Archivo mensual: enero 2018

¡A VER QUIÉN SUPERA ESO!

CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

“Jerónimo” Aguilar hecho un torero. Fotografía de Sergio Hidalgo.

   Quienes tuvimos el privilegio de presenciar el festejo del domingo 7 de enero de 2018, en la plaza de toros “México”, podemos afirmar que nos encontramos con el prototipo de una corrida de toros cuyas condiciones, dejaba satisfecho en buena medida el anhelo que construye permanentemente el aficionado a los toros.

   Debemos reconocer el hecho de que nos han acostumbrado en estos y otros tiempos recientes, a una puesta en escena que ha perdido componentes esenciales y fundamentales, como la sola presencia del ganado el cual, como eje rector del espectáculo se le ha llevado a una expresión condicionada de edad, trapío y desempeño, cornamenta apropiada y otras circunstancias para que garanticen el éxito entre ciertas “figuras”.

   Para fortuna, este ejemplo no fue el caso.

   Es una pena que poco más de 40 mil ausentes hayan perdido la oportunidad de conocer diversos significados, cuyo principal sustento fue el interesante encierro de Caparica, así como el desempeño –con sus aciertos y sus errores-, por parte de Jerónimo, Juan Pablo Llaguno, Antonio Lomelín hijo, y sus respectivas cuadrillas.

   Reitero que es una pena, porque la propia empresa no supo reivindicar su hegemonía (era un buen momento), la cual se tradujo en la penosa asistencia -¿dos mil, dos mil quinientos asistentes?- de un pequeñísimo sector de aficionados que, en forma permanente solemos acudir a la plaza, siempre con la idea de encontrar posibilidades de nutrir y alentar nuestra sólida visión, y que muchas tardes se traduce en decepción.

   A lo largo de toda la jornada se sumaron episodios en los que la emoción, en sus diversas manifestaciones fue latente. Estábamos viendo toros, que tampoco eran elefantes, pero no burros con cuernos, ni tampoco mesas incapaces de embestir, como si estos eufemismos entre lo zoológico o aquello destinado a definir un objeto, sirvieran de algo en la presente ocasión. Eso sí, creo que en buena parte de los festejos anteriores no ha estado presente la figura principal, de ahí que esto sea un síntoma crónico permitido a ciencia y paciencia en el curso de la temporada 2017-2018.

El toro, sin más.

   Un detalle que llamó la atención fue el hecho de que el juez de plaza, no se enteró de que varios de esos toros merecían arrastre lento. Por fortuna, la ovación sincera de los allí presentes fue la mejor muestra al reconocer el desempeño que esos toros pusieron en el ruedo. Fue posible percibir una bravura, una casta seca, como el campo hidalguense de donde procedían. En más de uno sobró eso. Con alguno más fue evidente cierta sosería, pero nada que cambiara el destino de las cosas. De igual forma, la nota que cada uno fue dando era destacada desde su salida misma y que por la buena presencia y arrogancia, también merecieron las palmas. Literalmente varios de ellos se “comían” los capotes y luego en el tercio de varas, el balance es que hubo puyazos y más de algún tumbo de tanto embestir y empujar a las cabalgaduras. Otros más apretaron en el tercio de banderillas, y hubo quien se lució. También quien quedó en el ridículo.

   Los tres espadas, muleta en mano, desplegaron lo mejor de sus conocimientos en la lidia, con objeto de pulir asperezas y prepararlos para el debido lucimiento. No hacerlo significó apuros y más de algún arropón, incluyendo el dramático momento en que Juan Pablo Llaguno fue lanzado de fea manera por los aires, saliendo ileso de milagro. De este joven matador debo apuntar sus buenas y clásicas maneras, al dar cara a sus enemigos con los que demostró capacidades envidiables como lidiador.

   Si por su sangre circulan esos genes de la virtud, diría sin equivocación, que le ha bebido los alientos en espíritu, a aquel antiguo torero de origen sevillano, y que se llamó Manuel González Cabello. “Manolo” González se entrelazó con la familia Llaguno, lo que ha significado para este joven la mejor forma de materializar tan valiosa herencia. Y Juan Pablo se sabe responsable de esa razón, por lo que su actuación parecía el resultado de un diestro que no para de torear. Lamentablemente llegó a la “México” con tres corridas en su haber. Aún así, dejó una impronta que tardará mucho tiempo en olvidarse.

Por su parte, Juan Pablo Llaguno estuvo acertado en sus procedimientos, aplicándose en los términos más rigurosos de la lidia…

…para luego correr la mano en esta forma.

   De Antonio Lomelín sólo diré en su favor que si pretende llegar a figura, tiene un largo camino que recorrer. Sabemos lo difícil que es vivir bajo la huella y recuerdo de su padre, cuyo mismo nombre ahora le debe resultar incómodo. Que no sea condena, sino demostración legítima de reivindicar un apellido que pertenece con sobrada razón a la memoria taurina de este país desde hace 50 años.

   Jerónimo Aguilar, cuyo nombre se parece al de aquellos primeros conquistadores, vino a la “México” en ese plan: conquistar a base de una torería que, a sus cuarenta de edad se convirtió en acto heroico. En gesta, sin más.

   Cuando Rodolfo Gaona se retiraba a los 37 años es porque había alcanzado la cumbre de sus aspiraciones, y lo hizo convencido de que jamás volvería a vestirse de luces. Lamentablemente los tiempos han cambiado y ahora, un torero que no quisiéramos considerar como marginado, tiene que remontar el vuelo una vez más, mientras el tiempo marcha sin piedad alguna.

   Jerónimo, también heredero directo de otra gran figura: Jorge “El Ranchero” Aguilar dejó constancia de su hacer y su saber. Del aroma que dispersó con el capote y la muleta con la frescura de una mañana tlaxcalteca y lo solemne de un atardecer, donde una borrachera de bien torear no nos cayó nada mal.

Un poquito más abajo las manos, y Jerónimo hubiera acabado con el cuadro.

   Por eso decía al principio de estas mal pergueñadas notas, que muchos perdieron la oportunidad de admirar una “tarde de toros” en que no nos divertimos. En todo caso nos emocionamos de una manera muy especial, y donde no solo Caparica vino a poner una pica en Flandes, sino también Jerónimo cuyos lances a la verónica primero, y luego por chicuelinas. Más tarde en faenas, sobre todo la del cuarto de la tarde, en que con un aplomo inaudito, dejó muestra indudable del arte que posee. Remató esa labor en forma tan cabal y tan torera, que mereció una oreja, quizá la oreja mejor concedida en lo que van de este serial… Y si me apuran un poco, diría que en conjunto, el presente festejo es por ahora el mejor que hemos visto en mucho tiempo. No sé si se le calificará como el de la temporada, pero sí uno en los que su balance nos habla de lo mucho que sirven tarde así.

   Ya lo decía la recordada “Marisol”, cantante española de los sesenta en el siglo pasado: “Yo no digo que mi barca sea la mejor del puerto… / pero sí digo que mi barca es la que tiene los mejores movimientos”.

   ¡A ver quién supera eso!

Las fotografías que ilustran el presente texto, son de la autoría de Sergio Hidalgo.

Disponible en internet enero 9, 2018 en: http://altoromexico.com/index.php?acc=galprod&id=5291

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IMPRESIONES DEL FESTEJO GUADALUPANO A BENEFICIO DE LOS DAMNIFICADOS DE LOS TERREMOTOS OCURRIDOS EL 7 y 19 DE SEPTIEMBRE DE 2017. (… y II).

CRÓNICA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Y es que justo cuando las cuadrillas llegaban hasta cierto punto para detenerse, se solicitó un minuto de silencio, en memoria de las víctimas. Acto seguido, sonaron las notas del himno nacional, mismo que fue entonado, al menos eso fue lo que se percibía, en forma triste por todos los asistentes.

   Vino después la gran ovación, cierre del desfile y continuación de este con otro cuadro, en el que volvían al ruedo las “adelitas”, realizaron una coreografía de movimientos que se enlazaban en el ruedo, en imaginario círculo al que entraban y salían, mientras en el centro del mismo una de ellas portaba un estandarte, el cual guardaba semejanza con un capote de paseo, en cuya parte principal aparecía bordada una figura más de la Guadalupana, tal cual se le califica en forma cariñosa a Guadalupe del Tepeyac. Dicha figura es motivo de veneración desde sus apariciones allá por 1531.

Y los toreros, siguen y seguirán enfundándose bajo el manto espiritual de Guadalupe…

   Antes del paseíllo apareció al pie del reloj monumental y de manera efímera, un extraño personaje a imagen y semejanza de las figuras surrealistas que Gabriel Figueroa retrató a la orilla del mar, en el célebre largometraje de “La Perla”, dirigido por Emilio Fernández.

Fotograma de “La Perla” (1945). Fotografía de Gabriel Figueroa.

   Y así como surgió, así desapareció.

    En la lidia…

   De Pablo Hermoso de Mendoza, lo único que habría de decir en su favor es agradecerle la brevedad en su comparecencia, que no pasará a la historia.

   Si José Tomás hubiese hecho temporada importante en ruedos españoles, con 50 o más festejos en su haber, y luego se valiera de lo que desplegó en el ruedo de la “México”, todo ello hubiese bastado para confirmar ese, su poderío inconfundible. Pero en realidad, y casi viniendo con la mínima cantidad de apariciones, nos demostró estar en el sitio que su leyenda ha producido para confirmar los muchos kilates que vale el de Galapagar.

   Del tercio a los medios por verónicas a pies juntos, que se enlazaron en seguida con gaoneras en las que impasible, aguantó las embestidas del de Jaral de Peñas. Aunque efímeros, esto fue suficiente prueba para cautivar a quienes admirábamos aquel pasaje, convertido en auténtico pasmo.

   Resolvió con fecunda calidad una faena que parecía no tener solución. En el asombro de su toreo, se fue deletreando cada pase, cada remate. Cada detalle que luego con el indeseable pinchazo y en seguida la correcta estocada, culminaban con aquel ejercicio espiritual. Paseó una oreja en olor de santidad.

   De hecho, y con un cartel cuyas antigüedades no se cumplieron a cabalidad,[1] pues cada diestro, junto con su administración escogieron previamente el toro que lidiarían, pero el hecho es que “Joselito” Adame fue el “primer” espada. El aguascalentense iba a por todas y con una labor que agradó, aunque al parecer no convenció, tuvo que buscar un recurso para culminar aquello en sentido heroico. Monta la espada, arroja la muleta en forma un tanto cuanto teatralizada y ataca al enemigo. El acero quedó en tal sitio que causó el derrumbe inmediato, en medio del delirio de algunos y la sospecha de otros. Dos orejas concedidas sin una valiosa decisión del juez, representaron la devaluación de aquel episodio, inicio de otros tantos desaciertos de usía en lo que restaba del festejo. Y desde luego, esa vuelta al ruedo ya no tuvo la misma dimensión que se dirimió entre división de opiniones.

   Sergio Flores, vestía un traje arrancado de los campos de girasoles: amarillo y negro. Se le vio desenvuelto, y hasta corrió con la suerte de encontrarse con un ejemplar que ayudó (decir ayuda es porque colaboró, aunque no hayamos visto en él las virtudes suficientes  que luego fueron pretexto para una petición inexplicable de indulto).

   Su empeño era el de las grandes batallas y logró, a costa de una especie de sacrificio lo que se propuso, que no fue poca cosa. Era de notar entre el reposo obligado y la evidente ansiedad, la flama de la lámpara votiva y las llamas de un incendio fuera de control.

  El culmen del capítulo protagonizado por el tlaxcalteca tuvo componentes heroicos que se premiaron con dos orejas y que bien a bien estos y los otro cuatro apéndices que se repartieron José Tomás, “Joselito” Adame y José María Manzanares, no representaron la justa premiación reflejada también en el obsequio de miles de pañuelos cuyo mensaje subliminal al parecer, surtió efecto, como sucedió con la engañosa percepción que se tuvo –como ya lo apuntaba sobre perdonarle la vida-, al ejemplar que tuvo en frente Sergio Flores, el cual como casi todos, recibió solo el señalamiento de la puya, indicativo de que la suerte de varias es o significa en estos tiempos la pérdida casi inminente de un factor esencial en el curso de la lidia pues entre que suceden diversas causas que así lo original durante el transcurso del tercio, por otro lado pesa el rechazo sensible de sectores importantes en el tendido, que cada vez se oponen al que consideran como un notorio maltrato animal, aunado al mal desempeño de muchos piqueros que no han resignificado el valor de esa suerte, y de que siguen cargando con la descalificación histórica y simbólica por la que pasaron estos protagonistas.

   Recordaré rápidamente que, al ocurrir el desdén de los borbones nada más tomar control de la corona a partir de 1700, y siendo los monarcas de origen francés, este factor influyó, entre otros más, a mostrar la indiferencia por lo español. Esto trajo consigo que en el segmento que detentaban los nobles en la representación caballeresca en la plaza y que por siglos mantuvieron intocada, incólume y hasta la fortalecieron con tratados, o el sello de una nobleza que se sabía segura de su permanencia, el hecho es que no ocurrió así.

   Poco a poco, esas grandiosas puestas en escena tuvieron un vuelco inesperado, y aquellos señores cargados de linaje comenzaron a perder protagonismo. En la nueva conformación del espectáculo, la cual pretendía distanciarse de la anarquía, encontramos a los de a pie representados desde el pueblo, que iban por delante, quedando los de a caballo en segundo y quizá hasta en un tercer lugar, mismo que hoy día es visible en el desfile de cuadrillas. A eso, hay que agregar la descalificación a que fueron sometidos quizá por el hecho de ostentar viejas virtudes que ya no poseían, así como por el hecho de que al continuar con sus antiguos quehaceres, si bien ya no alanceando toros, sino ahora picándolos para materializar una suerte que le es indispensable al desarrollo de la lidia, un buen contingente de estos actores, no ejecutaban la suerte de acuerdo a los usos y costumbres establecidos. Pero sobre todo, con el objetivo de satisfacer un propósito que la lidia misma exigía. Me refiero a mermar las fuerzas del toro bajo una correcta ejecución, y con ello dejarlo en condiciones para una posible y correcta lidia en el tercio final.

Esto sucedía en México antes del 12 de octubre de 1930, fecha en la que fue autorizado el uso del peto. Aquí observamos al “Güero” Guadalupe realizando la suerte de varas sin protección, pero también con la certeza y buen hacer en su desempeño. Col. del autor.

   Esa descalificación a que me refiero tuvo nutrientes desde el discurso que los ilustrados españoles pusieron de por medio en discursos, panfletos, pero sobre todo en acciones que pretendían suprimir no solo la suerte, sino el espectáculo taurino en su conjunto. La “Pragmática-Sanción” que emitió Carlos IV a comienzos del siglo XIX fue una consecuencia de todo ese alcance, aunque los asuntos independentistas que sucederían años más tarde, tanto en España como en América, y particularmente en México, diluyeron el alcance de aquella medida, hasta el punto de que los festejos volvieron a darse, e incluso muchas autoridades se sirvieron de ellos para recuperar, por vía de los diversos beneficios a que fueron destinadas diversas corridas, sobre todo para recuperar aspectos que involucraban directamente a los ejércitos, por ejemplo.

   Pero no todos estos señores cumplen a cabalidad con ese empeño, de ahí el sintomático reclamo hacia una buena mayoría que se une al hecho reciente de un reducido efecto en su ejecución frente a la notoria y riesgosa condición decadente mostrada en la casta, fortaleza, bravura y demás factores que en buena medida deberían estar presentes como un atributo peculiar entre las ganaderías dedicadas a la crianza del toro de lidia.

   ¿Qué decir de “El Payo” y “El Juli” que no dijeron casi nada?

   A “El Payo” tocó en mala suerte la salida de uno de Fernando de la Mora pequeño, el que además mostraba señales no de estar derrengado de los cuartos traseros, pero sí con fuertes molestias causadas por calambres. Le sustituyó uno de Jaral de Peñas que no fue lo excepcional que se esperaba, sin embargo dejó lo último de su vida en una lidia donde a falta de mando y disposición, tanto del torero en turno como de su cuadrilla, vimos lo increíble que fue ponerse él mismo dos puyazos, colocándose en la suerte. Y luego en el tercio final, entregado justo cuando el torero comprendió que no había nada que hacer sino escupirse de la suerte, abandonarlo, con lo que el fracaso estaba consumado.

   Algo parecido ocurrió con Julián López, y no hubo suerte ni hubo nada. Voluntad y punto. Aunque sí tuvimos que tolerar cerca de media hora en una casi penumbra debido a que la planta de luz presentó una falla, misma que se presentaba en la naciente noche. Así que sumando tiempos de más en el total del festejo, con este lapso y el que se acumuló durante el desfile de cuadrillas, se contabiliza una hora de las poco más de cuatro que duró el festejo.

   De José María Manzanares no diré en descargo suyo que no estuvo mal. Al contrario, creo que cumplió dignamente con su comparecencia, aunque noté en él cierta ausencia, y no precisamente con aquello de abandonarse, pues logró los mejores muletazos del festejo, saturados de frescura y naturalidad que sorprendían, aunque no provocaban el delirio. Con la espada, certero y esa oreja concedida como al desgaire por el juez, terminó por ser una concesión por no dejar.

   Finalmente, Luis David Adame, fue de empeño en empeño, iniciando con buenos lances por verónicas, y luego en las “zapopinas” se adivinaba lo preciso de su milimétrica ejecución. Tomó banderillas incluso, y colocó cuatro pares, el último para resarcirse de una mala colocación en el anterior. En fin, todo eso y algunos intentos plausibles, sobre todo al inicio de la última faena no fueron suficientes razones para que aquello no terminara como eran sus propósitos. Una pena ante demasiada entrega.

   Los allí presentes salíamos finalmente alrededor de las ocho y media de la noche con más ganas de irnos que otra cosa. Un festejo de ocho toros, lo que fue demasiado, no es recomendable pero la empresa se ha empeñado en darlo, con lo que fue necesario armarse de paciencia. Ojalá una práctica tortuosa como esa termine por convencer a la administración que no es lo mejor.

6 de enero de 2018.


[1] Véase el apunte que Juan Antonio de Labra hizo al respecto en su portal “AlToroMéxico.com”. Aquí la liga:

http://altoromexico.com/index.php?acc=noticiad&id=30633

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IMPRESIONES DEL FESTEJO GUADALUPANO A BENEFICIO DE LOS DAMNIFICADOS DE LOS TERREMOTOS OCURRIDOS EL 7 y 19 DE SEPTIEMBRE DE 2017. (I).

CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Quienes presenciamos el festejo del 12 de diciembre de 2017, sabíamos de antemano que se distinguía de otros, por la doble razón de ser, por un lado la célebre “Corrida Guadalupana”. Por otro, el sentido solidario que significaba tender la mano a los afectados por los sismos ocurridos el 7 y 19 de septiembre pasado, los cuales causaron destrozos, muerte y una tremenda herida… que tardará en sanar.

He aquí uno de los mejores ejemplos en cuanto a la presencia de la “virgen morena” en caso de alguna catástrofe. La imagen corresponde a su auxilio en el caso de la epidemia de matlazáhuatl[1] que se presentó en 1737. El grabado fue incluido en el libro Escudo de Armas de México, 1743.

   Muchas de las calamidades ocurridas en el pasado, encontraron cobijo en la figura de la virgen de Guadalupe, También en la de los Remedios. Hoy, entre las nuevas desgracias, se ha unido a ese buscado consuelo la presencia de San Judas Tadeo, “señor de las causas imposibles”. Junto a él, el Santo niño de Atocha, el Señor de Chalma, y no sé si hasta el “niño Pa”, que se venera en algún lugar de Xochimilco son, entre otras tantas presencias, signo y símbolo de auxilio o anhelo milagroso para acabar de una vez por todas con la desgracia… a la que se ha sumado una más: que pasadas ya varias semanas, no se tiene certeza sobre la forma en que se están administrando los dineros, pero sobre todo los donativos, lo que pone en un predicamento a todos los afectados, y a quienes las autoridades parecen entender ya no como damnificados sino como eternos deudores, pues esos recursos tendrían que servir para la reconstrucción y no para otra cosa, como ya se la imaginan las malas autoridades que nunca faltan, hasta en momentos de fatalidad.

   Forjado en el curso del siglo XX, el festejo guadalupano siempre se ha caracterizado por ser un cartel redondo, rematado. Y este, no fue la excepción…, con todo y lo largo que significó su desarrollo en esa tarde-noche.

   Siendo un día entre semana, laboral para muchos, todo estaba listo para dar inicio a las 16:30 horas (si la empresa escuchara la voz de muchos que han sugerido que comience media hora antes… aunque parece fingir demencia). Y en efecto, inició el festejo con un ambiente de día grande, en el que casi se llena la plaza, como del mismo modo ocurrió en el callejón.

Publicaciones como Cuartoscuro, en su edición de diciembre de 2017 (N° 147), han generado trabajos que analizan, incluso desde la fotografía misma el significativo acontecimiento.

   Bendita la hora en la que durante el curso de la kilométrica función, tan larga como el paso de una peregrinación hacia la Villa de Guadalupe, ninguno de los ejemplares que saltaron a la arena, no lo hicieron al callejón. Ese espacio, con facilidad rebasaba la presencia de cien o más personas, lo que indica varias cosas: falta de autoridad, amiguismo, recomendaciones y quizá hasta la presencia descarada de uno que otro colado, el hecho es o fue el sobrecupo lo que puso en dificultades a las cuadrillas durante el desarrollo de la lidia, donde fueron incómodas las posibilidades para el buen curso de la lidia.

   El desfile fue largo. Salieron escaramuzeras, bien montadas, con el traje de “adelitas”. Una de ellas portaba la bandera nacional.

Disponible en internet enero 5, 2018 en:

https://www.aplausos.es/album/204/corrida-guadalupana-del-12-de-diciembre-de-2017./5/detalles-de-la-corrida-del-12-de-diciembre-en-la-mexico.html

   Detrás de ellas, las numerosas cuadrillas que detuvieron su paso. Recordé en ese momento las célebres imágenes de Jean Laurent, las que obtuvo pasada la segunda mitad del siglo antepasado en varios ruedos españoles, obligando a las cuadrillas permanecer en alto, quietas, mientras transcurría el tiempo de exposición demandado por la técnica –seguramente la del colodión húmedo o albúmina, vigentes por entonces-.

Izq.: 15 de junio de 1862: Madrid, Ocho toros de Hernández por las cuadrillas de Cúchares, Sanz y Suárez. En: Pan y Toros N° 62, del 7 de junio de 1897, p. 11 (Imagen atribuida a J. Laurent, N. del A). Der.: imagen obtenida por J. Laurent en la misma plaza de toros, Puerta de Alcalá, la tarde del 24 de octubre de 1865. Se trata de un montaje en el que aparecieron desfilando “Curro” Cúchares, Cayetano Sanz, El Tato, Ángel López “Regatero”, Antonio Luque, “El Gordito”, Villaverde y Francisco López Calderón. Información obtenida en la siguiente liga: https://cfrivero.blog/fotografia-taurina/

   A propósito, dos detalles más: la que corresponde a 1862 es el resultado de un festejo de beneficencia, en tanto que la otra, resultó ser un afortunado montaje dado que la ocasión en que el fotógrafo galo pretendió lograr la imagen, las condiciones no fueron las más apropiadas.

   He aquí la interesante semejanza:

Disponible en internet, enero 5, 2018 en:

http://trajescapotesymuletas.blogspot.mx/2017/12/maria-de-guadalupepasion-de-fe-de-los.html

   Y claro, lo que queríamos muchos aficionados, era tener otro recuerdo más: el cartel. Pero vaya sorpresa y decepción que me llevé cuando solicité un ejemplar en la taquilla. Así me contestó el encargado de la dependencia:

   “Mire usted. Ya no tenemos carteles. Puede bajarlo de Facebook para que lo tenga disponible”.

   Si la empresa, como un punto más en su contra –que ya son muchos por cierto-, descuidó un detalle como este, bonita cosa será recuperar algún día la memoria de tan renombrado suceso, siempre y cuando siga existiendo “Facebook”, al lado de otros nuevos recursos de la tecnología, los que avanzan a una velocidad que sólo pueden controlar en buena medida los jóvenes… aunque tampoco les veo talante para eso de los recuerdos, cuando lo que más les interesa es su mirada en el aquí y ahora, así como todo lo que venga por delante.

   Y si la razón en todo esto es evocar algunos hechos del pasado, nada mejor que traer hasta aquí el cartel de aquel festejo celebrado la tarde del 17 de abril de 1955, donde se puso en disputa el célebre trofeo de la “Rosa Guadalupana”, mismo que obtuvo Fermín Rivera, luego de obtener dos orejas y salir en hombros.

ESTO, ejemplares del 14 y 18 de abril de 1955.

CONTINUARÁ.


[1] Evidentemente se trata de una epidemia (la muy desafortunada presencia de la peste), misma que consistía en una fiebre intensa, devoradora, que atacaba de tal suerte a los indios, que no toleraban ni el roce del vestido más ligero; y con un terrible dolor de cabeza, como si huyeras del fuego atroz, que los devoraba, enloquecidos, salían aterrorizados de sus habitaciones y desnudos vagaban por los patios de las vecindades (…). Todo esto, de acuerdo a los apuntes de Rubén M. Campos en Tradiciones y leyendas mexicanas.

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 POR QUÉ SAN LUIS POTOSÍ SE HA QUEDADO SIN FIESTA EN EL PRIMER DÍA DEL AÑO?

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

 Colección del autor.

   Extrañada debe estar la afición potosina de que este primer día del 2018 no se celebró, de acuerdo a la costumbre el reconocido festejo con el que se inicia el año. Las preguntas al respecto pueden ser numerosas, pero dejan ver que los tiempos que corren hacen notar aquellas cosas que, por una u otra causa comienzan a desaparecer.

   Es tanto como recordar los tiempos de nuestros abuelos, o bisabuelos que eran capaces de adivinar el tiempo por venir gracias a las “cabañuelas” o a esos cielos aborregados que hoy, con la desafortunada presencia del cambio climático también han causado nuevas formas de pronosticar el comportamiento de la naturaleza. Sin embargo ellos, los antepasados, y sobre todo en San Luis Potosí seguramente tuvieron muy claro que las corridas del primero de enero se convirtieron en todo un acontecimiento, y por tanto era imposible no dejar de lado tan significativa ocasión.

   El cartel que acompaña las presentes evocaciones, nos deja entender que al menos, en el curso de los primeros cinco años del siglo pasado, tal circunstancia representaba montar tercias o mano a mano que llenaban de entusiasmo e ilusión a los taurinos de entonces. En su mayoría, los toros a lidiar, provenían de la entonces célebre ganadería de Guanamé, sin hacer menos a la de El Molino, que en algún momento fue de las favoritas del ya retirado Pedro Nolasco Acosta, por ejemplo.

   Entre los más representativos espadas de origen hispano, se encontraban Luis Mazzantini, Antonio Fuentes, Manuel Jiménez “Chicuelo” y con los años, otra figura reconocida se uniría a este grupo. Me refiero a Antonio Montes. De los nacionales, aparecen en forma más discreta por lo menos dos: Félix Velasco y Arcadio Ramírez.

   En la curiosa publicación anual Toros y Toreros, que impulsó el “Centro Taurino Potosino”, no dejan de observarse las notas, crónicas o reseñas que aluden el significado de aquellas ocasiones. Así que entre las plumas privilegiadas que intervinieron con sus colaboraciones, pueden encontrarse las de Roque Solares Tacubac, el Padre Padilla o Carlos M. López Carolus quien además dictó cátedra con la reflexión “Ver toros”, todo un compendio que analizaba el estado de cosas que presentaba la tauromaquia de aquel entonces.

   No faltan en dicha publicación los poemas que exaltan una suerte, un momento como aquel en el que

 Ya los diestros sitio toman en la oscura arena que ate,

Ya el clarín toca de nuevo. Ya en la puerta asoma el toro,

Va a empezar gallar y fiera la corrida de la tarde.

 

Colección del autor.

   Destacan aquí, bajo la técnica fotomecánica una serie de fotografías que recrean los momentos más sobresalientes que sucedieron a lo largo de, al menos la primera década del siglo anterior, en la que otras figuras, además de las ya indicadas, desfilaron por el coso potosino, y en donde pueden apreciarse personajes como Vicente Segura, Rodolfo Gaona o las evocaciones de Manuel Díaz Lavi “El Habanero”, Luis Mazzantini, Francisco Jiménez “Rebujina” o las hazañas del “Güero” Nolasco, quien estaba convertido en una especie de señor feudal, dominando como “Capitán” las mejores tardes desde por lo menos el último tercio del XIX, al encabezar las muy famosas cuadrillas de gladiadores que brillaron por aquellas regiones.

   Tiempos en el que la plaza del “Montecillo” y luego la del “Paseo” se erigieron como los escenarios perfectos para un conjunto de otras tantas tardes que, de una u otra forma articulaban una temporada en el curso de cada año transcurrido. Sin embargo, tomaba notoriedad el festejo del día primero del año, y por eso la sociedad potosina en su conjunto, se preparaba para asistir en tan apreciadas ocasiones con lo mejor salido de roperos y baúles.

   En los varios números especiales de Toros y Toreros es posible enterarse de anécdotas, remembranzas que nos hablan del significado que cobraba el 1° de enero y que hoy, tal cual lo dice algún estribillo de la zarzuela La verbena de la paloma: “…los tiempos cambian que es una barbaridad”.

   De ahí que se resienta esa notoria ausencia que esperamos se recobre lo más pronto posible y así, mantener vivas algunas de las tradiciones de mayor arraigo en uno de los rincones más taurinos de este país: San Luis Potosí.

   Para despedirnos, bien vale la pena traer hasta aquí el soneto “¡A los toros!” escrito por Naiden:

 En confuso tropel, por la ancha vía

Que a la plaza conduce, va la gente;

Cruzan carruajes mil rápidamente

Formando sin igual algarabía.

No ha sonado la hora todavía

Y ya la multitud está impaciente;

Preséntase, por fin, el presidente

Y la cuadrilla sus capotes lía.

Marcha después, al son de un paso doble,

Con porte airoso y franca la mirada,

Luciendo sus ricos trajes plata y oro.

De aplausos mil y mil suena el redoble

Al saludar la gente entusiasmada

Se abre el chiquero y sale el primer toro.

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