EDMUNDO “EL BRUJO” ZEPEDA Y LOS CUATRO SIGLOS DE TOREO EN MÉXICO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Edmundo “El Brujo” Zepeda. En El Redondel, año XIX, domingo 21 de abril de 1959, N° 1477, p. 7.

    En la entrega pasada, mencioné a Edmundo “El Brujo” Zepeda que bien podría vérsele como un personaje de la picaresca taurina mexicana. Su vida, toda ella colmada de tribulaciones tuvo en un momento esa revelación de echar a andar un proyecto que funcionó, y le funcionó muy bien.

Pero no lo contaré yo. En esta ocasión, retomo datos de una antigua entrevista que realizó el recién desaparecido Rafael Morales “Clarinero”, y que se publicó en las páginas de El Redondel, en su número del 21 de abril de 1957. ¡Hace la friolera de 60 años!

Nos recuerda “El Brujo” que

“…una noche leyendo Historia del toreo en México de don Nicolás Rangel, ahí consigna que fue el 13 de agosto de 1529, en la llamada plazuela del Marqués, que es hoy Seminario y Guatemala”, donde se celebraron buena cantidad de festejos taurinos. Es bueno recordar que el primero, que bien pudo ocurrir en los actuales terrenos de lo que queda del convento de San Francisco –es decir, donde actualmente se encuentra la torre Latinoamericana-, sucedió el 24 de junio de 1526.

“Los corrales estaban en las casas de Moctezuma, que ahora es Monte de Piedad. Se corrieron siete toros de Atenco (precisamente, la encomienda de la Purísima Concepción de Atenco, tuvo origen el 19 de noviembre de 1528. Si bien, ya existía ganado en dicho sitio, este se encontraba destinado en su mayoría al abasto, no existiendo por entonces propósitos concretos de crianza, aspecto este del que se perciben ya los primeros indicios al finalizar el siglo XVIII. N. del A.) y fueron lidiados por militares españoles y los aborígenes más audaces. Las capas estaban teñidas de azul y blanco o de rojo y blanco.

“Me pareció que era justo celebrar ese acontecimiento, ya que es una fiesta tradicional de gran raigambre y significado. Creí que volver a escenificar aquella corrida resultaría soso.

“Pensé en la conveniencia de resucitar suertes antiguas, de las que muchos aficionados apenas tenían referencias por láminas o grabados. Bauticé aquello como Cuatro Siglos del Toreo en México, aunque pueda haber discrepancia, aduciendo algunos que son más o menos…

“Entre las suertes (que se practicaron estaban): La Mamola, de origen azteca (sic); el Don Tancredo, relativamente moderna –la cual puso en práctica a finales del siglo XIX Atenógenes de la Torre-; el salto de la garrocha; salto al trascuerno; banderillas con la boca; banderillas en silla; banderillas en barril; la suerte de los comprometidos, torear en zancos, etc.

“La de los comprometidos se hace entre cuatro personas que, sentadas cada una en su silla alrededor de una mesa toman su cerveza… Sale el toro y… a ver qué pasa. En realidad es un Tancredo colectivo, siempre del agrado del público.

“Presenté el espectáculo aquí, en la plaza México, el 14 de agosto de 1955. Hemos toreado en esta plaza dos veces más, siempre con gran éxito; en Guadalajara llenamos la plaza tres veces; hemos toreado en Monterrey, Laredo, San Luis Potosí y otras importantes plazas que sería largo decir. El primero de mayo toreamos en Torreón.

“Si no es precisamente un negocio fantástico, sí nos deja para vivir, y tiene la ventaja, sobre otros, de que le permite a uno estar dentro del ambiente del toro.

¿Y cuáles son sus planes?, pregunta “Clarinero”.

“Torear mucho en todas plazas de la República, y después, si hay suerte, ir al extranjero, en donde creo tendremos bastante resonancia”.

Hasta aquí con aquella entrevista.

Sólo queda reafirmar que un espectáculo así, fue el compendio de suertes que se practicaron en siglos pasados, no solo de suertes virreinales. Destacan mucho las que se realizaban en el XIX, justo en momentos en los que era necesario recuperar e interpretar –o reinterpretar-, el desarrollo de diversas puestas en escena, mismas que ocurrían en una sola tarde.

Como puede apreciarse, el repertorio fue un conjunto de elementos que la torería virreinal y decimonónica puso en práctica como resultado, posiblemente de un relajamiento con respecto a los dictados técnicos y estéticos que se daban desde España. Efectivamente deben haberse transmitido con el rigor de los tratados que imperaron por entonces. Sin embargo, un carácter americano, y más aún novohispano o nacionalista terminaron por alterar y adecuar todas aquellas normas en aspectos con variantes notables. Cambiaba la forma, no el fondo.

Lo que llegó hasta el entorno del propio “Brujo” Zepeda fue ese residuo de antiguos vientos que recuperó y adaptó para que la “compañía de gladiadores” (así se conocían hace dos siglos a las cuadrillas) o la “troupe” se dieran a la entregada demostración de las que también eran las mojigangas.

Allí estaban, entre otros, el diablo, que según lo sé de cierto, era representado por José Luis Carazo “Arenero”, padre de Luis Ramón Carazo, que heredó la afición y los quehaceres periodísticos.

Vayan por todos los que hicieron posible aquella recuperación nuestro reconocimiento, con la posibilidad de que en unos pocos años más, el 2026 para ser exactos, sea un buen momento en el que renovadas cuadrillas y troupes nos vuelvan a decir, a través de la escena misma, cómo se practicaron suertes que hoy siguen recuperándose, por fortuna, de viejas lecturas y arcones polvosos del recuerdo.

 

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