TAUROMAQUIA EN MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS. (ENSAYO. FEBRERO, 2001).

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Bajo la condición de 5 grandes temas, elaboré estos apuntes, cuyo título: TAUROMAQUIA EN MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS, tienen como propósito plantear un panorama cuya interpretación se alejara -al menos un poco- de los propios esquemas que he ido proponiendo al cabo de varios años de investigación, procurando dilucidar las condiciones que han prevalecido en el espectáculo taurino, desde su asentamiento en México, el año de 1526 y hasta nuestros días. Los grandes “temas” fueron:

LOS TOREROS DESCONOCIDOS EN EL SIGLO XVI.

PRIMEROS CABALLEROS EN EL “SIGLO DE ORO”.

“EL GACHUPÍN TOREADOR”, INFLUENCIA ESPAÑOLA EN EL SIGLO DE LAS LUCES.

BERNARDO GAVIÑO, LINO ZAMORA, PONCIANO DÍAZ Y OTROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX.

RODOLFO GAONA, FERMÍN ESPINOSA “ARMILLITA” Y “MANOLO” MARTÍNEZ, CONGREGACIÓN MARAVILLOSA A LA LUZ DEL SIGLO XX.

   Tomando como modelo la magna obra coordinada por el General D. Vicente Riva Palacio: MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS, aparecida por primera vez entre los años de 1884 a 1889, y atraído por su labor monumental, deseo dedicar un homenaje, afirmándolo con el agregado de otra historia, la de la TAUROMAQUIA EN MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS.

 

Cristóbal Gutiérrez de Medina: Viaje de Tierra y más feliz por mar y tierra que hizo el excelentísimo marqués de Villena, mi señor, yendo por virrey y capitán general de la Nueva España en la flota que envió su Majestad este año de mil y seiscientos y cuarenta siendo General della Roque Centeno y Ordoñez, su Almirante Juan de Campos… México, Iuan Ruyz, 1640. 103 p. (Portada).

   ¿Cómo sintetizar 491 años (originalmente estaba escrita la cantidad de 475 años) de historia del toreo en México? Se trata de una historia que parte inmediatamente después de haber terminado las principales jornadas de conquista en medio de circunstancias que significan, por un lado el desplazamiento pero no la liquidación de todo un sistema de vida establecido por el conjunto notable de culturas indígenas, y por el otro, el asentamiento de otras formas eminentemente europeas, que al final no pudieron imponerse. Primero, porque ambas culturas se mestizaron bajo un sincretismo perfectamente articulado y después por el espíritu y carácter propio de este continente. Dicha asimilación dio como resultado de aquel gran encuentro, independientemente del saldo que arrojó, una nueva sociedad novohispana o mexicana, la cual entregó lo mejor de su experiencia a partir de ese nuevo estado de cosas.

   Interesa ocuparme, no tanto de los principales acontecimientos en el toreo, sino los que para esta diversión significaron ser el motor, ya impulsando o causando la fiesta misma. Pero es imposible si el toreo o la fiesta en cuanto tal, permanece al margen, por lo que procuraré un equilibrio de conceptos, debido, entre otras cosas, a que el pueblo goza del privilegio de hacer de la diversión un pretexto, logrando que todo cambie en su vida, al menos durante el tiempo de la efímera condición.

   Así, desde su establecimiento en México y hasta nuestros días, infinidad de motivos han dado pie a la celebración.

Portada del libro: Torneos, mascaradas y fiestas reales en la Nueva España. Selección y prólogo de Don Manuel Romero de Terreros, Marqués de San Francisco. México, Edit. Cultura, 1918. 82 p., Ils. (Tomo IX, N° 4).

   Por siglos, la permanencia del toreo ha permitido el desarrollo de una serie de manifestaciones, obligadas por motivos muy bien identificados: el fin de una guerra, asunto de las casas reinantes (ascenso al trono de Austrias y Borbones, matrimonios, nacimiento de infantes). La llegada de virreyes y arzobispos; la asunción momentánea a una monarquía en el México independiente que pretendió encabezar Agustín de Iturbide; o los delirios de Antonio López de Santa Anna quien ocupó varias veces la presidencia de la república. Asuntos políticos de diverso calibre también se suman a esta nómina, de igual forma que las fiestas por motivo religioso, de fuerte carácter y raigambre: como las dedicadas a los santos patronos, canonizaciones, por la culminación a diversas obras en los múltiples recintos como templos, catedrales, iglesias o conventos. Incluso, las obras públicas entre ellas algunos acueductos, o la necesidad de un buen empedrado, dieron pie para organizar las infalibles ocasiones de divertimento.

   Es decir que un carácter común de dos culturas distintas se desplegó en el resultado de aquella interesante integración de indígenas y españoles. Mestizos, criollos y otra gama diversa de castas, hasta rebasar más del centenar, al sustentar con su carácter y su ser al México virreinal, fueron capaces de recibir la influencia de costumbres españolas y aquí digerirlas, en una asimilación que dio como resultado la proyección del espíritu americano, obteniéndose de todo esto un producto sincrético. O lo que es lo mismo: un comportamiento entre sí de Indígenas y españoles; mestizos y criollos convertidos en el ingrediente indispensable que hoy adivinamos majestuoso, bajo una perspectiva y una revisión histórica que nos remiten a aquel gran esplendor virreinal e independiente.

   Desde luego el siglo XX también nos habla de una enorme participación, sobre todo en un estado maduro, donde la tauromaquia finalmente llegó a su edad adulta de la mano con grandes exponentes.

   Así pues, el recorrido de casi cinco siglos del toreo en México, nos obliga a hacer un recuento que ahora refuerzo, tratando de explicar la trascendencia señalada por infinidad de protagonistas que conviven entre el orgullo novohispano que manifestó el criollo y el mestizo y luego la fuerza que el nacionalismo lanzó durante buena parte del XIX para encontrarse más tarde con una moderna condición en el siglo que se nos va.

Retrato del rey Felipe V. Imagen disponible en internet, agosto 27, 2017 en:

http://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/11/15111700-FelipeV.html

   Fueron las representaciones caballerescas el primer gran capítulo, cuya importancia se mantuvo desde 1526 y hasta el primer tercio del XVIII, cuando se vieron desairadas por la actitud del nuevo monarca, Felipe V, casa de los Austrias, y francés de origen, que no comulgó con muchos de los principios tan propios de la cultura española, misma condición que atravesó el mar y se depositó en las colonias americanas, siendo la de México en la que más notablemente se hizo evidente aquel estado de cosas.

   Para los españoles resultó un orgullo mantener su imagen desde el caballo por dos razones: una, por la victoria de estos sobre los musulmanes el año de 1492. La guerra entre ambos bandos se extendió por ocho siglos (711-1492) en el territorio de la piel de toro, en medio de cruentas batallas donde el caballo, fue esencial. Terminado el  conflicto, la imagen bélica se tornó estética y los guerreros en caballeros. Precisamente junto a estos argumentos se une la otra razón: la influencia que ejercieron los libros de caballería, creando un fuerte ideal entre aquellos que permanecieron en España viviendo de sus recuerdos; de aventureros y conquistadores que pasaron a América. Uno y otro espacio encontraron en el toreo el pretexto perfecto que alcanzó sus mejores días en torneos, justas, juegos de cañas, alcancías, estafermos, bohordos y, desde luego, el alanceamiento de toros, bajo los principios de la brida y la jineta.

Este biombo, fruto de manos anónimas, representa las fiestas con que se celebró la recepción del virrey don Francisco Fernández de la Cueva Enríquez, Duque de Alburquerque en 1702 en el fantástico bosque de Chapultepec.

   Tríptico anónimo que representa diversas vistas del recibimiento que hizo la ciudad de México a su virrey don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, en el Alcázar de Chapultepec, en 1702. Perteneció a los duques de Castro-Terreño.

José Francisco Coello Ugalde: El bosque de Chapultepec: Un taurino de abolengo. Con la colaboración especial de la Lic. Rosa María Alfonseca Arredondo. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2001. 69 p. Ils. (Serie Diversa).

   Junto a ellos fue apareciendo en escena el paje o ayuda del señor de a caballo que a pie lo libraba de los muchos peligros surgidos en tan memorables jornadas, que de tan célebres “fueron cosa muy de ver…”. Es más, se cree que los primeros toreros de a pie surgieron desde el siglo XVI. Como ya hemos visto, el torneo y fiesta caballeresca fueron privativos de conquistadores primero; de señores de rancio abolengo después. Personajes de otra escala social, españoles-americanos, mestizos, criollos o indios, estaban restringidos a participar en los orígenes de la fiesta española en América. Pero supongo que ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones deben haber estado secundadas por la rebeldía. El papel protagónico de estos personajes, como instancia de búsqueda y de participación que diera con la integración del mismo al espectáculo en su dimensión profesional, va a ocurrir durante el siglo XVIII.

   Volvamos al XVI. El indígena quedó privado de montar a caballo, gracias a ciertas disposiciones dictadas durante la segunda audiencia, aunque ello no debe haber sido impedimento para saciar su curiosidad, intentando lances con los cuales aprendió a esquivar embestidas de todo tipo, obteniendo con tal experiencia, la posibilidad de una preparación que fue depurando al cabo de los años. Esto debe haberlo hecho gracias a que comenzó a darse un gran e inusual crecimiento del ganado vacuno en buena parte del territorio novohispano, el cual necesitaba del control no sólo del propietario, sino de sus empleados, entre los cuales había gente de a pie y de a caballo.

La artesana mano interpreta la forma de ser del toreo encabezado por los estamentos en el inicio del siglo XVIII mexicano.

Fuente: Archivo General de la Nación [A.G.N.] Ramo: Tierras, vol. 1783, exp. 1, f. 21v. Códice “Chapa de Mota”. (F. 7).

   Pero en el XVIII se dieron las condiciones para que el toreo de a pie apareciera con todo su vigor y fuerza. Ya hemos visto que el rey Felipe V fue contrario al espectáculo que detentaba la nobleza española y se extendía en la novohispana. En la transición, el pueblo fue beneficiado directamente, incorporándose al espectáculo desde un punto de vista primitivo, el cual, con todo y su arcaísmo, ya contaba con un basamento que se formó desde el siglo XVI y logró madurez en los dos siguientes. Un hecho evidente es el biombo que, como auténtica relación ilustrada de las fiestas barrocas y coloniales, da fe de la recepción del duque de Alburquerque (don Francisco Fernández de la Cueva Enríquez) en 1702. Para ese año el toreo en boga, es una mezcla del dominio desde el caballo con el respaldo de pajes o lacayos que, atentos a cualquier señal de peligro, se aprestaban a cuidar la vida de sus señores, ostentosa y ricamente vestidos.

   He allí una señal de lo que pudo haber sido el origen del toreo de a pie en México, primitivo sí, pero evidente a la hora de demostrar la capacidad de búsqueda por parte de los que lo ejecutaban, en medio de sus naturales imperfecciones.

   La ganadería en México lentamente se fue articulando con la enorme presencia de haciendas que requerían de las cotidianas tareas a pie o a caballo para mover infinidad de cabezas de un lugar a otro. Así nacieron los quehaceres campiranos de la charrería, lo que significó un marcado orgullo nacional, ligado por consecuencia a la tauromaquia que también en sitios como esos, alejados de los centros de poder, se practicó e incluso llegó a tener su propio carácter que con el tiempo tuvo la suficiente capacidad de llegar a las plazas mismas, asimilando lo allí visto, y llevándoselo de nuevo a las haciendas, lo que dio por resultado una permanente comunicación de experiencias donde el campo y la plaza se integraron armónicamente, enriqueciendo el bagaje de la expresión taurina, exclusiva de los naturales nacidos en estas tierras.

Plano de la plaza de toros del VOLADOR en 1768. Así era la disposición de aquellos cosos novohispanos.

Fuente: Archivo General de la Nación [A.G.N.] Ramo: Historia, vol. 470, exp. s.n. f. 2.

Benjamín Flores Hernández: «Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII». México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1981 282 p. Ils., planos. (ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, 7). (p. 99-160).

   Tal circunstancia fue aún más notoria durante el siglo XIX, al desbordarse materialmente el ya referido orgullo nacional, encontrándonos de continuo con manifestaciones que luego quedaron perfectamente logradas bajo la pluma de Luis G. Inclán quien además ilustró esas hazañas que no solo concretó a la charrería con Recuerdos de el Chamberín, El capadero de la hacienda de Ayala o Astucia. También lo hizo con el toreo, ayudándose de la Tauromaquia de Francisco Montes “Paquiro”, tratado técnico que reflejaba los adelantos de este ejercicio en la España de 1836 que, 26 años después (en 1862) el propio Inclán editó en nuestro país.

   El estado que guardaba el toreo a mitad del siglo XVIII era el de un notable caos, producto de la presencia de señores de a caballo que tuvieron que hacerse a un lado para dar paso a la puesta en escena del pueblo, los toreros de a pie, que representaron su papel disponiendo de principios primitivos en el arte y la técnica de torear, depuradas ambas al cabo de tiempos muy cortos. Tal condición fue semejante en las dos Españas y el compendio de los progresos que se dieron en este nuevo ejercicio, se vieron en otra Tauromaquia: la de José Delgado “Pepe Hillo” que se publicó en 1796.

   Quedaron atrás varios siglos de esplendor donde connotadas glorias de las letras dejaron testimonio ya en verso, ya en prosa. Célebres son en la bibliografía colonial las suntuosas relaciones y descripciones donde, por fortuna, tenemos modo de entender la fastuosidad de fiestas en las que el toreo era uno de sus invitados favoritos. Del Capitán Alonso Ramírez de Vargas es la

SENCILLA NARRACIÓN, ALEGÓRICO FIEL TRASUMPTO, DIBUJO EN SOMBRAS Y DISEÑO ESCASO DE LAS FIESTAS GRANDES CON QUE SATISFIZO EN POCA PARTE AL DESEO, EN LA CELEBRADA NUEVA FELIZ DE HABER ENTRADO EL REY NUESTRO SEÑOR, DON CARLOS SEGUNDO (QUE DIOS GUARDE) (…). Con licencia en México. Por la Viuda de Bernardo Calderón. Año de 1677.

Portada de la obra.

CIRCO MÁXIMO

   Festivo empleo fue para el vulgar alborozo el juego de los toros, que con intermisión de mayores ostentaciones duró seis días (que fueron a partir del día 16 de noviembre de 1676). Esta orden se observa en los juegos circenses, dando lugar a la plebe para el vulgar regocijo, de donde también se llamaron plebeyos, sin dejar de ser grandes.

   Fue intimación de Su Excelencia a la acertada y siempre plausible disposición del señor don Fernando Altamirano de Velasco y Castilla, conde de Santiago, adelantado de las Islas Filipinas, señor de la Casa de Castilla y Sosa, inmediato heredero del marquesado de Salinas, como a corregidor actual desta Ciudad de México; siendo único comisario de todas las fiestas que (con sus discretas ideas, partos nobilísimos de su magnanimidad generosa y vigilante anhelo, que acostumbra en el servicio de Su Majestad) sazonó la más grande, la más solemne pompa, dividida en muchas que vieron las pasadas edades y que pudieron calificar de insuperables los reinos más famosos. Con cuya resolución se escogió sitio bastante para la erección de los tablados, siéndolo la plazuela que llaman del Volador: ilustrada por la parte del oriente con la Real Universidad; por la del poniente, con hermosa casería; por la del sur, con el Colegio de Porta Coeli, y por la del norte, con el Palacio. Ideóse la planta por los maestros; ejecutada en cuadro suficientemente proporcionado (…)

   Diose al primer lunado bruto libertad limitada, y hallándose en la arena, que humeaba ardiente a las sacudidas de su formidable huella, empezaron los señuelos y silbos de los toreadores de a pie, que siempre son éstos el estreno de su furia burlada con la agilidad de hurtarle –al ejecutar la arremetida- el cuerpo; entreteniéndolos con la capa, intacta de las dos agudezas puntas que esgrimen; librando su inmunidad en la ligereza de los movimientos; dando el golpe en vago, de donde alientan más el coraje; doblando embestidas, que frustradas todas del sosiego con que los llaman y compases con que los huyen, se dan por vencidos de cansados sin necesidad de heridas que los desalienten.

   Siguiéronse a éstos los rejoneadores, hijos robustos de las selvas, que ganaron en toda la lid generales aplausos de los cortesanos de buen gusto y de las algarazas vulgares. Y principalmente las dos últimas tardes, que siendo los toros más cerriles, de mayor coraje, valentía y ligereza, dieron lugar a la destreza de los toreadores; de suerte que midiéndose el brío de éstos con la osadía de aquéllos, logrando el intento de que se viese hasta dónde rayaban sus primores, pasaron más allá de admirados porque saliendo un toro (cuyo feroz orgullo pudo licionar de agilidad y violencia al más denodado parto de Jarama), al irritarle uno con el amago del rejón, sin respetar la punta ni recatear el choque, se le partió furioso redoblando rugosa la testa. Esperóle el rejoneador sosegado e intrépido, con que a un tiempo aplicándole éste la mojarra en la nuca, y barbeando en la tierra precipitado el otro, se vio dos veces menguante su media luna, eclipsándole todo el viviente coraje.

 (…) De grande gusto y entretenimiento fueron las cinco tardes que duraron estos juegos plebeyos, ejercitados a uso deste Nuevo Mundo; pero de mayor estimación y aprecio para los cortesanos políticos (fue) otra, de las más plausibles que puede ocupar sin ponderaciones la Fama y embarazar sus trompas, en que a uso de Madrid, mantuvieron solos dos caballeros airosos y diestros en el manejo de el rejón quebradizo y leyes precisas de la jineta en el caso: don Diego Madrazo, que pasó de la Corte a estos reinos en los preludios de su juventud, y don Francisco Goñi de Peralta, hijo deste mexicano país; dos personas tan llenas de prendas cuantas reconoce esta ciudad en las estimaciones con que los mira (…)

   Hasta aquí con la gran descripción de Ramírez de Vargas, ingenio, de los más brillantes que la colonia nos legó, agraciado con singular pluma, capaz de enriquecer junto con su imaginación lo imposible de vestir en otros.

   En medio de aquel escenario el espíritu del siglo de las luces creció con una serie de condiciones que polarizaron instituciones y pensamientos. Hubo quienes estuvieron a favor de las “luces”, marchando al ritmo de una avanzada intelectual que enfrentaba los viejos esquemas. Uno de ellos era el anquilosado panorama taurino, reprochado fundamentalmente por Gaspar Melchor de Jovellanos. El propio monarca Carlos IV ordenó suspender las funciones arguyendo en Real Cédula del año 1805, que se cumpliera en todo el Reyno, sin excepción de la Corte, mandato que se cumplió rigurosamente hasta 1808.

   Años más tarde su hijo, el polémico Fernando VII volvió a restituirlas en un afán de condescender con el pueblo y hasta impulsó una escuela de Tauromaquia en Sevilla, bajo la égida de Pedro Romero y el mecenazgo del Conde de la Estrella.

   Al arribo del siglo XIX, nuevas condiciones se fortalecieron con el ansiado momento de la liberación de un sistema que también empezaba a resquebrajarse. Las viejas instituciones, pero sobre todo las circunstancias sociales en medio de políticas agotadas, y de una constante negativa de dar paso a brillantes americanos, dispuestos a ocupar cargos públicos, así como una absoluta racionalidad del periodo de las “luces” fueron, entre otras las principales condiciones que prepararon el terreno de emancipación. Ya desde 1808 se habían dado síntomas que, dos años más tarde dieron paso a la guerra de independencia.

   Nuevos tiempos, nuevas circunstancias, nuevos ropajes proporcionaron al mexicano en lo particular la suficiente capacidad para valerse por sí mismo. Frente a todo esto, el toreo asumió idéntica realidad, con la pequeña diferencia de que las generaciones emergentes no negaron las sólidas raíces que prendieron en este quehacer y así se siguieron manifestando, representadas fundamentalmente por los hermanos Luis, Sostenes y José María Ávila que, de 1808 a 1858 en que se les pierde la pista, encabezaron la nómina de diestros nacionales, junto a José María Vázquez, Manuel Bravo y Andrés Chávez.

   Entre los años de 1829 y 1835 llegó, procedente de España el gaditano Bernardo Gaviño y Rueda (1813-1886) quien vendría a revolucionar el significado de la tauromaquia nacional, pues a ella se incorporó, la enriqueció y, como lo he señalado en un libro que realicé sobre su vida y su obra, fue Bernardo Gaviño y Rueda aquel español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX.

Bernardo Gaviño, el eterno. Foto: Valleto.

Fuente: Fernando Vinyes. MÉXICO. DIEZ VECES LLANTO. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1991 (LA TAUROMAQUIA, 36), p. 24.

   Este mismo personaje, apoderado del control taurino mexicano, en una perfecta estrategia centralizadora, obstruyó el paso a sus propios paisanos haciéndoles la vida difícil si se atrevían a traspasar sus dominios. Capacidad y vigilancia, fueron dos entre muchos de los factores que impuso durante casi medio siglo, pues aunque torea hasta el fin de sus días (muriendo el 11 de febrero de 1886, como consecuencia de una cornada recibida el 30 de enero anterior en Texcoco), ya son notables los niveles de decadencia, no quedándole más remedio que permitir el paso a una generación que afirmó el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna.

   El siglo XIX en manos de Gaviño y sus discípulos fue dueño de unas connotaciones especiales. El toreo se elevó a niveles de fascinación e invención nunca antes vistas. La fiesta gozaba de su propia independencia, vivía al ritmo de los acontecimientos políticos que plaza afuera se registraron con intensa velocidad provocada por la constante aparición en el escenario político de diversos protagonistas, aspirantes al poder y que con el poder enfrentaron a otros que luego llegaron a ese puesto. Así como llegaban, así se iban.

   Ajenos al hecho político, económico y social, pero sirviéndose de él, plaza adentro ocurrieron, más bien se sucedieron, como se sucedían allá afuera los diversos acontecimientos que para México significaron una historia de bandazos. Decía entonces, ocurrieron de manera intermitente los cuadros o representaciones en la plaza de toros misma. Parecían hermanadas en ese momento dos historias: la de México y la del toreo. Precisamente es este un asunto que requiere una reflexión detenida y reposada de la cual espero verme honrado en “Nuestra Historia” quizá en un número venidero para explicarlo.

   Así que Gaviño fomentó y alentó una fiesta de toros a la mexicana sin deslindarse de sus raíces, por lo que otros diestros como Mariano González “La Monja”, Toribio Peralta “La Galuza”, Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Lino Zamora y Ponciano Díaz le dieron continuidad a su influencia.

   Precisamente quien mejor reflejó esa continuidad, y además le dio un perfil propio fue Ponciano Díaz Salinas, quien nació el 19 de noviembre de 1856 en la famosísima hacienda de Atenco. Hijo de D. Guadalupe Albino Díaz González «El Caudillo» y de Da. María de Jesús Salinas. Pronto se dedicó a las tareas campiranas propias de su edad y de una ganadería de reses bravas. El 1 de enero de 1877 tiene para su haber la primera actuación que se puede considerar como profesional en Santiago Tianguistenco. Sus primeros maestros en el arte propiamente dicho son Bernardo Gaviño y José María Hernández «El Toluqueño».

Cartel de la plaza principal de SAN PABLO para el jueves 11 de junio de 1857.

Fuente: Colección Julio Téllez García.

   Imprescindible en los carteles se le contrata para estrenar la plaza de «El Huisachal» el 1 de mayo de 1881. Torea por todos los rincones del país y hasta en el extranjero pues en diciembre de 1884 actúa en Nueva Orleans (E.U.A.) y entre julio y octubre de 1889 lo encontramos en Madrid, Puerto de Santa María, Sevilla. En Portugal,  Porto y Villafranca de Xira. Semanas más tarde, en diciembre torea en la plaza «Carlos III» de la Habana, Cuba. Precisamente en Madrid, y el 17 de octubre recibe la alternativa de matador de toros siendo su padrino Salvador Sánchez «Frascuelo» y el testigo Rafael Guerra «Guerrita» con toros del Duque de Veragua y de Orozco.

   Entre México y otros países sumó durante su etapa de vigencia y permanencia 304 actuaciones registradas y comprobadas luego de exhaustivas revisiones hemerográficas, y a otras fuentes de consulta aunque esa cifra es muy probable que aumente como resultado de que muchos periódicos de la época o desaparecieron o simplemente no dejaron testimonio de su paso por lugares diversos de la provincia mexicana.

   Estrena su plaza «Bucareli» el 15 de enero de 1888. Nunca alternó con Luis Mazzantini más que en un jaripeo privado el 20 de enero de 1888 en la misma plaza.

   Fue el torero más representativo de lo nacional, mezclando sellos de identidad con los aceptados desde tiempos de Gaviño y luego con la llegada de otros españoles desde 1885, puesto que vestía de luces y mataba al volapié o hasta recibiendo, pero me parece que no quiso aceptar derrota alguna, a pesar de la campaña periodística en su contra y con una pérdida de popularidad que ya no volvería a recuperar jamás.

   Se han localizado alrededor de 50 versos y corridos, todos los cuales giran para celebrar o idolatrar a este personaje popular de fines del siglo XIX. Zarzuelas y juguetes cómicos tales como: «¡Ora Ponciano!», «Ponciano y Mazzantini», «La coronación de Ponciano», «¡Ahora Ponciano!’, «A los toros», son otras tantas evidencias de la fuerza de que gozó el atenqueño. Bueno, hasta su nombre impreso en etiquetas servía para darle nombre a una manzanilla importada de España con la «viñeta Ponciano Díaz». Manuel Manilla y José Guadalupe Posada después de burilar sus gestas y sus gestos, se encargaban de apresurar en las imprentas la salida de «hojas de papel volando» donde Ponciano Díaz era noticia, quedándose mucho de estas evidencias en la historia que lo sigue recordando.

Contemplativo, sereno y hasta melancólico, Ponciano Díaz se dejó hacer esta fotografía en sus años de esplendor. A 1885 se remonta el retrato. Para entonces, lo exaltaban con el grito sincero y unánime de ¡ORA PONCIANO!

Fuente: Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, T. I., p. 186.

   De este personaje sui géneris se tienen un conjunto de historias que nos acercan a entender a un hombre de carne, hueso y espíritu lleno de conflictos internos, pero también lleno de los conflictos que por sí mismo generó alrededor del espectáculo, puesto que su tauromaquia llegó a saturarse frente al nuevo estado de cosas que se presentó a partir del año 1887, momento de la reanudación de las corridas de toros en la capital, pero también momento en que un grupo de diestros españoles comenzó lo que vendría a considerarse como la etapa de “reconquista” taurina, encabezada, fundamentalmente por Luis Mazzantini. Para Ponciano, este acontecimiento marcó una sentencia definitiva, y aunque abraza aquel concepto establecido, prefiere no traicionar sus principios nacionalistas, llevándolos -hasta sus últimas consecuencias, como una mera enfermedad o deformación- hasta el momento mismo de su muerte, convirtiéndose en último reducto de esas manifestaciones. Pero además, ante todo aquello ostentó una capacidad como empresario que trajo consigo solo tragos amargos, lo cual acelera el repudio de sus ya pocos partidarios en la capital del país.

   Uno más de los asuntos que también afectaron su carrera, “haciendo cosas malas que parecen buenas”, fue comprar ganado sin una procedencia clara, el cual terminaba lidiándose en su plaza de “Bucareli”. Dichos toros, o remedos de toros, eran mansos, ilidiables, pero también bastante pequeños de tamaño, lo que puso en evidencia la buena reputación que Ponciano había logrado luego de varios años de ser considerado el torero más querido de la afición mexicana, de ser un “mandón”, el cual tuvo que refugiarse en plazas provincianas para seguir haciendo de las suyas por aquellos rumbos. Lástima que su fama se convirtiera en infortunio, y lo que pudo ser una trayectoria llena de pasajes anecdóticos de principio a fin, solo se conservó fresca durante sus primeros 12 o 13 años. Luego, todo se dejó llevar por esas incongruencias en las que cayó, probablemente, víctima de su propia fama, o del deseo propio al querer demostrar que un torero de su naturaleza podía efectuar, además, como empresario o como contratista de toros.

   Muere el 15 de abril de 1899, muriendo también el toreo de expresión netamente mexicana.

   Al arribo del siglo XX nos encontramos una serie de condiciones similares a las de cien años atrás, con la diferencia de que el régimen de Porfirio Díaz acumula más de 30 años en el poder sin dar señas claras de una sucesión por la vía democrática. Los hombres del campo reciben con rigor el embate de muchos hacendados que aplican métodos y tratos injustos, misma condición presente en los ambientes laborales de la fábrica y la industria. Levantamientos sociales como los de Cananea y Río Blanco y de orden ideológico encabezado por Praxedis Guerrero y los hermanos Flores Magón encauzaron la Revolución de 1910.

Rodolfo Gaona, “el petronio de los ruedos”.

Fuente: Archivo General de la Nación.

   A ella se unió un principio de rescate por el nacionalismo estético logrado por creadores cuya tarea quedó plasmada en la literatura, música y pintura, entre otras expresiones. El toreo no solo tenía en Rodolfo Gaona a su representante nacionalista. El de León de los Aldamas fue más allá. Trascendió sus conocimientos aprendidos bajo severas LECCIÓN impuestas por Saturnino Frutos “Ojitos”, banderillero español formado en el mejor momento de “Lagartijo” y “Frascuelo”, figuras emblemáticas de la tauromaquia española del último tercio del siglo XIX. Y Gaona al asimilar con creces esa experiencia, puedo afirmar que les regresó la conquista, como dueño de unos valores que a 75 años de su retirada todavía sigue siendo tema de conversación. Por lo tanto el también llamado “indio grande” se convierte en el primer gran torero mexicano universal.

   En seguida, varias generaciones de enormes figuras concretan esa condición e imponen una presencia sólida que cautiva a los aficionados de aquí y de allá. Nombres como los de Fermín Espinosa, José Ortiz, Alberto Balderas, Jesús Solórzano, Luis Castro, Lorenzo Garza, Fermín Rivera, Luis Procuna, Alfonso Ramírez, José Rodríguez “Joselillo” y un largo etcétera con el cual no doy por terminada la exposición. Más bien, dejo indicados a los más sobresalientes como seña de que nuestro país ha aportado al toreo vetas riquísimas que han representado un peso significativo para una historia de grandes dimensiones.

“Manolo” Martínez en plena juventud. El Heraldo de México, jueves 20 de mayo de 1968.

   Para quienes disfrutan del espectáculo y lo han admirado en el último tercio del siglo XX, existen absolutas coincidencias para afirmar que es “Manolo” Martínez la figura representativa que acumula una tauromaquia matizada de contrastes que van de la grandeza a la polémica, en función de su fuerte carácter y personalidad, mismos que supo proyectar perfectamente en su quehacer, por lo que se convierte en figura discutida, imponiendo un término que muy pocos toreros han alcanzado: ser “mandón”. Mandón, «porque está solo, sin pareja, sin rival permanente, invadiendo terrenos y ganando batallas hasta quedarse solo mientras el boumerang de su propia dictadura se vuelve contra él», nos dice Guillermo H. Cantú, en su libro: Manolo Martínez, un demonio de pasión. México, Diana, 1990.

   Nuestra época, plagada de nuevos y acelerados acontecimientos como “el fin de la utopía”, y el triunfo absoluto del neoliberalismo, en 1989, a raíz de la caída del Muro de Berlín, también ha causado en México un síntoma cuyo camino es el de la democracia que de alguna manera liquidó la presencia de un partido en el poder, incorporándose otros, e incluso, llegando uno de ellos, considerado como de oposición a ocupar la presidencia de la república. En este contexto, con apenas algunos ejemplos del escenario nacional y mundial, transitamos de un siglo a otro, mientras en el toreo las actuales condiciones nos proyectan un interesante panorama donde varios de nuestros espadas como “Jerónimo”, Ignacio Garibay, Antonio Bricio, pero fundamentalmente Eulalio López “El Zotoluco” han remontado lo que por muchos años significó un ostracismo en ruedos españoles, bien provocado por mínimas aspiraciones o por el escaso interés de sus potenciales capacidades. Eso ha quedado atrás, y si de nuevo el mercado de oportunidades se abre para buscar el equilibrio de fuerzas entre diestros españoles y mexicanos, estaremos viendo dentro de poco tiempo una recuperación de modo que, conforme a los ciclos en la historia, se repita con este, lo ya registrado al menos durante la primera mitad del siglo XX que, como hemos dicho, llega a su culminación.

   Pinceladas o rasgos de un gran tema como el de la fiesta de toros en México, desde sus orígenes y, hasta nuestros días, es lo que hemos conseguido en esta revisión de conjunto, esperando cumpla dignamente los propósitos que persigue “Nuestra Historia”. Por mi parte, quedo en deuda, esperando saldarla asimismo con otros materiales que puedan ser complementarios a LA TAUROMAQUIA EN MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS, que aquí termina.

 

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