Archivo mensual: agosto 2017

HOY RECORDAMOS A MANOLO MARTÍNEZ, 21 AÑOS DESPUÉS DE SU PARTIDA.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

MANOLO MARTÍNEZ. COLECCIÓN: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Manolo Martínez pertenece a la inmortalidad desde el 16 de agosto de 1996, al abandonar este mundo luego de haber logrado uno de los imperios taurinos más importantes del siglo pasado.

Su sola presencia alteraba la situación en la plaza, y como por arte de magia, todos aquellos a favor o en contra del torero revelaban su inclinación.

Parco al hablar, dueño de un carácter enigmático, adusto, con capote y muleta solía hacer sus declaraciones más generosas, conmoviendo a las multitudes y provocando un ambiente de pasiones desarrolladas antes, durante y después de la corrida.

En sus inicios como torero, el regiomontano Manolo Martínez, comparte una época donde la presencia de Joselito Huerta o Manuel Capetillo determinan ya el derrotero de aquellos momentos. Dejan ya sus últimos aromas Lorenzo Garza y Alfonso Ramírez Calesero. Carlos Arruza recién ha muerto y su estela de gran figura pesa en el ambiente.

En poco tiempo Manolo asciende a lugares de privilegio y tras la alternativa que le concede Lorenzo Garza en Monterrey  inicia el enfrentamiento con Huerta y con Capetillo en plan grande, hasta que Manolo termina por desplazarlos. También acumula una etapa en la que se confronta con Raúl Contreras Finito. Su inesperada muerte terminó con aquel episodio más pronto que ya.

Su encumbramiento se da muy pronto hasta verse solo, muy solo allá arriba, sosteniendo su imperio a partir de la acumulación de corridas y de triunfos. Pronto llegan también a la escena Eloy Cavazos, Curro Rivera, Mariano Ramos y Antonio Lomelín quienes cubrirán una etapa polémica en el quehacer taurino contemporáneo.

Hombre solitario, artista capaz de dar rienda suelta a sus emociones internas. Manolo Martínez quien con su peculiar forma de ser en el ruedo creaba un ambiente propicio para las “pasiones y desgracias”, que dijera el gran poeta Miguel Hernández.

En la plaza, el público, impaciente, comenzaba a molestarlo y a reclamarle. De repente, al sólo movimiento de su capote con el cual bordaba una chicuelina, aquel ambiente de irritación cambiaba a uno de reposo, luego de oírse en toda la plaza un ¡olé! que hacía retumbar los tendidos.

Para muchos, el costo de su boleto estaba totalmente pagado. Con su carácter, era capaz de dominar las masas, de guiarlas por donde el regiomontano quería, hasta terminar convenciéndolos de su grandeza. No se puede ser “mandón” sin ser figura.

   No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente. (Guillermo H. Cantú).

El diestro neoleonés acumuló muchas tardes de triunfo, así como fracasos de lo más escandalosos. Con un carácter así, se llega muy lejos. Nada más era verle salir del patio de cuadrillas para encabezar el paseo de cuadrillas, los aficionados e “istas” irredentos se transformaban y ansiosos esperaban el momento de inspiración, incluso el de indecisión para celebrar o reprobar su papel en la escena del ruedo.

Manolo ser humano, de “carne, hueso y espíritu” le tocó protagonizar un papel hegemónico dentro de la tauromaquia mexicana en los últimos 30 años del siglo pasado.

Manolo Martínez procedía de una familia acomodada. Nació el 10 de enero de 1947 en Nuevo León. Sobrino-nieto del presidente constitucionalista Venustiano Carranza, mismo que, de 1916 a 1920 prohibió las corridas de toros en la ciudad de México, por considerar que

…entre los hábitos que son una de las causas principales para producir el estancamiento en los países donde ha arraigado profundamente, figura en primer término el de la diversión de los toros, en los que a la vez que se pone en gravísimo peligro, sin la menor necesidad la vida del hombre, se causan torturas, igualmente sin objeto a seres vivientes que la moral incluye dentro de su esfera y a los que hay que extender la protección de la ley.

Su padre, el Ingeniero Manuel Martínez Carranza participó en el movimiento revolucionario, para lo cual se unió a las filas del Ejército Constitucionalista, llevando el grado de Mayor.

A su madre, doña Virginia Ancira de Martínez le hizo pasar tragos amargos, porque Manuel, desde un principio dio muestras de rebeldía, integrándose a la práctica de la charrería que combinaba con sus primeros acercamientos al toreo, gracias a que su hermano Gerardo contaba con una ganadería, no precisamente de toros bravos.

Todo esto motivó el rechazo familiar. El colmo es cuando anuncia que deja los estudios de veterinaria en la Facultad de Ingeniería del Tecnológico de Monterrey para cumplir con su más caro deseo: hacerse torero.

“Déjenle que pruebe sus alas y sus ilusiones…” dijo doña Virginia a la familia. Y antes de partir a los sueños impredecibles, le advirtió a Manuel: “Ve, anda, si quieres ser torero, demuestra tu valor. Si no eres el mejor, regresa al colegio. Recuerda que en esta casa no hay cabida para los mediocres…” Tales palabras sonaron a sentencia en los oídos del joven, que ya no tenía más voluntad que la de convertirse en una gran figura del toreo.

A pesar de que no había problemas económicos en la familia Martínez Ancira, Manuel se marchó empezando sus correrías sin más ayuda que su deseo por verse convertido en “matador de toros”. Puede decirse que a partir del domingo 1° de noviembre de 1964, tarde en la que triunfó en la plaza de toros AURORA, nacía, la gran figura del toreo mexicano.

No sólo enfrentó el peligro ante los toros, sino también en otras circunstancias como tomar una motocicleta y buscar los caminos más difíciles y sinuosos, como también pilotear una avioneta y describir piruetas en el aire ante el asombro de muchos.

Corto de palabra, reducía sus diálogos a unos cuantos monólogos o a unas cuantas respuestas. Era como artista, una fuerza poderosa e indescriptible, surgiendo con ello los hilos de comunicación que se entrelazaban en un diálogo estentóreo, misterioso que conmocionaban los cimientos de cualquier plaza donde se presentara.

Consagrado sufrió serias cornadas, siendo la de BORRACHON, de san Mateo la que lo puso al borde de la muerte, dada la gravedad de la misma. Fue un percance que alteró todo el ritmo ascendente con el que se movía de un lado a otro el gran diestro mexicano.

De hecho, la muerte casi lo recibió en sus brazos, de no ser por la tesonera labor del cuerpo médico que lo atendió. Tal herida causó un asentamiento de firmeza en el hombre y en el torero. Se hizo más circunspecto y calculador. De ahí probablemente su altivez, pero, al fin y al cabo una altivez torera.

Como figura fue capaz de crear también una serie de confrontaciones entre sus seguidores, que eran legión y los que no lo eran, también un grupo muy numeroso. Su quehacer evidentemente estaba basado en sensaciones y emociones, estados de ánimo que decidían el destino de una tarde. Así como podía sonreír en los primeros lances, afirmando que la tarde garantizaba un triunfo seguro, también un gesto de sequedad en su rostro podía insinuar una tarde tormentosa; tardes que, con un simple detalle se tornaban apacibles; luego de la inquietud que se hacía sentir en los tendidos.

Ese tipo de fuerzas conmovedoras fue el género de facultades con que Manolo Martínez podía ejercer su influencia, convirtiéndose en eje fundamental donde giraban a placer y a capricho suyos las decisiones de una tarde de triunfo o de fracaso.

Era un perfecto actor en escena, aunque no se le adivinara. De actitudes altivas e insolentes podía girar a las de un verdadero artista a pesar de no estar previstas en el guión de la tarde torera.

Pesaba mucho en sus alternantes y estos tenían que sobreponerse a su imagen; apenas unos movimientos de manos y pies, conjugados con el sentimiento, y Manolo transformaba todo el ambiente de la plaza.

Quienes estamos cerca de la fiesta, debemos despojarnos de la camisa de las pasiones y de los alegatos sin sentido, para ir entendiendo la misión de uno de los más grandes toreros mexicanos del siglo XX.

Su proyección hacia otros países también deja una honda huella que se reconoce perfectamente, a pesar de las posibles omisiones, por lo que su obra quedó inscrita en el universo taurino.

La tauromaquia de Manolo Martínez es una obra soberbiamente condensada de otras tantas tauromaquias que pretendieron perfeccionar este ejercicio. Sus virtudes se basan en apenas unos cuantos aspectos que son: el lance a la verónica, los mandiles a pies juntos y las chicuelinas del carácter más perfecto y arrollador, imitadas por otros tantos diestros que han sabido darle un sentido especial y personal, pero partiendo de la ejecución impuesta por Martínez.

En el planteamiento de su faena con la muleta, todo estaba cimentado en algunos pases de tanteo para luego darse y entregarse a los naturales y derechazos que remataba con martinetes, pases de pecho o los del “desdén”, todos ellos, únicos en su género.

La plaza era un volcán de pasiones, cuyas explosiones se desbordaban en los tendidos, hasta que el estruendo irrepetible de cien o más pases dejaba a los aficionados sin ya más fuerzas para agitar las manos después de tanto gritar.

Capote y muleta en mano eran los elementos con que Manolo Martínez se declaraba ante la afición. Lo corto de sus palabras quedaba borrado con lo amplio y extenso de su ejecución torera.

Manolo Martínez cimentó durante todo su recorrido profesional la imagen que nos dejó. Ahora perdura sólo el recuerdo del gran torero olvidando rencillas y rencores inclusive entre sus más declarados enemigos.

Sus triunfos, pero también sus fracasos como torero dejaron huella. Es decir, hablamos de los extremos, del bien o del mal, del amor o del odio, de la vida o la muerte. Manolo supo forjar momentos de grata memoria, pero también de aciaga condición.

Como todo gran torero, España fue otra meta a seguir. En 1969 logra sumar 49 actuaciones a cambio de tres cornadas que le impidieron llegar probablemente a las 80 corridas. El espíritu de conquista se dio con Manolo, puesto que logró convencer a la exigente afición hispana

La pasión de los toros…, según Manolo Martínez lo lleva a entregarse a una de las ambiciones de todo gran torero: dedicarse a la crianza de toros bravos. Es por eso que movido por sus deseos en 1976 y en el rancho de Guadalupe, municipio de Llera, Tamaulipas, funda su propia ganadería, destinando para ello simiente de Garfias, san Martín, Torrecilla, Valparaíso, lo que marca la influencia total de SAN MATEO, alma esencial de la ganadería mexicana durante casi todo el siglo pasado.

Se involucró tanto en esta actividad que al mismo tiempo que logró un ganado con estilo propio, apoyó también a los principiantes, en quienes puso todo su empeño, al grado de que Enrique Espinosa “El Cuate” gozó de las recomendaciones del “maestro”, quien en todo momento confió en este muchacho pero que no cuajó como era de esperarse.

Y Manolo no era el hombre dedicado en cuerpo y alma a su profesión. También era hombre de sentimientos. El 9 de mayo de 1969 se casó con Bertha Asunción Ibargüengoitia Cortázar, emparentada con ganaderos de reses bravas fundamentales en el quehacer taurino mexicano.

Con el tiempo los hijos fueron llegando: Bertha, Manuel Fernando y Mónica. La familia Martínez-Ibargüengoitia gozaba de los pocos días que Manolo no tenía comprometidos para torear. En esa intimidad, el señor Manuel Martínez Ancira hallaba refugio, amor y cariño.

Qué difícil condición la de ser torero cuando se llega tan alto. Ahora comprendemos en su exacta dimensión el papel desempeñado por uno de los grandes en el toreo mexicano: MANOLO MARTINEZ.

Manolo el hombre, la figura que, enfundada en el hábito de los toreros -el majestuoso traje de luces-, nos legó multitud de recuerdos que hoy siguen causando emoción y polémica.

He aquí un pequeño rasgo de la majestad torera, del sentido humano alcanzados –en frase muy atrevida y discutible también- por el mejor torero mexicano de los últimos tiempos: MANOLO MARTINEZ.

16 DE AGOSTO DE 2017.

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UN 9 DE AGOSTO DE 1896, CARLOS LÓPEZ “EL MANCHADO” RECIBIÓ GRAVE CORNADA EN DURANGO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Carlos López “El Manchado”. Colección Carlos Cuesta Baquero.

La edición del 20 de agosto de 1896, El Siglo Diez y Nueve, p. 2, recordaba lo siguiente:

“Otra víctima de los toros.-El conocido banderillero Carlos López, conocido con el alias del Manchado, fue cogido por un toro en la plaza de Durango, y sufrió una tremenda herida, que solo sobrevivió dos días, falleciendo en la casa de Ponciano”.

   Por su parte La Patria, en la edición del 18 de septiembre de 1896, p. 2, informaba ya fuera de contexto que el 9 de agosto de 1896, se presentó en la plaza de toros de Durango la Cuadrilla de Ponciano Díaz. Como el diestro dejara vivos a los bichos que debió matar, el soberano lo apedreó, hiriéndole en la región frontal.

Y sigue la nota. “En la misma corrida fue cogido por un toro el banderillero Carlos López (a) El Manchado, entrándole el asta por la ingle izquierda, de cuya herida murió el desgraciado López cuatro días después”.

Fue costumbre por aquellos años que una noticia de tales dimensiones, se manejara de manera irresponsable, pues mientras algunos diarios informaban del deceso, otros le daban un sentido casi teatral. “Los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud”, frase que acuñó el conocido autor José Zorrilla, utilizada a lo que se ve a diestra y siniestra, con lo que puede entenderse que el personaje aquí revisado había salvado la vida.

Pero ¿quién fue Carlos López?

Los pocos datos que sobre él existen los proporciona Heriberto Lanfranchi en su imprescindible obra La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. II, p. 660: Banderillero que nació en Orizaba, Ver., (aunque Carlos Cuesta Baquero indica que nació en la ciudad de México) y que de 1884 a 1896 estuvo en la cuadrilla de Ponciano Díaz. El 9 de agosto de 1896, en Durango, Dgo., sufrió mortal cornada en el pecho al clavar un par de banderillas. Durante dos meses estuvo entre la vida y la muerte, en increíble y prolongada agonía, hasta que falleció el 9 de octubre de dicho año.

De nuevo, apoyándome ahora en apuntes imprescindibles elaborados por Roque Solares Tacubac –anagrama de Carlos Cuesta Baquero-, este refiere que, el día de la tragedia (sucedió) “el percance al lidiarse un toro muy rápido y codicioso, que se “metía debajo”. Fue enganchado y sufrió tremenda cornada en la parte inferior del lado derecho del tórax –en el “hipocondrio-. El asta interesó el hígado, el diafragma, el pulmón. El lesionado fue operado hábilmente por el doctor Herrera, cirujano de justificada nombradía. A pesar de la buena operación, el resultado fue funesto transcurridas algunas horas”. Esta sola afirmación, pone en duda por tanto, la fecha del desenlace, pues Cuesta Baquero señala, que la muerte ocurrió “algunas horas” más tarde, y no como lo indican otras notas en las que habiendo sobrevivido, finalmente dejó de existir hasta el 9 de octubre… ¡Dos meses después!

Y termina apuntando Roque Solares Tacubac: “El sepelio tuvo bastante condolencia sin llegar a exageración. Era un torero forastero y por consiguiente sin arraigadas simpatías entre los duranguenses. Después, el olvido cayó sobre la tragedia”. (Véase La Lidia. revista gráfica taurina, año I, N° 7, del 8 de enero de 1943: “Cornadas mortales casi olvidadas”).

Fue hasta el 25 de octubre de ese mismo año que, en la plaza de toros “Bucareli”, se llevó a cabo un festejo a beneficio de los deudos. En esa ocasión, se presentó la viuda y su hijo, mismos que recogieron $600.00. Aquella tarde alternaron Joaquín Navarro Quinito y José Marrero Cheché, quienes despacharon toros de Tepeyahualco. “Se vio en esa corrida lo que nunca, ¡¡¡el toro en 6° lugar, picado después de banderilleado!!!

Otro percance que sufrió este personaje sucedió la tarde del 4 de septiembre de 1887 en la plaza de toros de Colón. Los toros eran de Jalpa y el cuarto, que portaba divisa caña y rojo, era negro zaino, de libras y cornalón; salió franco y voluntario. En el segundo tercio de la lidia tomó querencia en los medios por el lado del sol y comenzó a recelarse acudiendo al bulto; así lo encontró Ponciano Díaz, encargado de estoquearlo. Carlos López intentó llevarlo a los tercios tirándole un capotazo por los hijares, el toro abandonó un momento la querencia y arrancándose con celeridad alcanzó al diestro enganchándole de la banda por la parte posterior, y echándoselo a la cabeza, lo despidió a distancia, volviendo a recogerlo de la misma banda.

Afortunadamente la cogida no tuvo consecuencias. Tal registro lo he localizado en la revista de toros La Muleta, año I, N° 3, del 18 de septiembre de 1887.

Un intento más por describirlo es el que debe hacerse a partir de una “tarjeta de visita” que ha llegado hasta nuestros días, en la que Carlos López aparece de cuerpo entero, portando un traje de luces, precisamente como los que llevaban los integrantes de las cuadrillas que, para 1885 en adelante habían comenzado a “españolizarse”, lo cual significa que abandonaron vestimentas que semejaban adefesios. Las mangas de la casaquilla son un poco más cortas, y la taleguilla se encuentra un poco sobrada. En este caso, Carlos, de rasgos indígenas, va tocado de bigote, usanza que se impuso desde los tiempos de Lino Zamora y que Ponciano Díaz defendió a ultranza en una época en la que los mexicanos bigotones, se confrontaron con hispanos patilludos.

El apodo no es casual. Al mediar el siglo XIX, buena parte de los integrantes del ejército de Juan Álvarez se les conoció como los “pintos” (enfermedad de la piel) por lo tanto, Carlos López, que no habiendo nacido en Guerrero sino en Veracruz (o en la ciudad de México), pudo haber presentado un cuadro similar…

El capote de paseo, de amplios vuelos se lo colocó al estilo con que desfilaban las cuadrillas encabezadas por Luis Mazzantini, Diego Prieto o José Machío, lo cual es seña de que el porte con que se dejó retratar el “Manchado” muestra ese toque o detalle que mucho destaca la elegancia desplegada por buena parte de toreros del romanticismo hispano.

¿En qué gabinete fotográfico fue a hacerse ese retrato? Se desconoce, aunque pudo haber sido uno de menor categoría, justo en la época en que en la ciudad de México, quienes “cortaban el bacalao” en esos menesteres eran los hermanos Valleto. El telón de fondo no guarda ninguna relación con lo taurino, aunque sí con una escena rústica, donde algunos maderos a punto de caer, parecen representar la cerca de un espacio rural. No hay en Carlos López muestras de desparpajo, sino la afirmación de una figura tan mexicana la cual armoniza con los elementos que hicieron suyos quienes se dieron cuenta que el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna era ya toda una realidad.

Evocadora imagen, de las pocas que hoy nos permiten conocer, con nombre y apellido a personajes que, no siendo necesariamente las figuras protagónicas, formaron parte del registro con el cual podemos identificar a uno más de los que integraron las huestes de aquella torería decimonónica, a “la mexicana” encabezada, en lo fundamental por Ponciano Díaz.

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¿HASTA CUÁNDO EL AYUNO TAURINO EN LA CIUDAD DE MÉXICO?

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

En otras épocas, las que detentaron y controlaron por ejemplo Antonio Algara, “Carcho” Peralta o Alfonso Gaona –cuando este personaje se proponía hacer bien las cosas-, la temporada de novilladas podría estar alcanzando a estas alturas del año un buen número de novilladas, lo que garantizaba que al final de ese capítulo estuviesen un buen número de aspirantes a matadores de toros. Fueron temporadas con 30 o más festejos que dejaron excelente balance. Con ello, la fiesta en nuestro país se veía intensificada, pues otros tantos empresarios, los de provincia no podían dejar pasar la oportunidad para programar a los triunfadores de la capital, cuyas plazas, “El Toreo” o la “México” se convirtieron en cajas de resonancia. De ahí que ambos cosos “daban y quitaban”, lo mismo a novilleros que a matadores de toros, con lo que su intención como frase sentenciosa tenía efectos contundentes.

Pero en este 2017, conforme avanzan los meses, semanas y días se aprecia y confirma cada vez más, que la actual empresa de la plaza de toros “México”, se empeña en no dar festejos, y si lo hace va a ser simple y sencillamente con el propósito de cumplir con lo establecido en el reglamento taurino y la ley de espectáculos públicos vigentes, con objeto de alcanzar el visto bueno y así celebrar –si es que ese es su propósito-, la temporada grande 2017-2018.

Serían 12 únicas tardes, número insuficiente para dar la oportunidad al que en estos momentos debería verse como un contingente de aspirantes (si es que los hay) dispuestos a mostrar, como es natural, más sus defectos que virtudes.

No recuerdo tarde alguna y hablo de la temporada 2016, donde se haya hecho notar alguno de aquellos que actuaron en lo justo de 12 festejos. Sí recuerdo, en cambio, que lo más sobresaliente fue el encierro de Zacatepec el cual vino a reverdecer viejos laureles de tan reconocida hacienda tlaxcalteca…, pero hasta ahí.

Por tanto, estas notas no son sino un llamado de atención que los aficionados le hacemos a una empresa que nos sigue debiendo un aporte en revelaciones juveniles, las cuales tendrían que estar entrando ya, por el sendero de firmes prospectos para un futuro garantizado en la tauromaquia nacional.

Un comportamiento deprimido como el de la fiesta en estas partes del año nada bien le viene a un espectáculo que necesita credibilidad, posicionamiento, y demás factores que la ayuden en ese aliento indispensable. En eso no parece fijarse la nueva empresa para la cual ya quedó atrás aquella generosa concesión del beneficio de la duda de nuestra parte. Hoy, lo que queremos son hechos.

Su respuesta, el silencio, la inactividad solo levantan sospechas y eso en verdad, crea muy mal ambiente.

Además, esperaríamos que dicha organización se aplicara con una serie de correctivos bastante necesarios para ganarse la confianza de quienes asistimos a la plaza.

¿Quieren ejemplos?

1.-La conveniencia de que los festejos comiencen a las cuatro de la tarde.

2.-Evitar el exceso de negocios que se instalan en áreas de acceso a la plaza, sobre todo inmediatamente después de la entrada principal de sombra.

3.-Retirar el templete o tarima que invade la libre circulación. No quiero pensar si se presentara una emergencia. Aquel obstáculo sería una auténtica trampa en una salida imprevista del público de los tendidos hacia los pasillos o exteriores de la plaza. En todo caso, ese sitio debería estar marcado como “zona de reunión” en caso de una contingencia, lo cual no deseamos pero que prevenimos con esta observación, ausente en los códigos de seguridad de la plaza y donde la delegación tendría que estar más que presente para aplicar el protocolo correspondiente.

4.-Eliminar los puntos de venta de bebidas alcohólicas que están colocados en por lo menos dos balcones ubicados en sombra y que causan desagradable impresión, convirtiendo los tendidos en zona de bar.

5.-Control a los vendedores. En las últimas temporadas ha crecido el número de vendedores en los tendidos. Pero no hay quien los controle, por lo que estos realizan sus actividades sin quedarse quietos un momento. Incluso, en los momentos cruciales de la faena o desenlace de la misma, su ir y venir provoca que los toros se “toquen”, con lo que los diestros no se encuentran en condiciones de consumar correctamente la suerte suprema.

6.-Control de esos otros negocios, sobre todo de comida que también se han incrementado y que si bien, producen un efecto o golpe interesante a la vista, dejan ver un débil rigor en la concesión de permisos. He aquí un caso que deben resolver conjuntamente empresa y autoridad delegacional.

7.-Eliminar la presencia de grupos musicales que en muchas ocasiones sus repertorios no guardan ninguna relación con el ambiente taurino. Con ello, se corregiría el exceso de decibeles que producen por efecto del equipo de sonido con el cual se hacen acompañar.

8.-¿Quieren llevar público a la plaza?

¡Bajen los precios!

9.-¿Quieren difusión?

Mejoren su imagen, mercadotecnia y publicidad.

10.-Comiencen ya, por lo que más quieran la temporada de novilladas. La afición se los agradecerá.

11.-Eviten, en la medida de lo posible el exceso de personas en el callejón. Un buen control y entonces sólo estarán en dicho espacio quienes sí tienen una función específica.

Estaremos pendiente de lo que suceda. No al ayuno taurino forzado que vivimos por estos días.

Agosto 7 de 2017.

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LAS COMPETENCIAS TAURINAS DE AYER: LINO ZAMORA y JESÚS VILLEGAS “EL CATRÍN”.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

La Muleta. Revista de toros. Año I. México, noviembre 27 de 1887. N° 13. Col. del autor.

    Estos dos diestros mexicanos, uno guanajuatense, el otro michoacano, tuvieron el 18 de diciembre de 1863 una reñida batalla en la plaza de toros de San Clemente, en Guanajuato. Sabemos de ella gracias a que en la revista de toros La Muleta, del 27 de noviembre de 1887, se publicó a doble página una hermosísima cromolitografía, obra de P. P. García, dibujante mexicano que, a lo que se ve en la imagen que ilustra las presentes notas, le bebió los alientos a Daniel Perea, célebre dibujante que colaboró en La Lidia española, publicación no menos conocida.

Alguien, que vivió aquel episodio, escribió la memoria de la jornada en estos términos:

Jesús Villegas era muy querido de aquel público cuando fue contratado el valiente Lino para trabajar en su compañía. La primera corrida se verificó el día 11 del mes y año citados y en ella Lino con su trabajo opacó a Villegas, robándole la simpatía del público. Villegas se resolvió a competir con Lino y el día 18 después que en la lidia y muerte del primer toro de la tarde, el público había aplaudido mucho a Lino, despertóse en Villegas la emulación.

“Pisó la arena el segundo toro de la tarde que pertenecía a la vacada del Copal y fue negro, de libras bien armado y codicioso. Villegas soltó el capote y recortó al toro con la montera dos veces. Lino Zamora a su vez soltó el percal y citó a la res para quebrar a cuerpo limpio, acudió el toro y el diestro fue enganchado y volteado, sufriendo una herida entre las dos vías que puso en peligro su vida, y además un varetazo en el vientre y un puntazo en el brazo derecho. El diestro se retiró a la enfermería por su propio pie y fue curado por el Dr. Rómulo López. El toro tomó con voluntad y poder 11 varas, dio cinco caídas y mató dos caballos; fue pareado por José M. Ramírez y lo mató Jesús Villegas de una estocada muy baja”.

Ya se ve que uno y otro podían salirse de sus casillas y armar un “sanquintín” de esos, memorables que hasta hoy siguen sonando sus hazañas en la desaparecida plaza de San Clemente.

En la recreación de aquel suceso, P. P. García, tuvo que deformar un poco el escenario pues les da a los espadas y cuadrillas el colorido de la vestimenta “a la española”, que ya se veía por aquellos días finales de 1887 en varias plazas de la ciudad de México, donde las cuadrillas de los hispanos no se daban abasto en presentar sus mejores representaciones. Incluso, al fondo, es posible observar a uno de los de turno, montado en una jaca y revestida esta por aquellos famosos cueros que las malas lenguas terminaron por conocer como “baberos”, antecedente del que para los años veinte del siglo pasado fue el origen del peto.

Los colores de tan maravillosa lámina que conservo cuidadosamente, dado el paso del tiempo transcurrido y que ha maltratado tan antiguo papel, son firmes y a través de ellos, junto con la proporción del buen dibujante, podemos entender las riesgosas intenciones que uno y otro “capitán de gladiadores” tuvieron para ganarse las palmas y la fama en uno más de aquellos sitios o feudos en los que el solo nombre de Lino Zamora o Jesús Villegas El Catrín, eran suficiente poder de convocatoria para que las plazas se llenaran de espectadores ávidos de ver un espectáculo fundado en suertes que surgían de la espontaneidad, y donde no faltaban los pares “non plus ultra”, es decir el par de banderillas extremadamente cortas, o la colocación de banderillas con la boca, saltar con dos garrochas, y realizar también el recorte denominado “suerte de la rosa”, cuando esto era a pie. No conformes, montaban cuacos briosos, y no bastaba con que Ignacio Gadea o Luis G. Inclán fuesen los amos del cotarro. Tenemos informes que Bernardo Gaviño, Lino Zamora mismo o Pedro Nolasco Acosta también se lucieron en la colocación de banderillas a caballo…

De alguna manera forjaron su fama, lo que por lo visto hasta aquí, no eran simples sutilezas, sino incluso deliberados intentos suicidas por hacerse de un “cartel” y hasta para figurar en una novela, como la que escribió Bernardo Jiménez Montellano, y publicada en 1957 con el título La virgen de espadas.

Recordemos, como lo indica otro cartel, este en la plaza de toros “Montecillo”, en San Luis Potosí, cuando el propio Lino fue a torear el 15 de agosto de 1869. Se enfrentó a toros de Guanamé, y entre otras gracias se apunta que “el primero, segundo, tercero y cuarto toro, serán picados y banderillados con todo el lucimiento posible, dándoles muerte el capitán de la cuadrilla, en diferentes posiciones”.

Así arriesgaba la piel quien una tarde, en febrero de 1878 por uno de los de su cuadrilla, Braulio Díaz para mayor referencia, y en el Real de Zacatecas murió asesinado por motivo de que entre ambos, se suscitaban fuertes diferencias pasionales por una mujer que el famoso corrido que lo rememora nos informa que se llamaba Prisciliana, Prisciliana Granado para mayor información.

De heroicas jornadas, pasó a dolorosa cornada.

 Y con esta me despido

Con los rayos de la aurora;

Aquí se acaban cantando

Los recuerdos de Zamora.

 

Rosa, Rosita, Rosa también,

Ya murió Lino Zamora;

Requiescat in pace Amén.

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 LAS MOJIGANGAS EN EL MEXICANO SIGLO XIX. (Tercera y última parte).

ANTIGUAS SUERTES MEXICANAS DEL TOREO, O REMINISCENCIA DE OTRAS QUE YA NO SE PRACTICAN.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Cartel de la plaza principal de SAN PABLO para el jueves 11 de junio de 1857. Colección Julio Téllez García.

   Así como el toreo se estableció en el siglo XVI bajo las más estrictas reglas de la caballería a la brida o a la jineta, para alancear y desjarretar toros, también debe haber habido un síntoma deseoso de participación por parte de muchos que sintiéndose aptos lo procuraron, atentando contra ciertas disposiciones que les negaban esa posibilidad. Sin embargo, el campo, las grandes extensiones de tierras que sirvieron al desarrollo de la ganadería debe haber permitido en medio de esa paz y de todo alejamiento a las restricciones, la enorme posibilidad que muchos criollos y naturales deseaban para desempeñar y ejecutar tareas con una competente habilidad que siendo parte de lo cotidiano, poco a poco fueron arribando a las plazas, quedándose definitivamente allí, como un permanente caldo de cultivo que daba la posibilidad de recrear y enriquecer una expresión la cual adquirió un sello más propio, más nacional, a pesar de que el control político, y social estuviera regido en el núcleo que resultaba ser la Nueva España. Esta como entidad de poder, aunque vigilada desde la vieja España manifestaba una serie de reacomodos, de adaptaciones a la vida cotidiana eminentemente necesarios en ésta América colonizada, continente cuya población conformó un carácter propio. De no ser así, la rebelión era la respuesta a ese negarse a entender el propósito del destino que se construía de este lado del mundo.

Y si la rebelión llevada a su máxima consecuencia fue la independencia, pues es allí donde nos encontramos con la condición necesaria para el despliegue de todo aquello de que se vieron impedidos los que siendo novohispanos, además manifestaban el orgullo del criollo y todas las derivaciones -entiéndase castas-, que surgieron para enriquecer el bagaje social y todo lo que los determinaba a partir del “ser”, por y para “nosotros”.

El complejo pluriétnico era ya una realidad concreta en el México del siglo XIX. La fiesta novohispana fue portadora de un rico ajuar, cuyo vestido, en su uso diario y diferente daba colorido intenso a un espectáculo que se unía a multitud de pretextos para celebrar en “alegres demostraciones” el motivo político, social o religioso que convocaban a exaltar lo mediato e inmediato durante varias jornadas, en ritmo que siempre fue constante.

De nuevo, y al analizar lo que ocurrió en el siglo XIX taurino mexicano, exige una revisión exhaustiva, reposada, de todo aquello más significativo para entender que la corrida, la tarde de toros no era el marco de referencia conocido en nuestros días. La lidia de toros se acompañaba, o las mojigangas solicitaban el acompañamiento de actuaciones y representaciones de compañías, que como ya se dijo párrafos atrás, se producía la combinación perfecta del ”teatro en los toros”, o “los toros en el teatro”, dos circunstancias parecidas, pero diferentes a la hora de darle el peso a la validez de su representación.

Durante muchos años esa condición compartida de muchas fiestas en un solo escenario, fuese profano o político, como cuando en 1857 se realizaron festejos por el regreso del presidente sustituto Ignacio Comonfort, el cual fue invitado a acudir a diversos eventos en los teatros de moda: El Nacional, Iturbide o el Nuevo México, así como a la plaza de toros. Ocurrió lo mismo cuando ese mismo año entró el Ejército Libertador a la Ciudad de México.

Uno de los más fascinantes -¡cuál no era fascinante!- fue el efectuado el domingo 27 de febrero de 1861 y que recoge Armando de María y Campos en las siguientes notas:

de los números de mayor éxito presentados en las funciones de circo de mediados del siglo pasado, fue el que a cargo de una “señora Elisa”, contemplaron, punto menos que asombrados, los espectadores a la función celebrada en la plaza de El Paseo Nuevo el domingo 17 de febrero de 1861. Dice un programa: “La señorita Elisa de presentará llevando consigo un cuarto de carnero, y se introducirá en el horno que está colocado en el centro de la plaza, ardiendo a satisfacción del público, y se mantendrá en él hasta que la carne quede perfectamente asada, quedando en plena libertad el público que se sirva honrar esta función para reconocer el grado de calor que encierre dicho horno”.

Quien sabe quién estaría más “frito” durante la celebración de este acto, si la intrépida reina del fuego, señorita Elisa, o los asombrados espectadores incrédulos.

Véase Armando de María y Campos: Los payasos, poetas del pueblo. [El Circo en México] CRÓNICA. Ilustrada con reproducciones de programas de la época y viñetas de los mismos, de la colección del autor. México, Ediciones Botas, 1939. 262 pp. Grabs., ils. (p. 77-84).

Sin embargo así como hubo circos cuya procedencia extranjera era mejor aceptada que los nacionales, comenzó a darse una respuesta contraria a las maromas y a las corridas de toros, en medio de un ambiente que estaba alentado por una prensa cada vez más proclive a contrariar aquellas representaciones eminentemente mexicanas, fomentadas por el emperador Maximiliano, pero que tuvo un enorme contrapeso en la presencia de varias plumas casadas con la modernidad, dispuestas a no aceptar la barbarie y el primitivismo de espectáculos y representaciones que durante el segundo imperio comenzaron a ser blanco de críticas sistemáticas, lo cual, y en el fondo, alentó junto con otros factores las razones para prohibir las corridas de toros en 1867, año que fue escenario de acontecimientos de enorme trascendencia para los destinos de México.

Al paso de los años aquellos espectáculos: circo y toros pervivieron. Las corridas encontraron abrigo en la provincia mientras estuvieron prohibidas en el Distrito Federal (1867-1886). Los circos, como el de Chiarini o de Buislay aprovecharon las ruinas del Paseo Nuevo. Pero con el paso de los años, uno y otro espectáculo se acomodaron en su propio espacio, y si alguna vez convivieron es porque se ha buscado que no desaparezcan. Recuerdo en la hacienda de Atenco, apenas en junio de 2009 la representación de una mojiganga, reducto de aquella grandeza que recoge varios siglos de auténtica expresión popular, que no olvidó la comunicación permanente que se tendió entre la plaza y el campo.

Y todo esto se buscaba para cumplir la sencilla misión de reunir dos elementos semejantes con un mismo fin: la fiesta, o era con objeto de compensar, de equilibrar ante un interesante cuestionamiento hecho por Juan Pedro Viqueira Albán en el siguiente sentido: “¿No es la tragedia, el enfrentamiento de los instintos “naturales” del hombre a las reglas sociales? ¿No es la comedia la sátira de los inadaptados sociales? Como si las dos preguntas representaran una auténtica tragedia venida desde la entraña del teatro, en oposición al solo significado de que el circo “presenta al hombre casi siempre solo ante el mundo natural, al que debe vencer”. Y en ese sentido, el aspecto “teatral”, rico en matices se hizo notorio desde fechas tan tempranas en la Nueva España.

Aquí, y por ahora, la última muestra de otro interesante cartel, de los pocos que han llegado a nuestros días., mismo que ilustra las presentes notas.

TOROS / EN LA / PLAZA PRINCIPAL / DE S. PABLO, / El jueves 11 de junio de 1857 / FUNCIÓN SORPRENDENTE, / DESEMPEÑADA POR LA CUADRILLA QUE DIRIGEN / D. SOSTENES / Y / D. LUIS ÁVILA.

Animado el empresario por sus amigos y por infinitos aficionados a esta diversión para que en esta hermosa plaza se den corridas de toros, no ha omitido gastos ni diligencia alguna para vencer las dificultades que se le han presentado: en tal concepto, arregladas estas, tiene la satisfacción de anunciar al respetable público, que la tarde de este día tendrá lugar la primera corrida de la presente temporada.

Siendo Don Sostenes Ávila el capitán de dicha cuadrilla, y presentándose por la vez primera en esta plaza, tiene el honor de ofrecer al bondadoso público mexicano, sus débiles servicios, suplicándole al mismo tiempo se digne disimular sus faltas; en el bien entendido, de que tanto él como sus compañeros, no aspiran más que a complacer a sus indulgentes favorecedores.

A la referida cuadrilla está unido el arrojado y hábil lidiador FRANCISCO SORIA, conocido por / EL MORELIANO.

Que tan justamente se ha granjeado el afecto de sus compatriotas, y el de todos los dignos concurrentes: viniendo también agregado a la cuadrilla

EL HOMBRE FENÓMENO (se trata en este caso de Alejo Garza. N. del A.),

Que faltándole los brazos desde su nacimiento, ejecuta con los pies unas cosas tan sorprendentes y admirables, que solo viéndolas se pueden creer: en cuya inteligencia, y tan luego como se haya dado muerte al tercer toro de la corrida, ofrece desempeñar las suertes siguientes:

Hará bailar a un trompo y a tres perinolitas.

2ª Jugará diestramente el florete, con el loco de la cuadrilla.

3ª Cargará y disparará una escopeta.

4ª Barajará con destreza un naipe.

5ª y última. Escribirá su nombre, el cual será manifestado al respetable público.

SEIS / FAMOSOS TOROS

Están escogidos a toda prueba para la lid anunciada; y si bien solo ellos con su ARROGANTE BRAVURA, serán bastantes a llenar el espectáculo complaciendo a los dignos asistentes. También contribuirá mucho al mimo objeto la buena reposición que se le ha hecho a la plaza, hermoseándola con una brillante pintura que le ha dado un artista mexicano.

Antes del / TORO EMBOLADO / de costumbre, saldrán de intermedio / DOS PARA EL COLEADERO, / que tanto agrada a los aficionados.

TIP. DE M. MURGUÍA.

Viqueira Albán apuntala esta exposición con las siguientes visiones:

(…) los números circenses, (…) presentan realidades fuera de “lo común”, que escapan a la regla, es decir “anómicas” (fuera de la norma”). Lo anómico se presenta en los espectáculos en los que los artistas muestran habilidades excepcionales; en aquellos en que animales realizan actos ajenos a su “naturaleza” (caballos que suman, tigres que no atacan al hombre, etc.); en los números de payasos, seres poco ordinarios tanto por su vestimenta y por su maquillaje que exagera rasgos humanos hasta deformarlos, como por su torpeza (en el caso del Augusto); en la presentación de “fenómenos” animales o humanos (caballos de cinco patas, hermanos siameses, mujeres barbudas, enanos, etc…).

Esta característica resulta esencial para entender al circo, si tomamos en cuenta que la “anomia” es  el concepto más idóneo para comprender la situación social de los lugares a los que llegaba por primera vez el circo en el siglo XIX.

Una consecuencia importante del carácter anómico del circo es que en la pista los límites entre lo humano y lo natural se diluyen en sus dos fronteras. Por un lado los animales domesticados actúan como hombres y los fenómenos humanos -los errores de la naturaleza- aparecen como empantanados, presos del mundo natural. Por el otro lado los ilusionistas se apropian de fuerzas “sobrenaturales”, normalmente ajenas al hombre. El circo parece poner en escena el momento en que el caos reinaba sobre la tierra, en el que hombre y naturaleza empezaban apenas a diferenciarse, en el que la sociedad no existía aún, en el que los hombres eran aún “naturales”.

Resulta pues lógico afirmar que el circo en sus inicios, representaba para los espectadores que vivían en carne propia la destrucción de un mundo y el nacimiento de otro, un viaje al mundo originario, al paraíso perdido, constituyéndose así en un mito moderno que explicaba los orígenes del hombre.

Véase: Juan Pedro Viqueira Albán: ”Notas para una antropología histórica del circo moderno”, material de trabajo (inédito) para la realización del guión museográfico de la exposición sobre el circo en México que el Museo Nacional de Culturas Populares presentará en 1986.

Finalmente esto hace que volvamos los ojos a esa conmovedora obsesión del fin o “destrucción de un mundo” o comienzo y “nacimiento de otro”, que vuelven a la condición original de la diversión o escape de la realidad, sustentada por el hombre en sociedad, razón cuya dinámica ha ocupado el espacio de muchos siglos, y que nace, seguramente cuando hace inteligible el gozo donde las mojigangas son apenas entre muchas, un conjunto de expresiones que lo deleitaron. Y como vemos lo sigue deleitando en la medida de su permanencia bajo otras condiciones que el tiempo y muchas otras circunstancias han procurado, gracias al deseo humano manifestado en el solo objetivo que un título de José Deleito y Piñuela me ayuda para terminar esta visión: “El pueblo se divierte”.

Dejemos pues, por la paz todas estas disquisiciones que buscan explicar la razón de aquel comportamiento, para conocer con los testimonios al alcance lo que se ha pretendido explicar hasta aquí, en intenso afán por reencontrarnos de nuevo con lo que fueron y significaron las Mojigangas: aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX.

México, ciudad, marzo de 1998-marzo de 2013.

 

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LAS MOJIGANGAS EN EL MEXICANO SIGLO XIX. (Segunda de tres partes).

ANTIGUAS SUERTES MEXICANAS DEL TOREO, O REMINISCENCIA DE OTRAS QUE YA NO SE PRACTICAN. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Grabado de Manuel Manilla.

Desde la antigüedad, la fiesta como entretenimiento y diversión ha sido el remedio, atenuante de crisis sociales, emocionales probablemente, y hasta existenciales (basta recordar el caso del Rey Felipe V y su encuentro con el castrato Farinelli). Pero antes de desbordarme, debo advertir que no haré revisión exhaustiva  a la historia de este género, que para ello Johan Huizinga, Josep Pieper, Jean Dauvignoud y otros especialistas lo han hecho con inusitada y sorprendente lucidez.

Y no por confesar incompetencia, sino porque es un género que emerge de lejanos tiempos, siempre acompañando el devenir de las culturas como una forma de escape, espejo sintomático que no se desliga de la razón de ser del pueblo, soporte cuya esencia va definiendo a cada una de esas sociedades en cuanto tal. Como por ejemplo, recordar a la que se consolidó en el imperio romano. En la actualidad, la sociedad mexicana encuentra un abanico rico en posibilidades, donde entre sus fibras más sensibles, divertirse pasa a ser parte vital de sus rumbos cotidianos.

En lo que a fiesta de toros se refiere, desde el siglo XVI y hasta nuestros días se nos presenta como un gran recipiente cuyo contenido nos deja admirar multitud de expresiones, unas en desuso total; otras que en el ayer se manifestaron intensas, y que hoy, evolucionadas, perfeccionadas siguen practicándose.

Pero más allá del contenido explícito que la fiesta de toros nos da en este depósito, vemos otras manifestaciones que en su mayoría desaparecieron y algunas más, como el toreo de a caballo y a pie pero a la mexicana, muy de vez en vez solemos verlas en alguna plaza.

De todo aquello desaparecido, pero de gran valor son las mojigangas, representaciones con tintes de teatralidad en medio de un escenario donde lo efímero daba a estos pequeños cuadros, la posibilidad de su repetición, la cual quedaba sometida también a una renovación, a un permanente cambio de interpretaciones, sujetas muchas veces a un protagonista que no se “aprendía” el guión respectivo. Me refiero al toro, a un novillo o a un becerro que sumaban a la representación.

¿El teatro en los toros? Efectivamente. Así como alguna vez, los toros se metieron al teatro y en aquellos limitados espacios se lidiaban reses bravas, sobre todo a finales del siglo XVIII, y luego en 1859, o en 1880; así también el teatro quiso ser partícipe directo. Para el siglo XIX el desbordamiento de estas condiciones fue un caso patente de dimensiones que no conocieron límite, caso que acumuló lo nunca imaginado. Lo veo como réplica exacta de todo aquel telúrico comportamiento político y social que se desbordó desde las inquietas condiciones que se dieron desde los tiempos que proclamaban la independencia, hasta su relativo descanso, al conseguirse la segunda independencia, en 1867.

Ahora bien, y casualmente, el sello de todas esas manifestaciones “plaza afuera” no fueron a reflejarse “plaza adentro” (como ya lo hemos visto en estas notas introductorias). En todo caso, era aquello que hacía comunes a la fiesta y a la pugna por el poder: lo deliberado, lo relajado, sustentos de la independencia en cuanto tal; separados, pero siguiendo cada cual su propio destino, sin yuxtaponerse.

“Plaza adentro” el reflejo que la fiesta proyectaba para anunciar también su independencia, fueron estas condiciones que la enriquecieron. Fulguraba riqueza en medio de un respiro de aires frescos, siempre renovados; acaso reiterados, pero siempre consistentes.

A lo largo de este trabajo, diversos carteles proporcionan elementos muy ricos que no solo matizan y dan idea de lo que fue ese tiempo. También plantean la condición con que concitaban a los espectadores y la forma en que se suscitaba el desenlace de aquel acto convocado para el gozo de multitudes siempre dispuestas a la fascinación.

Esta retrospectiva quiere detener en el tiempo a los itinerantes para gozar con ellos en un mismo sitio, y donde la unidad sea el fin de todos sus “números”, por un mismo boleto. Así, toros, payasos, acróbatas, fuegos de artificio, actores, charros, el “embolado” para el pueblo y los propios toreros, daban paso a la función en medio de circunstancias de suyo especiales, incomparables, pues –y como ya lo he dicho-, eran distintas las unas de las otras.

Pero además hay una acción-reacción ante el significado de la doble presencia vital dada entre la plaza y el circo, escenarios integrados que solo necesitan la aparición, la presencia de los escenarios efímeros para dar rienda suelta a sus naturales y espontáneas expresiones. Esa acción-reacción se da cuando “el circo reafirma la escisión entre espectáculo y público que si bien ya era característica de algunas diversiones arraigadas principalmente en las ciudades, como el teatro por ejemplo, no existía aún en las fiestas de las comunidades rurales” (Juan Pedro Viqueira Albán).

Es el exotismo, pero también el despliegue de las capacidades de dominio del hombre sobre la naturaleza lo que asombra al público fascinado por aquel conjunto de sorpresas, cuyo lindero con lo sobrenatural provoca la emoción, la mantiene al pendiente del mínimo de los detalles.

Dentro de ese exotismo no escapaban las corridas de toros del siglo XIX, intercaladas perfectamente en esa unidad que logró con el conjunto de recreaciones circenses, ámbito, atmósfera de vientos siempre frescos, obra que, en conjunto era orquestada e interpretada por actores cuyo papel no se limitaba a la sola representación de su “parte en la obra”, fuese esta protagónica o secundaria. Pues lo mismo podían vestir de luces que de arlequines, como sucedió muchas tardes ya en la plaza, ya en el teatro que proporcionaban sus espacios para la representación cuya reciprocidad, simbiosis, sincretismo o efecto híbrido daba y garantizaba el espectáculo en todo su esplendor.

Entre los antecedentes conocidos se tiene la fecha del 11 de diciembre de 1670 cuando hubo toros en la Plaza Mayor, fecha en la que participaron cirqueros, quienes lucieron en la maroma, actuación que volvemos a encontrar hasta 1742 cuando el circo se mete de nuevo a la plaza. Fue en ocasión de la toma de posesión del Virrey Conde de Fuenclara, cuando entre noviembre (26, 27, 28 y 29) y diciembre (1º) hubo fiestas en el Volador. El último día se puso a la vista “un primoroso, ágil y diestro maromero, cuyas prestas, ingeniosas suertes le divirtieron lo más de la mañana”.

Aunque fue hasta 1769, en tiempos del Marqués de Croix cuando el espectáculo taurino empezó a ser enriquecido con otra gama de condiciones, en un tiempo en que no parecía ordenarse todavía la fiesta. En un tiempo en que aquel espectáculo deliberadamente libre, alejado de los principios normativos elementales, que ya se estaban poniendo en marcha por aquellos mismos años. Sin embargo al estar enquistadas aquellas expresiones en el bagaje taurino, las primeras disposiciones con fin correctivo no tienen otro recurso que aceptarlas y alentarlas, como las alentó el público, lo mismo que asentistas o empresarios y actores, quienes consintieron su integración. Volviendo a lo ocurrido en 1769, las funciones taurinas vieron la participación de un torero, precursor del payaso o loco de los toros, que vestía el traje de los dementes de San Hipólito, el cual provocaba a la fiera y se metía violentamente en una pipa vacía, recibiendo esta la embestida del toro, a la manera de los dominguejos.

Y ya fue en 1790 cuando en el Mineral de Santa Fe de Guanajuato, con motivo del cumpleaños del futuro Fernando VII, una cuadrilla completa de maromeros y arlequines diestrísimos, lidiaron y mataron una corrida de toros en el Coliseo, no en la plaza como era de esperarse.

En febrero de 1833, la plaza de “El Boliche”, ubicada en lo que hoy día es el cruce de Av. Hidalgo, Santa Veracruz y la calle 2 de abril, se presentó la Compañía de Circo y equitación, comandada por Mr. Green anunciando su espectáculo como función “hípico-mímico-acrobática”, con pantomima tales como: “El Soldado Borracho”, “Don Quijote y Sancho Panza”, sin que faltara el imprescindible payaso.

Y así como Tomás Venegas El Gachupín Toreador se presentó en 1790 en la plaza de San Lucas para compartir su actuación con peleas de gallos, carreras de liebres, maromas, pantomima, etc., en pleno siglo XIX, fue el diestro Bernardo Gaviño, ídolo de la afición quien teniendo como escenarios las plazas de San Pablo o Paseo Nuevo se acompañaba de las compañías completas de circos instalados entonces en los barrios de la ciudad. También de toreros que interpretaban papeles propios de las mojigangas, charros habilidosos y diestros para ejecutar las suertes del coleadero, maestros de la iluminación o de la escenografía efímera que terminaron convirtiendo la expresión de las corridas de toros en una fiesta singular. Y aquí el concepto de “fiesta” proyecta distintas connotaciones concentradas en el fin de buscar como divertir, con qué medios y el fin mismo de la diversión.

CONTINUARÁ.

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