CHARRERÍA: PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL DE LA HUMANIDAD.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hace apenas unas horas comenzó a circular la noticia que da pie a esta editorial:

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Disponible en internet diciembre 1°, 2016 en:

http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2016/12/01/se-suma-la-charreria-al-patrimonio-de-la-humanidad

   Tal asunto es motivo de una sincera felicitación a quienes fueron encaminados este asunto por el sendero más apropiado, el que luego alcanzó en las recientes mesas de trabajo, por parte de la UNESCO, dicha nominación.

   Se entiende que no es una labor fácil de manejar, pues ello implicó la presencia de muchos componentes, a favor y en contra. Sin embargo, lo que determinó la toma de decisión es, entre otros, el cirterio de que se trata de “un elemento importante de la identidad y el patrimonio cultural de las comunidades depositarias de esta tradición y constituye para ellas un medio para transmitir valores sociales importantes a las nuevas generaciones”.

   Evidentemente, charrería y tauromaquia nacieron juntas, se hicieron fuertes en el ámbito rural y urbano a partir de la participación de cientos, miles de protagonistas cuyos nombres, los de muchos quedaron en el anonimato, mientras otros se consolidaron como figuras emblemáticas y siguen siendo, hasta nuestros días, claro e identificado referente.

   Dicha circunstancia tendrá que ser enaltecida y respaldada por quienes hacen posible, dentro y fuera de los lienzos esa labor cotidiana, manteniendo, conservando y divulgando sus valores.

   Por tanto, conviene mostrar a continuación las siguientes reflexiones.

 PRESENCIA DE LA CHARRERÍA EN LA HISTORIA, EL CAMPO Y LAS PLAZAS DE TOROS DE MÉXICO Y EL EXTRANJERO.

   Para apartar los animales surge en el campo mexicano el vaquero quien, en el siglo XVI creó el rodeo, forma puramente mexicana legalizada incluso por el virrey Enríquez en 1574. Consistía en una “batida circular sobre un territorio amplio en extensión cuyo propósito era concentrar el ganado en un punto “donde con la ayuda de una especie de garrochas, muy parecidas a las andaluzas, se apartaba el ganado que deseaban seleccionar”. Surgió con este nuevo personaje una expresión que acabó siendo nacional, mediando para ello una necesidad primero, la necesidad de un lucimiento no solamente limitado al campo, sino que además, era la plaza pública, la plaza de toros, el otro sitio para obtener el privilegio del aplauso. Y entre la plaza de toros y el campo la expresión acabó transformada en una manifestación artística. En otras palabras, estamos hablando del charro, de sus habilidades y sus destrezas.

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Escenas que no sólo fueron comunes en el campo. La plaza se convierte en la extensión perfecta donde brillaron todas estas demostraciones.

   La charrería en México, surgida desde el siglo XVI, todavía en nuestros tiempos presenta la disputa sobre sus orígenes, que pelean dos estados tan representativos como Jalisco e Hidalgo, en cuyos campos de Atotonilco y los llanos de Apam respectivamente, surgen aquellas escenas donde los vaqueros realizan suertes vistosas donde lazar y colear es parte intensa de su vida. Y como los toreros, su vestimenta también fue enriqueciéndose con el paso del tiempo hasta encontrarnos con trajes de gala, verdaderas joyas tocadas por sombreros galanos de soberbia manufactura.

   Durante el siglo XIX hubo, a mi parecer, tres distinguidos “charros”: Ignacio Gadea, Lorenzo Cabello, jefe de los hermanos de la hoja, o los charros contrabandistas de la rama, mejor conocido como Astucia (personaje de la novela histórica de costumbres mexicanas con episodios originales, obra de Luis G. Inclán) y Ponciano Díaz, “mitad charro y mitad torero”.

   La charrería como expresión mexicana pudo conocerse en España, precisamente en 1889 cuando Ponciano recibió la alternativa en la madrileña plaza de la carretera de Aragón, el 17 de octubre de aquel año. El 28 de julio anterior, y en el mismo escenario de su “doctorado” el diestro mexicano vistió el traje nacional y sus mejores suertes quedaron recogidas en sendas obras logradas por la visión siempre grata de Daniel Perea, ilustradas en hermosas cromolitografías que aparecieron en La Lidia.

   Ya en el siglo pasado, algunos otros representantes de este género trascendieron el quehacer en plazas de toros de México y el extranjero como los hermanos Aparicio, allá por los años 30. El 18 de junio de 1964 la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla fue escenario de la “Gran Charreada Mejicana” donde aquel grupo demostró lo bueno que eran en piales y manganas, jineteo de toros, floreo de reata a caballo y a pie, jineteo de potros cerriles y la arriesgada suerte del “paso de la muerte” sobre un caballo salvaje.

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Hugo Aranda Pamplona: Luis Inclán El Desconocido. 2a. ed. Gobierno del Estado de México, 1973. 274 p. Ils., retrs., fots., facs.

   En estos últimos tiempos el rejoneador Ramón Serrano rescató el traje y las suertes del toreo a caballo con expresiones netamente mexicanas, y como un dato curioso, el propio Pablo Hermoso de Mendoza vistió en Toluca, -una moderna ciudad del interior del país-, el traje de charro mexicano, actuación que resultó espléndida según lo cuentan las crónicas, que recogieron sus pasos por aquellos rumbos, la tarde del 28 de octubre de 2000.

   Entre el 21 de junio y el 22 de julio del año en curso, algunas personas tuvimos oportunidad de exaltar los valores de un personaje clave. Me refiero a Luis G. Inclán, cuyas dos ilustraciones para esta nota corresponden a su autoría. De ese ejercicio, obtuvimos un balance positivo, entendiendo la época que le tocó vivir, por lo que una vez más, la charrería y la tauromaquia sirvieron como telón de fondo para un nuevo re-conocimiento para ambas manifestaciones.

   Como se ve, la charrería sigue siendo un arte y un ejercicio que propios y extraños siguen haciendo suyo en virtud de su particular encanto, logrando que el espíritu del considerado “deporte nacional” siga vigente, para orgullo de México.

   ¡Enhorabuena por la nueva declaratoria en favor de la Charrería!

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