500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (VII). DESARROLLO Y ACTIVIDADES AL INTERIOR DE LA GANADERÍA DE TOROS BRAVOS EN ATENCO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   De los primeros ganados establecidos, el mayor manifestó una multiplicación lenta en un principio, debido a que se trajeron pocas reses. Más tarde su aumento fue notable “pues el medio americano era particularmente favorable a la ganadería”.

   Durante el virreinato, Atenco gozó de enorme importancia debido a sus amplias extensiones, desarrollándose una gran explotación de sus recursos agrícolas y ganaderos, gracias a la mano de obra movidos por los ingresos que provenían de las propias carnicerías de la hacienda, que realizaban gran venta de carne de los propios ganados.

   En primer lugar de producción estuvo la del ganado vacuno, seguido del lanar y en menor medida de cabras y cerdos. Sus operaciones se apoyaron del ganado caballar, mular y asnal, actividades desarrolladas en los potreros ya mencionados.

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La ganadería de Atenco en la actualidad. En primer plano, una parte del hato, entre machos y hembras. Al fondo, el cerro de Chapultepec. Fotografía: André Viard. (Cortesía).

   Las principales ventas de ganado vacuno de bravo se concentraban no solo en la ciudad de México. También fueron vendidos diversos encierros para las plazas de Toluca, Tenango, Tlalnepantla, Metepec, Santiago Tianguistenco, Puebla, Tenancingo, Cuernavaca, El Huisachal y Amecameca.

   Atenco como ganadería se apoyaba enviando toros a diversas plazas, sirviendo la venta de estos para su propio beneficio, dinero con el cual salvaban deudas o pagaban rayas.

   Entre el ganado la mortandad se debía a diversas causas tales como: de flaco, de enfermedad, de piojo (denominado también carbón, roncha, antrax o fiebre carbonosa, que consiste en la existencia en diversas partes del cuerpo del animal de tumores de distinto tamaño), de capazón, ahogados, porque se mataban entre sí, porque los hubiese matado un rayo, de sangre en las tripas, de torzón de sangre, etc.)

   Atenco y sus anexas estuvo arrendada hasta principios del siglo XIX de manera total o parcial, sobre todo los pastizales para dar servicio a ganados. Más tarde se manejó en sociedad[1] o mediería[2] con diversas personas. Económicamente no era positivo porque había pérdidas debido a la no explotación adecuada de sus instalaciones, cosa que sí pudo darse en 1874, al morir José Juan Cervantes, aunque les era más conveniente a los hacendados preferir el sistema mixto, administrando la zona central de su propiedad y restando las secciones restantes.

   Aunque no hay clara evidencia documental de este asunto en los archivos del condado, es un hecho que se tomaran en cuenta factores como calidad del suelo, existencia de agua, monte, etc.

   Entre quienes usufructuaron los pastos del cercado de Atenco en el siglo XIX, se encuentran las siguientes personas:

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Fuente: Flora Elena Sánchez Arreola: “La hacienda de Atenco y sus anexas en el siglo XIX. Estructura y organización”. Tesis de licenciatura. México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia. México, 1981. 167 p. Planos, grafcs., p. 147-148.[3]

   Dicho arrendamiento pudo haberse dado a partir de 1855, debido a la existencia de alguna ley sobre baldíos, misma que obligaba a ocupar y usar los terrenos, o haberse previsto alguna seguridad para las tierras, a fin de que estuvieran ocupadas por ganados aunque fueran de arrendatarios.

   Tampoco pueden ignorarse actividades de gran importancia como la de corte de “zacate” acuático o “pastura” que

marcan un excelente desarrollo ganadero. Corte de zacate y cría de ganado se integraban perfectamente, pues, insistiendo: la pastura acuática representó la base principal del desarrollo ganadero en la zona lacustre del Alto Lerma. Entre los principales forrajes se encuentran: yerbas verdes (silvestres y propiciadas), el rastrojo de la milpa (integrado por los restos secos de la planta de maíz), y por los cultivos de cebada, alfalfa y el mismo maíz en grano y la planta verde.[4]

   Por supuesto, como gran propiedad, debió gozar de una mano de obra suficiente para trabajar según apunta Mario Ramírez Rancaño, “con eficacia y generar excedentes agrícolas colocables en el mercado interno (…)”[5] tal y como operaron las grandes haciendas. Así también, es un hecho que “aquella aventura emprendida por los hacendados tendiente a reimplantar el viejo estilo de gobierno y de dominio oligárquico, terminó con la revolución de 1910.[6]

CONTINUARÁ.


[1] SOCIEDAD. Fue hasta 1868 en que la hacienda de San Agustín fue explotada en sociedad con D. José María Garduño durante 7 años. Se obligó durante ese tiempo entregar a la Principal la mitad de las semillas que cosechara, así como proporcionar aperos para labranza, caballos para la trilla y pagar la cuarta parte de raya del tiempo de cosecha y la mitad de los gastos.

[2] MEDIERÍA. Un método muy parecido al de la “sociedad”, solo que el mediero tenía la obligación de entregar la mitad de las semillas cosechadas, por lo que la Principal cumplía iguales condiciones como en el término de la Sociedad.

   La hacienda Principal también arrendó el rancho de San Agustín Aramburó entre 1833 y 1834. Más tarde en 1837, siendo el responsable del alquiler el Coronel Antonio Icaza, administrador del vínculo. Pero fue hasta el tiempo en que el propietario José Juan Cervantes se encargó de la administración, el mismo se hizo responsable de mandamiento y pago de alquiler, que se pactó en 33 pesos, 2 ½ reales por mes, cubiertos por adelantado. La mencionada propiedad era del Sr. Ignacio Cervantes, hijo de José Juan.

   Otras tierras arrendadas estuvieron ubicadas en Coatepec, Edo. de México, usadas para alimentar ovejas. Tal arrendamiento tuvo que darse quizá por el agotamiento de pastos, en tanto se recuperaban los que se usaban para dicho fin.

[3] Además:

David A. Brading: Haciendas y ranchos del bajío. León 1700-1860.  México, Grijalbo, 1988. 400 p., grafs., maps (Enlace/Historia)., p. 45: Aún cuando muchas haciendas se dedicaban a la ganadería y al cultivo de otros granos para complementar su actividad principal, la fuente más evidente de ingresos eran las rentas pagadas en efectivo por los arrendatarios. Estos ingresos o, en algunos casos, los servicios laborales, eran los que mantenían a las haciendas en operación hasta que la temporada inevitable de malas cosechas traía la debida recompensa.

[4] Beatriz A. Albores Zárate: Tules y sirenas. El impacto ecológico y cultural de la industrialización en el alto Lerma. Toluca, Edo. De México, El Colegio Mexiquense, A.C.-Gobierno del Estado de México. Secretaría de Ecología, 1995. 478 p., ils., facs., maps.,  p. 141 y 150

[5] Mario Ramírez Rancaño: El sistema de haciendas en Tlaxcala. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1990. 292 p., p. 49.

[6] Op. cit., p. 57.

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