¿QUÉ TANTO DE REALIDAD Y QUÉ TANTO DE FICCIÓN TIENE EL TOREO EN NUESTROS DÍAS?

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Con cierta frecuencia, los taurinos somos abordados con una pregunta que parece venir del país de los lugares comunes: ¿Qué tanto de realidad y qué tanto de ficción tiene el toreo en nuestros días? A lo cual, nuestras respuestas pueden tener diversos argumentos, fundados sobre todo por el momento que se vive. De ese modo, parece ser que la fiesta transita en permanente crisis (y si es preciso recordar, la crisis es apenas un momento, un instante de situación dificultosa o complicada), por lo que entonces se trata de una sumatoria de ciclos que se repiten con igual síntoma patológico.

   Los toros tienen de sobra el condimento dogmático y enciclopédico que lo particulariza, haciéndolo único. Pero también lo enferma y seriamente, porque se observa en el tendido y en poca cantidad, al aficionado en cuanto tal, ese individuo formado y fundado en un ansia por la búsqueda del conocimiento. Y lo vemos raramente porque abundan los extremistas y fundamentalistas o su contraparte: el espectador transitorio.

   El toreo, al igual que una institución educativa es receptor de diversas líneas o tendencias que desde luego dan un brillo peculiar. En modo opuesto las líneas son tendenciosas ocasionando que la o las “escuelas” proyecten malas enseñanzas. Es decir, estamos frente a una condición absolutamente maniquea, resultado de la confrontación entre la pasión y la razón, por lo que es preciso recordar aquella frase que dice que la «inteligencia y la profundidad no siempre van juntas».

   Por cierto, hace unas semanas aparecía un importante argumento del escritor colombiano Edmundo Paz Soldán quien apuntó: «Pertenezco a una generación a la que se le ha enseñado a tener nostalgia de lo que no ha vivido, que creció en la época del neoliberalismo caracterizada por ser poco heroica y que ha aprendido a ser conformista…»

El Heraldo de México, 11 de octubre de 1967. Plaza de Arlés, Francia. Torero: Miguel Mateo “Miguelín”. Fotografía de Lucien Clergue. Imagen incluida en la colección “Photography Annual From UPI”, seleccionada como una entre las mejores de aquel año.

   Por otro lado, Eric Hobsbawn, en su Historia del siglo XX anota:

   «La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven».

   Estas dos afirmaciones sumamente profundas nos revelan que el pasado que por alguna razón se analiza en el presente, no es lo que dicen que era. Pero el presente no tiene ya la capacidad heroica que dicen que tuvo también el pasado. Es decir, aparte de enfrentarnos a un dilema, ambos tiempos no poseen el valor, o los elementos de confrontación son forzadamente inventados y el término de este balance podría apuntar a la invención. Contra ciertas invenciones tenemos que estar perfectamente vacunados. Un gran historiador como fue Edmundo O´Gorman se puso en pie de guerra en cuanto se intensificó la postura del «descubrimiento de América», lanzando un hermoso argumento que tituló La invención de América, atenuando así un discurso más oficial que sensato. Quizá más rebuscado que lógico.

   Todo lo anterior, ¿ante qué escenario nos enfrenta? O ¿es que entonces el toreo se nos desmorona en las manos como una mera ficción o cuento?

   No estoy manejando hasta el momento ningún motivo por los que permanentemente nos rasgamos las vestiduras. Simplemente analizo desde la superficie los diversos estímulos que nos orillan a tales desenfrenos en los cuales nuestra participación individual o colectiva hacen que se alteren parcial o totalmente las estructuras donde descansa un espectáculo varias veces centenario.

   Entonces, ¿de dónde proviene el caos y el desacuerdo?

   Por lo visto la obra de Jorge Portilla: La fenomenología del relajo podría ayudarnos a dilucidar tanta confusión, solo que se queda impregnada una tremenda incongruencia sobre los valores que para unos y otros son buenos o son malos. Veamos al toro de hoy -primer y gran argumento-, el que pasa por un racero de comparaciones y perspectivas siempre en desacuerdo. El toro que se lidia en nuestro presente puede ser más pequeño o más grande al que se lidiaba hace 50 o 100 años; o viceversa. ¿Cuál es entonces el mejor promedio? ¿Qué época goza o ha gozado de ese privilegio?

   Las presentes notas están demasiado cargadas de cuestionamientos, debido básicamente a la falta de unidad, empujada -de eso estamos seguros- por múltiples intereses de actores y espectadores conforme cada época o momento que se vive. Por lo tanto va a ser difícil lograr que se tenga el común acuerdo y por consecuencia una imprevisible solución a ese eterno problema.

   La construcción del toreo ha llegado a su mejor punto en nuestra época, dirán algunos. La deconstrucción del toreo ya está aquí, dirán otros. Todo es según el cristal (con que se mire) del momento que se vive y hay que aceptarlo, no es resignada y última consecuencia, pues hay que verlo como un organismo que responde en multitud de reacomodos que provienen de la suma multitudinaria de acciones y reacciones humanas, climáticas si cabe; económicas, políticas. Sociales en consecuencia. Bueno o malo es lo que transcurre aquí y ahora, aunque tampoco es posible quedarnos en la cómoda posición de aceptar la postura maniquea que en nada resuelve el enorme conflicto generado dentro de un espectáculo fácilmente manipulable por ambas condicionantes, dueñas de un peso específico que son capaces de señalar el camino a seguir. O es que también, -a la manera de Edmundo O´Gorman-, ¿tendremos que ponernos en pie de guerra para enfrentar, ya no tanto el pasado, sino el presente, y por precaución, también el futuro taurinos?

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