DE SEGUIR A ESE PASO, LA FIESTA SERÁ UN REMEDO.

CRÓNICA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hoy, los gustos de la afición han cambiado radicalmente. Con los hechos, por cierto bastante lamentables que se vivieron en el ruedo de la plaza “México”, no se puede pensar en otra cosa que en la pérdida de esencia en el sentido de lo estrictamente original que tiene el espectáculo de los toros. El desfile de reses provenientes de la ganadería de Montecristo, estuvo encabezado por aquellas banderas de la invalidez, la mansedumbre y la falta de casta, que alcanzaron a convertir la jornada en un tedioso capítulo de desencanto, colmado además por una sesión que fue larga, larguísima, casi tres horas, como si con este remedio los toreros hubiesen querido levantar el derrumbe. Aquella apariencia, la correcta presentación de los ejemplares de Germán Mercado Lamm no tuvo ninguna semejanza en cuanto al pésimo juego que mostraron en la plaza.

   Tras el largo receso que “enfrió” a la afición, este 22 de enero, fecha de notable efeméride con motivo de un aniversario más del nacimiento de Rodolfo Gaona Jiménez (22 de enero de 1888), volvieron a sonar parches y clarines a las 4:30 de la tarde, como primer intento que, por parte de la empresa, pretende corregir la suma de errores que ha venido cometiendo en torno a la organización de esta temporada 2016-2017, agregando a lo anterior un propósito de bajar precios, o ajustarlo al que se cobró justo hace un año, cuando los carteles “conmemorativos” al aniversario de la plaza ya habían sido confeccionados. La entrada –apenas un tercio-, dejó notar el enojo, la desconfianza habida para con los empresarios por una afición que no responde debidamente a los llamados de carteles de lujo, que tampoco tienen la mejor manufactura, y que vienen a ser  incluso “más de lo mismo”. Y durante la lidia, tuvimos que observar ciertas alteraciones que ya son aceptadas por esa neoafición que se ha instalado en nuestros días. He aquí algunos ejemplos.

   Quedó comprobado que ninguno de los tres espadas: Miguel Ángel Perera, Juan Pablo Sánchez y Diego Silveti no lograron nada de notable con la capa que no fueran meros esbozos, pero sin llegar siquiera al sobresalto.

   Durante el primer tercio, la presencia del varilarguero prácticamente es decorativa, pues aquel momento en el que se determinan infinidad de cosas relativas al toro y la bravura de este, todo queda reducido a un puyazo, monopuyazo o apenas el leve castigo de un “refilón”, después del cual el astado sigue bajo el peto y son los subalternos quienes tienen que quitar al ejemplar, arrancarlo de ahí, ante la mirada conforme de los matadores que se mantienen impasibles en esos momentos, por lo que el antiguo “quite” ese que era retirar al toro para reducir el peligro de un percance y donde las figuras se lucían en lances emotivos, hoy es un mero trámite que los diestros decoran con algunos capotazos que muchos suelen llamar “quites” cuando ya no lo son. Se trata en todo caso de lances con un toque de gracia o de exposición. En seguida, y ya durante el segundo tercio, los banderilleros unos, no todos, dejan ver sus deficiencias y por tanto tenemos que soportar ese desgaste de peones que tocan y vuelven a tocar, lancean y vuelven a lancear sin miramiento alguno a un ejemplar al que van minando innecesariamente.

   Ya para el tercer tercio, lo que queda por ver es el comienzo de una faena en la que dejar ahormado al animal para disponer de él en la faena, es recurso que ha desaparecido. Esos pases de castigo, en todo caso suelen verse al final del trasteo, mientras todo se conduce por el intento de faenas que pretenden lucidas, bonitas, que es en buena medida, propósito de la moderna tauromaquia. Sin embargo, con esto queda demostrada la pérdida de otro elemento de valor donde gana el arte, pero pierde la técnica.

   Y esta tarde, ¡cómo sufrimos con esa fallida labor con la espada! en la que los alternantes, como si hubiesen logrado un acuerdo común, se fueron de balde pinchando en hueso, y más de alguno demostrando que con la espada corta de descabellar no se llevan. En seguida vino la participación de los puntilleros, dos señores respetables, llenos de años, pero no de facultades cuya imagen ya no es tan agradable. Se necesitan personas más jóvenes para cumplir con dicho cometido y no a estas personas que un buen día pueden ser blanco de algún percance. Algo tendrá que hacer la Asociación de Banderilleros, Picadores y Puntilleros procurando evitar un caso desagradable producido por algún momento de riesgo o peligro.

   El fuerte signo de decadencia que esta tarde pudimos contemplar con tristeza, nos pone una vez más en alerta, pues de seguir a ese paso, la fiesta será un remedo. Los principales responsables, en esta ocasión fueron el ganadero y la empresa. Desde luego, que otro reflejo de esa indiferencia provocada por la ausencia de bravura, fue esa actitud relajada y relajienta que se hizo notar en los tendidos. La gente no estaba metida en los toros, sino en otra cosa. En la medida en que la emoción estuvo ausente, esto fue suficiente para dispersar, distraer y no conectar con el sólo ambiente que por sí solo es necesario para atraer… pero no hubo tal. Y eso no produjo sino algunos momentos en donde por ejemplo Juan Pablo Sánchez se acomodó con el quinto, y que de tanto liarse con él, debido a lo corto en sus embestidas, pasó un apuro que repuso volviendo a recuperar el ritmo de esa faena que, entre altibajos también recobraba aliento.

   Para terminar con estas notas que parecen ser el reporte de un desencanto, creo que hoy los pacientes aficionados tuvimos que sortear la notable e incómoda presencia de vendedores, que no dejan de moverse, de realizar su propósito, pero sin que se queden sentados esperando el momento en que tras la primera estocada y luego ya cuando el siguiente toro aparece en la arena, sea el tiempo preciso para sus empeños de venta y despacho de cuanto se ofrece en los tendidos. Aquello es un verdadero mercado, donde la novedad fue la del ofrecimiento de bebidas alcohólicas, servidas al pie del lugar de quien las solicitara, como si de un bar se tratase. La delegación “Benito Juárez” y sus inspectores deberían darse una vuelta a la plaza para regular esa venta desproporcionada y sin control que incomoda a quienes asistimos. El “pasadero” de vendedores con cervezas, canastos, bebidas, y otros productos es una auténtica monserga que debe controlarse, evitando con ello que se desaten por aquí y por allá distractores que entorpecen nuestra atención.

   Y la cereza en el pastel fue la aparición de aquel joven que, saltando del tendido al ruedo, como si de un “espontáneo” se tratara, este consiguió en parte su propósito al despojarse de una chamarrilla con lo que quedó pecho y espalda al descubierto. En ambos sitios se podían leer frases de rechazo ante lo que para él era la tortura. No más tortura, se alcanzaba a leer no solo en su cuerpo sino en un cartel que alcanzó a desdoblar. Aquello duró unos cuantos segundos y se le retiró en medio de un fuerte reclamo de los aficionados, quienes no pararon al descubrir en el tendido a los “cómplices”, otras cuatro personas que materialmente fueron lanzadas de la plaza.

   Mal la pasamos, y no quiero que estas notas queden como símbolo del pesimismo, pero se necesita poner atención en todo lo aquí apuntado más otros factores que, por mínimos pero no por ello vitales en la lidia, deben ser atendidos para evitar en lo posible que vuelvan a repetirse. La tauromaquia, ya lo advertía, está cambiando, pero ese cambio se debe a deficiencias que son en realidad, descuidos o abandono generados por la ausencia de factores tan indispensables como esa notoriedad en bravura, presencia, codicia, edad, presencia y demás circunstancias que parten del eje central del espectáculo: el toro. Sin todo esto, vuelvo a repetir, el espectáculo sólo será un triste remedo.

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