BREVES VISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA EN 1841.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Johann Salomón Hegi (1814-1896): “Cuadrilla española en la plaza de toros”. Siglo XIX. Acuarela sobre papel. 54 x 74 cm. Col. Salomón y Brigitte Schäter, Zurich, Suiza.

Fuente: Gustavo Curiel, et. al.: Pintura y vida cotidiana en México. 1650-1950. México, Fomento Cultural Banamex, A.C., Conaculta, 1999. 365 pp. Ils, retrs., grabs. (pp. 183).

    Leo con verdadero deleite las notas que Enrique de Olavarría y Ferrari escribió para formar su Reseña histórica del Teatro en México, cuya segunda edición corresponde a 1895. El volumen consultado cubre los años de 1841 a 1850, y con amplitud, el autor hace un amplio recuento de la vida teatral que se desarrolló en la ciudad de México, sin dejar de mencionar lo que sucedía con otras diversiones públicas. Evidentemente los toros no escaparon a su vista.

Transcurre el año de 1841. Allí están mencionadas las célebres fiestas ocurridas en San Agustín de las Cuevas, donde eran frecuentes las peleas de gallos y también las riñas entre quienes consumían más bebidas espirituales de lo normal. Recrea los salones de baile público donde “las jóvenes más distinguidas y bellas, (se entregaban) a las variadas cuadrillas, la animada contradanza, el voluptuoso valse, la bulliciosa galopa”.

Y desde luego, no puede faltar aquí lo que, a los ojos de Olavarría y Ferrari significaba el solo acontecimiento de los toros. Hoy día las noticias recogidas para ese año son tan escasas que apenas nos damos una idea cabal en la forma en que pudo darse alguna temporada, o sobre los toreros de moda y las ganaderías más célebres. Funcionaba para entonces la Real Plaza de toros de San Pablo y entre los toreros más sobresalientes se sabe que dominaban el panorama los célebres hermanos Luis, Sóstenes y José María de quienes se sabe, aunque no hay una certeza absoluta, que actuaron conjuntamente entre los años de 1808 y 1858.

Vayamos al curioso apunte de Olavarría.

“Fuera de esos días y los de luces y procesiones, y los de revistas militares o aniversarios patrióticos, las diferentes clases sólo se reunían o confundían en las plazas de toros. Ya estamos en ella. Por todas partes se oyen los gritos; ¡A dos por medio las rosquillas de almendra! ¡Dulces para tomar agua! ¡Quesadillas! ¡Empanadas de arroz y de leche! ¡A las gorditas de cuajada! Los soldados han partido la plaza con una difícil evolución; los ociosos se han retirado a sus asientos, y todos aguardan ni más ni menos que en el día del juicio, el sonido de la destemplada corneta que anuncia toro. Aquí el fashionable echa lente a una lumbrera; allí un militar de barragán, con casaca de uniforme y sombrero jarano, especie de anfibio compuesto de militar y paisano, brujulea a una ciudadana de rebozo de bolita y túnico floreado; acullá cuatro cajeritos de Parían, de los que no salen por la noche, murmuran de cuantos ven; y por donde quiera, entusiastas y medio borrachos que vocean hasta desgañitarse, ʻ¡toro!ʼ Salió éste y satisfizo los deseos de la abigarrada multitud que ruge de salvaje deleite, ante un espectáculo indigno de nuestro siglo. Los aplausos y las bufonadas se mezclan a los chiflidos y forman confusa algarabía que crece a cada torpeza del picador, del banderillero, del espada y se reproducen sin variación alguna con la lidia de cada nuevo animal, o con los accidente de la brega del embolado…

Hasta aquí la cita.

Por lo que se puede apuntar al respecto, es que nuestro autor no era precisamente el taurino, pero sí un curioso cronista que retrata a la sociedad de aquel entonces y nos deja entender que en asuntos de esta diversión, la misma se celebraba bajo un ambiente único, el que nos permite entender la congregación de miles de espectadores ansiosos de ver ese espectáculo, todo él lleno de curiosas representaciones. Por esos días, fueron célebres las ascensiones aerostáticas de Mr. Luis A. Lauriat quien junto a su hija Aurelia, realizarían tan “grande espectáculo”, uno de los cuales ocurrió la tarde del 18 de abril. Seguían recordándose las intermitentes representaciones de otros aeronautas como fue el caso de Adolfo Theodore y Eugenio Robertson años atrás, más de alguna sin celebrarse por motivo del viento, o por la rotura en cierta parte de aquellos enormes globos, con lo que molesto el público y firme la autoridad, envió en más de una ocasión a Theodore a la cárcel, por incumplimiento, pero no al asentista, el célebre Manuel de la Barrera, quien con sus influencias evadió dicho sitio.

Es probable también que por aquellos días, quien estuviera al frente de más de una célebre “cuadrilla de gladiadores” fuese el que ya es un conocido nuestro. Me refiero al torero portorrealeño Bernardo Gaviño. Por desgracia, ni un solo cartel se ha podido conservar o recuperar de las muchas ocasiones en que se celebraron festejos, y ni tampoco la prensa dedicó más allá de unos cuantos párrafos a comentar lo sucedido, seguramente porque seguía presente un espíritu antiespañol, pero sobre todo la idea de que los toros eran considerados como un espectáculo bárbaro.

Lo que sí puedo asegurar es que en todas aquellas ocasiones en que se programaron corridas de toros, éstas concentraban una serie de componentes, curiosos a cual más, pues las cuadrillas y todos quienes participaban en ellas, se afanaban en presentar y representar una auténtica puesta en escena. La misma consistía en la lidia de cuatro o más toros. Luego, entraban en funciones los coleadores, se representaba una mojiganga, e incluso podría haber posibilidad de que un toro “luchara con los perros que se le echen” y que “ocho figurones montados en burros y a pie, picaran, banderillaran y mataran otro toro”. Aquella función podría concluir felizmente con fuegos artificiales y desde luego con el infaltable “toro embolado”.

Meses después, en El Siglo Diez y Nueve del 7 de febrero de 1842 aparecieron estas notas:

“¡Ah se olvidaba otro cartel. Plaza de toros de S. Pablo. El empresario, como todos los empresarios y todas las compañías, no tiene otro anhelo ni otro pensamiento que divertir al ilustrado público que lo honra con su asistencia; y al efecto expresa que se lidiarán siete bravísimos toros de la famosa hacienda del Astillero o de Atenco. Sucede que el público ilustrado grita: Cola, cola, toda la tarde; pero eso no es del caso, porque el empresario recibió ya la honra, que es lo que importa”.

Cualquier parecido con lo que ocurra en nuestros días… es mera coincidencia.

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