500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (X). Esplendor y permanencia en Atenco: 1815-1900. (2 DE 2).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Como una manera de recordar los perfiles y significados que proyectó la hacienda de Atenco, incluyo a continuación algunas de sus consideraciones principales, en momentos en los que se desarrolla el período que he considerado como de esplendor y permanencia.

   La hacienda de Atenco, además de dedicarse a las cuestiones eminentemente ganaderas, como una manera de complementar y diversificar sus actividades, incluía la labor agrícola: siembra de maíz, trigo, haba y en menor escala otras semillas.

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Vista de Atenco N° 4. Col. del autor.

   Atenco era llamada también El Cercado (tal vez este nombre se originó por la cerca que levantaron para deslindar y controlar los ganados, evitando así que éstos invadieran terrenos aledaños: “En Toluca y Tepeapulco, donde se oponían densamente indígenas y ganados, se levantaron cercas para impedir la entrada de los animales en las sementeras”). También se le llamó La Principal, por ser la que ejercía el control administrativo. Tenía como Anexas las haciendas de San Antonio, Zazacuala, Tepemajalco, San Agustín (donde por cierto se dedicaba a la cría de ganado vacuno), Santiaguito, Cuautenango, San Joaquín, así como la vaquería de Santa María, y los ranchos de San José, Los Molinos y Santa María.

   Tanto la hacienda Principal como las Anexas pertenecían al distrito de Tenango del Valle y a la municipalidad de Santiago Tianguistenco, del Estado de México. Debido a cambios efectuados en la organización territorial, para fines del siglo XVIII las haciendas de Atenco (pues no se diferenciaba La Principal de las Anexas) pertenecían unas a la jurisdicción de Metepec y otras a la de Tenango del Valle.

   La hacienda Principal era la que ejercía el control, distribuía y vendía la producción y debía destinar cierta cantidad semanal para las rayas y gastos de las fincas. La forma de ejercer dicho control varió a lo largo del siglo XIX, en relación no solo con las necesidades existentes, sino también con relación al administrador en turno. Funcionaron en bloque hasta 1870-1875 en que debido a las condiciones de arrendamiento, sociedad o mediería, cambiaron las relaciones de las Anexas con La Principal y ésta con aquellas.

   El Administrador era el responsable de la buena marcha de las haciendas y quien debía mantener informado sobre las mismas al propietario, sobre todo en nuestro caso, en el que por la documentación de Atenco y Anexas aparentemente éste último no llegó a visitarlas, no obstante su cercanía con la ciudad de México. El mismo Administrador era la máxima autoridad en las haciendas y quien resolvía los problemas que pudieran presentarse. En las Anexas era representado por el mayordomo, quien en la documentación analizada aparece que percibía un salario de 20 ps. al mes. Por su conducto se efectuaban préstamos a los gañanes. “El administrador carece de todo poder para transformar las posesiones que le son encomendadas; se limita a conservarlas en depósito como un precioso legado de cuya integridad responde ante el dueño; su función se reduce a usufructuar los haberes en beneficio ajeno”.

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Vista de Atenco N° 5. Col. del autor.

   Entre los trabajadores permanentes podemos mencionar los siguientes: El administrador, sus dos ayudantes, el médico, los vaqueros, el carrocero, los sirvientes de casa, los mayordomos de las otras haciendas, el caudillo, los porteros, el velador, el mozo, y el caballerango. En la Vaquería había caporal, vaquero y pastero. Debe señalarse que de estos trabajadores no todos estuvieron empleados simultáneamente, pero los reportamos como permanentes porque durante un determinado período sí fueron estables.

   El caudillo, los vaqueros, el velador, el carrocero, el caballerango y un caudillo jubilado figuraron de 1870 a 1875. Había cinco vaqueros y a partir de 1875 se eliminó uno. Aparte del caudillo en turno, en Atenco figura un caudillo jubilado, quien a pesar de ya no desempeñar completo su oficio, tenía asignada y se le pagaba semanalmente una cantidad inferior del sueldo real, por jubilación.

   Entre los trabajadores temporales mencionamos los siguientes: el mayordomo de atajos, trojero, bueyeros, milperos, ayudantes, carretoneros, peones de a pie, colero, puerqueros, aguador, galopina, carpinteros, pastores, jornaleros, orilleros, gañanes, albañiles, techadores, herreros, peones en la ordeña, peones sueltos, en las zanjas, juntando majada y en la presa. El número de trabajadores temporales fue aumentando considerablemente.

   Según un inventario de 1755, las haciendas cultivaban maíz, haba y trigo, pero a partir del siglo XIX se incluye cebada, nabo, papa, alberjón y eventualmente frijol y alfalfa.

   Fue hasta 1830, luego de la recuperación de la hacienda tras el paso de los “insurgentes” en 1815, cuando La Principal se dedicó de hecho solo a la ganadería, de tal suerte que en la misma se llegó a criar un número considerable de ganado mayor y menor, del que se dotaba a las demás haciendas.

   La Principal estaba integrada por los potreros Bolsa de las Trancas, Bolsa de Agua Blanca, Puentecillas, Salitre, Tomate, Tiradero, Tejocote, Tulito, San Gaspar y La Loma, en lo que en general se concentraba el ganado, mientras que en otras haciendas solo había los animales necesarios para la labranza y transporte de los productos.

   Al igual que la producción de semillas, el ganado vacuno y el bravo se vendían en su mayor parte a la Ciudad de México, aunque éste también era vendido en Toluca y Tenango (1873), en Tlalnepantla, Metepec, Puebla y Tenancingo (1874). En esos años los toros muy contados, también solo se alquilaban.

   De acuerdo con las cifras de los inventarios, el ganado vacuno era el que ocupaba el primer lugar en cuanto al número y comprendía desde la cría hasta la engorda. Figura registrado como cerrero, manso, boyada y de más importancia el ganado bravo.

   Del ganado se hacía el máximo aprovechamiento, ya que o se vendía en pie, enviándose preferentemente a México. En caso de muerte, se comercializaba su carne, las pieles y el sebo que se procesaba. También se vendía su boñiga.

   Por lo que toca a la venta de ganado bravo, en la contabilidad de Atenco figuran, en una época, envíos semanales a México y Toluca, aunque además se anotan remesas a Tlalnepantla, Puebla, Cuernavaca, Tenango, Tenancingo, etc. Datos como estos son los que se analizaron bajo los criterios de volumen, método y eficacia.

   Las reses bravas poco se vendían en la región para su lidia, y excepcionalmente se vendían para alguna celebración, como fue el caso de la venta efectuada en mayo de 1857 de 23 toros y 3 novillos para las fiestas que se dieron en Santiago Tianguistenco y Tenango, vendidos en $956.00. Se sabe que también se efectuaban corridas a beneficio de alguna causa en especial, como se deduce de lo siguiente: “Siempre fueron, y siguen siendo, las corridas de toros recurso seguro para obtener rendimientos pecuniarios con qué atender a obras de beneficencia pública y privada, mejoras materiales o para otras erogaciones de índole diversa.[1]

   También se llevaban a cabo “corridas en beneficio de la ganadería de Atenco”, ya que según una anotación en los libros, al no concederse el resultado económico de la efectuada el 10 de enero de 1856, en el inventario de reses bravas se da salida a “8 toros remitidos a México para la corrida que se dio a beneficio de la hacienda”, cargándose a $60.00 cada uno; lo anterior debido quizá a la bravura y nobleza del ganado criado en Atenco, pues hay anotación que dice que en 1874 en Tenancingo fue indultado un toro de esta ganadería. Además dicho ganado aún era lidiado en la plaza de toros de México por los años de 1940 y hasta nuestros días, reducida su presencia hasta lo más mínimo.[2]

   También se manejaba el ganado manso, en la Vaquería de Santa María donde se realizaba la ordeña. Se contaba para ello con vacas, pero también con toros padre, terneras, toretes y becerros. El ganado manso se dedicaba en su mayor parte al tiro de arados y carretas y un número limitado para engordarse y venderse como carne, puesto que se contaba con ingresos al existir varias carnicerías al interior de Atenco.

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Vista de Atenco N° 6. Col. del autor.

   Entre otros ganados se contaba con el caballar, mular y asnal. Lanar, porcino, caprino, y desde luego el vacuno en dos variedades: manso y de lidia.

   En los años de 1855, 1856 y 1874 el precio de cada toro vendido para las corridas era generalmente de $50.00 y $60.00, aunque eventualmente en el segundo año de los mencionados se llegaron a cobrar hasta $74.00. En ese mismo año las vacas bravas se vendían entre $13.00 y $18.00 y el novillo, si estaba flaco, en solo $10.00. En 1873 los toros vendidos para lidiar en Tenango se cotizaron al mismo precio que los vendidos a Toluca.

   Los animales que se devolvían de las plazas de toros, por mal juego, figuran reingresados en la contabilidad, en 1854 y 1855, en $40.00, y en 1856 y 1857 en 36 pesos 2 reales y hasta en $56.00 cada uno.

   En la misma contabilidad de 1854 aparece un cargo de 22 pesos y 7 reales, del gasto que originaron 3 corridas de toros.

   Durante el siglo XVIII antes de ser autorizado el arrendamiento debía levantarse un inventario, que era presidido por el administrador general del Vínculo y posteriormente con la presencia de varios representantes de Su Majestad se efectuaba el cambio de arrendatario. Para el siglo XIX ya no fue tan riguroso el trámite indicado. En ese siglo se tenía que destinar cierta cantidad para los alimentos que se servían a las personas que presenciaban el cambio.

   A partir de 1855 se incrementó el arrendamiento de pastos, lo que pudo deberse a la existencia de alguna Ley sobre Baldíos, que obligara a ocupar y usar los terrenos, o haberse previsto alguna seguridad para las tierras, a fin de que estuvieran ocupadas por ganados aunque fueran de arrendatarios.[3]

CONTINUARÁ.


[1] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. fots., p. 361.

[2] El último encierro de Atenco que se ha lidiado hasta el momento, se envió a la plaza de San Miguel de Allende, Guanajuato, el 31 de diciembre de 2005. Cinco ejemplares para: José Ignacio Corral, rejoneador. A pie: Marcial Herce y Víctor Martínez.

[3] Flora Elena Sánchez Arreola: “La hacienda de Atenco y sus anexas en el siglo XIX. Estructura y organización”. Tesis de licenciatura. México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia. México, 1981. 167 h. Planos, grafcs., p. 8-146.

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