FUE DEMASIADO…

CRÓNICA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Fueron demasiados los errores del Juez de Plaza, partiendo del primero y más relevante: haber aprobado un encierro que, como el de “Teófilo Gómez” tendría el mínimo de presentación para la categoría de la plaza de toros “México” que esta tarde, 5 de febrero de 2017, conmemoraba su 71 aniversario.

   Se trató de seis ejemplares (el séptimo, que fue de “regalo” perteneció a la vacada de Fernando de la Mora) cuya presencia no infundió ningún respeto y hasta se tuvo en el segundo de la tarde, a un astado con poco trapío, cariavacado el cual se derrumbó varias veces no tanto por debilidad, sino por padecer calambres en forma notoria en la pata derecha.

   Fue demasiado el otorgamiento de apéndices, aunque cada uno de los asistentes al final nos convertimos en jueces y no compartimos la misma y voluble decisión de quien estaba en el palco de la autoridad. Y es que allí se suman diversos factores, como el nivel de la faena, los pinchazos iniciales, tanto en la faena de “Morante” al cuarto, como la de “El Juli” al quinto. Del mismo modo, no solo fue demasiado sino un desacierto absoluto haber concedido una vuelta al ruedo a los restos del que hizo quinto, y del que un buen sector del público buscaba que se le indultara, cuando sólo recibió como castigo ya no el puyazo, sino apenas un piquete, suficiente razón para ocasionar el necesario derrame o escape de la sangre, buscando así drenar y equilibrar el flujo sanguíneo en un toro que, como la gran mayoría,  ha salido al ruedo congestionado.[1]

   La rechifla que acompañó la inmerecida vuelta al ruedo dejó claro que los asistentes no se convencieron de aquel ejemplar cuya lidia representó falta de casta, raza, bravura por ende, y sólo fue notoria una porción de nobleza que lindaba con la mansedumbre. Aun así, Julián López construyó una interesante faena, cuyos más intensos momentos ocurrieron en espacios suficientemente pequeños. Ya lo veremos más adelante.

   Pero también fue demasiado que el conjunto de estas reses mostrara el grado de docilidad que puede darse por vía de la intervención genética, labor que seguramente tienen claro todos los ganaderos, y que buscan en ello el resultado de un toro apto para la lidia de nuestro tiempo. Sólo que componentes como la raza y la bravura no estuvieron a la altura de ese producto final, en el que también debe sumarse el trapío, como búsqueda de la perfección en esa raza animal domesticada a plenitud, dirigida y encauzada por el hombre con propósitos específicos para ser aprovechados en un espectáculo cuya razón de ser tiene, entre sus objetivos la exaltación del toro bravo, de su trapío, de su nobleza, de ese ir a más, como auténtico guerrero, preparado para morir en medio de un ritual donde priva el sacrificio. Y bajo esa circunstancia, dejar demostrada su casta, sin más.

   Buena parte de los asistentes al festejo conmemorativo seguramente lo hicieron por primera vez… Ojalá hayan tenido ese toque de coqueteo, suficiente razón para dejarse seducir y regresar en otras ocasiones, hasta el punto de que con el tiempo se conviertan en aficionados, lo cual garantizará la continuidad del espectáculo. Que así sea.

   En ese tenor, la dimensión de las dos faenas centrales, ocurridas en el cuarto y quinto de la tarde, tuvieron una particular dimensión, la que seguramente tomó por sorpresa a tan notorios sectores de aficionados en potencia, que respondieron con emoción ante el quehacer de “Morante de la Puebla” como de “El Juli”, dos grandes exponentes que han consolidado sus trayectorias una vez más, con labores como las que nos compartieron en el curso de la tarde. Es de notar que tuvieron en suerte dos ejemplares “a modo” con los que dibujaron, bosquejaron y materializaron el toreo, cada quien a su modo y estilo. Y como ya sabemos, José Antonio Morante lo hizo prodigando arte a raudales, tocado de gracia, abandonándose en momentos de sí mismo para convertir aquello en obra divina y efímera a la vez. Lo que bordó en el redondo telar de la “México” fue una armonía, un gozo y si no consiguió acariciar la eternidad con el capote (a pesar de prodigarse en remates, o en esas chicuelinas que estallaron como luces de artificio), lo logró sin dificultad con la muleta, sabedor de que contaba con un ejemplar que iba a todas, y aun renunciando de pronto a este o aquel cite, el de la Puebla terminó obligándolo a pasar en rematados pases de pecho, o en el molinete, o el de trincherilla…

   Vino un pinchazo y luego la estocada, pero la faena ya había producido efectos suficientes para demandar, como era lógico, el premio y celebración de aquel héroe. Una oreja parecía ya el mejor balance, pero vino a continuación y sin más trámite la concesión de la segunda. Con un toque mágico, casi imperceptible, José Antonio poco a poco consiguió decirles a los asistentes que esa concesión ya no solo podría haber sido el resultado de una decisión incorrecta, sino a lo que equivalía honrarle y que lo correspondía con esa contundente vuelta al ruedo.

   Fue demasiado lo que vimos entre las capacidades de madurez de un Julián López, ese señor que conocemos desde que, hace ya casi veinte años y siendo un “niño prodigio” nos adelantaba en sus presentaciones novilleriles de gran calado. De entonces a estos tiempos, ha escalado hasta alcanzar sitio de privilegio. Ya se adelantaba en unas chicuelinas bajando. No. Desmayando los brazos todavía más allá, cerca de los infiernos, y tan lejos del fundamento que lograra José Mari Manzanares que también bajó los brazos y los vuelos del capote, en esa natural antítesis que puede percibirse con las excelsas chicuelinas que bordaran Antonio Bienvenida o “Manolo” González, cada quien en su estilo, pero respetando la nota clásica dictada por Manuel Jiménez “Chicuelo”.

   Desde luego que también a toda esa virtud, deben agregarse los “tranquillos” que ha venido afinando, como ese juego de muñecas que aplica para concretar y extender la dimensión del pase (sea con la izquierda o con la derecha) y hasta el que llaman “julipié”, palabra compuesta que imita el propósito del “volapié”, sólo que con su toque personal y que se concreta en el momento del encuentro, produciéndose un peculiar brinco y arqueo del cuerpo que sellan en forma contundente la suerte suprema.

   El hecho es que culminó una faena cuyo andamiaje se concentraba en esa ostensible muestra de mando, pues si no conseguía un pase por aquí, lo lograba por allá, y todo en un abrir y cerrar de ojos, con una muleta a modo de espada, cual consumado “maestro de esgrima”, en alusión perfecta a la obra  de Arturo Pérez-Reverte que lleva el mismo título. Y no sé si era un muestrario más de virtudes que de defectos, pero el hecho es que ante aquella representación de nobleza tirando a descastamiento como fue el desempeño del quinto de la tarde, Julián pudo obtener tan buen resultado que a unos gustará más que a otros. Sin embargo, fue evidente el grado de dominio, ese que ha logrado hasta obtener una economía de terrenos con los movimientos precisos para alcanzar el propósito de “su” faena. Tras el pinchazo sobrevino la estocada que, por golpe de suerte ocasionó luego del encuentro que el de Teófilo Gómez trastrabillara, derrumbándose finalmente. Y como ya se sabe, vinieron las orejas como el premio a su gesta heroica, celebrada ruidosamente luego del desatino en el arrastre de los restos mortales de un ejemplar que, en forma definitiva no mereció tamaño tributo.

   Y de Luis David Adame, ¿qué puede decirse al respecto de su comparecencia?

   Este joven aguascalentense ha venido sorteando el difícil camino de la recuperación tras reciente percance que sigue haciendo notar las secuelas del mismo. En su confirmación le vimos torear con firmeza, pero sin conectar a plenitud con los tendidos. Es una pena porque en su toreo hay muestras evidentes de ese dominio que alcanza niveles de calidad, sobre todo cuando se trata de demostrar planta, temple, colocación y la serenidad que son, entre otros, factores que le permitirán alcanzar deseadas fronteras. Tiene por delante un camino en el que ya ha demostrado la fuente de donde proviene.

6 de febrero de 2017.


[1] Recuérdese que hace algunos años, el profesor Juan Carlos Illera del Portal, adscrito al Depto. de Fisiología Animal, en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, refería el hecho de que el toro de lidia tiene características endocrinológicas especiales, y el toro ante el dolor libera una gran cantidad de betaendorfinas, hormonas que contrarrestan el sufrimiento y reducen el nivel de estrés y el dolor que el toro experimenta durante la lidia. En la suerte de varas, precisamente, estas betaendorfinas se hacen presentes eliminando dolor y estrés.

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