LAS COMPETENCIAS TAURINAS DE AYER: LINO ZAMORA y JESÚS VILLEGAS “EL CATRÍN”.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

La Muleta. Revista de toros. Año I. México, noviembre 27 de 1887. N° 13. Col. del autor.

    Estos dos diestros mexicanos, uno guanajuatense, el otro michoacano, tuvieron el 18 de diciembre de 1863 una reñida batalla en la plaza de toros de San Clemente, en Guanajuato. Sabemos de ella gracias a que en la revista de toros La Muleta, del 27 de noviembre de 1887, se publicó a doble página una hermosísima cromolitografía, obra de P. P. García, dibujante mexicano que, a lo que se ve en la imagen que ilustra las presentes notas, le bebió los alientos a Daniel Perea, célebre dibujante que colaboró en La Lidia española, publicación no menos conocida.

Alguien, que vivió aquel episodio, escribió la memoria de la jornada en estos términos:

Jesús Villegas era muy querido de aquel público cuando fue contratado el valiente Lino para trabajar en su compañía. La primera corrida se verificó el día 11 del mes y año citados y en ella Lino con su trabajo opacó a Villegas, robándole la simpatía del público. Villegas se resolvió a competir con Lino y el día 18 después que en la lidia y muerte del primer toro de la tarde, el público había aplaudido mucho a Lino, despertóse en Villegas la emulación.

“Pisó la arena el segundo toro de la tarde que pertenecía a la vacada del Copal y fue negro, de libras bien armado y codicioso. Villegas soltó el capote y recortó al toro con la montera dos veces. Lino Zamora a su vez soltó el percal y citó a la res para quebrar a cuerpo limpio, acudió el toro y el diestro fue enganchado y volteado, sufriendo una herida entre las dos vías que puso en peligro su vida, y además un varetazo en el vientre y un puntazo en el brazo derecho. El diestro se retiró a la enfermería por su propio pie y fue curado por el Dr. Rómulo López. El toro tomó con voluntad y poder 11 varas, dio cinco caídas y mató dos caballos; fue pareado por José M. Ramírez y lo mató Jesús Villegas de una estocada muy baja”.

Ya se ve que uno y otro podían salirse de sus casillas y armar un “sanquintín” de esos, memorables que hasta hoy siguen sonando sus hazañas en la desaparecida plaza de San Clemente.

En la recreación de aquel suceso, P. P. García, tuvo que deformar un poco el escenario pues les da a los espadas y cuadrillas el colorido de la vestimenta “a la española”, que ya se veía por aquellos días finales de 1887 en varias plazas de la ciudad de México, donde las cuadrillas de los hispanos no se daban abasto en presentar sus mejores representaciones. Incluso, al fondo, es posible observar a uno de los de turno, montado en una jaca y revestida esta por aquellos famosos cueros que las malas lenguas terminaron por conocer como “baberos”, antecedente del que para los años veinte del siglo pasado fue el origen del peto.

Los colores de tan maravillosa lámina que conservo cuidadosamente, dado el paso del tiempo transcurrido y que ha maltratado tan antiguo papel, son firmes y a través de ellos, junto con la proporción del buen dibujante, podemos entender las riesgosas intenciones que uno y otro “capitán de gladiadores” tuvieron para ganarse las palmas y la fama en uno más de aquellos sitios o feudos en los que el solo nombre de Lino Zamora o Jesús Villegas El Catrín, eran suficiente poder de convocatoria para que las plazas se llenaran de espectadores ávidos de ver un espectáculo fundado en suertes que surgían de la espontaneidad, y donde no faltaban los pares “non plus ultra”, es decir el par de banderillas extremadamente cortas, o la colocación de banderillas con la boca, saltar con dos garrochas, y realizar también el recorte denominado “suerte de la rosa”, cuando esto era a pie. No conformes, montaban cuacos briosos, y no bastaba con que Ignacio Gadea o Luis G. Inclán fuesen los amos del cotarro. Tenemos informes que Bernardo Gaviño, Lino Zamora mismo o Pedro Nolasco Acosta también se lucieron en la colocación de banderillas a caballo…

De alguna manera forjaron su fama, lo que por lo visto hasta aquí, no eran simples sutilezas, sino incluso deliberados intentos suicidas por hacerse de un “cartel” y hasta para figurar en una novela, como la que escribió Bernardo Jiménez Montellano, y publicada en 1957 con el título La virgen de espadas.

Recordemos, como lo indica otro cartel, este en la plaza de toros “Montecillo”, en San Luis Potosí, cuando el propio Lino fue a torear el 15 de agosto de 1869. Se enfrentó a toros de Guanamé, y entre otras gracias se apunta que “el primero, segundo, tercero y cuarto toro, serán picados y banderillados con todo el lucimiento posible, dándoles muerte el capitán de la cuadrilla, en diferentes posiciones”.

Así arriesgaba la piel quien una tarde, en febrero de 1878 por uno de los de su cuadrilla, Braulio Díaz para mayor referencia, y en el Real de Zacatecas murió asesinado por motivo de que entre ambos, se suscitaban fuertes diferencias pasionales por una mujer que el famoso corrido que lo rememora nos informa que se llamaba Prisciliana, Prisciliana Granado para mayor información.

De heroicas jornadas, pasó a dolorosa cornada.

 Y con esta me despido

Con los rayos de la aurora;

Aquí se acaban cantando

Los recuerdos de Zamora.

 

Rosa, Rosita, Rosa también,

Ya murió Lino Zamora;

Requiescat in pace Amén.

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