EL ENCANTO DE LA “VERÓNICA” EN MANOS DE JOSÉ ANTONIO GAONA.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   La imagen que hoy se recupera, parece tener más años de lo normal. En realidad corresponde a una nota con fecha la del 19 de agosto de 1970, y que corresponde a la amplia, amplísima colección de registros periodísticos que con paciencia armó D. Roberto Mendoza Torres.

   El entonces novillero José Antonio Gaona, nieto del “Indio Grande”, parece haber recogido en ese trazo impecable, la “summa del toreo”, cuyo imperio seguía detentando Rodolfo Gaona.

   Desde luego que “su” verónica, la del “Califa de León” no se parece absolutamente nada a la que observamos en la fotografía hoy “revelada”.

José Antonio Gaona. Colección: Roberto Mendoza Torres.

   Sin embargo, la que ejecuta José Antonio posee todo el sentido y valor a partir de la interpretación que en ella impuso Francisco Vega de los Reyes, “Gitanillo de Triana”, quien simple y sencillamente no hizo más que bajar o desmayar los brazos hasta el punto que ese nuevo “paradigma” encauzó los destinos de la tauromaquia moderna a partir del segundo tercio del siglo XX.

   Poco antes de este vuelco en la ejecución e interpretación, lo que gustaba entonces eran aquellos lances con las manos arriba, mismas que con los movimientos rápidos que surgían de las manos de aquellos diestros “chapados a la antigua” causaron sensación. La verónica de Rodolfo Gaona, o la de Juan Belmonte tuvieron marcada notoriedad desde hace poco más de cien años pues recogen el toque que habían marcado “Lagartijo” y “Frascuelo”, ahora en manos del leonés y el trianero. Y ya luego, con “Gitanillo de Triana” en escena, las cosas cambiaron radicalmente. Baste recordar la serie de lances que “Gitanillo” le recetó a “Como tú”, de San Mateo, uno de los cuales se hizo célebre gracias a la genial labor de Luis Reynoso, fotógrafo para más inri.

   En la misma dimensión de calidad se encuentra la que hoy nos acompaña, en un trazo que parece recoger lo que Jesús Solórzano o Luis Castro “El Soldado” hicieron en otras célebres jornadas. Pero nos reprocharía el propio José Antonio Gaona que el hacedor de tan bello lance es él.

“Temple”. Óleo de Rosana Fautsch F.

   Y lo logró en una campaña novilleril que subió de intensidad gracias a sus constantes triunfos que luego, con el tiempo se apagaron y hasta se olvidaron, de no ser porque gracias al apellido Gaona ello le permitió gozar del buen aprecio de aquellos aficionados, los de hace casi medio siglo que vieron en José Antonio la posibilidad de recuperar en él las glorias del célebre abuelo.

   Y vuelvo a ver la foto, y a pesar de que se retoma de un periódico cuyo papel revolución, de muy mala calidad, le da toques de antigüedad; y de que la imagen misma, al acercarnos a ella vemos como se “rompe el grano” (hoy, al decir que se pixela, entendemos esa semejanza óptica). Pues efectivamente, lo que apreciamos en ella es la gracia efímera de la verónica, forjada con el desmayo de los brazos que acompañan y templan las primeras y más bruscas embestidas de un novillo que entró al capote humillando. De la postura que la cabeza del torero adopta para afirmar el centro, el eje y el equilibrio de un lance que aspiramos ver y gozar, y que para alcanzar tamaña veneración, tienen que pasar muchas tardes… hasta que se produce el milagro. Y no olvidemos ni los pies, ni el semicírculo que todo ese conjunto deben darle para que surta efecto esa gracia de la que hablamos, que no es otra cosa, a decir de José Bergamín, que pura “música callada del toreo”. O para entenderlo en otros términos, como lo advertía también Lope de Vega, “es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece”.

La “Verónica”, por el “Greco”.

   Para terminar, honro desde aquí la buena labor que logró el fotógrafo desconocido, quien detuvo el tiempo en el justo momento en el que la tristeza de la “Verónica” alcanza niveles que solo la iconografía religiosa o la tauromaquia podrían explicarnos cuando en el lienzo queda plasmado (por lo menos en forma figurada) el doloroso rostro de un Jesús camino del calvario. Y es justo esa sensación cuyo peso se decanta en lo simbólico cuando nos orilla a lanzar el ¡ole!, como confirmación –una vez más-, de que hemos presenciado el milagro… de “la verónica”.

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