HOY RECORDAMOS A FRANCISCO OLVERA “BERRINCHES”, PICADOR DE TOROS.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 389. Fotografía: Daniel García Orduña.

    Hace muchos años, hubo entre las filas de subalternos, un picador de toros destacado, tanto por su eficacia como por sus detalles, que le caracterizaron desde el seudónimo mismo. Me refiero a Francisco Olvera “Berrinches” (Reynosa, Tamps., 13 de julio de 1874-18 de diciembre de 1963).

   Recordaba el casi nonagenario personaje que a sus 21 años se inició en la profesión en Cadereyta, yendo a las órdenes de José González “Fajerito” en la lidia de toros de “La Laguna”, esto en 1895.

   El origen de alias tan peculiar se debe a que “siendo pequeño era muy BERRINCHUDITO y entonces me pusieron de mote El Corajitos y a la larga degeneró por El Berrinches que me adjudicó el viejo aficionado Lázaro Lozano quien fue padre del célebre impresor taurino Rutilo Lozano”.

   También recordaba que el mejor momento que tuvo en su vida fue una tarde que se lo llevaron en hombros desde “El Toreo” de la Condesa hasta la casa que entonces habitaba Francisco Madrazo, propietario de “La Punta”.

   Y decía: “Mi mayor satisfacción ha sido el de ¡SER UN PICADOR DE TOROS! Los aplausos fueron el mejor premio a mis anhelos en el camino de la gloria taurina. Me retiré en el año de 1951 en la plaza de Cuatro Caminos donde un toro me derribó con todo y caballo, sufriendo la fractura de varias costillas… Viejo y castigado lo mejor es esperar la muerte y… ¡aquí estoy!”

   Precisamente sus últimos días los vivió al cobijo de la Cruz Roja de Nuevo Laredo, sitio en el que seguramente existía alguna zona destinada al asilo de personas hoy consideradas como de la tercera edad.

Francisco Olvera “Berrinches” acompañado por Alfonso Ramírez “Calesero” en el patio de cuadrillas de la plaza de toros de Nuevo Laredo, Tamaulipas. Fotografía: Vicente García.

   Durante los años que estuvo en activo, vio pasar la época en la que los caballos salían sin ninguna protección, salvo la buena habilidad de los piqueros. Hubo tiempos en los que incluso se les cubría con un ridículo cuero que llamaron despectivamente “baberos”, para luego, de 1930 en adelante, se enmendara la situación por la cual hubo orden de colocar un peto protector que luego, con los años se convertiría en auténtica muralla.

   Es bueno recordar, sobre todo en nuestros tiempos en los que el picador de toros ya es casi una pieza decorativa no solo en el paseíllo sino en sus apariciones en la escena, donde suelen realizar la suerte en forma por demás simbólica, que picadores como “Berrinches”, se caracterizaron por su especial forma de resaltar diversos estilos tanto en la forma de llevar la cabalgadura como de lanzar la garrocha y luego “amarrarse” a ella para culminar en una estampa como la que hoy adorna estas notas, y que corresponde a la tarde en que se enfrentó al toro (anunciado como novillo) de Zacatepec, con peso de 600 kg. Esto ocurrió la tarde del 17 de marzo de 1935, en la plaza de toros de Vista Alegre, por los rumbos de San Antonio Abad (ciudad de México) en que aguantó la embestida de “Bandolero”, toro que luego hirió de muerte al infortunado novillero Miguel Gutiérrez.

   Más en broma que en serio le dedicaron estos versos en 1943

AL VIEJO “BERRINCHES”

Aluego “Berrinches” llega

con un caballejo, al trote,

y toma parte en la brega.

Haz de cuenta Don Quijote

que hubiera resucitado

con bacinica y garrote

y re más encaprichado

se güelve toro el molino

y las aspas hoy son astas

y es aquello un torbellino,

un relajo ¡qué canastas!

A la verdá, no hay derecho.

Destripado el caballejo

y “Berrinches” muy maltrecho,

por poco pierde´l pellejo

si no le espantan al toro.

Y la gente, cómo grita.

le dice llena de azoro

una gringa a una currita:

-¡Qué bárbaros los latinos”

¿No hay saciedá protectora

de animales? ¡Asesinos!…[1]

 Anónimo.

Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 389. Fotografía: Daniel García Orduña.

   Y también estos otros, que corresponden a la autoría de José Fernández Mendizabal del mismo año:

 A FRANCISCO OLVERA,

“BERRINCHES”

 Eres parte esencial de la gran fiesta,

jinete en fiel rocín enflaquecido

a quien hiere la mofa del “tendido”

asaz cruel en su fuerza manifiesta.

 

Diríase que ignoras lo que cuesta

el tumbo doloroso cuando, erguido,

te ves por el burel acometido

en suerte que te puede ser funesta.

 

Valiente a no dudarlo tú lo eres

empuñando la lanza cuando alegra

al toro en el terreno que prefieres,

 

Y también si te engaña su perfidia…

erguida o en tumbo, tu figura íntegra

el cómico sentido de la lidia.

 

Cartel de la infortunada tarde… En Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 389. Fotografía: Daniel García Orduña.

 II

 Sin luz tus ojos ni vigor tu brazo,

hierro en la pierna y sobre el hierro, cuero;

firme en la silla se te mira entero

lucir al sol que rubricó tu ocaso.

 

¿Y qué será de ti cuando el abrazo

de la temida sombra ciña artero

su anilla cruel? Noble Lancero

de la fiesta, en el nervioso trazo.

 

De estas líneas mi emoción te ofrenda

-tal mano grácil que la luz alegra-,

el clavel reventón de la leyenda

 

A salvo del rencor y de la insidia

¡Qué en él tumbo final tu gesto integra

el trágico sentido de la lidia![2] 

José Fernández Mendizábal.

   Finalmente, hay que apuntar el hecho de que Francisco Olvera “Berrinches”, formó parte de aquella generación de picadores que ostentaban la coleta, tal cual la mostraban los matadores, y de que entre los suyos, era común la concesión de alternativa, con lo que seguramente, pero sin decirlo, este personaje la mereció sin duda alguna.


[1] La Lidia. Revista gráfica taurina. Año I, Nº 10. 29 de enero de 1943.

[2] Op. Cit.

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