A VECES, LOS RECUERDOS QUE EVOCAMOS SON ANTIGÜEDADES.

EL ARTE… ¡POR EL ARTE! 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Puede resultar contundente y hasta sentencioso el postulado con que se abre de capa esta afirmación. Ya sabemos lo que puede ocurrir en el radio de acción del puritanismo taurino, las más de las veces sometido al rigor de la pasión, esa forma que Eugenio Trías refiere, desmenuzada, y a modo de hipótesis en una séxtuple afirmación, que va así:

1)Pasión es algo que el alma padece o sufre; algo que le pasa al alma.

2)Pasión es algo que posee el alma (entendiendo posesión en el sentido de “posesión demoníaca”; la pasión nos aparece, en esta segunda determinación, como algo demoníaco que toma posesión del sujeto).

3)Pasión es algo que insiste en pura repetición de sí misma por sobre las resistencias y obstáculos que ella misma se interpone. Esa dialéctica de insistencia y resistencia funda lo que aquí llamamos sujeto pasional.

4)Pasión es hábito, habitus, en el literal sentido del término(costumbre, vestido, vestimenta, máscara o disfraz): es la memoria que el sujeto tiene de sí mismo. La pasión hace al sujeto del mismo modo como el hábito hace al monje.

5)Pasión es aquel exceso nuclear que compromete al sujeto con las fuentes de su ser, enajenándolo y fundándolo a la vez. Es pues, la esenciadle sujeto (alteridad inconsciente que funda la identidad y mismidad del propio sujeto, raíz de su fuerza y de su poder propio intransferible).

6)Pasión es aquello que puede llevar al sujeto a su perdición, condición de posibilidad de su rescate y redención; es lo que crea y recrea la subjetividad a través de su propia inmolación y sacrificio. Tiene, pues, su lugar de prueba en la muerte, en la locura, en el crimen, en la transgresión.[1]

   Claro, es esta una apreciación sobre el vínculo de suyo entrañable y amoroso surgido entre dos seres plenamente convencidos para entregarse al amor-pasión, como último reducto de sus aspiraciones. Pero la pasión por lo intangible, por el objeto-recuerdo deseado, se torna utópica, como ha ocurrido recientemente con el caso de Rodolfo Rodríguez “El Pana”, por ejemplo.

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Rodolfo Rodríguez “El Pana”. Fotografía: Juan Antonio de Labra.

   Recuerdo y antigüedad no son propiamente sinónimos, puesto que tienen raíces distintas, pero tienen un enorme parecido sobre todo para el aficionado taurino que convierte todas esas vivencias reales –siempre y cuando hayan sido constatadas-, en ilusiones cuya construcción a veces llega a ser artificial e incluso virtual. Lo peor sucede cuando evoca el recuerdo en función de la magnitud de la o las hazañas. Si para ello hubo alguna lectura de sustento a esa defensa o discusión, caben todas las posibilidades de credibilidad. El testimonio oral es otro elemento de soporte y de matices fundados en la confianza. Pero cuando un aficionado sublima o despotrica sobre tal o cual acontecimiento con tal demostración de capacidad que sorprende –aunque sin fundamento alguno-, estamos frente a una severa especulación que puede dispersarse como peligrosa epidemia. Esos supuestos aficionados dañan la vista del escenario, alterando los postulados y criterios que sobre el toreo existen, porque se dignan hablar, pero sobre todo dogmatizar con tal postura de autoridad que, vuelvo a repetir, sorprenden. Si el objeto no es dejarse “sorprender” por tales emisarios del pasado, estamos curados de cualquier contaminación ideológica. Lamentablemente fluye tan rápido su discurso que el concepto de origen en cuanto tal, queda deformado, o lo que es peor, polarizado por una serie de argumentos que apuntan a varias direcciones, dispersándose tanto, al grado de alejarse de la razón original; es decir de la verdad absoluta, pura y llana, la que se torna relativa y hasta incongruente.

   De ese tipo de aficionados o de pasiones está plagado el “planeta de los toros”, por lo cual surgen diversas tendencias, religiones y credos que además de someter al hecho mismo al debate, lo alteran, llevándolo a extremos maniqueos no previstos e indeseables.

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Así llegó “El Pana”, en pleno olor de santidad, rodeado de entusiastas aficionados que deseaban admirarlo aquella tarde en que alternó –mano a mano-, con “Morante de la Puebla”. Fotografía del autor.

   Ante tal enfermedad no hay cura precisa, apenas algunos remedios que se diluyen en cuanto se apodera de todo esto la pasión, ese extraño comportamiento dominado por instintos soterrados, pero no por la razón siempre por la superficie, como el viento, intangible, pero capaz de ser asida con inteligencia. Lamentablemente este es un asunto que se discute con demasiada frecuencia, sobre todo con una iconografía emblemática con los casos evidentes, convencionales y trillados de Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa “Armillita”, Lorenzo Garza, Luis Castro, Silverio Pérez, Carlos Arruza o “Manolo” Martínez. Lo que cabe aquí, es una preciosa y contundente apreciación que nos proporciona Edmundo O´Gorman en los siguientes términos:

En algún escrito de Chesterton leí que la mentira más mentira es la que más se parece a la verdad, por eso no es casual que el tema fundamental de la estatuaria griega sea el mitológico, a pesar de que las figuras, como formas, nada tienen de míticas: son hombres y mujeres de una naturalidad absoluta, para quienes lo monstruoso (mito hecho forma) hasta en los casos de los monstruos mismos, es sólo un mito. En todo caso el arte griego y las formas de arte de su directa inspiración, forman un fenómeno excepcional dentro del mundo artístico como arte artificioso, porque reconocen como ley fundamental interna el horror a la deformación, a lo monstruoso.

   Acaso el gran misterio del arte pueda encontrarse en lo mítico; acaso lo mítico no sea algo así como una etapa que el hombre ha dejado perdida en lontananza en su acelerada marcha por la Historia, sino más bien es una caudalosa corriente subterránea inherente a su ser y que como tal nunca lo ha abandonado. El arte, con su necesidad deformativa, sería la más clara manifestación de la vigencia y pujanza de nuestra ciencia mítica.[2]

   Nunca mejor apreciación podía caber aquí para explicar este asunto, que concierne directamente a la actitud extrema de los aficionados dogmáticos, pero sin fe precisa. De los aficionados “enciclopedistas”, pero sin una formación en la basta literatura que al respecto existe para consolidar el marco histórico imprescindible en estos asuntos de precisión que requiere un punto de inteligencia y de centrada opinión para emitir los juicios precisos que definen a tal o cual torero; a tal o cual faena… a tal o cual época, que para eso nuestro momento presente requiere de opiniones puntuales, y no las ráfagas de una desquiciada tempestad de truenos y rayos que solo viene a descomponer un apacible sitio de la razón.


[1] Eugenio Trías: Tratado de la pasión. México, Editorial Grijalbo, S.A. de C.V., 1991. 190 pp. (Losa Noventa, 56)., p. 126-127.

[2] Edmundo O´Gorman: El arte o de la monstruosidad. México, Planeta-Conaculta y Editorial Joaquín Mortíz, S.A. de C:V:, 2002. 88 pp. (Círculo de autores mexicanos), p. 88.

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