Archivo mensual: diciembre 2016

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XX). EL ESPECTÁCULO EN LA SEGUNDA MITAD DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

CAPITULO V: RECUPERACIÓN DEL ESPECTÁCULO. CAMBIOS HACIA UNA NUEVA CONCEPCIÓN DE LA TAUROMAQUIA. EL SISTEMA Y LA SOCIEDAD FRENTE AL TOREO ¿MARCAN ALGUNA DIALÉCTICA DE BENEFICIO?

Cómo en cada época y su sociedad respectiva han inventado una forma más libre de llevar cotidianamente la vida.

Juan Pedro Viqueira Albán. ¿Relajados o reprimidos?

   El toreo debemos entenderlo como un sentido compatible con las razones que van camino de definir nuestro ser. Los toros como manifestación técnica y estética, también expresan carácter de identidad. México como nación es una historia con un impacto dramático muy especial, por cuanto existe en la múltiple ambición reducida a una de las partes de “Fuente Ovejuna” de Lope; al respecto de aquello que dice: “Todos a una”. Fueron muchos años de intensa exploración muy costosa, pero algo satisfactorio había de llegar. Como sentido pasajero arribó en 1867, año de la Restauración de la República. La fiesta, se comportaba justamente como respuesta mimética -si es válido etiquetar así tal síntoma- del orden de cosas existentes plaza afuera.

   Es el siglo XIX una veta riquísima donde ocurren a poco de sus comienzos las jornadas bélicas de independencia. Tras ese hecho histórico se generan los normales deseos de cambio en todas las estructuras de la sociedad. Y no podía faltar la taurina. Sin ser notorio un lineamiento para dar continuidad a la tauromaquia peninsular -como resultado de esa liberación-, se ponen de moda géneros de diversión sui géneris, como las “jamaicas”, “montes parnasos”, “toros embolados”, y un “toreo campirano”, conceptos todos ellos practicados en los escenarios dispuestos para su puesta en escena: la plaza de toros. Allí mismo se dieron a la tarea de recuperar la noción del toreo algunos de los espadas mexicanos como Luis, Sóstenes y José María Ávila, Pablo Mendoza, y otra pléyade, los cuales compartían las palmas con Bernardo Gaviño y Rueda quien trajo de España el contexto más vigente del arte de torear para entonces.

   Esta mezcolanza fue de la mano hasta el arribo del año 1867, momento en que bajo el régimen de Benito Juárez -de gesto proliberal y administrativo para con el asunto en tratamiento-, ponen en entredicho la “anarquía” entonces prevaleciente en las corridas de toros; por lo que no se concede licencia para la lidia de toros en el Distrito Federal. Tal prohibición se prolongó largos 19 años y meses. En tanto, plazas provincianas permitieron la extensión de aquellos festivos deleites y Cuautitlán, Tlalnepantla, El Huisachal, Toluca, Pachuca, Puebla y otras eran escenario perfecto para tan significativos goces populares.

   Fue a finales de 1886 en que se derogó el decreto antedicho, lo cual permitió que se produjera un auge sin precedentes en la historia taurina de México. Se construyeron plazas de toros, se inició un reencuentro del periodismo con el aficionado, haciéndose notorio el lado didáctico de ese empeño. La llegada de los toreros españoles marca un punto de partida para lograr, además de una competencia con nuestros toreros, el enraizamiento de por vida del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna.

   De ese modo vinieron a erradicarse viejos vicios y comenzó  una nueva etapa donde se hizo notoria una asimilación y un deseo por encauzar la fiesta brava en el derrotero definitivo. Para ello, sirvió la labor constante, activa y combatiente de los periodistas, verdaderos conocedores del arte de “Cúchares” y que para mayor beneficio de la afición, abrevaron de obras fundamentales venidas de la península ibérica. La creación de grupos como el “Centro Taurino espada Pedro Romero” marcó otro triunfo más poniendo de manifiesto el ideal de una tauromaquia largamente esperada en México. En oposición a ello, hay tribunas y existen públicos que son afectos a los valores mexicanos, cuya situación perderá terreno conforme vaya dominando la nueva arquitectura en el panorama nacional.

   No solo eso. También se debe hacer notar un sentido de independencia radical manifestado por Filomeno Mata, Eduardo Noriega Trespicos, Wenceslao Negrete o por Manuel Gutiérrez Nájera,[1] principales representantes del entorno de una actividad periodístico-político-taurina, donde se encuentran dos vertientes opuestas cuya labor se cimenta en ideologías de un nacionalismo exacerbado con ejemplos como El Monosabio, El Arte de la lidia, El arte de Ponciano, La verdad del toreo, contra la visión del prohispanismo donde La Muleta, y El Toreo Ilustrado fueron los exponentes más claros y en donde se encuentra un empeño en consolidar sus propósitos. Tales corrientes del pensamiento periodístico constituyen a la larga, un baluarte para definir estructuras pedagógicas inapreciables. Y si en un principio no fueron estables, al final ganaron en calidad con una prensa reforzada total e ideológicamente, pero que luego fué perdiendo valores por la incapacidad moral de muchos llamados “periodistas”, cuyo descaro provoca deformación en las ideas colectivas pues no utilizan su fuerza sino para todo, menos para sancionar con justicia las cosas habidas en el toreo.

   José Machío y Luis Mazzantini, españoles ambos, son la motivación adecuada para definir eternamente una expresión de torear tal y como hoy la conocemos. Desde luego, hace un siglo vinieron a sembrarse esas raíces que, junto a las de Ponciano Díaz, máximo representante de la torería mexicana, fueron adquiriendo forma, expresión y belleza, al paso de los años. El arte y la técnica concurren a poner el toque distintivo y permanente de la razón con que se inicia y desemboca todo este gran movimiento del toreo moderno en México.

   Y sin saberlo, Benito Juárez o las autoridades administrativas responsables del momento, en vez de perjudicar a la fiesta propició en gran medida -o al menos, influyó- en los cambios radicales de la fiesta de los toros al final del siglo XIX. Aunque de hecho, la derogación  fue  motivada por la urgencia de costear las obras del desagüe del Valle de México.

   Esto seguía siendo una cuestión normal, luego de que en el siglo XVIII, las fiestas taurinas fueron utilizadas  como apoyo económico, y servir de esa manera a mejorar muchas obras públicas, razón que una vez más, vuelve a presentarse en los momentos de la recuperación del espectáculo en la capital del país.

   Con la reanudación casi 20 años después al decreto autorizado por Juárez, sucede lo que puede considerarse como un “acto de conciencia histórica”, intuido por aquellos que lejos de la política intervinieron en la nueva circulación taurina en la capital del país. Se preocuparon por rehabilitar lo más pronto posible aquel cuadro lleno de desorden, un desorden si se quiere, legítimo, válido bajo épocas donde las modificaciones fueron mínimas. Uno de esos participantes fue el entonces popularísimo diestro Ponciano Díaz que si bien, pronto se alejó de esos principios y los traicionó, dejó sentadas las bases que luego gentes como Eduardo Noriega -dentro del periodismo-; los miembros del centro Espada Pedro Romero y el Dr. Carlos Cuesta Baquero, serán los representantes natos de aquella reforma que superó felizmente el crepúsculo del siglo XIX. Y Ramón López se suma a este movimiento.

   Por otro lado, el aprendizaje de las tareas charras adquirido por Ponciano es el producto de una herencia y una vivencia profundamente ligadas a la actividad cotidiana ejercida en el campo bravo de Atenco. Allí se formó con profundo apego a las normas y cuando “rompe” al mundo exterior no se divorcia de todo un aparato formativo; al contrario, sigue practicándolo pero combina las formas de torear entonces en boga, con su auténtica expresión de charrería. Logra gustar en buena parte de su trayectoria, aunque más tarde cae en vicios que no puede dominar, siendo víctima de su propia ceguera, trampa de la que ya no podrá salir. Estos “vicios” fueron en Ponciano formas de aceptar lo impuesto por España y después negarlas; o en su defecto, insinuar que ya era posible verle torear como los hispanos, cuando no se trataba más que de un consumado charro metido a torero. Un charro de fuerte arraigo social al que le toca enfrentar el más radical de los cambios para el toreo en México durante el siglo XIX.

   Frente a aquel estado de cosas, vale la pena una revisión crítica que parte de la razón con que Ponciano Díaz se desenvuelve de 1876 a 1887 -en provincia, desde luego- con el afecto popular de su lado, hasta que empieza a desarrollarse ese periodismo que no se sustenta en florituras ni en aguerridas estampas de la charrería o el jaripeo. Ese nuevo periodismo incorpora los valores de una noción moderna que en España daba grandes frutos y en México se perfilaba a inicios bien sólidos. Pero también se da el periodismo que favorece el quehacer de Ponciano, figura principalísima de ese momento.

   Dejemos un momento la situación netamente torera y vayamos al aspecto que se sumerge en los aspectos de carácter social, propios del porfiriato. Para ello, cuento con una fuente importante, la de William Beezley, investigador de la North Carolina State University, y su artículo: “El estilo porfiriano: Deportes y diversiones de fin de siglo”.[2]

   En ese trabajo no sólo se encuentra la envolvente de las diversiones, sino que también no deja de repasar las condiciones políticas y sociales del momento. Veremos más adelante el espacio dedicado a los toros y las imprecisiones en las que incurre.

  Acierta Beezley al decir del régimen y sus engranes, que

Los porfiristas unían todo con una laxa ideología a base de positivismo compteano con toques de catolicismo o anticlericalismo, de indianismo o anti-indianismo y con dosis más o menos grandes, más o menos pequeñas de la fe liberal en la eficacia de la propiedad.[3]

Justo es precisar que si bien, el autor se dejar llevar por el lado de los juegos, es de persuadirnos con anticipación del análisis que hace sobre el régimen para así evitarnos caer en situación semejante.

   Dice que en 1895 se resuelve un gran problema habido entre iglesia y estado (que no es más que el de la política de conciliación). Por tanto la feliz solución a todo esto fue la coronación de la Virgen de Guadalupe -el 12 de octubre de 1895- que no hubiera tenido lugar sin el permiso del Papa y sin la aquiescencia de don Porfirio.

   Por esa y otras razones se piensa que se dio paso a un optimismo no solo reflejado en política o economía sino que como persuasión cultivase con los entretenimientos, “porque los mexicanos escogían claramente y sin ambigüedades su diversión” dice Beezley. El citado optimismo parte también de una llamada “tranquilidad política” y del “éxito económico”, no por la ideología política o la filosofía económica en cuanto tales. Ello daba o apuntaba en el sentimiento popular de que el mexicano común pensara en el porvenir lo cual significa la ya citada “persuasión”.

   En cierta forma, esa reacción popular era apenas algo más que una manía, que se extendió por la nación hacia 1888. Se desvaneció con la depresión de 1905, y desapareció con el estallido de la revolución en 1910.[4]

Llama la atención la cita de 1888. Justo es recordar que ubicado el asunto temporal en el toreo, ha corrido un año aproximadamente después de la recuperación de la fiesta en la capital del país.

   Nuestro autor presenta según su perspectiva asimilada al concepto taurómaco. El mismo confiesa que “los anglosajones veían todo con horror”. Cita con alto grado de superficialidad e incluso hasta de cierta desinformación el proceso de las formas que constituían al toreo en el siglo XIX en un tono próximo al de guía de turistas.

  Es importante -antes de abordar el punto central- su opinión sobre los valores que resaltan del espectáculo decimonónico.

Durante el siglo XIX, la corrida fue metáfora de la sociedad mexicana. El “presidente” representaba al caudillo, cacique o patrón que regía las actividades de todos y señalaba el ritmo del quehacer diario. Solo en una sociedad paternalista podía tener sentido un ritual semejante. Los “actores” señalaban jerarquías sociales en las que cada hombre desempeñaba su papel y dejaba que la sociedad como un todo llevara a cabo la tarea. Aunque había cooperación entre banderilleros, picadores y toreros, no formaban un verdadero equipo. El matador dependía de los demás, pero sin duda pertenecía a una jerarquía más alta y recibía todos los honores.

   El matador era epítome de la fiesta; debía mostrar aquellos atributos que, dentro de ese orden masculino, se consideraban más valiosos. Tenía que enfrentar a la naturaleza despiadada en su expresión más feroz: el toro enfurecido. El torero debía ser más valiente, inconsciente en su desconsideración, firme ante la caída del toro; debía olvidar riesgos, ignorar heridas y temores y arriesgar por el honor aun su vida. Pero  sobre todo debía actuar con gran cortesía y refinado decoro. Campesinos, peones, léperos, trabajadores -la sociedad entera (los comentaristas señalaban a menudo que el público era una muestra de la sociedad)- admiraban la cortesía mexicana, la impavidez ante el peligro y la necesidad de hacer frente a cualquier riesgo. La corrida reunía crueldad, sangre y muerte, pero también la vida.[5]

Lo anterior resume el concepto de estabilización que obtuvo el toreo luego de superar además de la prohibición de 1867, las condiciones mismas de búsqueda y ubicación debido ello al natural curso de una fiesta sin tutoría específica; más que la del libre albedrío.

   Llegamos a lo que puede ser un serio problema de apreciación y ubicación temporal por falta de conocimientos sobre el tema. No es negado que bajo el porfirismo y por razones que se han de explicar en su momento, se prohibieron las corridas de toros de 1890 a 1894 y no como lo dice Beezley, que

En el primer gobierno de Porfirio Díaz se prohibieron las corridas en el Distrito Federal y otros estados importantes, incluso Zacatecas y Veracruz. Esta restricción duró hasta 1888, año en que se permitieron otra vez en la capital, los estados mencionados y el resto del país.[6]

   Donde de plano las cosas desquician -y es de lamentar el esfuerzo del estudioso norteamericano- es al justificar las causas de aquel bloqueo, causas que bien podían encajar dentro de las condiciones propias de 1867 y dentro de la personalidad no del dictador sino del presidente liberal que lo fue Benito Juárez. O por el otro lado, pensar en Díaz, pero en el Díaz de 1890-1894, periodo de la ya citada futura prohibición. Así, la primer causa es que se haya debido a

la ambición política y nacionalista de Díaz (¿progresista y de avanzada por parte de Juárez?). Quería este el reconocimiento diplomático y político de Estados Unidos y Gran Bretaña, países que criticaban duramente el atraso de la sociedad mexicana, y describían al país como una tierra de bandidos que tenía un gobierno inestable, no pagaba sus deudas y que además se complacía en la crueldad con los animales. Se referían a las corridas como simple hostigamiento del toro, en las que se atormentaba al animal para distracción del público, y se le mataba solo cuando la multitud caía en el aburrimiento. Al prohibir las corridas en la capital, en un puerto tan grande como Veracruz y en Zacatecas, la principal zona minera, pocos extranjeros verían el espectáculo, con lo que el dictador afianzaría su imagen de reformador que sacaba a México de la barbarie para colocarlo en la comunidad de las naciones occidentales.[7]

   Posiblemente se hayan generado los ataques por parte de Gran Bretaña y Estados Unidos pero no por la mera intención de orientarlos a la “barbarie” arrojada por el espectáculo taurino. Es posible sí, que los viajeros norteamericanos o europeos se hayan expresado en oposición o con repudio hacia la fiesta torera (v.gr. W. H. Hardy, Latrobe y otros). Vemos en la literatura consultada para la confirmación de aquel progreso o retraso de las economías que sí, efectivamente hubo avance aunque se soslaya el problema social -entonces muy intenso entre las capas inferiores- para darle a las altas esferas todo favorecimiento en diversas ramas de la economía. También ocurre dentro de este cuadro de economías un  impacto  de  las  inversiones  extranjeras  que  permitió desarrollos que no pudieron frenar aun así la explotación.

   Pensamos finalmente que siendo los Estados Unidos de Norteamérica y la Gran Bretaña dos potencias de donde se apoyaba México con los grandes préstamos, ese reclamo se haya hecho notar en plena época del dominio juarista.

   Nuestro país, fue en un momento “tierra de bandidos”. La resaca de guerras internas, motivo este de definición por muchos años de nuestro destino y nuestra razón de ser, arrojó un constante “desempleo” de la parte castrense porque

La república restaurada va a ser de tipo civil, lo castrense está supeditado al civilismo. Se busca la pacificación y se licencia la tropa, aumentando por eso el bandolerismo.[8]

   Que conste la “tierra de bandidos” sigue dando cosecha. La prohibición tuvo reflejo en los siguientes puntos del país: Puebla, Chihuahua, Jalisco, Oaxaca, San Luis Potosí, Hidalgo y Coahuila (y nunca Veracruz y Zacatecas. Incluso en Zacatecas toreó mucho Lino Zamora allá por los años ochenta). Otra contradicción.

   El Gral. Porfirio Díaz era afecto a las corridas de toros. Incluso se dice que en sus años mozos “echaba capa”. Asistió en distintas ocasiones a corridas y eso de que “afianzaría su imagen de reformador que sacaba a México de la barbarie para colocarlo en la comunidad de las naciones occidentales” no es directamente un reflejo brotado de aquellos grupos asistentes a las fiestas toreras. Sí

del panorama social (del que) fueron desapareciendo los agresivos y ásperos perfiles de mochos y chinacos al ser sustituidos por el comedimiento enchisterado de esos hombres y mujeres que ahora, al modo de una especie zoológica desaparecida, se clasifican como de “tiempos de don Porfirio”.[9]

   Es ahí entonces, cuando se da el auténtico acercamiento a la comunidad de las naciones occidentales.

   Aquí otra cita de Beezley.

Después de 1888, los bonos de Díaz y especialmente del país se habían elevado considerablemente a los ojos del mundo. Díaz no necesitaba ya preocuparse por la reputación de crueldad que tenía México, de modo que ignoró la petición de la Sociedad para prevenir la crueldad con los Animales (cuyo presidente honorario era su mujer), y del Club contra las Corridas de Toros. En vez, el gobierno se dedicó a exigir sombreros de fieltro y pantalones a los indios que llegaban a la ciudad, para que en la apariencia por lo menos, tuvieran un aire europeo. Hacia 1890 el éxito de Díaz hizo crecer el sentimiento de orgullo en México, y el nacionalismo en ciernes revivió las que se consideraban tradiciones genuinas. Ese nacionalismo se alimentaba de un sentimiento romántico hacia los aztecas y hacia la cultura colonial. La sociedad capitalina celebró una “guerra florida”, farsa que recreaba el ritual azteca, con un desfile de carros alegóricos, desde los que los pasajeros se arrojaban flores. Díaz descubrió el monumento a Cuauhtémoc en una de las glorietas más importantes de la ciudad y permitió que se reanudaran las corridas en la capital.[10]

   Posible es que en 1888 haya existido una “Sociedad para prevenir la crueldad con los Animales” pero un Club contra las corridas de toros, solo pudo estar formado de aquella parte de la prensa opositora, liberal y radical amen de contar con los inconfundibles aliados del progreso. Y junto a la exhumación de “guerras floridas” y el descubrimiento de la figura de Cuauhtémoc, como una revalorización de nuestras culturas ancestras, Díaz -o su régimen- permiten la circulación de nueva cuenta a las corridas de toros que, como ya sabemos se da en el Congreso a partir de diciembre de 1886. En la práctica, justo el 20 de febrero de 1887. Quizás se refiera Beezley a la prohibición de 1890 a 1894 (de la que hablaremos en el capítulo VI de esta tesis), cuando el gobernador del Distrito Federal el general Pedro Rincón Gallardo concedió el permiso correspondiente para que el 20 de mayo de 1894 y en la plaza de Mixcoac actuaran: Juan Moreno El Americano, José Centeno y Leopoldo Camaleño (quien recibió la alternativa) con toros de Atenco.

   Otra explicación para que se prohibieran las corridas se encuentra en las hipótesis antropológicas de juego profundo (deep play) de Clifford Gertz, y de exhibición ritual (ritual display) de Susan Burrell. Con estos elementos Beezley dice que

La corrida significaba sumisión al caudillo en una sociedad piramidal, que pedía al individuo ignorar todos los riesgos, para que llenara la función tradicional que se le había asignado. La corrida era antítesis de la plataforma política a la que Díaz aspiraba, que pedía cambios en el gobierno, elecciones genuinas y el final del caudillismo. Desde 1876 hasta 1888 Díaz y Manuel González consolidaron el poder arrasando con caudillos locales y regionales, rompiendo las alianzas en el ejército y destruyendo los lazos personales en los negocios. Díaz alentó el centralismo en el gobierno y la economía capitalista como ideales impersonales e institucionales. La consolidación del poder no admitía individualismo exagerado o resistencia desordenada. Hacia 1888, el sistema se hallaba donde Díaz quería tenerlo. Había reordenado el poder político, casi no necesitaba hacer uso de la fuerza, había conseguido reconocimiento nacional e internacional, y estaba listo para que se le reconociera como padre de la patria, y, como tal, podría mediar, orquestar, recompensar y castigar. El nuevo patriarca estaba listo para volver a los despliegues rituales del paternalismo. Asolearse en una corrida ante la presencia del patriarca, aunque solo fuera en sentido metafísico era una cualidad del estilo porfiriano de persuadir.[11]

   Justo en recientes notas tomadas de una obra preparada por el Dr. Juan A. Ortega y Medina, califica en tonos distintos al espectáculo de toros, ya como “vestigio vivo de la crueldad española” o aquel otro en donde dice “que las corridas son un rezago prehistórico y mítico; un críptico culto heliolátrico que por vías misteriosas se cultiva todavía en España y que aquí en México, como en otros lugares del mundo hispanoamericano, encontró acogida entusiasta, acaso por la oculta razón de la superposición del culto ibérico al Sol con los cultos prehispánicos solares”.[12]

   Las visiones de W. Beezley son interesantes, aunque no encajan cuando se habla de Díaz, mismo que inicia su quehacer  político en 1876 (quehacer con el que llega al poder) luego de realizar las acciones que condujeron al Plan de Tuxtepec. Sí, todo cae en el eje de Porfirio Díaz, menos las cuestiones que ahora nos atañen, la conclusión es que encontramos aquí un desfasamiento de dos décadas, a partir de la prohibición impuesta en 1867. Lo posible aquí es que Díaz -en cuya dictadura se mantiene diez años ese decreto-, Beezley hace suyo para el general mismo ese decreto. Es cierto, aunque las corridas continuaron su curso normal en distintos puntos del país y tan cercanos a la capital -crasa provocación- como Tlalnepantla, Texcoco, Toluca y otros.

   Que si el sistema y la sociedad marcan alguna dialéctica de beneficio, pienso que sí. En primera instancia lo dialéctico comprende ese carácter de correspondencia (o, en su defecto cuando tiene que entenderse la síntesis de los opuestos, por medio de la determinación recíproca). Pues bien, es existente en dos fuerzas que van nutriendo sus razones mismas de ser. El toreo seguía siendo una expresión que de modo más rotundo, hicieron suya los mexicanos, por lo cual no era difícil que se congregaran las multitudes, donde lo abigarrado de los tendidos permitía mezclas informes de gentes de la alta sociedad y del bajo pueblo como en símbolo propio de la proyección que el espectáculo garantizaba.

 PLAZAS – GANADERIAS – TOREROS.

    Hemos visto al inicio de este capítulo lo relacionado a plazas de toros, de las cuales se levantaron un buen número y en poco tiempo por diversos puntos de la ciudad.

   Por ejemplo San Rafael fue inaugurada el 20 de enero de 1887. Colón y Paseo el 10 de abril del mismo año; Coliseo el 18 de diciembre, también de 1887. Bucareli, 15 de enero de 1888. Ese mismo año, Ponciano Díaz quien era dueño en sociedad con José Cevallos de la de Bucareli, estrena otra plaza más en la Villa de Guadalupe. Y, aunque de menor trascendencia, en el barrio de Jamaica se instaló la plaza Bernardo Gaviño. Se sabe que hubo una más por el rumbo de Belem. Como es de notarse la efervescencia del toreo creció notablemente y las plazas surgían casi como hongos en la tierra. Claro que de las plazas aquí reseñadas (a excepción de Bucareli 1888-1899) no resistieron más que las broncas despiadadas por males tardes o la inclemencia del tiempo, puesto que solo eran levantadas con madera. Años más tarde, y tras la prohibición de 1890-1894, las plazas de Tacubaya, Mixcoac, y una improvisada en Tlalpan, junto con la de Ponciano Díaz -ya en propiedad de la empresa J. Ibáñez y Cía.- siguieron proporcionando espectáculos.

   Iniciada la segunda mitad del siglo que nos congrega, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas ya a un esquema utilitario en el que su ganado servía para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Gaviño, fueron San Diego de los Padres y Santín, propiedad ambas de don Rafael Barbabosa Arzate, enclavadas  en el valle de Toluca. En 1835 fue creada Santín y en 1853 San Diego que surtían de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros.

  Durante el periodo de 1867 a 1886 -tiempo en que las corridas fueron prohibidas en el Distrito Federal- y aún con la ventaja de que la fiesta continuó en el resto del país, el ganado sufrió un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores, por lo que para 1887 da inicio la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, llegando procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Fueron  de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces. La familia Barbabosa, poseedora para entonces de Atenco, inicia esa etapa de mezcla entre su ganado criollo y uno traído ex profeso para la reproducción y selección, obligadas tareas de un ganadero de toros bravos. Por una curiosidad, puede decirse que retorna a Atenco el honor de ser -de nuevo- la ganadería de toros con el privilegio -ahora sí- del concepto profesional para la crianza y todos sus géneros del toro bravo.

   Junto a esta ganadería y en 1874, don José María González Fernández adquiere todo el ganado -criollo- de San Cristóbal la Trampa y lo ubica en terrenos de Tepeyahualco. Catorce años más tarde este ganadero compra a Luis Mazzantini un semental de Benjumea y es con ese toro con el que de hecho toma punto de partida la más tarde famosa ganadería de Piedras Negras la que, a su vez, conformó otras tantas de igual fama. Por ejemplo: Zotoluca, La Laguna, Coaxamaluca y Ajuluapan.

   La reanudación de las corridas de toros en el Distrito Federal significó uno de los acontecimientos sociales más interesantes de aquel momento. De pronto surgió una efervescencia sin precedentes al construirse varias plazas de toros. También circularon distintas publicaciones taurinas favorables al toreo mexicano o al español, según la formación y filiación de sus redactores, mostrando incluso, una calidad de edición similar a las que se editaban en España. En fin, el ambiente recuperó rápidamente su ritmo  y la ciudad volvió a estar de fiesta.

   Día a día se mostraba un síntoma ascendente y asimismo constante. Quedaron atrás aquellas manifestaciones propias de aquel toreo que se mantuvo sin tutela, muestra por valorarse así mismos y a los demás por su capacidad creativa como forma continua de la mexicanidad en su mejor expresión. Por otro lado es algo así como la búsqueda del eslabón perdido donde se daba cabida a la sucesión de invenciones. Tras la prohibición ya mencionada como objeto de este estudio puede decirse que veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).

   De ahí que el toreo como autenticidad nacional haya sido desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa, por el público que dejó de ser público en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

   Al mencionar ahora a los toreros, debe este apunte basarse en dos líneas que luego se fusionaron para el logro definitivo de la sola expresión impuesta como la más razonable, en virtud de sus mejoras, avances, manifestaciones y demás esplendores, como es el toreo de a pie a la usanza española y en versión moderna.

   Por el lado de los mexicanos, Ponciano Díaz (1856-1899), torero con bigotes como los demás de esa época, formado bajo la tutela de expresiones nacionales y en el campo, fundamentalmente. Los públicos de entonces dejan llevarse y forman parte a su vez, de una idolatría que muy pocos diestros han conseguido a lo largo de las distintas épocas del espectáculo. Rompió con los feudos establecidos de lustros atrás y supo incorporarse a la actividad provinciana con éxitos inenarrables (si no, que lo digan versos populares, prensa a su favor, retratos, fotografías, anécdotas, entre otras cosas). De él se puede hablar y hasta dedicarle espacio más significativos.[13] Sin embargo, larga es la lista, por lo cual prosigo. En importancia le siguen:

(T) Torero; (B) Banderillero; (P) Picador; (O) Otros.

 -Pedro Nolasco Acosta (T)

-Arcadio Reyes “El zarco” (B. y desde el caballo)

-Gerardo Santa Cruz Polanco (T)

-María Aguirre “La Charrita mexicana” (desde el caballo)

-Braulio Díaz (B).[14]

   Estos son los toreros más representativos de aquel momento. Ella, La Charrita mexicana logró figurar en medio de un ambiente dominado únicamente por hombres (aunque a mediados del siglo XIX fue notoria la actuación de otras tantas mujeres que, por el solo hecho de arriesgar sus vidas, forman parte de aquel ambiente con un mérito bien ganado). María Aguirre en compañía de Ponciano Díaz demostraban el quehacer torero representado como una muestra de lo nacional.

   Pedro Nolasco Acosta, de cuyo perfil general escribí algunas notas en el capítulo anterior, es uno de tantos toreros que mantienen la hegemonía de la tauromaquia en tiempos de prohibición del espectáculo en la capital del país. Por él se concibe la presencia taurina en San Luis Potosí.

   Arcadio Reyes El Zarco enriquece el bagaje torero vistiendo las más de las veces con el traje de charro y poniendo banderillas desde el caballo, lo mismo aquí que en Perú, a donde fue en compañía de Diego Prieto Cuatrodedos. Fue en un momento miembro de la cuadrilla de Ponciano Díaz.

   Gerardo Santa Cruz Polanco, también surgido de las filas poncianistas, decidió formar la “Cuadrilla Ponciano Díaz”, en la cual latían aquellos principios evolucionistas que no pudo mantener el propio atenqueño. Por conducto de esta cuadrilla es como se revalora el toreo moderno, luego de que dicha expresión “a la mexicana” fue diluyéndose en medio de nuevas razones técnicas y estéticas.

   En cuanto a Braulio Díaz, podemos hablar de un personaje siniestro, envuelto en leyendas, dado que fue quien dic muerte a Lino Zamora allá por 1884 en Zacatecas.

PRENSA

    Como resultado de la trascendencia que tuvo aquella nueva época surgió un amplio movimiento periodístico que reflejó lo importante de ese despertar para la fiesta torera.

El Arte de la Lidia (1884-1905) fue la primera publicación que incluso se adelantó a todo el movimiento. Julio Bonilla fue su director.

La Banderilla (1887)

La Muleta (1887)

El Monosabio (1887)

El Toreo Ilustrado (1894).[15]

   Estas publicaciones guardan tendencias bien definidas, pues así como La Banderilla y El Monosabio eran pro-nacionalistas en cuanto modo de exaltar las hazañas de nuestros toreros, La Muleta y El Toreo Ilustrado son bandera del nuevo toreo y apoyo a la expresión que fue imponiéndose a partir de los diestros españoles.

   Como puede observarse, 1887 significa el nuevo amanecer, la nueva época de toros en México cuyo significado es crucial en la medida en que su influencia dejó atrás testimonios que bien pronto se dispersaron y diluyeron para dar paso a la nueva instancia emergente, cuyo peso y trascendencia estarán presentes en toda actividad desarrollada en torno al espectáculo de toros que ha encontrado ya forma de asentar raíces más firmes.

   Para terminar con este segmento, ofrezco, como Anexo, el “Anuario Taurino Mexicano. 1887”, obra que recién he concluido, y donde se concentra una valiosa información relacionada con las actividades taurinas realizadas en todo el país durante aquel año. El balance obtenido es verdaderamente asombroso, en la medida en que se intensificó el espectáculo luego de regularizado este.

cuadrilla

De un calendario elaborado por la casa de subastas Louis C. Morton para el año 2002, se ilustra con una muy interesante imagen (Anónimo, Escuela Mexicana, ca. 1900. Paseíllo. Óleo sobre tela, 90×150 cm). Evidentemente la fecha referida no es, ni por casualidad certera en función de que debe tratarse de una cuadrilla ¿la de Rafael Calderón de la Barca en León, Guanajuato; o la de Gerardo Santa Cruz Polanco, formada hacia finales de la octava década del siglo XIX? Este es un buen asunto a resolver.

Fuente: Actualmente pertenece a la pinacoteca del Dr. Marco Antonio Ramírez.

diego-prieto

Este es uno de los tantos retratos en que posó Diego Prieto “Cuatrodedos”, para generar, como resultado de su composición, una tarjeta de visita, la publicidad propia de la época (ca. 1885). Col. del autor.

CONTINUARÁ.


[1] Manuel Gutiérrez Nájera. Espectáculos, p. 147-51: Una corrida de Ponciano Díaz (M. Can-Can, “Memorias de Madame Paola Marié”, en El Cronista de México, año IV, T. IV, núm. 13 (3 de septiembre de 1882), p. 237.

[2] William Beezley: El estilo porfiriano: “El estilo porfiriano: Deportes y diversiones de fin de siglo”, en Historia Mexicana, vol. XXXIII oct-dic. 1983 No. 2 p. 265-284. (Historia Mexicana, 130).

[3] Op. cit., p. 265.

[4] Ibidem., p. 266.

[5] Ibid., p. 275.

[6] Ib., p. 276. Muy importante es señalar que el primer gobierno de Porfirio Díaz no se da hasta el levantamiento de la Noria, en 1876, nueve años después de que Juárez ha autorizado prohibir la diversión popular. Por otro lado, la restricción no “duró hasta 1888” sino hacia fines de 1886, fecha en la cual se derogó el decreto de prohibición, dando pie a la recuperación a partir del 20 de febrero de 1887. (Nota: si Ponciano Díaz inicia su trayectoria en 1876, lo mismo hará Porfirio Díaz en otro terreno: el militar y político. Por ello, ambos Díaz, van de la mano).

[7] Ib.

[8] Historia de México. Un acercamiento, p. 39.

[9] Edmundo O’Gorman. México. El trauma de su historia, p. 87.

[10] Beezley, ib., p. 276-7.

[11] Ib., p. 277.

[12] Juan Antonio Ortega y Medina. Zaguán abierto al México republicano (1820-1830), p. 43-4.

[13] José Francisco Coello Ugalde. Ponciano Díaz, torero del XIX. A 100 años de su alternativa en Madrid. (Biografía). Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. Con tres apéndices documentales de: Daniel Medina de la Serna, Isaac Velázquez Morales y Jorge Barbabosa Torres. México, 1989 (inédito) 282 h.

[14] Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. II., p. 655-8.

Además:

Torero (T), Picador (P), Banderillero (B), Otros (O).

-José de la Luz Gavidia “El Chato” (T)

-Atenógenes de la Torre (P)

-Rafael Calderón de la Barca (T)

-Felícitos Mejías “El Veracruzano” (T)

-Genovevo Pardo “El Poblano” (T)

-Carlos Sánchez (B)

-José Ma. Mota (P)

-Agustín Oropeza (P)

-Celso González (P)

-Carlos López “El  Manchao” (B)

-Abrahám Parra “El Borrego” (T)

-Pedro García (B)

-Natividad Contreras “El Charrito del siglo) (T. y desde el caballo)

-Ramón Márquez (B)

-Pompeyo Ramos (B)

-Casto Díaz (B)

-Antonio Vanegas “Chanate” (B)

-José Basauri ()T)

-Timoteo Rodríguez (T)

-Jesús Adame (T)

-Ignacio Gadea (desde el caballo)

-Antonio González “El Orizabeño” (T)

-Refugio Sánchez “Lengua de Bola” (B)

-Valentín Zavala (T)

-Francisco Aguirre “Gallito” (B)

-Adalberto Reyes “Saleri mexicano” (B)

-Miguel Acevedo (P)

-Francisco Anguiano (P)

-Jesús Carmona (P)

-Vicente Conde “El Güerito” (T)

-Juan Corona (P)

-Ireneo García (P)

-Piedad García (P)

-Antonio Mercado “Santín” (P)

-Cándido Reyes (P)

DIESTROS ESPAÑOLES

-Carlos Borrego “Zocato”

-Juan Antonio Cervera “El Cordobés”

-Antonio Escobar “El Boto”

-Francisco González “Faico”

-Antonio Guerrero “Guerrerito”

-Manuel Hermosilla

-Joaquín Hernández “Parrao”

-Juan Jiménez “El Ecijano”

-Gabriel López “Mateito”

-José Machío

-Valentín Martín

-Luis Mazzantini

-Tomás Parrondo “El Manchao”

-Diego Prieto “Cuatro Dedos”

-Enrique Santos “Tortero”

NOVILLEROS

-Joaquín Artau

-Leopoldo Camaleño

-Manuel Cervera Pacheco

-Antonio Díaz Lavi

-Manuel Díaz Lavi “El Habanero”

-Juan José Durán “Pipa”

-Pedro Fernández “Valdemoro”

-Andrés Fontela

-Fernando Gutiérrez “El Niño”

-Juan León “El Mestizo”

-Manuel Machío

-José Machío Trigo

-José Martínez Galindo

-Juan Mateo “Juaniqui”

-Juan Moreno “El Americano”

-Vicente Navarro “El Tito”

-Arturo Paramio

-Diego Rodríguez “Silverio Chico”

-José Romero “Frascuelillo”.

   Desde el primer domingo de enero hasta el domingo 30 de diciembre del año 1888, se han celebrado en las cinco plazas de la capital de la República 127 corridas lidiándose 723 toros de ganaderías mexicanas y españolas como se verá por los siguientes datos:

Plaza de Bucareli                                35 corridas

Idem del Paseo                                   31           “

Idem del Coliseo                                31           “

Idem de Colón                                   27           “

Idem de San Rafael                          3             “

Total                                                     127 corridas.

   Se jugaron en dichas corridas 723 toros de 53 ganaderías mexicanas y 9 españolas, bajo esta forma:

Ganaderías mexicanas.-Venadero 61, Cazadero 44, Atenco 42, San Simón 41, Canario 41, Soledad 30, Jalpa 23, Cieneguilla 22, Guanamé 21, Mezquite Gordo 21, Jalapilla 19, Salitre 18, Desconocidas 18, Ramos 17, Santín 15, Buenavista 14, Guatimapé 13, San Diego de los Padres 12, Parangueo 12, Canaleja 12, Montenegro 12, Maravillas 12, Meztepec 11, Bramino de Arandas 11, Estancia Grande 10, Santa Cruz 10, Fortín 10, Cercado de Bayas 9, San Pedro Piedra Gorda 7, Ortega 7, Cuatro 7, Nopalapan 6, Jaral 6, San Francisco 6, Guaracha 6, Sauceda 6, Rosario 6, Cubo 6, Santa Lucía 5, San Antonio 5, Calera 5, San Diego Xuchil 5, Ayala 5, Plan de la Barca 4, Tulipan 4, Bringas 4, Noria de Charcas 3, Hacienda de la H  3, San Isidro 3, San Gerónimo 3, San Cristóbal 3, Santa Rosa 1, San Clemente 1.-Total 697 toros.

   Ganaderías españolas.-De Heredia 6, Hernán 3, Saltillo 3, Benjumea 3, Conde de la Patilla 3, Concha y Sierra 3, Miura 2, de procedencia desconocida 2, Anastasio Martín 1.-Total 26 toros.

   De éstos, dos no se mataron, siendo uno de Concha y Sierra y otro de Anastasio Martín.

   En las 127 corridas verificadas en México en el año 1888, han tomado parte en la lidia 170 diestros y 35 aficionados.

   Espadas.-Artau Joaquín, Borrego Carlos “Zocato”, Díaz Ponciano, Díaz Lavi Manuel el “Habanero”, Fontela Andrés, Flores Antonio, Gadea Ignacio, Gutiérrez Fernando el “Niño”, González Antonio “Frasquito”, Hermosilla Manuel, Jiménez Juan el “Ecijano”, López Gabriel “Mateíto”, Lobo Fernando “Lobito”, Leal Cayetano “Pepe-Hillo”, León Juan el “Mestizo”, Mazzantini Luis, Martín Valentín, Machio José, Moreno Juan el “Americano”, Navarro Vicente el “Tito”, Prieto Diego “Cuatro dedos”, Parrondo Tomás el “Manchao”, Polanco Gerardo, Zavala y otro espada.

   Picadores.-Blázquez Laureano, Carmona Jesús, Carmona Pedro, Conde Vicente el “Güerito”, Conde Vicente (h), Conde Emilio, Camacho Antonio, Cueto Félix, Figueroa Eulogio, Gómez Cornelio, García Piedad, García Ramón, García Pedro, García Federico, García Ireneo, García Juan, Bayard José “Badila”, González Celso, Gochicoa Federico, González Filomeno “Cholula”, González Nieves, Hernández J.M., Mota J.M., Mota Domingo, Mercado Ramón “Cantaritos”, Mercado Pablo, Morales Guadalupe, Mosqueda Francisco, Morales Amado, Oropeza Agustín, Oropeza I.M., Pérez Antonio el “Charol”, Pérez Manuel el “Sastre”, Reyes Arcadio, Rodríguez Manuel “Cantares”, Reyes Adolfo, Recillas Juan de la Luz, Romero Antonio, Reyes Ramón, Rosas Manuel “Pelayo”, Rodríguez Antonio el “Nene”, Ramón Jesús, Nava Manuel, Sánchez Enrique el “Albañil”, Saez Rafael el “Pintor”, Sierra Benigno, Talavera Demetrio, Tovar Pascual, Vargas Juan “Varguitas” y un desconocido.

   Banderilleros.-Anaya Anastasio, Adame Ángel, Blanco Manuel “Blanquito”, Bonar Francisco “Bonarillo”, Barreras Elías el “Aragonés”, Antúnez Antonio “Tovalo”, Calderón de la Barca, Blanco Jesús, Cañiveral Ramón el “Campanero”, Cermeño Juan, Carbajal Francisco el “Pollo”, Cortés José León, Cao Faustino el “Rochano”, Diego Francisco “Corito”, Delgado Luis S., Domínguez Manuel, Escacena José, Fragoso Jesús el “Mutilado”, García Antonio el “Morenito”, Gómez Antonio el “Chiquitín”, González Antonio el “Orizabeño”, Galea José, Gallegos Vicente, Gadea Amado, Gadea I.M., Gadea Ignacio (h), González Patricio, Garnica Emeterio, García Emeterio, García Florencio el “Tanganito”, García Carlos, Gutiérrez Benito el “Asturiano”, Gudiño Juan, Girón Aurelio, García Antonio “Alegría”, Hernández José el “Americano”, Hernández Mauricio, Hernández Francisco, Lobato Francisco, López Ramón, López José “Cuquito”, Lobo Antonio “Lobito Chico”, Lara Eugenio el “Maestro”, Muñoz Joaquín el “Belloto”, Muñoz Rafael el “Mochilón”, Mejía Francisco, Manero Manuel “Minuto”, Mercado Jesús, Miranda Antonio el “Pipo”, Morales Manuel “Mazzantinito”, Mendoza Diego el “Curro”, Marquina Francisco “Templao”, López Carlos el “Manchado”, Mejía Manuel “Bienvenida”, Machio Manuel, Mazzantini Tomás, Monje José “Candelas”, Márquez Ramón, Mercadilla Antonio “Zenzontle”, Navarro Miguel el “Cartagenero”, Nava Julián, Pujol Alberto el “Cubano”, Pardo Francisco el “Trallero”, Osed Agustín, Pérez Ramón, Pardo Genovevo, Pompeyo José, Paredes Salvador “Redondillo”, Romero Juan “Saleri”, Recatero Victoriano “Regaterín”, Recatero Luis “Regaterillo”, Orozco José “Laborda”, Sánchez Carlos, Sánchez Francisco, Sosa Darío, Sánchez Hipólito, Torre Atenógenes de la, Vaquero Francisco “Vaquerito”, Vieyra Tomás, Villegas Francisco “Naranjito”, Vázquez Enrique “Montelirio”, Velázquez José “Torerito”, Zayas Antonio, (tres peones cuyos nombres no dieron los carteles y otro banderillero desconocido).

   Puntilleros.-Audelo Inés, Reyes I.M., (h), Puerta Romualdo “Montañés”.

   En las corridas formales del año de 1888, el número de toros que cada espada ha matado, es el siguiente:

Ponciano Díaz                                                                   145

Carlos Borrego “Zocato”                                                87

Vicente Navarro “El Tito”                                             60

Diego Prieto “Cuatrodedos”                                         58

Gabriel López “Mateíto”                                                43

Fernando Lobo “Lobito”                                                34

Manuel Hermosilla                                                           22

Juan Jiménez “El Ecijano”                                             22

Luis Mazzantini                                                                  21

Valentín Martín                                                                 21

Otro matador                                                                     21

Joaquín Artau                                                                    18

Valentín Zavala                                                                  15

Gerardo Santa Cruz Polanco                                       14

Cayetano Leal “Pepe-Hillo”                                           9

Antonio González “Frasquito”                                      8

Juan León “El Mestizo”                                                   6

Antonio Flores                                                                    6

Tomás Parrondo “Manchado”                                     5

Díaz Lavi “El Habanero”                                                 5

Ignacio Gadea                                                                     3

José Machío                                                                        2

Juan Moreno “El Americano”                                     2

Andrés Frontela                                                                2

Fernando Gutiérrez “El Niño”                                    2

Total                                                                                  631

[15] Biblioteca Nacional. La fiesta Nacional (ensayo de bibliografía taurina). Madrid, 1973. 233 p. ils., facs. (Panoramas bibliográficos de España, 1), p. 153-93.

-El Cencerro (1888)

-El Correo de los toros (1887)

-El Correo Taurino (1894)

-La Divisa (1887)

-La Divisa, Puebla (1887)

-El Estoque, Puebla (1887)

-La Lidia (1894)

-El Loro (1894)

-El Puntillero (1894)

-La Sombra de Gaviño (?)

-La Sombra de Pepe-Hillo (?)

-El Toreo (1895)

-El Toro (1887)

-Toros en Puebla (1887)

-El Valedor Taurino (1888)

-La Verdad del Toreo (1887)

-El Volapié, Puebla (1887)

-La voz del toreo, (1887)

-El Zurriago Taurino (1887)

-El Arte de Ponciano (1888)

-El toro de once (1887)

-El Picador (1890)

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XIX). EL ESPECTÁCULO EN LA SEGUNDA MITAD DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Entramos en la senda final de este capítulo, abundando sobre lo que fue la discusión para derogar el decreto que por casi 20 años imposibilitó a la capital del país, a una de las diversiones más arraigadas.

   Fue la Segunda Comisión de Gobernación del Congreso Décimo tercero (con período del 15 de septiembre de 1886 hasta igual fecha de 1888), la que en sesión del 29 de noviembre de 1886, presentó un Dictamen, exponiendo: que a su juicio era de aprobarse la solicitud que pedía la derogación del artículo número 87 de la Ley para Dotación de Fondos Municipales, expedida en 28 de noviembre de 1867.

   Si bien, el anterior congreso rechazó la propuesta y heredó en la siguiente la posible solución, ésta en cambio, en el primer trimestre de ejercicio presentó el dictamen con respaldo de los diputados Abogado Tomás Reyes Retana y Ramón Rodríguez Rivera.

 Los elementos de que dispusieron ambos diputados se basaron en tres considerandos, a saber:

Primera.-Solamente en un sentimentalismo exagerado y exclusivo a unos cuantos, puede fundarse la prohibición de un espectáculo del que la mayoría afirma debe señalarse como una costumbre nacional, determinada por una afición peculiar en nuestra raza. Afición en que se marcan nuestros predecesores históricos y el carácter e índole de nuestro pueblo.

Segunda.-El ejemplo del Distrito Federal al abolir las corridas de toros en 1867, no fué secundado, por largo tiempo, en los Estados de la Federación ni aun siquiera en los más limítrofes; y es ridículo para esa Ley que existan plazas de toros a inmediaciones de la Capital, favorecidas y concurridas por los habitantes de ésta, cuyo Tesoro Municipal paga en una de ellas -la del Huisachal– el servicio de policía, haciéndolo con sus propios gendarmes.

Tercera.-Las corridas de toros, consideradas bajo el punto de vista utilitario, tienen dos ventajas: son una diversión preventiva a los delitos porque proporcionan al pueblo distracción y la apartan de los sitios en que se prostituye, y además son fuente de recursos para los municipios.

 Luego entonces, la Comisión Dictaminadora se concentró en un cuidadoso y preferente estudio que resolvió con la siguiente primer formulación:

Primera.-Deróguese el artículo 87 de la Ley para Dotación de Fondos Municipales expedida en 28 de noviembre de 1867.

Segundo.-Concédase licencia para dar corridas de toros pagando los empresarios por cada licencia la cantidad de cuatrocientos y ochocientos pesos.

Tercero.-Dedíquese el producto de estas licencias exclusivamente a cubrir parte de los gastos que originan las obras para hacer el desagüe del Valle de México.[1]

   Solo fue leído e impreso para un nuevo análisis el 4 de diciembre de 1886. Pero tres días después se discutió severamente y quienes tomaron la palabra para impugnarlo fueron los ciudadanos Emilio Pimentel y Gustavo Baz.

   El primero dijo:

que no consideraba cierto que las corridas de toros fueran una costumbre nacional, porque ni aun son primitivas de nuestros conquistadores y progenitores los españoles, sino que entre ellos las introdujeron los romanos. Además, que nuestra verdadera fisonomía nacional no debía serla de la raza Hispana, sino la de la Azteca.[2]

   Es un hecho que las corridas de toros han arraigado tanto en el pueblo y sus costumbres que se convierten así en una tradición cuyo recorrido parte desde el fin de la conquista de los españoles, hasta nuestros días. Sin embargo, los matices del nacionalismo y más aún, los del neoaztequismo hacen pronunciar a Pimentel un juicio vindicador que comienza a gestarse poderosamente cuando se decide por la conservación de lo prehispánico, con la idealización de ese mismo pasado

forma de crear una alternativa culta pero a la vez popular, como parte de la ruptura ya evidente entre campo y ciudad, industria y arte popular, obreros y campesinos.[3]

   Esto es que ya configuraban una razón de ser que para algunos significaba el alumbramiento de nuevos esplendores en el campo de la nacionalidad, discusión esta que no podía darse mejor que en la Cámara de Diputados.

   El segundo (Baz) dijo:

que no consideraba el asunto como digno de ocupar el tiempo de un parlamento civilizado, porque era ridículo, y protestaba que se afirme que la opinión pública pida el restablecimiento de una diversión sanguinaria y bárbara. Cree que si algunos hacen tal petición no serán ciertamente los padres de familia y las mujeres honradas, sino los solterones y las hembras que importa en sus vapores la compañía naviera “ANTONIO LOPEZ”.[4]

   Gustavo Baz antepone el progreso como auténtico valor que se soslayó en esa discusión, asomando para placer de la polémica los propios de un ambiente netamente popular el cual se manifestaba en forma que nada guardara proporción a los principios civilizados.

   Por eso Reyes Retana y Rodríguez Rivera más conscientes de aquello que sucedía a nivel del pueblo se lanzaron a la ofensiva y expusieron ideas como de que:

El legislador, para dictar las leyes, debe de tener en consideración las costumbres e índole de los pueblos que legisla, y está demostrado que las corridas de toros son una costumbre en el pueblo mexicano, porque

le son habituales y las prefiere a todas las otras diversiones. Además, están acordes con su índole belicosa e influyen en ella, conservándole la valentía necesaria para militar.

   Si las corridas de toros deben estar prohibidas por considerarlas diversión indigna de pueblos civilizados, igual reto tendrá que imponerse a otras, también sangrientas y que son admitidas y ninguno impugna.

   Es mejor que las corridas de toros sean fuente de recurso para aumentar los fondos de los municipios, y no que sean causa de que ellos menoscaben su tesoro, gastando en cuidar el orden público en una diversión que no les produce rendimiento, pero a la que tiene que vigilar por celebrarse en puntos próximos a su jurisdicción, la capital, y repercutir en esta los desórdenes que hubiera.[5]

   Claro, es de notarse la búsqueda por los beneficios en obras públicas proporcionada por espectáculos masivos como este. Pero también señalan el hecho de que la propia policía de la capital se tuviese que apostar en las cercanías con plazas del estado de México las muchas veces en que se celebraron corridas, implicando este asunto gastos excesivos que no producían ganancia alguna a las arcas públicas. Antes al contrario, gastos indebidos.

   Siguieron interviniendo otras personas a favor de Pimentel y Baz y se pusieron de su lado el Coronel Francisco Romero y D. Julio Espinosa. De ahí en fuera no hubo más opinión al respecto por lo que se procedió a la decisión por el planteamiento. De esa forma los resultados fueron de 81 votos a favor y 41 en contra para la derogación del art. 87, consiguiéndose así la recuperación de las corridas de toros en el Distrito Federal.

   Del segundo aspecto que propuso la Comisión Dictaminadora se le hizo una objeción, la cual aducía que “Se presta a predilecciones y arbitrariedades, porque a unos empresarios les cobrarán por licencia el mínimo de la cuota y a otros les exigirán el máximun. Por lo tanto, este artículo debe ser reformado”.

   Dentro de la comisión se encuentra el ya para nosotros conocido Alfredo Chavero quien al enterarse de lo propuesto en la objeción, propuso que el artículo fuera modificado bajo el siguiente planteamiento:

   “Los empresarios pagarán por la licencia para cada corrida, el quince por ciento de la entrada total que haya”.

   Todo ello acarreó nuevos debates y fueron los diputados Dr. Francisco García López y Guillermo Prieto quienes declararon furibundos su reacción en el estrado.

   El artículo tercero se aprobó sin mayores dificultades (118 votos a favor; 15 lo fueron en contra).

   Y para confirmar que todo quedaba lógicamente definido, todavía el diputado Baz pidió que el dictamen -ya para entonces decreto de ley- le fuera agregado la petición de que “En la reglamentación de la presente ley se observará lo prevenido en el Código Penal”.

   No fue discutida la petición y fue posible entonces que se canalizara el asunto; pero en la Cámara de Senadores, para que lo revisara y dictaminara, acatándose de ese modo los trámites Constitucionales.

Leyes prohibitivas que los enemigos de la Tauromaquia tienen siempre en los puntos de la pluma y por las que dedican ardiente alabanza a los gobernantes. Sin considerar que esos decretos nacieron, mejor que de la voluntad de sus autores de las críticas circunstancias en que los mismos se encontraban con la relación a sus gobernados.[6]

   Esta idea parte de considerar si las leyes elaboradas para liquidar un espectáculo como el taurino son bien vistas por los oponentes al mismo, y es cierto también que se da a notar el estado que guarda cada régimen que, en su esquema político, económico y social enfrenta circunstancias de esta índole.

   Tras los debates y discusiones se inició una época distinta para el toreo en México, donde conceptos y especificidades diversas permitieron orientarlo por rutas más seguras.

   Y bien, bajo esta revisión minuciosa, no me queda establecer más que lo ya muchas veces señalado: que el espectáculo gozó de continuidad provinciana mientras la capital se veía relegada y nada más que a la espera. Una espera que dicho sea de paso, no colmó la paciencia de los afectos a las corridas de toros. Estos acudieron a las cercanas de estados próximos a la capital, sin que los evolucionistas dejaran de seguir su campaña de repudio,[7] lo cual viene a mostrarnos que aquella conseja manejada por el pueblo, a propósito de “lo que el viento a Juárez” es un juego de palabras donde la fiesta, prohibida en el Distrito Federal y bajo el régimen del oaxaqueño, “le hizo lo que el viento a Juárez” en la provincia.

   La reanudación -en tanto- de las corridas de toros en el Distrito Federal ocurre el 20 de febrero de 1887 con el estreno de la plaza de San Rafael. El único espada fue Ponciano Díaz lidiando 6 toros de Parangueo.

????????????????????????????

CONTINUARÁ.


[1] Centro de Estudios de Historia de México (Condumex) [C.E.H.M.]

Desagüe, México=ciudad.

082.172.521

V.A.                        JOHNSTONE, F.W.

1886.=Proyecto para el desagüe de la ciudad y el valle de México propuesto por el Sr. F.W. Johnstone, y dictamen de la comisión nombrada por la Secretaría de Fomento.=México, Oficina Tip. de la Secretaría de Fomento, 58=(I) p. 13.2×20.7 c. Enc. rúst. (Miscelánea Ciudad de México No. 6, Folleto No. 7).

III=6=1973                  A.=No. 35352=c.

[2] Cuesta Baquero, ib., T. II., p. 7.

[3] Daniel Schávelzon. La polémica del arte nacional, p. 13.

[4] Cuesta Baquero, Ib.

[5] Ib., p. 7-8.

[6] Ib., p. 9.

[7] Luis González y González, y Guadalupe Monroy. Historia moderna de México. República Restaurada (Vida social), p. 618.

   Los grandes esfuerzos de los hombres pensadores y sencillos de la Unión, están ya nulificados con la plaza de toros de Tlalnepantla… parece que después de tanto trabajar, sólo se dictaminó que no hubiera toros en el patio de una casa, y por consiguiente, ha quedado en pie, con una burla terrible; pues burla es la que a las puertas de México exista la plaza de toros, y que los convites para ellos se fijen en las esquinas de la Capital y se repartan a los transeúntes de ella… Recordemos lo que el poeta Selgas dijo a los españoles: Tres bestias entran en la plaza de toros: una va a fuerzas, la llevan a lazo; la otra va por cobrar y la tercera paga por entrar… ¿Cuál de las tres es la mayor?

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XVIII). EL ESPECTÁCULO EN LA SEGUNDA MITAD DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Han quedado atrás los Ávila, Dionisio Ramírez Pajitas y otro conjunto de toreros con quienes se da el primer avance en lo relativo a la identidad, a la independencia, a la propia razón para expresar un toreo que no se desprende del arquetipo puramente español, pero que, todos ellos, en conjunto le van a dar sellos de originalidad pues el campo arroja posibilidades muy prácticas y vistosas. Y en la plaza se inventan otras tantas de las que son depositarios y permanentes continuadores y evolucionadores (porqué no decirlo, con su debido tiento) otros personajes a continuación reseñados.

   Destacan -para comenzar- Lino Zamora y Jesús Villegas El Catrín. Del primero, su vida se envuelve en leyendas y novelas; versos populares y tragedia. Lino el joven, cuya cuna es Querétaro, o es Guanajuato (ca. 1840-1884), o cualquier otro lugar de la región, comienza a escandalizar con sus modos atrevidos y arriesgados de hacer el toreo. ¡Como pocos! Su feudo sienta reales en Guanajuato y Zacatecas, dos lugares de rancio sabor barroco, dos lugares que insinúan por sus ornamentos las formas explosivas que Lino Zamora fue haciendo suyas.

   El Catrín viene a ser el segundo mexicano en torear ante la afición española. El primero de ellos es Ramón de Rosas Hernández El Indiano (fines del siglo XVIII) mulato, por cierto y nacido en Veracruz. Jesús Villegas lo hace durante los años de 1857 a 1859. Poco se sabe de él, si acaso por la competencia con Lino que ampliaremos en seguida, no sin referir cierto parecido aristocrático habido con Rafael Pérez de Guzmán, diestro de linaje y prosapia española.

   Jesús Villegas era muy querido de la afición guanajuatense cuando alternó con Lino para trabajar en su compañía. En dos corridas actuaron: la del 11 y del 18 de diciembre de 1863. En la primera, Zamora opacó a Villegas, robándole la simpatía del público. Y volvieron a verse las caras el 18, tarde en la que muerto el primero ya la gente se había cansado de aplaudir al favorito Lino Zamora, por lo que se despertó en Villegas la emulación.

cci06032013_0052

La Muleta. Revista de toros. Año I. México, noviembre 27 de 1887, N° 13. Cromolitografía de “Pepe García” que ilustra “La competencia de Lino Zamora y Jesús Villegas”. Col. del autor.

   Pisó la arena el segundo toro de la tarde, que pertenecía a la vacada del Copal y fue negro, de libras bien armado y codicioso.

   Villegas soltó el capote y recortó al toro con la montera dos veces. Lino Zamora a su vez soltó el percal y citó a la res para quebrar a cuerpo limpio, acudió el toro y el diestro fue enganchado y volteado, sufriendo una herida entre las dos vías que puso en peligro su vida, y además un varetazo en el vientre y un puntazo en el brazo derecho. El diestro se retiró a la enfermería por su propio pie y fue curado por el Dr. Rómulo López. El toro tomó con voluntad y poder 11 varas, dio cinco caídas y mató dos caballos; fue pareado por José M. Ramírez y lo mató Jesús Villegas de una estocada muy baja.

   En cuanto a Pedro Nolasco Acosta, modelo del torero feudal, sentó sus reales en San Luis Potosí. Infinidad de veces actuó en la Plaza del Montecillo bajo particulares características de hacer el toreo, pues da la impresión que en la provincia aparte del reposo y el sosegado andar, se estancó la tauromaquia mezcla de lo español y lo nacional -insistimos- sin operar algún cambio significativo. Además de su desempeño a pie, lograba lucirse desde el caballo. Blanco, rubio, de ojos azules y con unos mostachos impresionantes fue Nolasco figura destacada, el cual permitió el acceso a su feudo, entre otros a: Lino Zamora, Bernardo Gaviño, Juan Núñez (padre), Ponciano Díaz, Francisco Gómez El Chiclanero, Francisco Jiménez Rebujina, José Sánchez Laborda, Fernando Gutiérrez El Niño, Joaquín Artau. Como puede verse, las restricciones feudales de muchos toreros que se apoderaban del terreno e impedían el acceso a otros, fueron rotas permitiendo el flujo de otros tantos matadores así como de la estructura propiamente técnica de la lidia y su aderezo estético en sí.

   ¿Que dónde puede estar entonces la razón de esa autenticidad taurómaca, si todo era estancamiento?

   Todo precisamente, no. La inventiva se daba con creaciones permanentes en el ruedo cuyo sentido no se orientaba hacia un fin específico; y si fin específico era el beneficio del toreo tal se presentaría en un momento significativo que ya veremos al arribar a los años de 1885 y 1887 respectivamente.

   Por otro lado, legitimar desde nuestra perspectiva la mencionada “invención” no es destacar de un collar su bisutería. Estamos pronunciándonos por aquel “toreo” desarrollado en los albores de una etapa distinta. A raíz de 1867, año de la prohibición impuesta a las corridas de toros por motivos que en fondo tienen que ver con aspectos económicos, y por el amanecer de 1887 se manifiesta la esquematización del “antes y el después…”; una transición de épocas en cuyo terreno comienzan a pasar elementos que bien pronto desaparecerán dando espacio al toreo de a pie a la usanza española y en versión moderna. Dicha versión será novedad entre nuestros aficionados de fines del XIX. Por supuesto que esa afición poco podía participar en la censura o el elogio debido a su poca consciencia de lo que hacía el torero. Será en 1885 cuando arribe a México José Machío (de quien ya hablé páginas atrás), diestro español quien se encarga del movimiento preparatorio que culminarán Mazzantini, Ramón López, Cuatro-dedos y otros de 1887 en adelante. Y es que lo primero de que debían deshacerse es de una escuela española anacrónica cuyos valores se mezclaron con la autenticidad taurómaca mexicana, lograda desde los Ávila hasta Ponciano Díaz. Machío y sus compañeros basaron su quehacer en el reposo que da el tiempo ante la nueva evolución y sobre todo por elementos atrincherados en las nuevas publicaciones taurinas que aparecían con fuerza desde 1884. Caso de El arte de la lidia (cuyo director fue Julio Bonilla).

   Solo que el 8 de febrero de 1885 al torear Ponciano Díaz en El Huisachal se manifestó un sentido de desviación nacionalista en extremo: “la patriotería”. En dicha ocasión fueron de Santín los toros jugados pero como no se prestó demasiado a las condiciones poco faltó para que la corrida alcanzara el calificativo de la “gran corrida del siglo XIX”, según apreciaciones de El arte de la lidia. Y todo

porque se vio en ella el sentimiento patrio en todo su apogeo y los diestros del país no obstante su torpeza o su ninguna escuela de toreo, fueron a cada momento aplaudidos.

Y nos revela al respecto Cuesta Baquero:

He subrayado los conceptos de este párrafo para hacer notar que la patriotería y la ignorancia eran los terribles enemigos que tuvieron los toreros españoles que llegaron a México en aquellas épocas.

   Tal situación alcanzaba pues, no solo la condición de inventiva y de gusto popular por la autenticidad. También se agregaba al escenario un hondo comportamiento que ya no caía en nacionalismo sino en chauvinismo el cual, al parecer, fue bandera enfrentada a la expresión técnica y estética llegada recientemente de la península española. Aunque Ponciano siguiera matando de pinchazos en la paletilla y estocadas bajísimas, aún así, el Diario del Hogar proclamaba: “Podemos asegurar que ninguno de los toreros extranjeros que últimamente han toreado en esta capital está a la altura de Ponciano Díaz“.

   Bajo ese síntoma, el año 1887 se acercaba para demostrar que el caldo de cultivo de las nuevas expresiones estaba ya listo. Los libros y tratados de tauromaquia así como periódicos más formales del tema planteaban serias dudas entre aficionados de apertura que cuestionaban las cosas que pasaban. Justo a ello, las actuaciones de Luis Mazzantini en Puebla (marzo de 1887) fueron cruciales y definitivas para enriquecer el criterio fomentado entre esos aficionados de avanzada.

   Pero no adelantemos vísperas. Quizás consciente del estado de cosas, el atenqueño se hizo anunciar la tarde del 14 de junio de 1885 en El Huisachal así: “Ponciano Díaz y su cuadrilla hispano-mexicana. Toros de San Diego de los Padres“. Y en esa ocasión, la prensa anuncia que el de Atenco dio una estocada que “fue de la escuela española” ya que la colocó perfectamente “y el matador dejó el estoque en el cuerpo del toro”.

El hecho merece recordarse y hacer que pase a la posteridad, porque fue el primer ensayo que hizo Ponciano Díaz para estoquear “en lo alto como entonces se llamaban a las estocadas bien colocadas”. (Roque Solares Tacubac).

   ¿Pretendía Ponciano algo con esa posible condescendencia?

   Quizás instrumentar una forma en la que su expresión podía alinearse a aquellos nuevos fenómenos antes que rechazarlos. Sin embargo no llegó a satisfacer el empleo absoluto de la forma española y acabó por darle a su expresión personal un toque recíproco entre su propio y nacional quehacer, y la moda puesta en vigor. Quiero decir que coqueteó con el toreo español pero no acabó aceptándolo; por eso se convierte en el último reducto de la expresión nacional ya prácticamente liquidada justo el año de su muerte: 1899.

   Por otro lado ¿qué era y qué fue Bernardo Gaviño para el toreo mexicano? El propio Carlos Cuesta Baquero nos dice que:

   Su educación dependía de una anticuada escuela del toreo, que establecía mucho valor, pero poco arte y cero elementos de plasticismo.

   En manos de Bernardo Gaviño se encontraba el toreo primitivo, cuya raíz se diluyó al arribar a América, pues su separación con la modernidad de su época ya no tuvo continuidad en este lado del mundo. En todo caso quienes así lo sostuvieron fueron Juan León Leoncillo o Francisco Montes Paquiro, contemporáneos a su generación.

   No está lejos de lo que hicieron Juan Pastor El Barbero o Manuel Díaz el Lavi y Julián Casas el Salamanquino a quienes acompañó en los redondeles de Cuba y Lima. Pero el apogeo de Gaviño fue tal que las contratas se dieron permanentemente, por lo que su  nombre aparece registrado en infinidad de corridas, al menos en San Pablo y el Paseo Nuevo. Fue una figura en su momento. Pero también un “obstruccionista” -término empleado por Roque Solares Tacubac- que retardó la evolución del toreo aquí, en México. Inmediatamente de que llegaban paisanos suyos les bloqueaba el paso: “ponía en juego influencias e intriga para que no los contratasen y si no lograba su propósito mandaba a las plazas de toros, chusmas que llevaban la consigna de lapidar y decir insultos a los nuevos toreros”. (Cuesta Baquero).

  Los cincuenta años de actividad por parte de Gaviño representan por un lado, posibilidades de mejora en las técnicas taurinas. Pero por otro, una lamentable pérdida de valores ocasionados por descuidos y mezcolanza de sus normas, entonces en boga y que, al final de esa “dictadura” taurina el resultado es el de una reducción de los procesos técnicos y estéticos, en aquel toreo. Y consideramos esto a partir del “obstruccionismo” que retardó la evolución.

   Pero frente a las condiciones que dejaba Bernardo Gaviño y las que tenía puestas en práctica Ponciano Díaz, surge un renacimiento forjado por dos vertientes:

a)la llegada de toreros españoles desde 1885;

b)promoción clave. Pedro Nolasco Acosta, torero potosino, amigo de Carlos Cuesta Baquero, regala un valioso ejemplar de El Toreo. Doctrinal taurómaco del tratadista español José Sánchez de Neira.

   En los artículos de Roque Solares Tacubac se observa la inclinación hacia el tecnicismo. Comparte esas ideas con un grupo de hombres emprendedores que forman el Centro taurino Espada Pedro Romero. Entre otros dirigentes se encuentran: Pedro Pablo Rangel y Eduardo Noriega. En poco tiempo se vio, se sintió el resultado de las aspiraciones de aquella “falange de románticos” -que así se hacían llamar-, los cuales se propusieron cambiar la fiesta de su situación inestable -técnica y estéticamente hablando- a otra que comulgara con esos principios de modo auténtico.

   Ante aquel palpitar se inició una lucha larga, combativa. Los evolucionistas son aquellos falangistas ya conocidos; en tanto que los conservadores, son los incondicionales del toreo a la mexicana. Dicha expresión tenía muchos partidarios localizados, no sólo en la provincia sino en la propia capital del país.

   La transición que acaba por provocar el gusto por el toreo a la española, rompe cuando el país ingresa a la modernidad, al progreso y alcanza para entonces -en el porfiriato-, su estatura dominante en 1888. De ese modo, las grandes expresiones de la cultura mayor sientan reales en las ciudades importantes de aquel entonces. En todo ello la fórmula de “poca política, mucha administración”, funcionó a la perfección por mucho tiempo, pues había anhelos de paz y mejora económica en todo el país, por lo que se sabía cómo impulsar la economía nacional a partir del empeño de jóvenes profesionales que aspiraron colocarse en puestos de la burocracia oficial, en el parlamento, en la judicatura, en la enseñanza o el periodismo.

   Frente a esa reacción de cambio actuó también la tauromaquia que tuvo pilares bien importantes y dos de ellos: Ramón López y Saturnino Frutos Ojitos, ejercieron tal influencia que en gran medida se les debe un agradecimiento.

   Ramón López, entendió aquel síntoma que, convulsionado, empezaba a adquirir un ritmo de orden. Y ante aquella modernidad, ante aquel progreso, el toreo a la usanza española gana adeptos que van a desplazar relajados placeres del quehacer taurino mexicano, del que Ponciano Díaz era su máximo representante.

   He aquí pues, el sistemático empeño por depurar y aniquilar una progresiva enfermedad, dándole nuevo espíritu que es el idóneo en el tiempo y en la circunstancia del toreo nacional a fines del XIX.

   Ponciano Díaz combinaba los dos tipos de torear, el que le aprendió a Bernardo Gaviño y a otros toreros, modelos de inspiración que poseían normas anacrónicas, propias de un momento en el que la tauromaquia mexicana no está sujeta -del todo- a las reglas españolas establecidas. Y ese otro toreo, el campirano que hizo suyo aprendiéndolo con perfección no sólo en Atenco -su matria-, sino en cuanta ganadería pasaba alguna estancia.

   Existe una consideración que apunta el hecho de como el conquistador se transformó en colonizador, trayendo a las tierras conquistadas modos y costumbres, una de ellas la fiesta de los toros. Pero la aportación americana al toreo universal es cuantiosa…

   Es decir, se habla de una correspondencia, de un modo dialéctico en que se trae algo y nosotros lo transformamos o lo mantenemos bajo explicación americana, que es la manera de proyectar el toreo de América a Europa consiguiendo con ello la universalización total.

   Asimismo, el reconocido filósofo Leopoldo Zea, al explicar su posición-reflexión sobre la universalidad, plantea que

La historia iniciada el 12 de octubre de 1492, es una hazaña que da origen a una concepción de la historia como universalidad. Mundos hasta entonces distantes y desconocidos entre sí, se presentan en su unidad en la nueva conciencia de los mismos. Una universalización de la historia que es también la universalización de la conquista y el coloniaje.[1]

   Conjuntar estos apuntes es respaldar otro concepto de universalidad: la de Rodolfo Gaona.[2]

   Por otro lado, sabemos de la inauguración de la plaza de Tlalnepantla, hacia 1874. Pues bien, dos años después se dio la ocasión de un sucedido que pone en relevancia su historial. Veamos.

   La visita del pretendiente a la corona, el Borbón Carlos VII a México en 1876, causó un cúmulo de dudas;[3] cuyos intentos, al parecer eran reivindicar la visión y posesión que España iba perdiendo en los pocos dominios que hasta entonces controlaba o dominaba. Bien, explicado el porqué de su visita, el 11 de enero de 1876 don Carlos acude a Tlalnepantla a una corrida de toros. Llegó “muy príncipe, pero llegó a su palco como cualquier plebeyo, entre pisotones y empujones” dice Clementina Díaz y de Ovando. Aquella tarde se lucieron tanto un picador y un banderillero, que los premió espléndidamente el monarca. En la reseña que aparece en La Revista Universal del 13 de junio se describe al detalle la hazaña.[4] Aunque la verdad, no podían dejar de vertirse opiniones que casaran con el síntoma del progreso. Y es el mismo gacetillero quien nos la proporciona, en función de las señoras asistentes, damas de la sociedad de quienes no se explica si todo lo desarrollado valiera a lo que

están acostumbradas, y aunque como corre sangre de una manera demasiado poco agradable para que puedan tener placer en ello las mujeres.[5]

   No dejaban de darse festejos en lugares tan próximos a la capital, por lo que no se puede hablar de un alejamiento de la fiesta, apenas a unos pocos kilómetros de la ciudad y de manera tan continuada.

   Pero ya para 1881 una nueva plaza de toros, más próxima al Distrito Federal que las de Tlalnepantla, Texcoco, Toluca, Puebla, Amecameca o Cuautitlán por ejemplo, ofrecería diversión a capitalinos que, con sólo desplazarse en trenes de mulitas, curiosos carruajes de color verde, mejor conocidos como los pericos taurinos, podían llegar a la del Huisachal, estrenada el domingo 1º de mayo actuando la cuadrilla de Ponciano Díaz en la lidia de toros de Atenco, San Diego de los Padres y Santín. El único periódico en ocuparse de aquella ocasión fue el Monitor Republicano cuyo número del 8 de mayo siguiente y en su sección “Charlas de los domingos” don Enrique Chávarri Juvenal, antitaurino, escribió:

El nuevo templo para la barbarie es amplio, tiene capacidad para ocho mil espectadores. México se despobló para ir a “El Huisachal”. Tiempo es que la cámara de diputados dé una ley prohibitiva de las corridas de toros en todo el Estado de México, para que no sea de burla la vigente en el Distrito Federal, como la hace la plaza de toros “El Huisachal” construida en los límites de este Distrito y el Estado de México, tan aproximada que puede decirse que los concurrentes a los toros tienen un pie en el terreno donde está prohibido el espectáculo y el otro pie donde no está prohibido. Los toros de Atenco salieron bravos y mataron caballos como montar hormigas. Ponciano estuvo muy bien al estoquear; algunos de sus acompañantes fueron lastimados; los espectadores, delirantes por el olor de la sangre y en plenitud de salvajismo invocaron a los manes de Cúchares y Pepe-Hillo.[6]

   A juicio del Dr. Cuesta Baquero, Juvenal y otros (Duque Job, Manuel Payno) son chimborazos -término este con el que bautiza José Velarde a ciertos intelectuales-. “Hombres sesudos (…) porque lo mismo encabezan una procesión que una orgía, que habitualmente vociferan y ridiculizan de las corridas de toros, pero recurren a ellas para darse importancia y humos de filántropos, haciendo caridad con el dinero que producen…”

   Después de la inauguración comenzó una campaña para hacer eco de la prohibición, pero que poco prosperó debido al debate originado en la sesión del congreso.[7] Cuanto formuló Payno seguía siendo la idea tangible de muchos hombres de su tiempo. El carácter ascendente del régimen porfirista mostraba pluralidad en lo referente a la visión liberal y de progreso, de ahí el rechazo que seguían mostrando infinidad de convencidos por la avanzada. Y siendo Juvenal uno de ellos, al referirse en su crónica sobre los tranvías arrastrados por mulitas, lo hacía de esta forma:

Las cintas de hierro que son símbolo de civilización y progreso, han contribuido al auge de una diversión reveladora de enorme atraso. Los toros siguen en boga.[8]

   Años después, la plaza de El Huisachal era destruida en medio de terrible bronca. A este tipo de excesos se refiere Jorge Portilla.[9] Ocurrió el incidente el 20 de diciembre de 1885, por lo que los propietarios de la de Tlalnepantla ofrecían la continuidad del espectáculo. Por lo tanto, este no faltó como entretenimiento a los “aficionados” de la capital, quienes muy pronto gozarán de la fiesta, como decirlo, en su propia casa.

CONTINUARÁ.


[1] Leopoldo Zea: “América: Una experiencia de reflexión para el futuro” (entrevista de Luz García Martínez). EL BUHO, sección cultural de EXCELSIOR. Nº 355 del domingo 28 de junio de 1992, p. 6.

[2] Si bien, Rodolfo Gaona ya no cae dentro del contexto de esta “inventiva” que he venido explicando, se convierte en una consecuencia por la búsqueda de esa invención y de esa autenticidad netamente mexicanas que él se aboca a hacer universal. Es decir, da un paso más allá del regocijo explosivo de aquel toreo respaldado en la enseñanza de la más rancia tradición, bajo la égida de Saturnino Frutos “Ojitos”.

   “Ojitos” a fines de la octava década del XIX, es banderillero de Frascuelo. En el viaje que Ponciano Díaz hace a España en 1889, este lo incorpora a su cuadrilla y regresan juntos a México. Saturnino vivirá muy de cerca la expresión de nuestro toreo, del que se han mostrado algunos ejemplos. Las conoce pues en su última etapa. A principios de siglo y por recomendación de Ramón López se enfila a León en búsqueda de Rodolfo, a quien se consagrará en cuerpo y alma (más que con todos los demás de la cuadrilla juvenil mexicana).

   Por supuesto, Gaona se merece no estos apuntes. Su quehacer en sí mismo es ya motivo de visiones y amplitudes muy significativas.

   Volviendo al tema, llegamos también a un punto culminante soportado por José Alameda, el cual para explicar a Gaona, acude con Ponciano Díaz quien en España no pasó de ser una curiosidad mexicana; de Vicente Segura, gran estoqueador y “aficionado con agallas”.

El caso de Gaona -sigue apuntando Fernández Valdemoro- es radicalmente distinto. Gaona se sostiene y con él cambia la proposición de las cosas. Hasta entonces todas las primeras figuras habían sido españolas. Gaona es el primero que, sin haber nacido en España, ocupa con total desahogo un puesto de primera línea en el toreo. Es decir, tuvo que llegar el de León a esa estatura para desplazar medianías, o es que acaso fue capaz de romper con el viejo y molesto esquema del menosprecio que ciertos europeos ilustrados tenían para con los americanos. Rodolfo, con su formación, asimilada de su maestro -el cual a su vez, concentró la experiencia de Paquiro y Cúchares en Lagartijo y Frascuelo– asume una capacidad y una responsabilidad de proyectarse hacia España, crisol taurino que hasta entonces “feudalizaba” o monopolizaba el concepto taurómaco.

No digamos pues, que Gaona “universalizó” el toreo mexicano: “Universalizó” el toreo… español (José Alameda).

   Pretendiendo lograr una visión histórica correcta diré finalmente, que la “visión de los vencidos” en cuanto relación indígena de la conquista, no procede. Sí en cambio puedo especificar el interesante asunto de que un “Indio” -sin afán peyorativo- fue capaz de producir una contraconquista.

   En todo esto quiero recalcar una reversión de hechos, re-versión en la medida en que Rodolfo Gaona fue capaz de devolver un hecho netamente español, asimilado por él como resultado de un mestizaje de culturas encontradas y lanzado por ese “Indio grande”, no indio, con minúsculas. Hablo, y para concluir la presente visión, del “Indio Grande”, con mayúsculas, el cual liquidó la vieja idea cimentada en José Daza, quien un buen día dijo que “El toreo, (es) privativo de los españoles…” Por eso, el toreo con Gaona, asoma a lo universal, sin especificidad de naciones y por eso, también por eso, depende su grandeza hasta hoy día inigualada.

[3] Clementina Díaz y de Ovando. Carlos III. El primer Borbón en México. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978. 138 p. ils. (Coordinación de Humanidades).

[4] Op. cit., p. 64. La hazaña del picador merece contarse: embistió el toro, y resistió el de a caballo bravamente; ni él se cansaba de arremeter; ni el hombre de resistir; al fin, desmontándose hábilmente sin separar la pica de la testuz, el picador se deslizó del caballo, se precipitó entre las astas del toro, soltó la púa, se aferró con los brazos y las piernas de la cabeza del animal, y así lucharon hasta que cayó el toro vencido, el picador lo mantuvo todavía algunos minutos completamente dominado y sujeto contra el suelo por un asta. El de la hazaña fue objeto de grandes ovaciones: ¡si al menos el mérito de la lucha hubiera salvado al mísero animal!

[5] Ibidem.

[6] Pedro Pérez: “La plaza de toros El Huisachal”. La Fiesta. Semanario gráfico taurino, No. 81 del 10 de abril de 1946.

[7] Op. Cit.

[8] Ibidem.

[9] Jorge Portilla. La fenomenología del relajo y otros ensayos, p. 50. Las ocasionales destrucciones de plazas de toros o de parques deportivos, de que a veces han dado cuenta nuestros diarios, atestiguan de esta posibilidad de pasar de las “palmas de tango” al regocijado incendio de galerías y patios de butacas. Las autoridades municipales de la ciudad de México, se han visto obligadas en ocasiones a prohibir espectáculos o reuniones, en sí mismos inocuos, pero que a menudo culminan en actos de destrucción; estos actos no se comprenden aplicándoles calificativos que constituyen solo una condenación moral (probablemente justificada) pero que no hacen inteligible el hecho mismo, ni mucho menos los medios de evitarlo.

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XVII). EL ESPECTÁCULO EN LA SEGUNDA MITAD DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Vuelvo al que es –por ahora-, mi único asidero. Me refiero de nuevo a la tesis que propuse ante la Universidad Nacional para obtener, como así ocurrió durante 1996, el grado de Maestro en Historia.[1] Por tanto, para dar continuidad a los hechos ocurridos inmediatamente después de aplicarse la prohibición, me remito a lo planteado en el

CAPITULO IV: LOS DIVERSOS COMPORTAMIENTOS QUE SE DIERON DURANTE LA AUSENCIA DE CORRIDAS DE TOROS EN LA CAPITAL DEL PAÍS, EN EL PERIODO DE 1867 A 1886.

La relación del mexicano con los demás hispanoamericanos no parece totalmente emancipada aún de la relación de los hispano americanos todos con el español: a pesar de las diferencias existentes en este punto entre hispanizantes e indigenistas, en conjunto los hispanoamericanos se consideran, y crecientemente, diferenciados del español; desde luego, mucho más, indudablemente que entre sí; y no simplemente por americanos, sino incluso como hispanoamericanos.

José Gaos. En torno a la filosofía mexicana, p. 75.

   Escasa es la literatura del género que puede darnos idea sobre el acontecer taurino en México de 1868 a 1886. Pocos libros apenas si recogen cualquier información vertida en las publicaciones periódicas de la época y sólo uno de ellos, el del Dr. Carlos Cuesta Baquero, hoy de muy difícil acceso (véase bibliografía), nos narra con lujo de detalle la fiesta que entonces se desarrollaba. No es fácil ajustarme a una interpretación, pero sentir que se cuenta con un sustento, me permite hacerle frente a la empresa.

   Inmediatamente después de puesta en vigor la “Ley de Dotación de Fondos Municipales” de la que se ha hecho referencia, un grupo de aficionados intentó con una labor de convencimiento  no prescindir de su diversión predilecta. Sus esfuerzos fueron inútiles, pues no consiguieron respuesta alguna, aunque si bien el decreto ya imperaba para el Distrito Federal -como fue su objetivo- lograron por otro lado, se derogara lo que ya el Estado de México, en auténtica condescendencia aplicaba en sus dominios. La lucha continuó, incluso por varios años, pero no hubo más remedio que  demoler la plaza de toros del Paseo Nuevo, labor iniciada el 14 de julio de 1873 y concluida el 15 de octubre del mismo año.

El ayuntamiento de Toluca por imitación y por complacencia para con el inmortal Juárez prohijó al 87 (artículo de la Ley de Dotación de Fondos Municipales), pero después cediendo á las instancias de los aficionados lo derogó y dio permiso para la construcción de la plaza de toros de Tlalnepantla y Cuautitlán, dando por razón de la condescendencia el que era necesario proteger á la Empresa ferroviaria que construía el ferrocarril del Distrito Federal á los citados pueblos de el Estado de México.[2]

   Debido a todo lo anterior, el estreno de la plaza de toros en Tlalnepantla ocurrió el 26 de abril de 1874, a un año de la inauguración del ferrocarril (5 de mayo de 1873). Toluca por entonces tiene a su cargo los poderes del estado, de ahí que Tlalnepantla, Cuautitlán y otros catorce distritos estuviesen bajo su administración y jurisdicción.

005_th_bgyr

AN OLD TIME BULLFIGHT AT Tlanapantla (sic), Mexico.-From a sketch by H. A. Ogden. The sham bullfight in the new amphitheatre, New York city, on july 31 st. 1880.

Los datos para elaborar el pie de foto, fueron recogidos del portal de internet http://www.bibliotoro.com/index.php

   Quiere decir esto que los aficionados capitalinos volverían a la plaza 6 años después de aplicada la prohibición y en otra entidad que no es el Distrito Federal. En cuanto a la de Cuautitlán, por los mismos años debió levantarse hasta quedar desplazadas ambas, luego de que la de El Huisachal -más cerca de la capital del país-, abría sus puertas el 1 de mayo de 1881.

   El 20 de diciembre de 1885, es destruida esta plaza, provocado el asunto por una crecida bronca. Fue entonces cuando se pensó en explotar Tlalnepantla y Cuautitlán de nueva cuenta. Por eso, a partir del 14 de febrero de 1886, y en Tlalnepantla las corridas de toros seguirán celebrándose con sobrada exaltación, misma que esa tarde ocasionó tumultos y hasta homicidios de dos personas cuyo intento desbocado por entrar a una plaza abarrotada movió a la gendarmería a cortar cartucho de modo inmoderado, “matando á los dos irreflexivos que con la vida pagaron su impetuosidad”.

   “Juvenal” no dejó escapar la ocasión y apuntó en El Monitor Republicano

aquella frase “que se entiende por toros”, (es un) estribillo con que daba á comprender Chávarri (Juvenal), que las corridas de toros eran la diversión por excelencia escandalosa, sanguinaria y apropiada para traer entre los pies el principio de autoridad.[3]

   Es de hacerse notar un interesante debate que muestra tendencias apoyadas por fundamentos como el de la modernidad vs. tradición; o el de la civilización vs. barbarie luego de que se hacen más notorias las líneas de trazo asumidas tras el separatismo de las dos Españas; y que durante el porfiriato alcanzan estaturas diversas.

   En ese sentido la iglesia continuaba perdiendo fuerza y terreno y ya lo dice José C. Valadés:

Postrada está (…), en el último tercio del siglo XIX, la cultura religiosa en México, no tanto a causa de las confiscaciones de los bienes de la iglesia, cuanto al afán de los dignatarios católicos de gastar los días y los años en acercarse no a su grey sino al gobierno civil.[4]

   Con esto notamos que el ambiente para el espectáculo taurino como tradición durante el tiempo de la prohibición impuesta en el Distrito Federal se vea fortalecido en provincia primero, eliminando la disposición que ciertos gobernadores impusieron en sus estados; segundo, llegando al extremos de la provocación cuando en el estado de México se inauguraron varias plazas y sin empacho de ninguna especie para con la severa aplicación vigente en la capital del país.

   Ello permitió que la modernidad y la tradición se enfrentaran dando a su vez resultado igualmente la confrontación civilización-barbarie luego de que entre otras cosas la iglesia afrontaba una época crítica provocada por la violenta ruptura de relaciones civiles y religiosas. Ello altera severamente el panorama de una iglesia que se ve restringida a participar pues el calendario de actividades rigurosamente católica se ve afectado por el complemento de las funciones profanas, como las corridas de toros.

   En 1888 el papa León XIII preocupado por la ruptura de relaciones entre México y el Vaticano, pronuncia palabras dirigidas a un grupo de mexicanos que visitaron Roma en aquel año. Les dice:

“¡Pugliese al Cielo que México, a ejemplo de otras naciones, se acercáse a Nos y a esta Silla Apostólica con relaciones y vínculos aun más estrechos y cordiales! ¡Con cuánta mayor diligencia procuraríamos entonces su bienestar! ¡Con cuánto empeño nos ocuparíamos en hacer volver al pueblo Mexicano a su antiguo fervor y en despertar en él aquella fecunda actividad de vida religiosa que al mismo tiempo que acarrearía en sumo grado el bien de las familias, influiría igualmente en la verdadera prosperidad del Estado”.[5]

   Un ambiente como ese, de inmediato produjo la baja sensible de participación que la iglesia tuvo y que fue perdiendo desde que se impuso la “ley de desamortización de los bienes eclesiásticos” y luego las “leyes de Reforma”. De esa manera los toros ganaron adeptos e incluso se convirtieron en casi la única tradición popular al ir a la baja las fiestas religiosas. Estaba implícita una necesidad por divertirse antes que convertir el ambiente en caldo de cultivo para movilizaciones sociales de gran repercusión.

   Tras resolverse en la ciudad de México el problema de corridas suspendidas en 1887, tres años después vuelve a suceder un caso similar, solo que con matices de lo violento, tras estallar una bronca en la plaza Colón al intentarse lidiar unos pésimos toros de Cieneguillas que encresparon a la afición, esta optó por destruir la plaza. Ello ocurrió el 2 de noviembre y como entre los hechos fue agredido un gendarme, el gobernador del Distrito Federal, José Cevallos de inmediato prohibió las fiestas que tuvieron nuevo retorno el 20 de mayo de 1894.

   Otros fueron los intentos de prohibición ocasionados por remedos de toros, como los de Nopalapan cuando el 1º de diciembre de 1889 en la plaza Paseo y en ocasión del beneficio de Manuel Hermosilla, el desorden irrumpió desquiciando al público asistente, indignado de tal espectáculo y poniendo las cosas al rojo vivo.

   Recién llegado a México el torero sevillano José Machío competidor de Lagartijo y de Frascuelo se presenta en el Huisachal. Un año después hará lo mismo en Tlalnepantla. Los toros, que fueron de Atenco apenas cumplieron y el diestro estoqueó bien a su primero, solo estuvo mediano con los otros llegando a dejar vivo al cuarto porque se defendió humillando y alargando el cuello al entrar á la suerte”.

   Dejó aquí una primera evidencia de la presencia española en México, en la ya plena decrepitud de Bernardo Gaviño.

   Esto es apenas un vistazo a la actividad taurómaca en las cercanías de la capital del país, durante el receso obligado de casi 20 años. Pero, inquieta saber qué pasaba en el resto del país, cuáles maneras de torear se practicaban y por quién; así como la forma de entender la aceptación o rechazo que tuvo todo aquel contexto de la fiesta y como fue sublevándose cada vez más, hasta considerarse una auténtica muestra del nacionalismo taurino.

   Entonces, diestros como Lino Zamora, Ignacio Gadea, Pedro Nolasco Acosta, José de la Luz Gavidia, José María Hernández El Toluqueño, Jesús Villegas El Catrín, y muchos más, desarrollan un toreo provinciano, que parece gozar de una evocación propia de las descripciones románticas.

   Para contar con precisión en las apreciaciones de aquel toreo, el juicio del Dr. Cuesta Baquero es importante, pues es quien vive de cerca esa época. Nace en 1864, en 1885 -cuando publica sus primeras visiones taurómacas-, el espectáculo proyecta aquella intensidad solo afectada a raíz de los cambios de 1887 en adelante.

   El mismo se encarga de advertirnos que

La anterior generación, nuestros padres, no iban á las corridas para examinar de estética y geometría, sino tan solo para admirar y entusiasmarse con lo que juzgaban valentía y destreza.

   Tan generalizada, y con tal convicción, estaba la idea de que para saber de toros era necesario ser caballista que por no serlo los toreros españoles se les dirigieron cuchufletas, y por no saber charrear, como lo sabían la mayoría de los matadores aborígenes, se creyó que eran incapaces de torear y que a los primeros intentos serían víctimas de las reses.[6]

   Y es que francamente el espectáculo refugiado en provincia era algo, que a  nuestros  ojos  resulta  de  lo más extraño, pero que en la época así se manifestaba, ya que dentro de su desarrollo se intercalaban en la corrida misma, después del segundo y tercer toro, por ejemplo, un jaripeo con yeguas salvajes. Entre aquellos que dominaban tal suerte se encontraba Manuel González Aragón, diestrísimo enlazador, así como los imprescindibles Nolasco Acosta, Ignacio Gadea y Ponciano Díaz.

   Ahora bien, si en España el toreo se sucedía como espectáculo sin trabas de ninguna especie, en él todavía se manifestaban factores que pueden tener parecidos con el tipo de fiestas desarrolladas en México. Si las corridas mixtas se realizaban en España, en nuestro país había mojigangas y castillos de cohetes; así como otra cantidad de ingredientes diversos. Bajo ese entorno no se podía dar un síntoma de opinión que originara estudios o crítica hacia algo que sí encontrará distinta condición de 1887 en adelante.

   En su gran mayoría quienes participaban eran lidiadores de campo, vaqueros de gran agilidad corporal y temeridad pero sin una escuela o un estudio que avalara sus quehaceres cotidianos. De lo que sí era un hecho, es la forma en que aquellos toreros asimilaron mucho de lo expresado por Gaviño, imitaron lo que le veían hacer

y los otros lidiadores mexicanos que después han estado en los ruedos (hasta 1884), fueron en gran mayoría, porque solo Jesús Villegas hizo la excepción; discípulo del torero de Puerto Real.[7]

   La fuente que ahora me apoya, explica otros fundamentos como son los de la creación de una escuela mexicana del toreo -en cuanto si la hubo o no-. Para dicha “institución” no cabe a Gaviño el papel de fundador, sino que se atribuye a los toreros mexicanos de antes y después de Bernardo, o contemporáneos a él.

Porque Gaviño al ser maestro no podía enseñar sino lo que había aprendido, el toreo español; que no perdía la nacionalidad porque fuera practicado por mexicanos.[8]

   Y en su momento se indicó que los públicos asistentes al espectáculo no gozaban de educación taurina, por lo que una apreciación vertida por ellos, o era falta de elogio, de censura o de rigor. Pero se resalta que de 1885 en adelante, básicamente en la plaza El Huisachal y entre los concurrentes al departamento de sombra había un grupo de aficionados que evolucionaban, que ya tenían nociones de lo que era el toreo moderno. Sin embargo la reacción singular a todo esto surgirá en 1887.

   Debió manifestarse por entonces un propósito de desvinculación, que pondría fin al largo ciclo de la influencia de Gaviño, y

Para destronar a la sexagenaria escuela en que se había formado la afición, para destruir los ideales y preocupaciones que había creado, la nueva tenía necesidad absoluta de dos factores: el tiempo, porque la evolución no es repentina, y apóstoles teóricos y prácticos, para que los primeros por medio de la Prensa, en las reseñas predicaran y difundieran la doctrina y los segundos practicándola en los ruedos demostrarán que no era ensueño, que no era quimera.[9]

Todo lo anterior es el panorama de lo que era en sí la cuestión técnica de la fiesta y cómo la valoraban actores y públicos. Ahora bien, por el lado de la visión misma del espectáculo como tal, propondré en seguida un apunte mayor sobre lo que, a mi juicio son los “inventores de la autenticidad taurómaca mexicana”

CONTINUARÁ.


[1] José Francisco Coello Ugalde: “CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. División de Estudios de Posgrado, Colegio de Historia, 1996. Tesis que, para obtener el grado de Maestro en Historia, presenta (…).  228 p. Ils., retrs.

[2] Carlos Cuesta Baquero (Seud.) Roque Solares Tacubac. Historia de la tauromaquia en el Distrito Federal 1885-1905, T. I., p. 403.

[3] Op. cit., p. 391.

[4] José C. Valadés. El porfirismo, T. I., p. 147.

[5] Op. cit., p. 157.

[6] Cuesta Baquero, ibidem., T. II., p. 13-15.

[7] Ibidem., p. 33.

[8] Ibidem., p. 55.

[9] Ibidem., p. 120.

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

A VECES, LOS RECUERDOS QUE EVOCAMOS SON ANTIGÜEDADES.

EL ARTE… ¡POR EL ARTE! 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Puede resultar contundente y hasta sentencioso el postulado con que se abre de capa esta afirmación. Ya sabemos lo que puede ocurrir en el radio de acción del puritanismo taurino, las más de las veces sometido al rigor de la pasión, esa forma que Eugenio Trías refiere, desmenuzada, y a modo de hipótesis en una séxtuple afirmación, que va así:

1)Pasión es algo que el alma padece o sufre; algo que le pasa al alma.

2)Pasión es algo que posee el alma (entendiendo posesión en el sentido de “posesión demoníaca”; la pasión nos aparece, en esta segunda determinación, como algo demoníaco que toma posesión del sujeto).

3)Pasión es algo que insiste en pura repetición de sí misma por sobre las resistencias y obstáculos que ella misma se interpone. Esa dialéctica de insistencia y resistencia funda lo que aquí llamamos sujeto pasional.

4)Pasión es hábito, habitus, en el literal sentido del término(costumbre, vestido, vestimenta, máscara o disfraz): es la memoria que el sujeto tiene de sí mismo. La pasión hace al sujeto del mismo modo como el hábito hace al monje.

5)Pasión es aquel exceso nuclear que compromete al sujeto con las fuentes de su ser, enajenándolo y fundándolo a la vez. Es pues, la esenciadle sujeto (alteridad inconsciente que funda la identidad y mismidad del propio sujeto, raíz de su fuerza y de su poder propio intransferible).

6)Pasión es aquello que puede llevar al sujeto a su perdición, condición de posibilidad de su rescate y redención; es lo que crea y recrea la subjetividad a través de su propia inmolación y sacrificio. Tiene, pues, su lugar de prueba en la muerte, en la locura, en el crimen, en la transgresión.[1]

   Claro, es esta una apreciación sobre el vínculo de suyo entrañable y amoroso surgido entre dos seres plenamente convencidos para entregarse al amor-pasión, como último reducto de sus aspiraciones. Pero la pasión por lo intangible, por el objeto-recuerdo deseado, se torna utópica, como ha ocurrido recientemente con el caso de Rodolfo Rodríguez “El Pana”, por ejemplo.

rodolfo-rodriguez_el-pana_foto-de-labra_8

Rodolfo Rodríguez “El Pana”. Fotografía: Juan Antonio de Labra.

   Recuerdo y antigüedad no son propiamente sinónimos, puesto que tienen raíces distintas, pero tienen un enorme parecido sobre todo para el aficionado taurino que convierte todas esas vivencias reales –siempre y cuando hayan sido constatadas-, en ilusiones cuya construcción a veces llega a ser artificial e incluso virtual. Lo peor sucede cuando evoca el recuerdo en función de la magnitud de la o las hazañas. Si para ello hubo alguna lectura de sustento a esa defensa o discusión, caben todas las posibilidades de credibilidad. El testimonio oral es otro elemento de soporte y de matices fundados en la confianza. Pero cuando un aficionado sublima o despotrica sobre tal o cual acontecimiento con tal demostración de capacidad que sorprende –aunque sin fundamento alguno-, estamos frente a una severa especulación que puede dispersarse como peligrosa epidemia. Esos supuestos aficionados dañan la vista del escenario, alterando los postulados y criterios que sobre el toreo existen, porque se dignan hablar, pero sobre todo dogmatizar con tal postura de autoridad que, vuelvo a repetir, sorprenden. Si el objeto no es dejarse “sorprender” por tales emisarios del pasado, estamos curados de cualquier contaminación ideológica. Lamentablemente fluye tan rápido su discurso que el concepto de origen en cuanto tal, queda deformado, o lo que es peor, polarizado por una serie de argumentos que apuntan a varias direcciones, dispersándose tanto, al grado de alejarse de la razón original; es decir de la verdad absoluta, pura y llana, la que se torna relativa y hasta incongruente.

   De ese tipo de aficionados o de pasiones está plagado el “planeta de los toros”, por lo cual surgen diversas tendencias, religiones y credos que además de someter al hecho mismo al debate, lo alteran, llevándolo a extremos maniqueos no previstos e indeseables.

dsc04314

Así llegó “El Pana”, en pleno olor de santidad, rodeado de entusiastas aficionados que deseaban admirarlo aquella tarde en que alternó –mano a mano-, con “Morante de la Puebla”. Fotografía del autor.

   Ante tal enfermedad no hay cura precisa, apenas algunos remedios que se diluyen en cuanto se apodera de todo esto la pasión, ese extraño comportamiento dominado por instintos soterrados, pero no por la razón siempre por la superficie, como el viento, intangible, pero capaz de ser asida con inteligencia. Lamentablemente este es un asunto que se discute con demasiada frecuencia, sobre todo con una iconografía emblemática con los casos evidentes, convencionales y trillados de Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa “Armillita”, Lorenzo Garza, Luis Castro, Silverio Pérez, Carlos Arruza o “Manolo” Martínez. Lo que cabe aquí, es una preciosa y contundente apreciación que nos proporciona Edmundo O´Gorman en los siguientes términos:

En algún escrito de Chesterton leí que la mentira más mentira es la que más se parece a la verdad, por eso no es casual que el tema fundamental de la estatuaria griega sea el mitológico, a pesar de que las figuras, como formas, nada tienen de míticas: son hombres y mujeres de una naturalidad absoluta, para quienes lo monstruoso (mito hecho forma) hasta en los casos de los monstruos mismos, es sólo un mito. En todo caso el arte griego y las formas de arte de su directa inspiración, forman un fenómeno excepcional dentro del mundo artístico como arte artificioso, porque reconocen como ley fundamental interna el horror a la deformación, a lo monstruoso.

   Acaso el gran misterio del arte pueda encontrarse en lo mítico; acaso lo mítico no sea algo así como una etapa que el hombre ha dejado perdida en lontananza en su acelerada marcha por la Historia, sino más bien es una caudalosa corriente subterránea inherente a su ser y que como tal nunca lo ha abandonado. El arte, con su necesidad deformativa, sería la más clara manifestación de la vigencia y pujanza de nuestra ciencia mítica.[2]

   Nunca mejor apreciación podía caber aquí para explicar este asunto, que concierne directamente a la actitud extrema de los aficionados dogmáticos, pero sin fe precisa. De los aficionados “enciclopedistas”, pero sin una formación en la basta literatura que al respecto existe para consolidar el marco histórico imprescindible en estos asuntos de precisión que requiere un punto de inteligencia y de centrada opinión para emitir los juicios precisos que definen a tal o cual torero; a tal o cual faena… a tal o cual época, que para eso nuestro momento presente requiere de opiniones puntuales, y no las ráfagas de una desquiciada tempestad de truenos y rayos que solo viene a descomponer un apacible sitio de la razón.


[1] Eugenio Trías: Tratado de la pasión. México, Editorial Grijalbo, S.A. de C.V., 1991. 190 pp. (Losa Noventa, 56)., p. 126-127.

[2] Edmundo O´Gorman: El arte o de la monstruosidad. México, Planeta-Conaculta y Editorial Joaquín Mortíz, S.A. de C:V:, 2002. 88 pp. (Círculo de autores mexicanos), p. 88.

Deja un comentario

Archivado bajo EL ARTE… ¡POR EL ARTE!

RODOLFO GAONA BANDERILLANDO SOBERBIAMENTE EN BARCELONA…. Y EN MÉXICO.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

img135

   Mientras me daba a la tarea de elaborar las notas para esta colaboración, buscando para ello los materiales más apropiados, apareció ante mí la presente imagen, un verdadero prodigio que posee a su vez diversas interpretaciones.

   Se trata de una interesante “instantánea” recogida en alguna de las actuaciones que Rodolfo Gaona tuvo durante su temporada española de 1917, año en que las corridas de toros estuvieron prohibidas en algunas partes de nuestro país (recordando que tal decreto fue impulsado por el Gral. Venustiano Carranza entre 1916 y 1920).

   Ocupando en su lugar original apenas un mínimo espacio, y ya con el apoyo de las nuevas tecnologías se ha logrado magnificar la imagen, al punto de que podemos apreciar la forma en que se “rompió el grano”, o se “pixeló” para entenderlo con palabras de nuestros días.

   Allí vemos al “indio grande” citando para poner banderillas muy en el estilo que impuso Gaona. Se distingue la soberbia, lo bien plantado de su consumada y primera experiencia que dejó muy buenos frutos en aquella temporada, donde alternó diversas ocasiones con Juan Belmonte y José Gómez Ortega, entre otros.

   El también considerado “Petronio de los ruedos” va paso a paso, para dar cara ante un buen mozo, ese berrendo que ya tiene en los lomos, según puede apreciarse dos pares, y en este tercero se anticipan las cosas, según lo indica el pie de foto con un par de “adentro para afuera”. Rodolfo seguramente, tuvo tiempo para destilar en esa gallarda figura el reto de verse en situación comprometida, pues se le observa colocado casi al borde de las tablas y con la fija mirada del “pavo” aquel, cuya trayectoria apunta de los medios hacia el tercio, lugar final donde seguramente se encontraron hasta consumarse aquella emocionante suerte.

   Rodolfo Gaona fue un extraordinario banderillero, y así nos lo recuerda otra célebre fotografía, la que obtuvo Eduardo Melhado el 10 de diciembre de 1910. Y nada mejor que esos versos, los que escribió José Alameda para describir instantes emotivos como los de un buen tercio de banderillas. Veamos:

ESTAMPA DE GAONA CON “GALLITO”

 (A la memoria de mi padre,

Luis Fernández Clérigo, amigo

y admirador de Rodolfo).

 

Huraño, cenceño, altivo,

quieto en la estampa te veo,

como cuando estabas vivo

en la suma del toreo.

 

Te da los palos José

-las banderillas, tu suerte-.

El lo sabe –y yo lo sé-

no por competir, por verte.

 

Por ver en tiempo y espacio

el milagro de ajustar

los pies al verso de Horacio.

 

Y salir como al entrar,

andando, abriendo despacio

tu gloria, de par en par.[1]

img140

La Fiesta. Semanario Gráfico Taurino. N° 63, México, 5 de diciembre de 1945

Todo en ella es precisión, equilibrio, concentración de fuerzas, belleza. ¡Qué más puede pedirse para contemplar tamaña genialidad!


[1] Carlos Fernández Valdemoro (Seud. José Alameda): Seguro azar del toreo. México, Salamanca ediciones, 1983. 92 p. Ils., retrs., facs., p. 17.

Deja un comentario

Archivado bajo IMÁGENES

SOBRE UNA RELACIÓN DE FIESTAS EN 1680.

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

ahtm24rf1_481

MUNDO HISPÁNICO Nº 269. Agosto 1970.

   Por estos días, leo con auténtico deleite un libro esencial. Se trata de Espacio y tiempo de fiesta en Nueva España (1665-1760).[1] Su autora, Judith Farré Vidal es académica en varias instituciones españolas, y se interesó en el tema que materializó en su estudio, gracias al hecho de que concentró varias obras virreinales que contienen elementos donde trascienden códigos, personajes, emblemas, y todo un conjunto de circunstancias que se concentraban en aquellos documentos conocidos como “Relaciones de sucesos” o “Descripciones de fiestas”.

   Allí está también lo sagrado y lo profano, el ritual de fiestas civiles, religiosas e incluso académicas, pero sobre todo una abundante interpretación de su contenido que se sustenta en verso o en prosa, respondiendo a ese complejo proceso que significó para los novohispanos el placer de la celebración en sus diversas manifestaciones. En ese conjunto amplísimo, los festejos taurinos no podían faltar.

   Por tanto, entre los materiales que Farré Vidal decodifica y analiza hasta reintegrarlos en su amena y documentada investigación, se encuentra el ejercicio que aplica en Pierica narración de la plausible pompa con que entró en esta imperial y nobilísima ciudad de México el Exmo. Señor conde de Paredes, marqués de la Laguna (…) El día 30 de noviembre de 1680 (…).[2]

   Del mismo, nos encaminamos a ubicar entre los muchos octosílabos, escritos en quintillas los que aluden a las fiestas de toros y cañas, como leeremos a continuación. Antes de ello, adelanto que las correspondientes a las corridas de toros van de la 61 a la 70, el toreo de a pie ejecutado por los indios de la 71 a la 73 y luego de las demostraciones por parte de los nobles caballeros, de la 127 a la 130, y que pueden encontrarse entre las páginas 157-159 y 168 del libro aquí reseñado.

161.-Corriéronse toros que

a mucho amedrentaban,

con ira atemorizaban

y, estando picados de

verse corridos, bramaban.

62.-El que a pie pretendía osado

aguardar el golpe, a ver

su furia estaba cuitado,

mas el toro le hacía ser,

de encogido, desgarrado.

63.-Pero el que sin embarazos

valiente osaba esperarle,

pasaba dos mil fracasos,

pues veía que sin matarle

le hacía el toro mil pedazos.

64.-Uno salió que al llamarle

se picó con un vaquero,

al cual era bien dejarle

porque se picaba, pero

no hacían sino torearle.

65.-Otro, sin que a nadie inquiete,

cobarde al principio fue,

luego al peligro se mete

furioso, que tanto le

hacen al buey, que arremete.

66.-Unos, el vulgo alteraban

con denuedo y furia cruel,

de los vaqueros temblaban,

con que sin amor por el

rejón se desatinaban.

67.-Otros con rigor violento

de los rejones huían

y mostrando brioso aliento,

por entre el vulgo corrían

con notable rompimiento.

68.-De los silbos los zumbidos

a éstos les daban cuidados

y acudiendo a los chillidos,

siendo los más acosados,

andaban más divertidos.

69.-Uno se vio tan furioso

que, comenzando a bramar,

miraba todo lugar,

mostrándose tan rabioso

que le podían torear.

70.-Mas ningún vaquero osaba

aventurar su rejón,

que cualquiera le temblaba

aterrado, porque con

cualquiera se revolcaba.

71.-En dos voladores dando

gusto a su Excelencia, justo

había unos indios. Mas, ¡cuándo

aquestos no le dan gusto

a sus virreyes volando!

72.-En el aire, con desgaire,

diestra aquesta pobre grey

daba gusto con donaire,

que en servicio de su rey

parece andar por el aire.

73.-Destrezas hubo esforzadas.

a quien es de mano doy,

por no entender de estocadas,

y porque también no estoy

para contar montantadas.

(. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .)

   En cuanto a los juegos de cañas, o evoluciones caballerescas que fueron cosas “muy de ver” esto es lo que corresponde a su descripción:

127.-Cuatro ejércitos galantes

en retaguarda se vían,

que con tiros fulminantes

salva cada instante hacían

al príncipe de los infantes.

128.-El sargento mayor guía

era, en quien se desmenuza

la nobleza y bizarría,

por tener tanta hidalguía

en su pecho que se cruza.

129.-Cuatro capitanes fueron

los que, con cariño y arte,

las escuadras condujeron

de Marte y las compusieron

con amor ex proprio Marte.

130.-Con acciones celebradas

las banderas se tendían

hermosas y arreboladas,

con que sus dueños lucían

a banderas desplegadas.

neptuno-alegorico_sjic

Otra autora que publicó con el mismo pretexto fue Sor Juana Inés de la Cruz. Aquí la muestra. En Guillermo Tovar de Teresa: Bibliografía novohispana de arte (Primera parte) Impresos mexicanos relativos al arte de los siglos XVI y XVII. Prólogo de José Pascual Buxó. México, Fondo de Cultura Económica, 1988. 382 p. Ils., facs., p. 252.

Bien vale “un potosí” todo este conjunto de datos, que de pronto, nos acercan a un pasado que ya no es remoto, gracias a estudios de esta naturaleza, por lo que se agradece la seria labor de su autora.


[1] Judith Farré Vidal: Espacio y tiempo de fiesta en Nueva España (1665-1760). Madrid, Universidad de Navarra, Iberoamericana, Vervuert, Bonilla Artigas Editores, 2013. 311 p. Ils., fots., facs. (Biblioteca Indiana, 35).

[2] Juan Antonio Ramírez Santibáñez: Pierica narración de la plausible pompa con que entró en esta imperial y nobilísima ciudad de México el Exmo. Señor conde de Paredes, marqués de la Laguna, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España, y presidente de su Real Audiencia y Cancillería, que en ella reside. El día 30 de noviembre de este año de 1680, que consagra obsequioso al señor don Luis Carrillo de Medina y Guzmán, hijo segundo de los señores condes de la Rivera, capitán de la Armada Real, gobernador que fue de los bajeles que condujeron el socorro a los estados de Flandes el año de 1666 y capitán de la guarda de su Excelencia, habiéndolo sido de los dos señores Excelentísimos, sus antecesores, el bachiller (…). Con Licencia de nuestros Superiores. En México, por Francisco Rodríguez Lupercio. Año de 1680.

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA