TRASLACIÓN DE LA IMAGEN DE SANTA ANA CON OBJETO DE CURAR A “JOSELITO” HUERTA, Y LA SEMEJANZA CON UN EX VOTO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Heraldo de México, en su edición del 24 de diciembre de 1968. Col. del autor.

Miguel Espinosa “In Memoriam”

   “Joselito” Huerta fue herido gravemente el 30 de noviembre de 1968 por “Pablito” de Reyes Huerta en el ruedo de la plaza de toros de “Cuatro Caminos”. Aquella tarde, alternó con Eloy Cavazos –quien salió a hombros- y Sebastián “Palomo” Linares que cortó una oreja en el de regalo.

   Conforme avanzaban las horas y los días, el paciente no se recuperaba como era de esperarse, pues la cornada había hecho destrozos importantes en la zona del vientre, temiéndose por su vida.

   La prensa por entonces, no dejaba de publicar cuanto podía obtener en información por parte del cuerpo médico que lo atendió, estando al frente del mismo los doctores Javier Campos Licastro, Javier Ibarra Jr., José y Tirso Cascajares. Los días más complicados los pasó en el Sanatorio de las Américas, donde la recuperación fue lenta, muy lenta.

   Fue como al mediodía del 23 de diciembre siguiente que, entre las muchas visitas que acudieron con intención de saludarlo, se encontraba la señora María Isabel Calderón, quien hizo viaje desde Santa Ana, Jalisco, portando la imagen de la virgen que allí se venera, para acercarla al herido… La dejó en la habitación que ocupaba el diestro y para el 24 prometió recogerla para emprender el regreso y restituirla al pedestal que le corresponde en el santuario de aquel lugar.

   Una imagen como esta, sólo podría encontrarse en un ex voto (representación de un milagro donde se agradecen los favores de quien ahora recuperado por alguna enfermedad, por ejemplo, plasma o manda plasmar en una pintura la escena que recrea el pasaje, mismo que podría rayar en lo extraordinario, el cual se hace acompañar de una breve descripción, el cual pasa a colocarse posteriormente al pie de la imagen religiosa a quien se encomendó). Pero también en aquellas otras escenas que ocurrieron y siguen ocurriendo cuando la tragedia está presente. Me refiero a las “traslaciones” de imágenes religiosas, desde las iglesias donde son veneradas hasta los sitios mismos donde una catástrofe, un cataclismo, sequías o la presencia de epidemias, causaban o siguen causando mermas importantes en alguna población.

   Desde la primera traslación, la del Corpus en 1565, y que luego se hizo toda una tradición, no faltaron a su alrededor la presencia de reliquias, o la disposición que gremios y cofradías hicieron para desplazar otras imágenes religiosas tan célebres como la virgen de los Remedios, por ejemplo. A su paso, independientemente del propósito que se perseguía, no faltaron las fiestas profanas y paganas para elevar el nivel de importancia que el hecho a contener representaba en esos momentos. Y las procesiones entonces se engalanaban aún más o sufrían el rigor de una tormenta al llegar a las poblaciones afectadas.

   Frente a la desgracia, aquella singular presencia de bulto, que con su ostentosa representación a cuestas generaba el particular momento en que todos los creyentes levantaban a una sola voz la clemencia respectiva, esperando que el “milagro” se produjera. Los “Diarios de Sucesos Notables”, como los escritos por Antonio de Robles, Gregorio Martín de Guijo, Arcadio Pineda o Bartolomé Rosales, dan cuenta de aquellos acontecimientos entre la tristeza o la felicidad, pues lo mismo continuaban los acechos de aquellas tragedias que se producía justo el esperado momento en que la tragedia se dispersaba y entonces ese cambio se convertía en la poderosa construcción de un “milagro”.

   Así que cuanto puede observarse en la fotografía que hoy comparto con ustedes, es fruto de aquellas profundas creencias de las que quedó permeada nuestra cultura en interesantes como complejos mestizajes de tres siglos coloniales.

   Estoy convencido de que, al margen de nuestra emancipación, iniciada en 1810 y declarada como tal once años después, tres grandes influencias quedaron y siguen presentes en el imaginario colectivo mexicano. Me refiero a la religión católica, al burocratismo que adquirió incómoda presencia desde los tiempos de Felipe II… y las corridas de toros.

   Así que doña María Isabel Calderón, una mujer del pueblo que respondió a la tragedia que vivía en ese entonces uno de los toreros de mayor fama en nuestro país, no dudó un solo momento para hacer el viaje, de Jalisco a la ciudad de México y cumplir en esa forma con el apoyo espiritual que significó poner a la vera de “Joselito” Huerta la imagen de Santa Ana.

   El de Tetela de Ocampo, sonrió ante aquel gesto, y hasta podríamos decir que, en buena medida recobró la salud que entonces faltaba para que pocos días después saliera por su propio pie del hospital. De hecho un primer intento ocurrió el 11 de diciembre anterior, pero complicaciones inesperadas lo obligaron a internarse, presentándose de nuevo un estado de gravedad en su salud.

   José tuvo que anunciar más tarde su retiro, y sólo volvió a los toros después de tan grave percance hasta el 26 de octubre de 1969. La despedida definitiva se llevó a cabo en la plaza de toros “México” la tarde del 23 de enero de 1973.

   Todavía vivió entre nosotros hasta el 11 de julio de 2001 y se recuerda en él su hombría, su gran valor y esa sencillez implacable que se dejó notar incluso en una frase que él mismo pronunciaba con frecuencia: “de algo se tiene que morir uno”. Y aunque sencilla u obvia en su contenido, sería insuficiente para responder ante el que fue uno de los toreros más importantes durante la segunda mitad del siglo XX. Valiente como el que más, tuvo a cambio una larga lista de percances y cornadas que poco a poco mermaron sus facultades. Un aneurisma se convirtió desde 1971 en el verdugo y, ante la dimensión del mal, fue que decidió retirarse, como ya quedó indicado en 1973. Para no irse “nada más así porque sí”, le cortó las orejas y el rabo a “Huapango” de José Julián Llaguno en la plaza de toros “México”.

   Toda esta historia, podría escribirse al pie de la imagen que representan doña María Isabel Calderón y José de la Paz Huerta Rivera, y que la figura de Santa Ana termina por darle el toque al ex voto que, en imaginario altar, quedará colgado para perpetuar tan interesante como curioso episodio.

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