“CASTILLOS” y “TORITOS”: REVELACIÓN DE UN RITUAL FRENTE AL PELIGRO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Foto tomada de la cuenta de Twitter @eTultepec. 2017.

   Mientras los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI) realizaron todo tipo de destrucción en el museo de Mosul, al punto de que con la reciente recuperación por parte de las fuerzas armadas iraquíes fue imposible apreciar siquiera la presencia monumental de dos toros alados asirios con cabeza humana, en San Pedro Tultepec, estado de México se percibe, luego de otras tragedias un profundo misterio que acaba de concretarse con las fiestas que, año tras año realizan en torno a la celebración de San Juan de Dios, santo patrono de los artesanos de la pirotecnia.

En diversos reportajes que se han divulgado en medios impresos y electrónicos, puede apreciarse el júbilo que los pobladores de dicho espacio mexiquense demuestran, luego de la quema de 500 “toritos”, y donde efectivamente la mayoría de aquellas figuras ostentaron la figura del toro.

¿De qué estarán hechos los habitantes de ese poblado, en el que nada más acercarse debe percibirse un aroma a pólvora?

¿Qué misteriosa razón los mueve a realizar tan arriesgadas labores que luego se materializan en una fiesta donde muchos de ellos cargan con el dolor de las tragedias recientes?

¿Por qué es el toro la figura central de esos rituales?

Volviendo a las imágenes, lo que puede verse es un proceso en el que al amparo de la noche, cuando deben estallar aquellas piezas, muchos de los participantes materialmente danzan, animados por bandas que rondan por las calles de dicha población (entusiasmo que posiblemente se encuentre impulsado por influjo de alguna bebida) y, como hipnotizados se unen en un baile colectivo que refleja la concentración de todos los componentes del dolor y la alegría, y donde el toro, el “torito” es una especie de pararrayos en el que se descargan esos sentimientos.

Una fiesta tan arraigada como la que sucede cada año, justo el 9 de marzo, ha merecido en esa comunidad el vivo reflejo no solo de concebir verdaderas piezas del arte efímero, sino la necesaria consumación de su presencia a través de la quema respectiva, en la que brotando fuego de sus entrañas, no solo produce la emoción que se desborda, sino el peligro inminente de que se generen accidentes donde la mayoría de estos se producen por quemaduras que se miden de acuerdo a las zonas de cuerpo que fueron expuestas a dicho riesgo. Y este año no fue la excepción, pues hubo poco más de 170 lesionados, quienes reflejados en la figura de un torero, se convierten en víctimas, pero también en héroes que deben cargar con la quemadura como el diestro con la cornada. Seguramente en los códigos que se escriben en el imaginario colectivo debe estar inscrita aquella consigna de que mientras mayor sea el riesgo al que se enfrentan, esto podría tener semejanza con la cicatriz que deje, al cabo del tiempo una herida por cuerno de toro.

Quienes rodean al “torito” lo provocan y lo esquivan con sus cuerpos. No hay capas ni muletas, solo es el empeño que se cumple al legitimar un anhelo de cercanía, aumentando el “riesgo” que queda marcado en la frontera que el fuego se encarga de establecer.

Tampoco es una especie de “pamplonada” nocturna, sino una ceremonia en que se cumplen quizá, los propósitos de una consigna, de un juramento que al culminar produce la recuperación de la calma, con la que el espíritu se siente liberado de aquella tensión.

Si a lo anterior pesa la ausencia de un ser querido o un amigo que hubiesen desaparecido con motivo de alguna conflagración, las dimensiones de aquel conjuro deben ser mayores y por ende muy elevado el deseo de liberación o limpieza de estigmas creados en torno a una tragedia. Eso para ellos, debe ser un imperativo.

San Pedro Tultepec, cuyo nombre es tan maravilloso como el mestizaje mismo, concentró y sigue concentrando ese peligroso quehacer de convivir con una materia que es de suyo peligrosa y obsesiva a la vez, de la que ya integrada en “castillos” o “toritos”, al serle aplicado el fuego, comienza en estos elementos un paso sincronizado de detonaciones, que van de una figura al movimiento mismo, pues sus artesanos han logrado concretar la experiencia del pasado para mantenerla en el presente, y siempre bajo el mismo nivel de peligro.

Recuerdo que allá por el siglo XIX, hubo un maestro que realizó verdaderas piezas cuyo esplendor quedó compartido en multitud de festejos taurinos, fundamentalmente en las plazas de toros de San Pablo y el Paseo Nuevo. Me refiero a Severiano Jiménez, quien incluso, fruto de su experiencia, escribió un manual de pirotecnia del que muy poco se sabe, pero que pasa por ser el instrumento teórico que debe haber servido en su momento para la correcta manipulación de materiales tan explosivos.

Es probable que quedara trazada una línea tan finamente marcada, en la que desde aquel entonces y hasta hoy, estén presentes otros maestros que no solo hicieron suyos esos principios, sino que los mejoraron o enriquecieron. A pesar de lo anterior, la amenaza de lo incendiario sigue tan presente que por eso es capaz de cobrarlo con la vida de seres humanos dedicados a tan peligrosa actividad.

A pesar de que esas labores están controladas. A pesar de todo aquello que ha significado eliminar una tradición con objeto de evitar más accidentes, pareciera como si nada de esto negara entre los habitantes de San Pedro Tultepec la posibilidad de mantener la antigua costumbre de los fuegos de artificio, cuya deslumbrante condición causa asombro, fascinación entre quienes presencian semejantes espectáculos, muchos de los cuales necesitan de la oscuridad para su mejor apreciación.

Y sin tener necesariamente contratos que cumplir (en lo taurino), pero sí otro tipo de razones que se amparan en lo profundo, sobre todo por parte de la religión católica, no faltan en las fiestas a santas y santos patrones el “castillo” y el “torito”, si el barrio o la población, aunque fundamentalmente sus “mayordomos” u organizadores, no tuviesen más dinero que para pagar “uno y uno”. Pero también existen aquellos otros sitios en los que al nivel de la fiesta, esta debe ir compensada con más de un “castillo” y eso sí, también varios “toritos”.

Castillo y toro, elementos cuya presencia puede remontarse al renacimiento mismo, donde el sentido de defensa podría quedar concentrado en estas figuras que, en términos de guerras o invasiones se levantaban o se utilizaban para defender algún territorio específico. Las altas tapias de castillos resguardados, el toro que en grandes manadas también se utilizaba como elemento de defensa, pasaron, como en el toreo a caballo de tener un principio bélico para tornarse estético (de acuerdo a lo que José Alameda planteó en su libro La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo).

Todos estos supuestos, que provienen del fenómeno de la guerra, y superados sus propósitos, cambiaron para quedar convertidos en otro tipo de expresión, tan riesgosa como las batallas mismas. Perviven, por lo menos en la presencia del “castillo” y el “torito” (llevado al diminutivo más apropiado) para cumplir razones ahora ligadas con la religión. El culto a San Juan de Dios no ha sido la excepción, una de cuyas conmemoraciones también se celebra, de acuerdo a las “fiestas de tabla” el 15 de noviembre, y para lo cual, en el pasado novohispano también hay registro de participación con corridas de toros.

Eran los días en que, bajo el mandato del virrey don fray Payo Enríquez Afán de Rivera (entre 1673 y 1680), la canonización de San Juan de Dios se convirtió en unos de los acontecimientos de mayor aparato conocido por aquellos tiempos. Fueron célebres ciertas fiestas que por su dimensión y su boato, alcanzaron a ser consideradas por los cronistas, unos más célebres que otros para dejar sentadas auténticas relaciones de fiestas, documentos que por su naturaleza nos permite comprender, gracias al minucioso detalle, la forma en que ocurrieron no solo los festejos taurinos. También los de otro orden. Cómo vestían los caballeros, la disposición de la plaza y otras apreciaciones que poco a poco fueron definiendo el papel de las primeras expresiones periodísticas. Gregorio Martín de Guijo[1] primero y luego Antonio de Robles (entre 1648 y 1703), dejaron sentadas en el Diario de sucesos notables las bases de ese propósito, que más tarde continuarían Juan Ignacio María de Castorena y Ursúa así como Juan Francisco Sahagún de Arévalo [2] y hasta José de Gómez con su Diario curioso…(1722-1742, y 1789-1794 respectivamente).[3]

“Toritos” y “castillos”, reminiscencias virreinales donde el talento de artesanos pervive hasta nuestros días, nos han movido para quizá –en vano esfuerzo-, descifrar sus misterios.


[1] Gregorio Martín de Guijo: DIARIO. 1648-1664. Edición y prólogo de Manuel Romero de Terreros. México, Editorial Porrúa, S.A., 1953. 2 V. (Colección de escritores mexicanos, 64-65).

Antonio de Robles: DIARIO DE SUCESOS NOTABLES (1665-1703). Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Editorial Porrúa, S.A., 1946. 3 V. (Colección de escritores mexicanos, 30-32).

[2] Juan Ignacio María de Castorena y Ursúa y Juan Francisco Sahagún de Arévalo: Gacetas de México. 1722-1742. México, Secretaría de Educación Pública, 1950. 3 V. Ils., facs. (Testimonios mexicanos, Historiadores, 4-6).

[3] Diario curioso y cuaderno de las cosas memorables en México durante el gobierno de Revillagigedo (1789-1794). Versión paleográfica, introducción, notas y bibliografía por Ignacio González-Polo. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Biblioteca Nacional y Hemeroteca Nacional, 1986. 123 p. Facs., retrs., maps. (Serie: FUENTES).

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