500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (IX). Esplendor y permanencia en Atenco: 1815-1900. (1 DE 2).  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Al decidir la delimitación del espacio temporal que se indica: 1815-1900, es bajo el criterio de la más notoria presencia de esta hacienda en el desarrollo de las diversas corridas de toros, efectuadas, tanto en la capital del país como en algunos sitios del interior. Es decir, que antes y después de este período, aunque no deja de aparecer en escena, es en el rango de esos 85 años (incluso, tal aspecto lo extendería hasta 1915, con motivo de cerrar el ciclo temporal a un siglo) donde alcanza su mejor etapa: la de esplendor y permanencia, sustentada en una garantía muchas veces confirmada por empresarios y toreros que apelan al buen estilo de los atenqueños. ¿Cuál es ese buen estilo? ¿Cómo se desarrolla la actividad concreta de la crianza que les asegura a los diversos propietarios de la hacienda en ese espacio de tiempo, gozar de privilegios para hacer frente a la constante solicitud de empresarios y toreros? ¿Cuáles son los medios más comunes que se emplearon al interior de la hacienda para garantizar que las condiciones del ganado se hicieran óptimas en el ciclo antes descrito?

   El “esplendor y permanencia” en Atenco, desde mi perspectiva, se generó en una etapa que podría ser vista como de larga duración. Sin embargo, esos 85 años representan para esta ganadería un siglo redondeado. Está comprobado que algunos períodos seculares no se someten al rigor temporal que supone esa delimitación. Por ejemplo, para Eric Hobsbawm, el siglo XX empieza desde su perspectiva en 1914 y termina en 1991.[1]

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Vista de Atenco N° 1. Col. del autor.

   Y Atenco, en tanto espacio geográfico inmediato al centro neurálgico del país, tuvo el privilegio de contar algunas historias como el paso de los insurgentes en 1810, antes de la discutida batalla del monte de las Cruces,[2] o el hecho de que sus habitantes se adaptaran al nuevo sistema del registro civil, sin dejar de seguir bautizando a la población en templos y parroquias del rumbo. Esto último ocurrió durante el año de 1857, cuando fue sancionada la Ley Orgánica del Registro Civil, por instrucciones de José María Lafragua, entonces ministro de gobernación de Ignacio Comonfort, decretando esta ley la creación del registro civil y quitar esas funciones a la iglesia.

   No queda claro si aquella población, eminentemente indígena, haya tenido una idea clara sobre las permanentes crisis no solamente generadas en el arrebato de las fuerzas políticas que pugnaban alrededor del poder. También de aquellas otras sostenidas entre el estado y la iglesia, justo cuando la Constitución de 1857 no solo incorpora la Ley Orgánica del Registro Civil sino también la Ley Juárez y la Ley Lafragua de 1855; la Ley Lerdo de 1856, o la Ley Iglesias de 1857. Sin embargo, esa misma constitución ignoró la separación entre la iglesia y el estado, y entre los amagos de qué era la intolerancia de cultos y cual la tolerancia religiosa, la iglesia condenó aquel instrumento e incluso excomulgó a quienes la juraran. De ese modo, aquella carta magna terminó siendo antidemocrática.

   Ahora bien, y entrando en materia, en el cuadro número cuatro del primer capítulo se ha podido comprobar que, aunque existe un número importante de haciendas ganaderas en el territorio mexicano durante los siglos virreinales y el XIX, muy pocas son proclives a destinar parte de sus actividades a la crianza del toro de lidia. ¿Cuáles podrían ser las causas?

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Vista de Atenco N° 2. Col. del autor.

   Es posible que algunas unidades de producción contaran con un propósito bien definido por cubrir expectativas eminentemente comerciales, fundadas en aprovechar la presencia de un ganado cuya crianza está dirigida a unos fines que las ponían en lugar de privilegio, para ser llamadas a atender demandas establecidas por empresarios taurinos que buscaban entre las haciendas ganaderas, toros que sirvieran para los múltiples espectáculos programados durante el siglo XIX.

   A este complejo, se suma la infraestructura y los objetivos perfectamente definidos que pudieron mostrar ciertos propietarios al estimular, gracias a sus bien fincadas relaciones empresariales, la mencionada crianza, como un elemento que apoyó durante mucho tiempo las irregulares condiciones económicas padecidas al interior de haciendas con este perfil.

   Crianza en cuanto tal como concepto y actividad modernas, no se dará sino hasta finales del siglo XIX, justo en el momento de la incorporación masiva del pie de simiente español, que alentó la reproducción con fines que se tornaron profesionales. Antes de esto, simplemente existe un concepto donde la intuición de muchos de los vaqueros y administradores, junto con los consejos de los toreros en boga, se sumaron con objeto de buscar el mejor prototipo de ganado para la fiesta que entonces se practicó.

   Las diversas fuentes a las que he acudido, registran con notoria frecuencia el nombre de la hacienda ganadera de Atenco, por encima de otras que también gozaron de la predilección de toreros y aficionados. Al menos, desde el mes de abril de 1815 en que se detecta un AVISO AL PÚBLICO[3] hasta un cartel de 1901,[4] las apariciones del nombre de Atenco son frecuentes (que ya las veremos en el inciso “c” de este capítulo).

   Lo que ha sido una constante: la del esplendor y la permanencia se reflejan no sólo en el número de encierros lidiados, sino también en el juego o desempeño durante la lidia, lo que favorece en buena medida los factores del comportamiento del toreo decimonónico, pues deben haber sido toros que pudieron ofrecer mejores condiciones, aprovechadas por los diestros que, como Bernardo Gaviño se inclinaron por su notoria predilección. En la crónica a la corrida del 26 de septiembre de 1852 revisada en detalle en el capítulo anterior, pueden observarse características que fueron común denominador entre esos toros, tal y como lo confirma el siguiente documento, que corresponde a unos meses antes:

Cervantes, José Ma. le informa a su hermano del éxito de una corrida de toros y del entusiasmo de su afición a esa clase de diversión. Méjico, enero 26 de 1852. 1f.

   “Con mucho gusto te participo que la corrida de toros ayer ha sido tan sobresaliente que por voz general se dice que hacía mucho tiempo que no se veía igual: los toros jugaron como unos leones y á cual mejor, diez y ocho caballos hubo entre muertos, heridos y lastimados Magdaleno y otros dos picadores”.

(…)Tu hermano José María.[5]

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Vista de Atenco N° 3. Col. del autor.

   Fueron labores comunes y cotidianas durante aquellos años y en la hacienda de Atenco las de la vaqueada, así como los herraderos. Por otro lado, se tenía la creencia de que ciertos toros a pesar de su mal color, se podía disponer de ellos para jugarlos. Además, otros factores que influyeron a la buena “crianza” son los de las tierras donde pastaban dichos ganados, para lo cual los grupos de vaqueros contaban con la ventaja de desplazar de un sitio a otro para optar por este o aquel, lo cual era un factor para decidir cuáles toros se enviaban a las plazas. El río Lerma también influyó en estos aspectos, pues existían procedimientos para hacer pasar por sus afluentes las puntas de ganado, primero para aprovechar su necesaria limpieza; segundo para evitar en cierta medida la presencia de insectos y sus posibles infecciones, asuntos que fueron atenuándose con la desecación del río Lerma, intentos que tuvieron lugar entre los años de 1757, 1857, 1870, 1907 y 1926.

   En cuanto al estilo que fue peculiar en los toros de la hacienda de Atenco, hubo caso en 1864, año en el que siendo José Juan Cervantes su propietario, establece un compromiso con el entonces empresario de la plaza de toros del Paseo Nuevo, ofreciéndole garantías en cuanto al ganado de su propiedad se refiere.[6] Las 10 cláusulas representan la síntesis de la capacidad que para entonces ya había alcanzado una dedicada atención a la crianza (todavía sin el sentido profesional que comenzó a darse a finales del siglo XIX) de toros para la lidia, misma que se encuentra por encima de las otras haciendas que de igual forma nutren a las plazas para la celebración de festejos. El trabajo conjunto de vaqueros y toreros que están formados dentro del propio territorio atenqueño, o que visitan la hacienda elevan notablemente los índices de calidad que presentó el ganado. Entre esos toreros locales se encuentran Tomás Hernández “El Brujo”, junto con su hijos Felipe y José María “El Toluqueño” que, al lado de Bernardo Gaviño, Mariano González o Pablo Mendoza, y más tarde Ponciano Díaz seguramente influyeron, aportando ideas, interviniendo directamente en tareas selectivas como por ejemplo: el apartado y arreo, el enchiqueramiento o la tienta, preparación de la corrida, el traslado y embarque e incluso el desembarque en la plaza a donde eran destinados los toros.

   Dice el Manual del ganadero mexicano “que todas las grandes mejoras que han llegado a constituir distintas razas, se han alcanzado por el medio fundamental de la selección, que es la reunión de los tipos más selectos en que se encuentran especificadas las calidades que se procura desarrollar, hasta fijarlas en condiciones permanentes, como tipo característico de una raza”.[7] La selección aplicada en el siglo XIX debió traer consigo excelentes resultados, independientemente de que la catalogue como autóctona, para diferenciarla de la que a partir de 1887 elevó aquella “selección” a su nivel profesional, respecto al hecho de la introducción masiva de ganado español a las haciendas mexicanas, mismas que se aliaron a la vanguardia que se practicaba en España. Antes de esta época los métodos eran meramente intuitivos, como resultado de la cotidiana experiencia alejada de fundamentos dirigidos a buscar una selección más rigurosa que arrojara balances satisfactorios, mismos que servían seguramente para establecer principios que luego derivaban en sistemas aplicados, a los cuales se agregaban otras prácticas que, en conjunto, se utilizaban para lograr mejores resultados.

   En función de los documentos consultados en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional, cuya reseña completa aparece en el Anexo número uno de este trabajo, se encuentran datos concretos que revelan la magnitud y el volumen que se llegó a tener en ciertos años en Atenco, demostrándose un cumplimiento cíclico que superaba los años críticos, al grado de igualarlos o mejorarlos. Por razones que se desconocen, es hasta el año de 1848 en que comienzan a registrarse diversos reportes por parte más de los administradores que de los propietarios.

CONTINUARÁ.


[1] Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1998. 612 p. (Biblioteca E. J. Hobsbawm de Historia Contemporánea)., p. 7. Creo que en este momento es posible considerar con una cierta perspectiva histórica el siglo XX corto, desde 1914 hasta el fin de la era soviética (…)

[2] Ocurrida el 30 de octubre de 1810, pero con el paso previo de las fuerzas encabezadas por el Brigadier D. Torcuato Trujillo y Chacón, el que dispuso que se engrosara la Caballería a su mando por lo que dispuso, que de las haciendas adyacentes, que lo son, la de Atenco, S. Nicolás Peralta, Sta. Catarina y D.ª Rosa, se le remitieran montados los dependientes, aptos de armas tomar que en ella hubiese; lo que así se verificó (…)

[3] Aunque de hecho ya existe otro “aviso al público” con fecha del 2 de febrero de 1815.

AVISO AL PÚBLICO.

No habiendo habido tiempo para forrar las Lumbreras y Tendidos a causa de los días de fiesta, se reservarán las primeras corridas de Toros para los días Jueves y Viernes de la presente Semana. En ellos y en todos los subsecuentes, se partirá la Plaza por la tropa con evoluciones diversas. Se correrán en cada día diez y seis Toros, los diez de Atengo escogidos y descansados, con la divisa de una roseta encarnada, y seis de Tenango que son de muy buena raza, también escogidos, y se señalarán con roseta blanca.

   Los Toreros se han elegido entre los que trabajaron en las corridas pasadas con aplauso, desechando los malos y reemplazándose con otros de habilidad.

   Todos los días por la mañana y tarde, será el último Toro embolado, por lo que agradan al Público los lances de los aficionados, procurándose en todo la diversión más completa sin perdonar gasto.

   El Jueves por la tarde al quinto Toro, figurarán los Toreros un convite ó merienda para plantar banderillas sentados, y concluida la corrida habrá fuegos artificiales de gusto e invención.

   El Viernes al quinto Toro, se echarán Cerdos para que los enlazen varios Ciegos, y á las seis se inflará un Globo para que todos lo vean elevar.

   La víspera de las demás corridas, se anunciará al Público la diversión extraordinaria que ha de haber en cada uno.

-Comenzarán los Toros por la mañana á las once, y por la tarde a las cuatro, advirtiéndose al Público, que la Superioridad ha prohibido a los Toreros que echen saludos y pidan galas, para que no haya emulación ni gravamen en los concurrentes, a menos que alguno quiera voluntariamente darlas, con cuyo objeto se les han aumentado los salarios.

México 4 de Abril de 1815.

Ramón Gutiérrez del Mazo (Rúbrica).

Fuente: Colección Julio Téllez García.

[4] Cartel taurino.

Características principales:

PLAZA DE TOROS “MÉXICO”, D.F.

Domingo 22 de diciembre de 1901. 6a. corrida de la temporada

6 toros de Atenco.

Matadores: Antonio Moreno “Lagartijillo” y Antonio Fuentes.

Estado de conservación: Malo.

Imprenta: Tip. José del Rivero. Victoria 8.

Colección: Diego Carmona Ortega.

[5] Véase [B.N./F.R./C.S.C.] CAJA 18, referencia 18, 18/2.

[6] [B.N./F.R./C.S.C.] Caja 34, referencia 60, documento s/n).

[7] MANUAL DEL GANADERO MEXICANO. Instrucciones para el establecimiento de las fincas ganaderas, por el Dr. C. Dillmann. Obra revisada y aumentada por el comisionado de la Secretaría de Fomento Miguel García, Médico Veterinario. México, Imprenta y Litografía Española, San Salvador el Seco núm. 11, 1883. 419 p., p. 146.

Además: María Eugenia Romero Ibarra: “Manuel Medina Garduño, entre el porfiriato y la revolución en el estado de México. 1852-1913”. Tesis para optar al grado de Doctora en Historia. División de Estudios de Posgrado. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Nacional Autónoma de México, 1996. 373 p. Ils.,  p. 120.

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