500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XVIII). EL ESPECTÁCULO EN LA SEGUNDA MITAD DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Han quedado atrás los Ávila, Dionisio Ramírez Pajitas y otro conjunto de toreros con quienes se da el primer avance en lo relativo a la identidad, a la independencia, a la propia razón para expresar un toreo que no se desprende del arquetipo puramente español, pero que, todos ellos, en conjunto le van a dar sellos de originalidad pues el campo arroja posibilidades muy prácticas y vistosas. Y en la plaza se inventan otras tantas de las que son depositarios y permanentes continuadores y evolucionadores (porqué no decirlo, con su debido tiento) otros personajes a continuación reseñados.

   Destacan -para comenzar- Lino Zamora y Jesús Villegas El Catrín. Del primero, su vida se envuelve en leyendas y novelas; versos populares y tragedia. Lino el joven, cuya cuna es Querétaro, o es Guanajuato (ca. 1840-1884), o cualquier otro lugar de la región, comienza a escandalizar con sus modos atrevidos y arriesgados de hacer el toreo. ¡Como pocos! Su feudo sienta reales en Guanajuato y Zacatecas, dos lugares de rancio sabor barroco, dos lugares que insinúan por sus ornamentos las formas explosivas que Lino Zamora fue haciendo suyas.

   El Catrín viene a ser el segundo mexicano en torear ante la afición española. El primero de ellos es Ramón de Rosas Hernández El Indiano (fines del siglo XVIII) mulato, por cierto y nacido en Veracruz. Jesús Villegas lo hace durante los años de 1857 a 1859. Poco se sabe de él, si acaso por la competencia con Lino que ampliaremos en seguida, no sin referir cierto parecido aristocrático habido con Rafael Pérez de Guzmán, diestro de linaje y prosapia española.

   Jesús Villegas era muy querido de la afición guanajuatense cuando alternó con Lino para trabajar en su compañía. En dos corridas actuaron: la del 11 y del 18 de diciembre de 1863. En la primera, Zamora opacó a Villegas, robándole la simpatía del público. Y volvieron a verse las caras el 18, tarde en la que muerto el primero ya la gente se había cansado de aplaudir al favorito Lino Zamora, por lo que se despertó en Villegas la emulación.

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La Muleta. Revista de toros. Año I. México, noviembre 27 de 1887, N° 13. Cromolitografía de “Pepe García” que ilustra “La competencia de Lino Zamora y Jesús Villegas”. Col. del autor.

   Pisó la arena el segundo toro de la tarde, que pertenecía a la vacada del Copal y fue negro, de libras bien armado y codicioso.

   Villegas soltó el capote y recortó al toro con la montera dos veces. Lino Zamora a su vez soltó el percal y citó a la res para quebrar a cuerpo limpio, acudió el toro y el diestro fue enganchado y volteado, sufriendo una herida entre las dos vías que puso en peligro su vida, y además un varetazo en el vientre y un puntazo en el brazo derecho. El diestro se retiró a la enfermería por su propio pie y fue curado por el Dr. Rómulo López. El toro tomó con voluntad y poder 11 varas, dio cinco caídas y mató dos caballos; fue pareado por José M. Ramírez y lo mató Jesús Villegas de una estocada muy baja.

   En cuanto a Pedro Nolasco Acosta, modelo del torero feudal, sentó sus reales en San Luis Potosí. Infinidad de veces actuó en la Plaza del Montecillo bajo particulares características de hacer el toreo, pues da la impresión que en la provincia aparte del reposo y el sosegado andar, se estancó la tauromaquia mezcla de lo español y lo nacional -insistimos- sin operar algún cambio significativo. Además de su desempeño a pie, lograba lucirse desde el caballo. Blanco, rubio, de ojos azules y con unos mostachos impresionantes fue Nolasco figura destacada, el cual permitió el acceso a su feudo, entre otros a: Lino Zamora, Bernardo Gaviño, Juan Núñez (padre), Ponciano Díaz, Francisco Gómez El Chiclanero, Francisco Jiménez Rebujina, José Sánchez Laborda, Fernando Gutiérrez El Niño, Joaquín Artau. Como puede verse, las restricciones feudales de muchos toreros que se apoderaban del terreno e impedían el acceso a otros, fueron rotas permitiendo el flujo de otros tantos matadores así como de la estructura propiamente técnica de la lidia y su aderezo estético en sí.

   ¿Que dónde puede estar entonces la razón de esa autenticidad taurómaca, si todo era estancamiento?

   Todo precisamente, no. La inventiva se daba con creaciones permanentes en el ruedo cuyo sentido no se orientaba hacia un fin específico; y si fin específico era el beneficio del toreo tal se presentaría en un momento significativo que ya veremos al arribar a los años de 1885 y 1887 respectivamente.

   Por otro lado, legitimar desde nuestra perspectiva la mencionada “invención” no es destacar de un collar su bisutería. Estamos pronunciándonos por aquel “toreo” desarrollado en los albores de una etapa distinta. A raíz de 1867, año de la prohibición impuesta a las corridas de toros por motivos que en fondo tienen que ver con aspectos económicos, y por el amanecer de 1887 se manifiesta la esquematización del “antes y el después…”; una transición de épocas en cuyo terreno comienzan a pasar elementos que bien pronto desaparecerán dando espacio al toreo de a pie a la usanza española y en versión moderna. Dicha versión será novedad entre nuestros aficionados de fines del XIX. Por supuesto que esa afición poco podía participar en la censura o el elogio debido a su poca consciencia de lo que hacía el torero. Será en 1885 cuando arribe a México José Machío (de quien ya hablé páginas atrás), diestro español quien se encarga del movimiento preparatorio que culminarán Mazzantini, Ramón López, Cuatro-dedos y otros de 1887 en adelante. Y es que lo primero de que debían deshacerse es de una escuela española anacrónica cuyos valores se mezclaron con la autenticidad taurómaca mexicana, lograda desde los Ávila hasta Ponciano Díaz. Machío y sus compañeros basaron su quehacer en el reposo que da el tiempo ante la nueva evolución y sobre todo por elementos atrincherados en las nuevas publicaciones taurinas que aparecían con fuerza desde 1884. Caso de El arte de la lidia (cuyo director fue Julio Bonilla).

   Solo que el 8 de febrero de 1885 al torear Ponciano Díaz en El Huisachal se manifestó un sentido de desviación nacionalista en extremo: “la patriotería”. En dicha ocasión fueron de Santín los toros jugados pero como no se prestó demasiado a las condiciones poco faltó para que la corrida alcanzara el calificativo de la “gran corrida del siglo XIX”, según apreciaciones de El arte de la lidia. Y todo

porque se vio en ella el sentimiento patrio en todo su apogeo y los diestros del país no obstante su torpeza o su ninguna escuela de toreo, fueron a cada momento aplaudidos.

Y nos revela al respecto Cuesta Baquero:

He subrayado los conceptos de este párrafo para hacer notar que la patriotería y la ignorancia eran los terribles enemigos que tuvieron los toreros españoles que llegaron a México en aquellas épocas.

   Tal situación alcanzaba pues, no solo la condición de inventiva y de gusto popular por la autenticidad. También se agregaba al escenario un hondo comportamiento que ya no caía en nacionalismo sino en chauvinismo el cual, al parecer, fue bandera enfrentada a la expresión técnica y estética llegada recientemente de la península española. Aunque Ponciano siguiera matando de pinchazos en la paletilla y estocadas bajísimas, aún así, el Diario del Hogar proclamaba: “Podemos asegurar que ninguno de los toreros extranjeros que últimamente han toreado en esta capital está a la altura de Ponciano Díaz“.

   Bajo ese síntoma, el año 1887 se acercaba para demostrar que el caldo de cultivo de las nuevas expresiones estaba ya listo. Los libros y tratados de tauromaquia así como periódicos más formales del tema planteaban serias dudas entre aficionados de apertura que cuestionaban las cosas que pasaban. Justo a ello, las actuaciones de Luis Mazzantini en Puebla (marzo de 1887) fueron cruciales y definitivas para enriquecer el criterio fomentado entre esos aficionados de avanzada.

   Pero no adelantemos vísperas. Quizás consciente del estado de cosas, el atenqueño se hizo anunciar la tarde del 14 de junio de 1885 en El Huisachal así: “Ponciano Díaz y su cuadrilla hispano-mexicana. Toros de San Diego de los Padres“. Y en esa ocasión, la prensa anuncia que el de Atenco dio una estocada que “fue de la escuela española” ya que la colocó perfectamente “y el matador dejó el estoque en el cuerpo del toro”.

El hecho merece recordarse y hacer que pase a la posteridad, porque fue el primer ensayo que hizo Ponciano Díaz para estoquear “en lo alto como entonces se llamaban a las estocadas bien colocadas”. (Roque Solares Tacubac).

   ¿Pretendía Ponciano algo con esa posible condescendencia?

   Quizás instrumentar una forma en la que su expresión podía alinearse a aquellos nuevos fenómenos antes que rechazarlos. Sin embargo no llegó a satisfacer el empleo absoluto de la forma española y acabó por darle a su expresión personal un toque recíproco entre su propio y nacional quehacer, y la moda puesta en vigor. Quiero decir que coqueteó con el toreo español pero no acabó aceptándolo; por eso se convierte en el último reducto de la expresión nacional ya prácticamente liquidada justo el año de su muerte: 1899.

   Por otro lado ¿qué era y qué fue Bernardo Gaviño para el toreo mexicano? El propio Carlos Cuesta Baquero nos dice que:

   Su educación dependía de una anticuada escuela del toreo, que establecía mucho valor, pero poco arte y cero elementos de plasticismo.

   En manos de Bernardo Gaviño se encontraba el toreo primitivo, cuya raíz se diluyó al arribar a América, pues su separación con la modernidad de su época ya no tuvo continuidad en este lado del mundo. En todo caso quienes así lo sostuvieron fueron Juan León Leoncillo o Francisco Montes Paquiro, contemporáneos a su generación.

   No está lejos de lo que hicieron Juan Pastor El Barbero o Manuel Díaz el Lavi y Julián Casas el Salamanquino a quienes acompañó en los redondeles de Cuba y Lima. Pero el apogeo de Gaviño fue tal que las contratas se dieron permanentemente, por lo que su  nombre aparece registrado en infinidad de corridas, al menos en San Pablo y el Paseo Nuevo. Fue una figura en su momento. Pero también un “obstruccionista” -término empleado por Roque Solares Tacubac- que retardó la evolución del toreo aquí, en México. Inmediatamente de que llegaban paisanos suyos les bloqueaba el paso: “ponía en juego influencias e intriga para que no los contratasen y si no lograba su propósito mandaba a las plazas de toros, chusmas que llevaban la consigna de lapidar y decir insultos a los nuevos toreros”. (Cuesta Baquero).

  Los cincuenta años de actividad por parte de Gaviño representan por un lado, posibilidades de mejora en las técnicas taurinas. Pero por otro, una lamentable pérdida de valores ocasionados por descuidos y mezcolanza de sus normas, entonces en boga y que, al final de esa “dictadura” taurina el resultado es el de una reducción de los procesos técnicos y estéticos, en aquel toreo. Y consideramos esto a partir del “obstruccionismo” que retardó la evolución.

   Pero frente a las condiciones que dejaba Bernardo Gaviño y las que tenía puestas en práctica Ponciano Díaz, surge un renacimiento forjado por dos vertientes:

a)la llegada de toreros españoles desde 1885;

b)promoción clave. Pedro Nolasco Acosta, torero potosino, amigo de Carlos Cuesta Baquero, regala un valioso ejemplar de El Toreo. Doctrinal taurómaco del tratadista español José Sánchez de Neira.

   En los artículos de Roque Solares Tacubac se observa la inclinación hacia el tecnicismo. Comparte esas ideas con un grupo de hombres emprendedores que forman el Centro taurino Espada Pedro Romero. Entre otros dirigentes se encuentran: Pedro Pablo Rangel y Eduardo Noriega. En poco tiempo se vio, se sintió el resultado de las aspiraciones de aquella “falange de románticos” -que así se hacían llamar-, los cuales se propusieron cambiar la fiesta de su situación inestable -técnica y estéticamente hablando- a otra que comulgara con esos principios de modo auténtico.

   Ante aquel palpitar se inició una lucha larga, combativa. Los evolucionistas son aquellos falangistas ya conocidos; en tanto que los conservadores, son los incondicionales del toreo a la mexicana. Dicha expresión tenía muchos partidarios localizados, no sólo en la provincia sino en la propia capital del país.

   La transición que acaba por provocar el gusto por el toreo a la española, rompe cuando el país ingresa a la modernidad, al progreso y alcanza para entonces -en el porfiriato-, su estatura dominante en 1888. De ese modo, las grandes expresiones de la cultura mayor sientan reales en las ciudades importantes de aquel entonces. En todo ello la fórmula de “poca política, mucha administración”, funcionó a la perfección por mucho tiempo, pues había anhelos de paz y mejora económica en todo el país, por lo que se sabía cómo impulsar la economía nacional a partir del empeño de jóvenes profesionales que aspiraron colocarse en puestos de la burocracia oficial, en el parlamento, en la judicatura, en la enseñanza o el periodismo.

   Frente a esa reacción de cambio actuó también la tauromaquia que tuvo pilares bien importantes y dos de ellos: Ramón López y Saturnino Frutos Ojitos, ejercieron tal influencia que en gran medida se les debe un agradecimiento.

   Ramón López, entendió aquel síntoma que, convulsionado, empezaba a adquirir un ritmo de orden. Y ante aquella modernidad, ante aquel progreso, el toreo a la usanza española gana adeptos que van a desplazar relajados placeres del quehacer taurino mexicano, del que Ponciano Díaz era su máximo representante.

   He aquí pues, el sistemático empeño por depurar y aniquilar una progresiva enfermedad, dándole nuevo espíritu que es el idóneo en el tiempo y en la circunstancia del toreo nacional a fines del XIX.

   Ponciano Díaz combinaba los dos tipos de torear, el que le aprendió a Bernardo Gaviño y a otros toreros, modelos de inspiración que poseían normas anacrónicas, propias de un momento en el que la tauromaquia mexicana no está sujeta -del todo- a las reglas españolas establecidas. Y ese otro toreo, el campirano que hizo suyo aprendiéndolo con perfección no sólo en Atenco -su matria-, sino en cuanta ganadería pasaba alguna estancia.

   Existe una consideración que apunta el hecho de como el conquistador se transformó en colonizador, trayendo a las tierras conquistadas modos y costumbres, una de ellas la fiesta de los toros. Pero la aportación americana al toreo universal es cuantiosa…

   Es decir, se habla de una correspondencia, de un modo dialéctico en que se trae algo y nosotros lo transformamos o lo mantenemos bajo explicación americana, que es la manera de proyectar el toreo de América a Europa consiguiendo con ello la universalización total.

   Asimismo, el reconocido filósofo Leopoldo Zea, al explicar su posición-reflexión sobre la universalidad, plantea que

La historia iniciada el 12 de octubre de 1492, es una hazaña que da origen a una concepción de la historia como universalidad. Mundos hasta entonces distantes y desconocidos entre sí, se presentan en su unidad en la nueva conciencia de los mismos. Una universalización de la historia que es también la universalización de la conquista y el coloniaje.[1]

   Conjuntar estos apuntes es respaldar otro concepto de universalidad: la de Rodolfo Gaona.[2]

   Por otro lado, sabemos de la inauguración de la plaza de Tlalnepantla, hacia 1874. Pues bien, dos años después se dio la ocasión de un sucedido que pone en relevancia su historial. Veamos.

   La visita del pretendiente a la corona, el Borbón Carlos VII a México en 1876, causó un cúmulo de dudas;[3] cuyos intentos, al parecer eran reivindicar la visión y posesión que España iba perdiendo en los pocos dominios que hasta entonces controlaba o dominaba. Bien, explicado el porqué de su visita, el 11 de enero de 1876 don Carlos acude a Tlalnepantla a una corrida de toros. Llegó “muy príncipe, pero llegó a su palco como cualquier plebeyo, entre pisotones y empujones” dice Clementina Díaz y de Ovando. Aquella tarde se lucieron tanto un picador y un banderillero, que los premió espléndidamente el monarca. En la reseña que aparece en La Revista Universal del 13 de junio se describe al detalle la hazaña.[4] Aunque la verdad, no podían dejar de vertirse opiniones que casaran con el síntoma del progreso. Y es el mismo gacetillero quien nos la proporciona, en función de las señoras asistentes, damas de la sociedad de quienes no se explica si todo lo desarrollado valiera a lo que

están acostumbradas, y aunque como corre sangre de una manera demasiado poco agradable para que puedan tener placer en ello las mujeres.[5]

   No dejaban de darse festejos en lugares tan próximos a la capital, por lo que no se puede hablar de un alejamiento de la fiesta, apenas a unos pocos kilómetros de la ciudad y de manera tan continuada.

   Pero ya para 1881 una nueva plaza de toros, más próxima al Distrito Federal que las de Tlalnepantla, Texcoco, Toluca, Puebla, Amecameca o Cuautitlán por ejemplo, ofrecería diversión a capitalinos que, con sólo desplazarse en trenes de mulitas, curiosos carruajes de color verde, mejor conocidos como los pericos taurinos, podían llegar a la del Huisachal, estrenada el domingo 1º de mayo actuando la cuadrilla de Ponciano Díaz en la lidia de toros de Atenco, San Diego de los Padres y Santín. El único periódico en ocuparse de aquella ocasión fue el Monitor Republicano cuyo número del 8 de mayo siguiente y en su sección “Charlas de los domingos” don Enrique Chávarri Juvenal, antitaurino, escribió:

El nuevo templo para la barbarie es amplio, tiene capacidad para ocho mil espectadores. México se despobló para ir a “El Huisachal”. Tiempo es que la cámara de diputados dé una ley prohibitiva de las corridas de toros en todo el Estado de México, para que no sea de burla la vigente en el Distrito Federal, como la hace la plaza de toros “El Huisachal” construida en los límites de este Distrito y el Estado de México, tan aproximada que puede decirse que los concurrentes a los toros tienen un pie en el terreno donde está prohibido el espectáculo y el otro pie donde no está prohibido. Los toros de Atenco salieron bravos y mataron caballos como montar hormigas. Ponciano estuvo muy bien al estoquear; algunos de sus acompañantes fueron lastimados; los espectadores, delirantes por el olor de la sangre y en plenitud de salvajismo invocaron a los manes de Cúchares y Pepe-Hillo.[6]

   A juicio del Dr. Cuesta Baquero, Juvenal y otros (Duque Job, Manuel Payno) son chimborazos -término este con el que bautiza José Velarde a ciertos intelectuales-. “Hombres sesudos (…) porque lo mismo encabezan una procesión que una orgía, que habitualmente vociferan y ridiculizan de las corridas de toros, pero recurren a ellas para darse importancia y humos de filántropos, haciendo caridad con el dinero que producen…”

   Después de la inauguración comenzó una campaña para hacer eco de la prohibición, pero que poco prosperó debido al debate originado en la sesión del congreso.[7] Cuanto formuló Payno seguía siendo la idea tangible de muchos hombres de su tiempo. El carácter ascendente del régimen porfirista mostraba pluralidad en lo referente a la visión liberal y de progreso, de ahí el rechazo que seguían mostrando infinidad de convencidos por la avanzada. Y siendo Juvenal uno de ellos, al referirse en su crónica sobre los tranvías arrastrados por mulitas, lo hacía de esta forma:

Las cintas de hierro que son símbolo de civilización y progreso, han contribuido al auge de una diversión reveladora de enorme atraso. Los toros siguen en boga.[8]

   Años después, la plaza de El Huisachal era destruida en medio de terrible bronca. A este tipo de excesos se refiere Jorge Portilla.[9] Ocurrió el incidente el 20 de diciembre de 1885, por lo que los propietarios de la de Tlalnepantla ofrecían la continuidad del espectáculo. Por lo tanto, este no faltó como entretenimiento a los “aficionados” de la capital, quienes muy pronto gozarán de la fiesta, como decirlo, en su propia casa.

CONTINUARÁ.


[1] Leopoldo Zea: “América: Una experiencia de reflexión para el futuro” (entrevista de Luz García Martínez). EL BUHO, sección cultural de EXCELSIOR. Nº 355 del domingo 28 de junio de 1992, p. 6.

[2] Si bien, Rodolfo Gaona ya no cae dentro del contexto de esta “inventiva” que he venido explicando, se convierte en una consecuencia por la búsqueda de esa invención y de esa autenticidad netamente mexicanas que él se aboca a hacer universal. Es decir, da un paso más allá del regocijo explosivo de aquel toreo respaldado en la enseñanza de la más rancia tradición, bajo la égida de Saturnino Frutos “Ojitos”.

   “Ojitos” a fines de la octava década del XIX, es banderillero de Frascuelo. En el viaje que Ponciano Díaz hace a España en 1889, este lo incorpora a su cuadrilla y regresan juntos a México. Saturnino vivirá muy de cerca la expresión de nuestro toreo, del que se han mostrado algunos ejemplos. Las conoce pues en su última etapa. A principios de siglo y por recomendación de Ramón López se enfila a León en búsqueda de Rodolfo, a quien se consagrará en cuerpo y alma (más que con todos los demás de la cuadrilla juvenil mexicana).

   Por supuesto, Gaona se merece no estos apuntes. Su quehacer en sí mismo es ya motivo de visiones y amplitudes muy significativas.

   Volviendo al tema, llegamos también a un punto culminante soportado por José Alameda, el cual para explicar a Gaona, acude con Ponciano Díaz quien en España no pasó de ser una curiosidad mexicana; de Vicente Segura, gran estoqueador y “aficionado con agallas”.

El caso de Gaona -sigue apuntando Fernández Valdemoro- es radicalmente distinto. Gaona se sostiene y con él cambia la proposición de las cosas. Hasta entonces todas las primeras figuras habían sido españolas. Gaona es el primero que, sin haber nacido en España, ocupa con total desahogo un puesto de primera línea en el toreo. Es decir, tuvo que llegar el de León a esa estatura para desplazar medianías, o es que acaso fue capaz de romper con el viejo y molesto esquema del menosprecio que ciertos europeos ilustrados tenían para con los americanos. Rodolfo, con su formación, asimilada de su maestro -el cual a su vez, concentró la experiencia de Paquiro y Cúchares en Lagartijo y Frascuelo– asume una capacidad y una responsabilidad de proyectarse hacia España, crisol taurino que hasta entonces “feudalizaba” o monopolizaba el concepto taurómaco.

No digamos pues, que Gaona “universalizó” el toreo mexicano: “Universalizó” el toreo… español (José Alameda).

   Pretendiendo lograr una visión histórica correcta diré finalmente, que la “visión de los vencidos” en cuanto relación indígena de la conquista, no procede. Sí en cambio puedo especificar el interesante asunto de que un “Indio” -sin afán peyorativo- fue capaz de producir una contraconquista.

   En todo esto quiero recalcar una reversión de hechos, re-versión en la medida en que Rodolfo Gaona fue capaz de devolver un hecho netamente español, asimilado por él como resultado de un mestizaje de culturas encontradas y lanzado por ese “Indio grande”, no indio, con minúsculas. Hablo, y para concluir la presente visión, del “Indio Grande”, con mayúsculas, el cual liquidó la vieja idea cimentada en José Daza, quien un buen día dijo que “El toreo, (es) privativo de los españoles…” Por eso, el toreo con Gaona, asoma a lo universal, sin especificidad de naciones y por eso, también por eso, depende su grandeza hasta hoy día inigualada.

[3] Clementina Díaz y de Ovando. Carlos III. El primer Borbón en México. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978. 138 p. ils. (Coordinación de Humanidades).

[4] Op. cit., p. 64. La hazaña del picador merece contarse: embistió el toro, y resistió el de a caballo bravamente; ni él se cansaba de arremeter; ni el hombre de resistir; al fin, desmontándose hábilmente sin separar la pica de la testuz, el picador se deslizó del caballo, se precipitó entre las astas del toro, soltó la púa, se aferró con los brazos y las piernas de la cabeza del animal, y así lucharon hasta que cayó el toro vencido, el picador lo mantuvo todavía algunos minutos completamente dominado y sujeto contra el suelo por un asta. El de la hazaña fue objeto de grandes ovaciones: ¡si al menos el mérito de la lucha hubiera salvado al mísero animal!

[5] Ibidem.

[6] Pedro Pérez: “La plaza de toros El Huisachal”. La Fiesta. Semanario gráfico taurino, No. 81 del 10 de abril de 1946.

[7] Op. Cit.

[8] Ibidem.

[9] Jorge Portilla. La fenomenología del relajo y otros ensayos, p. 50. Las ocasionales destrucciones de plazas de toros o de parques deportivos, de que a veces han dado cuenta nuestros diarios, atestiguan de esta posibilidad de pasar de las “palmas de tango” al regocijado incendio de galerías y patios de butacas. Las autoridades municipales de la ciudad de México, se han visto obligadas en ocasiones a prohibir espectáculos o reuniones, en sí mismos inocuos, pero que a menudo culminan en actos de destrucción; estos actos no se comprenden aplicándoles calificativos que constituyen solo una condenación moral (probablemente justificada) pero que no hacen inteligible el hecho mismo, ni mucho menos los medios de evitarlo.

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