500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (VIII). AGRICULTURA Y GANADERÍA DE 1821 A 1900.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En esta ocasión vuelvo a referirme a la unidad de producción agrícola y ganadera conocida como Atenco. En la hacienda de Atenco se pusieron en práctica las nuevas condiciones de crianza. La propiedad cambió a lo largo de los siglos de una familia a otra, inicialmente de los Gutiérrez Altamirano, pasó a la familia Cervantes y para el siglo XIX a la de los Barbabosa. Cada una de las familias contribuyó al fortalecimiento de la hacienda y a aumentar su extensión a lo largo de cuatro siglos.

plano-atenco1

   Durante la segunda mitad del siglo XIX la hacienda contaba con 3,000 hectáreas y 2,977 en 1903 cuando esta propiedad se convirtió en una gran hacienda,[1] cuya actividad central fue la de la crianza de ganados diversos, del que sobresale el destinado a la lidia (motivo este que merece una atención especial en el presente trabajo), así como de actividades agrícolas, la producción de cera y los derivados de la leche, sin olvidar el hecho que también hubo una producción lacustre, ya que se aprovechó el paso del río Lerma. Actualmente se administra bajo el concepto de ex–ejido y cuenta sólo con 98 hectáreas, por lo que sorprende el hecho que esté vigente después de un historial de 479 años.

   Un primer fenómeno que alteró el curso de la hacienda en su conjunto fue el movimiento independiente, del que Atenco no quedó a salvo.[2] Fue así como en la jornada de la batalla del Monte de las Cruces (30 de octubre de 1810), hubo un violento paso por el territorio atenqueño, del que pudo recuperarse diez o quince años después. Precisamente, el documento a que me refiero, dice en su contexto, lo siguiente:

 CAJA Nº 11 14)11/12 Testimonio de D. Martín Ángel de Michaus sobre los productos y beneficios de la hacienda de Atenco, 1818. Legajo 15f.

   (…) Los administradores que la han manejado en este tiempo, y a quienes les consta todo lo que llevo dicho, han sido Dn. Agustín Peña, el R.P. Fr. José Moncayo y D. José Mariano Guadarrama Castañeda tuvo la desgracia de ser preso por los insurgentes muriendo entre ellos (en conjunto todos los mencionados fueron víctimas de los insurgentes). Tenango del Valle agosto trece de 1818.

   Don José Mariano Guadarrama, teniente de los realistas de esta hacienda declara:

(ser) vecino de esta hacienda y responde: Preguntado por los particulares de este (…) dijo: que le consta de oídos y de público y notorio que cuando se acercó a estas inmediaciones el cabecilla cura Hidalgo sufrió esta hacienda una extracción considerable de reses pues una partida acaudillada por un tal Camacho que fue sirviente en esta misma hacienda, en una vez se llevó ochocientas reses, quantos caballos, yeguas y mulas manzas había en los macheros y en el campo de esta hacienda que con motivo de que los yndios así arrendatarios y circunvecinos se insurgentaron, sabe el que declara que cada uno se tomó la cabeza que pudo, destruyendo zanjas y haciendo cuanto perjuicio pudieron (…).

   Las tropas del Rey se llevaron muchos caballos, unos en calidad de prestados, y otros quitándoselos á los sirvientes a donde los encontraban.

   Continuó el saqueo (y) hasta las verjas de las ventanas de la principal, con la existencia de fierro y acero lo levantaron.

   (…)Don Manuel Colina, Alférez de Realistas, y previa venia de su Jefe, en su persona que conozco le recibí juramento que hizo puesta la mano derecha sobre el puño de su espada bajo su palabra de honor ofreció decir verdad; y siéndolo al tenor del escrito dijo: que habiendo venido a ésta hacienda de dependiente en abril de ochocientos catorce, halló primeramente interceptado todos los lugares en este distrito y ocupados por los rebeldes, y luego fue sabedor que desde que se acercó a esta finca el cabecilla Hidalgo tuvo que lanzar la exacción de todo su ganado vacuno y lanar, (…) posteriormente que vino a presenciar no tenía un caballo en que montar los vaqueros, y que también se impuso porque lo vio en las cuentas, y comprobantes de los administradores que habían sido de aquí, las varias exhibiciones de reales que estos había hecho a los facciosos pedidas con violencia y amenazas, y ya estando sirviendo su destino de amanuense, empezó a ser testigo de vista de la multitud de ocasiones que ya Bargas, ya González, ya Rosas, ya qualquiera otro insurgente a nombre de estos o por sí solos, venían a pedirle reales, reses, caballos, borregos, semillas y todo género de esquilmos de estas fincas, a los administradores desde D. Mariano Piña á el presente señor y tenían que darlos forzosamente porque si no eran amenazados de muerte (…)[3]

   De este aspecto, se ha ocupado Eric Van Young, cuando apunta que la mayoría de los mexicanos que tomaron parte activa en el movimiento insurgente entre 1810 y 1821 fueron indígenas. En su estudio denominado La otra rebelión: Violencia popular, ideología y lucha para la independencia mexicana, 1810-1821, reitera que:

Durante los diez años que duró el movimiento insurgente, la configuración de la violencia política en el medio rural mexicano fue un reflejo fiel de esta visión del mundo. La lucha entre insurgentes y el régimen colonial adoptó formas muy diversas, desde batallas a gran escala y la toma de ciudades fortificadas (por ejemplo, Cuautla en 1812), hasta una continua actividad guerrillera, pasando por un cierto bandidaje político y la simple criminalidad oportunista.

   Pero la expresión quizás más común de la violencia colectiva indígena fue el tumulto rural, muy arraigado en el campo mexicano como parte del repertorio de las formas de resistencia que los indígenas desarrollaron contra el régimen colonial, aunque ahora inserto en un contexto político distinto.

   Un ejemplo de la violencia extrema que caracterizó a estos episodios fue el tumulto que tuvo lugar a principios de noviembre de 1810 en el pueblo de Atlacomulco, ubicado al noroeste de Toluca, cuando el improvisado ejército rebelde del padre Hidalgo avanzaba hacia la capital. El linchamiento sumamente violento de cuatro españoles (dos de ellos europeos) a manos de la gente del lugar y de los indígenas del pueblo vecino de San Juan de los Jarros tuvo como antecedente una larga historia de concentración de tierras, tensiones étnicas y luchas internas.[4]

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Imagen anterior y la aquí mostrada, corresponde a un plano de la hacienda de Atenco (Ca. 1910). Documento facilitado por el Arq. Luis Barbabosa Olascoaga (qepd).

   Todo lo anterior, apunta hacia un severo ataque, donde los yndios así arrendatarios y circunvecinos se insurgentaron, ocasionando los desmanes ya conocidos, como una muestra fehaciente de esa forma de resistencia, no solo ocurrida en Atlacomulco. También en Atenco, tal y como lo dice el documento del fondo de los Condes Santiago-Calimaya traído hasta aquí.

   Ganadería y agricultura sufrieron un atraso que se vio magnificado aún más por vías de comunicación deterioradas, y ni el propio consumo interno pudo remontar fácilmente este acontecimiento.

En efecto, la inseguridad de los campos y caminos, obligó a los propietarios a refugiarse en las ciudades, dejando abandonadas sus posesiones; las levas en masa entre los campesinos, para engrosar las filas de los combatientes, la destrucción de sementeras y graneros para cortar víveres al enemigo y la penosa situación económica general del país, fueron condiciones que explican el estado de regresión y casi completo abandono de la agricultura (al que se sumó el de la ganadería. N del A), que produjo un panorama de grandes extensiones de terreno, que antes habían sido cultivadas, sin rastro de labores, así como haciendas deshabitadas y otros indicios del estado raquítico en que la agricultura había quedado.[5]

   Así que, desde la independencia, pasando por ese otro proceso de guerras intestinas, la presencia de bandoleros, e incluso la afectación extrema de la naturaleza (en sequías, inundaciones y heladas) fueron creándose condiciones a las que tuvieron que adaptarse los nuevos propietarios, sus administradores y gentes que destinaron su mano de obra para superar ese ciclo reiterado de crisis. Sin embargo, Atenco consiguió distanciarse de tal condición, y ostentar en consecuencia, una etapa de esplendor permanente, durante los años que van de 1821 a 1870 aproximadamente, para decaer nuevamente entre 1871 y 1880. Todo esto, bajo el criterio de ganadería en cuanto tal.

   De 1881 en adelante y hasta 1900, bajo la égida de Rafael Barbabosa Arzate (hasta 1887), y más tarde de sus hijos, la hacienda recuperó el tiempo perdido, que se magnificó y potenció en 1911 con la incorporación de sangre brava mucho más definida, procedente de la de Felipe de Pablo Romero,[6] luego de que se sucedieron diferentes pruebas con otras tantas castas que no permitían observar una estabilidad en cuanto al encaste que ya se mantendría como el representativo. Ello no nos hace olvidar que para lograrlo, se tuvo que dar una armónica actividad agrícola que permitiera confianza en el mercado interno, que luego se hizo externo, seguro de estas circunstancias perfectamente afirmadas.

   Jesús Silva Herzog, tuvo forma de perfilar a la hacienda durante el porfiriato, señalando que estas

contaban con el casco, centro de la propiedad rústica, que estaba compuesto por la gran casona del propietario, la casa del administrador y de los empleados, las oficinas, la tienda de raya, la iglesia y la cárcel. Además, las trojes, los establos y la huerta. A unos quinientos o mil metros del casco de la hacienda se levantaban los jacales de los peones, casuchas que comúnmente consistían en una sola habitación construidas en adobe y piso de tierra, y a dos, cinco, o diez kilómetros estaban los potreros para los cultivos del ganado.[7]

   El régimen del porfiriato sirvió como elemento de consolidación para la hacienda, instancia productora para el consumo interno y externo. Recurre a la propiedad territorial como medio para tener otro alcance: el del mercado de sus productos y a la utilización de la tierra y la fuerza de trabajo, por su abundancia y menor costo, por encima de la inversión de capitales destinados a mejorar los instrumentos de trabajo y las técnicas de cultivo.

   La Revolución Mexicana y la reforma agraria han hecho desaparecer en gran medida el sistema de la hacienda. Por eso, desde 1940, aproximadamente, la estructura mexicana está determinada más bien por el ejido, el minifundio privado y el rancho de tamaño mediano. Allí donde aún existían grandes explotaciones agrícolas, fueron obligadas a abandonar las características típicas de la hacienda.[8] Y es que la Revolución tuvo que enfrentarse a la gran suma de consecuencias que la hacienda representó durante el período virreinal y del México independiente, o del estado nacional mexicano respectivamente. Tal confrontación generó una fractura entre lo que privaba en las haciendas y los pueblos, y la propia economía de estas mismas propiedades.[9] Hacia 1937, según lo confirma un plano proporcionado por el Arq. Luis Barbabosa Olascoaga, se dio en Atenco un fraccionamiento entre los hermanos Barbabosa Saldaña, producto de las afectaciones ocurridas en diversas poblaciones tanto aledañas, como al interior de la propia superficie de la hacienda, con objeto de cuidar, en la medida de lo posible esas posesiones, mismas que, al fin y al cabo fueron invadidas. A la vuelta de algunos años, sus antiguos propietarios, recuperaron parte de esos terrenos que habían quedado improductivos. Entre otras: San Antonio la Isla, San Bartolito, Santa María Rayón, San Lucas Tepemajalco, Santiaguito Cuauxustenco, San Juan la Isla, San Miguel Chapultepec, La Concepción Coactipac, Santa Cruz Atizapán, San Pedro Tlaltizapán y San Sebastián. El reparto fue hecho de la siguiente manera: Herlinda Barbabosa, 513.45 Has.; Juan Barbabosa, 615.92 Has.; Antonio Barbabosa, 521.05 Has.; Rafael Barbabosa, 598.04 Has., y Manuel Barbabosa, 615.05 Has., lo que da un total de 2863.53 hectáreas.[10]

Sin embargo, y como lo declara el propio Luis Barbabosa Olascoaga, en donde

por motivos de la cuestión agraria, porque como lo tengo escrito en mi libro (llamado “ATENCO Y DON MANUEL”),[11] de recuerdos familiares, mi padre sufrió cuatro amputaciones:

   La primera fue la de sus dos hijos mayores, en distintas épocas. Luego de la muerte de sus dos hijos, le amputan y le quitan en la época del presidente Lázaro Cárdenas, le quitan todo lo que era la ganadería por un gran error agrario. Entonces me enseñó dónde habían errado los ingenieros ejidales. Habían hecho el cierre del polígono de las tierras y dijo: “Aquí está cerrado en este punto, en un lugar que se llamaba como la “puerta de en medio” -uno de los cascos de la hacienda-, ahí creían que ya con eso habían cerrado el reparto. Pero mi papá que conocía perfectamente los terrenos, vio que no se habían repartido, abriéndose en este punto una cuña que yo no sabría decirle cuantos metros tendría la cuña ésta. Entonces, se quedaron como 130 ó 140 hectáreas, de las cuales, también por errores de colocación se habían adjudicado nombre a cada uno de los terrenos. Una parte se le quedó a un hermano de mi tío Juan, que aparecía a su nombre de él, diciendo: “esto es mío…”

   Y entonces lo que quedaba a una hermana, que era mi tía Herlinda, que también nos lo repartieron, entonces él (mi papá) como se lo había heredado mi tía Herlinda a mi papá, entonces metió el ganado, el poco ganado que tenía en ese pedazo de cuña, que eran como treinta y tantas hectáreas, al grado que un día, estando en la hacienda (y aquí no recuerda el Arq. Barbabosa si fue Carlos Quiroz “MONOSABIO” o Rafael Solana “VERDUGUILLO”) le comentaron a Don Manuel: “¡Cómo es posible que usted siga criando toros en una maceta!”[12]

Todo lo anterior, nos indica que tuvieron que enfrentarse a condiciones señaladas por los certificados de inafectabilidad, asunto que, por tratarse de un aspecto eminentemente del siglo XX, y lejano a las intenciones del presente trabajo, sólo dejo mencionado. En el caso de San Diego de los Padres, y como lo menciona Jorge Barbabosa Torres:

   El casco de la hacienda y las fracciones de tierra que pudieron conservar los Barbabosa Ballesteros en la Hacienda de San Diego de los Padres, quedaron al final en manos del gobierno, el resto fue invadido desde 1933 por los agraristas.[13]

   Finalmente puedo anotar el hecho de que la presencia de Atenco fue un aliento fundamental en la fiesta taurina decimonónica. El significado que tuvo en el espectáculo taurino una hacienda que, independientemente de sus actividades cotidianas en cuanto tal, se comprometió con el devenir de infinidad de funciones donde su presencia era aliento fundamental en la fiesta taurina decimonónica. Queda claro que frente a los toros del Cazadero, Huaracha, Tlahuililpa, Queréndaro, San José del Carmen, estancia del Tejocote, San Jerónimo, San Diego de los Padres, Santín, Piedras Negras o Ayala, los de Atenco sobresalieron de tal forma, que por ejemplo, en las 532 actuaciones de Bernardo Gaviño que se localizaron entre 1835 y 1886, Atenco ocupa un porcentaje cercano al 50% (Gaviño lidió en ese período de tiempo 313 encierros de la hacienda de Atenco, entre 1844 y 1885), lo que refleja el grado de importancia; también la preferencia que tuvo este torero que se desempeñó en aquel período. Pero además, fueron toros que lidiaron con bastante frecuencia Mariano González, Lino Zamora, Ignacio Gadea, Ponciano Díaz, o que también sirvieron para el lucimiento de las constantes mojigangas[14] celebradas en las plazas capitalinas, como el Volador, la Real Plaza de Toros de San Pablo, el Paseo Nuevo, y aquellas otras inauguradas a partir de 1887, luego de la reanudación de las corridas de toros, al derogarse el decreto que las prohíbe en 1867.

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Manuel Barbabosa “navegando” por el Río Lerma (ca. 1930).

Imagen tomada de la publicación Mi pueblo. Santiago Tianguistenco. Recuperando nuestras raíces. Edición Especial. 2009. Editor: E. Sergio Moreno Mc Donald.

   Como se verá en el capítulo siguiente, y durante el período que va de 1815 a 1900, Atenco se encargó de nutrir con infinidad de corridas, mismas que fueron enviadas a diversas poblaciones de la provincia mexicana, sin ignorar a las plazas capitalinas, lo que representó, por un lado el reflejo de una actividad intensa; por el otro, la posibilidad de satisfacer la demanda, dadas las garantías que ofrecía esta hacienda en cuanto a la calidad del ganado que se lidió en período tan significativo. No puede ignorarse el pulso que se registró en los siglos anteriores, ni tampoco en el inmediato, pero ese espacio temporal de 85 años representa un punto culminante de la que, a mi juicio resulta ser la mejor época, tanto de esplendor como de permanencia de una hacienda ganadera, cuyas condiciones estuvieron perfectamente articuladas, contando para ello, con una organización dentro y fuera del espacio territorial donde se desarrollaron, donde además hubo otro tipo de actividades, implícitas en un sistema de producción como este, refiriéndome específica y particularmente a la cosecha de diversos cultivos, al aprovechamiento de los afluentes del río Lerma y muy en especial, con el manejo de otros ganados, de los que se obtuvieron importantes resultados.

CONTINUARÁ.


[1] En asuntos de dimensión, no puede compararse con una de las de mayor formato en el propio estado de México. Me refiero a La Gavia la que, en sus mejores momentos, llegó a tener hasta 165 mil hectáreas.

[2] [B.N./F.R./C.S.C.], Caja número 11, documento Nº 12 Testimonio de D. Martín Ángel de Michaus sobre los productos y beneficios de la hacienda de Atenco, 1818. Legajo 15 f.

[3] Véase Anexo número uno, misma referencia como documento completo.

[4] Eric Van Joung: La otra rebelión: Violencia popular, ideología y lucha para la independencia mexicana, 1810-1821, fragmento del estudio que se publicó en NEXOS, Nº 297 “Delirios de la Independencia” en septiembre de 2002, con un avance de la obra, bajo el título de “Los indígenas monárquicos… eran mayoría” (p. 47-49). En dicha publicación se indica que la editorial Fondo de Cultura Económica, publicará en 2003 la traducción al español de esta obra.

[5] López Rosado: Historia y pensamiento económico de México…, op. cit., p. 57-58.

[6] Véase Anexo número cinco: AHT24RF558, 559, 560, 561 Y 1646.

[7] Margarita García Luna: Haciendas Porfiristas en el Estado de México. Toluca, edo. De México, Universidad Autónoma del Estado de México, 1981. 109 p. Ils., fots., cuadros., p. 12-13. Cfr. Jesús Silva Herzog: Breve historia de la Revolución Mexicana. 6ª reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 1970. 2 Vols.).

[8] Herbert J. Nickel: Morfología social de la hacienda mexicana. 2ª ed. México, Fondo de Cultura Económica, 1996. 491 p., ils., fots., cuadros. (Sección de obras de Historia)., p. 10.

[9] Juan Felipe Leal: “Campesinado, haciendas y Estado en México: 1856-1914·. En: SECUENCIA, revista americana de ciencias sociales. México, Instituto Mora, mayo/agosto 1986 (SECUENCIA, 5) (p. 5-32)., p. 30.

[10] Véase imagen, como PLANOSATENCO4 en el anexo número cinco.

[11] Véase bibliografía.

[12] Véase Anexo número tres: Entrevistas.

[13] Jorge Víctor Barbabosa Torres: La familia Barbabosa, la hacienda de Atenco y otras más del valle de Toluca”, en: Separata de las memorias de la Academia mexicana de genealogía y heráldica. México, 1991. p. 131-265. Ils., retrs.

[14] José Francisco Coello Ugalde: “Mojigangas: aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX”. México, 2000. 170 h. Ils., retrs., grabs. (Inédito).

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