“ARMADURAS y PINTAS EN EL TORO BRAVO MEXICANO”.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hace casi 130 años comenzó a circular una publicación taurina de enorme importancia. Me refiero a La Muleta (cuyo primer número salió el 4 de septiembre de 1887. El último de ellos circuló el 3 de febrero de 1889). Fue su director el notable ingeniero Carlos Noriega, que para mejor seña se apodaba Tres picos. Después de El Arte de la Lidia que encabezaba Julio Bonilla, ambas se convirtieron en referente para modificar la idea que, sobre la tauromaquia existía por entonces en nuestro país. En La Muleta número 5, fechada el 2 de octubre de 1887, un colaborador se dio a la tarea de explicar los cambios que habrían de darse en términos de identificar “Armaduras y pintas” que ostentaban los toros. Veamos a continuación, con el contexto pertinente, en qué consistieron esas adecuaciones que propiciaron la correcta identificación, misma que hasta hoy prevalece.

la-muleta_27-11-1887

Cabecera de la “Revista de toros” La Muleta. Cortesía de la biblioteca “Salvador García Bolio”. Centro Cultural y de Convenciones “Tres Marías”. Morelia, Michoacán.

   Por lo menos, hasta 1887 hubo un conocimiento empírico, aprovechado en el amplísimo espacio de la tauromaquia nacional. Y digo que “por lo menos” y también “empírico”, porque al quedar derogado el decreto que, desde 1867 había generado la prohibición a las corridas de toros en el Distrito Federal, estas expresiones se reactivaron con mucha intensidad en algunas plazas de la provincia mexicana, como también ocurrió en el ámbito rural, espacio que operó como recipiente con capacidad para recibir y procesar el toreo urbano para luego transmitirlo en ciclos continuos a las plazas de toros mismas. Ello permitió que la tauromaquia nacional se nutriera de infinidad de elementos que lograron mantener la dinámica en dicho espectáculo durante un buen número de años. Es cierto, el toreo pudo haber sufrido una recaída en términos estéticos y técnicos, pero por otro lado se cargaba de nuevos elementos que permitieron su continuidad.

   La desaparición de Bernardo Gaviño (en febrero de 1886) fue un efecto importante, pero también se pudo notar la reubicación estratégica y protagónica de Ponciano Díaz, lo que permitió que, para 1887, con esa reanudación de actividades, concretamente en la ciudad de México no tomara por sorpresa, sobre todo a quienes eran, en ese momento, potenciales aficionados a la fiesta. Para ello, hubo todo un engranaje en el que la prensa jugó un papel decisivo. A través de su difusión, fue posible encontrar las vertientes más claras sobre el tipo de tauromaquia practicada en España y México. A través de sus páginas se fundamentaron y se dieron a conocer los pensamientos de diversos tratadistas que valoraban en términos muy concretos la evolución hasta entonces desarrollada. Así también fue posible que se conocieran elementos del lenguaje que seguía formando parte no solo de los aficionados “urbanos”, sino del que llegaba e influía con fuerte carga “rural”. En ese sentido, un número de La Muleta. Revista de toros, del 2 de octubre de 1887, daba a conocer el significado que, sobre “Armaduras y pintas” privaba en el imaginario colectivo de aquella naciente etapa, que por años he visto y entendido como la irrupción del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna.

   Lamentablemente, la conservación de diversos ejemplares de esta publicación en nuestros tiempos no permite verla en forma completa. Aun así, lo que aparece en aquel número 5 del primer año de la “revista” dirigida por Eduardo Noriega Tres picos permite entender que se daba un paso adelante en las pretensiones de querer cambiar ciertos lenguajes que ahora dan sustento a esta nueva entrega para “AlToroMéxico.com”.

   Apunta el colaborador de Noriega, quien se firmaba con las iniciales P.P.T.[1] que “Conocidos de una manera clara y de difícil equivocación los verdaderos colores de los toros, según la única clasificación que debemos seguir”, pasemos a comparar esta con la que sigue y usa nuestra gente de campo”. En ese párrafo de justificación, parece advertir dos cosas: primero, que ya en el número anterior se habían tratado a detalle las diferentes denominaciones que eran de uso común, por lo menos en España, de las pintas en los toros. Y segundo, que por esa sola razón, ya era necesario usarlas de manera constante y definitiva, por lo que en estas nuevas apreciaciones que a continuación presento, ya solo iba a quedar en el recuerdo todo ese conjunto de términos que, hasta 1887 fueron común denominador no sólo de “nuestra gente de campo”, sino también de aquella que, en la ciudad empleaba de manera corriente. He aquí pues, parte de estas expresiones y luego una serie de explicaciones con que terminará su doctrina el propio P.P.T.

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   Como puede observarse al primer golpe de vista hay mucha divergencia entre unos y otros colores.

   Para ser mejor entendidos, supongamos en el redondel un toro castaño encendido, ojo de perdiz, bragado y meano; según nuestra nomenclatura se dirá simplemente que ese toro era amarillo o enchilado, ojos ribeteados.

   Supongamos otro toro, negro listón y bragado; a este se le llamaría josco o listoncillo.

   Veamos otro: castaño oscuro, ojalado; se le denominaría morado, ojos ribeteados.

   Para no cansar con más ejemplos preguntamos ¿si un revistero siguiendo la clasificación del país dice que un toro es josco, qué se debe creer? ¿Qué es listón, albardado o aldinegro?

   Nosotros, además, no tenemos frases hechas para designar a los meanos y bragados, ni a los toros berrendos con toda exactitud.

   Si con arreglo a esta clasificación se dice de un toro que es ojos ribeteados, no se sabe si es ojo de perdiz, ojinegro ú ojalado.

   Es verdad también que las voces hociblanco y hocinegro, son de significación más clara que las equivalentes españolas, pero son éstas únicamente, o cuando más alguna otra, mientras que las frases amarillo y morado aplicadas a un toro, son completamente inexactas e impropias.

   Parece con lo expuesto, quedar suficientemente comprobado que la terminología española es por todos conceptos la que en rigor debe seguirse, y por nuestra parte aseguramos que La Muleta la seguirá con toda exactitud.

   Aquí, como en España, existe la preocupación de que ciertas pintas influyen en la bravura de las reses.

   Esto no tiene razón de ser, sin embargo, las pintas oscuras son las preferidas para la lidia y recordarán los aficionados que hasta estos últimos tiempos se han visto pisar nuestros redondeles toros jaboneros y berrendos, porque se tenía el error de que los de estas pintas eran de poca sangre.

   Obedeciendo tal vez a esta preocupación, vemos por ejemplo, que los ganaderos han cuidado que sus toros sean de pintas oscuras. Así los de la vacada de Atenco son castaños con exclusión de toda otra pinta, negros o muy oscuros los de S. Diego de los Padres y lo mismo los de Santín, negros los de Ayala, castaños y negros los del Cazadero, y lo mismo los de Guanamé, Jalpam, Guatimapé, Trujillo, Piedras negras, etc., etc., pero la verdad del caso es que la bravura la da la sangre y no la pinta, que solo influye en la más o menos bonita lámina del toro.-P.P.T.


[1] Salvador García Bolio: EL PERIODISMO TAURINO EN MÉXICO. Historia. Fichas técnicas. Cabeceras. Con un prólogo de Alberto A. Bitar Letayf “A.A.B.”, Director de “El Redondel”. México, Bibliófilos Taurinos de México, s.a.e., s.p.i., 120 p. Ils., facs., p. 41. Dice García Bolio: “P.P.T” es el seudónimo del mexicano Dr. Vicente Morales. Dato que encontré en el artículo “Facetas de la Crítica” escrito por “Roque Solares Tacubac” para la revista gráfica taurina “La Lidia de México” del 23 de julio de 1943 (Año I, número 35).

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