en México, siglos XVIII y XIX. Sonia Pérez Toledo, René Elizalde Salazar, Luis Pérez Cruz, Editores. México, Universidad Autónoma de Tlaxcala. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 1999. 275 p. Ils., maps., cuadros. (pp. 171-180).

[3] Op. cit., p. 172.

[4] Rafael Cabrera Bonet: PAPELES DE TOROS. SUS LIBROS. SU HISTORIA. Madrid, Unión de Bibliófilos Taurinos, 1992. Vol. II. 144 pp. Facs., ils. “Contrata y fuga de un empresario”, p. 105-124.

[5] Biblioteca Nacional. Fondo Reservado. FONDO: CONDES SANTIAGO DE CALIMAYA, CAJA Nº 35, documento 64 s/n (f. 12v. y 13).

[6] Jaime Rojas Palacios: Los empresarios de toros. México, Olé Me-xhíc-co editores, 1996. 121 p. Fots.

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